El búho de Minerva despliega sus alas al anochecer.
—Hegel

No pegar los ojos durante la noche es, para la mayoría, una fastidiosa pesadilla. Un sentir desagradable no sólo por el arrebato de las horas de sueño sino porque, en los momentos más críticos, la experiencia se antoja interminable. Inoportuno e irritante, el insomnio dota a la noche de una densidad extraña. Es transfigurador del instante en eternidad y catalizador de ráfagas de murmullos interiores que, tras esperar calladamente durante el día, eligen el crepúsculo para ser escuchados.

Lo que para muchos es tan sólo el transcurso de un día en otro, para el insomne es una zozobra delirante. No obstante, a pesar de que el desvelo es una experiencia ampliamente eludida en la actualidad, a lo largo de la historia existieron algunos fieles que, por diversos motivos, buscaron impacientemente las noches en vela.

insomnio

Dentro de los defensores más antiguos se encuentra Platón, quien en sus Leyes estipula que una persona dormida no es mejor que una persona muerta. El disciplinado filósofo considera que quienes buscan la sabiduría, deben, tanto por salud como porque su actividad así lo exige, nunca dormir más de lo que el cuerpo pide. Incluso, en un momento de extrema simpatía por lo nocturno, Platón afirma que aquellos que se mantienen en vela son las figuras más útiles para el Estado.

Limitar las horas de sueño no siempre ha sido la actividad sana que presenta Platón. Hay quienes, codependientes del crepúsculo, no cierran los ojos durante la noche, no por disciplina o preocupación, sino por elección propia, atizada gracias a los efectos de algunas sustancias en sus cuerpos. Ahí encontramos a Voltaire quien, se dice, consumía entre cuarenta y cincuenta tazas de café al día. Un ritual que, a pesar de todo pronóstico médico, poco le afectó a la salud pues vivió más de ocho décadas en en la Francia de la Ilustración en la que el promedio de vida rozaba apenas los treinta y cinco años.

El otro caso, quizá más radical –o más moderno, podríamos llamarlo–, es el de Jean Paul Sartre. Otro francés quien, gracias a su experimentación con anfetaminas, escapaba del sueño para escribir durante jornadas maratónicas de más de dieciocho horas. Se ha hablado sobre este método de trabajo particularmente en la Crítica de la Razón Dialéctica. La densa apología marxista de cerca de mil páginas que, según afirman algunos, fue escrita a una velocidad vertiginosa durante unos cuantos meses a finales de la década de 1950 gracias a las pequeñas pastillas matasueños.

En los terrenos de la ciencia, el desvelo para algunos ha sido no sólo un estado corporal indispensable, sino también una herramienta de trabajo. Uno de los casos más paradigmáticos es el de Thomas Alva Edison. Para el inventor del foco, según él mismo lo escribió en sus diarios, dormir era una pérdida de tiempo, una herencia de la época de las cavernas ante la que él sucumbía apenas tres o cuatro horas durante la noche. La oscuridad, decía Edison, era no sólo necesaria para clarificar su mente, sino también para probar la eficacia de su invento. Pocas creaciones a lo largo de la historia han sido tan huidizas del sol como la suya.

A pesar de llevar a cabo una estricta rutina nocturna, celosa de encontrar el sueño tan sólo por un par de horas durante la noche, Edison era un caso curioso. Algunos incluso lo tildarían de traidor, pues es bastante amplia la colección de fotografías que se tiene de este personaje durmiendo su siesta en los lugares más insospechados. Pagando horas extras de sueño de alguna forma, aunque fuera durante el día.

El último grupo de insomnes, el de los más radicales que, no sólo elogia el desvelo, sino que lo califica como el origen del pensamiento, está protagonizado por dos filósofos convencidos de que las reflexiones más reveladoras surgen de la ansiedad generada por esa fuerza que es mayor que uno, esa lucidez nocturna que llega sin avisar.  El primer referente lo encontramos en el prefacio de la Fenomenología del Espíritu de Hegel, en donde se menciona que el saber, para convertirse en auténtico, tiene que seguir un largo y trabajoso camino. Una labor prodigiosa que, contrario a lo que se piensa, no se juega en la posesión de una verdad familiar, sino en el eterno juego con lo desconocido. El conocimiento, según Hegel, llega cuando menos se le espera: en medio de la noche.

Emmanuel Levinas, fiel seguidor de la doctrina hegeliana, retoma los preceptos del pensador prusiano y en varias de sus obras describe a la filosofía como una vigilia incansable y un insomnio total. El desvelo, lejos de ser una simple negación del fenómeno natural del sueño, para este último grupo de amantes de lo nocturno se erige como la apertura más genuina hacia el conocimiento.

Hoy en día, nuestra extrema impaciencia con los procesos creativos, la aceleración del mundo contemporáneo y las ansias por encontrar cosas nuevas a cada instante han relegado al insomnio a un lugar ínfimo, capaz de ser demolido en unos instantes con la correcta dosis de somníferos. El fervor al reposo, el goce de una madrugada incesante o de una noche densa han quedado atrás. El búho de Minerva del que habla Hegel, ese que aparece sólo al anochecer, es una especie en extinción. Quizá valdría la pena reconsiderar que, tal vez esos murmullos que sólo se perciben durante el crepúsculo tienen algo importante que decir, algo más significativo que todas las palabras escuchadas a lo largo del día. Quizá habría que recordar que en algún momento, y no sin razón, el insomnio fue una experiencia celosamente buscada y cultivada por más de uno.

 

Bibliografía:

Edison Thomas Alva, Diary and Sundry Observations of Thomas Alva Edison, Philosophical Library, New York, 2007.

Hegel, Fenomenología del Espíritu, Fondo de Cultura Económica, México, 2008.

Levinas Emmanuel, God, Death and Time, Stanford University Press, California, 2000.

Platón, Las leyes, Akal, Madrid, 1988.

Sartre Jean Paul, Troubled sleep, Vintage Books, New York,1992.

 

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Publicado en: Ensayo literario