Quien contempla a un amigo verdadero, lo contempla como un ejemplar de sí mismo
–Cicerón. Lelio, Acerca de la amistad

Nadie tiene derecho a venir desde lejos a traerte un pasado feliz que se perdió en el tiempo y el vértigo de la vida y te fue difícil dejar de añorar y olvidar parcialmente. No, ni una coma ahí, ¿por qué hacérselo fácil a un lector torpe que no te interesa en tanto autor?

amicitia

Hace años, y creo que lo ha repetido muchas veces, Fadanelli dijo que no le interesa hacer nuevos amigos sino deshacerse de los pocos que tiene. No sé si ha cumplido, yo sí, aunque sin decir nada me limité a estar de acuerdo. Tal vez ya por entonces, hablo de hace 25 años más o menos, no tenía amigos. No sé si me había deshecho de ellos o ellos de mí. En algunos casos recuerdo cómo fueron las cosas, en otros tengo claro que la amistad se diluyó, fue tragada por el océano de la vida, en otros no recuerdo nada, y en otros tengo la certeza de que no sé lo que pasó. Éstos últimos son los que duelen porque duele no comprender, no tener los datos necesarios para explicarse un presente que se quiere perder y no ha de añorarse, o no como se añoran todas esas mentiras de las que se compone la juventud.

Las redes sociales me han invadido la vida con fantasmas. Es fácil fingir que un fulano con el que no pasas una buena velada desde hace décadas sigue siendo tu amigo; es fácil ponerle abrazos, felicitarlo por sus triunfos, escribir tu pesar por sus pesares y seguir en la inercia de la gran mascarada hipócrita que es cualquier vida humana. Todas, sin excepción, sin absolución posible. También es fácil recordar el cuerpo desnudo de la amante joven, ahora que han pasado los años y sus carnes envejecidas sólo podrían satisfacer a quien amara. Porque existen los que aman, aunque me es difícil imaginar cómo es eso.

Antes, hace ya mucho, me gustaba prescindir del espejo y afirmaba que no hay mejor espejo que las mujeres que nos miran por la calle. Ahora tampoco me veo al espejo, y si alguien me mira por la calle supongo que es por mi cabello sin peinar, mi barba sin afeitar, las enormes ojeras bajo mis ojos, las pestañas perdidas, la mirada sin luz de los sueños que nunca cumplí ni he de cumplir porque ya no son míos, sino de ese yo que creía que vivir implicaba algo más que despertar cada día con este disgusto ante el mundo y la vida.

Si yo he llegado al fin a esta única verdad restante, si he perdido la belleza, la energía y los sueños, ¿por qué habría de recibir en mi vida a esos seres pretéritos que ni siquiera se dan cuenta de que en ellos mismos han muerto células y dioses, han nacido arrugas y dolores verdaderos? ¿Por qué habría de vivir como jovencito imbécil la antesala de una vejez donde sólo caben unas cuantas prendas, amantes a pasto y libros, todos esos libros que no he leído y todos esos otros que quiero releer del mismo modo en que quiero seguir viendo las grandes obras de arte u oyendo a los grandes músicos, clásicos, baladistas, roqueros o lo que sea; todo, porque todo en el arte me gusta? Ars longa vita brevis y gnōthi seauton; también Parménides: “Lo que es, es; lo que no es, no es", y Heráclito, desde luego: "No podemos bañarnos dos veces en el mismo río”. ¿Por qué, después de todos estos años de vida despoblada habría de recibir a nadie, alguien nuevo necesariamente, en mi casa, mi mente o mi corazón?   

Prefiero las fotografías, aunque rara vez las veo. Abuelos muertos, padres jóvenes, hijos pequeños y tiernos, hermanos sin rencores, amantes hermosas, amigos ausentes, lugares perdidos o devastados. Mentiras impresas en color desvaído, testimonios de lo que parece haber sido pero no es en este presente de pretéritos donde no hay más verdad que una vida que no fue lo que soñó el que la fue destruyendo y ajando con el uso, la vida que asesinamos en el acto de vivirla.

Las redes sociales me traen nombres o imágenes de gente a la que quise, con la que fui feliz. Me traen noticias, como en estos días, del que alguna vez fue mi mejor amigo. Que quiere mi mail porque vendrá y le gustaría verme. ¡Ah, hermano! ¿Dónde estabas mientras yo sufría? ¿Dónde estaba yo mientras tú caías en los abismos del sufrimiento? No hay mezquindad en estas preguntas, sólo son una reflexión, una entre muchas, sobre lo que implica la amistad y las relaciones humanas en general; ninguno es culpable, pero ambos, al sobrevivir, nos hemos convertido en seres que no se reconocen en sí mismos, somos otros, el sobreviviente se cierra como quiste, no vuelve a confiar, no vuelve a entregarse de corazón a nadie, es algo que se aprende con la vida, que se aprende en la historia y en la literatura, que se sufre en una continuidad vital que ya cumplió su designio. No, ya no, es demasiado tarde, y me extraña que tú no te des cuenta de que no tenemos nada pendiente, nada vivo, nada digno de la molestia de ducharnos, reunirnos y abrazarnos de un modo en que ni tú me abrazarías ni yo a ti, sino que ambos abrazaríamos nuestro recuerdo del otro con esa mezcla de amor y dolor que se siente en los entierros.

 

Miguelángel Díaz Monges
Escritor. Ha publicado Notas de desencanto y otras virtudes.