Creo que hay un momento en la vida de casi todo latinoamericano en el que uno se quiere sentir o se siente cubano. Será la musicalidad, serán las palabras. Será Lichi, que invitaba a esa musicalidad y a esas palabras.

Hace veinte años, mi maestro de guión en el Centro de Capacitación Cinematográfica llegó al que era nuestro salón de clase con un libro en la mano. Su editorial le había entregado el primer ejemplar de Informe contra mí mismo. Tenía en la portada la bandera de rayas azules y, entre sus páginas, el ajuste de cuentas con la memoria, con el olvido, con la patria. Después de leerlo, de encontrar a un Eliseo Diego, a un Eliseo Alberto, quise, por unos instantes, sentirme cubano. Ese cubano.

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Yo no tuve al Lichi que ganó el Premio Alfaguara. Tuve al maestro que inundaba las clases con historias. Lichi llevaba a Cuba, a La Habana y a Santiago. También a Afganistán. Un día nos contaba de un soldado en Angola, solitario, que se hacía dormir la mano para consolarse a sí mismo y, al otro, enseñaba que en una trinchera jamás se deben encender tres cigarros seguidos.

Tuve al Lichi del cine, el de la escuela en San Antonio de los Baños. Al Lichi al que hoy le sigo debiendo las ganas de escribir.

Decirle a alguien maestro no es poca cosa. Es la gratitud eterna. La que, como dice Jorge F., su hermano de corazón y palabra, empieza en lunes y cabe en un verso.

Lichi me enseñó que las novelas y las películas, cuando aspiran a ser decentes, parten siempre de una pregunta, de la sorpresa. Enseñó que las historias hay que empezarlas y terminarlas con la misma camisa. Que se vale contar con los amigos para leerles lo que se está escribiendo. Que las novelas son miradas. Entonces, las ventanas pueden llegar a ser más importantes que las puertas. Así hablaba Lichi.

En un texto que publicó Sergio Ramírez en El País a la muerte de su amigo, con quien compartió el Alfaguara de 1998, recordé con nostalgia cómo le gustaba contar la anécdota en la que un estudiante le preguntó a José Lezama Lima: “¿Qué cosa es el azar?”. Y Lezama Lima le respondió: “Imagina que te subes a una guagua y en el asiento de al lado está la mujer que será tu esposa”. A lo que el estudiante reviró: “¿Y ese es el azar, maestro?”. La respuesta final no podía ser mejor: “El azar es la mujer que iba en la guagua a la que no te subiste”.

Al terminar esas líneas sólo pude esbozar una sonrisa de complicidad que me regresó a los años de universidad. Lichi hablaba del Melate en un ejercicio análogo a la historia de Lezama. Decía que al elegir los números del sorteo es más fácil marcar en el teléfono esas siete cifras y que quien te conteste sea la mujer de tu vida, a que esos mismos números te hagan ganar el premio gordo.

Por Lichi entendí que la historia más grande sólo necesita de tres personajes. No estoy seguro si la frase era de él pero sí que él la contaba: ahí están José, su esposa María y su hijo Jesús, solos en un pesebre que pronunciaba con su inconfundible acento.

Un año antes de morir volví a encontrarme con él. Su salud le pasaba factura, esperaba un riñón para trasplantarse. Ningún médico impediría aquella reunión de amigos que se juntaban para ver cómo filmar La banda. Un guión suyo que seguí trabajando dos años después de su muerte y en el que Lichi narraba una fantástica participación cubana en la Segunda Guerra Mundial. La Invencible, fragata capitaneada por un traficante de leche, zarpaba para, tras un motín, vencer a los submarinos alemanes con un banda de músicos. Un cajón, el tres y la trompeta.

En la reunión estaban Danielito Herrera, pianista fantástico, los Alejandros Palma, productores de buena cepa, y mi querido Enrique Begné, director en serio. Platones de ropa vieja y frijoles negros. Daniel Herrera le dio a las teclas. Lichi habló por horas. Se sentó a comer y a fumar como era costumbre. Antes de partir se me acercó y dijo: “Hay dos tipos de cubanos, los que bailan y los que escriben”. Como veinte años atrás, volví a querer ser cubano. Ese cubano que se fue el 31 de julio, hace cinco años.

 

Maruan Soto Antaki
Ha publicado: Casa Damasco, La carta del verdugo, Reserva del vacío, Clandestino y Pensar Medio Oriente.

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