balacera

Balacera
Armando Alanís Pulido. Prólogo de Jorge Fernández Granados.

Tusquets, 2016. 120 páginas


Un apunte de Jorge Fernández Granados describe las palabras clave de Balacera: humor negro, tono aforístico, oportunidad y buena puntería. Armando Alanís Pulido (Monterrey, 1969), el poeta de las bardas (Acción Poética), apunta en su primer libro de Tusquets, con una voz que ya le conocemos, lo mismo en sus expresiones urbanas como en sus libros, directo al corazón y a las extremidades de la violencia. Tema, por cierto, tratado de manera abundante en los últimos años por la ficción y el periodismo, pero un tanto ajeno o repelente a la poesía.

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La herencia poética de Armando Alanís es aquella que en la poesía mexicana apuesta por un lenguaje coloquial, más un ingrediente que permea la vida de nuestro país en los últimos años: la narcocultura como una sombra nefasta y pendenciera que dispara a todo lo que se mueve.

En verso, en prosa, en textura de pared, los poemas de Alanís se desplazan a lo largo de este libro en una balacera interminable. Nos hablan de un país lleno de agujeros y de una patria cayéndose a pedazos; pone en evidencia la ya no tan suave patria de López Velarde desde una intertextualidad que lo mismo cubre sus versos con ropas del habla callejera, el lenguaje del narco, los resquicios del pop y las constantes de la narcocultura norteña: bota picuda, cinto piteado, pito de lado, para restregarle al lector que detonar “estos textos” implica atenerse a las consecuencias.

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¿Apología de la violencia? ¿Sobrestimación de sicarios y reyes pop que se jactan de ser matones? ¿El verso al servicio del mercado editorial en busca de la esperada reivindicación? Quizá solamente la intención de retomar un tema visto por la poesía con cierta cautela o hasta con desdén. El resultado: versos que explotan como granadas, que zumban como balas que dan en el blanco. Balas que a veces rebotan y le dan al propio autor, uno que otro explosivo de salva.

Doble sentido, metáforas al vuelo, mucho titular de nota roja, pies de página como cuñas o complemento del poema, sarcasmo, aguafuertes de ironía, chispazos y hasta paradojas. Por ejemplo, no es casual que en la vida real, no en el mundo de la poesía, antros como el antiguo Sabino Gordo, en el que murieron más de 20 personas en 2011, vuelva al noctambulario con el nombre de El Paraíso. Estas vueltas al caos de la vida de las ciudades ni la burla perdonan.

Los poemas de balacera son una especie de noticia poética. Una crónica en verso en la que el ritmo pasa a jugar el papel de espectador. O en el mejor de los casos, de traductor: el ritmo hecho rap, tonadas pop, narcocorrido, piedra en el zapato del poema bien portado.

Los títulos insisten en el tema central: Zetas, Guillotina, Cuerno de Chivo, Ráfaga, La casa pierde, Fosa, Casquillos percutidos, Narcobloqueos, Levantón, Himno fúnebre, Estadísticas, El rap del decomiso, Auto de formal prisión, Armas propias, El calibre de nuestras almas, Carta al periodista desaparecido, Balística de los efectos. Ciudades como Tijuana, Ciudad Juárez, Laredo, Reynosa y Matamoros ya son en sí un detonante.

El problema de tener tantos agujeros en el cuerpo, del caído en desgracia o del poema es que se filtra la luz. Y la luz es un elemento poético bien portado, pero también un elemento que corroe.

Es evidente que la preocupación de Alanís Pulido va más allá de sabotear las formas en las que se escribe poesía en nuestro país (desde sus primeros textos buscó siempre la experimentación con el poema, trabajo que se confirmó cuando le fue otorgado en 2009 el Premio Nacional de Poesía Experimental Raúl Renán.

En 1996 Armando Alanís inició el movimiento Acción poética, consistente en plasmar versos en las bardas de la ciudad. Por lo regular versos, no necesariamente suyos, que generan en el lector, después de una rápida lectura, un guiño, un gesto de desaprobación, un like y casi nunca llevan a la indiferencia. Antes de Acción Poética invadió los cajeros automáticos de hojas sueltas. De aquel tiempo a esta parte nos ha dado poemas rescatables en libros como: Todo lo que digas puede ser usado en mi contra (1995), Ligeras sospechas (1995), Gritar por poder gritar (1997), Los delicados escombros (1998), La tristeza es un somnífero interesante (1999), Combustión espontánea (2005), La costumbre heroicamente insana de hablar solo (2007), Nada que ocultar (2011) y Portazo en la nariz de la musa (2016).

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Alanís Pulido rompe el modelo tradicional de lo que conocemos por “publicación” y lo lleva a un sentido más amplio: socializa la poesía, la hace circular por las calles, multiplica considerablemente su radio de acción e involucra a sus lectores, que no necesariamente son los poetas, como es usual en la poesía mexicana.

Hasta antes de Balacera los poemas de Armando Alanís Pulido eran un punto de encuentro entre lo coloquial, el dicho popular y los eslabones urbanos (el grafiti, el blues, el performance), reelaborados por una estética que solía tener un aire de desparpajo o de algo que contiene piezas en buen estado junto a otras que no encuentran su sitio.

“Los de la letra/ deberían ser los poetas, no otros”, dice el poeta en uno de los versos de Balacera. El libro más reciente de Alanís transcurre entre trocas, el sol de Monterrey y los acordes del norte caliente, ilusiones, escombros, ráfagas de suspiros y un Cerro de la Silla que no aparece en los créditos, pero que el lector imagina acribillado a causa de tanta bala suelta.

Sería muy optimista de mi parte decir que lo terrible ya ha pasado. En fin, como dice el autor de Balacera en uno de los versos finales: “Para qué me hago tantas preguntas? ¿Para qué sirve un poeta?”.

 

Margarito Cuéllar
Autor de Las edades felices (Hiperión/ UANL, 2013. Premio Nacional de Poesía para Obra Publicada 2014 (INBA/ Gobierno de Tabasco).