Los que regresan, de Javier Peñalosa M., es el primer volumen de la serie Alberca vacía (colección Presente de Ediciones Antílope). Resulta una plática con los muertos, una remembranza de lo que desaparece. Una parte del trabajo poético de Peñalosa M. ha aparecido en Aviario y Los trenes que partían de mí. En esta conversación con el ensayista y editor Alejandro García Abreu, el poeta charla sobre la muerte, el agua, la desaparición y su proceso creativo.

Alejandro García Abreu: “Caminamos, todo el día caminamos. Éramos tres, cinco, a veces nueve.” Tu escritura implica la traslación. ¿Cómo percibes el movimiento en función de la literatura?
Javier Peñalosa M.: Creo que en casi toda la escritura —si no es que en toda— hay algo de movimiento. Desde tomar un lápiz y hacer garabatos en el papel hasta desplazar los dedos sobre el teclado. Escribir no deja de ser una acción que se ejecuta físicamente. Cuando escribes una línea terminas en un punto distinto del que empezaste, te trasladas. Pero separando el cuerpo de la escritura —si es que eso se puede— yo sí creo en la palabra como algo vivo, creo que el verbo es una acción, y que es real y que como cosa viva se mueve. Este libro en particular comienza con una búsqueda, con un grupo de personas desplazándose por el territorio en busca del agua perdida.
AGA: Escribiste: “Allá, un grupo de hombres trabajaba en las ruinas del próximo siglo”. ¿Cuál es, desde tu perspectiva poética, la relación entre el pasado y el futuro?
JPM: Me voy a escapar de ésta echando mano de dos citas. La primera es de Eliot y aparece en la primera parte de “Burnt Norton” enCuatro cuartetos: “Time present and time past/ Are both perhaps present in time future/ And time future contained in time past.” La otra cita es de Walt Whitman y aparece en Canto a mí mismo: “There was never more inception than there is now,/ Nor any more youth or age than there is now,/ And will never be more perfection than there is now.” Son dos clásicos que sintetizan mi perspectiva mejor de lo que yo podría hacerlo.
AGA: ¿Qué te condujo a explorar el símbolo del agua? Cito algunas líneas: “Y no vimos el agua, pero algo revoloteó en la superficie. […] Arriba el reverso del agua y nosotros abajo. […] Un cauce no guarda el agua corriente del río. […] Todas las islas van a hundirse. El agua va a subir, las islas van a hundirse. / No hay agua. […] Hasta nosotros llegaron los rumores de que el agua estaba creciendo”.
JPM: Además del encanto evidente, infinito y natural que hay por el agua, desde niño me causó una profunda impresión saber que la ciudad de México en algún momento fue un lago. Parece algo obvio, algo a lo que uno asiente sin asombrarse en lo más mínimo, pero cómo es posible que ese enorme cuerpo de agua sea en la actualidad prácticamente invisible. ¿Desapareció o sigue aquí de alguna forma bajo la plasta de concreto? Muchos de los ríos de esta parte del altiplano siguen vivos, corren pero están entubados. Después de darle muchas vueltas al asunto, de leer y tratar de comprender lo que había pasado con el territorio y con el agua, encontré un “vaso comunicante” con otra inquietud que tenía en ese momento: la idea de la desaparición. Quise pensar en el cuerpo del agua en relación con lo social, y en cómo el territorio también había sido mutilado y violentado al punto de hacer desaparecer un lago.
AGA: Abordas la persistencia de la muerte: “Me separé del grupo y caminé con cuidado para no pisarlas. Yo quería encontrar la piedra de mi abuelo. […] Como los animales que cazan, la zarpa atenta, su manera de estar vivos es muerte. […] Esto es lo único que queda de él: en una de las paredes del patio su crecimiento fue marcado con la punta de un lápiz. Marginalia del cuerpo sobre el muro. […] No queremos la tristeza de los sedentarios, el luto de lo inmóvil”.
JPM: Quizás porque me parece tan persistente como la vida. No creo que podría escribir nada vital que no tuviera algo de muerte.
AGA: Reflexionas sobre la desaparición: “Desapareció el camino y cierta dulzura en la mirada. Desaparecieron más de cien tordos e incontables palomas. Desapareció el cajón de las velas. En contemplar desapareció el templo. En considerar desaparecieron el cielo y las estrellas. Y una tarde desapareció Raúl. Sus tumbos y sus flores. / Desaparecieron o cambiaron de lugar”.
JPM: Pensaba que un lago no puede simplemente desaparecer, pensaba que la inocencia o el amor no pueden simplemente desaparecer, que las personas no pueden simplemente desaparecer; tienen que cambiar de lugar, estar en otro lado. Para mí se trata de un ejercicio de la mirada, cómo puedo aprender a ver para que regrese lo desaparecido. Cómo y hacia dónde tenemos que mirar, qué lenguaje necesitamos para que la inocencia que creímos perdida aparezca, qué podemos hacer para que agua, ideas y personas puedan regresar.
AGA: Planteaste: “Somos las palabras que van a llagar”. Posteriormente inferiste: “Mas nunca se sabe lo que se está mirando por última vez. / Toda hora es despedida”. ¿De qué manera aprecias el lenguaje en relación con la muerte?
JPM: El lenguaje me parece tan vital que es lo mejor que tenemos para hacer frente a la muerte.
AGA: En el apartado que da título al libro “Los que regresan” hay una sucesión de nombres. ¿Cuál fue el detonante de la lista? Resulta una proximidad a la muerte.
JPM: En este apartado del libro, Los que regresan son los desaparecidos que aparecen. Muchas veces me pregunto cuáles son los gestos que pueden salvarnos, cuáles de nuestras acciones, por pequeñas que sean son las que valen la pena; me imagino que pueden ir desde quedarse dormido en el pastito de un camellón hasta chiflar en la regadera o servirse un vaso de agua. No lo sé. Como tampoco sé qué gestos o acciones hicieron que cierto tipo de mariposa nocturna simulara en las alas los ojos de un búho. Yo intenté buscar las palabras que le correspondían a algunos gestos de personas que han desaparecido pero vuelven para mí.
AGA: ¿Cómo concibes la relación entre la muerte y el agua, constante en el libro? Pienso en el interludio “Muerte por agua” de La tierra baldía de T. S. Eliot.
JPM: A diferencia de lo que sucede en ese fragmento de Eliot en el que se advierte: “teme la muerte por agua”, en este caso se advertiría de una muerte por sed, por falta de agua. Y la sed es el motor de la búsqueda, lo que hace que las personas vayan hacia “la fuente” o al ojo de agua. Hay algo vital en ir aunque estemos en tierra yerma.
AGA: Describe tu proceso creativo.
JPM: No tengo ningún ritual en particular. Creo que el ejercicio al que más recurro tiene que ver con la forma en la que miro las cosas, en tomar conciencia de lo extraordinario que puede ser bajo cierta óptica casi cualquier cosa que existe. Me sirve, por ejemplo, pensar en las cosas que están sucediendo y están moviéndose en un mismo instante; la fronda de un árbol, el polvo, la gente en la calle, toda la materia desplazándose o quieta, pero aquí. También me gusta observar el fósil de un trilobite que traje de Ciudad Juárez y que según la placa tiene 390,000,000 de años y pienso en lo que debe ser conservar una misma forma tanto tiempo y me siento muy perecedero y mis palabras con el mundo me despiertan una ridícula tranquilidad.
Alejandro García Abreu
Ensayista y editor.
Dip him in the river who loves water.