Mirar al fin la calma de los dioses
–Paul Valéry

abdicacion

Una mujer sin atributos especiales, de mediana edad, ni bella ni fea, camina cargada por las bolsas de la compra. No parecen pesarle o estorbarle. Su paso es decidido y su estampa firme. No se le nota enferma o cansada, sino sana, de huesos fuertes y rasgos faciales que denotan carácter. Sin motivo aparente, de pronto, se detiene. Sin un solo gesto deja su carga sobre la acera, junto al antepecho de una ventana que no es la de su casa, sino una cualquiera. Se sienta. No a descansar o ver qué pasa ante sus ojos, sólo se sienta, ahí, ya para siempre.

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En un trigal, el joven segador parece a punto de llenar la troje. Lleva en el talego un bocadillo hecho con el pan exquisito que se hornea en el horno del pequeño pueblo donde vive, uno de tantos que no existen en los mapas. Lleva hoz y guadaña, aunque no es la muerte sino la vida misma con el talego a reventar de gavillas doradas. No voltea a ver cuanto ha hecho ni echa un vistazo a lo poco que le falta. Sus piernas se han acostumbrado al encorvamiento de la labranza, la siembra y la cosecha. Ha cortado otras cuantas espigas. Se detiene, se yergue, sus ojos sanos de campesino podrían abarcar toda aquella campiña y las montañas que la amurallan, y del otro lado el mar, podría ver, más no, están abiertos y ven, mas no ven nada. El segador suelta la carga, guadaña, hoz y trigo. Se recuesta sin ganas de dormir o descansar. No muere, no vuelve a levantarse, aunque podría.

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Un beduino hace su travesía. Lleva años reaprendiendo en cada andanza las nuevas dunas y las extrañas maravillas, la luz que transfigura, el frío nocturno y el calor del mediodía. Conoce los oasis y las zonas de riesgo. Sabe a dónde va y a qué. El desierto no es un medio más hostil que cualquier otro, más bien, por el contrario, es el más amigable para él, un viejo conocido que suele ser gentil con su raza y su gente. Continúa su andar sobre un camello joven. Va recorriendo grandes o pequeñas ciudades, ya encaladas, ya excavadas en la roca ocre. Todo ha sido perfecto, como siempre. Se acerca a un pueblo donde tiene amigos, algún pariente y buenos anfitriones que desde que era un jovencito lo conocen. Pasa de largo, para siempre.

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El joven amante que siempre estuvo enamorado de la chica morena ha luchado muy duro para tener algo que ofrecerle. Su conducta ejemplar ha sido construida con el sacrificio de los poderosos deseos de la juventud. Ha hecho que su pasión lo lleve a cierto éxito y no hay duda de que llegará lejos, a lo más alto en su oficio. Ya tiene ahorros suficientes para una vida sin carencias y, a veces, algún lujo nada despreciable. La muchacha se ha enamorado de él, incluso parece que lo ama, ya lo ama. Los padres lo aceptan de buen grado y aunque sueñan con príncipes azules —siempre son los padres y no las niñas los que buscan al príncipe azul— conocen su lugar en este mundo y han dado su bendición al casamiento. Todas las noches los amantes se encuentran frente a la puerta de la casa de ella. La nodriza hace la vista gorda ante los besos y promesas que nacen del deseo y la estupidez, aunque ellos creen producto del amor y los sueños. El príncipe azul ha sembrado en el corazón de su amada una vida en rosa. Todas las mañanas despiertan con el pensamiento en el otro, remontan el día en espera del encuentro nocturno. Esta noche la muchacha espera tras el portal. El joven aún no llega, ni ha de llegar: se ha detenido a escasos cinco metros, joven y apasionado, con el futuro a su favor, con las promesas de la vida en plena labor de cumplimiento. Se ha detenido entre un paso y otro rumbo al encuentro de su amada, y ahí ha de quedarse.

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El escritor pasa por su mejor época. Por fin parece sonreírle el éxito y empieza a recibir ingresos ligados con su trabajo. Ha cosechado el odio necesario y enemigos secretos; la crítica lo destroza, pero se ocupa de él. Lo invitan a programas de radio y televisión, da conferencias, imparte curos y talleres, sus artículos son publicados en todas las revistas, están en marcha varias traducciones de su obra, los periódicos escriben su nombre con ortografía —señal inequívoca del reconocimiento, según observó Wilde—, le llaman maestro y cumplen sus pruritos con los viáticos. Ahora mismo está por terminar la que sin duda será su obra maestra, una amalgama feliz de suerte, oficio y largas jornadas de trabajo. El final ya está claro, ha releído todo y sabe que nada sobra ni falta, que nada está fuera de sitio y no hay cosa que se pueda mejorar. Ya tiene al editor, un editor inteligente que sabe que nunca hay que presionar a un escritor. Hoy lleva escritas dos cuartillas y aún tiene el entusiasmo necesario para seguir, y tiene las ideas que dan vida a esas nimiedades donde se aloja la grandeza. Golpea el teclado velozmente, golpea una letra a mitad de una palabra, y de golpe no golpea más, ni una tecla más, ya nunca, ni una sola palabra.

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El cura da la misa hasta el Evangelio. “Es palabra de Dios”. “Amén”. Es tiempo del sermón. El cura mira a sus feligreses, no interpreta las escrituras, se arrodilla: “Orad, hermanos —dice—; orad por mí, hermanos”.