Pacific Rim en la obra de Guillermo del Toro

En repetidas ocasiones Guillermo del Toro ha reconocido que su filmografía no es sino la hechura, bajo distintos pretextos, de la misma película. En general, eso es aplicable a todo creador, presa siempre de sus propios fantasmas y obsesiones. Su más reciente cinta, Pacific Rim, confirma su confesión. Cierto es que el duelo de gigantescos robots y monstruos con tonelajes de edificios nunca alcanza las alturas de El Laberinto del Fauno (acaso, tampoco, ni las de Hellboy) y que puede considerarse una de las obras menores del cineasta, pero ello no le despoja del encanto propio de una obra fiel a sí misma.

Del Toro es originario de Guadalajara, una de las más importantes ciudades del país, y también, en comparación con otras metrópolis como el Distrito Federal o Monterrey, la más cercana socialmente a los valores tradicionales católicos.

Probablemente este entorno fue fundamental en la fijación de Guillermo respecto del sacrificio. Desde Cronos, sus películas   cuentan entre sus pilares con la inmolación voluntaria de personajes (protagónicos o secundarios1 ). El contexto vampírico, mutante, fantasmagórico, fantasioso o monstruoso no obsta para dar continuidad a esa resonancia cristiana: la supervivencia de algunos o de la sociedad toda depende del sacrificio de unos cuantos. El problema con Pacific Rim  es que los elegidos son, a diferencia de sus predecesores, bastante antipáticos: Idris Elba es el estoico cuya inalterabilidad apenas se matiza con un forzado vínculo con su protegida; por otro lado, el exitoso pero arrogante joven piloto del robot Striker Eureka resulta tan atractivo como héroe como una ensalada de verduras tras la juerga a las cuatro de la mañana.

Si una piedra angular del cristianismo es uno de los ejes de la obra de Del Toro, no menos lo es la piedra de toque de la modernidad: el pensamiento racional, científico. Desde el alquimista que en Cronos es capaz de conseguir la inmortalidad a través de un artefacto, pasando por un proveedor de gadgets de avanzada tecnología en Blade 2 y la manipulación genética que (como la criatura de Mary Shelley) escapa del control de sus creadores en Mimic, hasta los descomunales jaegers producto de la cooperación internacional, las creaciones derivadas del ingenio, la curiosidad y la resolución humanas ocupan un sitio de honor en sus cintas. Ya sea como detonantes de la acción, como meros coadyuvantes de la narrativa o como remedio al inminente fin de la humanidad, las invenciones del hombre se erigen como el instrumento para evitar la muerte o la destrucción. Religión y ciencia parecen así unirse con el fin de alcanzar la salvación. Esta no del todo usual combinación impide en Pacific Rim la extinción del género humano, más la evasión del peligro deja abierta la gran pregunta: ¿vivir, para qué? Aunque esta no sea la clase de película que aspire siquiera a sugerir una respuesta a semejante cuestionamiento, resulta insatisfactorio que, a diferencia de otros filmes como Cronos, Hellboy 2 o El laberinto del fauno, esa sugerencia ni siquiera se insinúe. Es verdad que la solidaridad, virtud escasa en nuestros días, se ofrece como indispensable para prosperar a lo largo del film (los robots son el resultado de una alianza mundial y dos pilotos deben unir sus mentes para controlarlos), mas no hay guiños hacia otros derroteros (por ejemplo, que la inmortalidad no es ninguna bendición, que el amor es una fuerza que puede justificar todo o que la ficción puede ayudar a lidiar con este mundo).

El cariño por el conocimiento, la curiosidad infantil que orilla al asombro ante nuestro alrededor está presente también en Pacific Rim. La disección de los invasores es marca de la casa y ya antes insectos o vampiros mutantes habían sido objeto del escrutinio de la cámara del jalisciense. Esa inmersión en las entrañas de lo desconocido y en los mecanismos que permiten el funcionamiento de maravillosos artificios evocan desde luego la fascinación infantil ante el descubrimiento de lo que nos rodea. El desfile de criaturas  que protagonizan sus películas (fantasmas, vampiros, demonios, faunos, kaijus) retoma y revitaliza la mitología fantástica e incluso le aporta seres nuevos como ese maravilloso, temible e inolvidable ogro llamado “hombre pálido.” Las espectaculares batallas entre jaegers y kaijus son una escenificación más de esas luchas maniqueas que pueblan la imaginación infantil, y que sólo a ese reino deben pertenecer. La sofisticación y la complejidad no suelen ser patrimonio de los blockbusters y tampoco lo son de éste. Se confirma aquí que los proyectos alejados del mainstream son aquellos que más personales y, por ello, más interesantes pueden ser: sus tres cintas filmadas en español (Cronos, El espinazo del diablo y El laberinto del fauno, todas con presupuestos modestos y realizados en la lengua materna del autor) carecen de las coreografías, las peleas, los efectos y la parafernalia de sus acompañantes hollywoodenses pero ganan en emociones que en Pacific Rim se antojan un tanto forzadas.

Del Toro ha hecho, una vez más, la misma película. Pero, como esos muñequitos de plástico de nuestra infancia, su problema es que tiene más rebabas que otras, lo que no impide que aliente también la ensoñación.

1 El protagonista de Cronos decide destruir el artefacto que lo inmortaliza a pesar de que ello representa su propio fin; en Mimic, el policía distrae con su muerte a los insectos humanoides para permitir que los demás escapen y, ulteriormente, acaben con aquellos; la vampira Nyssa pide a Blade exponerse al sol para evitar la propagación de una mutación de su especie; la pequeña Ofelia del Laberinto del Fauno muere pero salva a su hermanito y, quizá, a su mítico reino; en Hellboy 2 la princesa Nuala asegura con su muerte y la de su hermano la paz entre los hombres y los elfos; finalmente, el general Pentecost y el altanero Chuck Hansen destruyen el jaeger que tripulan a fin de abrir paso a sus compañeros (y, de paso “cancelar el apocalipsis”) en la misión final de Pacific Rim.

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Publicado en: Cine