Omitir y postergar: dos rostros de la misma negación del ser aquí y ahora, dos formas de dar la espalda al tiempo y ceder a la muerte el espacio de la vida. Nadie olvida realmente lo que ama de verdad. Nadie renuncia a sus deseos más íntimos,  profundos, primarios, acaso inconfesables. Pero no siempre es posible realizar el amor o satisfacer el deseo. Muchas veces la imposibilidad es impuesta por las circunstancias, pero la más de las veces proviene de nuestras más razonables sinrazones, nuestra percepción del absurdo y el sin sentido. Omitir y postergar pueden ser falta de impulso vital, creencia mágica en la duración infinita de la oportunidad, falta de imaginación acerca del tiempo y la caducidad de nuestra único e irrepetible turno para intentarnos como obras maestras de nuestro propio esmero. Pero también pueden ser una forma de imaginación suficiente para ver la inmensidad cósmica, histórica y -para bien o mal- humana y abandonar la tentativa de ser, como el náufrago asido a una tabla puede olvidar la esperanza demencial de encontrar tierra o -siquiera- un navío providencial en la inmensidad oceánica.

olvido

En el pulso entre el absurdo y el sentido de la vida se apuestan las fichas del hacer o no hacer, del postergar o actuar, de la omisión o la inclusión. El juego tragicómico, regente de la existencia humana tal cual lo visualizó Dostoievski en la que considero su obra clave, El Jugador, no la mejor o mi favorita, pero si la que contiene la hoja de ruta de uno de los pocos escritores dignos de ser releídos insaciablemente.

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Nuestra época se vale de muchos conceptos para evaluar a los seres humanos. Conceptos como ganador o perdedor y cosas por el estilo que —invariablemente— se asocian con la cuenta bancaria y la aceptación social. Nuestra época nos califica según nuestra integración al sistema económico, social y cultural. Todas las épocas han sido lapidarias con quienes escapan al esquema de sociabilidad de los sensatos. Quien se mueve fuera del guión que nos entregan al "limpiarnos" de la "suciedad" de la placenta tiene opciones dentro de la marginalidad: el manicomio, la cárcel o esa fina condena del sistema en boga que consiste en ser exiliado de entre los vivos a punta de adjetivos. Los dolientes y débiles lamentan esto y uno no entiende qué hacen confinados en sus charcos de lágrimas onanistas. Otros asumimos sensatamente nuestra condición, nos obstinamos en vivir —lo que se llama vivir— conforme a nuestros actos y decisiones, y a veces nos apasionamos en un insano orgullo ante el "error". Somos soberbios y déspotas, pero no ante la gente común, sino ante los titiriteros que nos quieren de bufones: nos vemos en el bufón de Lear, uno de los más inquietantes personajes de Shakespeare.

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Vivir, y lo demás al pairo. Cuando estudiaba arquitectura, después de teatro y psicoterapia y antes de filosofía, hice muchos viajes escolares. Mis compañeros tomaban fotos, dibujaban bocetos de imitación y anotaban; yo admiraba pasivamente. Había que entregar las bitácoras al regreso. Mientras los demás emperejilaban y engargolaban yo escribía y dibujaba. Muchas veces me traicionó la memoria, pero aún recuerdo cuanto vi: no necesito ojear u hojear esas bitácoras. Y es que la memoria tiene secciones privilegiadas, eso ya se sabe sobradamente: este tiene memoria visual, aquel otro auditiva, etcétera. Yo tengo una extraordinaria memoria para las reflexiones mías y de la abundante gente valiosa con que la vida me ha obsequiado. Es recordando lo que pensé o pensaron como invoco lo que sucedió. Las inexactitudes no son sino la copra, la herrumbre, la paja que el tiempo ha consumido. Poco puede Cronos contra la sustancia, esa certeza es mi última referencia indirecta a los graves asuntos de la omisión y la postergación.

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El desencanto es otra cosa. Este tema y el de la sobrevivencia son constantes en mi trabajo. Lo que uno escribe no tiene nada que ver con lo que otros leen. Los malentendidos y las interpretaciones malintencionadas son desconcertantes aunque previsibles. También son aburridas. Para estar en desacuerdo es necesario un acuerdo de base: el lenguaje y el asunto. Otro tanto vale para el improbable estar de acuerdo. Dediqué un libro al desencanto. Creo que nunca me sentí más lejos de mis contemporáneos al oír o leer ciertas conclusiones que apuntaban a que renuncio a la utopía y los esmeros que exige. Pero más me inquietó el silencio, como si casi nadie se hubiera enterado, como si a nadie le hubiera interesado, como si fuera un delirio mío y en realidad jamás hubiera escrito eso. Pero lo escribí y publiqué. también sé que lo leyeron y releyeron, que se sintieron confrontados, que prefirieron no estar de acuerdo y que no encontraron las palabras que podrían expresar tal desacuerdo o -más precisamente- el deseo intenso de marcar distancia con lo escrito por mí, acerca de un yo que es un inmenso nosotros. Y es que el desencanto busca conventos donde esconderse y purgar su culpa, tramas conceptuales y retóricas autocomplacientes o bien, como ha sido en mi caso y unos pocos de mis lectores, mirarse a sí mismo, encender un pitillo, mirar el horizonte y dar con las nuevas entelequias sin las que —a mi muy personal talante— la vida no sería más cosa que un pedo de cómico entre el estruendo del carnaval. El desencanto tiene que ver con muchas cosas, pero no —al menos no el mío— con la omisión y la postergación. Creo que nos hemos puesto al día.

 

 

2 comentarios en “Omisión, postergación y desencanto

  1. En definitiva me parece que los seres humanos tenemos la oportunidad de omitir y/o postergar en la vida. Lo que marca la diferencia en mi particular pensar proviene de la voluntad y la confianza; de ahí se esculpe y da forma a un fragmento de piedra tan única y a la vez tan numerada como las demás.
    O quizás hay quienes sin darse cuenta o con plena conciencia son espectadores dentro del vaivén diario, y al final también han esculpido su fragmento de piedra aún que la pieza final no se acerque ni un poco a lo que pudiese haber sido o imaginado; pero en ese caso ya no importarán las apatías, remordimientos o probables lamentaciones, al menos no en este plano.

  2. Nunca estoy segura del verdadero estatus de lo que estoy leyendo de DìazMonges y menos la intención pero es una perfecta máquina de perturbación…en esa “transparencia del mal” al estilo Baudrillard…