El sábado 28 de septiembre quedará en la memoria de tantos melómanos, de tantos tomadores y trasnochados y de otros más miles de nostálgicos que perdieron en José José a uno de los cantantes de su vida. Es verdaderamente inaudito que el poder de ciertas letras combinadas a la música logren reflejarse en los sentimientos de toda una generación. José José (1948-2019) fue, en ese sentido, una verdadera educación sentimental para los mexicanos, e incluso para una porción más de hispanohablantes.

En homenaje al Príncipe recuperamos tres textos de tres escritores a los que Delia Juárez encomendó una fina tarea: tomar el título de alguna canción de José José y convertirla en cuento, crónica o poema. Delia estaba pensando en las palabras de Juan Manuel Serrat a propósito de la banda sonora que todos llevamos dentro; es decir, en hacer literatura a partir de “esa canción que se hilvana en la entrada del alma”.

A estos agregamos un homenaje más del escritor J.M. Servín.

(Todos los textos, con excepción del de Servín, pertenecen a: Delia Juárez (comp.), Y sin embargo yo te amaba, México, Cal y Arena, 2009)


“40 y 20”

Ana Clavel

José José: Jocentones

Luis Miguel Aguilar

El triste

Héctor de Mauleón

El Príncipe que nos enseñó la diferencia entre el amar y el querer

J.M. Servín

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22 diciembre, 2018

Libros para regalar

Como ya es tradición, presentamos un puñado de obras para dar en estas fechas donde la literatura se convierte en un imperativo envuelto en moño. Esperamos que esta selección, hecha por el equipo editorial de Nexos, ayude a los lectores no solo a encontrar un regalo para salir del paso sino, ojalá, un libro que pueda tocar alguna fibra más allá de los villancicos.

Si hay algún escritor que exige con llaneza el término “monumental” es Jules Verne (1828-1905), pese a que solo sea recordado de manera anecdótica por las películas que se han adaptado de sus libros. A este momento, una vez que me arrojé a explorar gran parte de su narrativa, dudo que la historia haya dado al mundo un hombre con la descomunal imaginación del autor francés, capaz de entretejer tramas deslumbrantes con finales inesperados.

Mauro Armiño, que de manera regular mantiene vivo el interés en la mejor literatura francesa para los lectores en lengua española, reunió discursos, cartas y ensayos breves, respuestas a otros académicos, además de otros textos perdidos de Jules Verne en Viaje al centro de la mente (Páginas de espuma, 2018). El resultado es un mosaico de enorme interés sobre el hombre que percibió antes que nadie el potencial de la imaginación humana, empleada en conjunción con la ciencia, para la escritura de historias.

Porque además de la notable imaginación de Verne, destaca su entrega al oficio, con admirables historias de intriga, espías, lugares exóticos, habitantes originarios y maquinaria capaz de emborronar la frontera entre la realidad y los sueños. Las opiniones de Verne, imposibles de atisbar en su novelística, brillan en estas páginas en las que puede detectarse que su devoción por la ciencia era auténtica, además de su pasión literaria.

Si la literatura admite ser una pasión fervorosa, estas páginas de Verne subrayan que además pueden ser un consuelo para los días menos felices.

Luis Bugarini. Escritor y crítico literario. Es autor del blog Asidero.


Al igual que Borges, Ricardo Piglia (1941-2017) tuvo siempre una debilidad por la literatura policiaca. Al igual que el autor de Ficciones, el de Plata quemada le dedicó ensayos luminosos a un género generalmente despechado por el canon. Hace falta mucha lucidez para entender que lo policiaco no es solo una fórmula, un mecanismo gobernado por leyes que tantas veces devienen lugares comunes, sino que es, ante todo, una forma de leer el mundo.

Poco después de haber sido diagnosticado con Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA) en 2014, Piglia diseñó un plan para dejar una serie de obras póstumas. Los casos del comisario Croce (Anagrama, 2018), es una de esas obras. En ella el autor rescata a uno de los protagonistas de Blanco nocturno, el entrañable y meditabundo Croce, quien se enfrenta en estas páginas a enigmas tan dispares como el de una supuesta cinta pornográfica protagonizada nada menos que por Eva Perón, o el de un marinero yugoslavo acusado de asesinar a una prostituta costeña, o el de un crimen que requerirá de la poesía para ser resuelto.

No resulta trivial decir que el libro fue escrito usando Tobbi, un programa que le permitía a Piglia escribir con la mirada, cuando su enfermedad lo tenía prácticamente inmovilizado. “El interesado lector podrá comprobar si mi estilo ha sufrido modificaciones”, comenta él mismo en una nota final. Ni qué decir que estos casos contienen guiños a los clásicos y homenajes al género que tanto le fascinó, ni que el estilo no es otro que el de uno de los escritores imprescindibles del siglo XX.

César Blanco. Editor y traductor.


J. M. Coetzee invita al lector a abandonar la moral habitual para reflexionar sobre la certeza de su finitud. En Siete cuentos morales (El hilo de Ariadna/Literatura Random House, 2018) el autor regresa a su álter ego femenino, Elizabeth Costello, uno de los seres más complejos de la literatura contemporánea. La célebre escritora y conferenciante apareció por primera vez en Las vidas de los animales (1999), volumen que recoge las Conferencias de la Cátedra Tanner del curso 1997-1998, que pronunció en Princeton. Elizabeth Costello protagoniza el libro homónimo del escritor sudafricano, en el que hilvana ensayo y narrativa con maestría, publicado en 2003, año en que fue galardonado con el premio Nobel. Costello también aparece en su novela siguiente, Hombre lento (2005).

Siete cuentos morales presenta a una Elizabeth Costello que tiene 75 años y una firme conciencia ética. El libro reúne cuentos escritos entre 2003 y 2017. “El perro” versa sobre un can que intimida a una mujer que pasa cotidianamente ante su puerta. Ella quisiera armonizar con él. “Una historia” explora la infidelidad de una mujer casada. “Vanidad” trata el dilema de la apariencia en la ancianidad. “Una mujer que envejece” despliega la ternura de Costello. En “La anciana y los gatos” se aborda la animalidad desde la acogida de gatos asilvestrados. “Mentiras” es un relato epistolar en el que el hijo, John, cuenta a su mujer, Norma, el crepúsculo de su madre. Y “El matadero de cristal” consiste en un homenaje a Heidegger. Estos siete destellos constituyen el retrato de una mujer que procura dilucidar el significado de la existencia, mirando hacia atrás. El compromiso ético de Coetzee se impone: “A los viejos les atañe morir bien, mostrar a los que siguen cómo puede ser una buena muerte. En esa dirección va mi pensamiento. Me gustaría concentrarme en morir bien”, es una de las conclusiones. “¿Qué es, entonces, lo que hallamos de inaceptable en el dolor de la muerte?”. Deja la respuesta en la mente de cada lector.

Alejandro García Abreu. Ensayista y editor de Nexos en línea.


¿Un libro de historia en forma de novela? ¿Una novela histórica? ¿Una novela sin estructura clara? ¿Una novela-novela? ¿Qué es Viva, la novela del escritor francés Patrick Deville (Anagrama, 2016)?

En realidad, poco importa qué sea. Lo cierto es que se trata de un relato que atrapa desde el primer momento y que nos mete de lleno al México de los años treinta y de los muchos extranjeros notables que estuvieron en nuestro país en esa época, principalmente León Trotski y Malcolm Lowry, pero también Ret Marut (mejor conocido como B. Traven), Tina Modotti, César Augusto Sandino, Antonin Artaud, André Breton, Arthur Cravan y Graham Green, entre otros cuyas existencias se cruzaron con figuras mexicanas del tamaño de Diego Rivera, Frida Kahlo, David Alfaro Siqueiros y el presidente Lázaro Cárdenas.

Deville nos seduce no solo con su prosa limpia y su peculiar estructura narrativa, sino con una gran cantidad de datos históricos y biográficos que convierten a Viva en una experiencia fascinante que hace que queramos profundizar en todo lo que pasaba en México y en el mundo en esa etapa crucial del siglo pasado, pero también en las intimidades, pasiones, amores, creencias, ideas políticas y pensamientos de cada uno de los personajes que aparecen. No sé si es una novela propiamente o si más bien se trata de un fresco histórico, un gran cuadro de época, pero de que resulta un placer leerla no tengo la menor duda.

Hugo García Michel. Músico, escritor y periodista. Editor del blog Acordes y desacordes.


Cuando Hannah Arendt (Hannover, 1906-Nueva York, 1975) tenía apenas 17 años ya sabía cómo escribir poemas. Era una jovencita que pensaba en las viejas heridas, los pesares, las soledades perdidas, los días etéreos, la carencia de un timón en la vida, la dicha de bailar, la indiferencia del suburbano amarillo. Con esta esencia, el lector inaugura el sendero por las emociones y el pensamiento de Arendt vertidos en la breve y novedosa compilación de sus Poemas (Herder, 2017).

El primer corte temporal de los 71 poemas seleccionados en este libro abarca de 1923 a 1926. Algunos de ellos son frutos del árbol amoroso sembrado por Hannah Arendt y su profesor de filosofía Martin Heidegger, quien al conocerla tenía 35 años y estaba casado. La enamorada percibe que es “demasiado tarde, demasiado tarde”. ¿Para qué? ¿Para estar en la vida de quien le promete amor sin compañía? La enamorada llora con las despedidas y sufre con el fin del verano. La enamorada le escribe a la noche y le ruega: “Tú que consuelas, inclínate sobre mi corazón sin hacer ruido”.

A los poemas con sobresaltos amorosos le siguen aquellos que van dirigidos a la memoria de los amigos muertos —Walter Benjamin o Hermann Broch—. Entre 1942 y 1961, la filósofa alemana no dejó extinguir la llama de la poesía: mecanografió versos en los que aparecían el derecho, la libertad, el demonio, las calles destruidas por la guerra, las casas que no eran más refugio, el sabor del exilio. Sugiero, con humildad, entregar este libro a los amigos y bienamados un fin de año para —igual que Hannah Arendt— recordar que “La tristeza es como una luz encendida en el corazón”.

Kathya Millares. Editora de Nexos.


Tara Westover, la autora de Una educación (Lumen, 2018), nació en 1986 en el seno de una familia mormona ortodoxa de Idaho. En el libro narra su infancia: la hija menor de 7 hermanos que nunca se vacunó, no se lavaba las manos con jabón, no usaba cinturón de seguridad cuando se subía a un coche y, por supuesto, nunca fue a la escuela. Sin embargo, un día Tara decide que quiere ir a la universidad. La historia de Tara es la de una mujer autodidacta que tiene que ir contra su historia (y familia) para construir su propio rumbo. Su padre combina su fe con su paranoia y su madre es una partera, dedicada a la homeopatía.

Los logros académicos de Tara, una vez que ella asiste a la universidad, se ven opacados porque se siente traidora: a su familia, a su lugar de origen y a su religión. Así, la historia de Tara no es muy diferente a la de otras mujeres que creen que no se merecen sus logros y sus éxitos y que se consideran impostoras porque están en un lugar en el que nunca se imaginaron acceder. Una educación es un libro que deben leer quienes están interesados en entender la importancia de la educación. Pero si los lectores piensan que se van a encontrar con una historia cursi de éxito más, se van a decepcionar; Tara dice que nunca quiso “formar parte de un homenaje lacrimoso al sueño americano convertida en la típica triunfadora de origen humilde”. Su libro es un testimonio crudo y directo sobre el papel que puede tener la educación en una vida, con tensiones, contradicciones y sin romantizarla. Educada. Una memoria (como se llama en inglés) fue nombrado unos de los 10 mejores libros de este año por The New York Times.

Alma Maldonado-Maldonado Investigadora en el DIE-CINVESTAV y editora del blog de educación Distancia por tiempos.


Una lectura para acompañar ese lado irremediable de las fiestas decembrinas que es la familia tiene que ser Apegos feroces de Vivian Gornick (Sexto Piso, 2017). La autora retrata la realidad no elegida del linaje explorando la relación con su madre, una mujer que estaba “encima, dentro y fuera” de su hija y que ella necesitaba extirparse a sabiendas de lo imposible del cometido cuando, en la vejez de ambas, han seguido citándose no para la Navidad —pues son una familia judía— pero sí para caminar juntas por las calles de Nueva York.

La memoria personal que empieza en el Bronx a mediados del siglo pasado, entre vecinos que sufren de sus propios dramas domésticos, no oculta su razón de ser: el resentimiento que le tiene Gornick a su madre por haber renunciado a vivir tras la muerte de su esposo, el padre difuso de la autora, y haber decidido volcarse en su hija de una forma injusta pero aparentemente calculada: como siempre interpretamos las malicias familiares. Gornick se frustra con una madre que hace menos la biografía de Josephine Herbst que su hija le recomienda en un esfuerzo de empatía, o cuando decide hablar de sus sentimientos y ella le pregunta por qué no tiene puesto el abrigo. Pero más allá del ejercicio psicoanalítico de la admirada feminista que es Gornick, este es un libro aleccionador porque aparecen también algunas de las “condiciones” que van creando el pensamiento crítico: la precariedad, la universidad, la violencia de género, las relaciones variopintas.

En el fondo, es una historia sobre los tropiezos en lo que incurrimos todos al buscar los contornos de nuestra personalidad más allá de las lógicas de parentesco. Es el drama de la convivencia entre generaciones, de la incomprensión frente a los más cercanos y, finalmente, la imposición de una lección que dicta soltar las necedades para mejor encontrar los absurdos que florecen especialmente en estas épocas a fuerza de insistentes encuentros.

Ana Sofía Rodríguez. Editora de Nexos en línea.


Shakespeare Palace (Lumen, 2018) es una de las novedades del momento, luego de las recientes y merecidísimas premiaciones para su autora, Ida Vitale (Premio FIL y Premio Cervantes 2018). En una edición que apareció con la premura de la FIL, y que seguramente será aumentada, la poeta uruguaya nos cautiva de inmediato con un arte narrativo a la altura de cualquier cuentista o novelista.

Con una gracia incomparable y una soltura que nos amarra, Ida Vitale narra sus años de exilio en México, sus primeros trabajos y amistades, y el absurdo de la realidad cotidiana de la ciudad de México de los años 1970 aparece en todo su esplendor desde la atalaya irónica, inexpugnable, de la escritora. Crónica y testimonio realista, sin dramatismos, la anécdota y el registro personal se convierten aquí en práctica sencilla, vivaz, con el lujo de detalle que solo la modestia de una gran conversadora pueden dar. Lo que nos revela es una verdadera atmósfera intelectual digna de los trabajos de un historiador. Y la lectura de una obra de gratitud hacia los huéspedes de su exilio se convierte en un derroche de generosidad y reconocimiento hacia sus pares. Atmósfera intelectual de primera línea, porque por sus páginas desfilan encuentros con Tomás Segovia, Octavio Paz, Fernando Benítez, José Emilio Pacheco, Ulalume y Teodoro González de León, Carmen y Álvaro Mutis, etc. También aparecen las lecturas de Ida, por ejemplo su cariño por la obra de Rosario Castellanos, y su mirada, llena de admiración, hacia la cultura, en todas sus vertientes sensoriales, de un México que le entregó su alma con los brazos abiertos.

Álvaro Ruiz Rodilla. Editor de Nexos en línea.

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Con el mismo espíritu que el año pasado —el de establecer una suerte de memoria literaria— Nexos convocó a un nutrido grupo de escritores, críticos y editores, para que seleccionaran una obra de ficción, otra de no ficción y una de poesía publicadas en 2018 en el ámbito de la lengua española, incluyendo traducciones. Las dos primeras categorías genéricas son, ciertamente, muy debatibles, pero de gran ayuda a la hora de establecer un recuento anual y buscar una síntesis bibliográfica.

La siguiente lista no pretende ser canónica ni total, sino fruto de un consenso múltiple. Intenta ser, sobre todo, una guía para nuestros lectores. Está en sus manos valorarla, contrastarla, criticarla y —ojalá— disfrutarla.


Ficción

1er lugar

Emiliano Monge, No contar todo, Literatura Random House, 2018, 392 pp.

“Saltando de un género a otro, la voz de Monge parece afinarse aún más, si eso es posible. Un libro que no se cae de las manos y se vuelve adictivo.”
—Martín Solares


2do lugar

Ignacio Padilla, Micropedia. Lo volátil y las fauces, Páginas de Espuma, 2018, 232 pp.

“Soy el editor de este libro, pero aun así no tengo duda de que se trata del libro del año. Padilla escribió este ambicioso proyecto narrativo a lo largo de más de veinte años, cuatro libros de cuentos pensados temáticamente y como un todo armónico, que refleja todas sus obsesiones y su dislocado universo imaginario. Es su obra maestra.”
—Jorge Volpi


3er lugar

Rafael Pérez Gay, Perseguir la noche, Seix Barral, 2018, 200 pp.

“Pérez Gay cierra su trilogía sobre la enfermedad, la muerte y la ciudad, a través de un fresco en el que revela las entrañas propias por el paso del cáncer por su vida, y las entrañas de la capital a través de las pasiones de un grupo de escritores mexicanos de principios de siglo XX. Y al hacerlo nos revela las complejidades de la existencia más allá de maniqueísmos y correcciones políticas y morales de antes y de ahora.”
—Ana Clavel


No ficción

1er lugar

Juan Villoro, El vértigo horizontal. Una ciudad llamada México, Almadía/El Colegio Nacional, 2018, 410 pp.

“Villoro salda una deuda de 20 años tanto con sus seguidores como con el monstruo cuyas entrañas recorre con sagacidad y agudo olfato literario. Con un título que evoca el asombro de Pierre Eugène Drieu La Rochelle ante la inmensidad de la pampa argentina, El vértigo horizontal organiza el pasmo del cronista en seis líneas de un metro imaginario que circula a la velocidad de la prosa inteligente y vivaz a la que Villoro nos ha acostumbrado.”
—Mauricio Montiel Figueiras


2do lugar

Héctor de Mauleón, La ciudad oculta. 500 años de historias. Volumen 1 y 2, Planeta, 2018, volumen 1: 272 pp., volumen 2: 272 pp.

La ciudad oculta. 500 años de historias de Héctor de Mauleón es un libro entrañable, una bitácora que recorre los años y los días de una ciudad que se transforma sin cesar. Dividido en dos volúmenes, el libro cuenta episodios violentos, heroicos, dramáticos; […] La ciudad oculta recorre el extraordinario devenir de la capital del país desde su fundación hasta el terremoto de septiembre de 2017.”
—José Luis Martínez S.

Karen Villeda, Visegrado. Microensayos literarios de Hungría, Polonia, República Checa, Almadía/Secretaría de Cultura/INBA, 2018, 146 pp.

Visegrado asombra, entre otras cosas, por habitar libremente las fronteras de Europa Central y las fronteras de los géneros literarios. Los microensayos que componen el libro entretejen memoria, historia, versos y aproximaciones autobiográficas con sutileza, reconfigurando la geografía y el tiempo de esa parte del mundo.”
—César Tejeda


3er lugar

Bernardo Fernendez (Bef), Habla María. Una novela gráfica sobre el autismo, prólogo de Liniers, Océano, 2018, 152 pp.

“El libro más conmovedor y el más humano que se ha publicado sobre niños con rasgos autistas. Una novela gráfica rutilante, una habilidad narrativa y una hondura emocional fuera de lo común.”
—Martín Solares


Poesía

1er lugar

Elisa Díaz Castelo, Principia, Fondo Editorial Tierra Adentro, 2018, 86 pp.

“Dividido en los apartados “Sobre el sistema del mundo” y “Sobre el movimiento de los cuerpos”, Principia, el primer poemario de Elisa Díaz Castelo, es la indagación de un Yo que parece asumirse desde la catástrofe: sea por premonición o como un sobreviviente de la misma. El cuerpo que habla enumera los objetos alrededor de los que orbita, pero también los describe como escombros.”
—Patricia Arredondo


2do lugar

Coral Bracho, Debe ser un malentendido, Ediciones Era, 2018, 100 pp.

“Una cúspide en la obra de su autora. Exploración desconcertante e iluminada del Alzheimer de su madre.”
—Alberto Ruy Sánchez


3er lugar

T. S. Eliot, The Waste Land /La tierra baldía, edición de Víctor Manuel Mendiola, Elementia/Ediciones El Tucán de Virginia, 2018, tomo I: 64 pp., tomo II: 208 pp.

Inti García Santamaría, Évelyn, Dharma Books, 2018, 50 pp.

Maricela Guerrero, El sueño de toda célula, 2018, 118 pp.

David Huerta, El ovillo y la brisa, Ediciones Era, 2018, 133 pp.

Balam Rodrigo, Libro centroamericano de los muertos, Fondo de Cultura Económica/INBA/Instituto Cultural Aguascalientes, 2018, 142 pp.

Julia Santibáñez, Sonetos y son quince, Parentalia, 2018.


*Agradecemos a todos los autores, críticos y editores que amablemente respondieron a la encuesta: Héctor Aguilar Camín, Armando Alanís, Hernán Bravo Varela, Jazmina Barrera, Luis Bugarini, Eduardo Casar, Ana Clavel, Luciano Concheiro, Alberto Chimal, Guillermo Fadanelli, Alejandro García Abreu, Margo Glantz, Armando González Torres, Mauricio Montiel Figueiras, Myriam Moscona, Antonio Ortuño, Roberto Pliego, Elena Poniatowska, Iván Ríos Gascón, Álvaro Ruiz Abreu, Alberto Ruy Sánchez, Mary Carmen Sánchez Ambriz, Martín Solares, César Tejeda, Alejandro Toledo,  Karen Villeda, Jorge Volpi, Isabel Zapata.

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Esta semana se presentará el Presupuesto de Egresos de la Federación para 2019, lo que marcará en gran medida el rumbo del país durante el próximo año. En lo que concierne al sector cultural, existen varios pendientes, acaso el más imperativo es la necesidad de ajustar los montos para este rubro tan indispensable y a menudo tan soslayado. Con el ánimo de abonar a una discusión que debe ser  constante y necesaria, compartimos tres textos de diversa índole y una misma preocupación: colocar a la cultura en el centro de la agenda pública.


El Cuarto Pilar del desarrollo en la Cuarta Transformación

Sergio Mayer Bretón

Una inversión en ciudadanía

Nicolás Alvarado

Presupuesto de Egresos 2019: un elemento central para nuestro derecho a la cultura

Ernesto Piedras

Ilustración: Izak Peón

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Fernando del Paso (Ciudad de México, 1935-Guadalajara, 2018) practicó la dramaturgia, la poesía, el ensayo, la pintura, la gastronomía y, magistralmente, la narrativa. En 2007 nexos convocó a una pléyade de escritores para que eligieran la novela mexicana más importante en tres décadas: Noticias del Imperio resultó la elegida. Para celebrar la vida y obra de Del Paso, otra pléyade evoca al también autor de José  Trigo y Palinuro de México.


Hay linajes de escritores. Hay los de la puerta de marfil, por donde cruzan los sueños y la fantasía, y  los de la puerta del cuerno, por donde cruzan la realidad y los hechos. 

Hay también los linajes de la brevedad y la concisión, donde  viven Chejov o Borges, y los de los grandes murales de la vida, donde están Dickens y Balzac.

Finalmente hay los escritores que hacen catedrales, como  Proust  o Joyce, autores que pasan la vida escribiendo un libro o dos, o siete, como Proust,  que en el fondo son el mismo libro enorme, inextinguible, en algún sentido inabarcable. 

Terra Nostra, de Carlos Fuentes, es uno de esos libros catedrales de la lengua española. Paradiso de Lezama Lima, otro.

Fernando del Paso es un autor que escribió tres catedrales en su larga vida de escritor. Tres catedrales distintas, cada una única en su género, cada una suficiente para agotar la vida  y las energías de cualquier escritor catedralicio. 

Del Paso escribió una catedral cada diez años: José  Trigo en 1966, Palinuro de México en 1977, Noticias del Imperio en 1987.

Novelas como catedrales: inmensas en su ambición y en su tamaño, inspiradas y sorprendentes en sus detalles, sus registros, sus secretos, sus grandes trazos y sus inagotables miniaturas.

Del Paso es el mayor arquitecto narrativo de nuestras letras.

Héctor Aguilar Camín


Apenas me enteré de su muerte, tuiteé: “Abran Paso a la luz… Se nos fue el maestro. Nos quedan las lecciones de dignidad y la inmensa obra”. Porque, aunque es quizá el autor más “literario” de nuestras letras, siempre tuvo lugar para el compromiso con la realidad: ahí están la denuncia de José Trigo y el movimiento ferrocarrilero, Palinuro y el 68, y ese altar barroco en el que historia y vida se entrelazan en la figura delirante de Carlota que es como nuestro paso demencial por la distopía: Noticias del Imperio. Pero también de manera declarativa en su discurso del premio Cervantes 2015, donde aprovechó el foro internacional para señalar las injusticias y crímenes recientes del país. Una figura de altura moral por su verdad estética y su dignidad humana. Nos hará mucha falta.

Ana Clavel


Fernando del Paso fue uno de los primeros escritores que despertó en mí la necesidad de apropiación que la literatura suscita (un fenómeno singular propio del arte literario, como lo describía Philippe Sollers). Leí José Trigo y me adentré en un universo indistinto formado por la palabra y la realidad. Después seguí atentamente su obra. Lo conocí en Guadalajara. Nos fuimos simpáticos, pero yo acostumbro mantenerme lejos de los escritores que admiro. Era un hombre elegante, y su pasión por la historia, el lenguaje, la gastronomía y la ciencia lo tornaban un privilegio. Lamento su muerte y me refugio en sus libros.

Guillermo Fadanelli


Fernando del Paso es uno de los últimos creadores titánicos del siglo XX mexicano, que salpicó su talento en diversos campos y que patentó tres obras maestras de la narrativa. Quizá los rasgos que más me llaman la atención de Del Paso son la paciencia, perseverancia, rigor y sentido de la permanencia que caracteriza la factura de sus tres grandes novelas, y que van a contracorriente de los apresuramientos creativos que propician el mercado y la farándula intelectual. Del Paso mezcla muy diversos registros: el largo aliento narrativo, la disposición experimental de las vanguardias, el gusto por el fresco histórico y la curiosidad por el lenguaje. Cierto, muchas de estas corrientes están en boga en su época; sin embargo, Del Paso las absorbe y las dota de una exigencia, riqueza y complejidad peculiar. El resultado es una obra tan deslumbrante como desafiante. Por eso, su mérito es doble: facturar, lenta y detenidamente, atenido a su propio ritmo interior, una escritura excéntrica y contribuir con ella a revolucionar el gusto y la apreciación contemporánea en torno a la narrativa.

Armando González Torres


Creo que Fernando del Paso es el escritor al que más envidio: supo desentenderse del canto de las sirenas editoriales, de la prisa imperante, de la visibilidad, y se concentró en la escritura de cuatro novelas, tres de ellas fundamentales para nuestras letras, lenguas en sí, voces que nos explican la propia lengua y sus alcances. Una novela cada diez años. Si eso no es una lección de escritura y temple, no sé qué es. Leo la manera en la que lo despedimos y descubro una inusitada serie de afinidades, de afectos, de amor real por una literatura que no echaremos de menos porque allí se quedó para siempre.

David Miklos


Sólo tres de sus novelas bastarían para corroborar que Fernando del Paso fue uno de los más grandes escritores mexicanos (José Trigo, Palinuro de México, Noticias del Imperio) pero resulta que también fue poeta, dramaturgo, cuentista, ensayista y además fue pintor y dibujante. Entonces no hay que decir que Fernando del Paso fue uno de los más grandes escritores mexicanos sino un artista total: el lenguaje fue su esencia, una verbalidad plástica, visceral, lírica, iconoclasta, irreverente, salvajemente irreverente. Sus personajes, seres cuyo tormento fueron los relámpagos de la lucidez (en ellos, la serenidad yacía en la confusión, el delirio, los cataclismos de la carne), sus historias un periplo interminable a través del sueño de la razón.

Iván Ríos Gascón


Me gustaba su estilo de vestir: abigarrado, vistoso, como su obra.
J.M. Servín


Con la partida de don Fernando del Paso se cierra un capítulo irrepetible en la historia de la novela latinoamericana. Después de él, después de Carlos Fuentes, de Gabriel García Márquez, resulta difícil imaginar que habrá novelas más arriesgadas en cuanto al uso del lenguaje, al humor, a la imaginación y a la libertad artística.

Sólo escribió cuatro novelas en sus ochenta y tres años de vida, pero es como si hubiera creado cuatro catedrales él solo, a mano y con paciencia de artesano: cada una es un logro monumental, donde no sobra una frase: todas están hechas de ese material inflamable que es la prosa de un poeta divertido.

Además de su entrañable familia, le sobreviven miles de lectores y medio centenar de personajes que encarnan el desastre de la intervención francesa, la represión de los estudiantes, la miseria mexicana y la altura del lenguaje cuando está en manos de un auténtico poeta.

Tuve el honor de editar un pequeño libro suyo, Amo y señor de mis palabras. Uno de los primeros lectores en la editorial comentó que el capítulo principal le parecía mágico y el día que salió este libro de la imprenta, don Fernando obtuvo el premio Cervantes de literatura. Me enteré de madrugada y dudé sólo unos minutos antes de llamar a su familia para anunciarle la novedad. Pronto hubo muchos lectores suyos saltando de alegría entre Guadalajara y Madrid, como si saliéramos de su sombrero.

Por lo mucho que amó y apoyó a la mayor feria del libro de Latinoamérica, no estaría mal que el premio de la FIL lleve el nombre de don Fernando del Paso. Y que releamos a Palinuro, a Carlota, a José Trigo y a Linda Sorensen a la menor oportunidad.

Una gran biblioteca de Jalisco lleva su nombre. Pero si hubiera justicia poética en este mundo, también deberían llevarlo una casa en San Francisco, una escuela de medicina en la Ciudad de México, un castillo en Bélgica y una pirámide azteca.

Martín Solares


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Incurable, poema largo o novela en verso, dividida en nueve capítulos, se publicó originalmente en 1987. Sus casi 400 páginas de versos están pobladas de asombros, terrores, revelaciones y reflexiones que socavan la naturaleza del lenguaje. La experiencia de su lectura es un acto abrumador, sin treguas, pues, como escribió Emiliano Álvarez, en el poemario “no hay una sola concesión, un solo momento en donde sintamos permiso de abandonar, siquiera un poco, el compromiso intelectual y sensible que implica —o debiera implicar— la lectura”. No hay tampoco poema contemporáneo en México que trate de manera semejante el desbordamiento de imágenes y la proliferación de la voz poética.

Para celebrar sus treinta años de aparición, la editorial Era reedita ahora por primera vez este libro de suma importancia para la poesía mexicana de finales del siglo XX. Aunque ningún muestrario pueda tan siquiera acercarse a la experiencia de Incurable, ofrecemos algunos extractos del primer capítulo, para darle al lector un mínimo roce de la imponente creación que le llevó quince años concluir a David Huerta, uno de nuestros más admirables poetas vivos.


Capítulo 1. Simulacro

[…]
Adivinar en los almacenes de las palabras dónde se esconde el rayo, el escondrijo del mundo en la bolsa del día,
la página mercurial que no ha sido escrita y cuya blancura está recubierta con la tinta de los deseos desalojada por los nombres,
vagabundeo en busca de esa adivinación en la escuálida y pegajosa luz de este almacén,
abandonado por las noches y espolvoreado por el hisopo lejano de un chispazo de fiebre: Este almacén de palabras
donde te sientes el oscurantista, el tuareg, el animal, el monstruo en la laguna de las denominaciones,
el gato negro sobre las piernas de la reina de las palabras,
el intruso sin credenciales, el prófugo, el anegado, el ladrón de instrumentos ortopédicos,
el que traga nueces con cáscaras, el que bebe el menstruo en una copa pompeyana,
el que se asusta con sus propios reflejos, el que pena en la madrugada de las vacaciones afantasmadas, el que se pone verde
cuando piensa en su madre con las piernas abiertas y no precisamente dándolo a luz,
el que tiene una lengua telescópica, el que se duele por ausencias inventadas y por melancolías falsas,
el que baila una danza de gusanos, el que construye murallas chinas en sus labios agujerados,
el que brilla como una brújula rodeada de nortes,
el que se lanza en la corriente para rescatar una dentadura postiza como si fuera una civilización a la deriva,
el que sabe callarse en medio del estruendo, el que se pone las manos en la entrepierna y aúlla como una hidra delirante,
el que se siente un islote y oye el rumor del mar en la profundidad de los rostros.

El almacén de las palabras es un lugar extraño, húmedo, una galería sigilosa, un hospital dormido.
Cardumen candoroso, con su latinidad a cuestas,
difícil, fosforescente como una omega “en el pizarrón de las etimologías”.
Ojiva o multitud, ramo de piedras, rocas, en el oro del nombre,
siemprevivas palabras, “oscura siembra”, en la cúspide sorda y monumental del mármol sonoro.

El almacén es un espacio trémulo, una tecla genésica
que el mundo amplifica hasta la magnitud mortuoria del réquiem o la súplica.
El almacén de las palabras: el almacén de las palabras.

§

El sábado es una pobre reliquia, un magma de procesiones milimétricas,
una riqueza evadida: camino por un pozo abierto,
mi cuerpo es una mancha en el espejo del sábado, mis manos tocas las llegadas, las despedidas, el golpeteo
de lo que se construye como sábado, una deriva de óvalos o una implantación quirúrgica en el cuerpo de la semana,
algo diverso y contradictorio que no acaba de surgir, una artesanía de agotamiento. Dicen que es la rutina,
el cansancio, la falta de imaginación, el trazo indeleble de la cotidianidad (tema de tesis).
Quién sabe dónde se esconde el verdadero sábado: el sábado árido, funesto, esdrújulo, está aquí:
es el aburrimiento, la falla geológica en la raíz de nuestras cordilleras o costumbres.

§

Enciendo un cigarro mientras me observas, he llegado a las 5 y estoy peinado para la ceremonia de tus observaciones.

Devoración de las cosas por la luz del verano. El verano: un oro destilado y recto,
plegado entre tus ropas, garfio sobre tus mejillas de pan y tus dedos empapados de asombro.
Garfio mis frases contra los cortinajes. La ge y la jota: desprendimientos áridos del yo, brusco sonido
en el sentir del “análisis”. Palabras, roces. Tu sed corpórea inclinada sobre una sangre de páginas.
Pero si observas mis imágenes, el cinematógrafo extenso donde establezco mi intermitencia,
observarás mejor aún. Yo es condición de concordancia, una mera colección de gestos y sonrisas que no son más que dientes,
como decía Kerouac. Hipertrofia del yo para tu observación.
¿Qué bisturí, qué rayo, qué microscopio me preparas? Deambulo, vagabundeo, sentado y con mi cigarro entre los labios,
echando humo por la boca torcida con una melancolía inconsolable
pero eso ¿de qué serviría? Habla. Es lo mismo. Hablo en ti.

El narcisismo en mangas de camisa me toma por los sobacos y me levanta frente a ti
como si fuera un ídolo labrado en la cortesía, un puro jade para la simulación de tus creencias.
Es tu acero, la fuerza de tu contorno lo que me desconcierta, el amordazado simulacro que tú o la tercera persona me habían preparado. Ahora bebo una cerveza, recuerdo la obsesionante palabra Benelux en mis labios, como en otras ocasiones;
busco el arrasamiento de los signos en un cuadro de Francis Bacon y no encuentro, inconsolablemente,
más que una hilera de ficciones debajo de la tela: pintor inglés contemporáneo, Quevedo, Goya.
Estoy seguro que Francis Bacon ha pactado con lo mejor de mis intenciones al poner esto sobre este papel…
Tu risa me desmorona pero no tengo más remedio que ponerme a reír —yo también.
Porque no hay misterio ni Goya ni pintores ingleses. Un verano se difunde bajo todo lo que sucede ahora,
mas no nos toca decidir dónde se encuentra en realidad esa otra luz que creemos haber observado.
Esta luz que entra por la ventana, a mis espaldas, y atraviesa con un fluir pausado los cortinajes,
es ya una forma de olvido que sirve para decidir la verdadera naturaleza de tus observaciones.
Mis imágenes te observan con una fruición desmesurada. Es todo lo que te puedo decir, lo que digo en ti.

§

No llevo en mí marcas intolerables, únicamente una línea transversal que suena como un polvo,
como un lazo claro. Intolerable es lo que se detiene, lo que enmascara las piedras del esfuerzo,
lo que desvía el hambre con una pasajera satisfacción. La sobrevida está en el esfuerzo,
en la transversal que traduce el esfuerzo en una energía que habita el corazón de hierro de los minutos.
Pero a su vez la sobrevida nos agrega a una lucha contra las otras larvas y madrugadas y roces, cuerpos
que nos rebasan, y cuyo rastro brillante y húmedo advertimos en el sistema del día.
Los otros marcan la sobrevida cuya fuente es la fuerza;
la marcan con un padecimiento que nos ata, que nos congrega para qué.
La sobrevida, la fuerza o el esfuerzo están marcados por un lazo siempre diferente,
mojado en la exterioridad de los padecimientos, urdido en los temblores vivos. Cada margen que nos rebasa
derrama “nuestro texto” en el telar de los poderes humanos.
Las apariencias consisten en que no tenemos más que “márgenes”.
Esta sustancia es variada y está en el fondo lacustre de la superficie novelesca. La “actividad sustantiva” de los otros —hemos dicho—
es una derivación o una deriva siempre en los márgenes, un rodeo mercurial que enlaza el lenguaje a los padecimientos exteriores.
El padecimiento tiene una sustancia relativa: crece como una transparencia, como una enredadera, entre chispazos,
y luego cede a otra ficción del yo, se enmascara en el esfuerzo y en el trabajo, se convierte en el suceso que entendemos.
Pero entender es una parte, un engranaje de las apariencias: el verdadero “entender” consiste en un uso de la fuerza,
en un dar en el blanco con el pedernal de nuestro cuerpo,
en una blancura donde divergen los haces del esfuerzo en un follaje que, así, multiplica geométricamente
los poderíos instantáneos que construimos. […]

§

Un lenguaje simula oírse, desliza tintas en el oído
y cierra en los rostros una expresión convenida: pero luego resbala rumbo a sus dédalos, informe
y ciego, sordo. Lenguaje como disfraz y cerco, blancura desgarrada del aire desalojado por las palabras dichas,
atmósfera que se quiebra imperceptiblemente y separa en su seno
el destino y el usufructo de dos respiraciones.
Conversar es así un modo de excluirse, una demanda piadosa del que oye y un soterrado desprendimiento
del que habla, escena que recorre el vacío del follaje “personal”,
y luego retorna a su melancolía cuando el aire sella de nuevo sus esclusas.
En el nivel de la sangre se cocinan palabras turbias, gritos incomprensibles y bellísimos, cargados
con una mercadería perversa, guardada en un almacén oscuro y expuesta en el taller del minuto con un desdén o una furia
para el consumo del tiempo convenido. Conversar es dilatar una ausencia y dilatarse,
como en el monólogo del exiliado, en una postergación y una usura.
El que habla vende una pobreza y trueca en el sistema de sus proferimientos
una percepción por un disimulo. Así, el que escribe rescata esa pobreza para el cielo de la página,
la decora, la finge para un reino diverso, para un baile al que el lenguaje no está invitado.
Pero ante la blancura de lo dicho y lo conversado, la negrura de escribir maneja de otro modo
el usufructo, la censura, las fracturadas costumbres del prestamista locuaz que llevamos adentro, en un subsuelo piadoso y desesperado.
[…]

 

Fuente: David Huerta, Incurable, México, Ediciones Era, col. Alacena, 2018, 390 p. Ya disponible en librerías del país.

 

David Huerta
Poeta, ensayista y traductor. Su poesía reunida está publicada en La mancha en el espejo (FCE, 2013).

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MICA (Mercado, Industria, Cine y Audiovisual) es un espacio de encuentro y colaboración entre la industria cinematográfica mexicana e internacional a través de cinco días de actividades que incluyen reuniones de mercado, clases magistrales y talleres. En el marco de MICA se llevó a cabo un foro de presentación de libros para adaptación audiovisual. El proceso legal de adaptación es mucho más viable de lo que se cree, como detalla este texto. Por eso, las editoriales invitadas (Anagrama, Sexto Piso, Penguin Random House y el Fondo de Cultura Económica) presentan dos títulos de su catálogo cuyo potencial para una adaptación audiovisual consideran notable. Estos son los libros que escogieron, y la justificación que dieron para su potencial adaptación al cine o a cualquier medio audiovisual.

Anagrama

Marta Sanz
Farándula 
Barcelona, Anagrama
2015, 240 p.

¿Por qué deberían adaptar este libro a un proyecto audiovisual?
Esta novela de Marta Sanz, ganadora del Premio Herralde de Novela, utiliza la risa como herramienta de diagnóstico; el texto es divertido pero a la vez triste, puntiagudo, ácido. Esta historia coral sobre el mundo del espectáculo ofrece muchas posibilidades para la adaptación, es irónica pero a la vez lúcida, y pese a estar presentada en clave de humor, no está exenta de crítica social. Tiene todos los ingredientes necesarios para convertirse en una comedia cinematográfica, o incluso una serie. El estilo es ágil, con habilidad para retratar situaciones y para penetrar en la psicología de los personajes, que muestran naturalidad en la forma de expresarse y que los hace muy adecuados para ser trabajados en el cine.

 

Juan Pablo Villalobos
Te vendo un perro
Barcelona, Anagrama
2015, 256 p.

¿Por qué deberían adaptar este libro a un proyecto audiovisual?
Te vendo un perro es una historia muy divertida y un retrato amargo del artista contemporáneo; el edificio en donde transcurre la acción, los personajes y el retrato que surge del México de los años ochenta son perfectos para una adaptación al cine. Aunque está fundamentalmente escrita en clave de parodia, se puede leer también en clave de denuncia. Es comedia, tiene un humor contagioso, imaginativo, perverso y arriesgado, incisivo e inteligente. Los personajes son totalmente singulares, y en general la historia parece surrealista.

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Sexto Piso

Carlos Velázquez
La efeba salvaje
México, Sexto Piso
2017, 136 p.

¿Por qué deberían adaptar este libro a un proyecto audiovisual?
La mordacidad de Carlos Velázquez conjuga ambientes sórdidos y limítrofes (la mayoría de ellos en el Norte de México) con un gran sentido del humor y un manejo estupendo de la trama, ideal para el lenguaje cinematográfico. Hace dos años se llevó al cine su relato “El alien agropecuario” bajo el título El alien y yo.

 

Juan Villoro y Bef
La calavera de cristal
México, Sexto Piso
2011, 72 p.

¿Por qué deberían adaptar este libro a un proyecto audiovisual?
Historia de aventuras que lo mismo evoca el México prehispánico o nos presenta grandes villanos, como coleccionistas clandestinos de arte prehispánico, bibliotecarios con las manos enmohecidas o empresarias con contactos gubernamentales. Tiene un registro amplio para espectadores (jóvenes y adultos). Tiene humor e interés histórico y etnográfico.

 

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Penguin Random House
Alma Delia Murillo
El niño que fuimos
México, Alfaguara
2018, 280 p.

¿Por qué deberían adaptar este libro a un proyecto audiovisual?
Una historia al mismo tiempo íntima y llena de peripecias sobre los miedos de la infancia, el mundo del internado, en el que se conocen los protagonistas (Óscar, María y Román) a los diez años, y la marca indeleble que deja la orfandad. Dos niños y una niña viven todo eso y se reencuentran veinte años después, con pendientes en sus vidas que incluyen cobrar venganza de un abusivo pedófilo, reconocer un enamoramiento persistente y enfrentar una posible culpa matricida.

 

Luisa Reyes Retana
Arde Josefina
México, Literatura Random House
2017, 152 p.

¿Por qué deberían adaptar este libro a un proyecto audiovisual?
Arde Josefina cuenta una historia clásica y, al mismo tiempo, radicalmente original, una historia íntima y perturbadora. Los elementos centrales de este relato son algunos de los temas que más han preocupado a la humanidad desde siempre: la familia y sus heridas, el amor, la locura, el incesto, el abandono. La narración es vertiginosa y precisa; muchas cosas ocurren en una novela tan breve y, sin embargo, el relato nunca se siente saturado. Si esta cualidad narrativa consigue trasladarse al cine o a la televisión, el resultado sería notable. 

 

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Fondo de Cultura Económica

Vicente Leñero
La gota de agua
México, FCE
2002, 220 p.

La gota de agua relata, de manera cruda y a veces humorística, el drama de la modernidad en la Ciudad de México, una urbe que se ve abatida cada vez más por la falta de recursos debido al crecimiento descontrolado de su población. Leñero aborda en primera persona esta gran crisis urbana, propia aún de la actualidad, narrando las peripecias a las que se ve sometida una familia de clase media a fin de superar diversas dificultades ante la escasez de agua.

¿Por qué deberían adaptar este libro a un proyecto audiovisual?
De uno de los grandes problemas que aquejan a la Ciudad de México nace una historia que nos es común a todos. El humor y la ironía acompañan a esta novela escrita sin ficción, cuyo interés es documentar la coyuntura de la época. Sin embargo, ese contexto del que escribía Vicente Leñero hace 35 años, hoy no solo es similar sino mucho más grave y relevante. El estilo sencillo, la riqueza del lenguaje, la profundidad y la universalidad de esta novela facilitan su adaptación a un medio audiovisual y hacen posible su recepción positiva en diversos públicos.

 

Francisco Rojas González
El diosero
México, FCE
1960 (1a ed.), 134 p.

En los 13 cuentos incluidos en El diosero, Francisco Rojas González retrata las costumbres y tradiciones de algunos pueblos indígenas de México. Con temas trágicos, religiosos, cómicos y cotidianos mezclados en cada cuento, Rojas González logra dar acceso al lector a un paisaje rico y complejo del México rural.

¿Por qué deberían adaptar este libro a un proyecto audiovisual?
Las historias de Francisco Rojas González introducen al lector al México íntimo, a ese México indígena y mágico que poca gente conoce y que es rico y fascinante en tradiciones y costumbres. Hoy en día, el mundo rural sigue estando muy olvidado. Se mantiene tan vulnerable como antes, pero aún conserva su misterio y riqueza cultural. Lo anterior, sumado a la originalidad y sencillez de estos cuentos, facilitan su adaptación a un medio audiovisual.

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Las entrevistas de prensa y el auge de los medios masivos contribuyeron como nunca a ensalzar la figura del autor. Al mismo tiempo, el periodismo, la radio y la televisión democratizaron el mundo del libro, al traer a los confines más amplios de la oralidad aquello que lo escrito resguardaba. Esto ocurrió con uno de esos escritores que precisamente lograron llevar los dichos, costumbres populares, las anécdotas de muertes y amoríos que corrían de boca en boca, al cauce de un arte poético tan colorido como refinado: Federico García Lorca. Por primera vez, un libro, Palabra de Lorca. Declaraciones y entrevistas completas (Malpaso, 2017), reúne todas las entrevistas y diálogos con la prensa de Lorca, gracias a un trabajo exhaustivo en archivos andaluces que rescata del olvido desde fotografías, entrevistas largas o póstumas hasta estampas, conversaciones breves, crónicas y encuentros fugaces con el poeta en España o durante su viaje a Buenos Aires y Montevideo.

Si algo resalta de este monumento a la voz de Lorca es la extendida fama que había adquirido no sólo en España sino del otro lado del Atlántico. La abundancia de reflectores, firmas de autógrafos, entrevistas y encuentros con la prensa no dejan de sorprender a un Lorca que, para principios de los años 1930, ya es el celebrado dramaturgo y alabado poeta imprescindible de las letras de nuestro idioma. Su popularidad coincide plenamente con “el desarrollo y madurez del género de la entrevista literaria en el mundo hispánico”, como apunta Christopher Maurer en el prólogo. La entrevista literaria, género de promoción y autopromoción tan absorbente y benéfico para un mercado en plena expansión, contribuye en este caso a forjar, en oro, la leyenda viva de Lorca, a ir cincelando el aura de admiración y elogio masivo en el mundo hispanohablante. Antes de los días aciagos de su regreso final a Granada, los periodistas culturales, escritores y editores ya quedan envueltos en una fragancia de dicha, simpatía y sencillez con el simple hecho de verlo acercarse. Muy pocos escapan a la ilusión de querer tratarlo como un verdadero personaje literario, exótico, con lo gitano por todo lo alto, como el Camborio de uno de sus romances. A dos periodistas que asisten a su desembarco glorioso en los muelles de Montevideo en 1933 les da la impresión de tener “salud de labriego y potencia de hombre mar”. Otros no esconden ese mester de idolatría tan propio de cierto periodismo, hasta el grado de afirmar que Lorca es la prueba de que “los poetas no son malos. ¿Cómo un hombre que ha hilvanado palabras hermosas puede abrigar en su corazón un sentimiento tan feo como la injusticia?”. Desde aquí todo parece idealización y, cuando más, lirismo de periodistas. De los siguientes fragmentos de Palabra de Lorca, que estará muy pronto en librerías mexicanas, quisimos destacar esas piezas maestras de la brevedad “Vilanos en el aire”, que aparecieron en serie en el periódico madrileño Luz, y que nos conducen a una forma de la entrevista extinta y, sin embargo, tan necesaria: la nota o estampa anónima. Otros fragmentos, firmados, pondrán ante nuestros ojos a un poeta juguetón, encantador y encantado ante sus interlocutores inquietos y protagónicos, maravillados frente al artista inolvidable que nació un día como hoy.

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Itinerarios jóvenes de España: Federico García Lorca
[con Ernesto Giménez Caballero]1

Hablo a Lorca por teléfono:
—¿En qué año has nacido?
—El 1899, 5 de Junio.
—¿Dónde?
—En Fuentevaqueros, Granada.
—¿Cómo se llaman tus padres?
—Federico García Rodríguez y Vicenta Lorca.
—¿De dónde son?
—Andaluces, granadinos.
—¿Qué has heredado —vitalmente— de tu padre?
—La pasión.
—¿Y de tu madre?
—La inteligencia.
—Dame más datos para tu solución de herencias.
—Yo no soy gitano.
—¿Qué eres?
—Andaluz, que no es igual, aun cuando todos los andaluces seamos algo gitanos. Mi gitanismo es un tema literario y un libro. Nada más.
—Más datos.
 —Mi padre, agricultor, hombre rico, emprendedor, buen caballista. Mi madre, de fina familia. Mi familia hizo crac en el siglo pasado. Ahora resurge otra vez.
—Gracias a ti.
—Bueno, gracias a mí.
—Dime tu infancia.
—Mi padre se casó viudo con mi madre. Mi infancia es la obsesión de unos cubiertos de plata y de unos retratos de aquella otra “que pudo ser mi madre”, Matilde de Palacios. Mi infancia es aprender letras y música con mi madre, ser un niño rico en el pueblo, un mandón.
—¿Te desplazas pronto de tu pueblo?
—A un colegio de Almería, en seguidita. Pero me sorprende un tremendo flemón, y mis padres creen en mi próxima muerte y me llevan al pueblo otra vez a cuidarme.
—¿A qué te gustaba jugar de chico?
—A eso que juegan los niños que van a salir “tontos puros”, poetas. A decir misas, hacer altares, construir teatritos…
—¿Qué más estudiaste?
—Estudié mucho. Estuve en el Sagrado Corazón de Jesús, en Granada. Yo sabía mucho, mucho. Pero en el instituto me dieron cates colosales. Luego, en la Universidad. Yo he fracasado en Literatura, Preceptiva e Historia de la Lengua castellana. En cambio, me gané una popularidad magnífica poniendo motes y apodos a las gentes.
—¿Cuántos hermanos tienes?
—Tres.
—¿Amigos?
—Muchos.
—Destaca algunos.
—El grupo de Gallo, la revista nuestra, la nueva cuerda granadina: Joaquín Amigo, Arboleya, Ramos, Ayala, Fernández Casado, Menoyo…
—¿Qué otras fueron las cuerdas granadinas anteriores?
—Antes de nosotros, la de Almagro, Gallego Burín, Navarro Pardo, Campos Aravaca y el gran Paquito Soriano Lapresa —el que nos ha dado lectura a todos con su gran biblioteca. Antes, el grupo de Ganivet, con D. Nicolás María López, J. Matías Méndez Vellido, Barrecheguren. Antes, la “cuerda” de Pedro Antonio Alarcón. Antes, las «Academias del siglo xviii». Antes, Pedro Soto de Rojas y sus amigos… Antes…
—¿Boabdil?
—Sí, Boabdil.
—¿Y los amigos de Madrid, de tu “Residencia”? ¿Cómo viniste a la “Residencia”?
—Yo estudiaba Derecho y Letras en Granada. Antes había estudiado música con un profesor que había hecho una ópera colosal, La hija de Jepthé, que se llevó un horrible pateo. Yo le dediqué mi primer libro: Impresiones y paisajes. Había recorrido España con mi profesor y gran amigo, a quien tanto debo, Domínguez Berrueta. Me tenían preparado el que me marchara pensionado a Bolonia. Pero mis conversaciones con Fernando de los Ríos me hicieron orientarme a la “Residencia” y me vine a Madrid, a seguir estudiando Letras.
—¿Aquí, tus camaradas habituales?
—Dalí, Buñuel, Sánchez Ventura, Vicens, Pepín Bello, Prados y tantos otros…
—Dicen que se puede escribir un libro con tus aventuras de colegio, de “Residencia”. ¿Cuál te parece la más divertida?
—La de la “Cabaña en el desierto”. Un día nos quedamos sin dinero Dalí y yo. Un día como tantos otros. Hicimos en nuestro cuarto de la “Residencia” un desierto. Con una cabaña y un ángel maravilloso (trípode fotográfico, cabeza angélica y alas de cuellos almidonados). Abrimos la ventana y pedimos socorro a las gentes, ¡perdidos como estábamos en el desierto! Dos días sin afeitarnos, sin salir de la habitación. Medio Madrid desfiló por nuestra cabaña. También hemos encontrado nosotros eso de “los putrefactos” ya generalizado.
—¿Qué cosas has escrito?
—Yo empecé a escribir a los diez y siete años. Mi primer libro: Impresiones y paisajes. Luego: Suites (sin publicar); Poemas del cante hondo (sin publicar); Libro pequeño de
cuentos (sin publicar); Libro de poemas (Ed. Maroto, 1921); Canciones (Litoral, 1927); Romancero gitano (“Revista de Occidente”, 1928); Mariana Pineda («La Farsa», 1928).
—¿Qué preparas?
—“Odas”; Las tres degollaciones (la gaceta literaria); un tomo de teatro: Amor de Don Perlimplín con Belisa en su jardín y Los títeres de Cachiporra; un Libro de dibujos (de mi Exposición en Barcelona, y otros).
—¿Cuál es tu posición teórica actual?
—Trabajar puramente. Vuelta a la inspiración. Inspiración puro instinto, razón única del poeta. La poesía lógica me es insoportable. Ya está bien la lección de Góngora. Apasionado instintivista, por ahora.
—¿Te parece bien que te llame —querido Lorca— diamante invaluable, porvenir sin tiempo, eternidad actual, ciprés, horóscopo, motor y peineta , salsa de seguidilla y triunfo de rey de bastos, Hércules de nieve y moro ?
—No veo más inconveniente que uno: el que me quites mi récord supremo de los motes.

§

Vilanos en el aire
[Anónimo]2

El poeta Federico García Lorca se encontraba en Barcelona. Lorca, que es dibujante además de poeta y dramaturgo, había ido a la capital catalana para hacer una exposición de sus dibujos. Entra con una carta en un estanco y le alarga la carta al estanquero:
—Un sello, ¿me hace el favor?
—¿Para España? —le pregunta el estanquero.
Lorca se queda perplejo; le parece que aquel hombre le ha preguntado aquello de aquel modo como si no estuvieran en España y quisiera el separatista estanquero recalcarlo. Entonces Lorca, por si acaso, y no queriendo ser menos, le dice al del mostrador, mirándolo de hito en hito, como correligionario:
—No, señor…; ¡para Andalucía!…

§

Vilanos en el aire
[Anónimo]3

Se interpreta “El amor brujo” en el Español. En la sala del teatro se encuentran Federico García Lorca, el poeta gitano, y Eugenio d’Ors, el pensador frío.
Y le dice D’Ors a García Lorca:
—Para ser tan andaluz encuentro “El amor brujo” poco cálido.
—No es cierto —replica el poeta, que se encuentra justamente en su terreno.
—¿Entonces será que yo no entiendo?
Y Federico aprovechó el blanco:
—Exactamente.

§

Vilanos en el aire
[Anónimo]4

Federico García Lorca es un hombre de fantasía. Contaba cómo a él siempre le había molestado el ruido extraordinariamente y cómo en la noche turbaba invariablemente la tranquilidad de su sueño un claxon agudo y monótono existente sólo en su imaginación. Pero él era un gran tirador; se asomaba a una de las grandes ventanas que se abrían en la fiebre de su sueño intranquilo y, apuntando con gran destreza al turbador estridente, ¡zas!, lo atravesaba de parte a parte. Y con un gran convencimiento terminaba así:
—Esto lo estoy soñando desde los dos años.

§

Charla con Federico García Lorca
[Ricardo Fernández Cabal y Francisco Pérez Herrero]

Justificación
Nos habíamos visto y… por primera vez, sin duda, nos esquivamos. Paralelos nuestros caminos, confiábamos los dos en que una bocacalle próxima nos hurtara a cada uno la presencia del otro o que un amigo imprevisto, surgiendo providencial, seccionara con el alfanje de una conversación salvadora, en el encerado de la calle, la recta rápida de su caminar. Pero, lejos de eso, las líneas de nuestros pasos fueron, erizadas, híspidas de sobresalto, en busca de un punto seguro de convergencia. El vértice, jalonado por la contera de tres autos en los que se leía, “La Barraca. Teatro Universitario”, era un hombre, Federico García Lorca, “el que se la llevó al río”, como le dicen por muchos pueblos haciéndolo protagonista de su romance más popular. Encontradas, así, nuestras ansias, hubo que adoptar, dictada por el Comité paritario de nuestra honda amistad, una
solución de franca armonía. Haríamos la interviú a medias y la escribiríamos en colaboración.

Nuevo carro de Tespis
La vieja carreta de Tespis, metamorfoseada con el tiempo en veloz caravana de automóviles y con el nombre ahora, de “La Barraca”, realiza una nueva salida como caballero andante por caminos y posadas, dejando en ellos la estela luminosa de la risa juvenil y la belleza de nuestro teatro antiguo.
Enterados de su llegada en las primeras horas de la noche del viernes nos apresuramos —deber de periodistas— a darles la bienvenida. Y fue García Lorca —capitán con Ugarte [ilegible]—, en el vestíbulo del Hotel, el primero en estrecharnos la mano apretadamente. Unas preguntas atropelladas, entre el alegre jadear de la llegada, de puro sabor informativo —plan a desarrollar en León— y con otro apretón de manos una solicitud
y una promesa.
—¿Podremos charlar con usted, ampliamente, para la mañana,
de esta capital?
—Encantado. ¿Les parece a ustedes bien mañana, después
del almuerzo?
—Perfectamente. ¿Hasta mañana, pues?
—Hasta mañana.

Comienza el diálogo
Calle ancha abajo, apenas salidos del Hotel, Federico García Lorca, “moreno de verde luna” como el Camborio de su romance, contesta, expansivo y cordial a nuestra primera pregunta.
—¿Son disciplinados estos muchachos de “La Barraca”?
 —¡Oh, sí!… Lo mismo a Ugarte que a mí nos respetan y nos quieren. Además, de no ser así, se les eliminaría.
—¿Seleccionan ustedes al personal antes de admitirlo en la Agrupación?
—Muy rigurosamente. Los sometemos a diversas pruebas y se elimina a todos aquellos que no sirven.
— ¿“La Barraca” tiene también como obligación el esparcir nuestro teatro por los pueblos de España?
—No. Si lo hacemos, si lo hace es espontáneamente. “La Barraca” fue creada exclusivamente para Madrid, para la universidad y los estudiantes de Madrid. La labor que ustedes dicen está encomendada al Teatro de las Misiones Pedagógicas, que
es totalmente independiente de nuestra Agrupación.

La poesía española
Hemos llegado al “bar”. Y en él, mientras tomamos sosegadamente café, continuamos desgranando la caravana de interrogantes, medio encaramados en los jirafados carretes de los asientos, “estilo americano”.
—¿Qué opina usted de la poesía española?
—Que el grupo de poetas jóvenes de España, integrado por Alberti, Aleixandre, Jorge Guillén, Altolaguirre, etc., es muy grande, muy grande. Su obra interesa hoy a todo el mundo y es codiciada como algo extraordinario. A mi juicio es sin duda, sin duda, créanme, lo mejor del mundo y su influencia tan solemne y grande como lo fue la del romanticismo francés; sólo que hoy, apenas nacido, no se le ha llegado a desentrañar popularmente.
—¿Debe, a su juicio, el artista vivir emancipado del morbo político?
—Totalmente. Igual en poesía, que en teatro, que en todo… El artista debe ser única y exclusivamente eso, artista. Con dar todo lo que tenga dentro de sí, como poeta, como pintor… ya hace bastante. Lo contrario es prostituir el arte. Ahí tienen ustedes el caso de Alberti, uno de nuestros mejores poetas jóvenes que, ahora, luego de su viaje a Rusia, ha vuelto comunista y ya no hace poesía, aunque él lo crea, sino mala literatura de periódico.
¡Qué es eso de artistas, de arte, de teatro proletario!… El artista, y particularmente el poeta, es siempre anarquista, sin que sepa escuchar otras voces que las que afluyen dentro de sí mismo, tres fuertes voces: la voz de la muerte, con todos sus presagios; la voz del amor y la voz del arte… Y, al decirlo, García Lorca, más moreno y más gitano en la fresca semipenumbra del “bar”, se busca con la mano y con la vista, ese sitio del pecho donde deben hablarle, con toda su fuerza, esas tres voces universales.
—¿Qué le parece Valle-Inclán como poeta?
—Detestable. Como poeta y como prosista. Salvando el Valle-Inclán de “Los Esperpentos”, ése sí, maravilloso y genial, todo lo demás de su obra es malísimo. Como poeta un mal discípulo de Rubén Darío, el grande. Un poco de forma, de color, de humo… pero nada más. Y como cantor de Galicia, algo pésimo, algo tan malo y falso como los Quintero en Andalucía. Si se fijan ustedes, toda la Galicia de Valle-Inclán como toda la Andalucía de los Quintero, es una Galicia de primeros términos… la niebla… el aullido del lobo… Además, y esto es para indignar a cualquiera, ahora nos ha venido fascista de Italia. Algo
así como para arrastrarlo de las barbas… ¡Ya tenemos otro “Azorín”!…
—A propósito, ¿qué nos dice usted de “Azorín”?
—No me hablen ustedes… Que merecía la horca por voluble. Y que como cantor de Castilla es pobre, muy pobre. Viniendo ayer por tierra de Campos me convencí de que toda la prosa de “Azorín” no encierra un puñado de esa tierra única. ¡Qué gran diferencia entre la Castilla de “Azorín” y la de Machado y Unamuno!… ¡Qué diferencia!…

Nos hurgaba en la mente la pregunta y la hemos lanzado seguros de una aceda contestación, no tan fuerte sin duda como la fulminada, con sólida conciencia por el autor de “Bodas de Sangre”.
—¿Qué opina usted, en general, del actual teatro español?
—Que es un teatro de y para puercos. Así, un teatro hecho por puercos y para puercos.

Lo duro, lo sangrante de la respuesta nos amedrenta a seguir
escarabajeando en el tema y procuramos soslayar.
—¿Ha sido traducida ya su “Bodas de Sangre”?
—Sí. La temporada próxima será puesta en varios teatros del extranjero: Nueva York, Londres, París, Berlín y Varsovia.
—¿Cómo procura usted que sea su teatro?
—Popular. Siempre popular; con la aristocracia de la sangre del espíritu y del estilo, pero adobado, siempre adobado y siempre nutrido de savia popular. Por eso, si sigo trabajando, yo espero influir en el Teatro europeo.

Más preguntas… más preguntas quisimos hacer —Heliogábalo en el saber— al dramaturgo de “Mariana Pineda”, poeta cumbre, poeta inmenso que en la primera salida a la poesía española logró la consagración más fulminante de nuestra época, poeta de raza que entre la médula de sus romances populares ha sabido, como ninguno, embellecerlos de una aristocracia única y con las imágenes más sugestivas… […]

 

Fuente: Rafael Inglada (ed., con la colaboración de Víctor Fernández), Palabra de Lorca. Declaraciones y entrevistas completas, prólogo de Christopher Maurer, Barcelona, Malpaso, 2017, 614 p.


1 Giménez Caballero, Ernesto, “Itinerarios jóvenes de España. Federico García Lorca”, La Gaceta Literaria, n.º 47, Madrid, 1 de diciembre de 1928, p. 6. Obras completas, III, 1996, pp. 364-367. Nuestro [de los editores] agradecimiento al Centro de Estudios Lorquianos. Museo Casa Natal Federico García Lorca, Fuente Vaqueros.

2 Anónimo, “Vilanos en el aire”, Luz, Madrid, 3 de mayo de 1933, p. 3. No figura en Obras completas.

3 Anónimo, “Vilanos en el aire”, Luz, Madrid, 17 de junio de 1933, p. 3. No figura en Obras completas.

4 Anónimo, “Vilanos en el aire”, Luz, Madrid, 30 de junio de 1933, p. 3. No figura en Obras completas.

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Para conmemorar el Día Internacional del Libro, nexos decidió convocar a los integrantes de una tribu que suelen ser los guardianes más celosos —incluso por encima de los coleccionistas y de los propios autores— de este objeto: los editores. Es gracias a su labor, muchas veces silenciosa, casi anónima, que el escritor encuentra un puente con su público, por no mencionar la deuda que supone tener a alguien cuya mirada ayude a ordenar y darle sentido final a una novela, un libro de ensayos, una colección de poesía. No sin sus tropiezos, estos seres apasionados y obsesivos son el eslabón clave en la infinita cadena de la lectura. En las siguientes líneas, algunos de los editores más destacados de nuestro país nos cuentan, a manera de celebración, su historia con los libros.

• ¿Cómo surge tu amor por los libros?

Mi devoción por los libros y la palabra escrita empieza viendo la biblioteca de mi papá. De niño husmeo en ella, es en la pared principal de la sala de la casa, a lado están sus álbumes, igualmente importantes y significativos. Música y letras impresas me seducen por las imágenes y los olores: portadas, colecciones, formatos, tipografías. A un costado de estos libros hay varias imágenes en la pared, son los vestigios de cuando su estudio convivió con la estancia familiar ¿1976? La imagen de un viejito de pipa con cara pícara me llama: Joaquín Diez-Canedo, el nombre lo aprendo desde muy temprano. Múltiples historias alimentan el aura de este personaje heroico de la familia. Ese triángulo —libros, álbumes y Joaquín Diez-Canedo— hacen la magia de la imaginación e invento mil historias con un punto de partida exacto: la palabra escrita como testimonio y propuesta de nuestra civilización.

Andrés Ramírez

• ¿Cómo y por qué decidiste convertirte en editor?

Fue un poco azaroso: en 2007 tomé un curso de encuadernación con la idea de aprender a hacer libretas para mi propia escritura. Sin embargo, el proyecto final de ese curso era hacer una microedición de libro de artista. Cuando terminé de hacer ese que fue mi primer libro, me di cuenta de que había adquirido un poder: el poder de crear libros yo misma. Eso me llevó, con el tiempo, a plantearme la edición, de forma artesanal, como un proyecto de vida.

Anaïs Abreu D’Argence

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Empecé mi ejercicio como editor, hace ya algunos años, impulsado por una premisa muy sencilla: el gusto por las historias bien contadas y un genuino ánimo por darlas a conocer. Hablo aquí del mismo sentimiento que nos hace insistirles a nuestros amigos cercanos que vean tal o cual película, que por favor lean tal o cual novela. Así fue como inicié mi labor editorial; así me sentí frente al primer libro que edité y, alegremente, así me sigo sintiendo frente a los manuscritos que elijo editar. Al mismo tiempo, con la experiencia he podido entender que dicho ímpetu fue apenas el asomo de un proceso más complejo.

Alejandro del Castillo

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Varios hechos fortuitos e inesperados cambiaron el curso de mi vida en 1993. Estudiaba en la Escuela Nacional de Antropología, aunque es mejor decir que me la pasaba muy bien con amigos y amigas. Una fiesta perpetua… La necesidad de trabajar se hace imperativa, la ola me revuelca y acabo varios metros adelante de donde jugaba con mis amigos: en nueve meses nacería mi hija Andrea; yo tengo 21 años. Una llamada abre las puertas de la oficina de Jaime Aljure Bastos, en ese momento director editorial de Planeta, y empiezo a hacer informes editoriales de libros regularmente malos. Poco después entro a trabajar medio turno en las oficinas que dan al Parque Hundido. De mañana iba a la ENAH y en la tarde al cuarto piso del Grupo Planeta. Personas muy mayores me rodean, yo no tengo empacho en llevar mis camisetas negras con rocanroleros en el frente. Soy un alien deprimido en ese lugar un tanto silencioso. Y empiezo a sentir que cumplo un sueño que vivía en mi inconsciente, en lo oscuro de mi ser: acercarme a la palabra impresa, imaginarme libros publicados con mis sentidos. ¿Cuál puede ser un libro que modifique el curso de la literatura mexicana? ¿Cual puede ser un libro que venda muchos, muchos ejemplares? Ambas pregunta se trenzan cada mañana en mi cabeza. Desde entonces conviven con lo más elemental de mi cotidianidad.

Andrés Ramírez

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Yo tenía poco más de veinte años, y recientemente había terminado la carrera de Ciencias Políticas. Nos habíamos reunido en un bar de la colonia Roma a celebrar el cumpleaños de un amigo —a la postre editor también—. Frente a la barra, dos temas estimulaban nuestra conversación: 1) lo difícil que era publicar nuestros textos, por lo menos en los medios donde queríamos hacerlo, y 2) dado que estábamos embelesados con Los detectives salvajes de Roberto Bolaño, lo mucho que nos gustaría producir un mezcal que se llamara Los Suicidas, como el que beben los personajes de aquella novela. Entre mezcales, desde luego, los temas se entrecruzaron, y decidimos —por qué no— fundar una revista que se llamara Los Suicidas, en donde publicaríamos nuestros propios textos. De alguna manera, conseguimos llevar el proyecto a regular puerto. Y aunque ahora aquel proyecto es historia, la profesión que le debemos se mantiene, a veces como una maldición, otras como un afortunado destino.

César Tejeda

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La verdad no decidí convertirme en editora, fueron las circunstancias las que me llevaron a este oficio. Había hecho un doctorado en Historia y creí que por ahí seguiría mi vida profesional. En los años setentas yo pertenecía a un grupo de latinoamericanas feministas en París. Queríamos tener una voz en aquel ámbito y decidimos hacer una revista que llamamos Herejías.  Ese deseo nos llevó a lanzarnos a un pequeño abismo. No teníamos idea de lo que eran las cajas, la tipografía, el diseño gráfico, etc. Todo lo aprendimos. La hacíamos en un viejo mimeógrafo que nos habían prestado. Todo era un poco atrabancado. Salimos a venderla a nuestras facultades y nos sorprendieron las universitarias francesas que se animaron a comprarla a pesar de que estaba escrita en español. Lo consideramos un verdadero acto de solidaridad. Fue divertido. Al observar las librerías y la cantidad de libros que se hacían en el mundo estaba segura de que ésa sería la primera y última vez que haría algo relacionado con la edición. Y como era de esperarse el destino me jugó chueco.

Ya de regreso en México, la oportunidad de continuar el proyecto editorial de una revista, que de adolescente me había impactado, fue demasiado tentadora. Recuerdo que, esperando el castigo del director de mi escuela por haber organizado una pequeña huelga en el camión de transporte, tomé de la mesita de su oficina, mientras esperaba, unas revistas que se llamaban Artes de México. El regaño afortunadamente se hacía esperar, así que tuve tiempo de hojear algunas páginas con detenimiento. Mi escuela era americana por lo que me llamó la atención todo lo que encontré sobre arte y cultura de México. Fue un gran descubrimiento leer sobre tantas cosas que ignoraba. Como los mexicanos éramos con frecuencia discriminados, esta publicación me producía un gustoso sentimiento de orgullo nacionalista. Por un segundo pensé que sería una buena idea, cuando fuera adulta, trabajar en una publicación así o hacer algo parecido. Casi 20 años después, un gran amigo nuestro llamó por teléfono para invitarnos a revivir Artes de México, que había muerto diez años antes. Ese viejo deseo de pronto apareció como una realidad inesperada. Mi esposo y yo aceptamos de inmediato el trabajo sin que yo imaginara lo que implicaría emprender una tarea de esta magnitud, sobre todo por lo difícil y absorbente. Hoy lo veo como si de repente nos hubiéramos echado juntos de clavado a una alberca y nos encontráramos del otro lado de la misma, en 2018, cumpliendo 30 años de editar libros. Y aquí ando todo el día pensando en la próxima edición que haremos en Artes de México y cómo financiarla.

Margarita de Orellana

 

¿Cuál es el libro más importante que has editado?

El proceso de edición conlleva uno de los ejercicios más completos de lectura de un texto. Editar es leer con desmedida profundidad, yendo hasta lo que no está escrito mas valdría estarlo, o bien, suprimiendo palabras con el fin de volverlas audibles. Sin embargo, como en toda relación surgida del acto de lectura, hay veces que el lector no está preparado para completar el texto, o viceversa. El resultado de la interacción es una conversación infructuosa, con momentos de ambigüedad y desentendimiento. Lo mismo ocurre con el trabajo de edición. Para comprender y mejorar un texto, el editor debe poseer la preparación y la experiencia necesarias. Reflexionando retrospectivamente sobre mi propia trayectoria, me doy cuenta que he sido afortunado: los textos que he editado han llegado a mí en el momento propicio, cuando he estado listo para contribuir –aunque fuese poco– a extraer una mejor versión de sí mismos. Aún más, han sido muchos los libros de los cuales mi profesión se ha nutrido, mismos que han recibido por mi parte más admiración que instrucción; por ello, además de afortunado, me siento agradecido. Esta es la razón por la que me es imposible señalar un solo libro –de todos aquellos que me han construido– como el más importante. Todos ellos han sido los más importantes.

Alejandro del Castillo

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Nunca he pensado en que uno es más importante que otro o más significativo. Cuando editamos un libro, éste se convierte en el más importante. Si no fuera así, no lo editaríamos.

Nos lleva mucho tiempo pensar en cada uno de los pasos para lograr que una publicación sea agradable a la vista, al olfato, al tacto, y al cerebro. Por impulso, de inmediato busco todo lo que hay sobre el tema para ir más allá. Así voy descubriendo o buscando los posibles colaboradores. Con el tema entre manos, con el equipo de producción nos lanzamos a una especie de safari.  Salimos algunas veces a incursionar en los lugares de los que nos ocuparemos, hablamos con los que consideramos más conocedores de los distintos temas. Eso nos da un índice muy variado que se va transformando a medida que vamos avanzando. Cada vez es una aventura donde recorremos un camino que parece muy transitado y de repente nos sorprenden hechos que jamás imaginamos. A cada persona de la producción la experiencia las impacta de distintas maneras. Por ejemplo, cuando realizamos el número sobre la lucha libre las diseñadoras y redactoras se involucraron con el fenómeno a tal grado, que en varias funciones fotografiando directamente, se arriesgaron a que les cayera encima algún luchador. Asistir a las luchas en diversas arenas fue casi una investigación antropológica complementada por los textos de quienes conocen a fondo el tema y nos daban pistas para entender sus particularidades. Y así esta publicación por meses se convierte en la más importante. No siempre sucede así porque algunos colaboradores, sobre todo los antropólogos, nos narran no solo sus descubrimientos y observaciones, sino que ellos se involucran de forma más personal con su tema y nos lo hacen más vivo. Sin embargo, nos metemos en tantos rincones tan diversos que la colaboración con biólogos, arqueólogos, historiadores, arquitectos, poetas, todos apasionados y obsesivos autores, nos lleva más allá de lo que aparece en las páginas. Así cada libro se convierte en el más importante hasta que llega el siguiente. Son muchos años de historias detrás de la edición imposibles de contar. Se necesitaría editar otros libros para contar lo que está detrás de cada uno. Pero puedo concluir que el libro más importante que he editado es el conjunto de nuestro catálogo, la colección de Artes de México que es como un gran libro: el libro del México profundo y la aventura de amarlo, conocerlo y compartirlo con enorme placer con los demás.

Margarita de Orellana

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Sergio Pitol ya había publicado la mayor parte de su obra casi al terminar el siglo XX. En 2000 —en una conversación personal—, empezamos a hablar de los cuentos universales que más le habían asombrado e influenciado en su literatura. Arrobado, escuchaba sus razones estéticas y por qué algunos de esos cuentos él mismo los había traducido al español. Le dije: “¿por qué no publicar una selección de tu gusto por esos autores?”. Pensé que era lo único que podría conseguir en un escritor ya consagrado por las tres novelas bajo el nombre de “Tríptico de carnaval” (El desfile del amor, Domar a la divina garza y La vida conyugal), o sus proezas ensayísticas que son crónica, memoria y relato: El arte de la fuga, El mago de Viena y  El viaje. Nos despedimos. A los tres días me llamó y me dijo que estaba haciendo la selección, y un prólogo. Así nació Los cuentos de una vida. Antología del cuento universal. Duramos más de un año en terminarlo por los permisos a quienes poseían los derechos de autor de esos cuentos. En 2002 el libro ya estaba en librerías, bajo el sello de Debate. Gógol, Chéjov, Maupassant, Carver, Kafka, entre muchos otros. Rulfo, Arreola y Reyes, los únicos mexicanos seleccionados por Pitol, aparte de Monterroso, guatemalteco, casi nacional. Un libro que me honra como editor porque inmediatamente se convirtió en material de talleres literarios y las bibliotecas escolares lo surtieron en todo el país. Sergio Pitol no es un éxito comercial bajo ningún aspecto. Pero es el ejemplo perfecto de lo que una editorial que presuma de “seria” debe tener en su catálogo. Esa es una de las razones de mi orgullo por ser el editor de este libro tan especial.

Braulio Peralta

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Arbitraria. Muestrario de poesía y ensayo, sin duda. Fue el primer libro de Ediciones Antílope y, cuando lo planeamos, algunas de las personas involucradas apenas comenzábamos a conocernos. El libro había sido concebido, en parte, como una respuesta a la antología México 20. No una respuesta a la selección de los autores, sino una respuesta a la elección del único género literario expresado, es decir la narrativa. La parte, digamos, política del libro, quedó de lado mientras descubríamos que, al integrar una antología, quedaban manifiestas nuestras afinidades, discrepancias, virtudes y defectos. Nuestra capacidad de trabajar en equipo, en suma. Finalmente, más que una declaración de principios, la antología resultó una expresión de nuestra arbitraria y personal manera de trabajar en equipo. Ese libro me dio una casa, y eso es mucho más de lo que puede pedírsele a un libro.

César Tejeda

 

• ¿Cuál es el libro favorito de tu biblioteca?

Una edición de La Divina Comedia impresa en una sola hoja por G. Cossovel, en Gorizia, territorio del Imperio Austrohúngaro, en 1883. Mide 70 centímetros de alto por 49 de ancho. El texto se divide en tres bloques de 23 columnas, cada columna mide 12 milímetros de ancho. Aun con el auxilio de una lupa, es arduo distinguir las palabras: sin embargo, un detenido escrutinio con aumento apropiado comprueba que el poema está reproducido en su totalidad. Cossovel era un impresor. Su hijo había muerto al hundirse el techo de la casa, mientras jugaba en la azotea. El trauma le produjo un daño cerebral, el nervio óptico sufrió una dilatación irreversible que le permitía enfocar objetos minúsculos sin el auxilio de ningún dispositivo. Decidió aprovechar la anomalía para su oficio. Copió a mano, en un pergamino, los 14,233 endecasílabos de Dante, los adornó con un friso e imprimió la hoja en 1883. Supongo que utilizó un procedimiento fotomecánico, la heliografía, para copiar el pergamino en un cliché. En 1888 volvió a imprimirlo, con pequeñas variantes.

De vez en cuando, alguna librería anticuaria anuncia un ejemplar de 1888. Una editorial publicó un facsímil. La edición que poseo es la de 1883, de la cual son muy escasos los rastros bibliográficos. Ignoro cuál fue el tiraje.

Llegó a mis manos por azar. Mis padres, apasionados de antigüedades, vieron esa extraña hoja en un mercado de pulgas. Al enterarse de que era la Comedia la compraron. El vendedor no sabía lo que estaba dejando. Fue el regalo para mis 40.

Por el puro morbo de pillarme desprevenido, o por ocio, agarro una lupa y me dispongo a leer, tratando de ubicarme. La caligrafía es fragmentaria, laboriosa. Con todo, sigue el hilo de las letras, palabra tras palabra. Me cuesta entender, reconstruir el verso. E imagino a Cossovel… absorto en el signo de su plumilla microscópica que le abre camino al más allá. El verbo con mayor frecuencia en la Comedia es ver y el sustantivo es ojo. Ahí se afirma el pulso que ligó el dolor con el oficio y con el libro que deslumbra.

Marco Perilli

• ¿Cuál es el libro más hermoso que hayas visto?

He visto muchos libros hermosos en mi vida, y me siento incapaz de elegir uno solo. Por ello, voy a dejar tres que ahora, en este momento, recuerdo con una emoción especial: Sir Gawain and the Green Knight, alucinante edición tipográfica del poema inglés, hecha por el Taller Martín Pescador y con grabados de Artemio Rodríguez; Axolotl, de Patricia Lagarde, bellísimo libro de fotografía y texto, donde la artista sigue los pasos de Julio Cortázar en el Jardin des Plants parisino; y Waterlife, de Tara Books, la editorial de libros infantiles más hermosa del mundo.

Anaïs Abreu D’Argence

• ¿Cuál es el mayor reto de un editor?

Si la obra de un editor es su catálogo, creo que el mayor reto es ser consistente en la construcción de esa obra; consistente en conservar muy claros los estándares de calidad del texto y de la obra conjunta que es el libro mismo, y en ser siempre propositivo y arriesgado. Eso en todo el mundo. En este país, creo que el principal reto de un editor es sobrevivir.

Anaïs Abreu D’Argence

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La publicación de un libro no es cosa simple y sus efectos no lo son menos. Editar un libro significa solidificar un valor intelectual; publicarlo es protegerlo y transmitirlo. En este sentido, el ejercicio editorial repercute tanto en el consumo —cualitativo y cuantitativo— de textos literarios como en la formación de lectores. En mayor o menor medida, esta relación se refleja en otros ámbitos de la sociedad vinculados a la literatura —otorgando o restando peso a tendencias ideológicas o culturales, marcando pautas creativas para otras expresiones artísticas, e incluso alentando o disminuyendo inclinaciones políticas. Por consiguiente, los libros son vínculos efectivos e influyentes de resguardo y compartición del pensamiento humano. La publicación de un libro garantiza en gran medida la preservación de la producción intelectual de nuestro tiempo y posibilita su alcance, permanencia y repercusión en el tiempo futuro. La figura del editor, por lo tanto, contribuye al desarrollo de significativos canales de información que amplían el conocimiento y estimulan la conformación de criterios más claros y complejos por parte de la comunidad lectora —presente y futura. Desde esta perspectiva, más allá de cualquier tendencia por la que atraviese el ejercicio editorial, el reto crucial del editor es procurar estos enlaces (trascendentes) de forma honesta: respondiendo a objetivos humanos más que monetarios, literarios más que comerciales, comunitarios más que particulares, imparciales más que convenientes. Es entonces cuando el oficio de hacer libros adquiere su loable sentido.

Soy editor porque me gustan las historias bien contadas. Y contribuir a que una de ellas logre su mejor versión para después transformarse en el libro adecuado, y repercutir de alguna forma útil en el mayor número posible de lectores es, sencillamente, gratificante.

Alejandro del Castillo

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Sin ideas, no existe editor. Sin proyecto, no existe editor. Sin intuición, no existe editor. Sin lecturas, no existe editor. Pero un libro también son números, y hay que saberlo. El éxito o el fracaso de un libro lo aprendes yendo a las bodegas. La soberbia es el peor enemigo de un editor. O estar sentado en la oficina, con el teléfono al lado, esperando manuscritos (la peor versión de un editor, ese que se conforma con los autores que acumuló en su burocracia). No confundir corrector con editor. Hay buenos correctores pero pésimos editores (son legión). El editor es un ave rara, casi el fracaso de un escritor. Si actúa con amor, la relación será tersa con su autor. Pero si el orgullo lo inunda, nada bueno saldrá de esa relación.

No es fácil ser editor en un medio donde hoy todo es mercadotecnia. La prudencia tiene que ser un aliado del editor, o mejor retirarse. El éxito de un editor es un castigo, porque los dueños de las editoriales le exigen más ventas. Un círculo vicioso que afortunadamente ya dejé en paz. Hoy importa vender, no editar libros. Importa la moda, el famoso por mediático, no la obra, no el prestigio. Tiempos difíciles en el mundo del libro. Y el editor, condenado a trabajar en circunstancias adversas. La era de Gutenberg terminó hace mucho tiempo. El oficio de la persistencia hace que el mundo de los editores aún exista. De todas formas, con editor o sin él, los autores verdaderos que tengan algo nuevo que decir, seguirán en el camino del libro. El editor, frente al agente literario —ese que todo lo vende—, pasó a un segundo plano. Adiós a los editores…

Braulio Peralta

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Hace unos días conversaba con un amigo editor, que me dijo que, cada vez con mayor frecuencia, los libros que resultan exitosos son aquellos escritos por autores que —debido a diferentes circunstancias— saben cómo promocionar su obra. En un mercado particularmente difícil como el editorial, eso podría tener un impacto, digamos, nocivo, en el que nuestra literatura termine por depender de grandes publirrelacionistas —admitiendo que algunos de ellos resultan también escritores fenomenales—. Si esta lógica imperara, ¿qué pasaría con los autores que cumplen con el estereotipo de timidez y carecen de habilidades sociales?

Aquella plática me llevó a una conclusión, que ahora considero como mi mayor reto. El trabajo de un editor —creo— no debe terminar en la producción editorial, ni siquiera en la afortunada distribución de los libros. Es importante acompañar a los libros en una búsqueda que puede resultar sinuosa, es decir la búsqueda de sus lectores. Asumir, en el peor de los casos, que la suerte de un libro es también la de su editor. Algo que puede olvidársenos, si vivimos pendientes de los próximos títulos.

César Tejeda

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El mayor reto de un editor es elegir qué quiere. Hay dos familias de editores: los que operan en un círculo industrial y los que trazan una línea cultural. Unir las dos figuras es una paradoja insidiosa que pocos han logrado resolver. Son los visionarios del talento. Yo me atengo a mi familia, por razones de empatía y discreción.

Editar significa abrirse a un diálogo íntimo con el texto y darle la forma que tendrá. Normalmente, a la persona que profesa este trabajo se le llama autor. Pero, no siempre el autor es el juez apropiado de la materia literaria que forjó. La epopeya homérica cruzó los siglos impregnándose del polvo de las épocas —los filósofos le atribuyen el apodo de gusto— hasta llegar a la escuela alejandrina que fijó la inflexión y la estructura que conocemos: esa sustancia, viva, perceptiva, había quedado vacante. La tierra baldía compuesta por Eliot y el poema editado por Pound son obras distintas. El oficio arraiga en esta lucha. Es el primer paso, temerario, y es un riesgo imprescindible: el editor es el cómplice del texto literario que madurando perdió la confianza en su propio autor… Proust fue un severo árbitro de su escritura: las variantes, los esbozos, lo que extirpó y los injertos, dan voz a una Recherche paralela, al versátil palimpsesto que nos revela la edición de La Pléiade. Sin embargo, de haber tenido Proust a un editor, Bergotte no hubiera aparecido en la novela, como si nada, después de morir.

El trabajo de lectura es un implícito ejercicio de composición: Ya lo dijiste. Esto va en el párrafo siguiente. Es la tercera vez que aflora esta palabra en ocho líneas. Esta nota sobra. Estás citando de la edición en inglés, que es la que leíste, pero el original está en francés. ¿No te molesta esta cacofonía?

El editor que acata ciegamente la firma del autor, por respeto y protocolo, es un enemigo desleal. Porque un texto tiene que pasar por la inspección y el tamiz del tiempo. Cuando imaginas un libro, cuando forcejas con la forma, o cuando eliges un papel o diseñas la portada, piensa que estás entregando una obra a la memoria de tus nietos. De otra manera, es vanidad, prurito, deporte. La literatura —editar es hacer literatura— es un concurso de paciencia y omnívora atención. 

Por lo que me concierne, ensayo esta labor como vivificante sucursal de la escritura, su corolario innato. Y la escritura, si compartes con otro autor la solución del resultado, no solo es discurso de palabras, sino que puede sugerir un alfabeto alternativo, una nueva lengua que urde la trama de un encuentro. Los libros que edité de Alberto Blanco, Carlos Reygadas o Vicente Rojo, abrazan precisas disciplinas, con su idioma y su formato, pero cuentan una sola historia en la inquieta travesía de la escritura: el reto seguirá siendo el mismo.

Marco Perilli

 

Anaïs Abreu D’Argence
Es poeta y directora fundadora de La Dïéresis (editorial artesanal) desde 2007.

Alejandro del Castillo
Director de Revarena ediciones.

Margarita de Orellana
Historiadora. Es directora de la revista y casa editorial Artes de México desde 1988.

Braulio Peralta
Escritor. Fue director editorial de Plaza y Janés y Random House Mondadori, y editor en Planeta (1998-2014).

Marco Perilli
Escritor y director de la editorial AnDante.

Andrés Ramírez
Director Literario en Penguin Random House.

César Tejeda
Novelista. Es editor fundador de Antílope.

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Entre las creadoras mexicanas contemporáneas, Rocío Cerón (Ciudad de México, 1972) destaca por su diálogo transmedial, donde la música, la imagen y el cuerpo crean nuevos espacios de lectura, escritura, interpretación y aproximación al arte poético. De su obra destacan los poemarios Basalto (Ediciones Sin Nombre, 2002), Diorama (UANL, 2012) y Anatomía del nudo. Obra reunida (2002-2015) y Borealis entre otras. Diorama en particular fue galardonado en 2015 con el Premio al Mejor Libro Traducido en inglés que otorga la Universidad de Rochester (BTBA, Best Book Translated Awards). Se puede acceder a parte de la obra de Cerón con contenido multimedia en rocioceron.com

Los siguientes poemas pertenecen a Observante, un proyecto de residencia escritural de nueve meses en la Casa Estudio Luis Barragán en el que participa la autora. Escritura donde el paisaje, el tiempo, los acontecimientos, los recuerdos, las personas y las percepciones de un espacio geográfico específico son abiertos. Paisajes o retratos escriturales no sólo del territorio sino del tiempo, texturas y velocidades de lo mirado. Práctica de contemplación y decodificación de la realidad desde lo subjetivo. Poemas donde la relación entre cuerpo y espacio se expande gradualmente para recrearse en otras lecturas, en otro punto espacio/tiempo como forma de ver en lo mismo, en un mismo espacio, nuevas formas de un suceso.

I.
Marcas y hendiduras. Óleos. Desde la figura de la mujer semidesnuda la sinfonía del silencio levanta trabes, muros. Línea blanca sobre vacío. Negro níveo. Una frase en alemán sobre el ser. El giro de los soldados rusos en la trinchera. La dentadura de la muerte nace en la soledad, en la vista que arroja el reflejo de uno mismo sobre uno mismo. Trama.

 

II.
Cruzados hilos de metal inciden sobre tierra. Volcánica coraza de piedra, canto que desemboca en lodo. Turbiedad. Entretanto las noticias calaban, las noticias de esos cuerpos. Los cuerpos. Contrapeso, gravedad del bloque, liviana presencia ante multitud. Grava. Seco paso de pies sobre miles de recuerdos. Sucedía que las cifras habían obtenido nombres propios. Nomenclatura de piel y memoria. Tronco. Construcción piramidal para albergar bóveda celeste. Apisonado y fragua. Colgante viga. Estabilidad del conjunto. Se decía, entonces, que el nombre de ella era robusto y frágil, como la muerte.

 

III.
Ensayar límites de esfuerzo y resistencia: Desanudaciones de agua en el estanque; pereza y lucidez enredadas; imantación de fuerzas jalan hacia orillas distintas; cuerpo sobre otro de distendidos músculos y lenguas: mano izquierda que empuña un filo; piedras de lodo seco sobre hojas que penden entre materia y viento; un niño trepa por un árbol de inclinación casi galáctica, abisal; silbido, gorjeo, ambos desafiantes ante el ruido opaco de los autos. 

 

IV.
Laceraciones acústicas en umbral áurico. Sonsonetes y piar de ave azul que combate toda tristeza, todo nudo melancólico. Así, hasta en ramas caben cuencos de sangre, como nidos polvorientos llevados entre mareas de familia.

 

V.
Hombros. Formas sobre otras. Dientes, caderas, frente. El reflejo constituye una caja infinita. Matrushka. Destrucción o restablecimiento. Al trote del animal, darle oído, ojos. Maleza. Jardín a la mirada, fondo tornasol donde perviven -se miran- verde heliógeno, verde abedul, verde fieltro, verde cardenillo, verde tilo, verde fronda, verde moho, verde cromo, verde reseda, verde musgo, verde jungla, verde bronce, verde hiel, verde savia, verde cadmio, verde ópalo, verde loden, umbro verde, verde victoria, verde veneno.

 

Rocío Cerón
Poeta y ensayista

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