In memoriam Guillermo Mendizábal que, hermano, en 2010, murió como, según dicen algunos, testificaban los gladiadores.

Mientras que allá afuera está en manos de gente tan ignorante como nosotros pero más adinerada decidir sobre nuestras vidas, en nuestra obra estamos en la privilegiada posición de que desaparezca la moneda o que un jeque loco pida a guisa de impuesto una de cada dos hijas y hasta media hija si sólo se tiene una. Por eso escribo. Por eso escribimos. Lo demás son patrañas más o menos ligadas a la vulgaridad cotidiana. Y en nuestra obra podemos hacer que el tal jeque muera envenenado o se meta a líder del sindicato de cortesanas.

tallerista

Sabía Hamlet que cualquiera sirve para enterrar a un muerto. Siglos más tarde —más sabio y menos pusilánime que el príncipe danés— nos diría Michael Corleonne con la voz de Al Pacino dirigida al también excelso pero menos bienamado Robert Duvall, que si hay algo que nos enseña la historia es que cualquiera puede ser asesinado. ¿Vale más el aserto isabelino que el magnífico desplante hollywoodiense de Mario Puzo? La historia de la literatura está llena de estos sin embargos, tanto que cualquiera puede destrozar a un escritor y cualquier escritor puede ser destrozado. He ahí el abismo que separa el acto creativo del fenómeno social. En términos no lejanos a Foucault, he ahí la diferencia entre la anormalidad demencial del arte, que amenaza, y la normalidad cuerda, confiable, de las tertulias literarias en que se gestan los consensos que discriminan entre lo que ha de ser aceptado y lo que ha de ser abominado. El enterrador y el asesino —ya entrados en estos parajes— usan una misma herramienta: La forma. Celebro la pala y la pistola, pero no en manos del enterrador la una o del asesino la otra. Celebro la forma pero no en manos del formalista seco que a su paso va dejando gavillas de escritores en cierne que pudieron ser, de no haber sido segados, y cegados, por césares bogantes, aquí o allá, ayer u hoy, porque esto es salomónico y “lo que ha sido es lo que será”. Escribir es íntimo, ser loado es social. Empecemos por no olvidar eso y asumir qué es lo que buscamos y esperamos de nuestras palabras y nuestros actos.

Quien busca la expresión no es otra cosa que un tanque lleno de algo que quiere conocer: puede salir mezquinamente por válvulas, mendazmente por ósmosis, pero nada como permitir que la presión suba hasta el punto llamado delirio —el de la demencia— y hacer estallar aquello: Entonces sabemos si nuestra materia es oxígeno, agua, algo más valioso que el oro o si —lamentablemente y no— es vacío inflamado. Nos resta asumirlo: esa es nuestra principal tarea.

Jóvenes y viejos creen que para iniciarse en el camino de las letras conviene ser joven. No sé. Un día Gregorio Samsa se despierta convertido en escarabajo y ese mismo día Kafka despierta genio. Pudo ser antes o después. Fue entonces. Huberto Batis cuenta que su mentor Alfonso Reyes lo notó decaído y le dijo: “No te preocupes por la literatura, ya llegará. O no, y no importa”. Porque el arte, dijo el poeta, no importa y eso es lo que más importa.

Es seguro, o al menos parece un supuesto válido, que los que se acercan a un escritor poco laureado para probarse como creadores literarios se encuentran entre los que desdeñan las palestras, los estrados, las becas, los premios y las prebendas. ¡Grande será la hora en que nuestras palabras nos hagan merecer el manicomio y los electrochoques! Quizá sólo entonces tengamos derecho a sospechar que lo que hicimos ha valido para algo.

Como es poco probable que nos hagan el honor de declararnos locos, mejor vivir la locura en carne propia. Vivir el delirio en el acto creativo que por sí sólo es una vida propia y que nos mantiene a salvo de lo que Machado llamara “la terrible cordura del idiota”. El cuerdo al uso —seamos respetuosos de Nietzsche— no puede ser sino un esclavo y los esclavos hacen literatura de esclavos para amos. El orate hace cosas de locos que a veces consiguen comprender otros locos. Cuando Dostoievski afirmó “no valgo para arrullar” fue poco comprendido y por pocos: Tuvo que ir Gide a darle su lugar definitivo.

Otra tara de un mundo plagado de información y normas: Sabemos poco y poco comprendemos de aquello que sabemos. En un Universo desconocido en un 99.9%, mal papel hace quien se supone sabio y peor el que se lo cree. Veinticinco siglos después algunos seguimos venerando a Sócrates sin esperar mucho más que cumplir en lo posible con las palabras que Solón de Elea hizo grabar en el frontispicio del Oráculo de Delfos: “Conócete a ti mismo”, todo según refiere Platón, que también nos dio a conocer al que bebió la cicuta. Y Platón, para dejar el espinoso tema de la ignorancia, divulgó la mayéutica socrática, de la que se vale un hombre menos ignorante que otros para hacer comprender a los otros su propia ignorancia.

El buen tallerista —como lo fue Guillermo Mendizábal, ¡ese "microbio terrible" como la hepatitis C que lo arrancó de la vida!— es cruel porque se vale de la mayéutica. Y entre broma y broma —donde bien sabemos que la verdad se asoma— termina por ser llamado Ogro. No olvidemos que, en estricta mitología, el Ogro protege a los niños y devora a los adultos. Triste es pensar, saber, que en los talleres abundan aquellos a quienes les da por creer que en unos meses han llegado a la edad adulta. El Ogro es el parámetro que me permite pensar algo muy simple: Casi cualquier tallerista ha tenido que pinchar textos, como editor o corrector, sufrir bodrios e insultos a las buena escritura; y si es así, si en tantos años como editor maldiciendo autores en la soledad, cara a cara ante textos pavorosos, ahora tiene ante sí a los culpables, ¿no se ha ganado el derecho de hacer ejercicio de crueldad sin faltar a lo acordado?

¡Salva sea la crueldad cuando la ejercen la partera o la espantacigüeñas! ¡Que el escritor que se busca en sí mismo sepa discernir entre su verdad y su impostura, que muy poco más puede aprenderse de ver cómo nos lee el que más sabe! Y, de ver lo que hace, aprendemos a hacerlo en un lento, lentísimo proceso que no admite evasivas: Todos conocemos la tentación de corregir la plana propia o de otro, de añadirle o interpretarla a nuestro aire, rehacerla, ponerle un ribete lúdico o satírico, etcétera: yo me entretengo en afirmar que el tan temido dinosaurio con que despierta el lector de Monterroso estaba muerto: Nada más que un puñado de huesos con sarro. Y cual diría Ibargüengoitia, “a mí estas cosas me dan mucha risa, pero es que yo estuve mal educado”.

Eso es: El perpetuo proceso del hombre humilde que se reúne a vivir en comunión. Una relación que me encanta cuando hablamos de talleres es que el coordinador —si se asume tal y no va de sabelotodo— no puede aspirar a mucho más que ser el más listo de entre los sofistas. Un Sócrates, un Protágoras… Gente de poca importancia.

Quienes leen esto se pueden preguntar qué hago aquí yo, don Nadie, predicando. Mis amigos han muerto. Antes de morir, el Microbio Terrible me acompañó a comprar el primer juguete de mi hijo, un perro de felpa azul que se llama Can-can. Guillermo llevaba el cuerpo infestado de una muerte escalofriante, mi hijo venía al mundo en el que está, junto a los que vivimos, contagiado de nuestro horror. Fue entonces cuando pensé lo mismo que cualquiera que comete el error de reproducirse: Ya que he de tener un hijo prefiero que venga a un mundo donde la gente siga buscando entenderse con la palabra: entenderse con los demás y entenderse a sí misma; prefiero que despierte a este sueño segismundiano de la vida, en un mundo en que el dinosaurio de Monterroso sea una bestia prehistórica temible y no un clan de formalistas a la manera que describió Lope cuando escribió aquello de

O sabe Naturaleza
más que supo en otro tiempo,
o tantos que nacen sabios
es porque lo dicen ellos,

una caterva de formapatéticos que se valen del consenso para ir segando y cegando espigas en agraz. Perdónenme: hoy estoy melancólico, clasisista, utopista y sentimental… Un peu demodé. Hoy y siempre.

En fin, ya estoy con cosas de hace mucho. Ahora cumpliré 52 años, cuatro más que los que vivió o sobrevivió mi hermano, gran escritor, editor y maestro, olvidado irremediablemente.

 

Miguelángel Díaz Monges
Escritor. Ha publicado Notas de desencanto y otras virtudes.

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No estamos equivocados al adoptar este gesto fúnebre. Cayó la guillotina que envejecía en nuestra frontera norte y hoy corre peligro el mundo entero, pero antes que cualquier lugar del mundo, nuestro país. Incluso antes que los nuestros que viven allá. En condiciones más propicias no hemos sido capaces de lograr estabilidad política y económica, de mantener el poder adquisitivo, de fortalecer la raquítica producción industrial, de reactivar el campo; no hemos sido capaces de construir paz social alguna, nos han desbordado el crimen organizado y los criminales comunes; no hemos garantizado salud, educación ni empleo. En tiempos de bonanza hemos pasado hambre y sufrido miedo. Nuestra gente se ha ido y las familias divididas viven del esfuerzo animal de los que no volverán nunca, como no sea deportados, vejados y empobrecidos. Mejores condiciones mamando de la comodidad geográfica e histórica, con políticos corruptos de todos los sellos, una apertura democrática que institucionalizó la rebelión y un pueblo que hace un siglo se embarcó en una masacre de la que sólo obtuvo caudillos, chacales y hartazgo.

mental

Los que no estuvimos de acuerdo con la firma del acuerdo entre el FMI y el gobierno de Miguel de la Madrid, los que no estuvimos de acuerdo con la firma del NAFTA, lo hacíamos desde un México que aún tenía en sus manos algunas cuantas cosas que permitían ensoñaciones de autosuficiencia. De aquello —un campo activo, industria nacional, turismo sin balaceras— no queda nada. El amor a las utopías no puede caer en la estupidez de cegarse ante el hecho brutal y catastrófico: dependemos de ellos. Por más que nos digan que ellos se benefician de nosotros, ellos pueden prescindir de tal beneficio, nosotros no, parece que no. Desde el día en que el ser al que no pienso nombrar ganó las elecciones de su país, la crisis ha ido creciendo y hoy, pocos meses después, la situación hace disparar todas las alarmas. No queríamos llegar a esto, tal vez en eso teníamos razón hace 20 años, pero ya no importa: esto es lo que hay, esto es lo que nos asfixiaría si se rompe; y se va a romper y nos va a asfixiar, y no podemos hacer nada más que asistir a nuestro funeral. Eso es lo que pienso, porque no soy guadalupano ni creo en líderes de ningún color.

Si algún optimismo cupo en algún momento, lo mató el petimetre que vive en los Pinos con un solo acto de abyección e indignidad que basta para saber lo que podemos esperar de la clase política que nunca, nunca en México, nunca en serio, se juega nada que en verdad le importe.

Ese hombre ha autorizado dos oleoductos que en su propio país son atentados contra la ecología y una cultura ancestral. Ese hombre ha retado al mundo entero, a Japón, a Alemania y Europa toda. "No hace nada que no haya prometido", dicen, y eso es lo terrible: hace lo que quiere un poco menos de la mitad de los votantes que lo llevaron al poder. Está decidido a arrasar Medio Oriente. No tiene idea de lo que significa disparar un misil. ¿Exagero al decir que puede provocar la Tercera Guerra Mundial? No lo creo. Hay otros dementes con poder en este pobre planeta. No sé, tal vez son excesos de un escritor que no sólo se siente con derecho a opinar de cosas en las que no es experto, sino que se siente en la obligación de hacerlo, porque esa es de todos.

Este escritor ha leído que algunos creen en la fortaleza y valentía del mexicano, en que ya hemos pasado por aquí y salimos indemnes, que todo se arregla trabajando cada cual en los suyo, responsable y esmeradamente. No sé de qué hablan, quizá antes, como ahora, no entendieron o no quisieron ver. En mi opinión, toda forma de optimismo es irresponsable y cursi. Hiede a institucionalidad, a sistema, a música pop y literatura para todos, para los asnos y para los sabios, a filosofía de psicoterapia. Este escritor les dice a los optimistas que peor será para ellos cuando despierten del onanismo en que reposan, porque a menos que pase algo muy extraño, rayano en el milagro, viene la época más negra que mi generación y muchas anteriores hayan conocido, tanto a nivel mundial como para México; sobre todo y antes para México.

Es tiempo de que los artistas inventemos un mundo alternativo, a toda marcha, uno que nos permita vivir sin el corazón en un puño, pero que tampoco se desentienda de la bestia. La Bestia. No hay misticismo en lo que digo, son meras referencias, lamentablemente no creo en un dios o un Dios que vaya a salvarnos.

Sé que en mis palabras no hay un ápice de esperanza, que parecen histéricas, que llenas de la bilis negra —la melancolía que expulsó Platón— del poeta resultan nauseabundas. Por eso es que cada palabra que me rebata seriamente será tomada por mí con una gratitud inmensa, amaré cada idea que pueda convencerme de que mis hijos cumplirán esos sueños de los que me hablan, que dentro de algunos años escribiré nuevamente sobre esto y diré con la augusta serenidad del pensador honrado: Me equivoqué entonces, por fortuna.

 

Miguelángel Díaz Monges
Escritor. Ha publicado Notas de desencanto y otras virtudes.

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¿No descansará mi falta de claridad en la incomprensión de la esencia de las relaciones?
—Ludwig Wittgeinstein, Diario filosófico, 26.11.1914

Hay dos tipos de lenguaje y entre medias todos los matices: El que usamos para comunicar y el que usamos para hacer arte. No estoy regateando al arte su poder comunicante, pero no es tal —o no debería serlo— su primaria razón de ser: El piloto de avión en apuros graves espera que el controlador aéreo omita toda forma de simbolismo, metaforería, ambigüedad, experimentación, giro retórico o barroquismo. El controlador da vectores y tal es el acto poético que el piloto espera de él. Los pasajeros también, desde luego, aunque no lo saben —pocos son los que saben cuánta necesidad tienen de buena poesía en el momento indicado—. El médico que habla con la asistente de quirófano durante una cirugía a corazón abierto suele padecer de idéntica frivolidad. La frivolidad, incluso la brutalidad, pueden ser virtudes; si estéticas o no es otra discusión. Se trata de una restricción absoluta aplicable al lenguaje en su función comunicante. ¿Vale algún equivalente para un arte que no comunique nada en absoluto, en particular un arte literario? Negarlo borraría de un plumazo la mitad de la literatura del siglo XX y nos pondría en preguntas ociosas acerca del arte literario actual, preguntas cuya respuesta sólo podría hacerse desde un supuesto, salvo lo inevitable: La literatura de hoy no sería como es.

lenguaje

Durante la pasada Eurocopa, mi hijo de seis años, cuya relación con lo estético es todavía accidental e inconsciente, observó sin pretensiones "ya es de noche en París". Tal es el título de la novela que estoy escribiendo, pues lo que él dijo por asombro y con intención comunicativa yo lo encontré oportuno en cuanto al valor literario que andaba buscando. No existe arte accidental, sino actitud artística en el que crea y el que recrea. Un ejemplo que viene pintiparado es el de Kafka. La famosa nota en su diario del 2 de agosto de 1914, “Hoy Alemania ha declarado la guerra a Rusia. Por la tarde fui a nadar”, es el apunte práctico y ermitaño de un creador sin intención creativa que cayó en ojos de un lector con intención creativa, y hoy es una de las piezas más asombrosas de la literatura. Otro tanto sucede con las últimas palabras que alcanzó a plasmar como novelista, al final de su obra inconclusa El proceso: "’Es madera podrida’, dijo contrariado el subdirector". Una frase cualquiera que alcanza el más alto sitio en el Olimpo del arte. Lo que se califica como improvisación o accidente estético suele responder —si no es que necesariamente funciona así— al planteamiento de Bertrand Russell respecto de la solución de problemas de alta complejidad. Decía el sabio británico que cuando no encontraba una solución simple a algún problema —todo un homenaje al injustamente despreciado Ockham: "La explicación más simple es la más probable…"— pensaba en el asunto intensamente durante una hora, lo olvidaba, dejaba pasar unos cuantos días y al volver al asunto la solución estaba ahí. Porque el pensamiento es un motor que una vez que se hecha andar no se detiene aunque uno olvide que lo puso en funcionamiento. Esto me recuerda ciertas técnicas pictóricas, en especial el fresco y la acuarela, donde la superficie absorbe el color y sólo lo revela cuando ha secado del todo. El arte pareciera surgir del papel o el muro sin intervención del artista. Una idea literaria, o una determinada forma lingüística creativa, puede permanecer décadas en los sótanos de la mente y después, un día, surgir de entre los entresijos palabreros para tomar su lugar en el arte. No es accidente, improvisación u ocurrencia, es arte que esperaba su oportunidad idónea. Nadie se hace artista de la nada.

Es conocido por todos el asunto de Fleming con el descubrimiento accidental de la penicilina. Pero ese accidente fue posible porque un gran científico reparó en una revelación vulgar que seguramente se había dado enésimas veces en cocinas, laboratorios y jardines de todo el mundo. Sin los años de estudio y trabajo de Fleming seguiríamos teniendo hongos y no tendríamos penicilina.

Arquímedes dijo eureka porque encontró lo que buscaba, Fleming porque encontró lo que no buscaba. En ningún caso hay accidente o improvisación.

Antonio Machado, poeta y filósofo al que los partidarios de la tortuosidad literaria —y los detractores de Serrat o del arte de la canción, permítaseme la carcajada— han relegado, puso en palabras de su Juan de Mairena un pasaje bastante conocido:

(Mairena, en su clase de Retórica y Poética)
—Señor Pérez, salga usted a la pizarra y escriba: “Los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa”.
El alumno escribe lo que se le dicta.
—Vaya usted poniendo eso en lenguaje poético.
El alumno, después de meditar, escribe: “Lo que pasa en la calle”.
Mairena. —No está mal.

El arte poético puede parecer simple y llana expresión comunicativa, pero no lo es en la voz del poeta. Del mismo modo, el lenguaje sin arte puede encontrarse embutido en las obras más complejas y pretenciosas. También en las que buscan reputación artística sin ningún arte en sus interminables parrafadas o sus bien medidos endecasílabos. Porque así como hay una buena técnica expresiva que no comunica, hay una buena técnica que no contiene arte. Uno de los grandes enemigos del escritor creativo es el deseo de comulgar con el vulgo. Cuando el lenguaje y su técnica se enmascaran de simpleza en busca de la sencillez corren el peligro de que se desprenda la membrana misteriosa, delgada, delicada, que los une al universo artístico. Asimismo, cuando el lenguaje que busca comunicar intenta disfrazarse del arte suele caer en lo ambiguo y lo confuso. La metáfora debe existir como dos polos eléctricos que para establecer conexión no deben alejarse o acercarse en demasía. Cada uno, según su oficio o sus intensiones, debe conocer la distancia que establece entre la cosa y su expresión. Con lamentable frecuencia corroboramos que los filósofos, en cuanto le encuentran el gusto a las metáforas, dejan de ser filósofos, así Schopenhauer, Nietzsche o Camus; ni qué decir de la tendencia francesa a hacer esa cosa llamada filosofía francesa.

Así, es habitual encontrar comunicadores profesionales que nos envuelven en retórica y oficiantes de la literatura que nos quieren marear con cursilería y barroquismo insustantes —ya no digamos tuiteros o escritorzuelos de pacotilla que desvirtúan a los que sí conocemos el oficio literario—. Unos y otros son los fanáticos de gastar neuronas con lo del vaso de agua y el vaso con agua. Yo quiero una copa de vino con una copa de vidrio en su vientre y quiero una copa de vidrio en la que nadie pueda verter el jugo fermentado de su mala vid.

 

Miguelángel Díaz Monges
Escritor. Ha publicado Notas de desencanto y otras virtudes.

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Quien contempla a un amigo verdadero, lo contempla como un ejemplar de sí mismo
–Cicerón. Lelio, Acerca de la amistad

Nadie tiene derecho a venir desde lejos a traerte un pasado feliz que se perdió en el tiempo y el vértigo de la vida y te fue difícil dejar de añorar y olvidar parcialmente. No, ni una coma ahí, ¿por qué hacérselo fácil a un lector torpe que no te interesa en tanto autor?

amicitia

Hace años, y creo que lo ha repetido muchas veces, Fadanelli dijo que no le interesa hacer nuevos amigos sino deshacerse de los pocos que tiene. No sé si ha cumplido, yo sí, aunque sin decir nada me limité a estar de acuerdo. Tal vez ya por entonces, hablo de hace 25 años más o menos, no tenía amigos. No sé si me había deshecho de ellos o ellos de mí. En algunos casos recuerdo cómo fueron las cosas, en otros tengo claro que la amistad se diluyó, fue tragada por el océano de la vida, en otros no recuerdo nada, y en otros tengo la certeza de que no sé lo que pasó. Éstos últimos son los que duelen porque duele no comprender, no tener los datos necesarios para explicarse un presente que se quiere perder y no ha de añorarse, o no como se añoran todas esas mentiras de las que se compone la juventud.

Las redes sociales me han invadido la vida con fantasmas. Es fácil fingir que un fulano con el que no pasas una buena velada desde hace décadas sigue siendo tu amigo; es fácil ponerle abrazos, felicitarlo por sus triunfos, escribir tu pesar por sus pesares y seguir en la inercia de la gran mascarada hipócrita que es cualquier vida humana. Todas, sin excepción, sin absolución posible. También es fácil recordar el cuerpo desnudo de la amante joven, ahora que han pasado los años y sus carnes envejecidas sólo podrían satisfacer a quien amara. Porque existen los que aman, aunque me es difícil imaginar cómo es eso.

Antes, hace ya mucho, me gustaba prescindir del espejo y afirmaba que no hay mejor espejo que las mujeres que nos miran por la calle. Ahora tampoco me veo al espejo, y si alguien me mira por la calle supongo que es por mi cabello sin peinar, mi barba sin afeitar, las enormes ojeras bajo mis ojos, las pestañas perdidas, la mirada sin luz de los sueños que nunca cumplí ni he de cumplir porque ya no son míos, sino de ese yo que creía que vivir implicaba algo más que despertar cada día con este disgusto ante el mundo y la vida.

Si yo he llegado al fin a esta única verdad restante, si he perdido la belleza, la energía y los sueños, ¿por qué habría de recibir en mi vida a esos seres pretéritos que ni siquiera se dan cuenta de que en ellos mismos han muerto células y dioses, han nacido arrugas y dolores verdaderos? ¿Por qué habría de vivir como jovencito imbécil la antesala de una vejez donde sólo caben unas cuantas prendas, amantes a pasto y libros, todos esos libros que no he leído y todos esos otros que quiero releer del mismo modo en que quiero seguir viendo las grandes obras de arte u oyendo a los grandes músicos, clásicos, baladistas, roqueros o lo que sea; todo, porque todo en el arte me gusta? Ars longa vita brevis y gnōthi seauton; también Parménides: “Lo que es, es; lo que no es, no es", y Heráclito, desde luego: "No podemos bañarnos dos veces en el mismo río”. ¿Por qué, después de todos estos años de vida despoblada habría de recibir a nadie, alguien nuevo necesariamente, en mi casa, mi mente o mi corazón?   

Prefiero las fotografías, aunque rara vez las veo. Abuelos muertos, padres jóvenes, hijos pequeños y tiernos, hermanos sin rencores, amantes hermosas, amigos ausentes, lugares perdidos o devastados. Mentiras impresas en color desvaído, testimonios de lo que parece haber sido pero no es en este presente de pretéritos donde no hay más verdad que una vida que no fue lo que soñó el que la fue destruyendo y ajando con el uso, la vida que asesinamos en el acto de vivirla.

Las redes sociales me traen nombres o imágenes de gente a la que quise, con la que fui feliz. Me traen noticias, como en estos días, del que alguna vez fue mi mejor amigo. Que quiere mi mail porque vendrá y le gustaría verme. ¡Ah, hermano! ¿Dónde estabas mientras yo sufría? ¿Dónde estaba yo mientras tú caías en los abismos del sufrimiento? No hay mezquindad en estas preguntas, sólo son una reflexión, una entre muchas, sobre lo que implica la amistad y las relaciones humanas en general; ninguno es culpable, pero ambos, al sobrevivir, nos hemos convertido en seres que no se reconocen en sí mismos, somos otros, el sobreviviente se cierra como quiste, no vuelve a confiar, no vuelve a entregarse de corazón a nadie, es algo que se aprende con la vida, que se aprende en la historia y en la literatura, que se sufre en una continuidad vital que ya cumplió su designio. No, ya no, es demasiado tarde, y me extraña que tú no te des cuenta de que no tenemos nada pendiente, nada vivo, nada digno de la molestia de ducharnos, reunirnos y abrazarnos de un modo en que ni tú me abrazarías ni yo a ti, sino que ambos abrazaríamos nuestro recuerdo del otro con esa mezcla de amor y dolor que se siente en los entierros.

 

Miguelángel Díaz Monges
Escritor. Ha publicado Notas de desencanto y otras virtudes.

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Antes de entrar en materia, debo anotar que no estoy seguro de que Carlos Fausto Malpica sea un personaje de ficción, o sólo sea de ficción, y que con este libro, Luis Bugarini, al estirar la hipertextualidad hasta su coeficiente máximo de elasticidad, vuelve a demostrarnos que es uno de los escritores más notables de su generación, no sólo por la calidad de su pluma, que alcanza la excelencia en todos los registros, sino por su exploración hacia una literatura que nos quite el bostezo ante la reiteración y la falta de propuestas y riesgos. Vamos al grano:

A un autor lo conforman su obra, su entorno —es decir su circunstancia— y sus lectores. Carlos Fausto Malpica renunció a todo lector que no estuviese dispuesto a dedicarse de pleno a su obra de la misma forma en que él tuvo una plena dedicación a ella y, en general, al ejercicio del lenguaje, con un desdén verdadero hacia el destino de sus letras: verdadero, no esnob.

Su obra es marginal porque se atreve donde sólo pocos lectores llegan, en la amalgama de intensidad y diversidad que se encuentra en lo misceláneo, lo aparentemente desordenado que le ofrece al lector el mapa preciso, impecable, de un tesoro que existe y él puede encontrar, pero tendrá que molestarse en buscarlo.

palabras-de-un-discreto

Algún otro escritor con inclinación crítica, según nos relata Luis Bugarini en un texto publicado en Círculo de Poesía, lo atisbó accidentalmente en 2013, en un día importante para Malpica: el de su velorio, al que el descubridor de este autor ignoto asistió de mala gana. Ni siquiera se acercó a contemplar el cadáver para contagiarse de ese silencio que nos impone la muerte. Así también, de manera fortuita, por reencuentro y hallazgo recordó que se trataba de un autor secreto al que no había dedicado atención. La oferta de conocer los papeles que había dejado lo llevaron por el rumbo que desemboca en Palabras de un discreto, donde Bugarini recoge el testimonio asombroso, amplio y raro en su diversidad, de ese autor cuyo nombre se me escapa, de excelsa pluma, que cultivó la amistad de Carlos Fausto Malpica (1943-2013).

El libro, así, trata de dos autores que se presentan ante nosotros en diferentes niveles de proximidad. Un lejano Malpica que va saliendo de la opacidad y termina por volverse el más cercano y entrañable para nosotros, y el lector/escritor/crítico al que conocemos por su manera de leer a Malpica y ocuparse de él y de su obra, éste último opacado al fin por el aura de misterio a medias develado de Malpica, autor exhumado por él mismo para quienes nos acercamos a la lectura de este libro. El trabajo exhaustivo nos hace conocer incluso los diseños de portada de sus libros, prácticamente inconseguibles, detalles de sus libros y, lo más relevante, su admirable relación con el lenguaje y la literatura.

El índice nos da cierta idea de los afanes del autor: Preliminar, donde encontramos un breve y magnífico ensayo de Bugarini sobre el hecho literario; 1. Aproximación, donde la vida y obra de Malpica nos son presentados en la medida justa para interesarnos por él; 2. Entrevista, 3. Blandura [Fragmentos], que es eso: fragmentos de la última, inédita y más atrevida de sus novelas; 4. Tres cartas, testimonios preciosos éstas 5. Anexo, una colección gráfica de las portadas de los libros de Malpica y del manuscrito, al parecer definitivo, de Blandura; 6. Bibliografía de Carlos Fausto Malpica.

De este modo, Bugarini recoge el testimonio de quien fuera amigo de Malpica, documento con el que sin duda dio al investigar a este autor entre montañas de manuscritos y papeles de toda clase. En su trabajo más bien editorial practica todos los registros de la crítica y los de la narración (sin prescindir del aforismo), en la exigencia que le impone el hecho de que este libro de ensayo crítico es una novela con la que se fusiona plenamente, como una demostración de algo en lo que venimos insistiendo algunos de un tiempo para acá: Los géneros literarios unívocos agonizan a fuerza de uso y abuso, reiteración e irresponsabilidad. También porque la literatura, como todas las artes evoluciona en el sentido más universal y el destino de los géneros, tal como los conocemos actualmente, es fundirse, diluirse y terminar por perder el nombre para llamarse, sencillamente, literatura. Y, ya literatura, acercarse hasta la fusión, sin confusión, con otras artes, rumbo a una utopía que quizá llegue a tener lugar: el arte a secas. No es una entelequia y ya lo estamos viviendo; en este libro, por ejemplo. Así, la obra de Malpica es un trasunto de la de Bugarini —si no es que de la de Malpica— y en la forma que, como ya se consigna en este libro, pedía Albert Thibaudet —el crítico literario nonagésimo, que no Jean-Yves, el gran pianista contemporáneo—; Thibaudet que no quería lectores sino “leedores”, que son como los otros, pero activos, tan activos como los autores, complementadores de las obras.

Bugarini, pues, se hace tan cercano a su personaje narrador que llega a conocer a ese Malpica que el día de su muerte le pareció llanamente “secreto”, hasta el punto de estar en condiciones de presentarnos su voz narrativa, su voz como creador, en —por ejemplo— los fragmentos de Blandura, el último y más ambicioso, aunque no necesariamente el más interesante.

Es posible que Palabras de un discreto sea sólo el primer paso para extraer de la secrecía y las sombras a un autor que —a reserva de lo que opinen quienes lean el presente volumen—, merece que le faltemos al respeto en su discreción, lo hagamos visible y lo saquemos de las sombras donde convive con tantos seres misteriosos y olvidados —perfectamente muertos—, que prefirieron codearse con el lenguaje antes que con el mundillo farandúlico que rodea y asfixia a la literatura. Quién sabe, quizá veamos su obra publicada nuevamente, quizá veamos una necesaria primera edición de Blandura, quizá entre los legajos que dejó encontremos nuevos títulos —como pasa en estos tiempos con todos los escritores que mueren y son buen negocio para viudas y editoriales—, nuevas incursiones por la literatura que pocos o nadie han intentado.

De momento, debemos conformarnos con Palabras de un discreto. Agradecer y leer esto que, al fin, no es una novela, ni un ensayo, ni nada por el estilo, sino un hecho literario, que —como nos dice Luis Bugarini— es el enigma, como para Camus lo era si la vida merecía ser vivida aunque —como la escritura para Carlos Fausto Malpica— no tenga sentido y se limite a Ser.

 

Miguelángel Díaz Monges
Escritor. Ha publicado Notas de desencanto y Otras virtudes.

Palabras leídas en la presentación de Palabras de un discreto (Ed. De otro tipo, México, 2015, 101 pp.) en la Sala Adamo Boari del Palacio de Bellas Artes, México, 11 de mayo de 2016.

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Mirar al fin la calma de los dioses
–Paul Valéry

abdicacion

Una mujer sin atributos especiales, de mediana edad, ni bella ni fea, camina cargada por las bolsas de la compra. No parecen pesarle o estorbarle. Su paso es decidido y su estampa firme. No se le nota enferma o cansada, sino sana, de huesos fuertes y rasgos faciales que denotan carácter. Sin motivo aparente, de pronto, se detiene. Sin un solo gesto deja su carga sobre la acera, junto al antepecho de una ventana que no es la de su casa, sino una cualquiera. Se sienta. No a descansar o ver qué pasa ante sus ojos, sólo se sienta, ahí, ya para siempre.

*

En un trigal, el joven segador parece a punto de llenar la troje. Lleva en el talego un bocadillo hecho con el pan exquisito que se hornea en el horno del pequeño pueblo donde vive, uno de tantos que no existen en los mapas. Lleva hoz y guadaña, aunque no es la muerte sino la vida misma con el talego a reventar de gavillas doradas. No voltea a ver cuanto ha hecho ni echa un vistazo a lo poco que le falta. Sus piernas se han acostumbrado al encorvamiento de la labranza, la siembra y la cosecha. Ha cortado otras cuantas espigas. Se detiene, se yergue, sus ojos sanos de campesino podrían abarcar toda aquella campiña y las montañas que la amurallan, y del otro lado el mar, podría ver, más no, están abiertos y ven, mas no ven nada. El segador suelta la carga, guadaña, hoz y trigo. Se recuesta sin ganas de dormir o descansar. No muere, no vuelve a levantarse, aunque podría.

*

Un beduino hace su travesía. Lleva años reaprendiendo en cada andanza las nuevas dunas y las extrañas maravillas, la luz que transfigura, el frío nocturno y el calor del mediodía. Conoce los oasis y las zonas de riesgo. Sabe a dónde va y a qué. El desierto no es un medio más hostil que cualquier otro, más bien, por el contrario, es el más amigable para él, un viejo conocido que suele ser gentil con su raza y su gente. Continúa su andar sobre un camello joven. Va recorriendo grandes o pequeñas ciudades, ya encaladas, ya excavadas en la roca ocre. Todo ha sido perfecto, como siempre. Se acerca a un pueblo donde tiene amigos, algún pariente y buenos anfitriones que desde que era un jovencito lo conocen. Pasa de largo, para siempre.

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El joven amante que siempre estuvo enamorado de la chica morena ha luchado muy duro para tener algo que ofrecerle. Su conducta ejemplar ha sido construida con el sacrificio de los poderosos deseos de la juventud. Ha hecho que su pasión lo lleve a cierto éxito y no hay duda de que llegará lejos, a lo más alto en su oficio. Ya tiene ahorros suficientes para una vida sin carencias y, a veces, algún lujo nada despreciable. La muchacha se ha enamorado de él, incluso parece que lo ama, ya lo ama. Los padres lo aceptan de buen grado y aunque sueñan con príncipes azules —siempre son los padres y no las niñas los que buscan al príncipe azul— conocen su lugar en este mundo y han dado su bendición al casamiento. Todas las noches los amantes se encuentran frente a la puerta de la casa de ella. La nodriza hace la vista gorda ante los besos y promesas que nacen del deseo y la estupidez, aunque ellos creen producto del amor y los sueños. El príncipe azul ha sembrado en el corazón de su amada una vida en rosa. Todas las mañanas despiertan con el pensamiento en el otro, remontan el día en espera del encuentro nocturno. Esta noche la muchacha espera tras el portal. El joven aún no llega, ni ha de llegar: se ha detenido a escasos cinco metros, joven y apasionado, con el futuro a su favor, con las promesas de la vida en plena labor de cumplimiento. Se ha detenido entre un paso y otro rumbo al encuentro de su amada, y ahí ha de quedarse.

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El escritor pasa por su mejor época. Por fin parece sonreírle el éxito y empieza a recibir ingresos ligados con su trabajo. Ha cosechado el odio necesario y enemigos secretos; la crítica lo destroza, pero se ocupa de él. Lo invitan a programas de radio y televisión, da conferencias, imparte curos y talleres, sus artículos son publicados en todas las revistas, están en marcha varias traducciones de su obra, los periódicos escriben su nombre con ortografía —señal inequívoca del reconocimiento, según observó Wilde—, le llaman maestro y cumplen sus pruritos con los viáticos. Ahora mismo está por terminar la que sin duda será su obra maestra, una amalgama feliz de suerte, oficio y largas jornadas de trabajo. El final ya está claro, ha releído todo y sabe que nada sobra ni falta, que nada está fuera de sitio y no hay cosa que se pueda mejorar. Ya tiene al editor, un editor inteligente que sabe que nunca hay que presionar a un escritor. Hoy lleva escritas dos cuartillas y aún tiene el entusiasmo necesario para seguir, y tiene las ideas que dan vida a esas nimiedades donde se aloja la grandeza. Golpea el teclado velozmente, golpea una letra a mitad de una palabra, y de golpe no golpea más, ni una tecla más, ya nunca, ni una sola palabra.

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El cura da la misa hasta el Evangelio. “Es palabra de Dios”. “Amén”. Es tiempo del sermón. El cura mira a sus feligreses, no interpreta las escrituras, se arrodilla: “Orad, hermanos —dice—; orad por mí, hermanos”.

 

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Omitir y postergar: dos rostros de la misma negación del ser aquí y ahora, dos formas de dar la espalda al tiempo y ceder a la muerte el espacio de la vida. Nadie olvida realmente lo que ama de verdad. Nadie renuncia a sus deseos más íntimos,  profundos, primarios, acaso inconfesables. Pero no siempre es posible realizar el amor o satisfacer el deseo. Muchas veces la imposibilidad es impuesta por las circunstancias, pero la más de las veces proviene de nuestras más razonables sinrazones, nuestra percepción del absurdo y el sin sentido. Omitir y postergar pueden ser falta de impulso vital, creencia mágica en la duración infinita de la oportunidad, falta de imaginación acerca del tiempo y la caducidad de nuestra único e irrepetible turno para intentarnos como obras maestras de nuestro propio esmero. Pero también pueden ser una forma de imaginación suficiente para ver la inmensidad cósmica, histórica y -para bien o mal- humana y abandonar la tentativa de ser, como el náufrago asido a una tabla puede olvidar la esperanza demencial de encontrar tierra o -siquiera- un navío providencial en la inmensidad oceánica.

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En el pulso entre el absurdo y el sentido de la vida se apuestan las fichas del hacer o no hacer, del postergar o actuar, de la omisión o la inclusión. El juego tragicómico, regente de la existencia humana tal cual lo visualizó Dostoievski en la que considero su obra clave, El Jugador, no la mejor o mi favorita, pero si la que contiene la hoja de ruta de uno de los pocos escritores dignos de ser releídos insaciablemente.

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Nuestra época se vale de muchos conceptos para evaluar a los seres humanos. Conceptos como ganador o perdedor y cosas por el estilo que —invariablemente— se asocian con la cuenta bancaria y la aceptación social. Nuestra época nos califica según nuestra integración al sistema económico, social y cultural. Todas las épocas han sido lapidarias con quienes escapan al esquema de sociabilidad de los sensatos. Quien se mueve fuera del guión que nos entregan al "limpiarnos" de la "suciedad" de la placenta tiene opciones dentro de la marginalidad: el manicomio, la cárcel o esa fina condena del sistema en boga que consiste en ser exiliado de entre los vivos a punta de adjetivos. Los dolientes y débiles lamentan esto y uno no entiende qué hacen confinados en sus charcos de lágrimas onanistas. Otros asumimos sensatamente nuestra condición, nos obstinamos en vivir —lo que se llama vivir— conforme a nuestros actos y decisiones, y a veces nos apasionamos en un insano orgullo ante el "error". Somos soberbios y déspotas, pero no ante la gente común, sino ante los titiriteros que nos quieren de bufones: nos vemos en el bufón de Lear, uno de los más inquietantes personajes de Shakespeare.

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Vivir, y lo demás al pairo. Cuando estudiaba arquitectura, después de teatro y psicoterapia y antes de filosofía, hice muchos viajes escolares. Mis compañeros tomaban fotos, dibujaban bocetos de imitación y anotaban; yo admiraba pasivamente. Había que entregar las bitácoras al regreso. Mientras los demás emperejilaban y engargolaban yo escribía y dibujaba. Muchas veces me traicionó la memoria, pero aún recuerdo cuanto vi: no necesito ojear u hojear esas bitácoras. Y es que la memoria tiene secciones privilegiadas, eso ya se sabe sobradamente: este tiene memoria visual, aquel otro auditiva, etcétera. Yo tengo una extraordinaria memoria para las reflexiones mías y de la abundante gente valiosa con que la vida me ha obsequiado. Es recordando lo que pensé o pensaron como invoco lo que sucedió. Las inexactitudes no son sino la copra, la herrumbre, la paja que el tiempo ha consumido. Poco puede Cronos contra la sustancia, esa certeza es mi última referencia indirecta a los graves asuntos de la omisión y la postergación.

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El desencanto es otra cosa. Este tema y el de la sobrevivencia son constantes en mi trabajo. Lo que uno escribe no tiene nada que ver con lo que otros leen. Los malentendidos y las interpretaciones malintencionadas son desconcertantes aunque previsibles. También son aburridas. Para estar en desacuerdo es necesario un acuerdo de base: el lenguaje y el asunto. Otro tanto vale para el improbable estar de acuerdo. Dediqué un libro al desencanto. Creo que nunca me sentí más lejos de mis contemporáneos al oír o leer ciertas conclusiones que apuntaban a que renuncio a la utopía y los esmeros que exige. Pero más me inquietó el silencio, como si casi nadie se hubiera enterado, como si a nadie le hubiera interesado, como si fuera un delirio mío y en realidad jamás hubiera escrito eso. Pero lo escribí y publiqué. también sé que lo leyeron y releyeron, que se sintieron confrontados, que prefirieron no estar de acuerdo y que no encontraron las palabras que podrían expresar tal desacuerdo o -más precisamente- el deseo intenso de marcar distancia con lo escrito por mí, acerca de un yo que es un inmenso nosotros. Y es que el desencanto busca conventos donde esconderse y purgar su culpa, tramas conceptuales y retóricas autocomplacientes o bien, como ha sido en mi caso y unos pocos de mis lectores, mirarse a sí mismo, encender un pitillo, mirar el horizonte y dar con las nuevas entelequias sin las que —a mi muy personal talante— la vida no sería más cosa que un pedo de cómico entre el estruendo del carnaval. El desencanto tiene que ver con muchas cosas, pero no —al menos no el mío— con la omisión y la postergación. Creo que nos hemos puesto al día.

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De muchos libros he lamentado perder la cubierta, sea porque, en una de tantas mudanzas en esta vida de trashumante, se extravió o porque, por esas cosas propias de la autonomía existencial de los libros, se maltrató hasta no valer la pena rescatarla. En el caso de Moral Realities1 lo que no tengo es el libro, mas no he podido ni debido lamentarlo, pues nunca tuve sino la cubierta.

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Esto no quiere decir que la cubierta haya sido privada, por alguna omisión editorial, del volumen al que debía cubrir. Lo tuvo, y con seguridad lo extraña, por tratarse de una obra magnífica y muy superior a la hermosa cubierta, pues mientras que ésta apenas si pudo ocupar algunos meses de trabajo y empeño profesional de diseñadores y editores, el libro entraña (pues no he de poner en pretérito algo que a buena fe existe en algún sitio) a lo menos diez años de investigación, análisis y reflexión del doctor Mark Platts.2 No es este el espacio para desplegar sus virtudes personales y profesionales, así que baste mencionar que fue alumno predilecto de sir Bertrand Russell, y ha contado entre sus más queridas amistades con los personajes y filósofos más notables, caso de Peter Strawson, Donald Davison (éste, a su vez, titular de la cátedra Locke de la Universidad de Oxford, sólo ocupada antes por Russell, para quien fue creada, y de la que es heredero el doctor Platts), Carlos Monsiváis, Alejandro Rossi, un viajero frecuente que le traía Marmite desde su natal Liverpool, la señorita F (cuya identidad debo guardar celosamente, no por algo que pudiera dañar su honor sino por su significativo papel en esta historia de abandono del conocimiento filosófico) y yo.

Conocí al doctor Platts, con certeza, en 1989, durante mi segundo semestre en la carrera de Filosofía en la Universidad Nacional Autónoma de México. Durante varios años opté por el nutritivo suplicio de ser su alumno y discípulo (he de confesar que indirectamente lo sigo siendo, pues el buen hábito de pensar en orden vale la pena de ejercitarse) y él me hizo aceptar como becario en el Instituto de Investigaciones Filosóficas de la misma casa de estudios. Doce horas diarias era una buena suma para quien quisiera titularse bajo la asesoría de Mr. Platts y obtener, así, el paso, casi seguro, a la Universidad de Londres, de Oxford o cualquiera otra donde se impartiera lo que suele llamarse “filosofía analítica”, a lo que él, socarronamente, es decir que muy en serio,, solía replicar: “Filosofía, quieres decir”. Británico al fin, posee un admirable sentido del humor que se intercala abruptamente con accesos de, aries al fin, una violenta e implacable irascibilidad. Quizá por eso eligió, para la portada del libro que no tengo, una reproducción en grises de “La ira”, fragmento del imponente retablo de Los siete pecados capitales de El Bosco. Esta elección es, por cierto, la causante de que yo sea el poseedor de una cubierta sin libro.

De ningún modo haré público pormenor alguno acerca de la vida privada de mi amigo y maestro (ni de la mía, por cierto). Suelen preguntarle qué hace un filósofo en un país donde ni existe ni se intenta la filosofía: diré solamente que tuvo excelentes razones extraacadémicas para venir a México y las tiene, aunque otras, para permanecer aquí.

Fue en 1991 que el libro que no tengo fue editado en Londres por Routledge. El título, Moral Realities, se complementa con una explicación que no hace sino volverlo extraño: An Essay in Philosophical Psychology. Baste aproximarse a la descripción de dos tonalidades de azul para tener completa la portada: El fondo es de un azul celeste que diríase puro; las letras en que se anuncian el título, con mayúsculas, el subtítulo y el autor son (por cierto que en tipografía recia, con patines y cursivas para el subtítulo) azul rey; el sello de los editores es una elegante sombra y la imagen mecionada arriba tiene un margen blanco de unos 4 milímetros. Esto se ordena descendentemente con toda lógica, simetría y orden: título, subtítulo cortado para dejar en la tercera escala las palabras “Philosophical Psychology”, reproducción de “La ira”, nombre del autor y, finalmente el logotipo de los editores que consiste en una silueta, gris en este caso, que en su entorno interior dibuja otra silueta incolora (aquí azul) y 2 milímetros a la izquierda, verticalmente, de arriba a abajo, en mayúsculas recias y sobrias, la palabra “Routledge”, también en gris, con lo que la silueta y las letras dibujan una ‘R’, por demás pertinente.

El equilibrio, la elegancia, la sobriedad y, en fin, el buen gusto de la portada, así como la selección de tan admirable imagen (sin duda un clásico de la escuela flamenca) me obligaron los merecidos elogios en tono exclamativo. Mark Platts, tras habernos ofrecido a la señorita F y a mí una cena preparada por él mismo con alcachofas horneadas en aceite de oliva, y otras delicias, todo acompañado con abundante vino tinto, wodka y whisky, sacó de una caja proveniente de Londres un ejemplar, de entre una veintena que le habían enviado, de su obra recién impresa. La señorita F, que es un dechado de educación y buenos modales se dejó guiar, más que por el libro, por los cánones emanados de su buena cuna y felicitó al doctor por la edición de su obra, cosa que yo había pasado por alto, en primer lugar porque ya sabía, igual que ella, que la obra al fin había sido tirada y enviada a México, en segundo lugar porque la edición de una gran obra no me parece sino la consecuencia obligada de su concepción y en tercer lugar porque no podía decir nada acerca de un libro que no había ni hojeado. Así, la señorita F se deshizo en halagos para un libro que ni conocía ni conoce (y que yo en cierta forma conocía por haber seguido tan de cerca como le era posible a mis limitaciones las investigaciones y reflexiones del doctor Platts) y yo elogié la cubierta. Ésta, amén de la portada suficientemente descrita, cuenta con un lomo en negro con letras blancas que repite los datos principales; una contraportada típica, en blanco con letras negras y donde el prontuario fue coronado con dos preguntas que, por lo que puedo conocer, son acertadas: “Can morality be freed from subjectivism and relativism? e Is a descriptive metaphysics of morals possible?”, y dos solapas típicas también que contienen un enlistado de otras obras de la editorial y un elogio al libro y su autor. Esta nota repara en que Mark Platts ya había inquietado al mundo filosófico con su Ways of Meaning,3 el cual existe en español bajo el título Sendas del significado, en cuya traducción y edición colaboré cuando trabajaba en el Departamento de Ediciones del Instituto de Investigaciones Filosóficas de la UNAM, y el cual se puede conseguir en las bodegas de dicho lugar y solamente ahí, como cuanto publican los institutos de nuestra Alma Mater.

Pasaron unos meses de arduo trabajo antes de que nos volviéramos a reunir en casa del doctor los mismos que aquella vez. La señorita F, que bebía poco pero mal, estaba más borracha que Mr. Platts y yo, que lo estábamos mucho, de modo que se atrevió a rogarle que le regalara un ejemplar de su libro. Sólo quedaba uno, que aquel gentleman cogió al instante y se lo entregó, no sin antes arrancar la cubierta y dármela diciendo: “A ti es esto lo que te interesa.” Su humor y su irascibilidad se mezclaban en una broma de la que aún no me sobrepongo y de la que él se sigue riendo cuando nos encontramos y le pido un ejemplar del libro “aunque sea sin cubierta”.

Pasaron un par de años y un buen día la señorita F nos invitó a comer al Raffaelo de San Ángel. Sólo recuerdo dos platillos: ella y un noviete español, ingeniero en sistemas, con el que se casaría una semana después en Madrid, donde fijaría su residencia. Hacía bastante que ella dedicaba el tiempo a prometerse contraer nupcias y terminar la tesis: ese día nos confesó que el segundo asunto quedaba abandonado. Las bromas sobre su prometido le causaron, muy a nuestro pesar, peor efecto que su incurable romanticismo y se fue a Madrid sin deseo alguno de volver a saber de nosotros en el resto de su vida.

Los pocos libros que había reunido en sus años de intelectual se quedaron en ese cuarto precautorio que todas las damas dejan listo en casa de sus padres cuando se aventuran al matrimonio. En un rincón de mi biblioteca tengo lo que llamo “el altar”, en el que se reúne un cráneo humano que mi madre embargó a unos santeros y al que desde el 19 de abril de 1998 llamo “Octavio”, un frasco vacío de ese manjar británico (pocos existen) llamado Marmite y la cubierta de Moral Realities, cuyo ausente cuerpo sufre de consistencia con su título entre, supongo, un libro de poemas de Bécquer y Las cuitas del joven Werther, cuyo pertinaz mal de amores apasionaba a la señorita F.


1 Mark de Bretton Platts, Moral Realities: An Essay in Philosophical Psychology, Routledge, 2014, UK, 1991, pp. 244

2 Mark de Bretton Platts (born 1947) is a philosopher at the Instituto de Investigaciones Filosóficas de la Universidad Nacional Autónoma de México (Institute for Philosophical Investigation, National Autonomous University of Mexico). He is well known for criticizing the Humean theory of motivation, especially in his book Ways of Meaning (1979/1997). (https://en.wikipedia.org/wiki/Mark_de_Bretton_Platts)

3 Mark de Bretton Platts, Ways of Meaning: An Introduction to a Philosophy of Language, Routledge y Kegan Paul, UK, 1979.

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Una escritora importante, que no sé qué ha escrito, pone en Twitter una estrofa del bolero Bonita y agrega “Tin Tan dixit”. Mi impulso primario, instintivo, es aclarar el asunto en la red social, pero después de varias décadas cerrándome puertas y reventando mi entorno por la manía de soltar opiniones, decido abrir Word y escribir sobre este asunto. O no éste en especial, pues cinco minutos después me doy cuenta de que tiene nula importancia. Bonita es un bolero blues escrito —como los más viejos, menos esnobs y no demasiado incultos sabemos— por José Antonio Zorilla Martínez con música del legendario Luis Alcaraz, quien la interpretó y grabó, así como Javier Solís, antes de que la grabara Germán Valdés. No sé Zorrilla, pero Luis Alcaraz, guste o no, es un nombre necesario en una cultura general decorosa. En el repertorio mexicano e internacional es constante e imprescindible el abundante trabajo que hizo junto a Mario Molina Montes, quien, por cierto, escribió e internacionalizó la letra de Candilejas (Limeligth), calificada por Chaplin como la mejor versión posible de su propia obra.

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No sé si mi neurosis cada vez es más grave pero creo que hasta para poner un tuit hay que ser riguroso, precisamente porque el alcance de las redes sociales se presta para volver verdad los equívocos más graves, como los promovidos por ciertos grupos políticos a través de sus fanáticos o de los medios a su servicio. Me enferma ver imágenes con la foto de Cortázar, García Márquez o Einstein acompañadas de frases que jamás dijeron y que, en su mayoría, son cursiladas escalofriantes. A la banda no le importa hacer el ridículo con tal de pasar por culta. Eso sí debería legislarse (¡Fallad!).

Cada vez más neurótico y agrio, he ganado en prudencia, síntoma inequívoco de envejecimiento (algunos dirían que de madurez y me causarían otro disgusto enorme), así que ya no ando de respondón y retobado, sino con el hígado inflamado, el estómago inundado de sangre ulcerosa y los nervios como de bistec barato. Tengo un tuit fijado en la cabeza de mi cuenta: “La templanza es la virtud consistente en morirse de un coraje en vez de matar a un prójimo”. Es mío, aunque cuenta con muchos homenajes, o sea plagios. Y pues eso: Que a mí me van a matar de un disgusto los tuiteros y feisbuqueros.

Por poner otro ejemplo, me da urticaria cada vez que algún neofilósofo autodidacta dice que “Conócete a ti mismo” (gnóthi seautón) es una frase platónica o socrática. No se enteran. Eso estaba escrito en el templo de Apolo en Delfos y, aunque no está claro el autor, al parecer fue el sabio Solón de Atenas. Encima ponen el aforismo en latín, como ésos que citan en inglés a un autor francés, por ejemplo, y, digo yo: o lo citas en español o lo haces en el idioma, la forma y las palabras exactas en que fue escrito.

Los difusores culturales voluntarios son peores enemigos de la cultura que los consumidores sin paladar y los editores poco rigurosos.

Dan ganas de preguntar a quienes gusten responderlo dónde demonios fue que Voltaire escribió o dijo: "Estoy en desacuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo”. Qué decepción tan grande se llevarían al descubrir que monsieur François-Marie Arouet, a quien seguramente no han leído, jamás dijo eso, sino que se trata de una frase escrita dos siglos más tarde por la británica Stephen G. Tallentyre (n. Evelyn Beatrice Hall) en su biografía del pensador francés.

Algo así pasa con “Es preferible morir de pie que vivir de rodillas”, frase que popularizó en sus discursos durante la Guerra Civil Española Dolores Ibárruri, La Pasionaria, a quien se le atribuye tanto como al Che Guevara o a Emiliano Zapata. Las fuentes más confiables apuntan a que es del Caudillo del Sur. Me gusta mucho aplicarles la mayéutica (esa sí es socrática, tuiteros) a “las fuentes más confiables” del mundo entero, sobre todo en esta época en que las fuentes más confiables son víctimas millonarias de líos contractuales o chaparritos cazacocteles que se apoderan de cualquier causa para subir su mínima estatura intelectual y moral en un banquito. Así que pregunto a las fuentes confiables qué tanto puedo confiar en la fuerza retórica del caporal de Anenecuilco (nacido en Villa de Ayala, una cosa más que es necesario aclarar) para soltar ese dictum y dónde consta que lo hizo. Me temo que el buen Emiliano que amaba a los pobres y quiso darles libertad, tendía más a decir cosas como “¡Échenle güevos, cabrones, y al que se raje lo fusilo!”. Me gusta la leyenda, pero es eso: leyenda.

De vuelta con la música popular, hay casos en que aclarar los asuntos es menos riesgoso: Cierta dama muy aficionada a las canciones sentía cierto desprecio por Agustín Lara, José Alfredo y otros. Le pedí que me dijera canciones que le gustaban. Casi todas resultaron ser de los mencionados cuando no de Álvaro Carrillo, Guty Cárdenas o Armando Manzanero. Reconoció que yo tenía razón pero no cambió de opinión.

Me callo las cosas poco importantes, sin embargo, porque con los enemigos que he hecho en la vida ya tengo suficiente atención del vulgo y sobrado calor humano a mi alrededor.

No siempre fui tan cauteloso como ahora que el fastidio me hace menear la cabeza y corroborar que la especie humana no tiene remedio. Hace un lustro, más o menos, me eché una enemiga nada deseable, hermana e hija de importantes poetas, cuyo nombre omitiré. También fue culpa de una canción. Ya hacía tiempo le había comunicado que no quería tratos con ella porque era altanera, terca y agresiva. Resulta que a cuento de no sé qué volvió a mí tan campante, como si nadie la hubiera mandado a la chingada, para decir no me acuerdo qué demonios sobre las Nanas de la cebolla “de Serrat”. Venero al Nano, pero las cosas como son: su trabajo con los poetas (Machado y Hernández en especial) es bastante discutible: Muy pocos pueden leer esas nanas o los primeros versos de Cantares sin dejarse llevar por la melodía. Con cierta condescendencia le dije a la dama que me parecía una barbaridad poner Serrat donde debía decir Miguel Hernández. Respondió colérica que ella estaba hablando de música. Entonces sobrevino la catástrofe que la mayoría de quienes lean esto sentirá como una puñalada en la boca del estómago: La música de la canción “de Serrat” es de mi entrañable y viejo amigo Alberto Cortez, y así lo consigna (gratitud mediante) el propio cantautor catalán o, más precisamente, dados los tiempos que corren, xarnego. La dama de marras me respondió con todo un repertorio de adjetivos de uso coloquial y me bloqueó así en Facebook como en la Tierra. La cosa no tenía importancia, lo grave era que yo tenía razón, el peor de los pecados (y que esté claro que Borges nunca escribió esa cursilada de que cometió el peor de los pecados por no haber sido feliz).

En los caminos de la vida, caballo viejo lo sabe, más vale vivir equivocado junto con la masa opinóloga e informada. En este cambalache, lo mismo un bruto que un gran profesor. ¿Sabe usted, por cierto, qué significa “yira” (pistas: ni lunfardo, ni criollo, ni porteño, ni gauchesca)? Y ya con ésta me despido, agur.

 

Miguelángel Díaz Monges
Escritor. Ha publicado Notas de desencanto y Otras virtudes.

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No es obligatorio ni lo más frecuente, pero se agradece que un libro de cuentos evite llevarnos del tingo al tango sin ilación alguna. Los hay que unen sus piezas mediante la atmósfera en la que se desenvuelven; a otros los cohesiona un ámbito emocional; otros habitan un mismo humor o en similar espíritu nihilista; y entre muchos etcéteras más están los que comparten una temática, una metafísica o una preocupación determinada. A éstos pertenece Cuaderno de Hanói (2014), en donde el signo, el símbolo, el lenguaje, su expresión y la pobre humanidad de quien los usa, se engarzan en cinco piezas; cinco cuentos que sin ser introspectivos exploran diversas ambiciones escriturales a modo de alegorías del hombre común aventurado al difícil oficio de descifrarse a sí mismo y a su entono.

Ante todo, Cuaderno de Hanói es ligero y generoso, se lee sin contratiempos pretenciosos y de una sola sentada. Un libro apto para todo público, a menos que se lea de una manera ya en desuso: bien leído. En tal caso sí que es espinoso, complejo, hiriente, agresivo y desolador.

Hay claves autobiográficas. A fin de cuentas todo remite a la propia experiencia, pues todo es autobiográfico en alguna medida. Ya lo decía Antonio Machado en voz de su maestro Juan de Mairena: “lo más particular es lo más universal”. Podemos vislumbrar, sí, los datos de un mundo en el que el autor y, seguramente, el lector, hemos habitado: el de la ambición desaforada, la fantasía del hallazgo, las fobias y manías, la memoria, la catástrofe existencial.

Esta enumeración corresponde a la secuencia de los cuentos reunidos en Cuaderno de Hanói. El autor ha observado cómo el hombre gasta su vida en fantasías condenadas congénitamente al desastre; sin ánimos redentores ni sentimentalismos, es cruel con sus criaturas; afecto a la ironía como vuelta de tuerca y al humor ácido como expresión suprema de las emociones, las creencias, las tentativas, los humanos trabajos y días, sus personajes comparten la desolación de la búsqueda sin esperanza. Son seres que, condenados al fracaso, no eligen asumirlo como elemento vital: prefieren vivir desde el fracaso la rumia de sus obsesiones aniquiladas.

Nada que lamentar: el libro entretiene y en cierta forma deja un regusto a asunto ajeno. Un lector distraído no escuchará la advertencia, uno atento no reprochará la coincidencia. Esto porque la forma narrativa de Bugarini no es la de un buey arando, sino la de un caballo que galopa sobre enunciados impecables y un lenguaje pulcro, libre de efectismos, triquiñuelas o barroquismos de ninguna especie. Un simple buen narrar. No va a la caza de los retruécanos del lenguaje o de la narrativa: a ambos los conoce y los tutea. La obra de este autor, que a la fecha consta de tres novelas, un libro de ensayos, este libro de cuentos y uno de poesía, no muestra un solo desliz pretencioso.

Cuaderno de Hanói pasa ligero por los signos, lenguajes y seres que escriben. En el primero de los cuentos, “Formas de la novedad”, tenemos a un escritor al que no le basta el buen lugar que le ha dado la suerte y decide acometer la obra que le confiera la definitiva trascendencia. Todos queremos vencer a la muerte y desde esa ambición podemos caer en cualquier despropósito y extraviarnos definitivamente. En “Diatriba de Homero” damos con la ensoñación enmohecida de la originalidad, palabra que rima con ingenuidad. En “Reinaldo”, un hombre vive en comunicación con el cielo: no con Dios, sino con el manto azul que cobija y amenaza. En “Adolescencia en el metro” un hombre, desde un punto físico fijo, expande su lenguaje con las nubes, que son memoria y eco de una vida, mediante ondas concéntricas por las que deambula radialmente reconstruyendo su transcurso y su inmovilidad. “Cuaderno de Hanói”, cuento que cierra el libro y le da nombre al volumen, se aventura a lo extraordinario en cuanto a narrativa se refiere. Es, creo, un tributo a Joseph Conrad. No imitación, desde luego, pues Bugarini sabe que eso es imposible. El relato se divide en dos partes. En la primera tenemos la historia de un hombre de mar misterioso, indescifrable, revestido de la desolación propia de los personajes conradianos. En la segunda parte, mediante una estructura fragmentaria que va del aforismo al relato con aparente desorden, se completa ese hombre que, como sus notas, su cuaderno, sus preciosos misterios, sigue siendo un cajón cerrado ya comprensible.

Baste agregar que, para un lector avispado, este último cuento nos devuelve al primero, “Formas de la novedad”, y devela el curso entero del libro. Un libro ligero y fácil de leer, a la vez que críptico, cuyas claves acechan detrás de una prosa sencilla avocada a narrar fantasías entretenidas.

Luis Bugarini, Cuaderno de Hanói, Cuadrivio, 2014, 83 pp.

 

Miguelángel Díaz Monges
Escritor. Ha publicado Notas de desencanto y Otras virtudes.

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