In memoriam Guillermo Mendizábal que, hermano, en 2010, murió como, según dicen algunos, testificaban los gladiadores.

Mientras que allá afuera está en manos de gente tan ignorante como nosotros pero más adinerada decidir sobre nuestras vidas, en nuestra obra estamos en la privilegiada posición de que desaparezca la moneda o que un jeque loco pida a guisa de impuesto una de cada dos hijas y hasta media hija si sólo se tiene una. Por eso escribo. Por eso escribimos. Lo demás son patrañas más o menos ligadas a la vulgaridad cotidiana. Y en nuestra obra podemos hacer que el tal jeque muera envenenado o se meta a líder del sindicato de cortesanas.

tallerista

Sabía Hamlet que cualquiera sirve para enterrar a un muerto. Siglos más tarde —más sabio y menos pusilánime que el príncipe danés— nos diría Michael Corleonne con la voz de Al Pacino dirigida al también excelso pero menos bienamado Robert Duvall, que si hay algo que nos enseña la historia es que cualquiera puede ser asesinado. ¿Vale más el aserto isabelino que el magnífico desplante hollywoodiense de Mario Puzo? La historia de la literatura está llena de estos sin embargos, tanto que cualquiera puede destrozar a un escritor y cualquier escritor puede ser destrozado. He ahí el abismo que separa el acto creativo del fenómeno social. En términos no lejanos a Foucault, he ahí la diferencia entre la anormalidad demencial del arte, que amenaza, y la normalidad cuerda, confiable, de las tertulias literarias en que se gestan los consensos que discriminan entre lo que ha de ser aceptado y lo que ha de ser abominado. El enterrador y el asesino —ya entrados en estos parajes— usan una misma herramienta: La forma. Celebro la pala y la pistola, pero no en manos del enterrador la una o del asesino la otra. Celebro la forma pero no en manos del formalista seco que a su paso va dejando gavillas de escritores en cierne que pudieron ser, de no haber sido segados, y cegados, por césares bogantes, aquí o allá, ayer u hoy, porque esto es salomónico y “lo que ha sido es lo que será”. Escribir es íntimo, ser loado es social. Empecemos por no olvidar eso y asumir qué es lo que buscamos y esperamos de nuestras palabras y nuestros actos.

Quien busca la expresión no es otra cosa que un tanque lleno de algo que quiere conocer: puede salir mezquinamente por válvulas, mendazmente por ósmosis, pero nada como permitir que la presión suba hasta el punto llamado delirio —el de la demencia— y hacer estallar aquello: Entonces sabemos si nuestra materia es oxígeno, agua, algo más valioso que el oro o si —lamentablemente y no— es vacío inflamado. Nos resta asumirlo: esa es nuestra principal tarea.

Jóvenes y viejos creen que para iniciarse en el camino de las letras conviene ser joven. No sé. Un día Gregorio Samsa se despierta convertido en escarabajo y ese mismo día Kafka despierta genio. Pudo ser antes o después. Fue entonces. Huberto Batis cuenta que su mentor Alfonso Reyes lo notó decaído y le dijo: “No te preocupes por la literatura, ya llegará. O no, y no importa”. Porque el arte, dijo el poeta, no importa y eso es lo que más importa.

Es seguro, o al menos parece un supuesto válido, que los que se acercan a un escritor poco laureado para probarse como creadores literarios se encuentran entre los que desdeñan las palestras, los estrados, las becas, los premios y las prebendas. ¡Grande será la hora en que nuestras palabras nos hagan merecer el manicomio y los electrochoques! Quizá sólo entonces tengamos derecho a sospechar que lo que hicimos ha valido para algo.

Como es poco probable que nos hagan el honor de declararnos locos, mejor vivir la locura en carne propia. Vivir el delirio en el acto creativo que por sí sólo es una vida propia y que nos mantiene a salvo de lo que Machado llamara “la terrible cordura del idiota”. El cuerdo al uso —seamos respetuosos de Nietzsche— no puede ser sino un esclavo y los esclavos hacen literatura de esclavos para amos. El orate hace cosas de locos que a veces consiguen comprender otros locos. Cuando Dostoievski afirmó “no valgo para arrullar” fue poco comprendido y por pocos: Tuvo que ir Gide a darle su lugar definitivo.

Otra tara de un mundo plagado de información y normas: Sabemos poco y poco comprendemos de aquello que sabemos. En un Universo desconocido en un 99.9%, mal papel hace quien se supone sabio y peor el que se lo cree. Veinticinco siglos después algunos seguimos venerando a Sócrates sin esperar mucho más que cumplir en lo posible con las palabras que Solón de Elea hizo grabar en el frontispicio del Oráculo de Delfos: “Conócete a ti mismo”, todo según refiere Platón, que también nos dio a conocer al que bebió la cicuta. Y Platón, para dejar el espinoso tema de la ignorancia, divulgó la mayéutica socrática, de la que se vale un hombre menos ignorante que otros para hacer comprender a los otros su propia ignorancia.

El buen tallerista —como lo fue Guillermo Mendizábal, ¡ese "microbio terrible" como la hepatitis C que lo arrancó de la vida!— es cruel porque se vale de la mayéutica. Y entre broma y broma —donde bien sabemos que la verdad se asoma— termina por ser llamado Ogro. No olvidemos que, en estricta mitología, el Ogro protege a los niños y devora a los adultos. Triste es pensar, saber, que en los talleres abundan aquellos a quienes les da por creer que en unos meses han llegado a la edad adulta. El Ogro es el parámetro que me permite pensar algo muy simple: Casi cualquier tallerista ha tenido que pinchar textos, como editor o corrector, sufrir bodrios e insultos a las buena escritura; y si es así, si en tantos años como editor maldiciendo autores en la soledad, cara a cara ante textos pavorosos, ahora tiene ante sí a los culpables, ¿no se ha ganado el derecho de hacer ejercicio de crueldad sin faltar a lo acordado?

¡Salva sea la crueldad cuando la ejercen la partera o la espantacigüeñas! ¡Que el escritor que se busca en sí mismo sepa discernir entre su verdad y su impostura, que muy poco más puede aprenderse de ver cómo nos lee el que más sabe! Y, de ver lo que hace, aprendemos a hacerlo en un lento, lentísimo proceso que no admite evasivas: Todos conocemos la tentación de corregir la plana propia o de otro, de añadirle o interpretarla a nuestro aire, rehacerla, ponerle un ribete lúdico o satírico, etcétera: yo me entretengo en afirmar que el tan temido dinosaurio con que despierta el lector de Monterroso estaba muerto: Nada más que un puñado de huesos con sarro. Y cual diría Ibargüengoitia, “a mí estas cosas me dan mucha risa, pero es que yo estuve mal educado”.

Eso es: El perpetuo proceso del hombre humilde que se reúne a vivir en comunión. Una relación que me encanta cuando hablamos de talleres es que el coordinador —si se asume tal y no va de sabelotodo— no puede aspirar a mucho más que ser el más listo de entre los sofistas. Un Sócrates, un Protágoras… Gente de poca importancia.

Quienes leen esto se pueden preguntar qué hago aquí yo, don Nadie, predicando. Mis amigos han muerto. Antes de morir, el Microbio Terrible me acompañó a comprar el primer juguete de mi hijo, un perro de felpa azul que se llama Can-can. Guillermo llevaba el cuerpo infestado de una muerte escalofriante, mi hijo venía al mundo en el que está, junto a los que vivimos, contagiado de nuestro horror. Fue entonces cuando pensé lo mismo que cualquiera que comete el error de reproducirse: Ya que he de tener un hijo prefiero que venga a un mundo donde la gente siga buscando entenderse con la palabra: entenderse con los demás y entenderse a sí misma; prefiero que despierte a este sueño segismundiano de la vida, en un mundo en que el dinosaurio de Monterroso sea una bestia prehistórica temible y no un clan de formalistas a la manera que describió Lope cuando escribió aquello de

O sabe Naturaleza
más que supo en otro tiempo,
o tantos que nacen sabios
es porque lo dicen ellos,

una caterva de formapatéticos que se valen del consenso para ir segando y cegando espigas en agraz. Perdónenme: hoy estoy melancólico, clasisista, utopista y sentimental… Un peu demodé. Hoy y siempre.

En fin, ya estoy con cosas de hace mucho. Ahora cumpliré 52 años, cuatro más que los que vivió o sobrevivió mi hermano, gran escritor, editor y maestro, olvidado irremediablemente.

 

Miguelángel Díaz Monges
Escritor. Ha publicado Notas de desencanto y otras virtudes.

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No estamos equivocados al adoptar este gesto fúnebre. Cayó la guillotina que envejecía en nuestra frontera norte y hoy corre peligro el mundo entero, pero antes que cualquier lugar del mundo, nuestro país. Incluso antes que los nuestros que viven allá. En condiciones más propicias no hemos sido capaces de lograr estabilidad política y económica, de mantener el poder adquisitivo, de fortalecer la raquítica producción industrial, de reactivar el campo; no hemos sido capaces de construir paz social alguna, nos han desbordado el crimen organizado y los criminales comunes; no hemos garantizado salud, educación ni empleo. En tiempos de bonanza hemos pasado hambre y sufrido miedo. Nuestra gente se ha ido y las familias divididas viven del esfuerzo animal de los que no volverán nunca, como no sea deportados, vejados y empobrecidos. Mejores condiciones mamando de la comodidad geográfica e histórica, con políticos corruptos de todos los sellos, una apertura democrática que institucionalizó la rebelión y un pueblo que hace un siglo se embarcó en una masacre de la que sólo obtuvo caudillos, chacales y hartazgo.

mental

Los que no estuvimos de acuerdo con la firma del acuerdo entre el FMI y el gobierno de Miguel de la Madrid, los que no estuvimos de acuerdo con la firma del NAFTA, lo hacíamos desde un México que aún tenía en sus manos algunas cuantas cosas que permitían ensoñaciones de autosuficiencia. De aquello —un campo activo, industria nacional, turismo sin balaceras— no queda nada. El amor a las utopías no puede caer en la estupidez de cegarse ante el hecho brutal y catastrófico: dependemos de ellos. Por más que nos digan que ellos se benefician de nosotros, ellos pueden prescindir de tal beneficio, nosotros no, parece que no. Desde el día en que el ser al que no pienso nombrar ganó las elecciones de su país, la crisis ha ido creciendo y hoy, pocos meses después, la situación hace disparar todas las alarmas. No queríamos llegar a esto, tal vez en eso teníamos razón hace 20 años, pero ya no importa: esto es lo que hay, esto es lo que nos asfixiaría si se rompe; y se va a romper y nos va a asfixiar, y no podemos hacer nada más que asistir a nuestro funeral. Eso es lo que pienso, porque no soy guadalupano ni creo en líderes de ningún color.

Si algún optimismo cupo en algún momento, lo mató el petimetre que vive en los Pinos con un solo acto de abyección e indignidad que basta para saber lo que podemos esperar de la clase política que nunca, nunca en México, nunca en serio, se juega nada que en verdad le importe.

Ese hombre ha autorizado dos oleoductos que en su propio país son atentados contra la ecología y una cultura ancestral. Ese hombre ha retado al mundo entero, a Japón, a Alemania y Europa toda. "No hace nada que no haya prometido", dicen, y eso es lo terrible: hace lo que quiere un poco menos de la mitad de los votantes que lo llevaron al poder. Está decidido a arrasar Medio Oriente. No tiene idea de lo que significa disparar un misil. ¿Exagero al decir que puede provocar la Tercera Guerra Mundial? No lo creo. Hay otros dementes con poder en este pobre planeta. No sé, tal vez son excesos de un escritor que no sólo se siente con derecho a opinar de cosas en las que no es experto, sino que se siente en la obligación de hacerlo, porque esa es de todos.

Este escritor ha leído que algunos creen en la fortaleza y valentía del mexicano, en que ya hemos pasado por aquí y salimos indemnes, que todo se arregla trabajando cada cual en los suyo, responsable y esmeradamente. No sé de qué hablan, quizá antes, como ahora, no entendieron o no quisieron ver. En mi opinión, toda forma de optimismo es irresponsable y cursi. Hiede a institucionalidad, a sistema, a música pop y literatura para todos, para los asnos y para los sabios, a filosofía de psicoterapia. Este escritor les dice a los optimistas que peor será para ellos cuando despierten del onanismo en que reposan, porque a menos que pase algo muy extraño, rayano en el milagro, viene la época más negra que mi generación y muchas anteriores hayan conocido, tanto a nivel mundial como para México; sobre todo y antes para México.

Es tiempo de que los artistas inventemos un mundo alternativo, a toda marcha, uno que nos permita vivir sin el corazón en un puño, pero que tampoco se desentienda de la bestia. La Bestia. No hay misticismo en lo que digo, son meras referencias, lamentablemente no creo en un dios o un Dios que vaya a salvarnos.

Sé que en mis palabras no hay un ápice de esperanza, que parecen histéricas, que llenas de la bilis negra —la melancolía que expulsó Platón— del poeta resultan nauseabundas. Por eso es que cada palabra que me rebata seriamente será tomada por mí con una gratitud inmensa, amaré cada idea que pueda convencerme de que mis hijos cumplirán esos sueños de los que me hablan, que dentro de algunos años escribiré nuevamente sobre esto y diré con la augusta serenidad del pensador honrado: Me equivoqué entonces, por fortuna.

 

Miguelángel Díaz Monges
Escritor. Ha publicado Notas de desencanto y otras virtudes.

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¿No descansará mi falta de claridad en la incomprensión de la esencia de las relaciones?
—Ludwig Wittgeinstein, Diario filosófico, 26.11.1914

Hay dos tipos de lenguaje y entre medias todos los matices: El que usamos para comunicar y el que usamos para hacer arte. No estoy regateando al arte su poder comunicante, pero no es tal —o no debería serlo— su primaria razón de ser: El piloto de avión en apuros graves espera que el controlador aéreo omita toda forma de simbolismo, metaforería, ambigüedad, experimentación, giro retórico o barroquismo. El controlador da vectores y tal es el acto poético que el piloto espera de él. Los pasajeros también, desde luego, aunque no lo saben —pocos son los que saben cuánta necesidad tienen de buena poesía en el momento indicado—. El médico que habla con la asistente de quirófano durante una cirugía a corazón abierto suele padecer de idéntica frivolidad. La frivolidad, incluso la brutalidad, pueden ser virtudes; si estéticas o no es otra discusión. Se trata de una restricción absoluta aplicable al lenguaje en su función comunicante. ¿Vale algún equivalente para un arte que no comunique nada en absoluto, en particular un arte literario? Negarlo borraría de un plumazo la mitad de la literatura del siglo XX y nos pondría en preguntas ociosas acerca del arte literario actual, preguntas cuya respuesta sólo podría hacerse desde un supuesto, salvo lo inevitable: La literatura de hoy no sería como es.

lenguaje

Durante la pasada Eurocopa, mi hijo de seis años, cuya relación con lo estético es todavía accidental e inconsciente, observó sin pretensiones "ya es de noche en París". Tal es el título de la novela que estoy escribiendo, pues lo que él dijo por asombro y con intención comunicativa yo lo encontré oportuno en cuanto al valor literario que andaba buscando. No existe arte accidental, sino actitud artística en el que crea y el que recrea. Un ejemplo que viene pintiparado es el de Kafka. La famosa nota en su diario del 2 de agosto de 1914, “Hoy Alemania ha declarado la guerra a Rusia. Por la tarde fui a nadar”, es el apunte práctico y ermitaño de un creador sin intención creativa que cayó en ojos de un lector con intención creativa, y hoy es una de las piezas más asombrosas de la literatura. Otro tanto sucede con las últimas palabras que alcanzó a plasmar como novelista, al final de su obra inconclusa El proceso: "’Es madera podrida’, dijo contrariado el subdirector". Una frase cualquiera que alcanza el más alto sitio en el Olimpo del arte. Lo que se califica como improvisación o accidente estético suele responder —si no es que necesariamente funciona así— al planteamiento de Bertrand Russell respecto de la solución de problemas de alta complejidad. Decía el sabio británico que cuando no encontraba una solución simple a algún problema —todo un homenaje al injustamente despreciado Ockham: "La explicación más simple es la más probable…"— pensaba en el asunto intensamente durante una hora, lo olvidaba, dejaba pasar unos cuantos días y al volver al asunto la solución estaba ahí. Porque el pensamiento es un motor que una vez que se hecha andar no se detiene aunque uno olvide que lo puso en funcionamiento. Esto me recuerda ciertas técnicas pictóricas, en especial el fresco y la acuarela, donde la superficie absorbe el color y sólo lo revela cuando ha secado del todo. El arte pareciera surgir del papel o el muro sin intervención del artista. Una idea literaria, o una determinada forma lingüística creativa, puede permanecer décadas en los sótanos de la mente y después, un día, surgir de entre los entresijos palabreros para tomar su lugar en el arte. No es accidente, improvisación u ocurrencia, es arte que esperaba su oportunidad idónea. Nadie se hace artista de la nada.

Es conocido por todos el asunto de Fleming con el descubrimiento accidental de la penicilina. Pero ese accidente fue posible porque un gran científico reparó en una revelación vulgar que seguramente se había dado enésimas veces en cocinas, laboratorios y jardines de todo el mundo. Sin los años de estudio y trabajo de Fleming seguiríamos teniendo hongos y no tendríamos penicilina.

Arquímedes dijo eureka porque encontró lo que buscaba, Fleming porque encontró lo que no buscaba. En ningún caso hay accidente o improvisación.

Antonio Machado, poeta y filósofo al que los partidarios de la tortuosidad literaria —y los detractores de Serrat o del arte de la canción, permítaseme la carcajada— han relegado, puso en palabras de su Juan de Mairena un pasaje bastante conocido:

(Mairena, en su clase de Retórica y Poética)
—Señor Pérez, salga usted a la pizarra y escriba: “Los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa”.
El alumno escribe lo que se le dicta.
—Vaya usted poniendo eso en lenguaje poético.
El alumno, después de meditar, escribe: “Lo que pasa en la calle”.
Mairena. —No está mal.

El arte poético puede parecer simple y llana expresión comunicativa, pero no lo es en la voz del poeta. Del mismo modo, el lenguaje sin arte puede encontrarse embutido en las obras más complejas y pretenciosas. También en las que buscan reputación artística sin ningún arte en sus interminables parrafadas o sus bien medidos endecasílabos. Porque así como hay una buena técnica expresiva que no comunica, hay una buena técnica que no contiene arte. Uno de los grandes enemigos del escritor creativo es el deseo de comulgar con el vulgo. Cuando el lenguaje y su técnica se enmascaran de simpleza en busca de la sencillez corren el peligro de que se desprenda la membrana misteriosa, delgada, delicada, que los une al universo artístico. Asimismo, cuando el lenguaje que busca comunicar intenta disfrazarse del arte suele caer en lo ambiguo y lo confuso. La metáfora debe existir como dos polos eléctricos que para establecer conexión no deben alejarse o acercarse en demasía. Cada uno, según su oficio o sus intensiones, debe conocer la distancia que establece entre la cosa y su expresión. Con lamentable frecuencia corroboramos que los filósofos, en cuanto le encuentran el gusto a las metáforas, dejan de ser filósofos, así Schopenhauer, Nietzsche o Camus; ni qué decir de la tendencia francesa a hacer esa cosa llamada filosofía francesa.

Así, es habitual encontrar comunicadores profesionales que nos envuelven en retórica y oficiantes de la literatura que nos quieren marear con cursilería y barroquismo insustantes —ya no digamos tuiteros o escritorzuelos de pacotilla que desvirtúan a los que sí conocemos el oficio literario—. Unos y otros son los fanáticos de gastar neuronas con lo del vaso de agua y el vaso con agua. Yo quiero una copa de vino con una copa de vidrio en su vientre y quiero una copa de vidrio en la que nadie pueda verter el jugo fermentado de su mala vid.

 

Miguelángel Díaz Monges
Escritor. Ha publicado Notas de desencanto y otras virtudes.

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Quien contempla a un amigo verdadero, lo contempla como un ejemplar de sí mismo
–Cicerón. Lelio, Acerca de la amistad

Nadie tiene derecho a venir desde lejos a traerte un pasado feliz que se perdió en el tiempo y el vértigo de la vida y te fue difícil dejar de añorar y olvidar parcialmente. No, ni una coma ahí, ¿por qué hacérselo fácil a un lector torpe que no te interesa en tanto autor?

amicitia

Hace años, y creo que lo ha repetido muchas veces, Fadanelli dijo que no le interesa hacer nuevos amigos sino deshacerse de los pocos que tiene. No sé si ha cumplido, yo sí, aunque sin decir nada me limité a estar de acuerdo. Tal vez ya por entonces, hablo de hace 25 años más o menos, no tenía amigos. No sé si me había deshecho de ellos o ellos de mí. En algunos casos recuerdo cómo fueron las cosas, en otros tengo claro que la amistad se diluyó, fue tragada por el océano de la vida, en otros no recuerdo nada, y en otros tengo la certeza de que no sé lo que pasó. Éstos últimos son los que duelen porque duele no comprender, no tener los datos necesarios para explicarse un presente que se quiere perder y no ha de añorarse, o no como se añoran todas esas mentiras de las que se compone la juventud.

Las redes sociales me han invadido la vida con fantasmas. Es fácil fingir que un fulano con el que no pasas una buena velada desde hace décadas sigue siendo tu amigo; es fácil ponerle abrazos, felicitarlo por sus triunfos, escribir tu pesar por sus pesares y seguir en la inercia de la gran mascarada hipócrita que es cualquier vida humana. Todas, sin excepción, sin absolución posible. También es fácil recordar el cuerpo desnudo de la amante joven, ahora que han pasado los años y sus carnes envejecidas sólo podrían satisfacer a quien amara. Porque existen los que aman, aunque me es difícil imaginar cómo es eso.

Antes, hace ya mucho, me gustaba prescindir del espejo y afirmaba que no hay mejor espejo que las mujeres que nos miran por la calle. Ahora tampoco me veo al espejo, y si alguien me mira por la calle supongo que es por mi cabello sin peinar, mi barba sin afeitar, las enormes ojeras bajo mis ojos, las pestañas perdidas, la mirada sin luz de los sueños que nunca cumplí ni he de cumplir porque ya no son míos, sino de ese yo que creía que vivir implicaba algo más que despertar cada día con este disgusto ante el mundo y la vida.

Si yo he llegado al fin a esta única verdad restante, si he perdido la belleza, la energía y los sueños, ¿por qué habría de recibir en mi vida a esos seres pretéritos que ni siquiera se dan cuenta de que en ellos mismos han muerto células y dioses, han nacido arrugas y dolores verdaderos? ¿Por qué habría de vivir como jovencito imbécil la antesala de una vejez donde sólo caben unas cuantas prendas, amantes a pasto y libros, todos esos libros que no he leído y todos esos otros que quiero releer del mismo modo en que quiero seguir viendo las grandes obras de arte u oyendo a los grandes músicos, clásicos, baladistas, roqueros o lo que sea; todo, porque todo en el arte me gusta? Ars longa vita brevis y gnōthi seauton; también Parménides: “Lo que es, es; lo que no es, no es", y Heráclito, desde luego: "No podemos bañarnos dos veces en el mismo río”. ¿Por qué, después de todos estos años de vida despoblada habría de recibir a nadie, alguien nuevo necesariamente, en mi casa, mi mente o mi corazón?   

Prefiero las fotografías, aunque rara vez las veo. Abuelos muertos, padres jóvenes, hijos pequeños y tiernos, hermanos sin rencores, amantes hermosas, amigos ausentes, lugares perdidos o devastados. Mentiras impresas en color desvaído, testimonios de lo que parece haber sido pero no es en este presente de pretéritos donde no hay más verdad que una vida que no fue lo que soñó el que la fue destruyendo y ajando con el uso, la vida que asesinamos en el acto de vivirla.

Las redes sociales me traen nombres o imágenes de gente a la que quise, con la que fui feliz. Me traen noticias, como en estos días, del que alguna vez fue mi mejor amigo. Que quiere mi mail porque vendrá y le gustaría verme. ¡Ah, hermano! ¿Dónde estabas mientras yo sufría? ¿Dónde estaba yo mientras tú caías en los abismos del sufrimiento? No hay mezquindad en estas preguntas, sólo son una reflexión, una entre muchas, sobre lo que implica la amistad y las relaciones humanas en general; ninguno es culpable, pero ambos, al sobrevivir, nos hemos convertido en seres que no se reconocen en sí mismos, somos otros, el sobreviviente se cierra como quiste, no vuelve a confiar, no vuelve a entregarse de corazón a nadie, es algo que se aprende con la vida, que se aprende en la historia y en la literatura, que se sufre en una continuidad vital que ya cumplió su designio. No, ya no, es demasiado tarde, y me extraña que tú no te des cuenta de que no tenemos nada pendiente, nada vivo, nada digno de la molestia de ducharnos, reunirnos y abrazarnos de un modo en que ni tú me abrazarías ni yo a ti, sino que ambos abrazaríamos nuestro recuerdo del otro con esa mezcla de amor y dolor que se siente en los entierros.

 

Miguelángel Díaz Monges
Escritor. Ha publicado Notas de desencanto y otras virtudes.

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Antes de entrar en materia, debo anotar que no estoy seguro de que Carlos Fausto Malpica sea un personaje de ficción, o sólo sea de ficción, y que con este libro, Luis Bugarini, al estirar la hipertextualidad hasta su coeficiente máximo de elasticidad, vuelve a demostrarnos que es uno de los escritores más notables de su generación, no sólo por la calidad de su pluma, que alcanza la excelencia en todos los registros, sino por su exploración hacia una literatura que nos quite el bostezo ante la reiteración y la falta de propuestas y riesgos. Vamos al grano:

A un autor lo conforman su obra, su entorno —es decir su circunstancia— y sus lectores. Carlos Fausto Malpica renunció a todo lector que no estuviese dispuesto a dedicarse de pleno a su obra de la misma forma en que él tuvo una plena dedicación a ella y, en general, al ejercicio del lenguaje, con un desdén verdadero hacia el destino de sus letras: verdadero, no esnob.

Su obra es marginal porque se atreve donde sólo pocos lectores llegan, en la amalgama de intensidad y diversidad que se encuentra en lo misceláneo, lo aparentemente desordenado que le ofrece al lector el mapa preciso, impecable, de un tesoro que existe y él puede encontrar, pero tendrá que molestarse en buscarlo.

palabras-de-un-discreto

Algún otro escritor con inclinación crítica, según nos relata Luis Bugarini en un texto publicado en Círculo de Poesía, lo atisbó accidentalmente en 2013, en un día importante para Malpica: el de su velorio, al que el descubridor de este autor ignoto asistió de mala gana. Ni siquiera se acercó a contemplar el cadáver para contagiarse de ese silencio que nos impone la muerte. Así también, de manera fortuita, por reencuentro y hallazgo recordó que se trataba de un autor secreto al que no había dedicado atención. La oferta de conocer los papeles que había dejado lo llevaron por el rumbo que desemboca en Palabras de un discreto, donde Bugarini recoge el testimonio asombroso, amplio y raro en su diversidad, de ese autor cuyo nombre se me escapa, de excelsa pluma, que cultivó la amistad de Carlos Fausto Malpica (1943-2013).

El libro, así, trata de dos autores que se presentan ante nosotros en diferentes niveles de proximidad. Un lejano Malpica que va saliendo de la opacidad y termina por volverse el más cercano y entrañable para nosotros, y el lector/escritor/crítico al que conocemos por su manera de leer a Malpica y ocuparse de él y de su obra, éste último opacado al fin por el aura de misterio a medias develado de Malpica, autor exhumado por él mismo para quienes nos acercamos a la lectura de este libro. El trabajo exhaustivo nos hace conocer incluso los diseños de portada de sus libros, prácticamente inconseguibles, detalles de sus libros y, lo más relevante, su admirable relación con el lenguaje y la literatura.

El índice nos da cierta idea de los afanes del autor: Preliminar, donde encontramos un breve y magnífico ensayo de Bugarini sobre el hecho literario; 1. Aproximación, donde la vida y obra de Malpica nos son presentados en la medida justa para interesarnos por él; 2. Entrevista, 3. Blandura [Fragmentos], que es eso: fragmentos de la última, inédita y más atrevida de sus novelas; 4. Tres cartas, testimonios preciosos éstas 5. Anexo, una colección gráfica de las portadas de los libros de Malpica y del manuscrito, al parecer definitivo, de Blandura; 6. Bibliografía de Carlos Fausto Malpica.

De este modo, Bugarini recoge el testimonio de quien fuera amigo de Malpica, documento con el que sin duda dio al investigar a este autor entre montañas de manuscritos y papeles de toda clase. En su trabajo más bien editorial practica todos los registros de la crítica y los de la narración (sin prescindir del aforismo), en la exigencia que le impone el hecho de que este libro de ensayo crítico es una novela con la que se fusiona plenamente, como una demostración de algo en lo que venimos insistiendo algunos de un tiempo para acá: Los géneros literarios unívocos agonizan a fuerza de uso y abuso, reiteración e irresponsabilidad. También porque la literatura, como todas las artes evoluciona en el sentido más universal y el destino de los géneros, tal como los conocemos actualmente, es fundirse, diluirse y terminar por perder el nombre para llamarse, sencillamente, literatura. Y, ya literatura, acercarse hasta la fusión, sin confusión, con otras artes, rumbo a una utopía que quizá llegue a tener lugar: el arte a secas. No es una entelequia y ya lo estamos viviendo; en este libro, por ejemplo. Así, la obra de Malpica es un trasunto de la de Bugarini —si no es que de la de Malpica— y en la forma que, como ya se consigna en este libro, pedía Albert Thibaudet —el crítico literario nonagésimo, que no Jean-Yves, el gran pianista contemporáneo—; Thibaudet que no quería lectores sino “leedores”, que son como los otros, pero activos, tan activos como los autores, complementadores de las obras.

Bugarini, pues, se hace tan cercano a su personaje narrador que llega a conocer a ese Malpica que el día de su muerte le pareció llanamente “secreto”, hasta el punto de estar en condiciones de presentarnos su voz narrativa, su voz como creador, en —por ejemplo— los fragmentos de Blandura, el último y más ambicioso, aunque no necesariamente el más interesante.

Es posible que Palabras de un discreto sea sólo el primer paso para extraer de la secrecía y las sombras a un autor que —a reserva de lo que opinen quienes lean el presente volumen—, merece que le faltemos al respeto en su discreción, lo hagamos visible y lo saquemos de las sombras donde convive con tantos seres misteriosos y olvidados —perfectamente muertos—, que prefirieron codearse con el lenguaje antes que con el mundillo farandúlico que rodea y asfixia a la literatura. Quién sabe, quizá veamos su obra publicada nuevamente, quizá veamos una necesaria primera edición de Blandura, quizá entre los legajos que dejó encontremos nuevos títulos —como pasa en estos tiempos con todos los escritores que mueren y son buen negocio para viudas y editoriales—, nuevas incursiones por la literatura que pocos o nadie han intentado.

De momento, debemos conformarnos con Palabras de un discreto. Agradecer y leer esto que, al fin, no es una novela, ni un ensayo, ni nada por el estilo, sino un hecho literario, que —como nos dice Luis Bugarini— es el enigma, como para Camus lo era si la vida merecía ser vivida aunque —como la escritura para Carlos Fausto Malpica— no tenga sentido y se limite a Ser.

 

Miguelángel Díaz Monges
Escritor. Ha publicado Notas de desencanto y Otras virtudes.

Palabras leídas en la presentación de Palabras de un discreto (Ed. De otro tipo, México, 2015, 101 pp.) en la Sala Adamo Boari del Palacio de Bellas Artes, México, 11 de mayo de 2016.

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