En 2001, hace 16 años, fui a Puebla a localizar a Moisés Abraham Baptista, el doctor boliviano que aparece en varias biografías como el responsable de haber realizado la autopsia y de cortarle las manos al cadáver del Che Guevara.

Óscar Hinojosa, entonces editor de la revista semanal Bucareli 8, me encomendó esa tarea: “Vaya y localice en Puebla al doctor Abraham Baptista, es oncólogo.” El nombre de Moisés Abraham Baptista empezó a cobrar relevancia por dos razones: estaban por cumplirse 35 años de la muerte del Che Guevara y porque Gary Prado, implicado en la captura del guerrillero argentino, había sido designado embajador de Bolivia en México.

Un par de meses antes de mi visita a Puebla tuvo lugar un incidente: en un evento diplomático alguien de izquierda identificó a Prado y, ante la vista de todos, le arrojó vino en la cara y le gritó “asesino”. Este hecho marcó el inicio de una serie de comentarios y acaloradas polémicas que suscitó el nombramiento del representante de Bolivia en México. Muchos sabían que el 8 de octubre de 1967, el comandante Gary Prado fue quien capturó al Che Guevara en una cuesta de la Quebrada del Yuro. Él nunca imaginó que iba toparse con el guerrillero, pero gracias a una cicatriz en la mano izquierda lo pudo identificar.

Cuando el ex comandante se vio descubierto por el entorno diplomático, se limitó a decir que él solo cumplía con su labor: “De haber deseado la muerte del Che, hubiera permanecido abajo y habría seguido luchando, pero estaba intentando salir. Lo hallamos decaído; sin embargo, cuando vio que lo tratábamos correctamente y que intentábamos hablar con él su ánimo mejoró”.

Orden presidente Fernando 700

Se sabe que horas después de la captura del Che Guevara, Prado entregó al prisionero al coronel Zenteno Anaya, quien esa misma noche recibió un mensaje en clave morse: “Orden presidente Fernando 700”. A través de ese comunicado cifrado se marcó el destino del guerrillero.

Hinojosa no me contó quién le pasó el dato sobre el doctor boliviano que vivía en Puebla. Le tenía respeto a Hinojosa, conocía su trayectoria periodística, y estaba conforme con su manera de trabajar y de recibir propuestas de sus colaboradores. Como sabía que podía contar conmigo para hurgar en varios libros y comprobar lo que se decía del médico, me dio la encomienda.

Y, efectivamente, el nombre de Moisés Abraham Baptista estaba en varios títulos sobre el Che.

En La vida en rojo Jorge G Castañeda cuenta que existía una preocupación para el ejército boliviano, y es que en Bolivia no hay pena de muerte y tampoco una cárcel de seguridad que hubiera podido tener preso al Che; también le incomodaba la idea de que se le hiciera un juicio a Ernesto Guevara. Eso rondaba en la cabeza de tres hombres en particular: el presidente de Bolivia, René Barrientos; al general Alfredo Ovando y a Juan José Torres, jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas.

El suboficial Mario Terán solicitó que le permitieran matar al Che. Y accedieron a su petición: la ráfaga de una metralleta alcanzó al líder argentino-cubano. Nueve tiros entraron por su cuerpo. Terán contó con otros voluntarios que buscaban saldar cuentas pendientes con el Che. Más tarde trasladaron el cadáver en un helicóptero al Hospital San José de Malta, en Vallegrande, en donde lo recibió el doctor Abraham Baptista.

Necesito una consulta médica

El nombre de Moisés Abraham Baptista empezó a figurar tanto en libros como en informes de carácter oficial y datos hemerográficos. No obstante, hace 16 años ninguno de los que se ocuparon en describir la vida del Che había buscado al doctor boliviano, quien residía en Puebla.

Al doctor lo ubiqué en la Central Gineco-Obstétrica de Puebla, localizada en 13 sur 1905. En ese lugar se encontraba su consultorio. Llamé varias veces para tener una entrevista con él y su secretaria o asistente me decía que el doctor estaba ocupado y no podía atender a mi solicitud.

Así hubiera seguido sin conseguir ninguna declaración del oncólogo boliviano hasta que tuve que pedir una cita: “Necesito una consulta médica con el doctor. A nombre de la señora Ambriz. Con z, por favor, correcto. Ojalá sea pronto porque me lo han recomendado mucho, vivo en el DF”.

El fotógrafo Ulises Ruiz, quien esa ocasión era mi compañero en mi entrevista asignada en Puebla, estaba atento a cualquier movimiento que hiciera el doctor. Habíamos contemplado varios escenarios factibles para poder obtener unas declaraciones y las fotos del boliviano: que accediera a hablar el tiempo que él considerara necesario o que llamara a seguridad por haberme hecho pasar por una de sus pacientes y que tanto a mí como a mi esposo falso —Ulises Ruiz— nos sacara del hospital. Teníamos previstas esas dos posibilidades y ambos estábamos nerviosos. En ese entonces me dedicaba a hacer entrevistas con escritores, y la mayoría de ellos posa junto a sus libros, ofrece sus mejores ángulos, sonríe y algunos casi modelan.  

Esta vez era distinto. El marido falso y yo estábamos en la sala de espera. Él llevaba escondida su cámara en una mochila naranja que siempre cargaba al hombro y, a pesar de que lo delataba una risa nerviosa, decía que estaba preparado para todo.

Antes de pasar a la consulta recordé los fragmentos de héroes que acompañan a la historia. Las manos del Che son célebres como la pierna de Santa Anna, el brazo de Obregón o la cabeza de Pancho Villa.

¡En qué historia me involucró Hinojosa esta vez! Yo tenía claro que el 10 de octubre de 1967, el doctor Abraham Baptista recibió en el Hospital San José de Malta el cuerpo del Che Guevara. Durante esa época, él era director del nosocomio y también se desempeñaba como médico del batallón Pando. En la autopsia que realizó también participó el internista José Martínez Casso. En el acta de defunción se lee: “Su fallecimiento se debió a múltiples heridas de bala en tórax y en las extremidades”. Y dicho documento estaba firmado por el doctor que estaba a punto de atenderme.

La enfermera anunció que mi cita era la siguiente, me hizo llenar un formulario con antecedentes familiares de cáncer en mi familia, el motivo de mi visita y demás referencias. Era el formato habitual para iniciar un expediente médico. Recuerdo que inventé que mi cuerpo albergaba una bolita en el hombro, y no sabía si era de grasa o podría ser otra cosa. El asunto era llegar con el doctor y ya que se hubiera ido la enfermera, decirle el verdadero motivo de nuestra visita.

El oncólogo leyó primero lo que escribí y luego me miró. En ese momento revelé la razón de nuestra presencia. Hizo una mueca de incomodidad y dijo que iba a contestar algunas cosas en 15 minutos, no más.

“Antes de que pregunte cualquier cosa, déjeme aclararle que no es verdad lo que se cuenta en los libros, yo no le corté las manos al Che, fueron otros”, enfatizó.

—¿Quién o quiénes?

El doctor guardó silencio y fue inevitable no pasar por alto el águila disecada que tenía en un consultorio. Mirarle las garras al animal es lo que menos hubiéramos esperado de aquella cita.

“El cuerpo del Che tenía mucha personalidad, no se trataba de cualquier cadáver”, acotó el médico.

Tras la autopsia, el cadáver del guerrillero permaneció un par de horas en la morgue. Tiempo después no se supo en qué lugar fue enterrado. Según el oncólogo, pocos conocían realmente el sitio en donde fueron depositados los restos del Che y duda que sean los que se encuentran en Cuba.

Sabía que nuestra presencia era incómoda para el doctor. No obstante, tenía que cumplir con ese trabajo y todavía no veía que llegaran los elementos de seguridad por nosotros. Pero no dejaba que le hiciera preguntas, emitía aseveraciones: “No tengo nada que ocultar”.

Aclaró que nunca tuvo en su poder el reloj que le pertenecía al Che, como se sugiere en los libros. No tardó en reconocer que se trataba de otra deformación de los hechos y que si él hubiera deseado algún objeto del guerrillero, en todo caso hubiera elegido un vademecum que el argentino utilizaba para sus consultas médicas. “Les pedí que me dieran ese libro, les expliqué que a mí como médico me podía servir, pero se lo quedó un agente de la CIA. Y si el Che traía un reloj, se lo quitó otra persona. Cuando el cadáver llegó al hospital ya no traía ningún reloj”.

Lección de anatomía

Si se revisan las fotografías de Freddy Alborta, las últimas imágenes que le tomaron al Che, se tiene la impresión de que su cuerpo descansa plácidamente sobre una cama de enfermo. El trabajo de Alborta, a quien se le conoce como el “partero de la eternidad de Guevara”, ha sido comparado con dos cuadros de la pintura universal: La lección de anatomía del doctor Tulp, de Rembrandt; y Lamentación sobre Cristo muerto de Mantegna. Recuerda el doctor Moisés Abraham: “El cuerpo tenía varios impactos de bala, había una herida ancha y profunda en la espalda, parecía que no era de proyectil pero sí lo era”.

—¿Después de practicarle la autopsia le cortaron las manos?

—No, fue antes.

—¿Es verdad que estaban indecisos si cercenarle la cabeza o las manos?

—Sí, eso es cierto.

—¿Es cierto que el agente de la CIA, Félix Rodríguez, hizo notar que con un solo dedo bastaba para identificar al guerrillero?

—No, le cortaron las manos completas.

—¿Usted le cortó las manos al Che?

—No, yo no se las corté. A mí no me interesaba si se las cortaban o no; se trataba de gente que quería tener una identificación de él y, claro, lo lograron.

—¿Otros médicos participaron?

—Ni siquiera fueron médicos.

—¿Recibieron la orden del general Ovando?

—No, tampoco. Estaban Zenteno Anaya y otros militares.

—¿Del general Toto Quintanilla?

—Sí tuvo que ver con todo lo relacionado con el Che, antes y después de la autopsia. Yo no sabía que Toto Quintanilla era agente del ejército de Bolivia y, al mismo tiempo, pertenecía a la CIA. Eso lo supe más tarde.

En Ernesto Guevara, también conocido como El Che, Paco Ignacio Taibo II recoge el testimonio de un periodista de la agencia UPI: “La transparencia, levemente acuosa de unos ojos verdes expresivos, además de una especie de sonrisa enigmática que levemente se dibujaba en el rostro, daban la impresión de que aquel cuerpo estaba con vida. Pienso que más de uno, de la veintena de periodistas que fuimos a Vallegrande, aquel 10 de octubre de 1967, solo esperáramos que Ernesto Che Guevara nos hablara.”

El Che y Tania

Durante la autopsia al Che Guevara le hicieron una mascarilla para conservar su rostro. El oncólogo asegura que su cara nunca se desfiguró, como se ha dicho: “Yo les había pedido unas mascarilla del Che, quería conservarla, pero no me dieron nada”, indica.

A Abraham Baptista también le tocó reconocer el cadáver de Tania, la guerrillera que viajaba con el Che. Desmiente que ella estuviera embarazada y que esperara un hijo del guerrillero: “La verdad es que Tania no murió en un enfrentamiento; se ahogó en un río, se hundió por todo el peso que llevaba. A los ocho días se rescató el cuerpo y prácticamente no tenía cabello, estaba irreconocible. Su rostro era muy impresionante”.

Jorge G. Castañeda describe así a Tania: “Ella encarnaba a una especie de groupie revolucionaria, lógicamente fascinada por el embrujante personaje que conoció en Berlín seis años atrás”.

Errores de estrategia

—¿Cuál fue el error del Che?, ¿subestimar al ejército boliviano?

—Lo que pasa es que el Che no supo dónde hacer una lucha armada. Bolivia, en apariencia, es un lugar idóneo para ese movimiento porque hay mucha miseria, problemas sociales y económicos. Lamentablemente el Che murió ahí, abandonado por la gente que lo envió: no tenía medicamentos, estaba prácticamente incomunicado y no había posibilidades de que pudiera subsistir. Vallegrande, en aquellos días, tenía una carretera en muy malas condiciones y el terreno era difícil de explorar. La captura del Che no fue propiamente obra del ejército bolivariano sino de la gente del campo que dio aviso de su ubicación.

El de Ernesto Che Guevara es un nombre sin reposo. En Vallegrande, Bolivia, donde llevaron sus restos tras ser ejecutado, los campesinos siguen en la misma miseria y abandono. “Che, vivo como nunca te quisieron”, está escrito en una pared de adobe. Al menos ha dejado un resquicio de esperanza. A pesar del tiempo, aún hay líneas que anexar a esta parte de la historia.

En el prólogo al Diario del Che en Bolivia, Fidel Castro apunta: “Las horas finales de su existencia en poder de sus despreciables enemigos tuvieron que haber sido muy amargas para él; pero ningún hombre mejor preparado que el Che para enfrentarse a semejante prueba”.

El símbolo de la lucha revolucionaria, visto como un santo o un demonio, cuenta con un expediente posterior a su muerte poco explorado. Si no fue Moisés Abraham Baptista, ¿entonces quién de la milicia le cercenó las manos que libraron una incansable lucha en aras de una insurrección?

El oncólogo no dijo más. Abruptamente dio por terminada la entrevista que nunca fue una cita médica. Su boca es una tumba.

Los recuerdos lo vencieron por minutos, luego se dejó vencer por el silencio. De esta lucha entre la palabra y el mutismo, escapa de nueva cuenta una frase: “Yo no le corté las manos al Che. Ya déjeme en paz.”

Epílogo

Tuvieron que pasar 50 años de la muerte del Che para que el doctor boliviano, residente en Puebla, ampliara su versión de lo ocurrido.

El doctor indica que obtuvo la nacionalidad mexicana desde 1974, cuando contrajo matrimonio con una mujer mexicana, siete años después de la muerte del Che.

El médico dice que solo dos veces ha conversado con periodistas: en los treinta años de la muerte del Che con Guillermo Ochoa y ahora que ya pasó medio siglo del fallecimiento del guerrillero, durante una entrevista que supuestamente tuvo con Leticia Montagner y Raúl Torres Salmerón y que estos últimos difundieron en Proceso.

Moisés Abraham Baptista, al parecer, omite decir que ya había hablado sobre la muerte del Che en otros medios de comunicación.

Parece que el doctor ahora se puso de acuerdo con los periodistas para contar su versión y que no fuera interrumpido con preguntas incómodas porque, a fin de cuentas, se trata de su verdad. En la presunta conversación con Montagner y Torres Salmerón se anuncia que próximamente se publicará un libro titulado Yo hice la autopsia al Che Guevara.

Lo central en esta entrevista es lo siguiente:

*Reconoce que mintió a la prensa internacional al declarar que el Che murió a causa de un enfrentamiento con varios disparos en el cuerpo (nueve). Fue ejecutado con un tiro en el corazón. Debían hacer creer que había terminado sus días en combate.

*Toto Quintanilla apuntó que la CIA quería cortarle la cabeza al cadáver del Che, como una prueba inequívoca de su muerte, pero el doctor Abraham los convenció de que eso no era ético, por eso sugirió que fueran las manos.

*Las manos del Che fueron colocadas en formol y luego sobre un periódico para tomarle una foto y tenerla como una prueba o trofeo.

*La mascarilla que se hizo del rostro del Che se realizó sin el material adecuado, con velas que encendían en la noche porque no había alumbrado eléctrico. Al quitarle la mascarilla se adhirieron pedazos de piel, pelo, cejas y pestañas. “La cara del Che era impresionante”, puntualiza el oncólogo.

*Toto Quintanilla le cortó las manos al cadáver del guerrillero, dirigido por el doctor Moisés Abraham. En esa habitación solo había tres personas: Toto Quintanilla, Gustavo Villoldo y el doctor.

*El doctor se quedó con un recuerdo del Che, a manera de suvenir: una camisa color caqui, llena de sangre. La prenda ha estado en cajas de seguridad de bancos.

*La camisa, según Abraham Baptista, tiene dos funciones básicas: revelar cómo murió realmente el Che y, con ayuda de esa tela, comprobar si los restos que están en Cuba, en donde dicen que descansa el cuerpo del guerrillero, corresponden o no a Ernesto Guevara.

***

La intención del doctor Moisés Abraham Baptista recuerda una escena de la película Vértigo (1958) de Alfred Hitchcock, en donde el personaje de Scottie (James Stewart) le dice a Judy (Kim Novak): “No se pueden guardar recuerdos de un crimen. No debiste… no debiste… ser tan sentimental”.

Mary Carmen Sánchez Ambriz
Ensayista, periodista y editora.

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Última escala en ninguna parte.
Ignacio Padilla.
Fondo de Cultura Económica.
México, 2017.


Hoy se cumple un año de la muerte de Ignacio Padilla (Ciudad de México 1968-Querétaro 2016), uno de los autores más propositivos de su generación. Padilla no se mostraba tan interesado en la escritura de novelas sino de cuentos. Si la historia finalmente se alargaba y adquiría tonalidades de una novela, permitía que el género se abriera paso, acaso con la persistencia y prodigalidad de una enredadera que se empeña en crecer y desarrollarse por donde pueda.

Recientemente se publicó Última escala en ninguna parte, novela póstuma juvenil de Ignacio Padilla, editada por el Fondo de Cultura Económica. Un volumen inesperado porque no se trata de una antología o de las historias que nunca pasó por su mente publicarlas, sino de un libro que le pudo entregar a Socorro Venegas, su editora, semanas antes de que ocurriera el trágico accidente automovilístico donde perdió la vida.

En la década de los 90, Ignacio Padilla era colaborador en el suplemento Sábado de unomásuno, que dirigía Huberto Batis. Padilla publicaba reseñas de libros, cuentos, fragmentos de novela y ensayos. Ian McEwan era uno de los autores que en ese momento contaba con Ignacio Padilla como su atento lector, en particular le interesaba su libro de relatos Primer amor, últimos ritos (1975). Escribía de manera regular una columna “El baúl de los cadáveres”, en donde daba se ocupaba de novedades y datos curiosos sobre la literatura en otras latitudes, principalmente la que provenía de Europa y de los Estados Unidos. Eran notas breves, curiosas, algunas ocasiones inverosímiles y otras veces podía tratarse de aportes valiosos que el autor tenía el cuidado de acompañar con sus obsesiones literarias. Le gustaba hablar de viajes, parecía tener una predilección especial por la literatura de expediciones y diarios.

La aventura y los viajes son dos asuntos que se volvieron esenciales para él. Disfrutaba conocer leyendas que tarde o temprano llegarían a sus cuentos cortos o largos, muchos de ellos dotados de precisión, astucia y fuerza narrativa. En ocasiones, parecía que quería confundir al lector, pero luego mostraba una ruta o salida de esa aparente complicación. Si cruzaba esa delgada línea en donde se borra la ficción de la no ficción, estaba complacido.

La suerte de ser un diestro confabulador, aún estaba de su lado. Habría que recordar su particular manera de envolver al lector en una trama que parece interminable, y que resuelve de una manera atinada, como lo es La gruta del toscano (2006); un homenaje a Conrad inscrito en la mejor tradición de los viajeros ilustrados, clan al que pertenecen Adarbert von Chamisso en su Viaje alrededor del mundo, Jules Michelet con El mar y Chateaubriand en De París a Jesusalén. La gruta del toscano recuerda que el romanticismo y la ciencia propiciaron grandes viajes en el siglo XIX, y de ese mundo proceden notables frutos literarios hasta las primeras décadas del siglo XX, encabezados por Julio Verne, seguidos por Melville, Stenveson y London.

Última escala en ninguna parte es una novela de sobre un viajero frecuente y el mundo que se construye alrededor de su fascinación por emprender travesías. El protagonista de esta historia, Abilio Agundis tiene claro lo que afirma Descartes: “Los viajes sirven para conocer las costumbres de los distintos pueblos y para despojarse del prejuicio de que sólo en la propia patria se puede vivir de la manera que uno está acostumbrado”.

Abilio es un profesional en materia de acumular millas. Recorre el mundo con su peculiar manera de observar la vida desde los aeropuertos, los aviones y las principales capitales del planeta. Sabe cómo distinguir cuando está frente a otro de sus colegas, asiduo trotamundos  —no turista de ocasión— que acude a los sitios más visitados por los paseantes y se toma fotografías o bien, solicita la ayuda de cualquier persona para que luzca con su mejor pose en el sitio que ahora lo alberga, como si fuera una especie de cazador de tierras inhóspitas.

Con la misma facilidad que un jugador de monopoly lanza los datos, avanza rumbo a su nuevo sitio y resuelve si adquiere o no la casilla en donde cayó su ficha, así decide Abilio a donde viajará. Tiene, incluso, amigos en terminales áreas como es el caso del hombre que trabaja en los baños de la terminal B del aeropuerto de Nueva York, quien gentilmente bloquea con su carrito de limpieza el acceso a los servicios para que Abilio pueda bañarse a gusto y refrescarse después de varias horas de vuelo.

Inscrita en el género de literatura juvenil, Padilla contagia el entusiasmo tanto por los viajes como por la lectura. Los personajes que aparecen en la historia gozan de características muy peculiares que casi rayan en lo absurdo. Abilio tiene un tío Maclovio —un hombre pintoresco—, a Anacoluta —su eterna novia que lo espera para cuando regrese de viaje y se case con ella—, al Gordo Pelosi —su rival en millas—, Liborio Lara Osorio —otro viajero frecuente— y al Sombrerero Loco —encargado de premiar a los viajeros ya sea con el Gran Premio de Verano o el Primer Premio Alas Azules y, claro está, con la cascada de confeti correspondiente, fanfarrias y chicas guapas a su lado—.

Se trata de una divertida novela que puede leerse también como historias independientes, ya que el autor supo colocar los elementos necesarios para que funcionaran de igual forma. El libro cumple su cometido, puede ser una invitación a que los preadolescentes y adolescentes frecuenten el hábito de la lectura.

Libros como Última escala en ninguna parte se vuelven necesarios para un país que, entre sus ejes rectores de políticas culturales, tiene claro el fomento a la lectura y la difusión de obras de autores nacionales. Sin devaluar las propuestas narrativas de los autores españoles, los lectores de novelas juveniles se ven más reflejados en un lenguaje cercano a ellos, en donde se privilegia al español neutro, sin jilipollas y localismos propios de la península ibérica.

El absurdo es parte de la historia, elemento que hace inevitable que se escape la risa. Retrata los defectos y manías de esos viajeros que, a toda costa, deben lanzar una moneda en cada fuente importante que visitan. La escena es cómica, sobre todo si se piensa que tanto Abilio como una joven hacen lo mismo en cada fuente representativa. “Sin darme cuenta agoté mi dinero en esa extraña actividad. Dejé de interesarme en los museos y los grandes monumentos, y acabé por escoger sólo ciudades que tuvieran fuentes famosas, o no tanto, para echar en ellas mis últimas monedas. Creo que llegué incluso a olvidar para qué se arrojaban monedas en las fuentes”.

Ignacio Padilla era un autor que apreciaba los libros de viajes, acaso porque su propuesta literaria era una invitación a iniciar un periplo, una aventura. Siempre tuvo muy claro cuál era su objetivo: contagiar el asombro.

 

Mary Carmen Sánchez Ambriz
Ensayista, articulista y editora independiente.

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Ángeles protectores. Tiene razón Gabriel García Márquez cuando dijo que mi esencia está en las mujeres. Ellas han sido como una especie de ángeles protectores. Con el fallecimiento de Bertha descubrí, mejor dicho, redescubrí la extraordinaria bondad de las mujeres. Las que mejor han escrito de mi trabajo como artista plástico han sido mujeres; desde mi juventud fueron mujeres las que se ocuparon de mi obra como es el caso de Marta Traba, la crítica de arte argentina que murió en un accidente aéreo. Cuando estoy en Nueva York, una mujer es la que se encarga de hablar de mis lienzos en el New York Times. Puedo decir que todas las épocas de mi vida han estado marcadas por una mujer, no solamente en lo que se refiere al aspecto sexual sino también en las relaciones fraternas.

Bestiario. “Animales impuros” es el título de mi bestiario que surgió a partir de la lectura que hice de un poema de José Miguel Ullán, un autor madrileño. Es una selección de animales fantásticos que algunas veces tienen formas humanas y otras ocasiones se muestran híbridos. Con excepción del caballo, se trata de animales no identificados que, claro está, traen consigo elementos eróticos.

Carmen, Beatriz del. Mi rencuentro con el amor y la pasión. Es mi cómplice en todo.

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Fotografía: cortesía Milenio.

David Alfaro Siqueiros. No aspiro a ser elitista ni a que mi obra sea entendida por unos cuantos iniciados, quisiera que mi obra fuera entendida por todos. Eso es muy difícil, jamás lo lograron los tres muralistas que hacían arte para el pueblo: Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros y José Clemente Orozco. El pueblo no entendía nada de lo que hacían. Los murales de Rivera nunca los entendía nadie, sólo los críticos de arte. No he querido eso para mi obra.

Erotismo. Desde mi adolescencia ha formado parte de mi vida. En este momento me viene a la mente la obra de André Pieyre de Mandiargues, narrador que aborda el erotismo de una manera muy especial. El margen es un libro espléndido. A don André lo conocí en París, él escribió un libro sobre mí que es un largo poema titulado Cuevas blues, editado en París por Fatamorgana, y está ilustrado con las cartas que yo le escribí a Pieyre de Mandiargues cuando estuve una temporada viviendo en Francia.

Fotografías. Empecé a tomarme una fotografía diariamente desde 1955 hasta el 2000. Suspendí las fotos cuando murió Bertha, la madre de mis hijas. Siempre pensé que yo me iba a morir antes que ella, pero fue a la inversa. Ahora ya no llevo esa rutina de la foto diaria, sólo cuando se presenta la ocasión.

Giganta. Cuando en el Museo José Luis Cuevas se inició el trabajo de restauración, se levantó el piso del patio y comenzaron a salir cientos de ratas por todos lados. Una mañana llegué y no llevaba mis lentes (no veo de lejos); de pronto noté que había una pirámide oscura en el centro del patio y pregunté qué era eso. Me explicaron entonces que era un gran cerro formado con un número increíble de ratas que los trabajadores habían matado. Entonces dije: aquí, en este sitio, voy a erigir una escultura que sea de gran tamaño. Fue así como surgió la idea de La Giganta.

Horrible. Algo que ha persistido en toda mi obra es la idea de reflejar el lado terrible de la condición humana. En el arte a mí no me interesaba retratar los aspectos felices ni lo bella que es la vida sino realizar una exaltación de lo horrible, la vida en sus estratos más espantosos.

Imaginación. Me acompaña una gran imaginación, desde niño pienso que tengo tal o cual enfermedad y no es cierto. Soy hipocondriaco. Sin embargo, esa imaginación ha sido mi salvación en el arte.       

Juguetes. Dormí en mi cuna hasta los cuatro años, porque no teníamos dinero para comprar camas, y yo podía seguir usando la cuna que había pertenecido a mi padre. La cuna era grande, tenía barandales, por lo que contaba con espacio suficiente para poder seguir durmiendo allí. Un día se me ocurrió adornar mi cuna y coloqué títeres y muñecos de barro; a todos ellos los colgué de los barrotes. Eran juguetes populares, de barro, vestidos con papel de china de todos colores y representaban diferentes personas del pueblo: había curas, policías, calaveras, barrenderos. Así pasé los primeros años de mi vida, rodeado de aquellos muñecos. Me viene el recuerdo de mis primeros juguetes, de los muñecos de barro y títeres en los barrotes de mi cuna, en realidad ésa fue mi primera lección de anatomía humana. Eso lo cuento en mi primer libro autobiográfico Cuevas por Cuevas.

Karenina, Ana. Vivo en una etapa en donde ya no me importa leer la última novedad editorial, el título más reciente de tal autor, no trato de estar al día en esas cosas sino dedicarme a releer. Siempre vuelvo de alguna manera a los autores rusos que leí durante mi adolescencia y a novelas como Madame Bovary de Flaubert; Ana Karenina, de Tolstoi; El amante de Lady Chaterley, de D. H. Lawrence. Estos tres títulos son de mis libros preferidos, curiosamente los tres tratan de mujeres que engañan, por diferentes razones, pero son adúlteras a fin de cuentas.

Longevo. Quiero seguir renovando la sala erótica del Museo José Luis Cuevas y seguir ejerciendo el erotismo. Según me han dicho en lecturas del tarot, voy a vivir más allá de los cien años. Yo quiero ser longevo, siempre y cuando conserve intactas mis capacidades.

Memorioso.  He sido un gran memorioso, pero aun así se me empiezan a olvidar las cosas y, como lo relataba en mi Cuevario, no me gusta tener que omitir detalles. Todas las etapas de mi vida las recuerdo con profunda nostalgia, quizá por el hecho de ser un memorioso o de contar con una de las memorias más privilegiadas de este país, estoy fijado a muchas etapas de mi vida: a la infancia, adolescencia y los primeros encuentros amorosos; los tengo tan presentes como si se tratara de una cita de hace un mes.

Nana. Mi nana se llamaba Lupe. Cuando vivía en el barrio de San Miguel, en el Callejón del Triunfo, en el Centro, estaba yo al cuidado de ella. Lupe me contaba historias de aparecidos, de fantasmas; entonces yo me tiraba en las baldosas de la cocina y mientras Lupe preparaba la comida, yo hacía mis primeros dibujos con un pedazo de carbón. Esos fueron mis primeros trazos: tan sólo tenía cuatro años. Recuerdo que pintaba durante horas, me entretenía mucho con el carbón en la mano, pero luego Lupe tomaba el trapeador y borraba mis dibujos.

Octavio Paz. Me dedicó un poema Paz, era mi amigo. Yo lo apreciaba muchísimo: “Desde el fondo del tiempo, desde el fondo del niño, cada día, José Luis dibuja nuestra herida”.

Proyecto. Estoy escribiendo una novela. No sé cuándo se termina de escribir una novela porque no había hecho ninguna antes: la tengo en proceso, es una historia que no tiene nada que ver con la realidad de José Luis Cuevas. En Gato macho, libro autobiográfico, me ocurrió que lo calificaban como libro de ficción, cuando era todo lo contrario. En esta novela no incluyo pasajes que tengan que ver con mujeres y, tal vez por eso, habrá quien sí la vea como no ficción.

Quijote. Disfruto mucho releer pasajes de El Quijote.

Raskolnikov. Durante mi adolescencia me sentí muy identificado con Raskolnikov, de Crimen y castigo; también pienso que hay algo de mí en Julien Sorel de Rojo y negro.

Sueños. Tengo una libreta cerca de mi cama para anotar mis sueños: es que uno suele olvidarlos con gran rapidez. Hay sueños que me impresionan tanto que todo el día me afectan; en cambio, existen otros que se pierden o no queda ningún registro de ellos. Acostumbro anotar en la libreta lo que sueño, por lo menos así queda registrado el argumento que luego contaré con mayor detenimiento.

Testimonio. Tengo una obsesión por dejar testimonio de todo lo vivido, por eso cuento con un archivero antiguo al fondo de mi estudio en donde llevo una especie de diario de todo lo que vivo día con día. Ahí describo encuentros azarosos, amorosos, citas, todo queda registrado. Creo que tengo un espíritu de notario que me impulsa a llevar un puntual recuentro de las actividades que realizo.

Ulises criollo, de José Vasconcelos. Está lleno de episodios y de encuentros amorosos, es una obra que aprecio porque estimuló mucho mi imaginación. En cierta forma, yo también me convertí en relator de pasajes eróticos cuando vertí mis experiencias en el libro Gato Macho.

Viajes. Llevo un diario de viajes y de cosas importantes que me suceden. Siempre me ha gustado viajar y conocer diferentes lugares. Cuando viajo me siento renovado, más creativo.

Walter Raleigh. Fui un gran publicista. Alguna vez se me ocurrió decirles a los fabricantes de cigarros Raleigh que sacáramos los cigarros Cuevas. Todos estaban de acuerdo, menos un señor que aseguró que mi nombre no garantizaba que se venderían. Esa ocasión le dije: “¿Sabes quién fue Walter Raleigh?”. Me contestó que no. “Pues mucha gente tampoco y aun así se venden los cigarros, por su calidad”, le espeté. Desgraciadamente ese hombre nunca entendió mi idea.

Zapata. Ya han ido desapareciendo el tipo de esculturas urbanas que conmemoran la hazaña de héroes patrios como Zapata, Villa, Benito Juárez. Poco a poco ha ido ganando terreno la escultura abstracta que divide opiniones: hay quienes no la aceptan y otros la convierten como parte de su entorno.

 

Las respuestas son tomadas de entrevistas que fueron realizadas por nuestra colaboradora.

 

Mary Carmen Sánchez Ambriz
Periodista cultural, ensayista y editora freelance.

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A sesenta años de su muerte, presentamos un recorrido biográfico del escritor inglés Malcolm Lowry.

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La vida de Malcolm Lowry estuvo inmersa en una serie de recovecos caóticos. Hablar de Lowry equivale a intentar elaborar un retrato que es a la vez un ejercicio de equilibrio sobre la cuerda floja entre lo público y lo privado. Es difícil separar la vida de la narrativa e, incluso, existen ciertas líneas acaso premonitorias de situaciones que le ocurren a sus personajes y que más tarde le sucederán a él.  

Lowry, como Dante, comienza su viaje imaginario perdido en una selva oscura (alegoría de la vida, dificultades y tentaciones). La escritura hace las veces de Virgilio, será su guía y ruta de salida en los intrincados laberintos por los que deambula. Logra trascender gracias a su prosa y a su infinita paciencia, pues tuvo que emprender varias veces la reescritura de su novela. Habría que recordar que Bajo el volcán fue rechazada por doce editores antes de que, en 1947, casi de manera simultánea, se publicara tanto en Inglaterra como en Estados Unidos.

Su infancia, lejos de ser un Paraíso añorado, fue una etapa tormentosa y de aislamiento, de abandono y desasosiego. Quizá fue su Purgatorio, su isla montañosa, al ver que pertenecía a una familia en donde se sentía incomprendido, solo. Malcolm Lowry a los siete años, al igual que sus otros tres hermanos mayores, ingresó a un internado. De esta forma fue alejado de su entorno familiar, espacio en el que reinaba la educación estricta impartida por su padre, Arthur Osborne Lowry (un próspero empresario de la industria del algodón) y el desapego de su madre Evelyn Boden, quien padecía crisis de depresión. Cuando terminó sus estudios, a los 21 años, el padre de Lowry le pidió que hiciera un brindis; tras un largo silencio,  Lowry confesó que para él su infancia había significado un sufrimiento perpetuo porque la mayor parte del tiempo se sintió ciego, tullido o constipado.

“Una familia que vivía cerca de Liverpool a la que le gustaba cazar, pero que no se interesaba por cuestiones literarias”, como lo refiere el propio Lowry en una carta a su amigo, David Markson, narrador estadunidense que terminó por convertirse en un ferviente admirador de Lowry, incluso llegó a pensar que él había escrito Bajo el volcán, novela con la cual hizo una tesis de doctorado. Se tiene noticia de que en 1958, Markson, comparsa de interminables juegas con Dylan Thomas y Jack Kerouac, visitó México para experimentar lo que vive el personaje de Geoffrey Firmin, el Cónsul.

Como en la Divina comedia, en la vida de Lowry hay tres presencias cargadas de simbolismo: son tres los espacios visitados (Purgatorio, Paraíso e Infierno) y tres representaciones: Virgilio que encarna la razón (la escritura en Lowry); Beatriz, la fe (su segunda esposa, Margorie Booner) y Dante, quien personifica al ser humano en general (Malcolm Lowry en esa selva oscura, etílica y voraz que decidió extraviarse).

Las mujeres en la vida de Lowry deben cumplir un rol más allá del papel de una esposa, una amante o una musa que más tarde incorporará en la ficción, como es el caso de Jan Gabrial, su primera mujer, en quien se inspiró para crear el personaje de Yvonne. Lowry requiere de esa presencia y que además haga las veces de su editora (correctora, mecanógrafa y crítica literaria) y de una madre protectora que estuvo distante durante su niñez. La madre que lo nutre con sus consejos, la mujer que lo cuida de sus borracheras y está pendiente de que llegue el momento de lucidez que necesita para retomar la escritura donde se quedó. Y todas esas cualidades (y mucha paciencia) la encontró en Margerie Bonner.

El escritor y periodista D. T. Max tuvo acceso a los archivos de Lowry que su esposa vendió a la Universidad de Columbia Británica, en Vancouver, y pudo comprobar que varias versiones la novela tenían anotaciones tanto de Margerie como de Lowry. Esto quiere decir que ambos participaron en el proceso de edición de la versión final.

Es posible imaginar que la vida de Booner al lado de Lowry era sumamente intensa, vivía de una forma acelerada. Acompañaba a Lowry en su proceso de escritura, en sus desveladas, cuidaba de la salud de su compañero, quien tarde o temprano tendría que sobreponerse a la resaca y continuar con la reescritura de Bajo el volcán; mientras tanto ella buscaba tiempo para dedicarse a su novela en turno, pues desde que conoció a Lowry cuando ella era actriz de cine mudo, nunca abandonó su interés por frecuentar la narrativa. Ella le narra a Douglas Day (autor de Malcolm Lowry: una biografía, publicada en 1973. La segunda gran biografía lowriana es Perseguido por los demonios, de Gordon Bowker, 1993) que estaba ocupada en la escritura de Las formas que se mueven sigilosas y El último giro del cuchillo, ambos títulos  fueron publicados por la editorial Scribners.

Lowry creía en Dios. “A pesar de haber recibido una educación metodista y de haber coqueteado con el espiritismo, nunca fue religioso de manera ortodoxa. Sus dudas ante el misterio de la vida tenían como respuesta sólida y perdurable creencia en los poderes sobrenaturales que determinan nuestro destino, y consideraba que dichos poderes se manifestaban a través de coincidencias y de otros sucesos extraños”, relata Bowker. Era devoto de la Virgen de las Causas Difíciles y Desesperadas, de la Virgen de la Soledad (protectora de los marinos solitarios) y de San Judas Tadeo (cuyo fervor conoció cuando estuvo en México).

En El viaje que nunca termina que abarca su correspondencia de 1929 a 1957, la traductora y antologadora, Carmen Virgili, incluye una carta de Lowry al Señor Dios, en donde expresa su desesperación al emprender la reescritura de Bajo el volcán: “Querido Señor Dios: Te ruego encarecidamente que me ayudes a ordenar este trabajo, aunque parezca feo, caótico y pecaminoso, de modo que sea aceptable a Tus ojos, para que de este modo, según le parece a mi cerebro desordenado e imperfecto, pueda alcanzar los más altos cánones del arte, abriendo, no obstante, nuevos caminos y rompiendo viejas reglas cuando sea necesario. […] Te lo suplico, pon alguna Musa, algún Nordahl Gieg —ángel del arte— a mi disposición para ordenarlas de un modo bello, por favor, ayúdame, de lo contrario estoy perdido. Mis plegarias también para san Judas, ¡querido patrón de los imposibles!”.

Malcolm Lowry se sentía motivado por la fuerza narrativa del escritor noruego Nordhal Grieg, autor de la novela La nave sigue adelante. Bowker advierte que el sentido de temor religioso inspiró en Lowry su apasionada atracción por leer a Blake y de éste último a Swedenborg, “aunque oraba en cualquier iglesia estando ebrio o sobrio”.

Es interesante que mencione tanto a Blake como a Swedenborg y, ¿acaso puede existir en Lowry un momento en que resuelve ser un demonio o un ángel? En una de sus conferencias magistrales del volumen Borges oral, el autor de El Aleph señala que Dios no condena a nadie, sino que hay hombres que se sienten atraídos por los demonios. “Los infiernos, según Swedenborg, tienen varios aspectos. Son zonas pantanosas, zonas en las que hay ciudades que parecen destruidas por los incendios; pero ahí los réprobos se sienten felices. Se sienten felices a su modo, es decir, están llenos de odio y no hay un monarca en ese reino; continuamente están conspirando unos contra otros. Es un mundo de baja política, de conspiración. Eso es el infierno”.

Para Borges, la aportación de Blake es que el hombre debe ser un artista para salvarse. En ese sentido hay una tercera salvación: “tenemos que salvarnos por la bondad, por la justicia, por la inteligencia abstracta; y luego el ejercicio del arte”. Henry James era swedenborgiano, Lowry admiraba a James y también pudo haber sido swedenborgiano.

“El pensamiento de Swedenborg hubiera debido renovar la Iglesia en todas partes del mundo, pero pertenece a ese destino escandinavo que es como sueño”, comenta Borges.

Gran parte de la vida de Lowry transcurrió en el Infierno. Descendió hasta lo más profundo para darse cuenta de las envidias entre escritores (Conrad Aiken, su primer admirado maestro), tenía la creencia de que su mala suerte se debía a la presencia de dioses oscuros, bebía en exceso y el fantasma de la imposibilidad de concretar su novela rondaba cerca de él hasta que pudo exorcizarlo. Cuando visitó México por segunda vez, ahora con Margerie Bonner, le dieron un trato muy similar a los que Donald Trump quiere otorgar a los indocumentados. Lowry, en México, en mayo de 1946, fue declarado persona non grata, en medio de la opacidad de trámites y fabricación de delitos que lo hacían incurrir en faltas migratorias, pues a alguien juzgó que había hablado mal de México.

El Infierno (de indocumentado) que padeció está ampliamente detallado en una carta que Lowry le escribe a Ronald Paulton, su abogado en California. La misiva está incluida en El viaje que nunca termina y también se puede localizar en Malcolm Lowry. El volcán, el mezcal, los comisarios, en versión de Sergio Pitol, volumen editado por la Universidad Veracruzana, en 2008.

Así como La Divina comedia es una obra religiosa, en el sentido que Dante busca mostrarle al lector las consecuencias de vivir en pecado, la manera de evitarlo y de conseguir no sólo la paz interior y la felicidad terrenal, sino especialmente la posibilidad de alcanzar la vida eterna, en cierto modo, Bajo el volcán también conserva ese propósito, dado que de igual forma está llena de disertaciones sobre muchos aspectos relacionados con la fe, la virtud y el pecado.  

“Octavio Paz ha señalado que el verdadero tema de la novela es la expulsión del paraíso y en uno de los capítulos el Cónsul se refiere al mundo que lo rodea como ese paraíso, al que ya no podemos reconocer. Novela de la caída, lo es también por esto mismo de la nostalgia”, señala Juan García Ponce en el prólogo a Bajo el volcán publicado en 1967 por la Editorial Galerna en Argentina. Continúa: “Nostalgia de esa unidad perdida, de esa posibilidad de trascendencia a la que de una manera oscura el Cónsul quiere llegar por medio de la bebida; pero que permanece como aspiración inalcanzable y se resuelve en la muerte”.

Y a todo esto, ¿cuál es la idea del Paraíso en Lowry? Está en un lugar alejado del buillicio citadino, entre el bosque y el mar, en Dollarton, cerca de Vancouver. Se trata de una cabaña situada en uno de los más bellos parajes de la Columbia Británica. Es Eridanus, el Paraíso al norte, lugar mítico en la historia de amor y desamor del Cónsul e Yvonne. Paraíso que se ve destruido al incendiarse su cabaña, el 7 de junio de 1944. Cuando ardió la cabaña donde vivían los Lowry, Margerie Bonner hizo lo posible por reunir y rescatar las hojas dispersas de aquel manuscrito (Bajo el volcán) que el escritor llevaba tiempo trabajando. Mucho se debe a Bonner esa dedicación y empeño por reestablecer lo más que se pudiera de la novela.

Como apunta García Ponce, Bajo el volcán se basta a sí misma, crea su propia forma como lo hacen todas las obras de arte. Y los días de Lowry, lejos de su Infierno etílico, del Paraíso entre el mar y el bosque, y del Purgatorio de su tierna infancia, trascendieron a través de la escritura, más allá de mirarse como un hombre que vivió en el pecado.

 

Mary Carmen Sánchez Ambriz 
Periodista cultural, ensayista y editora freelance.

 

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Octavio Paz lo llamó el niño de las mil caras y, tal vez, también fue el de los mil animales. Juan Soriano transitó por distintas etapas gráficas, reviros del lápiz que lo conducirían a contemplar detenidamente a la naturaleza. Su dedicación por la zoología comenzó en dibujos, acuarelas, óleos y más tarde derivó en esculturas hechas en plata y bronce. “La vida del hombre y del artista son una lucha constante por conseguir la libertad, no sólo para crear arte, sino también para crear vida dentro de la más profunda necesidad del ser humano”, solía decir el pintor.

Entabló largas conversaciones con la fauna que mediante el lenguaje plástico incorporó a su mundo. Desde su niñez se sentía atraído por los felinos. Cuando estudiaba en el Colegio Italiano, en Guadalajara, realizó un dibujo de un gato saliendo de una bota. El director de la institución estaba sorprendido de sus habilidades y no creía que él lo hubiera hecho, por lo que mandó llamar a su padre. Cuando el señor Soriano confirmó que su hijo era el autor del apunte, el director exclamó: “Es un niño prodigio”. Días después su padre le preguntó al pequeño qué quería ser cuando fuera grande y, sin el menor titubeo, respondió: “Pintor”. A Juan Soriano le decían el “Mozart de la pintura”, debido a que desde temprana edad demostró grandes aptitudes para su apuesta gráfica.

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Fotografía cortesía de Milenio.

Primero fue el león

Se cree que el primer animal que retrató formalmente fue un león. Teresa del Conde identifica la figura que aparece con frecuencia en la obra de Soriano: “El león, animal solar que ya se encontraba al principio de la década de los cuarenta, a veces acompañando a un San Jerónimo efebo, transportado por los ángeles. Los leones de Soriano no son feroces, reposan plácidamente junto a los hombres o se someten voluntariamente al impulso del domador, que no necesita utilizar el látigo para dominar el animal, sino que más bien forma pareja con él”.

 A mediados de los años cincuenta, podría decirse que tomó muy a conciencia su propuesta de seguir con el bestiario de manera continua. Tras un viaje a Grecia, su mirada quedó atrapada por los mitos. Los animales que subieron a su arca fueron otros mamíferos cuadrúpedos: cabras, caballos y centauros tienen el mismo origen, son animales que acompañaron a los dioses. Luego apareció la serpiente que se debate entre la sabiduría y el pecado, lengua bífida a punto de introducirse en una insondable caverna. “El Árbol de la Vida, la serpiente, Eva y el paraíso significan tanto como: Vida, conocimiento, tentación, inconsciente”, enfatiza E. M. Cioran en el Breviario de podredumbre.

Más tarde llegaron los peces de distintas tonalidades, dieron señales de vida en la profundidad del océano. Y del mar, casi trazando una línea en el horizonte, alzó la vista y se entretuvo con los pájaros, gaviotas y pelícanos. El pincel al vuelo se explayó con los seres alados: las aves llegaron a la gráfica del artista y nadie se hubiera imaginado que se ocuparía tantas ocasiones de la paloma hasta el punto que se convirtió en una muestra de sus habilidades para ejecutar virtuosas metamorfosis, abstracciones, caprichos, silencios. Juan Soriano pasó de lo figurativo a lo abstracto y de este último regresó al estilo con el que se inició.

Plumas al vuelo. Para serle fiel a la naturaleza, lejos estaba de encasillarse en una serie de rigores. “Los pájaros me han fascinado desde siempre. Encierran todas las formas imaginables, todos los colores posibles y sus combinaciones […] Y son capaces de volar, qué gran misterio”, reflexionaba el artista jalisciense. Vistos por Soriano, los animales se vuelven otros, son pájaros, gallinas, mirlos, hurracas, pingüinos, avestruces, canarios, guajolotes, pelícanos, águilas, hurracas, patos, pavorreales, garzas, flamingos, loros, búhos: aves provenientes del mundo real, pero que atisban sus alas en el de la imaginación. “Cuando pinta un pájaro se rige por un principio opuesto al del copista: transgrede el mundo que hacía imposible ese pájaro. Sus cuadros cuentan el inagotable relato de esa celebración de rebeldía”, reconoce Juan Villoro. Entre sus esculturas más conocidas se encuentran “Paloma”, “Gallo”, “Toro” y “Luna”, figuras esenciales de su bestiario monumental.

“Los animales de Soriano me obligan, en su inmovilidad, como si me empujaran irresistiblemente, a ver en su imperturbable paz un dinamismo que, al estar ahí, nos permite verlas en el despliegue de movimiento minucioso, perfectamente concebido y ejecutado por la mente y la mano del artista”, observa David Huerta.

Ya lo dijo Julio Cortázar, “es bueno que existan los bestiarios colmados de transgresiones, de patas donde debería haber alas y de ojos puestos en lugar de los dientes”. Es el cronopio Cortázar, amigo de Soriano, quien le dedica la prosa “Orientación de los gatos”, en donde cuenta la entrañable relación que existe entre Alana (su mujer) y Osiris (un gato negro).  Autores como Cortázar, Arreola, Borges, Neruda, Guillén, Tablada y Monterroso han seguido la tradición inaugurada por Aristóteles y Plinio. El bestiario es considerado como un género breve y descriptivo, muy popular durante de la época clásica y más tarde en la Edad Media. Juan Soriano, acaso sin proponérselo, en medio de muchos otros retratos, naturalezas muertas y dibujos, fue creando su propia zoología fantástica. En 1967 le pidieron que ilustrara El bestiario, de Guillaume Apollinaire, para la editorial Joaquín Mortiz. Meses más tarde, con esos dibujos llevó a cabo una exposición en la Galería Juan Martín.

Soriano se fue a vivir a París, en 1975. En ese mismo año conoció a Julio Cortázar, Milan Kundera y Valerio Adami; también coincidió con pintores como Pedro Coronel y Alberto Gironella. A partir de esa fecha, se decidió vivir entre París y la Ciudad de México. Durante esos años, el pintor retrató a la muerte con varios ejemplares de álbum de zoología. En este rubro destacan el perro y el gato: el primero la embiste como si fuera un toro de lidia, mientras que el maullido del felino acompaña a la muerte en actitud desafiante, como si quisiera gritarle a la cara “todavía tengo más vidas”.

Los felinos, no menos importantes que el león, han sido vistos entre sus obras caminando sigilosamente en sus cuatro patas. ¿Quién no recuerda uno de sus dibujos  en donde se exhibe a sí mismo melancólico, de mirada reflexiva, junto un felino que lo acompaña y no deja de mirarlo. (Autorretrato con gato, tinta sobre papel, s/f)? El carácter independiente de los gatos es un tema frecuente en el arte. Los romanos, por ejemplo, apreciaban mucho este espíritu de los felinos. La diosa Libertas era representada junto a un gato, símbolo de absoluta libertad. En la antigua Roma y en las Islas Británicas, durante el siglo X, se dictaron severas leyes para su protección; las normas fijaban el valor de los gatos y establecían que quien matara a uno debía indemnizar al propietario con una cantidad de trigo equivalente en altura y longitud del animal. De este modo, se pretendía compensar al dueño por las pérdidas de trigo que, a falta del felino, le ocasionaban los topos.

La paz de un gato dormido

Los gatos de Soriano no persiguen topos sino gozan, contemplativos, taciturnos, dóciles y haraganes. ¿Quién no envidia la paz de un gato dormido junto a los rayos del sol que se filtran por un ventanal? En el 2000, el artista plástico realizó una serie de dibujos que pertenecen a la Fundación del Museo Amparo. El libro que recopila la poesía completa de Gerardo Deniz, otro amante del lenguaje sarcástico y de los gatos, Erdera (editado por el Fondo de Cultura Económica en 2005), reproduce esa serie felina. Acaso inspirado en Osiris del texto de Cortázar, los gatos de Soriano ilustran la ironía y precisión de Deniz para referirse a ellos: “Convierte en felina hedionda la vileza del cuerpo y la reboza, arqueológico, en arena, o bien la derrama donde nos escandalice. Más o menos lo que aspiramos a hace, en secreto, con vagas literaturas”.

Asegura Juan José Arreola en su Bestiario que “si no domesticamos a todos los felinos fue exclusivamente por razones de tamaño, unidad y costo de mantenimiento. Nos hemos conformado con el gato, que come poco y que de vez en cuando se acuerda de su origen y nos da un leve arañazo”.

Al trote de sus propuestas gráficas, en los últimos años de su vida aparecieron los anfibios. A partir del trazo fino vertido con tinta al papel conquistaron la redondez. Ranas, renacuajos y sapos colmaron de verde el ingenio, ojos y boca indiscreta quedaron plasmados en el bronce fundido a la cera. Por las noches, si alguien camina junto a las esculturas de Soriano, es altamente probable que los escuche croar.

El arca de Juan Soriano ya no es fiel a la historia convencional, en donde se dice que sólo se llevaron una pareja de macho y hembra de cada especie para que poblaran nuevas tierras. La de Soriano es distinta porque al parecer cada animal ha ido ocupando un lugar específico que representa una etapa en la vida del pintor. ¿Podría entenderse su trayectoria por la manera en que fueron llegando a su mundo tal o cual especie? Álbum de zoología o Animalario en el arte. La obra es extensa. Soriano retratista no sería el mismo sin la presencia de la fauna en su obra. “No hay un animal que no se parezca a una obra maestra de la naturaleza. Todo lo que pasa ante mis ojos me sorprende y trato de entenderlo; desde los organismos más diminutos hasta los más grandes, las enfermedades, las cosas del espíritu, el nacimiento de un niño, la vejez”, recordaba el artista gráfico. En cierta forma, hizo arte sobre arte, depositó pasión sobre la forma, dotó de volumen lo fantástico, volvió a mirar con ojos de niño la naturaleza.

Para José Emilio Pacheco, los leones son “reyes en el exilio,/ no parecen/ odiar el cautiverio”. Es muy conocida una fotografía de Juan Soriano en donde aparece disfrazado de león con el rostro descubierto y la cabeza de la botarga recargada en uno de sus costados.

Es el niño de las mil caras, como lo llamó Paz, pero también el gran felino que dio un rugido y fue el primero en entrar a su bestiario; luego siguieron los demás, una legión.

Mary Carmen Sánchez Ambriz
Periodista cultural, ensayista y editora freelance.

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