Con motivo de la presencia de Hustvedt en la FIL de Guadalajara 2019, este ensayo nos invita a leer Recuerdos del futuro, su novela más reciente, a indagar en sus necesarias aportaciones al feminismo.

En la narrativa de Siri Hustvedt (Northefield, Minnesota, 1955) la memoria es una estrategia para asimilar lo que permanece y lo que no en un lienzo representativo de su vida; una herramienta que puede conducir del presente al pasado como si intentara trotar o zigzaguear, ir en línea recta o en espiral para entender cómo era de joven y cómo ha cambiado su visión de las cosas. Los libros de Hustvedt son juegos de espejos. Sus personajes evolucionan y logran asimilar infortunios gracias a que practican la resiliencia, para superar la muerte de un ser querido, un accidente y hasta una violación.

Conferencia magistral de la escritora Siri Hustvedt en la XXXIII Feria Internacional del libro en Guadalajara, domingo 1º  de diciembre del 2019. (© FIL/PAULA ISLAS)

“La imaginación y la ficción suman más de tres cuartas partes de nuestra vida real”, refiere Simone Weil, citada por Hustvedt en su novela más reciente, Recuerdos del futuro (Seix Barral, 2019). Un sitio especial ocupan el arte, la literatura y la filosofía, que aparecen una y otra vez y encarnan una suerte de bitácora de cómo llegaron a ella ciertos autores y artistas plásticos.

En estos Recuerdos del futuro se propuso contar un año de su vida, 1978-1979. Así que recupera el diario que escribía en el 78, cuando partió de Minnesota, cambió su residencia a la isla de Manhattan y la Universidad de Columbia le otorgó una beca para estudiar Literatura Comparada. Las experiencias de aquellos años se cruzan en varios puntos del presente, donde se encuentra la escritora que lee y confronta sus memorias del pasado. Se trata de la metaficción que ella define como “un retrato del artista como mujer joven, la artista que llegó a Nueva York a vivir, sufrir y escribir su misterio. Como el gran detective con quien comparte sus iniciales S. H. [Sherlock Holmes], la escritora ve, oye y huele las pistas. Las señales están en todas partes: en un cara, en el cielo o en un libro”.

Además del diario del 78 y la intervención de la narradora en el presente, aparece la novela de corte policiaco que ella estaba escribiendo entonces y que dejó inconclusa, en la que surgen Ian Feathers e Isadora (la mayor de las cuatro hermanas Doras: Theodora, Andora y Dora). La propia autora observa este ejercicio narrativo, este juego de espejos, como un origami, debido a que todos los elementos contienen algo del otro y no puede entenderse cada uno por separado. Una frase tomada de La vida y las opiniones del caballero Tristam Shandy, de Laurence Sterne, sirvió de inspiración para Hustvedt en esos años de juventud: “Escribir un libro es, para todo el mundo, como tararear una canción; así pues, señora, limítese usted a estar a tono consigo mismo: que éste sea alto o bajo da absolutamente igual”. Precisamente el libro reciente de la narradora estadunidense es un homenaje a Stern. El Tristam Shandy —como ya lo ha señalado Javier Marías, traductor de Stern— ostenta las digresiones como el resplandor del sol, la vida, el alma del protagonista.

En Recuerdos del futuro hay historias dentro de la historia, suerte de cajas chinas fundamentales en la prosa de Hustvedt, quien tanto en sus novelas como en sus ensayos intercala desde reflexiones sobre el proceso creativo y la crítica literaria hasta anotaciones científicas sobre psiquiatría y neurobiología. En la novela se puede hallar otro guiño a esa frase de Sterne:

Soy una narradora sofisticada, madura y erudita, en general amable aunque puedo ser cruel, y tan proclive al engaño como cualquiera pese a que intento ser honesta conmigo misma y admito que hay lagunas en mi propia historia. Estoy tarareando mi canción a mi manera, señora, mientras me abro paso por 3 avenidas y callejones y entro en edificios donde subo en el ascensor o por las escaleras y abro y cierro puertas y, sí, pego la oreja a las paredes, bolígrafo y cuaderno en mano.

Reivindicar la presencia de las mujeres

Por otro lado, hay que señalar que cada vez que puede la novelista les otorga a las mujeres un espacio para reivindicar su presencia, ignorada en un mundo regido por hombres: por ejemplo, la baronesa Elsa von Freytag-Loringhoven —artista del protopunk—que estuvo detrás de la idea de Duchamp y su orinal; la influencia de Lee Krasner en la obra de Jackson Pollock; o el hecho de que varios de los pensamientos de Simone de Beauvoir le fueran atribuidos a Sartre.

Otro lazo de sororidad se establece cuando la joven escritora de los años setenta describe a su vecina, Lucy Brite, una mujer a quien escucha llorar del otro lado de la pared. Primero piensa que se trata de un mantra o una especie de canto: “Amash, amash, amash”. Luego descubre lo que realmente dice la chica: “I’m sad”. La vida de Lucy la inquieta y, si por ella fuera, le quitaría esa carga de tristeza inamovible que no la deja en paz. Pero no se atreve a decirle que escuchó su lamento porque usó un estetoscopio para mejorar la claridad del sonido.

La sexualidad, cómo no, también forma parte de este universo feminista que Hustvedt aborda con suma destreza. Si bien en el siglo XIX y a principios del XX, las mujeres se hacían pasar por sonámbulas para demostrar su interés erótico —pues podían ser menospreciadas si exhibían abiertamente sus ganas de pasar la noche con un varón— aquí se habla abiertamente de sexualidad como muy pocas mujeres lo hubieran hecho en 1979. La S. H. del pasado y de ahora coinciden en que a ambas les interesa tener sexo en los trenes, y recuerda cómo se masturbaba en su departamento imaginando que tenía relaciones sexuales con una persona de su mismo sexo, que podría haber sido una rubia voluptuosa con características similares a Marilyn Monroe, a quien idealiza montada sobre ella.

También relata una agresión sexual. Lo que narra Hustvedt es un hecho devastador: el capricho de un chico que, al término de una fiesta, se niega a dejarla ir a su departamento sin que él la acompañe. El hombre insiste en compartir un taxi, en llevarla a su casa, en entrar en el departamento —a la fuerza— y sigue con sus obstinaciones más allá de la voluntad de la joven. Hay violencia y golpes, como antesala del abuso.

Cabe preguntarse entonces, ¿qué es el feminismo para Hustvedt? Ella deja muy claro que no existe uno sino varios feminismos, como lo hemos visto en la actualidad. Acepta que la teoría feminista no es un “baluarte de consenso” y que los “acalorados debates que se desencadenan dentro de las universidades no suelen tener mucho impacto en el resto del mundo”, como lo estipula en un libro anterior, La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres (Seix Barral, 2017).

En un ensayo sobre Louise Bourgeois cita una reflexión de la artista plástica que está directamente relacionada con su propia visión: “Una mujer no tiene lugar como artista hasta que prueba una y otra vez que no será eliminada”. ¿Acaso no ocurre lo mismo en los diversos ámbitos en que se desarrollan las mujeres?

Knausgard: encarnación moderna del patriarcado

Para referirse al feminismo en general Hustvedt suele partir de la exposición de inquietudes y situaciones comunes en el patriarcado: como cuando le hizo una entrevista pública al escritor noruego Karl Ove Knausgard, y le preguntó por qué en un libro donde había cientos de referencias a escritores sólo se mencionaba a una mujer, Julia Kristeva. Como respuesta el autor le espetó: “No son competencia”. Esa frase da pie para que la ensayista reflexione sobre cómo todos codificamos la masculinidad y la feminidad, en esquemas metafóricos que dividen el mundo por la mitad. Nunca imaginó que Knausgard reaccionara de forma tan tajante, que ni siquiera se justificara reconociendo su omisión.

No obstante, logra distinguir las virtudes narrativas de Knausgard y no se deja llevar por lo ríspido de su respuesta. Al contrario, intenta ver qué es lo que en realidad le molesta al escritor. Recuerda que “las humillaciones que viven las mujeres porque no se les considera competencia y se les trata como fantasmas en la habitación son frecuentes”.

Comenta que el autor noruego en cierta ocasión confesó que de niño se burlaban de él y le decían que era afeminado. Lamenta que Knausgard no logre darse cuenta que en Mi lucha  hay mucho de ese universo femenino que tanto desprecia; por ejemplo, el hecho de que llora a menudo a lo largo de su extensa autobiografía: “Sus lágrimas trastocan el fuerte estoicismo presente en toda la cultura noruega. Lo sé. Me eduqué en ella. Había que tener una buena razón para llorar —la muerte de un ser querido, un terrible accidente que te deja sangrando y mutilado, una enfermedad terminal— y, aun así, un despliegue tal sólo cabía hacerlo en la intimidad, nunca en público. […] En el alma noruega debían imperar la dignidad y la rigidez. Noruega era una cultura de ojos permanentemente secos. Y, sin embargo, el Knausgard de Knausgard, el héroe de esta larguísima saga personal, es un verdadero pantano de lágrimas. Tales son las ironías del mundo literario”, apunta en La mujer que mira a los hombres…

Desde su punto de vista, la respuesta de Knausgard evidencia un mecanismo del patriarcado y que en muchas ocasiones ya no se cuestiona, simplemente se acepta como parte de los usos y costumbres de la sociedad: los hombres encuentran su propio valor en la mirada de otros hombres y, en ese sentido, a las mujeres se les deja de lado porque no representan ningún tipo de competencia. Y, desde esa perspectiva, no lo disculpa pero lo entiende, sin dejar de sorprenderse de que las miles de páginas de ese autoexamen que es Mi lucha “no parecen haberle dado un mayor conocimiento de la ‘mujer’ que hay en él. […] De hecho, él tal vez sea más honesto que muchos escritores, académicos y compañeros que no ven o no escuchan a una mujer porque no es competencia. No creo que ésta sea la única razón para hacer desaparecer a las mujeres de una sala o del campo más amplio de la literatura, pero es sin duda una idea interesante que hay que abordar”.

Aunque no lo señala de manera abierta, el feminismo de Hustvedt comparte la idea de Gilles Lipovetsky sobre “La tercera mujer”, esaque surge desde mediados del siglo XX y que dejó de ser definida por la mirada del hombre:

La mujer puede ahora elegir lo que desea ser, tiene el poder de inventarse a sí misma. Rechaza el modelo de vida masculino, el dejarse tragar por el trabajo y la atrofia sentimental y comunicativa. Ya no envidia el lugar de los hombres ni está dominada —como diría el psicoanálisis— por el deseo inconsciente de poseer el falo.

Es común que las mujeres tengan que nadar a contracorriente, deben hacerlo para no vivir oprimidas, siendo una especie de fantasmas. La escritora es consciente de otra de las herencias del patriarcado: el hecho de que en ocasiones “las mujeres, también ciegas, se odian a sí mismas. Viven atrapadas en los hábitos perceptivos de los siglos, en las expectativas que han llegado a gobernar su mente. Y estos hábitos son peores para la mujer joven, que sigue siendo concebida como un objeto sexual deseable porque el cuerpo lozano, fértil y apetecible no puede tomarse realmente en serio, no puede ser el cuerpo que hay detrás del gran arte”. Por eso Hustvedt enfatiza, y lo demuestra con su propia inteligencia, una vez más con su propia obra —es el caso de Recuerdos del futuro—, que la novela, entre otros géneros, es un campo literario fértil donde las mujeres han logrado igualarse a los hombres.

 

Mary Carmen Sánchez Ambriz
Ensayista, editora y periodista cultural.

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Esta extensa crónica rememora los últimos años del pugilista y el camino que lo llevó a la redención en Ciudad Juárez.

Cuando Mantequilla Nápoles supo que un grupo de personas relacionadas con la dramaturgia lo quería conocer, pensó que sólo deseaban entrevistarlo y, al igual que los demás, tomarse fotos con él con los puños cerrados, posar, ver sus cinturones de varios campeonatos y punto. Pero nunca imaginó que ese grupo —llamado Teatro Línea de Sombra— quería en realidad reactivar Baños Roma, el viejo gimnasio donde entrenaba a sus pupilos en Ciudad Juárez, y hacer una pieza dramática a partir de esa experiencia.

Como las ciudades invisibles de Ítalo Calvino, Ciudad Juárez es casi una metrópoli imaginaria, cuya historia más que palparse se adivina por una serie de conjeturas. Aquí había esto, colocaron algo de este lado, cerró tal sitio, ya no existe ese restaurante. El paisaje agreste se enfatiza con los perros sin dueño que deambulan de un sitio a otro. Ciudad Juárez duele en la conciencia de sus ciudadanos, en el recuerdo ineludible de mujeres asesinadas y otros homicidios sin resolver. Son las secuelas de la guerra contra el narcotráfico y la corrupción que obligaron a que no pocas familias cambiaran su lugar de residencia.

Jorge Vargas, director de Teatro Línea de Sombra, y su equipo encontraron Baños Roma descuidado. Hallaron, casi como reliquias, la colección de veladoras que el boxeador cubanomexicano encendía para encomendarse a la Virgen de Guadalupe antes de cada combate, además de las credenciales abandonadas de algunos jóvenes que quisieron seguir sus pasos en el cuadrilátero; también polvo y olvido. Los vestigios de una leyenda.

Ilustración: Guillermo Préstegui

Primer round

¿Cómo era posible que Mantequilla Nápoles, el ídolo de multitudes, viviera en total abandono? Esa fue la pregunta que rondaba en la mente de Jorge Vargas. De aquellos días de gloria y euforia, de ovaciones y bullicio, de fiestas prolongadas e interminables apuestas, ahora solo lo acompañaba Bertha Navarro, su esposa. Nadie más.

En su época de esplendor, los campeonatos mundiales eran de 15 rounds; hoy son de 12. Este dato sin duda aunado al número de combates en los que participó —84 peleas, 77 victorias, 54 de ellas por nocaut y siete derrotas— derivó en un desgaste físico que repercutió en su salud: su memoria era caprichosa, iba y venía o permanecía en un estado de completa lasitud. Le habían diagnosticado un cuarteto de enfermedades: demencia senil, enfisema pulmonar, diabetes y Parkinson. Acaso, como otros grandes del cuadrilátero, sabía del silencio de un cuerpo que lucha por transformar sus pensamientos en palabras.

Siempre que les preguntaba a los actores por la salud de Mantequilla Nápoles, no tardaban a en responder: “Él físicamente está bien, pero su memoria, su estado de conciencia, está en otra parte. No sabemos dónde.”

Segundo round

Hasta que el director del Teatro Línea de Sombra y su equipo se mudaron a vivir a Ciudad Juárez quedaron claros los tres aspectos de su propuesta: primero, la remodelación del gimnasio Baños Roma, para que los jóvenes en Ciudad Juárez aprovecharan sus conocimientos y la oportunidad de tener cerca a alguien con la experiencia del gran pugilista; segundo, la creación en ese mismo espacio de un centro cultural que albergara la memoria gráfica de su vida; y, en tercer lugar, la puesta en escena de una obra que se iba a construir como una derivación de los puntos anteriores.

Algunos integrantes de la compañía de teatro permanecieron mes y medio en Ciudad Juárez, con la encomienda de remodelar el gimnasio. Para esta tarea convocaron a la comunidad cercana al ídolo del pugilismo: sus amigos, el mecánico, el señor de la tortillería, el que vende pescado, el que le prestaba los fracs cuando lo invitaban a un evento de gala, sus exalumnos, entre ellos, La Cobra Soto. Pronto se corrió la voz en Ciudad Juárez; las personas que conocían al boxeador fueron llegando al inmueble ubicado en Ignacio Mejía 881, colonia Partido Romero, Barrio Cuauhtémoc. Todos ayudaron a pintar y a revivir el espacio.

Según cuentan, la mañana en que comenzaron las labores de remodelación Mantequilla se acomodó plácidamente en una silla en el centro del ring y se entretuvo fumando un puro tras otro. “Contempló la reactivación del inmueble, vio a sus amigos en esa faena comunitaria y se le iluminó el rostro”, señala Alicia Laguna, actriz, promotora cultural e integrante del Teatro Línea de Sombra.

José “Mantequilla” Nápoles en 1973. Fotografía: dominio público.

No era la primera vez que el excampeón de boxeo se enteraba del interés por su carrera; no obstante, muchas veces esas conversaciones sólo quedaban en promesas y los proyectos no se concretaban. Cuando vio que todos estaban trabajando para que volviera a un ring, empezó a referirse a los integrantes de la compañía como a “la gente buena”. Sin duda, lo que estaba sucediendo en Baños Roma también le devolvía vida a Mantequilla Nápoles. Fue hace seis años y su historia volvía a estar en boca de todos.

Tercer round

Los actores de la compañía comprendieron que la tarea que se habían propuesto no era fácil. El dinero empezó a escasear y tuvieron que lanzar una convocatoria de donaciones. Lanzaron una página en la web donde especificaban lo que requerían: mancuernas, costales, peras, manoplas curvas para cachar golpes, cama de abdominales, bicicleta fija, silla turca, casilleros, lámparas, tatami para piso deportivo, cuerda profesional de nylon para saltar, guanteletas con polaina, guantes, cuerdas para el cuadrilátero, lona del ring, entre otras piezas necesarias para equipar de nuevo el gimnasio. La respuesta fue positiva; no estaban solos y los apoyaron los amigos del pugilista y la iniciativa privada.

Mantequilla Nápoles seguía teniendo admiradores: entre ellos David, un niño de seis años, hijo de uno de los albañiles que se encargaron de las labores de restauración. Un día, Jorge Vargas le prestó al pequeño una cámara para que se entretuviera tomando fotos. David capturó alrededor de 250 imágenes con una interesante perspectiva, de las cuales Eduardo Bernal, curador, arquitecto y académico de la Universidad del Estado de México, seleccionó 15 para exponerlas en la reinauguración de Baños Roma.

Lo que hizo el pequeño David, sin planearlo, se convirtió en la primera exposición gráfica del Memorial de Manquilla Nápoles, un centro cultural dedicado a difundir su vida en el cuadrilátero y sus enseñanzas a las nuevas generaciones.

De cada paso de la remodelación hay un registro visual. Entre el material más valioso, tomado hace 6 años, se encuentra un video de un exalumno de Mantequilla de apellido Pastrana, que participa en una sesión de manopleo con su maestro. “Es impresionante la mirada de Mantequilla Nápoles, la forma en que sigue los golpes del contrincante, no parpadea, tiene unos reflejos sorprendentes y, a sus casi 73 años, reacciona muy bien ante la posibilidad de un golpe”, comenta Vargas.

Lo que describe Jorge Vargas rememora la época en que decían que parecía una pantera. En sus mejores momentos en el cuadrilátero, José Ángel Nápoles Colombat asombraba por la elegancia y precisión que imponía en cada golpe; era hábil en el llamado arte de la defensa y el ataque. Nadie como él, nadie tan contundente como para vencer a Curtis Cokes, en 1969, y así coronarse como campeón peso welter.

Cuarto round

Después del rescate de Baños Roma y el Memorial a la figura del boxeador, había un pendiente para la compañía de teatro: la dramaturgia. ¿Pero qué podían narrar que no se hubiera descrito ya sobre Mantequilla Nápoles? Era inevitable no pensar en Julio Cortázar y tener presente que en París el escritor argentino vio la pelea de Carlos Monzón vs. Mantequilla Nápoles, en una carpa improvisada por Alain Delon con capacidad para 12 mil espectadores, en la zona de Ville-de-Puteaux. En Alguien que anda por ahí (1977) el narrador argentino incluye el relato “La noche de Mantequilla”, donde describe el ajetreo de los aficionados mexicanos que apoyan a Nápoles contra la solidaridad irreverente de los argentinos por Monzón. En ese texto Cortázar puso en el damero un cuento político y gansteril que trascendió la sorpresa de haber sido testigo de la lluvia de sombreros de charro que acompañaron a Mantequilla Nápoles en la peor derrota de su historia.

En esa noche triste la pelea pactada a 12 rounds terminó antes de que iniciara el séptimo asalto. La esquina de Mantequilla Nápoles lanzó la toalla para evitarle más castigo. El error fue aceptar una pelea contra un oponente con otro peso; el mexicano tuvo que subir dos categorías —de 66 a 72,500 kilos— para aquel combate. Mantequilla había postergado ese enfrentamiento dos meses porque no estaba bien de salud —una infección en las vías respiratorias no lo dejaba en paz—; en cambio Monzón se encontraba en perfecto estado, muy motivado por los 250 mil dólares que iba a ganar por partirle la cara a su rival. El Macho Monzón —así lo llamaron para darle publicidad en la noche parisina— no tuvo piedad. Hay una imagen atroz de cómo un golpe recto del argentino se estampa en el rostro de Nápoles.

El día que falleció Mantequilla Nápoles los diarios argentinos resaltaron que la peor derrota que tuvo el pugilista fue contra Carlos Monzón, el 9 de febrero de 1974. Esa noche en que los mariachis tocaron para anunciar la llegada de Mantequilla Nápoles y un tango de Gardel, “Silencio”, se escuchó desde la esquina de su contrincante.

Quinto round

Como no podía quedarse sólo con el legendario encuentro entre Monzón y Mantequilla Nápoles, el grupo de teatro tuvo que iniciar una labor casi detectivesca, pues debían armar las piezas de una figura humana con varios rostros.

La música, el baile, la actuación y sus relaciones, inmersas tanto en la política como en el espectáculo, retratan la vida un hombre multifacético. Joyce Carol Oates apunta que “el boxeo es, claramente, más afín a la danza o a la música que a la narrativa”. Para los integrantes de Teatro Línea de Sombra fue apasionante descubrir tantas historias y saber, por ejemplo, que perteneció a una agrupación de música guapachosa, realizó un par de fotonovelas y participó en la película El Santo y Mantequilla Nápoles contra La Llorona (1974), dirigida por Miguel M. Delgado.

El pugilista inició su carrera en 1958; un año después Fidel Castro prohibió el boxeo en Cuba. Para ese momento Mantequilla ya llevaba 8 peleas y quería continuar en ese medio. Esa fue una de las razones por las que se quedó en México, su segunda patria.

El 14 de marzo de 2013 se reinauguró el gimnasio Baños Roma así como un memorial dedicado al ídolo, espacio que fomenta el deporte y la cultura local en Ciudad Juárez; en ese año se presentó la obra de teatro Baños Roma en varias ciudades del país. Los actores, finalmente, comprobaron que su entrenamiento fue certero, con la fuerza necesaria, la habilidad de soltar jabs, dar el famoso cross en la mandíbula y ganar por nocaut arriba de un escenario.

Mantequilla Nápoles murió a los 79 años. Seguramente sabía que Joyce Carol Oates tuvo razón al decir que “si el cuadrilátero de boxeo es un altar, no lo es tan solo para el sacrificio, también para la consagración y la redención”.

 

Mary Carmen Sánchez Ambriz
Ensayista y crítica literaria

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Desde Méliès y Julio Verne hasta el intenso reportaje de Norman Mailer, el sueño de pisar la luna y su realización han permeado el imaginario cultural y político de occidente. Esta crónica presenta el desarrollo de ese logro.

Lo que Julio Verne nunca imaginó fue que sus novelas De la Tierra a la Luna (1865) y Alrededor de la luna (1870) eran premonitorias de algo que sucedería cien años después: la llegada del hombre a la luna. Mientras la primera historia se centra en los problemas de un equipo de científicos —miembros del Gun-Club— que pretenden enviar al espacio un proyectil de aluminio, impulsado con ayuda de un cañón de novecientos pies de longitud, el segundo libro trata de la manera en que finalmente se cumplió un viejo sueño: explorar la luna.

En el título original de la primera historia, Verne estimó que el trayecto del proyectil —o nave— duraría 97 horas, equivalentes a 4 días y 1 hora. Cuando la NASA llevó a cabo el primer viaje tripulado a la luna, justo al cuarto día dieron con el astro. El sitio que el novelista francés elige para el despegue está situado en Florida, muy cerca de Cabo Cañaveral. En esta increíble aventura, el proyectil sufre una desviación, pero se ubica cerca de la luna para ser atrapado por su gravedad y poder rodearla, siguiendo una órbita elíptica. Contra todo pronóstico, los viajeros logran escapar de la gravedad cuando recurren a los cohetes que tenían pensando emplear durante el alunizaje. De esta manera, la nave retorna a la Tierra y cae en el Pacífico.

Ilustración: Adrián Pérez

“La luna avanzaba en un firmamento de límpida pureza, apagando al pasar el centelleo de las estrellas. Recorría entonces la constelación de Géminis, y se hallaba casi a la mitad del camino del horizonte y el cenit. No había, pues, quien no pudiese comprender fácilmente que se apuntaba delante del objeto, como apunta el cazador delante de la liebre que quiere matar y no a la liebre misma”, escribe Verne.

En ambas novelas de Verne figuran tres exploradores, célebres por su capacidad de enfrentar momentos decisivos y salir adelante: el capitán Nicholl, Barbicane y Michel Ardan. Al cumplirse medio siglo de la llegada del hombre a la Luna, también recordamos a tres hombres: Neil Armstrong, Edwin Buzz Aldrin y Michael Collins.

Verne habla de una hermandad entre las naciones, cuyo propósito es unir esfuerzos para que se desarrollen las mejores herramientas y así el ser humano tenga la posibilidad de cruzar el espacio. Esa cofradía en pos de la tecnología nada tiene en común con la carrera espacial establecida entre los Estados Unidos y la Unión Soviética, que inició en 1957 con el lanzamiento del primer cohete que puso en órbita un satélite, el Sputnik. La competencia de ambas naciones por el espacio exterior se manifestó primero en colocar satélites —para mejorar la comunicación, el espionaje y con fines bélicos—, luego en lograr que el ser humano viajara fuera de la órbita terrestre y finalmente en tocar la luna. En los años setenta, el objetivo ya no era la luna sino obtener fotografías de la superficie de Marte. Durante la década de los ochenta sucedió, a la vista de todos, el accidente del transbordador espacial Challenger, un hecho que quizá desaceleró esa persecución. Después del fin de la guerra fría, en 1991, las incursiones al espacio exterior fueron menos frecuentes.

Aunque en lo narrado por Verne no se pudo concluir con el ansiado alunizaje, es gracias a Georges Méliès, inspirado en Verne, que el hombre arribó a la luna en 1902, en su Viaje a la luna. Méliès, para muchos considerado el mago que convirtió el cine en arte, filma el primer alunizaje con la siguiente trama: un club astronómico se congrega para llevar a seis expedicionarios que —guiados por Barbenfouillis— dentro de una cápsula espacial serán lanzados por un enorme cañón hacia la luna. Los tripulantes pasan la noche, pero algo les impide conciliar el sueño y dormir en la aparente quietud lunar; de pronto los sorprende la presencia de los selenitas, seres inquietos que brincan como chapulines a la menor provocación. Tras un breve enfrentamiento entre los viajeros y los selenitas, logran escapar y regresar a la Tierra hasta que la nave cae en el océano.

Pionero en efectos especiales, el cineasta francés obtiene una entrañable paráfrasis de la llegada a la luna en la narrativa verniana. Si revisamos ese famoso viaje, podremos hallar valiosos momentos que ya son parte de la historia del cine mundial y no dejan de asombrarnos por la manera en que pudo resolver la ambientación de la película, tomando en cuenta la escasez de material y herramientas para llevarla a cabo. Una de las imágenes emblemáticas del siglo XX es precisamente el rostro de la luna ideado por Méliès, el cohete clavado en el ojo derecho, acaso como un guiño de bienvenida a no pocas páginas que —tanto en ficción, poesía o crónica— se han escrito sobre el arribo del hombre a la luna.

Bajo la mirada de Acuarius

Mucho se ha escrito sobre lo que ocurrió el 20 de julio de 1969. Si bien ya no es fácil conseguir los libros con testimonios de los astronautas, han circulado volúmenes firmados por ingenieros de la NASA y periodistas que recopilaron información al respecto. Pero nada se compara con lo que hizo Norman Mailler en Moonfire. El viaje épico del Apolo 11 (Tashen, 2019), reportaje de bajo encargo de la revista Life. Mailer aceptó, tomando en cuenta que sólo a Hemingway le habían dado tantas páginas de Life, para que publicara su novela corta, El viejo y el mar. En su relato, Mailer se hace llamar Acuarius, porque nació bajo ese signo y, a fin de cuentas, ese heterónimo le funciona para ser un crítico feroz, agudo observador de la realidad contemporánea. Antes de la misión Apolo 11, los tripulantes de la nave ya habían participado en otros proyectos relacionados con la encomienda espacial, diez años atrás; una de esas misiones se llamó Gemini. Ahora la voz de Acuarius narraba el antes y después de la aventura más importante de sus vidas, y de paso entregaba a sus lectores uno de sus mejores reportajes, una clase magistral del nuevo periodismo. A Mailer le habría encantado ser parte de la tripulación del Apolo 11, así que en su relato procuró ser una especie de cuarto compañero a bordo.

En la preparación que debían realizar los astronautas, conviene señalar lo certera que es la mirada de otro escritor, Ray Bradbury: “Allí, en las espaciosas salas, yacen los módulos, como almejas de cuyas valvas cerradas nacen hombres en lugar de perlas”.

Mailer describe a cada uno de los tripulantes, más allá de sus habilidades en el espacio exterior. De Armstrong aprecia su sentido del humor, aunque lo reconoce como provinciano; también lo compara con un animal modesto más que con un hombre, “por sus insinuaciones de todos los temores selváticos, desde el puma hasta el gato y hasta los lamentos de la hiena, parecían merodear al borde de aquel claro de bosque de ciudad pequeña”. De Buzz Aldrin dice que “emanaba una estólida confianza en sí mismo, la del hombre que sabe que los problemas pueden ser resueltos si se atacan de la manera apropiada”. Y a Collins lo retrata con una risa nerviosa y “grácil tensión de un hombre que moriría sereno con tal de conservar el estilo”.

En una conferencia de prensa previa al lanzamiento en la NASA, Mailer refiere que un periodista le preguntó —a boca de jarro— a Neil Armstrong qué sucedería si el módulo lunar no conseguiría despegar de la superficie de la luna. “Si tal cosa ocurriera, hasta el momento no tenemos una solución”, respondió el comandante del Apolo 11. En otra entrevista, alguien le dijo a Armstrong que si pudiera llevar un recuerdo o algo personal al viaje, qué sería. A lo que el astronauta no reparó en contestar: “Más combustible”.

Tanto en la película First Man (Damien Chazelle, 2018), protagonizada por Ryan Gosling, como en el documental que Tom Jennings hizo para National Geographic, el comandante Armstrong es retratado como un hombre comprometido con su trabajo, responsable, que nunca pudo superar la muerte de su primogénita. Armstrong en medio del Mar de la Tranquilidad arroja al espacio la pulsera que le dieron a su hija el día que nació, en donde trae visiblemente su nombre, medidas, fecha y hora de nacimiento. En ese momento la ficción invade a la realidad y el espectador se conmueve por la escena dramática de un padre que pierde a su hija por una terrible enfermedad. Aunque los Armstrong decidieron tener otro hijo y así la familia siguió con cuatro integrantes, como el modelo del american way of life de esos años —papá, mamá y dos hijos—, la vida del astronauta jamás volvió a ser igual. El dolor del padre se ve agudizado por los ataques de ansiedad y nervios que vive su esposa, pues en más de una década fue presa de un considerable desgaste emocional debido a los riesgos que Armstrong debía enfrentar día a día en un trabajo vida y muerte. Con los años, el matrimonio Armstrong se disolvió y el comandante contrajo nupcias por segunda ocasión.

Volviendo a Mailer, él sabía que si insistían en convertir a Armstrong en un héroe, estaría dispuesto a serlo, pero dictando él sus condiciones. “Solo había habido un Cristóbal Colón, pero astronautas había por lo menos diez que podían hacer lo que él y cientos más de hombres ayudándoles en su empresa. Él era simplemente el representante de la voluntad colectiva”. El novelista estadounidense no duda en sentenciar que Armstrong parecía el más cercano a la santidad.

Para el momento de la misión, las diferencias entre Buzz Aldrin y Neil Armstrong ya estaban saldadas. Semanas antes de la misión, Buzz exigió a sus superiores que indicaran quién de los dos astronautas pisaría primero la luna, si él o Armstrong. La indicación llegó de manera rápida y contundente: Armstrong descendería primero y luego Aldrin. Porque él era el comandante y su asiento estaba colocado en una posición para facilitarle la salida, y no para las maniobras de pilotaje. De esta manera, Aldrin aceptó “la derrota” y ante los medios de comunicación decía que no importaba eso, porque a fin de cuentas ambos viajaban en la nave que arribaría por vez primera a la luna. (Disney, por cierto, decidió rendir un homenaje a Aldrin cuando bautizó al astronauta de Toy Story con su nombre).

El 16 de julio de 1969 miles de personas se reunieron en el condado de Brevard, Florida. Esa playa era el sitio idóneo para presenciar el lanzamiento del Apolo 11. Muchos acamparon en la zona, otros llegaron a formarse para hallar un lugar y esperar el conteo, podían distinguirse filas y filas de autos. “Los astronautas formaban parte de aquella familia de preocupación común que compartían todos los blancos del sur de Estados Unidos como consecuencia de la comunidad de corazones cristianos”, revela Acuarius.

Algunos datos duros de la misión arrojan lo siguiente: poder cumplir la promesa de Kennedy estaba costando 24 mil millones de dólares; en el John F. Kennedy Space Center de la NASA había 400 mil ingenieros prestando sus servicios; el costo de cada traje de los astronautas era de 100 mil dólares, entre otros gastos. No toda la población en Estados Unidos estaba a favor de que se gastara esa cantidad de dinero en la carrera espacial que, en esos momentos, consideraban absurda a todas luces. Ante su inconformidad, lo único que les quedaba por hacer era protestar. Y así lo hicieron, en particular jóvenes que apoyaban el movimiento hippie, y que rechazaban cualquier atisbo de la guerra fría entre los Estados Unidos y la Unión Soviética.

Blanco como el blanco de Moby Dick

El avistamiento fue un hecho sin precedentes. La mirada de Mailer cita a lo mejor de las letras estadounidenses y nos entrega una de sus más logradas descripciones:

Las llamas surgían como una catarata contra la cúspide del escudo protector; y luego se desviaban sobre el suelo. […] Dos tremendas antorchas de fuego como las alas de un pájaro amarillo de fuego que cubrían el campo de relucientes florecimientos de llama amarilla, y en el centro, blanco como un fantasma, blanco como el blanco de Moby Dick de Melville, blanco como el sagrario de la Madonna en la mitad de las iglesias del mundo, esta nave angélica, misteriosa, esbelta, hecha de secciones que se levantaba del suelo sin hacer el menor ruido, surgiendo de una encarnación de fuego, ascendiendo despacio hacia el cielo, lenta, como nadaría el Leviatán de Melville, lenta como podría elevarse en sueños, en busca de aire.

Mailer no sería él si omitiera los detalles polémicos y se ocupara sólo de lo maravilloso como es la contemplación de este despegue, o la contemplación de la Tierra desde la luna. El periodista encuentra un asunto puntilloso que otros cronistas quizá habrían omitido: la intervención de Von Braun, destacado ingeniero espacial alemán que durante la década de 1930 trabajó diseñando cohetes y armas para Hitler y cómo, a partir de eso, se empezaron a relacionar las siglas NASA con el término NAZI. No obstante, Mailer aclara que lo único cierto es la relación de la NASA con el ingeniero alemán nacionalizado estadounidense en 1955, lo demás es mentira. Von Braun sí fue una pieza clave para que la misión lunar pudiera concretar su destino.

Y, de hecho, el viaje a la luna terminó por ser considerado por los asesores liberales de Kennedy como la manera más imaginativa y atractiva de proyectar una bomba económica en un momento de relativa prosperidad y paz.

Esa bomba económica tiene que ver con la construcción de la proeza. La cinta First Man ubica precisamente como una verdadera proeza el alunizaje, debido a las condiciones de la nave y la tecnología de esa época. Dan a entender que los riesgos fueron muchos y que gran parte del éxito de la misión recae en la habilidad de Armstrong, quien supo reaccionar como se tenía previsto.  

Para Mailer en el momento previo a que Armstrong desciende de la nave —bautizada “Águila”— ocurre una situación poco convencional. “Mientras Aldrin daba instrucciones, se percibía una sugerencia inevitable de la especie de diálogo que suele tener lugar entre el obstétrico y su paciente en los últimos minutos que preceden al alumbramiento”.

El comandante Armstrong descendió, dijo la conocida frase y millones de personas continuaron atentas a la televisión. “Los astronautas han llegado tan lejos como Aquiles y Ulises, tan lejos como Jason… tan lejos como Magallanes y Colón”, puntualiza Acuarius.

¡Viva México, viva Apolo!

Tras el protocolo y las palabras de felicitación del presidente de los Estados Unidos, Richard Nixon por el éxito de la misión Apolo 11, todo era fiesta en la Unión americana. Los tres astronautas, convertidos en héroes, tuvieron otra vida. Se volvieron famosos, aclamados, admirados. A petición del presidente Nixon, los astronautas y sus respectivas esposas partieron de Washington D.C. en el avión presidencial, para iniciar una gira por varios países de América Latina. La primera nación que visitaron a fines de septiembre de 1969 fue México. Hay fotografías en donde Armstrong, Aldrin y Collins visten un sombrero de charro y un colorido sarape de Saltillo. Su sonrisa no los deja mentir y el más carismático de los tres es el comandante de la misión a la luna.

La nota publicada en El Universal el 30 de septiembre de ese año cuenta que varias personas se dieron cita en el aeropuerto para recibir a los astronautas, que eran vistos como extraterrestres. No faltó la señora que evadió la seguridad para poder tocar y abrazar a los nuevos héroes. El entonces regente del Distrito Federal, Alfonso Corona del Rosal —con fama de represor durante el movimiento estudiantil del 68—, fue el encargado de recibirlos, darles las llaves de la ciudad y otorgarles presentes: un clip de oro, el Calendario azteca empastado en piel, una jarra de plata con incrustaciones de oro para la señora Armstrong, y centros de mesa para las esposas de Aldrin y Collins. La gente que siguió de cerca sus pasos en nuestro país coreaba: “Viva México, viva Apolo”. La ciudad era una verbena a su paso y el auto avanzaba a poca velocidad para evitar algún percance entre los asistentes.

La imaginación desbordante de Julio Verne nunca previó cómo sería la llegada a la luna, ni sus celebraciones posteriores. Pero eso no quita el valor premonitorio de sus novelas.

 

Mary Carmen Sánchez Ambriz
Ensayista, editora y periodista cultural.

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El pasado 22 de mayo, Siri Hustvedt ganó el Premio Princesa de Asturias de las Letras 2019. Con motivo de esta decisión del jurado, el siguiente ensayo explora una de sus facetas más interesantes: la relación de su literatura con el psicoanálisis y la neurociencia.

Siri Hustvedt (Minnesota, 1955) frecuenta la ficción, la poesía y el ensayo. Sus intereses son de corte misceláneo; sería una limitante decir que sólo le importa hablar de literatura porque también le llama la atención reflexionar sobre otras artes (gráfica, cine, fotografía, danza), además de subrayar el papel de la mujer como creadora y los avances de la ciencia. Esta última vertiente en su vida se ha vuelto algo recurrente en su literatura, pues le parece fascinante todo lo que hasta hoy se ha estudiado acerca del cerebro y las conductas del ser humano; incluso, como parte de sus investigaciones, ha llegado a impartir talleres literarios a personas con algún padecimiento psiquiátrico.

Los ensayos de Hustvedt son un deleite para el conocimiento. Lejos de un propósito académico o la necesidad de (re)citar fuentes, la autora conduce al lector por intrincados caminos de la ciencia que, gracias a la claridad de su prosa, se vuelven accesibles para los que no somos especialistas en la materia. No siempre los que escriben de ciencia tienen esta facultad: poder explicar de manera sencilla lo complejo, y hacer que cada quien tome lo esencial de esa aportación.

Siri Hustvedt

El fallo del jurado para decidir otorgarle hace unos días el Premio Princesa de Asturias de las Letras 2019 fue que la escritora “incide en algunos de los aspectos que dibujan un presente convulso y desconcertante, desde una perspectiva de raíz feminista”. Pero, ¿qué es el feminismo para Hustvedt? En realidad ella deja muy claro que no existe un feminismo, sino varios, como lo hemos visto en la actualidad. Su manera de ejercerlo es a partir de la exposición de situaciones machistas, como cuando entrevistó al escritor noruego Karl Ove Knausgard, ella le preguntó por qué en un libro donde había cientos de referencias a escritores, sólo se mencionaba a una mujer y es Julia Kristeva. La respuesta del novelista no se hizo esperar y le espetó: “No son competencia”. Esa frase da pie para que la ensayista reflexione sobre la manera en que todos codificamos la masculinidad y la feminidad, en esquemas metafóricos que dividen el mundo por la mitad. Una de muchas disertaciones valiosas de la autora vertida en La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres (Seix Barral, 2017).

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La primera vez que escuché hablar de Hustvedt fue por un comentario de Federico Cambpell, quien este año cumple un lustro de haber fallecido. Cambpell compartía su entusiasmo por el trabajo de la ensayista y lamentaba que no se leyera más a esta autora. Conviene recordar que eran los años en que no era tan fácil conseguir publicaciones de ella y había que rastrear sus artículos relacionados con estudios del cerebro en revistas que no sólo estaban dedicadas a la literatura.

Todo aquel que haya tenido el gusto de dialogar con Federico Cambpell deberá recordar que en medio de una conversación lúcida, dispersa, fresca y entusiasta como solía ser cuando algo le llamaba la atención, insistía en el tema una y otra vez como si intentara compartir una celebración o descubrimiento con su interlocutor. Ese fue el caso de los ensayos de Hustvedt y de la neurobiología, asuntos que comenzaron a rondar en la inquieta pluma del escritor. Campbell estaba de acuerdo con la narradora estadunidense en lo que se refiere a la neurobiología y a la literatura, halló que tienen en común el estudio sobre la percepción y sus anomalías; es decir, la pregunta frecuente que ambas disciplinas se hacen sobre el modo en que reaccionan los cinco sentidos (el gusto, la vista, el olfato, el tacto y el oído). “Científicos y narradores coinciden en que la memoria (fragmentada, incompleta, intermitente) no se presenta ni sucesiva ni cronológicamente sino en ráfagas más o menos veloces como las de los sueños, en una suerte de no tiempo o en una dimensión en la que no ocurre el tiempo, y siempre dentro de un contexto emocional: a partir del miedo, la envidia, el coraje, la ternura, los celos, el pánico, el placer, la amistad, el odio”, como puntualiza Campbell en Padre y memoria (UAM-Ediciones Sin Nombre, 2009).

¿Cómo se relaciona Hustvedt con la neurociencia? Fue por algo azaroso y, a la vez, vivencial que le tocó experimentar. Cuando falleció su padre, asegura que adquirió una postura rígida, solemne y, aunque ya era un deceso anunciado, rápidamente corrió a su computadora a escribir el discurso que se leería el día del funeral de su padre, pues él así se lo había pedido días antes. Y que no se le olvidara mencionar a tres generaciones de la familia. La escritora cumplió con la última voluntad de su progenitor y leyó un texto que seguramente hubiera llenado de orgullo a Lloyd Hustvedt. Dos años después, la Universidad de St. Olaf, en Minnesota, invitó a Siri Hustvedt a que asistiera a un homenaje que harían al fallecido, especialista en filología noruega, quien vivió entregado a la docencia y a la investigación literaria por más de cuarenta años. La ponencia que preparó no estaba exenta de referencias al sentido del humor de su padre y a las ocurrencias que solía tener, ella quiso ser partícipe de esos recuerdos, pero de pronto algo sucedió. Ante la mirada atónita de su madre y sus dos hermanas, su cuerpo comenzó a moverse de forma imparable, sus rodillas golpeaban una contra otra, cada vez de manera más fuerte y casi sin control. Curiosamente lo único que permanecía en sosiego era su voz, pero el resto de sus extremidades, recibían una descarga eléctrica, algo similar a un ataque de epilepsia. ¿Pero quién puede padecer epilepsia y seguir leyendo como si no estuviera ocurriendo nada? Esa era la gran duda.

La ensayista permaneció internada en el Hospital Mount Sinai, en Nueva York. Ahí le diagnosticaron el síndrome de migraña vascular. Una vez relacionada con la neuropsiquiatría, se convirtió en su principal tema de estudio. Su personaje Erik Davidsen, protagonista de Elegía para un americano (Anagrama, 2009), es un psiquiatra y psicoanalista de Brooklyn que intenta asimilar la muerte de su padre, Lars Davidsen. ¿Acaso Erik Davidsen es un alter ego de lo que en realidad experimentó la escritora cuando falleció Lloyd Hustvedt?

Elegía para un americano puede definirse como una exploración hacia distintos rostros de la condición humana: el camino inicial es la búsqueda del padre ausente, la necesidad de saber quién era en realidad; por otro lado, está lo que transcurre en la mente del psicoanalista, el hartazgo de su vida, lo tedioso que le resulta hablar con sus pacientes y la presencia de su hermana Inga, con quien comparte la necesidad por conocer la auténtica vida del padre. La autora recurre a esta historia para reflexionar acerca de la memoria y, en específico, sobre cómo el presente puede alterar nuestros recuerdos.

Dice Hustvedt que toda enfermedad tiene algo ajeno a nosotros e implica la sensación de invasión y pérdida de control. Podría pensarse que eso que nos domina, acaba siendo una alteración de la consciencia, algo que nos transporta o convierte en algo que no somos, como lo relata en La mujer temblorosa o la historia de mis nervios (Anagrama, 2010). El otro diagnóstico que recibió fue que presentaba un trastorno físico de conversión, incapacidad para mover ciertas partes del cuerpo o de usar los sentidos de manera común. Freud aseguraba que el trastorno de conversión proviene de una emoción de cólera, repugnancia o conflicto sin resolver; recurría a la hipnosis para tratar ese problema con sus pacientes y los estimulaba a que recordaran qué evento los hizo extraviar el control de ciertas evocaciones del pasado, de la conciencia, las sensaciones inmediatas, la propia identidad y ciertos movimientos corporales.

“Yo, científicamente ignorante en lo que se refiere a la memoria y al cerebro, estoy convencida de que los procesos de la memoria y de la invención están conectados entre sí en nuestra mente”, reflexiona Hustvedt.
Campbell habría quedado fascinado si hubiera podido continuar leyendo a Hustvedt y ubicarla dentro de los escritores que buscan a su padre en el articulado juego de una doble perspectiva, porque tanto en la autobiografía como en la novela, la memoria es el revés de la trama.

 

Mary Carmen Sánchez Ambriz
Ensayista y periodista cultural.

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Gracias a los libros de Aleksandr Solzhenitsyn (1918-2008), el mundo se enteró de los horrores del régimen soviético; y no solo eso: su obra, sobre todo la monumental Archipiélago Gulag, contribuyó al desmoronamiento de aquel sistema brutal y opresor. Para conmemorar el centenario de este autor imprescindible del siglo XX, el siguiente ensayo recuerda a Los invisibles, un grupo de disidentes que arriesgaron la vida para que el novelista ruso pudiera escribir, en la clandestinidad, su obra maestra.


Uno de los pocos libros que cambiaron la historia es Archipiélago Gulag (1973) de Aleksandr Solzhenitsyn. De esta manera lo asimiló Octavio Paz y otros intelectuales que dieron cuenta de su desencanto por el socialismo de la Unión Soviética.

Chéjov ya había dicho que los grandes escritores deben hablar de política “para defender al pueblo de la política”. Si con Pabellón de cáncer Solzhenitsyn ya había deslumbrado a sus lectores porque se refiere al cáncer como la enfermedad del espíritu que es el Estado totalitario, en sus siguientes títulos continuó con un retrato fiel de la represión que se vivía durante el régimen soviético. No le importó arriesgar su vida, continuó escribiendo en la clandestinidad, a salto de mata, con apoyo de un grupo de amigos que creyeron en él, a quienes llamó Los invisibles. ¿Quiénes eran esos invisibles? ¿Cómo apoyaban al escritor? ¿Cuántas veces corrieron el riesgo de que la KGB diera con ellos? ¿Qué tenían en común?

Desde 1958 —como detalla un documental de Jean Crépu y Nicolas Miletitch sobre las entretelas de Archipiélago Gulag— Solzhenitsyn tenía la idea de escribir un libro que narrara un día en la vida de un preso. No obstante, se dio cuenta que no bastaba con su experiencia personal, sino que debía exponer todo el terror que se vivió a lo largo de 40 años.

Los invisibles eran un grupo de disidentes cuyos padres habían sido asesinados por el régimen o habían estado presos. Se trataba de hombres y mujeres que pertenecían a un selecto círculo de confianza: eran astutos, diestros en los momentos que debían ocultar sus pasos y evitar llamar a las personas con sus nombres verdaderos; también requerían ser discretos y estaban listos para arriesgar su vida con tal de apoyar el trabajo de Solzhenitsyn.

Nadia Levitskaia y Elena Tchukovskaia debían distinguir cuando escuchaban que alguien tocaba la pared una y otra vez, luego un silencio, y lo intentaba de nuevo. Era la señal acordada para abrir la puerta de su departamento y que pudiera entrar el escritor. Él llegaba, se sentaba en la sala y comenzaba a escribir. Si quería comunicarse con ellas, les mostraba una tarjeta y la quemaba en ese instante. Mientras tanto, ellas colaboraban con él buscando citas, leyendo libros, localizando pasajes, toda la información que fuera necesaria.

La palabra gulag se refería a las siglas de la dirección general de campos de trabajo y zek quería decir prisionero del gulag, alguien que ve la vida como “una rara y temporal anomalía”. “Ningún destino en la Tierra podía ser peor. Sin embargo, estaban en paz consigo mismos, eran tan audaces como podían serlo unos hombres que habían perdido todo”, refiere el novelista sobre el trabajo de los esclavos en prisión en Archipiélago Gulag.

Cuando Aleksandr Solzhenitsyn fue un zek conoció a Arnold Susi, un hombre que se convirtió en su amigo y al le gustó mucho la novela Un día en la vida de Ivan Denisovich. Arnold Susi fue asesinado por el régimen soviético y su hija, Heli Susi, en recuerdo de esa amistad que tuvieron el novelista y su padre, quiso ser parte de ese círculo cercano a Solzhenitsyn. Le prestó un lugar para que pudiera sentarse a escribir durante horas sin el temor de ser molestado o vigilado por agentes del gobierno.

De 1965 a 1967, cada invierno, el narrador permaneció oculto en una granja a las afueras de Moscú. Heli Susi casi no lo veía, solo escuchaba el sonido de la máquina de escribir que no paraba durante horas. Ella borraba sus huellas en la nieve de diferentes maneras, con la intención de que nadie siguiera sus pasos hasta la granja.

Elena Tchukovskaia fue la encargada de reunir los textos que el escritor tenía dispersos, que en total acumulaban tres tomos. Por su parte, Nadia Levitskaia fue la encargada de buscar un encuadernador de confianza y, de nueva cuenta, arriesgar su vida. “Yo siempre estaré agradecida con Solzhenitsyn porque nos mostró un camino. Yo sabía que un hombre solo no podía luchar contra todo el régimen, por eso decidí ser parte de su cercano círculo de amigos, de Los invisibles”, apunta Levitskaia en el documental.

Una vez que los tres tomos estuvieron encuadernados, decidieron fotografiar cada página de los volúmenes y hacer un archivo en microfilm, ya que era la única manera de lograr sacar ese libro de Moscú y ponerlo a salvo.

Otro grupo de invisibles colaboró en la nueva misión: en el metro de Moscú hicieron entrega del microfilm. Cuando un periodista de Suecia, cercano a Solzhenitsyn, ya contaba con el documento, les mandó el siguiente telegrama: “El análisis de sangre de tu hermana ha dado positivo”. Tras enterarse de eso, el escritor y su círculo de amigos entraron en una etapa de desasosiego y miedo, pues cavilaron que habían sido descubiertos y que los iban a atormentar durante días en un interrogatorio. Sin embargo, después de unos días se enteraron que en realidad se trataba de buenas noticias, no de un mal augurio.

En 1970 le fue concedido el Premio Nobel de Literatura a Aleksandr Solzhenitsyn. Se sabe que desde 1965 y después de que recibió tal distinción, el régimen puso más vigilancia en las actividades que realizaba el escritor.

Uno de los primeros editores que leyeron Archipiélago Gulag fue Claude Durand, quien se llevó el manuscrito que le hizo llegar el periodista sueco a la Feria del Libro de Frankfurt. En realidad, no había una fecha para que se publicara el libro, pero el precipitado arresto, tortura y asesinato de unas de las mujeres que apoyaron al escritor, quien tenía orden de destruir una copia del manuscrito y nunca lo hizo por admiración y cariño Solzhenitsyn, derivó en la publicación del libro. La muerte de una de Las invisibles le dolió mucho al novelista y, en medio de la pena, tomó la decisión. El 28 de diciembre de 1973, el libro salió al mercado tanto en Alemania como en Francia.

Pronto, Archipiélago Gulag se convirtió en el número uno de la lista de libros prohibidos por el régimen soviético. Era muy peligroso leerlo. En la URSS circulaban algunos ejemplares, pero se los pasaban de casa en casa con extremo cuidado. Se comenzó a formar un círculo de lectores interesados en el libro, quienes leían muy rápido, por la noche, para que no los descubrieran. Lo que hacían era lectura clandestina y se avisaban unos a otros cuando les tocaba el momento de turnarse el libro.

“Por lo visto, la maldad también es una magnitud de umbral. Sí, el hombre vacila y se debate toda la vida entre el bien y el mal, resbala, cae, trepa, se arrepiente, se ciega de nuevo, pero mientras no haya cruzado el umbral de la maldad tiene la posibilidad de echarse atrás, se encuentra aún en el campo de nuestra esperanza. Pero cuando la densidad o el grado de sus malas acciones, o el carácter absoluto de su poder le hacen saltar más allá del umbral, abandona la especie humana. Y tal vez para siempre”, escribe Solzhenitsyn.

El 13 de febrero de 1974, el escritor fue llevado a Lefortovo, un barrio al sureste de Moscú. Ahí comenzó su interrogatorio y, más tarde, el juicio. Para ese momento, lo descrito en Archipiélago Gulag vino a revelar los horrores del sistema y la decadencia opresora del régimen. Por un lado, el novelista sabía que no podía ser encarcelado porque sería un escándalo internacional y el sistema acabaría por darle la razón a lo descrito en el libro. Tras el juicio, el régimen concluyó que el castigo para Solzhenitsyn consistiría en acabar con la red de amigos de Los invisibles y condenarlo al exilio.

Cuando el escritor fue expulsado de la URSS, fue recibido en Alemania por Heinrich Böll, quien lo apoyó en esos primeros meses de libertad, ante los ojos del mundo y la decadencia de un sistema que prometía ser otra cosa. “El enigma que nosotros, los contemporáneos, nunca podremos descifrar, es el siguiente: ¿Cuál es la razón por la que Alemania puede castigar a sus malvados y Rusia no? ¿Qué camino funesto ha de seguir aún nuestro país si no podemos sacudirnos esta inmundicia que se pudre en nuestro cuerpo? ¿Qué lección va a poder darle Rusia al mundo?”, describe Solzhenitsyn.

Archipiélago Gulag vendió más de treinta millones de ejemplares en más de treinta idiomas. El escritor supo que contar su experiencia y la de otros acabó por enriquecer todo ese entramado en tono autobiográfico que construyó un bildunsroman. Solzhenitsyn, como en otras novelas, volvió a recurrir a la técnica polifónica, y eso también le dio mayor fuerza a lo que narra. Es un coro de confesiones, lamentos y zozobra, que reta al lector a continuar la historia.

Conviene recordar la formación intelectual del autor; toda su vida fue marxista y, de manera repentina, acabó repudiando esa ideología y procurando otras alternativas. Su experiencia zek lo marcó de por vida. Cuando opta por otra visión, el escritor vuelve la mirada hacia los griegos, específicamente a Platón, al referirse a la “extrema injusticia” que ronda en la URSS, “cuando el injusto es considerado justo y el único refugio posible y deseado de los justos es la prisión”, señala el novelista.

En 1974, Ignacio Solares entrevistó a José Revueltas sobre lo que opinaba de lo que escribió Solzhenitsyn, quien en ese entonces era visto por cierto sector de la izquierda como “alguien utilizado por el imperialismo para llevar agua a su molino”. Comenta Revueltas: “Literariamente, Solzhenitsyn era un gran heredero de sus paisanos Tolstói y Dostoievski. No es de este mundo y, por lo mismo, es profundamente actual. Con pocos escritores vivos, como él, se puede tener la plena seguridad de que será un clásico”. Cuando Solares le pregunta sobre el desencanto del socialismo que transmitió el escritor ruso, responde: “La verdad es siempre revolucionaria, no importa de dónde ni cómo surja. Solzhenitsyn tenía que decir su verdad, de una u otra forma, dentro de éste o de cualquier sistema político, nos alimenta a todos.” La entrevista viene citada en Octavio Paz y su siglo, de Christopher Domínguez Michael.

Para Octavio Paz fue importante leer a Solzhenitsyn, aunque no estuviera muy de acuerdo con la moral cristiana que adoptó. Por los libros de Solzhenitsyn el mundo se enteró de los horrores que se venían gestando en la URSS y también contribuyó al desmoronamiento del régimen. La crisis de las ideologías permeó al siglo XX y lo que vivimos en el XXI también es consecuencia de esa experiencia. En esa polifonía de voces que es Archipiélago Gulag, en sus entretelas, se encuentran Los invisibles, los cómplices del escritor que se unieron por una misma causa: revelar la verdadera cara del régimen.

 

Mary Carmen Sánchez Ambriz
Ensayista, periodista y editora.

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Durante el sexenio que está por concluir, dos cambios mayores repercutieron en el rumbo de la política cultural del país: la creación de la Secretaría de Cultura y la promulgación de la primera Ley General de Cultura y Derechos Culturales. El siguiente reportaje pondera su calado y verdadero alcance, y señala los retos inmediatos a los que se enfrentará el nuevo gobierno.

Antecedentes

Cuando en 1988 Carlos Salinas de Gortari asumió la presidencia, corrió un rumor que con los años se convirtió en parte de la versión no oficial del nacimiento del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. Se decía que Salinas propuso a Octavio Paz y a Carlos Fuentes para dirigir la entonces planeada Secretaría de Cultura, pero como ninguno de los escritores aceptó, el presidente dispuso que en su lugar  se creara un Consejo, cuyo presidente fue Víctor Flores Olea y, dos años después, Rafael Tovar y de Teresa, quien estuvo al frente durante toda la administración de Zedillo. Si se rastrean los hechos, es posible encontrar testimonios de una consulta que se hizo entre la comunidad intelectual, en donde se proponía que se instaurara un Fondo Nacional para la Cultura que apoyara la creación y difusión del arte en sus diversas vertientes. Cuando Vicente Fox asumió la presidencia del país, Sari Bermúdez estuvo al frente de CONACULTA; luego, con Felipe Calderón hubo dos periodos: primero el de Sergio Vela y luego el de Consuelo Sáizar. Las administraciones panistas no estuvieron exentas de polémica, y la discusión sobre la necesidad de una Secretaría de Cultura siguió su curso hasta que ésta se materializó durante el sexenio que se va.

La creación de la Secretaría de Cultura

¿Cuál es el ADN de nuestra política cultural? Según refiere Gerardo Ochoa Sandy, periodista y gestor cultural, “desde el punto de vista institucional, la política cultural en México puede interpretarse a partir de dos movimientos. En uno de ellos se crean instituciones y se emiten disposiciones legales heterogéneas. En otro las instituciones son agrupadas bajo esquemas de organización más general y las disposiciones son actualizadas. La Secretaría de Instrucción Pública de Justo Sierra, la de Educación Pública de José Vasconcelos y Jaime Torres Bodet, el INAH, el INBA y el CONACULTA son los episodios más relevantes”.

En la dinámica del primero de estos dos movimientos, el 18 de diciembre de 2015 entró en vigor el decreto del Congreso para que surgiera la Secretaría de Cultura, encargada de todas las atribuciones en materia de promoción y difusión de la cultura y el arte que antes llevaba a cabo la SEP. Designado por el presidente, Rafael Tovar y de Teresa encabezó el surgimiento de esta nueva secretaría de Estado. En un inicio, la comunidad de creadores y promotores culturales vio con buenos ojos su creación. Pareció entonces la vía más eficaz para darle autonomía al sector cultural y liberarlo de un lastre que duraba décadas: la dependencia del CONACULTA a la SEP. Sin embargo, otra versión de los hechos es que esta liberación venía enmascarada por un movimiento político de negociación sindical: Aurelio Nuño acumulaba problemas con los maestros y era necesario que los trabajadores de la cultura se desprendieran del SNTE. A raíz de la creación de la Secretaría de Cultura, muchos de éstos pertenecen ahora al Sindicato Nacional de Trabajadores de la Secretaría de Cultura.

Para Jorge Domínguez Cerdá, coreógrafo ganador del premio nacional de danza José Limón en 2010, el balance es positivo: “a pesar de muchos inconvenientes que tuvo la creación de la Secretaría de Cultura, es indudable que fue un gran logro del sexenio. La presencia de Tovar y de Teresa, quien para muchos no fue santo de su devoción, fue importante como promotor cultural; sus esfuerzos, finalmente, tuvieron este gran resultado. El tiempo pondrá su obra en el sitio que merece. No obstante, contraviniendo a lo logrado con la Secretaría de Cultura, la reducción o mantenimiento en el mismo plano del presupuesto fue el prietito en el arroz”.

El tema presupuestal

A  pesar de las expectativas, la autonomía de la Secretaría de Cultura no implicó un crecimiento en el presupuesto dedicado a este rubro. Carlos Villaseñor, consultor internacional en políticas culturales para el desarrollo sostenible, basado en el Prepuesto de Egresos de la Federación (PEF) y en los etiquetados y recursos del Anexo 19, elaboró el siguiente cuadro, que agrupa los recursos destinados al sector cultural desde la administración de Felipe Calderón hasta la de Enrique Peña Nieto.

Año de ejercicio

Presupuesto (en pesos)

2007

$7,434,634,853

2008

$9,423,580,630

2009

$11,651,632,294

2010

$11,459,498,804

2011

$12,059,936,240

2012

$16,662,881,229

2013

$18,206,568,555

2014

$18,756,668,833

2015

$19,781,208,031

2016

$17,233,934,175

2017

$16,084,596,208

2018

$16,549,943,454

Como indican las cifras, la administración de Felipe Calderón consignó menos recursos al sector cultural que la de Peña Nieto. Los números dan constancia de que en el sexenio de este último hubo un aumento del PEF que luego disminuyó y después se mantuvo casi igual, sin que el nacimiento de la Secretaría de Cultura afectara en algo, y a pesar de que, por primera vez, en 2017, el presupuesto fue independiente del de la SEP.

Para Francisco Moreno, fundador del sello Editarte Publicaciones, editorial especializada en gestión y política cultural, las consecuencias de que este presupuesto no matuviera su crecimiento de principios del sexenio son claras: “Vemos a una Red de Bibliotecas descuidada, el Sistema de Información Cultural está desactualizado, la infraestructura se encuentra desatendida, así como el trabajo en el exterior relacionado con la cultura. Todo ello sin mencionar la limitada y timorata respuesta a los efectos del sismo del 19 de septiembre pasado, y que los municipios y los estados vieron drásticamente disminuidas su labor y recursos”. Además, según precisa Moreno, los etiquetados fueron eliminados con la creación de la Secretaría de Cultura para darle un uso discrecional al presupuesto: “Parece que quienes ejecutan las políticas públicas tienen su mirada en otra parte, usan el cargo como escalón para otros fines, y son aquellos que ostentan las comisiones de cultura del legislativo y del Congreso, responsables del desaseo de este periodo”.

Es necesario precisar también que hay fondos que se destinan a la cultura provenientes de otras dependencias y cuyo uso es más difícil de calcular. Lucina Jiménez, doctora en antropología y consultora internacional de política cultural, advierte justamente que “no todo el presupuesto lo ejerce ni lo consigue la Secretaría de Cultura. Las comunidades artísticas y culturales, empezando por el cine, han salido a la calle en varias ocasiones para impedir los recortes. La Comisión de Cultura y Cinematografía de la Cámara de Diputados, en acuerdo con la SHCP y los partidos políticos, etiqueta recursos con y sin convocatoria, dada la indefinición de los mecanismos de financiamiento a los estados y la sociedad civil. Los fondos que solían etiquetarse para las entidades federativas, 32 millones de pesos por Estado, se concentraron a partir de 2016 en el Ramo 48 de la recién creada secretaría, reduciendo el financiamiento cultural del país”.

Desde el punto de vista de Carlos Villaseñor, en 2016 hubo una disminución de recursos destinados al sector cultural; las bajas presupuestales y la reducción del petróleo, entre otras cuestiones, podrían justificar una consecuente baja en el PEF: “A mí me parece que lo más grave que ha pasado es la recentralización de la decisión en la erogación de los recursos; es decir, que ya sea una decisión a discreción por parte de la Secretaría de Cultura”.

La discusión sobre la asignación de estos recursos resulta primordial ya que, desde el punto de vista económico, en México la cultura cumple un papel de primera importancia: “El aporte de la cultura al Producto Interno Bruto (PIB) en México es similar al de Canadá, mayor al de Colombia, Argentina, España y Finlandia, aunque menor al de Estados Unidos. En 2016 produjo 1,359,451 empleos y generó un movimiento económico de $617,397,000”, anota Lucina Jiménez. Este último dato lo extrae de la Cuenta Satélite de la Cultura (INEGI, 2016).

La gestación de la LGCDC

Tras la creación de la Secretaría de Cultura y a partir del artículo 4° de la Constitución, tuvo lugar la gestación de la Ley General de Cultura y Derechos Culturales (LGCDC). El 14 de diciembre de 2016, integrantes de la Comisión de Cinematografía de la Cámara de Diputados se presentaron al Consejo Redactor de la Ley de Cultura. Dicho Consejo envió la propuesta de ley y un documento orientador para la Comisión de Cultura de la Cámara de Diputados. Sin embargo, luego se enteraron de que el presidente Peña Nieto recibió un documento de ley muy distinto, proveniente de la Consejería Jurídica del Ejecutivo Federal. “Ignoraron todo lo que nosotros habíamos hecho durante tres meses. Retomaron una iniciativa de ley que Rafael Tovar dejó encauzada cuando fue secretario de Cultura”, relata Eduardo Cruz Vázquez, periodista y promotor cultural.

El 28 de febrero de 2017 fue aprobada la LGCDC. En su momento, Cristina Gaytán, diputada del PRD, acusó al Ejecutivo Federal de “enviar una ley que no respetó las cinco iniciativas enviadas y estudiadas en conferencia por las Cámaras de Diputados y Senadores”. En su defensa, Raúl Ávila Ortiz, especialista en derecho y política cultural, que también participó en el Consejo Redactor del Documento Orientador para la LGCDC, apunta:

En el Senado se encontraron varios enfoques sobre los contenidos de la ley y prevaleció una posición menos garantista y más instrumental; es decir, se priorizó el propósito de construir más un andamiaje legal para la operación de la Secretaría de Cultura, detallando los instrumentos de cooperación y participación, que los mecanismos y técnicas de garantía. Así, por ejemplo, se evitó establecer grandes conceptos y directrices entre sectores del gobierno federal y los gobiernos locales y se prefirió formalizar instrumentos que irán madurando en el futuro, como el Sistema Nacional de Información Cultural y la Reunión Nacional de Cultura, mismos que servirán para ir coordinando y facilitando la participación de diversos sectores y actores en la materia.

Ávila Ortiz considera que en los 42 artículos que componen la LGCDC existen una serie de contenidos valiosos, ya que su objetivo es promover, respetar, proteger y asegurar el ejercicio de los derechos culturales. Sobre este punto, Villaseñor advierte que el foco de la ley no está ya en los bienes sino en los derechos culturales: “La atención ya no está en los objetos sino en las personas, en los derechos humanos culturales que son ejercidos, inherentes a las personas: esto es un cambio radical”.

La LGCDC establece una política cultural de Estado que no se ejerce únicamente a través de la federación, sino por medio de los tres ámbitos de gobierno: federal, estatal y municipal. La ley enlista una serie de derechos culturales y, en concordancia con la Reforma constitucional de 2011, deja abierta a reconocer aquellos derechos culturales que existen en la Constitución o los que sean reconocidos en los tratados internacionales (convenciones y pactos); también instruye bases de coordinación entre la federación, los estados y municipios para el cumplimiento de los objetivos en favor de la cultura, y funda las bases de una legislación para la promoción de la salvaguarda del patrimonio inmaterial.

Deficiencias de la ley

¿Qué le hace falta entonces a la LGCDC? ¿Por qué hay opiniones divididas con relación a su eficacia? Carlos Villaseñor considera que no se desglosaron los derechos culturales con el alcance que ya han definido los instrumentos y los tratados internacionales: “Es bueno que estén, pero pudieron haber sido señalados de una mejor manera”. Otra situación que destaca es que se eliminó toda la parte relacionada con la transversalidad de la cultura: “La propuesta que planteamos trataba de señalar de manera muy clara cuáles eran los ámbitos en los que la Secretaría de Cultura tenía un quehacer conjunto con otras secretarías; por ejemplo, con la de Turismo, la de Economía y la de Desarrollo Social”.

Villaseñor también destaca la falta de políticas de fomento a la economía cultural, así como la falta de seguridad jurídica para los creadores y trabajadores de la cultura, derechos de autor y seguridad social para los creadores.

Raúl Ávila Ortiz comparte la visión de Villaseñor respecto a la ley de cultura y añade: “Desde luego que la ley es perfectible y debe ser objeto de nuevas reflexiones y adecuaciones para sincronizarla mejor con el nuevo paradigma constitucional de los derechos. Eso significa que se le imprima a la ley un énfasis proderechos y que se precise de la dimensión individual, colectiva y transversal de la cultura y los derechos y políticas culturales, a efecto de que cobre más peso en la administración pública federal y se vaya integrando un sector cultural que sigue fragmentado y poco articulado. Pienso que todavía hay mucho que estudiar, proponer y cambiar, como tanto que preservar, gozar y crear para contribuir a esos procesos.”

El futuro inmediato

¿Qué momento vive la política cultural en nuestro país? ¿Qué nueva ruta se debe seguir en el sector cultural? Los especialistas coinciden en que las bases ya están dadas tanto en las funciones de la Secretaría de Cultura como en lo que establece la LGCDC. “Se pasó de una visión vasconcelista, vertical, centrada en el patrimonio y en las artes, a una política cultural orientada en garantizar el derecho humano y los derechos culturales, una política cultural que se instrumenta en los tres ámbitos de gobierno. Eso, indudablemente, es el comienzo una reforma cultural”, puntualiza Carlos Villaseñor.

A partir del 1º de diciembre, la administración lopezobradorista tendrá 6 meses para presentar el Plan Nacional de Desarrollo 2018-2024. Por primera vez en el sector cultural se realizará un programa independiente que corresponda a las necesidades de la Secretaría de Cultura y no a un programa especial de cultura y arte, como se incorporaba anteriormente a la SEP, cuando la cultura era vista como un apéndice. “Si existe congruencia en la siguiente administración, el programa que van a diseñar se debería de llamar Programa de Cultura y Derechos Culturales. Y tendrá que estar apegado a la LGCDC”, indica Carlos Villaseñor.

Por su parte, Alejandra Frausto ha dejado claro que el proyecto cultural que promoverá la nueva administración, llamado “El poder de la cultura”, pondrá la cultura al alcance de todos, quitándole su presunto carácter elitista. En ese sentido, los sectores más favorecidos serán los Estados con más índices de pobreza y en donde los jóvenes carecen de una oferta cultural; el enfoque también es, por lo tanto, reconstruir el tejido social.

Lo cierto es que al gobierno de AMLO le tocará continuar y afianzar la reforma cultural que inició el gobierno de Peña Nieto, tomando en cuenta los cimientos —y la estructura legal— que se acaban de poner. ¿Se apostará por la continuidad institucional o por una ruptura transformadora?

 

Mary Carmen Sánchez Ambriz
Ensayista, editora y periodista cultural.

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El pasado 14 de octubre falleció el artista y escritor español Eduardo Arroyo. Como lo muestran las siguientes líneas, parte de su obra es un homenaje al boxeo, un arte en el que integró por igual a pugilistas, poetas y pintores.

Creaba historias en sus cuadros y también sabía narrarlas. Eduardo Arroyo (Madrid, 1937–2018) era artista plástico, escenógrafo y escritor. “La mano, el ojo, el arrojo… Hay ciertas analogías entre el combate del cuadrilátero y el cuadro que por fuerza tenían que incitar a Arroyo”, reflexiona Julián Ríos en La vida sexual de las palabras.

Es memorable la serie de retratos que hizo de boxeadores, entre quienes destacan: Kid Chocolate, Arthur Cravan, All Brown, Marcel Cerdan, Willie Pep, Raymond Famechon, Oddone Piazza, Eugène Criqui y Sugar Ray Robinson, a este último lo consideraba un grande en el ring, aunque solía reconocer que la presencia de Mohamed Alí vino a cambiar la concepción del arte del boxeo, porque “no es un deporte brutal o salvaje. Es una actividad heroica por excelencia”.

Primer round. El cuadro que hizo de Kid Chocolate está fechado en 1972. Es posible distinguir un juego de luces y sombras muy definido, casi un homenaje a la geometría y a la perspectiva al estilo de Giorgio de Chirico. Arroyo pone la luz en donde lo requiere, exhibe la fuerza y enfatiza en el gesto adusto de uno de los grandes peleadores que ha dado el boxeo cubano. Parece que cuenta con puños de acero, sus guantes brillan al igual que su cabello envaselinado para que ninguno de sus rizos desafíe al sudor y caiga sobre la frente del joven peso pluma.

Eduardo Arroyo, Retrato de Kid Chocolate, 1972

Eligio Sardiñas Montalvo, mejor conocido como Kid Chocolate, una leyenda del boxeo en Cuba, se retiró en 1938 con un récord de 135 victorias, 9 derrotas y 6 decisiones nulas. Le decían Yiyí, Chócolo, Chocolate o, simplemente, El Rey. Aprendió de los grandes boxeadores, era muy rápido, sabía imponerse con un certero juego de piernas y, sobretodo, contaba con un eficaz golpe de izquierda. Curiosamente, esta última cualidad era un defecto físico que supo operar a su favor: tenía un brazo izquierdo más corto que el derecho, “por eso mis contrincantes nunca supieron medirme”, le confesó a Eliseo Alberto en una entrevista para un documental. Unos cuantos estaban enterados de esa peculiar situación de sus extremidades, por supuesto su manager Pincho Gutiérrez, su entrenador Jess Losada, un comentarista deportivo y el sastre que le confeccionaba los trajes, a quien le hicieron jurar que nunca divulgaría esa característica de Chócolo.

Segundo round. Arroyo creó una serie de seis dibujos con el rostro de Arthur Cravan después del combate con Jack Johnson, Arthur Cravan après son combat contre Jack Johnson. El enfrentamiento se llevó a cabo el 23 de abril de 1916 en la Monumental de Barcelona. Cravan era un boxeador suizo que supo combinar sus dos pasiones: el pugilismo y la poesía. El poeta, precursor del dadaísmo, era un hombre corpulento, medía casi dos metros y pesaba 120 kilos. El día del combate se presentó borracho y, de los veinte asaltos anunciados, aguantó seis antes de caer sobre la lona. Johnson prolongó el encuentro más por obligación, porque sabía que estaban filmando la pelea.

La serie gráfica de Arroyo resulta ser un ejercicio puntual de cómo se van engendrando los cambios en el rostro de Cravan. De nuevo es la geometría la que impone las reglas en el trazo firme y certero, como cada golpe. Las líneas sutiles ceden paso a la imaginación del espectador para que reconstruya cuál fue la trayectoria de los golpes rectos, curvos y mixtos que impactaron a Cravan. Cada pliegue, cada cicatriz, derivan en un efecto similar a cuando alguien arroja una piedra en un estanque de agua apacible y se forman ondas. Esa secuela o despliegue de puños es delineada cuidadosamente por el artista plástico.

La secuencia de Arroyo recuerda que un puñetazo eficaz es el último eslabón de la cadena cinética. Los pugilistas no pegan sólo con el brazo sino que se trata de un movimiento completo y sincronizado, de forma ascendente, que inicia en los pies y termina en los nudillos.

Tras el enfrentamiento, ambos lograron su cometido: Cravan pudo viajar a Nueva York en el trasatlántico Montserrat y el triunfo de Johnson subió las expectativas de sus seguidores, quienes no tardaron en ser testigos de que el boxeador se convertiría en el primer campeón de los pesos pesados de raza negra.

En Nueva York, Cravan conoció a la poeta Mina Loy, con quien contrajo nupcias. La pareja se casó en México y ella, al poco tiempo, quedó embarazada. Loy le pidió que la alcanzara en Argentina. Él se encontraba en Salina Cruz, Oaxaca, no en la costa de Veracruz como se ha mencionado en otros textos. Existen dos versiones sobre su muerte que no se han comprobado: una, que murió en el mar; otra, que por error fue asesinado en la revuelta revolucionaria de aquellos años en nuestro país.

Tráiler de Cravan vs. Cravan

El director español Isaki Lacuesta realizó en 2002 un documental sobre la vida de Arthur Cravan. En Cravan vs. Cravan, aparecen Enrique Vila-Matas y Eduardo Arroyo, entre otros intelectuales que dan cuenta de lo eficaz y ágil que era el autor suizo en el cuadrilátero.

Tercer round. Otro poeta y boxeador que llamó la atención de Arroyo fue Byron, a quien le dedica un extenso ensayo, la tercera parte de su libro El Trio Calavera (Goya, Benjamin y Byron —boxeador—). George Gordon Byron fue el poeta europeo más popular del romanticismo, considerado un seductor, un hedonista y un admirador de Napoleón. Arroyo cuenta que Lord Byron llegó a practicar el boxeo, pero que tenía los brazos cortos para su altura.

Cuando Byron frecuentaba el arte del pugilismo, los rivales peleaban con el puño descubierto, era un deporte de caballeros y no existían reglas establecidas. Los guantes se implementaron con el reglamento del Marqués de Queensbury, publicado en 1867, el suegro de Oscar Wilde, padre de Bosie. Esta medida se impuso porque gracias a los guantes los boxeadores acababan con menos heridas faciales y, esencialmente, disminuían los daños al cerebro; se ha comprobado que reducen un 70% la fuerza de los golpes.

“Golpea a la derecha, golpea a la izquierda, quien no está contigo está contra ti”, era una frase que Byron escuchaba de su maestro, el campeón británico John Jackson, con quien entrenaba cada semana. El escritor daba una ejemplar muestra de compromiso, constancia y esfuerzo físico. Había un par de limitantes que supo sobrellevar de la mejor manera posible: su tendencia a subir de peso y su cojera. Para Byron, citado por Arroyo, sus sesiones de ejercicio derivaban en un óptimo desarrollo de su escritura:

Ayer por la mañana boxeé de nuevo con Jackson y mañana voy a repetir la sesión […] Mis hombros y mis brazos están cansados, pero después del ejercicio estoy mejor dispuesto para el trabajo intelectual. Cuando el esfuerzo es frecuente, más fresco está mi espíritu el resto del día. No soy mal boxeador cuando puedo controlar mi sangre fría, y la práctica del pugilato me permite resaltar la parte etérea de mi persona.

Eduardo Arroyo descubre en Byron a un hombre que forjó su carácter a base de golpes dados y recibidos. Reconoce: “El púgil en general es hombre pacífico, pero blanco preferido de grandulones inconscientes, idiotas y perversos a veces armados de navaja que le desafían e insultan, esperando ufanarse de haber corregido a un campeón”. Y aquí evoca como si se tratara de una piedra en el zapato de Byron, a un locutor que se burló de la obesidad del pugilista y el poeta lamenta no haberlo derribado de un zurdazo. No obstante, son conocidos los episodios en donde Byron frecuentemente se veía inmerso en peleas callejeras.

Otra aportación de Arroyo al mundo del boxeo es la biografía Panamá Al Brown, que escribió sobre el púgil panameño, el primer hispano campeón del mundo del peso Bantam o peso gallo (de 51 a 54 kilos). Y es autor de la pieza dramática, Bantam, estrenada, en 1986, en el Residenztheater de Múnich, en donde narra la vida y muerte de algunos pugilistas como Battling Siki, Milou, Gato Montés o Eugène Mandíbula Metálica.

En Arroyo. Boxeo y literatura, una antología gráfica de su obra dedicada a celebrar el pugilismo, se cuenta que el pintor español tenía 13 años cuando descubrió su fascinación por todo lo que ocurriera arriba del cuadrilátero.

Con seguridad y destreza, acaso como el escritor que se enfrenta a la hoja en blanco, Arroyo se sitúa frente al lienzo que está a punto de transformar: de su brazo salen jabs, uppercuts y una serie de movimientos rápidos. Es hábil con los puños, con las manos que van a lograr contundentes trazos.

 

Mary Carmen Sánchez Ambriz
Ensayista y editora.

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Aunque su mayor campo de batalla fue el periodismo, María Luisa Mendoza (1930-2018) ejerció la literatura y la política con la misma pasión. Generosa, aguda e incansable, su muerte deja un espacio que difícilmente se llenará en nuestra cultura. El siguiente abecedario resume la visión de una de nuestras plumas más agudas.

Alzheimer. Le temo más que a la muerte, es muy agresivo y lastimoso. Cuántas veces uno quiere recordar tal o cual palabra y uno, mentalmente, deja un espacio en blanco en el texto hasta que la duda se despeja: es terrible.

Balthus. Soy muy abierta al hablar de erotismo, lo hago de manera natural. Escribo de erotismo con una gran eficacia, pero no soy grosera ni tampoco llego a la pornografía. No me gusta la pornografía, me aburre moralmente a un grado más allá de lo insoportable, y no es mochería, simplemente me aburre. Me gusta el erotismo que muestra Balthus en sus pinturas: las niñas a pesar de su candor son eróticas perfectas; son maravillosas esas mujeres que acostadas contemplan no sé qué paisaje por un balcón parisino. Balthus estaba casado con una japonesa y eso va muy de acuerdo con la forma misteriosa, esa sutileza hermética que prevalece en sus obras.

Crítica. Cómo es posible que cuando un mexicano publica un buen libro no se le haga una crítica, no se le tome en cuenta, menos se le aplaude; en cambio, se le ignora: es como una muerte civil muy dolorosa, sobre todo cuando uno sabe que no la merece.

Diputada. Como si fuera una adolescente, siempre he tenido la necesidad de pertenecer a algo. Creo que por eso sigo en el PRI, para horror de mis amigos. Además, tengo una inclinación natural como militante del Partido Revolucionario Institucional, como ex diputada federal en representación de mi estado, Guanajuato. Yo sí puedo decirlo, estuve dentro de la mera mata del gobierno, hice leyes de la LIV Legislatura, fue una etapa de mucho trabajo y acciones. Yo volvería a vivir mi etapa en la Cámara de Diputados; fue excitante recorrer el país, escuchar al pueblo, constatar la habilidad y dignidad de los campesinos, la obstinación de los obreros y la clase media. La política me encantó, es como respirar, imprescindible en la vida. Jamás podré dejar de darle gracias a mi partido que me lanzó y me hizo fuerte.

Escribir. Es una tortura, una maldición que se genera en la soledad y la pobreza, porque nadie gana dinero en nuestro país bien amado, solamente tres o cuatro personas se mantienen con lo que ganan de sus libros. Pero claro, son los únicos que ganan premios, los únicos que viajan, los que son aplaudidos, son como el non plus ultra de las damas y de los elogios. Nuestros dolores son precisamente que sabemos que somos buenos escritores, que lo hacemos muy bien, no se trata de ser mujer ni hombre sino de ser un escritor de veras magnífico y tener conciencia de que un libro con buena prosa, de atreverse uno mismo a calificarlo así, no tenga la menor trascendencia en México.

Fuimos es mucha gente. Es una novela de enorme tristeza, una remembranza. Los personajes que están allí, claro, son producto de la imaginación, mas no obstante son también muchos de los personajes de mi vida. Toda mi gente y yo estamos viviendo una etapa muy difícil de soportar, no me gusta que le llamen tercera edad, eso es vergonzoso, deberían decirle la verdadera edad o, en todo caso, la edad de oro, de plata o de titanio. Yo no entiendo cómo pasa el tiempo por mi cuerpo, de repente me siento como una muchacha de treinta años. Por ejemplo, Gastón García Cantú decía que él no se sentía viejo y eso lo entiendo perfectamente.

Guanajuato. Guardo recuerdos buenos y no tan gratos. Cuando Vicente Fox fue gobernador le fue muy mal a Guanajuato, se trabajó poco, aunque la propaganda decía lo contrario. Cesaron muchas oportunidades de generar empleos, se pretendió hacer un corredor virtual y tuvo poco éxito. Pero en fin, se sembró la esperanza, eso sí fue evidente. Luego le tocó a mi sobrino, Juan Carlos Romero Hicks, ser gobernador. Mi opinión no cambia porque sea mi sobrino, también puedo tener una visión crítica de problemas que tuvo que enfrentar como el agua, la educación y la salud.

Honor. El ejercicio mental, la gimnasia verbal, resolver tu vida inteligentemente, conducirse con honor, lógica, honradez y plenitud, te da una hermosa madurez joven.

Instituciones. Estoy convencida de que gracias al PRI se hicieron nuestras instituciones: el IMSS, el ISSSTE, primarias, secundarias, la Universidad, ferrocarriles, carreteras, etcétera. No podemos decir que durante setenta años nada pasó, cuando en realidad le sucedieron muchas cosas a México. Si existe un partido de veras es el PRI.

Joven. De joven pertenecí a un grupo que nos dio por la literatura, por la música, la pintura y la cultura en general. En ese grupo estaba Ernesto de la Peña, también acudía a veces Carlos Fuentes. Sin duda éramos jóvenes pretenciosos que nos reuníamos para ir a clases, tomar café, ir a bailar a unos lugares horripilantes donde éramos felices bailando mambo y brincoteando como locos: éramos muy buenos bailarines.

Luis Echeverría. Yo no era su amiga. Como era muy buena reportera de diferentes diarios, el jefe de prensa del presidente Echeverría, Fausto Zapata, un hombre magnífico, me invitó a acompañarlos en la gira presidencial; por eso tuve oportunidad de ir a Chile. Luego el periódico para el que trabajaba me envió a hacer unos reportajes a la Unión Soviética y después estuve en Londres; ahí me sentía Mrs. Dalloway.

Marcel Proust. Yo vivo arrodillada a Marcel Proust, me parece el más grande escritor del siglo pasado.

Ojos de papel volando. En 1985 publiqué mi primer libro de cuentos, Ojos de papel volando. Pero en 2011 me fue robado ese título por una señora de nombre Patricia Aridjis. Cuando Mortiz y yo nos preparábamos para salir a la luz, en España a un fulano se le ocurrió publicar a su vez un tomo con dicho título, pero Joaquín, que era un hombre dignísimo, se levantó como el impecable editor que fue y demandó al atrevido por muy peninsular que fuera. Recularon en la madre patria: nosotros teníamos el título registrado en Derechos de Autor, como aún aparece a mi nombre, con tu venia. Y después de tantísimos años, me roban el título con un libro publicado por el Conaculta, bajo la tutela de Consuelo Sáizar, quien reparte becas de creadores eméritos entre sus amigos que ya se van a morir.

Periodismo. Llegué al periodismo por necesidad y, claro está, por vocación, y no me arrepiento. Fui niña pobre, necesitaba ganarme el pan, pero no soportaba estar en las oficinas de gobierno, pasar todo el día encerrada en una fría oficina era superior a mis fuerzas. El periodismo me dio esa libertad, siempre digo una frase que parece lugar común pero que me define muy bien mi relación con esta profesión: de mi periodismo vengo y a mi periodismo voy. Nunca me he avergonzado de hacer periodismo, lo expreso con franqueza: soy una escritora que no abandona el periodismo. Es mi desahogo, mi psicoanálisis, mi repaso de materias, mi constancia de vida.

Quejumbrosa. Jamás he sido una feminista desbocada ni una quejumbrosa ni una quejetas, soy una escritora que ve lúcidamente, con ojos desorbitados, cómo las mujeres escritoras de otros países tienen un éxito insólito en México y las que lo logran llegan a conocer muy bien a escritores laureados y grandiosos. A ellas, por ejemplo, las escogen para hacerle un homenaje en Jalapa a Sergio Pitol y, en ocasiones, la misma autora presenta al novelista en Chile, Argentina y Colombia, como si no hubiera escritoras mexicanas talentosas que podrían ubicar quién es Pitol y cómo ha sido su desarrollo en la literatura de nuestro país.

Rosario Castellanos. Entré a la literatura por la puerta grande, quizá mucho más fuerte de lo que se imaginaba, estoy citando a Rosario Castellanos refiriéndose a mí. Quizá en ese momento mis amigos escritores recularon, me hicieron a un lado, se estremecieron de horror porque yo no era una escritora sino una periodista que tuvo el atrevimiento de salir de su amado oficio.

Saudade. A veces pienso que yo, como los personajes de mis libros, siento una enorme saudade de lo que ya no puede ser: la creación, el apetito, el amor, los viajes, todo lo que siempre había estado allí. Y, en medio de esa nostalgia, sigo luchando: todos somos viajeros de un barco, algunos ya nos asomamos a la borda porque ya vemos le tierra firme, el lugar a donde todos hemos de encaminarnos.

Todos. Todos los perros son para mí ángeles mudos de Dios, los adoro.

Vida. En muchos aspectos de mi vida hice lo que yo quise, amé a quien se me dio la gana, fui fiel y leal a ese amor, a ese trabajo, a ese periódico, a ese credo político y también al religioso. Siempre he sido católica, es mi derecho a expresarlo.

Woolf, Virginia. No es posible que en México nada más figuren cinco escritores, es idiota creer eso. Pero bueno, así es. Los suplementos literarios están llenos de personajes extranjeros, no porque yo esté en contra de autores extranjeros, no porque yo esté en contra de autores de fuera, cómo voy a estar en contra de Nabokov o de la Virginia Woolf, pero lo que predomina en nuestro país son los autores extranjeros y no se les hace caso a los escritores nacionales. Me he dado cuenta de esa tendencia.

Zabludowsky, Jacobo. El primer escritor que saltó a la televisión fue Salvador Novo, en un programa de Jacobo Zabludowsky. A los tres años de que Novo hacía esas cápsulas, me hablaron a mí. Creo que fui la primera mujer, en México, que salía hablando de literatura en la televisión. Luego Ethel Krauze empezó a comentar libros. Poco a poco las mujeres hemos entrado a la televisión y creo que lo hemos hecho muy bien. En ese sentido, fui pionera.

 

Mary Carmen Sánchez Ambriz
Editora y ensayista.

 

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Ayer, 14 de mayo, tuvo lugar el Diálogo por la Reforma Cultural, evento que reunió a los asesores culturales de los candidatos a la presidencia de la república. En el evento se tocaron algunos puntos clave de lo que podemos esperar para el próximo sexenio en este rubro.


Por primera vez, antes de una elección presidencial, tuvo lugar un diálogo sobre las propuestas culturales de los candidatos. “Los tiempos son propicios. Hoy tenemos una nueva pero incipiente Secretaría de Cultura, una Ley General de Cultura y Derechos Culturales, y una comunidad ávida de cambios”, escribe Francisco Moreno en ¡Es la reforma cultural, Presidente!, libro coordinado por Eduardo Cruz Vázquez (Editarte. México, 2018).

Al próximo presidente de México le corresponderá poner en marcha una reforma cultural como parte del Plan Nacional de Desarrollo y del Programa Sectorial de Cultura, ambos proyectos tendrán que contar con recursos suficientes para operar de manera continua y mejorar la infraestructura.

La convocatoria para que asistieran los representantes en materia cultural de los candidatos a la presidencia estuvo a cargo de Editarte Publicaciones y del Grupo de Reflexión sobre Economía y Cultura (GRECU) de la Universidad Autónoma Metropolitana, unidad Xochimilco.

Al Centro Cultural Roberto Cantoral llegaron Alejandra Frausto, en representación de Andrés Manuel López Obrador; Raúl Padilla, por parte del equipo de Ricardo Anaya; Consuelo Sáizar, quien encabeza los asuntos culturales y educativos que propone la candidata independiente Margarita Zavala; y Beatriz Paredes del equipo de José Antonio Meade.

En un primer momento se dijo que como representante de la coalición Todos por México iba a asistir Javier Lozano Alarcón, luego se dio el nombre de otra persona y finalmente se ratificó a Beatriz Paredes como representante de Meade. Los otros candidatos no hicieron cambios en sus enviados en favor de la cultura y se propició, más que un debate, un diálogo de convergencias. Nadie se presentó por parte del candidato independiente Jaime Rodríguez Calderón, El Bronco.

La conversación en torno a lo que el país requiere en materia cultural se desarrolló en cinco bloques, con el tiempo suficiente para que cada representante abordara su propuesta. Eduardo Cruz Vázquez y Alejandro Moreno, autores de ¡Es la reforma cultural, Presidente!, fueron los encargados de fungir como moderadores.

Por una Secretaría de las Culturas

Hubo más coincidencias que discrepancias. Todos los representantes de los candidatos estuvieron de acuerdo en una iniciativa de Raúl Padilla, quien propuso que dada la diversidad cultural que hay en el país, la Secretaría de Cultura debería transformarse en una Secretaría de las Culturas. “Las culturas alternativas no están siendo identificadas como parte del sector cultural”, señaló Padilla. Con los programas transversales y la descentralización a la cultura, el representante de Ricardo Anaya recordó que en el INBA hay 105 espacios registrados, de los cuales 82 se encuentran en la ciudad. “Por eso nosotros planteamos un gran programa para dotar de estructura cultural todos los rincones del país. Es lamentable que en uno de los países con más tradición cultural, con más riqueza, destinemos apenas 0.3 por ciento del presupuesto de la federación; es decir, apenas 17 mil millones de pesos. En materia cultural, seguimos siendo un país centralizado”, indicó el fundador y presidente de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara.

Precisamente a la importancia de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara se refirió Beatriz Paredes. Para ella, la FIL es una muestra clara de prestigio y proyección de un evento internacional propio de México. “El ejemplo de la FIL me sirve para recordar que la política de los gobiernos debe ser una política de Estado, con matices a la orientación, pero que debe consolidar instituciones, retos, procesos y alentar la participación de la sociedad civil. No creemos que las políticas que obtienen grandes frutos, puedan estar sujetas a los vaivenes sexenales, hay eventos, instituciones, consensos por encima de los algoritmos electorales”. Resaltó que la visión de Meade consiste en desarrollar “una política cultural incluyente, participativa que reafirme la pluralidad cultural, para así garantizar el ejercicio de los derechos culturales”.

Hacia la reinserción social

Los representantes de los candidatos estuvieron de acuerdo en que la política cultural debe ser transversal. Dos de las participantes, Alejandra Frausto y Beatriz Paredes, fueron las únicas que reconocieron que “solo la cultura es la que nos permitirá rescatar un tejido social tan lastimado.”

En este último punto, Alejandra Frausto enfatizó que el país ha vivido en los últimos años “una degradación, tristemente nos hemos acostumbrado a normalizar la violencia”. Desde la perspectiva de Frausto, este escenario horroroso ha sido visto por la política cultural desde un palco. “Para nosotros, la cultura ocupa un papel fundamental en la transformación del país. La cultura es un detonador de desarrollo colectivo social y también una herramienta de reinserción social”.

Frausto aprovechó la oportunidad para compartir un programa que trabajó en dos de las ciudades más violentas del país, Ciudad Renacimiento y Acapulco. Con “México Cultura para la Armonía”, Frausto apoyó a que niños de 12 a 18 años tomaran clases de iniciación artística y así formaron la Orquesta y el Coro Infantil y Juvenil Renacimiento, que ha sido dirigido por Plácido Domingo y por Alondra de la Parra. “Por 500 pesos o un Nextel los chicos se enrolaban en el crimen organizado. La cultura entró ahí como una solución cotidiana, pero también como un lugar en donde se recuperó la confianza, en donde se privilegió el trabajo comunitario y aprendieron a tener otro sentido de pertenencia”, detalló la ex directora general de Culturas Populares del entonces Consejo Nacional para la Cultura y las Artes.

“La cultura no es un lujo, tampoco es un adorno. Es el camino más certero a la libertad, es lo que somos, lo que nos define, ya que es un derecho como lo marca ya la Constitución”, puntualizó Alejandra Frausto.

Aumento del presupuesto

Luego tocó el turno de Consuelo Sáizar, ex titular del Fondo de Cultura Económica (FCE) y del entonces Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta). Habló de la necesidad democratizar y descentralizar la cultura, en donde no se pierdan de vista los principios culturales de libertad de pensamiento y creación. Sáizar postuló varios puntos, entre ellos, aumentar el financiamiento a la producción y promoción de la cultura. Sugiere que se destine el 1 por ciento del gasto del gobierno, con lo cual se pasaría de los 13 mil millones que este año se le otorgó a la Secretaría de Cultura, a 53 mil millones. Fue enfática al decirle a Beatriz Paredes que este sexenio de Enrique Peña Nieto, en especial este 2018, ha sido un año muy castigado en el sector cultural, pues prácticamente no hay presupuesto que alcance y son muchas las necesidades.

Son varias las propuestas de Sáizar, como por ejemplo, la creación de una Cineteca en cada estado de la república, para que se contribuya al cine mexicano; la creación de becas para estudios en el extranjero; la fundación de una escuela de guionismo; establecer un programa de bibliotecas incluyentes en todos los estados del país, en donde se copie el modelo que se implementó en la llamada Ciudad de los Libros, cuando Sáizar era titular del Conaculta. También manifestó la necesidad de establecer estímulos fiscales para la cultura y que el Archivo General de la Nacional sea parte de la Secretaría de Cultura para que prevalezca el carácter de memoria.

Cuando se le intentó preguntar a Beatriz Paredes por lo que ha vivido el país en materia cultural durante el sexenio del presidente Enrique Peña Nieto, fue enfática y evitó la crítica: “Uno de los errores de los debates es eso, parece que se tiene que juzgar a partir de lo que no se hizo en el pasado. Yo no quiero caer en el juego de si se hizo tal cosa en la administración de Felipe Calderón o en el gobierno del Distrito Federal. Quiero compartir con ustedes la viabilidad de una reforma cultural ante el nuevo escenario, a futuro. Comparto la visión de Alejandra Frausto, la necesidad de que las instituciones culturales respondan a una nueva realidad social: a una sociedad vida, con presencia de migrantes mexicanos”.

A favor de la Ley de Derechos Culturales

Sáizar reconoció la labor ejemplar de la diputada del PRD, Cristina Gaitán, presente entre el público, quien trabajó por impulsar la Ley de Derechos Culturales. Aunque, como en su momento lo denunció Gaitán, fue aprobada por el senado y “rasurada” por el presidente Peña.

La representante de la candidata independiente Margarita Zavala se dirigió a la comunidad cultural ahí presente y externó que ella siempre luchó por los sueldos de los creadores. “La cultura requiere de trabajadores profesionales bien pagados y que en ocasiones reciben tarde su salario. Eso me apenaba profundamente y trabajaba porque lo recibieran, me tocó trabajar con secretarios de Hacienda sensibles, como José Antonio Meade, quien por cierto me apoyó”.

Para que no quedara duda de la participación de Sáizar en el sector cultural, señaló que cuando ella estuvo al frente de Conaculta, de 2009 a 20012, tuvo ciertas limitaciones porque el entonces titular de la Secretaría de Educación Pública, Alonso Lujambio, cayó enfermó.

Como no hubo espacio para preguntas, nadie pudo saber si Consuelo Sáizar volvería a tener asesores tan bien pagados, como ocurrió durante la administración de Felipe Calderón.

Salgamos del tercer mundo…

El término reingeniería fue usado por Raúl Padilla, quien comunicó su preocupación dado que el 75 por ciento del gasto que se realiza en el sector cultural es administrativo, y solo el 25 por ciento va a los creadores. “Nuestra propuesta es que los números se reviertan y que el 75 por ciento sea para los creadores y que el 25 por ciento restante sea destinado al gasto administrativo”.

La mayoría de los representantes estuvieron de acuerdo en que la cultura requiere mayor inversión, que ha sido un sector desprotegido —con excepción de Beatriz Paredes— y que se debe trabajar en favor de la descentralización y redistribución de la cultura.

Padilla precisó en la necesidad de crear “productos culturales en corresponsabilidad del Estado, créditos a la palabra para creadores, rescatar artesanías, instrumentos para el turismo cultural”. Y, en una de sus intervenciones, citó a Carlos Fuentes: “Salgamos del tercer mundo con nuestra cultura del primer mundo.”

 

Mary Carmen Sánchez Ambriz
Ensayista, editora y periodista cultural.

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Los dos tomos de Cuentos de buenas noches para niñas rebeldes es uno de esos bestsellers que se agradecen. En una nuez, esta colección de historias narra en clave de cuento la vida de una legión de mujeres excepcionales de todas las épocas y ámbitos. En la lista aparecen cuatro mexicanas, todas con una historia que merece ser contada y leída.

Parece sencillo, pero no lo es. La mayoría de las veces resulta complicado fomentar el hábito de la lectura. Lograr que los niños y adolescentes lean libros fuera de los que impone la escuela se ha vuelto un reto. Por ejemplo, si se toma en cuenta que hay que librar una carrera de obstáculos que incluye videos en el iPad y el teléfono celular, películas y series en Netflix, además de chats entre amigos sobre lo que hacen dentro y fuera de la vida académica, son menos las oportunidades para que un libro capture la atención de las nuevas generaciones. Los actuales ritmos de vida exigen argumentos que atraigan a las nuevas generaciones y que sean cercanos a lo que viven.

Como lectores, en algún momento de nuestra vida germinó en nosotros esa conciencia autónoma que es la lectura. Quizá no sabemos cómo o cuándo precisamente ocurrió, pero sucedió que estábamos “tocados” por ese interés de seguir asomando la nariz en más y más páginas. Habrá quienes hayan empezado en este camino inicial por leer a los clásicos, luego siguieron con los no tan clásicos y otros, como los millennials, tuvieron la motivación de leer gracias a J. K. Rowling, autora de la saga de Harry Potter.

Hoy las niñas y adolescentes, principalmente, se están dejando contagiar por el hábito de la lectura gracias a un libro que las empodera como mujeres de un futuro promisorio, en donde ellas impondrán sus propios límites —no la sociedad ni las costumbres machistas—. A Elena Favilli y Francesca Cavallo se les ocurrió la idea de narrar, como si se trata de un cuento, la vida de mujeres que han destacado en su profesión y que, en su mayoría, han tenido que abrir brecha en un ámbito laboral.

Las protagonistas de este libro tienen en común que se salieron de lo establecido. Para las autoras, ser una niña rebelde significa “soñar en grande, aspirar a más, luchar con fuerza y, ante la duda, recordar que tienen razón”. La lista está encabezada por Ada Lovelace (matemática), Alex Wek (supermodelo), Alfonsina Strada (ciclista), Alicia Alonso (bailarina), Las hermanas Bronté (escritoras), Cleopatra (faraona), Coco Chanel (diseñadora), Evita Perón (política), Helen Keller (activista), Julia Child (chef), Malala Yousafzai (activista), Nina Simone (cantante), María Callas (cantante de ópera), Serena y Venus Williams (tenistas), Margaret Thatcher (primera ministra), Tamara de Lempicka (pintora), Las mambas negras (vigilantes), Agatha Christie (escritora), Angela Merker (canciller), Beyoncé (cantante), Celia Cruz (cantante), Maddona (cantante y empresaria), Nefertiti (reina), Rachel Carson (ambientalista), Safo (poeta), Sophia Loren (actriz) y Wistawa Szymborska (poeta), entre otras.

Estos Cuentos de buenas noches para niñas rebeldes está dividido en dos tomos, lleva más de un millón de lectores en el mundo y ha sido traducido a más 30 idiomas. ¿Por qué puede ser interesante asomarse a un bestseller de esta naturaleza?

Las niñas y jóvenes están adquiriendo este libro y, al mismo tiempo, el hábito de la lectura. En su momento, J. K. Rowling fue muy criticada por sus historias de magia y mundos de fantasía por ser una imitación de C. S. Lewis o de universos similares a los de Ursula K. LeGuin. Sin embargo, la vida de este mago no tan inteligente, pero sí hábil para salir de las dificultades en las que se mete, se ha vuelto entrañable para cientos de lectores que crecieron con él.
A través de estas páginas, las lectoras reciben un claro mensaje: nada es imposible. Las cuatro mexicanas que figuran en estas historias de niñas rebeldes son: Eufrosina Cruz (activista y política), Matilde Montoya (doctora), Frida Kahlo (pintora) y Lorena Ochoa (golfista).

Eufrosina Cruz Mendoza, notable indígena zapoteca, licenciada en contaduría pública, ha puesto en alto la lucha de las mujeres indígenas que reclaman el derecho a participar en la vida política. Fue electa diputada local plurinominal en el Congreso de Oaxaca para el periodo 2010-2013. Como presidenta de la mesa directiva realizó su mayor esfuerzo para que las mujeres no fueran discriminadas por su sexo, sino apreciadas como fuerza económica, política y social. Eufrosina Cruz vivió una injusticia. En 2007 contendió para presidenta municipal de Santa María Quiegolani, Oaxaca. Pero con el argumento de que era “mujer” y “profesionista”, los caciques anularon la elección; más tarde, el Instituto Estatal Electoral de Oaxaca y el Congreso del Estado le respondieron que como en el catálogo de usos y costumbres no existía la palabra “mujer”, no tenía derecho de apelación. El caso de Eufrosina Cruz recuerda que la pobreza y las barreras de información constituyen obstáculos para que las mujeres indígenas ejerzan sus derechos electorales.

Matilde Montoya nació en 1859. Desde niña mostró que tenía una inteligencia privilegiada. A los once años terminó de estudiar el bachillerato y quería ser doctora. Pero mientras la medicina llegaba a su vida, siguió preparándose para ser partera. No obstante, ella quería ser médico. Fue la primera mujer en inscribirse en la Escuela Nacional de Medicina. Muchas veces intentaron que no siguiera estudiando e, incluso, le impedían continuar con su preparación académica. Ella siempre tuvo el valor de luchar por sus ideales y así se convirtió en la primera doctora mexicana.
Rocío Sagaón, bailarina y esposa de Miguel Covarrubias, recordaba que conoció a Frida un año antes de que partiera hacia el Mictlán —el país de los que ya no son—. “Cuando miro el color de la pitahaya, ese rosa magenta por fuera y blanco con puntitos negros por dentro, pienso en sus cuadros y en la intensidad de su vida dedicada al arte. Frida es mito y poderosa realidad artística, leyenda y existencia en plenitud, agonía y liberación, gozo y dolor. En su caso vida y obra no admiten deslinde, dado que su propuesta gráfica es una minuciosa autobiografía, retrato alegórico, desbordamiento de emociones en donde uno puede comprobar que, como menciona Salvador Elizondo en Farabeuf, no hay nada más tenaz que la memoria”.

Lorena Ochoa tuvo un accidente cuando era niña, se subió a un árbol y se rompió ambas muñecas. Tuvo que estar enyesada desde la punta de los dedos hasta las muñecas durante más de tres meses. En ese tiempo, Lorena acompañaba a su papá a un campo de golf, cerca de donde vivía, para verlo jugar. La niña se recuperó de los brazos y el médico le aseguró que le había puesto magia en ambas muñecas, que ahora era más fuerte que antes. Lorena quiso comprobar eso y empezó a relacionarse con el golf, primero manejaba el carrito, luego se inició dando algunos tiros. Sus brazos se curaron completamente y pronto vio que esa magia anunciada empezó a dar frutos en campeonatos y torneos internacionales.  

Favilli y Cavallo son socias, residen en Venice, California. Trabajan en Timbuktu labs, un espacio de innovación en medios de comunicación infantiles que se caracteriza por innovar con diseños provocadores. En este laboratorio de ideas se ha ido forjando una comunidad de padres y madres de familia progresistas, interesados en que sus hijos crezcan más conscientes del entorno donde viven.

Como señalé en un inicio, no es fácil fomentar el hábito por la lectura. Pero cuando por fin se logra mantener interés en los lectores primerizos, puede decirse que ya estamos del otro lado, acaso más cerca de la imaginación.

 

Mary Carmen Sánchez Ambriz
Ensayista, periodista y editora.

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