Autobiografía. El arte de la fuga es, entre otras cosas, una especie de autobiografía espiritual: la radiografía de un escritor. No obedece a ningún trazo cronológicamente ordenado, no pretende demostrar nada, tampoco intenta justificar mis ideas y mis actos. Es un acercamiento a mis fuentes espirituales y, al mismo tiempo, una fuga.

Barcelona es una ciudad que me agrada, incluso para vivir, al igual que Lisboa. En algunas circunstancias pienso que me resultaría muy bueno para mi trabajo pasar dos meses en Barcelona; tengo dos editores que entre ellos tienen un convenio: ERA en México y Anagrama en Barcelona. Además, me revitaliza mucho la vida literaria de Barcelona, su cercanía con Italia y las buenas librerías que en otras partes son difíciles de hallar. También me gustan algunas partes de Cuernavaca, pero la realidad es que se me antoja más vivir en Xalapa.

Córdova. Mi niñez y adolescencia transcurrieron en Veracruz. En Córdova está la casa de mi familia; recuerdo que cuando iba a la universidad pasaba todas mis vacaciones en ese sitio entrañable. Siempre he tenido una gran nostalgia por el estado de Veracruz, en mis cuentos, en mis novelas, aparece muchísimo.

Distancia. Escribo de México estando en Moscú, como en Domar a la divina garza, y escribo de Moscú estando en México. En muchos casos la distancia crea una perspectiva desde la cual se puede ver mejor, así desaparecen muchos detalles que solo enturbian la realidad o son los que la velan para llegar a cosas muy elementales, muy precisas.

Errancia. Como si fuera una constante, acaso como un reflejo de la realidad, en mi literatura hay un personaje que llega de fuera o que está a punto de emprender un viaje. Puede decirse que la errancia es una tradición en varias de mis novelas. El círculo familiar se mueve porque alguien que viene de fuera se empieza a descarriar, se dan situaciones un tanto curiosas: se produce un rechazo o un acercamiento.  

Ferri, Victorio. Desde mi primer relato “Victorio Ferri cuenta un cuento” hasta mi última novela, trabajo con una zona de misterio: pueden ser muchas cosas, un crimen, unos papeles, un joven que va en busca de su padre. En El sentido del amor, por ejemplo, hago que los personajes se muevan en torno a ese asunto que nunca se resolverá. Más que cajas chinas o muñecas rusas, cuando empiezo un cuento o una novela lo que me obsesiona es el misterio que voy a desarrollar.

Gogol. Un escritor al que aprecio, cuya muerte siempre me ha impactado. Su deceso es un reflejo de los momentos de intolerancia religiosa que lo condujo a ese final fatídico. Su protector religioso, un sacerdote llamado Matei, fue quien le dijo que el diablo se había apoderado de su mano y lo orilló a quemar sus libros. El sacerdote que lo atormentaba lo tenía en ayuno, además le había clavado sanguijuelas alrededor de la nariz para “sacarle la sangre mala”. Gogol murió creyendo que las sanguijuelas eran los dedos del diablo que le estaban sacando el alma. La historia de Rusia trae consigo muchas crueldades, pero es una de las sociedades más espirituales que hayan existido. La religiosidad, la pasión por el bien y por los otros está en el mismo grado junto con los torturadores.

Heterodoxos. A principios de 1969 y hasta mediados de 1971, estuve viviendo en Barcelona. Colaboré, junto a Beatriz de Moura, en la entonces recién fundada editorial Tusquets, como director de una pequeña colección llamada Los heterodoxos. Fue uno de los periodos más intensos que he vivido, colmado de descubrimientos tanto íntimos como externos, de delirio, zozobras y regocijo.

José Emilio Pacheco. La obre de Pacheco se ha convertido en una fuerte columna de las literaturas de nuestra lengua. Su prestigio es internacional. Sus seguidores y sus estudiosos componen ejércitos. Y en México, ¿quiénes no han seguido por décadas su “Inventario”, una de las más eficaces, inteligentes y disfrutables labores culturizadoras que alguien haya emprendido en nuestro mundo, una sección periodística que regenera la memoria y al mismo tiempo escruta lo que está por venir, que reseña lo más valioso del quehacer nacional y, a la vez, informa sobre la salud de otras literaturas, y que a la crónica de un acontecimiento político o social añade una reflexión moral más amplia?

Kafka, Franz. El antihéroe se ha convertido en un triunfador ubicuo. Aparece en casi todos los confines del planeta. Puede ser melancólico, trágico o bufón, pícaro o inocente. Su prestigio es arrollador. El antihéroe por antonomasia del siglo XX es Josef K, nuestro agobiado abuelo soñado por Franz Kafka.

Literatura de viajes. En el siglo XIX varios escritores mexicanos frecuentaron la literatura de viajes, hay que recordar a Justo Sierra, Manuel Payno, Ignacio Manuel Altamirano y a José Vasconcelos, este último por sus libros Ulises criollo y La tormenta. Martín Luis Guzmán tiene un libro formidable: A orillas del río Hudson; Alfonso Reyes escribió crónicas memorables de España y Brasil; también Salvador Novo hizo lo suyo y, por supuesto, Octavio Paz con su libro Vislumbres de la India.

Misterio. Según Sklovski, los dos procedimientos fundamentales de la novela de misterio consisten en un retraso voluntario de las soluciones y en un “extrañamiento” radical que al distanciarnos de los sucesos narrados atenúa cualquier emoción. Los asesinatos no nos alteran, sino que solo acrecientan nuestro interés en la lectura.

Nacionalismo. En la exaltación del nacionalismo, los regímenes totalitarios encuentran siempre a un mismo enemigo fundamental: el cosmopolitismo. El ciudadano del mundo, como Thomas Mann se definía en el exilio, es el enemigo por antonomasia de las dictaduras del siglo XX: el traidor a su tribu.

Oro, siglo de. Durante mi época de estudiante, cuando por las mañanas estudiaba leyes y por las tardes iba de oyente a la Facultad de Filosofía y Letras, mis pasiones eran la literatura inglesa y el Siglo de Oro español. Paulatinamente fui ensanchando mis territorios.

Polaca. La primera gran sorpresa que me deparó la literatura polaca fue Bruno Shulz. Leerlo significó aproximarme a la vanguardia de este país. La obra de Shulz era una de las más vigorosas expresiones de una individualidad creadora. En sus libros se configura una mitología poética, un mundo imaginado, transformado, mezcla de sueño y pesadilla, sustentado siempre en los elementos más simples que la realidad nos ofrece.

Quijote. El Quijote se adelantó a su época. No hay ninguna ulterior corriente literaria importante que no le deba algo: las varias ramas del realismo, el romanticismo, el simbolismo, el expresionismo, el surrealismo, la literatura del absurdo, la nueva novela francesa y muchísimas más encuentran sus raíces en la novela de Cervantes. Víktor Sklovski, en 1922, descubrió que la novela no solo era la más nueva en la época de Cervantes, sino que en el siglo XX, en la época de las vanguardias, seguía siendo la más contemporánea de todas.

Rusos. La literatura rusa es un mundo que para mí tiene enorme importancia, la comencé a leer desde muy niño. Sin ella, sin algunos de sus autores, no solamente mi escritura no sería la misma sino que mi vida habría estado mutilada. Los autores rusos muchas veces le dieron gran expansión a mi vida y han sido regidores de mi escritura.

Sueño. Desde hace tiempo llevo un diario de sueños, en todos los lugares que visito tengo sueños y me acuerdo de ellos, aunque duerma poco tiempo. El sueño es una fuga, hay fuerzas represivas que uno se plantea; en ese sentido, el sueño es una metáfora de lo que uno teme.

Transgresión. César Aira me regaló su novela Cómo me hice monja. Desde muchos años no había sentido el asombro y placer que me produjo recorrer una y otra vez sus páginas, donde la transgresión era continua, como lo era también la permanente transmutación de toda norma de tiempo y espacio.  

Unión Soviética. Para mí fue muy importante conocer la Unión Soviética. Me tocó ser testigo de uno de los fenómenos más complejos del siglo XX que transformó la esfera universal. Los resultados no eran lo que se esperaba. No era un socialismo liberal, un régimen con plenas libertades, sin censura; tampoco con la obligación o los deberes de un gobierno que se creía con oscilaciones sociales. En general, los resultados fueron bastante amargos para todos. De hecho ahora está convertido en un país de multimillonarios; me refiero a los dueños de los astilleros, del petróleo, de las grandes empresas que habían sido nacionales y que se las dieron a unos cuantos. Pude presenciar cómo solo algunos ostentan una riqueza brutal que apoya a las peores mafias, surgidas de una población que, en su mayoría, es miserable. También vi cómo se disolvían algunas instituciones que eran verdaderamente fatídicas, como las uniones de escritores y cineastas, burócratas necios, sordos hacia cualquier manifestación cultural. Cuando me percaté de que todo eso se derrumbaba y salía salgo nuevo, tan cálido, me maravillé: fue como una gran carga de energía.

Viena. El mago de Viena iba a ser un conjunto de artículos, de prólogos y textos de conferencias, pero cuando lo ordené en un índice me pareció muy fastidioso. Entonces comencé a reescribirlos, a buscar una estructura narrativa. Y de ese material surgió la idea de hacer algo como una novela o una narración autobiográfica, con un tono celebratorio y levemente extravagante. Mis viajes, mis lecturas, mi escritura, mis amigos y aun personas que conozco casualmente se me convierten en personajes.

Wittgenstein. En toda obra de arte, cualquiera que sea su género, hay un grumo insondable que la imanta, y ese punto secreto, esa fortaleza asediada por todas partes, que es lo que convierte algo en una verdadera obra de arte, no cede a ningún escrutinio. Cada generación, cada esteta intuirá la existencia de ese misterio y se lo explicará a sí mismo a su propia manera, apasionado por su versión, pero consciente a la vez de que en el arte no hay ninguna verdad absoluta, ninguna palabra final, lo que es uno de los mayores atributos de la libertad. En ese sentido, entiendo y comparo el apotegma de Wittgenstein. No hay nada mejor que el silencio cuando se trata de explicar una obra de arte. Pero al escritor, sobre todo al poeta, le está destinado un campo amplísimo de acción: su imaginación.

Xalapa. Estuve 27 años fuera y cuando llegué la Ciudad de México no era la misma. Me encontré con un rostro diferente: los Ejes viales se habían comido parte de las banquetas y las fachadas de las casas que conocía fueron demolidas. De pronto me vi en una ciudad que desconocía. En una ocasión me pidieron que fuera a Xalapa a impartir un curso de literatura rusa y aproveché para visitar el sitio que me recordaban mi niñez, entonces me di cuenta de lo bien que me sentía estando en Xalapa. En la Ciudad de México me convertí en un redactor, mientras que en Xalapa volvió a fluir la escritura, recuperé mi creatividad. Por eso decidí quemar las naves y establecerme en Xalapa. Me gusta venir a la Ciudad de México, visitar a mis amigos, pero a los pocos días ya quiero estar en Xalapa.

Yugoslavia. A fines de 1967, cuando trabajaba como agregado cultural en la embajada de México en la ciudad de Belgrado, fui comisionado a organizar una gran exposición de Rufino Tamayo en Yugoslavia. La inauguración fue un éxito. Todo el who is who de Belgrado estaba presente, propiciando un clima de verdadero entusiasmo. El color de Tamayo fue una descarga que sirvió para revitalizar fibras que entonces creía ya definitivamente adormecidas.

 

Mary Carmen Sánchez Ambriz
Editora y ensayista.

*Las respuestas fueron tomadas de una conversación de Sánchez Ambriz con Sergio Pitol y de su libro de ensayos El tercer personaje, editorial Era, México, 2013.

 

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Hoy se cumple el 91 aniversario del natalicio de García Márquez. Para celebrar al autor más querido de Hispanoamérica, este abecedario es un espejo fiel de su vida y su obra que refleja algunos momentos y pasiones poco sabidas.


Abuelo. En medio de aquella tropa de mujeres evangélicas con las que crecí, el abuelo era para mí la seguridad completa. Sólo con él desaparecía la zozobra y me sentía con los pies sobre la tierra y bien establecido en la vida real. Lo raro, pensándolo ahora, es que yo quería ser como él, realista, valiente, seguro, pero nunca pude resistir la tentación constante de asomarme al mundo de la abuela.

Bogotá. Era la ciudad donde vivían los poetas. No sólo creíamos en la poesía, y nos moríamos por ella, sino que sabíamos con certeza —como lo escribió Luis Cardoza y Aragón— que “la poesía es la única prueba concreta de la existencia del hombre.”

Cuento. Las personas se dividen entre las que saben contar un cuento y las que no.

Diccionario. El abuelo no era un hombre culto ni pretendía serlo, pues se había fugado de la escuela pública de Riohacha para irse a tirar tiros en una de las incontables guerras civiles del Caribe. Una tarde consultó el diccionario, con una atención infantil. Entonces supo él y supe yo para siempre la diferencia entre un dromedario y un camello. Al final del día me puso el glorioso tumbaburros en el regazo y me dijo: “Este libro no sólo lo sabe todo, sino que es el único que nunca se equivoca”.

Ellas. Creo que la esencia de mi modo de ser y de pensar se la debo en realidad a las mujeres de mi familia y a muchas de la servidumbre que pastorearon mi infancia. Eran de carácter fuerte y corazón tierno, y me trataban con la naturalidad del paraíso terrenal.

Futbol. Mi primer paso en la vida real fue el descubrimiento del futbol en medio de la calle o en algunas huertas vecinas. Mi maestro era Luis Carmelo Correa, que nació con un instinto propio para los deportes y un talento congénito para las matemáticas. Yo era cinco meses mayor, pero él se burlaba de mí porque crecía más y más rápido que yo. Empezamos a jugar con pelotas de trapo y alcancé a ser un buen portero, pero cuando pasamos al balón de reglamento sufrí un golpe en el estómago con un tiro suyo tan potente, que hasta allí me llegaron las ínfulas.

Gardel, Carlos. Hasta donde recuerdo, mi vocación por la música se reveló en mi adolescencia por la fascinación que me causaban los acordeoneros, con sus canciones de caminantes. Algunas las sabía de memoria, como las que cantaban a escondidas las mujeres de la cocina de mi abuela. Sin embargo, mi urgencia de cantar para sentirme vivo me la infundieron los tangos de Carlos Gardel. Me hacía vestir como él, con sombrero de fieltro y bufanda de seda, y no necesitaba súplicas para que soltara un tango a todo pecho. Hasta la mala mañana en que la tía Mama me despertó con la noticia de que Gardel había muerto en el choque de dos aviones en Medellín.

Hojarasca, La. La escribí y la mandé a la Editorial Losada de Buenos Aires. Ese mismo año, también Caballero Calderón envió su novela El Cristo de espaldas. Seleccionaron la novela de Caballero Calderón y los originales de La hojarasca me los regresaron con una nota, en donde se me comunicaba que mi obra exigía un gran esfuerzo a los lectores para comprenderla.

Jirafa. Era el nombre de la columna diaria que publicaba en El Heraldo de Barranquilla. En realidad era el sobrenombre confidencial con el que sólo yo conocía a una novia secreta, esbelta y de cuello largo, que entonces vivía en Barranquilla. La columna la firmaba con el seudónimo de Septimus, tomado de Septimus Warren Smith, personaje de Virginia Woolf en La señora Dalloway.

Lorenzo, el Magnífico. El loro de cien años, heredado de los bisabuelos, que gritaba consignas contra España y cantaba canciones de la guerra de Independencia. Tan cegato estaba que un día se cayó dentro de la olla del sancocho y se salvó de milagro porque apenas empezaba a calentarse el agua.

Macondo. Camino a Aracataca, el tren hizo una parada en la estación sin pueblo, y poco después pasó frente a la única finca bananera del camino que tenía el nombre escrito en el portal: Macondo. Esta palabra me había llamado la atención desde los primeros viajes con mi abuelo, pero sólo de adulto descubrí que me gustaba su resonancia poética. Nunca se lo escuché a nadie ni me pregunté siquiera qué significaba. Lo había usado ya en tres libros como nombre de un pueblo imaginario, cuando me enteré en una enciclopedia casual que es un árbol del trópico parecido a la ceiba, que no produce flores ni frutos, y cuya madera esponjosa sirve para hacer canoas y esculpir trastos de cocina. Más tarde descubrí en la Enciclopedia Británica que en Tanganyka existe la etnia errante de los makondos y pensé que aquél podía ser el origen de la palabra. Pero nunca lo averigüé ni conocí al árbol, pues muchas veces pregunté por él en la zona bananera y nadie supo decírmelo. Tal vez no existió nunca.

Nostalgia. Como siempre, la nostalgia había logrado borrar los malos recuerdos y magnificar lo buenos. Nadie se salva de sus estragos.

Ortografía. La ortografía fue mi calvario a lo largo de mis estudios y sigue asustando a los correctores de mis originales. Los más benévolos me consuelan con creer que son torpezas de mecanógrafo.

Premio Nobel. La única ventaja de haberme ganado el Nobel es que ya no hago cola en ninguna parte, me dejan pasar.

Que. El principal problema de los escritores latinoamericanos es que son escritores de domingo. No se dedican de lleno a la creación. Por eso cuando me preguntan qué les recomiendo, les digo: Que escriban mucho.

Rulfo, Juan. Para mí es un narrador muy importante. Pedro Páramo es una de las novelas que más aprecio.

Sonidos. Me costó mucho trabajo aprender a leer. No me parecía lógico que la letra m se llame eme, y sin embargo con la vocal siguiente no se dijera emea sino ma. Me era imposible leer así. Por fin, cuando llegué al Montessori la maestra no me enseñó los nombres sino los sonidos de las consonantes. Así pude leer el primer libro que encontré en un arcón polvoriento del depósito de la casa. Estaba descosido e incompleto, pero me absorbió de un modo tan intenso que el novio de Sara soltó al pasar una premonición aterradora: “¡Carajo!, este niño va a ser escritor”.

Tenis. Practico tenis en mi casa. Un maestro viene a darme clases, para que no vuelve todas las pelotas que me lanzan.  

Única mujer que pertenecía al grupo Barranquilla o La Cueva era la poeta Meira Delmar. El grupo estaba integrado  también por Álvaro Cepeda Samudio (narrador), Germán Vargas (periodista), Alfonso Fuenmayor (periodista), Alejandro Obregón (artista plástico); todos influenciados por la prosa de José Félix Fuenmayor (narrador) y de las inagotables conversaciones con el sabio catalán, Ramón Vinyes. 

Vargas Llosa, Mario. El pleito que tuvimos entre nosotros fue hace mucho tiempo. Claro que podemos publicar una entrevista con él. Sin problema.

William Faulkner. Releí varias veces Luz de agosto, de William Faulkner, el más fiel de mis demonios tutelares.

Yiyo. Gabriel Eligio García Márquez, Yiyo, mi hermano menor, en los años más difíciles de la pobreza, se hizo periodista a puro pulso, sin haber fumado nunca ni haberse tomado un trago de más en su vida. Su vocación literaria fue arrasadora y su creatividad sigilosa se impusieron contra la adversidad. Murió a los 54 años, con tiempo apenas para publicar un libro de más de 700 páginas con una investigación magistral sobre la vida secreta de Cien años de soledad, que había trabajado durante años sin que yo lo supiera, y sin solicitarme nunca una información directa.

Zipaquirá. Las fiestas sociales en Zipaquirá correspondían en general a la vocación y el modo de ser de cada quien. Las minas de sal, que los españoles encontraron vivas, eran una atracción turística en los fines de semana, que se completaba con la sobrebarriga al horno y las papas nevadas en grandes pailas de sal. Los estudiantes costeños, con nuestro prestigio merecido de gritones y malcriados, teníamos la buena educación de bailar como artistas la música de moda y el buen gusto de enamorarnos a muerte.

 

*Con información de Vivir para contarla y conversaciones con el autor.

 

Mary Carmen Sánchez Ambriz
Ensayista, periodista y editora.

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Ibargüengoitia es un autor de piezas y cuentos infantiles adelantado a su tiempo, alguien para quien la risa, el humor negro y la broma hasta sus últimas consecuencias permanecen en la memoria de futuros lectores, lejos, muy lejos, del acartonado universo de la moral y las buenas costumbres.

Si existe una faceta poco explorada de Jorge Ibargüengoitia (Guanajuato, 1928—Madrid, 1963) es la de escritor de obras de teatro y relatos para niños. Se ha reflexionado sobre su trabajo como novelista, dramaturgo, cuentista y articulista; sin embargo, casi no se ha tomado en cuenta su interés por abordar de una manera no convencional el mundo de los niños que, desde su visión, no escapa de esa dosis de humor e ironía que solía infiltrar en sus escritos.

Las Piezas y cuentos para niños (originalmente publicadas en 1989) se encuentran recopiladas en un volumen de bolsillo que editó Planeta dentro de la colección Booket, en cuya portada —para no perder la costumbre impuesta desde Las muertas (1977) — se muestra un cuadro de Joy Laville. También hace unos años el Fondo de Cultura Económica, dentro de su colección para niños, editó un par de cuentos de Ibargüengoitia de forma independiente: El ratón del supermercado y sus primos del campo y El niño Tricilinio y la bella Dorotea, ambos ilustrados por Magú.

Ibargüengoitia posee una manera muy particular de ver a los niños un tanto diferentes de los narradores que, durante los años sesenta y setenta, publicaban cuentos infantiles. Los observa inteligentes, sagaces, irónicos, divertidos y, quizá por esas cualidades, evita caer en finales moralizantes y en exaltaciones regionales. Exhibe los sinsabores de la vida, las consecuencias de ciertos actos, pero en un tono lejos de lo tradicional. Lo antisolemne en Jorge Ibargüengoitia alcanza a sus obras de teatro y cuentos para niños, y aquí reside lo valioso de sus incursiones en este terreno.

Llama la atención la forma que tiene de abordar un asunto que hoy resulta sumamente actual, como es el bullying. El maltrato psicológico que reciben algunos de sus personajes es por cómo se llaman, situación que les genera rechazo y burlas entre sus compañeros. En “Rigoberto entre las ranas” (farsa en un acto), los niños no quieren jugar con un chico de nombre Rigoberto, quien triste y solo, más nunca resignado, intenta entretenerse hasta que conoce a Don Pafnuncio Gándara. El hombre en un acto de magia convierte a Rigoberto en una rana, entonces pasa sus mejores momentos, se divierte y ríe hasta que llega la hora de comer y se acuerda que está invitado al cumpleaños de Rosita. (No se acostumbra a comer la comida de las ranas). La niña hace que Rigoberto deje de ser una rana para volverse otra vez en un niño y, de paso, hará que él se sienta agusto y ya no tenga vergüenza cuando le pregunten cómo se llama.

En “El niño Triclinio y la bella Dorotea”, aunque nadie se burla de Triclinio por su nombre, vive un rechazo por parte de todos los que lo rodean cuando llega al pueblo donde vive su prima Dorotea, una joven rubia, que viene de la Ciudad de México. Dorotea se transforma en un personaje que muchos quieren conocer, admirar de cerca y frecuentar. Antes, cuando no estaba Dorotea, Triclinio salía al cine con sus hermanas mayores y los novios de ellas le compraban golosinas. Ahora eso no ocurre debido a que Dorotea acaparaba a atención de varias personas. Un día se dio cuenta que su prima se estaba preparando para dormir y fue cuando se percató que la joven huésped era calva, “Calva como mis nalgas”, repetía el niño. Cuando descubrió que su prima dejaba su imponente cabellera en una silla, Triclinio sintió unas ganas irrefrenables de contárselo a alguien, pero como todos estaban dormidos, subió al tejado a de la casa y, con ayuda de su caracola de mar, describió lo que vio: “La Bella Dorotea es calva como mis nalgas”. Esa noche todos en el pueblo conocieron la revelación que les espetó el niño. Al día siguiente, la Bella Dorotea tomó un autobús y, de ahí en adelante, todos vivieron felices, acaso igual de felices que cuando todavía la prima no iba a importunar la serenidad de Triclinio.

La Bella Dorotea, con todo y su problema de alopecia prematura, surge en otro relato. Se trata de “El cometa Francilló”, un hombre que desde niño se creía más listo que los demás y cada vez que podía hacía gala de ello. Constantemente hacía bromas, inventaba cosas, asuntaba a la gente que lo rodeaba. Una vez cambió el contenido de unas botellas de licor y “dos secretarios de Estado, tres directores de empresas, un senador y un aspirante a gobernador visitaron a Francilló y demostraron no saber nada de vino”. No obstante, “Francilló tampoco sabía de vinos. Murió en esos días de ingestión de aguarrás”.

Otro niño al que siempre le gustó llamar la atención es Memo Pinzón, hermano de Meme Pinzón, ambos incluidos en “Cuento de los hermanos Pinzones”. Mientras uno de ellos era tranquilo y obediente, el otro era lo contrario. A Memo lo inscribieron en la escuela, pasó por los mejores colegios. Sus compañeros escribieron una composición y la firmaron con el nombre de Memo Pinzón para que él ganara un viaje y se tardara dos o tres años en regresar a la escuela, pues nadie lo soportaba. Y así ocurrió. Pero cuando regresó Memo, en lugar de venir entusiasmado de su travesía por Europa, dijo que en realidad a él le habría gustado ser zapatero, como su hermano Meme, y jamás haber ido a la escuela, como le ocurrió al hijo primogénito de los Pinzón que su familia no consintió tanto.

Las niñas también suelen ser atípicas y un tanto frustradas, como es el caso de Mandolina, la jovencita que era mayor que otros niños y que se la pasaba escuchando las conversaciones de adultos en vez de ir a jugar con los demás. En “Cuento de la niña condecorada”, Ibargüengoitia satiriza a la típica niña que en todo se saca diez y que es odiosa, incluso más que la propia maestra. La chica, en lugar de convivir con sus amigos, salía a recreo con una libreta en donde anotaba si alguno de sus compañeros llegaba tarde a clases, si sacaba malas notas, si se portaba mal en el salón. ¿Acaso estaba enferma de poder? Un poder que ella habría dado todo por ejercer, pero debía conformarse con jugar y solo mirar que el resto de su grupo no era tan responsable como ella. Cierto día fue condecorada con varias medallas que ostentaban su comportamiento ejemplar, se las colgó en el cuello y quería a todos las vieran. Tuvo que ir al bosque y un lobo empezó a seguirla porque escuchó el tintineo de sus distinciones, era inevitable que en cada movimiento que daba sonara el choque de los metales. En ese instante, cuando su vida corría peligro, deseó no haberse portado como lo hizo y jamás haber obtenido esas medallas que no hacían más que evidenciar su presencia. Por suerte el lobo se fue y ella dejó de preocuparse por ser la alumna número uno en la escuela.

Hay una obra de teatro para niños que aborda el tema de los migrantes que van a Estados Unidos. En “Farsa del valiente Nicolás”, Zenaida, la mujer de Nicolás, le pide a Don Rosalío que le lea una carta que acaba de recibir de su esposo. En dicha misiva, Juan le dice que pronto regresará y que trae dinero. Los vecinos se enteran de la llegada de Juan y van a visitarlo para cobrarle unas deudas que tienen con él. Poco a poco lo despojan de su dinero, le cobran intereses y se nota que en realidad quieren quedarse con más de lo que les debe. Luego que Juan se queda sin nada de sus bienes, Don Rosalío le cuenta la leyenda del valiente Nicolás, un soldado de caballería que pedía dinero prestado, no pagaba y degollaba a quien le cobraba. A Juan se le ocurre disfrazarse del valiente Nicolás y, de esta manera, recupera lo que le pertenece.

La magia y la ironía se presentan de nuevo en “La fuga de Nicanor” (farsa para niños), en donde Nicanor —encargado de traer animales al zoológico de Chapultepec— junto con Pérez Oso deben aterrizar forzosamente en Tulum, por una falla en el avión, y eso les impide regresar a la Ciudad de México. Entre tanto, ambos tendrán que sortear una serie de aventuras con los habitantes de Tulum, el mago Filomeno Aripa y la familia de Nicanor. Gracias a su ingenio, logran regresar de su periplo y dan un interesante recorrido por distintos sitios representativos de la capital: las montañas (el Izta y el Popo), la Catedral, el Palacio Nacional, la Torre Latinoamericana, el Monumento a la Revolución y el Palacio de Bellas Artes.

Precisamente en el Palacio de Bellas Artes, el elefante Paco tiene agendado dar un concierto de piano. Sus piezas favoritas son “Gavota Pavlova” y el “Concierto para la Mano Izquierda”, de Ravel. Paco estaba listo para su concierto, el transporte llegó puntual por él, lo llevaría del zoológico de Chapultepec a Bellas Artes. Pero fue interceptado por unos gángsters de Chicago que contrató Paletón, quien deseaba que Paco, el elefante pianista, dejara de ser parte del zoológico y fuera de su propiedad. Por fortuna, la policía interviene y frustra el secuestro de Paco, quien paradójicamente debe pasar el resto de sus días encerrado en la jaula —como Paletón, que se encuentra en la cárcel— y de vez en cuando toca algo en el piano. Todo esto ocurre en “Paletón y el elefante musical”.

Tanto en “Los puercos de Nicolás Mangana” como en “El ratón del supermercado y sus primos del campo” queda la idea del clan, de una familia que ahorra porque sabe que vendrán épocas de escasez. No obstante, luego de un tiempo de limitaciones, experimentan lo que se siente tener algo que mucho se desea. En el caso del primer relato, Nicolás consigue tener un caballo blanco que llega a su vida de manera inesperada y resulta ser muy apreciado por él y su familia, pues se adaptan al cambio de planes y la vida da un giro para ellos. Y en “El ratón del supermercado y sus primos del campo”, la familia de ratones debe salir huyendo y dejar atrás su vida cómoda porque uno de sus hijos, el mayor, fue de visita al pueblo con unos parientes y les contó todas las bondades de las que gozan por vivir cerca del supermercado. Los parientes —muchos de ellos— vienen a visitar ese paraíso de comida y la pequeña familia de roedores deberá emigrar en busca de un nuevo lugar que les brinde las comodidades a las que están acostumbrados.

Quien escribe libros para niños debe tener en cuenta que está formando futuros lectores y que mucho depende si, gracias a sus historias, continuarán con el hábito de la lectura o tomarán otra ruta. En ese sentido, Ibargüengoitia es un autor de piezas y cuentos infantiles adelantado a su tiempo, alguien para quien la risa, el humor negro y la broma hasta sus últimas consecuencias permanecen en la memoria de futuros lectores, lejos, muy lejos, del acartonado universo de la moral y las buenas costumbres.

 

Mary Carmen Sánchez Ambriz
Editora y ensayista.

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Hoy, la apertura del Salón Literario de la FIL Guadalajara le corresponde a Paul Auster, el gran novelista americano que, después de siete años de silencio, regresa a la novela con 4 3 2 1 (Seix Barral) que será presentada el día de mañana en el auditorio Juan Rulfo.
A propósito de ambos actos, compartimos con nuestro lectores este ensayo que aborda una de las obesiones que han atravesado la vida y obra del autor de la Trilogía de Nueva York: la relación con su padre.

En 1979, cuando Paul Auster tenía 32 años, recibió la noticia de la muerte de su padre, hombre con quien siempre estuvo distanciado y con el que en realidad no tenía un vínculo afectivo. Como lo dice en su novela La invención de la soledad, nadie llama a las 8 de la mañana en domingo para saludar; era evidente que se trataba de una mala noticia. Curiosamente una noche anterior a ese día, el narrador confiesa que dedicó tiempo escribiendo sobre su progenitor, acaso como una especie de ejercicio para tenerlo cerca porque en realidad nunca lo tuvo.


Paul Auster. Fotografía cortesía de Milenio.

Auster escribe desde la orfandad. El viaje interior que inicia por la casa y la memoria personal lo acerca a un hecho traumático que podría explicar la naturaleza desapegada y gélida de Samuel Auster, una disociación con el mundo y con él mismo que encontró  representada en una foto, la cual terminó siendo la portada del libro: una imagen que reproduce al padre multiplicado por seis, con la mirada perdida. Es el padre clonado, solo, encerrado en un universo casi impenetrable que únicamente su muerte logró revelar y transformarlo en un ser más nítido.

No se trata del padre represor como en el caso de Kafka o de Mario Vargas Llosa, sino de un hombre desconocido, ausente. Si se tendría que definir la relación del señor Auster con su hijo, podría remitirse a una palabra: indiferencia.

En la conciencia del escritor existe una idea latente que, aunque no la dice explícitamente, deja entrever en el desarrollo de su libro: Auster no merece al hombre que le tocó de padre. Aunque nada puede hacer para cambiar esa situación, recurre a la escritura para convertirlo en un interesante personaje con una serie de claroscuros.

La muerte del padre aparece en la prosa de Auster y, acaso sin premeditarlo, se convierte en un punto medular de su escritura. ¿Podría pensarse en un parteaguas de su narrativa, antes y después de que la figura del padre emergiera en su escritura? 

A Auster lo persiguen esas historias de filiación y paternidad, esos hijos y esos padres que se buscan, al modo del “no busco, encuentro”. Padres ausentes y culpables, e hijos abandonados a sus interrogantes. Conviene recordar que en La trilogía de Nueva York, el padre misterioso está presente como amenazado, ausente o muerto. En El palacio de la luna se cuenta la historia de un huérfano que se cría con su tío, un músico frustrado, y que a través de sus peripecias descubrirá con él a su abuelo y a su padre; Effing, padre ausente-presente le dicta sus memorias a Marco Stanley Frogg, para que cuando Effing muera lleguen a manos de ese hijo desconocido. Mientras que en Smoke, película basada en un guion de Auster, el personaje de Raschid también acaba por descubrir al padre que rastrea.

Averiguar quién fue en realidad su padre se convierte en una misión narrativa, dotada de un sinfín de especulaciones. En eso consiste la primera parte de La invención de la soledad, en algo que él ha definido como el “retrato de un hombre invisible”. Precisamente esa condición, la invisibilidad de su padre, es analizada por Auster. Su padre muere a los 67 años, en una casa que habitaba como si fuera un hotel y no un lugar para sentirse cómodo con su estilo de vida y su entorno.

Hay autores que continúan el camino horadado por Rulfo, van a Comala en busca de su padre, lo desdibujan para recrearlo con sus mejores cualidades o lo describen tal como era. En esta vertiente se inscribe la principal motivación de Auster al unir pistas sobre la vida de su padre. ¿Quién es ese hombre que aparece en la ficción y no ficción austeriana? Es un desconocido, un extraño, un hombre gris en la vida de su primogénito. La muerte de su padre es una suerte de vacío que lo sumerge en otro vacío, el de la escritura misma. Como no tuvo un padre, mejor lo inventa; no obstante, opta por ser una especie de detective e une las piezas de un rompecabezas en medio de una caterva de recuerdos, fotografías, desencuentros, actitudes, polvo y objetos personales.

Mucha de la ficción en Auster parte de la realidad. Es un autor al que le interesa jugar con las posibilidades del azar y la memoria. Alguien que ha asimilado premisas de poetas —Hölderlin, Leopardi, Celan, Mallarmé— , del padre del ensayo —Montaigne— y de narradores —Cervantes, Kafka, Beckett—.

Al hurgar en la vida de su propio padre intenta dilucidar el vínculo existencial que une a un padre con su hijo. “Cuando el padre muere, el hijo se convierte en su propio padre y en su propio hijo, mira a su hijo y se ve a sí mismo reflejado en su rostro. Imagina lo que el niño es cuando lo mira y se siente como si interpretara el papel de su propio padre.”

El auténtico reto en la paternidad ejercida por Auster, quien se mira como padre a través de su primogénito, Daniel, consiste en ser otro, cualquier otra persona menos su padre. Porque “era un hombre invisible, en el sentido más profundo e inexorable de la palabra. Invisible para los demás, y muy probablemente para sí mismo”, refiere el novelista. En realidad, el novelista adquiere de su abuelo materno la figura paterna que tanta falta le hizo en la infancia.

En la casa de su padre se topa con un álbum que su madre mandó a hacer con la siguiente leyenda: Los Auster. En ese libro debía haber escenas familiares de él y su hermana con sus padres. Y está vacío. Se nota que nadie de ocupó de colocar esas imágenes. Con esa anécdota queda retratada la manera de ser de su padre y la distancia irrecuperable que estableció entre los miembros de su propia familia. Tal vez la persona que más interés despertaba en el padre de Auster era su hermana, aquejada por crisis nerviosas, quien necesitaba de una revisión psiquiátrica a la que su progenitor siempre se opuso categórico.

“¿En qué momento una casa deja de ser una casa?, ¿cuándo se cae el techo?, ¿cuándo le quitan las ventanas?, ¿cuándo las paredes se desmoronan?, ¿cuándo se convierte en un montón de escombros?”, se pregunta el narrador.

El escritor describe y ensambla estampas de su infancia. Queda latente la necesidad de ese niño por ser tomado en cuenta, la falta de afecto y reconocimiento que nunca tuvo de su progenitor. Sin embargo, la mejor manera de exorcizar a un fantasma es, al parecer, convocándolo y recordarlo como fue y lo que nunca logró ser.

Con el dolor de quien siempre quiso tener el afecto de su padre pero siente que jamás lo consiguió, se ocupa de distintos eventos de su vida que compartió o no con su padre, en los cuáles su huella es inevitable, como cuando siendo niño le pidió que lo llevara a un partido de futbol y su padre lo sacó durante el medio tiempo para evitar el tumulto y reunirse con más personas congregadas en el evento. Justo en el momento de mayor emoción, el niño Auster debió abandonar el estadio y hacer lo que decía su padre, un hombre que “ocultaba su verdadera edad con una vanidad digna de una mujer, inventaba historias sobre sus negocios y hablaba de sí mismo de forma indirecta, como si se refiriera a un conocido”.

Otra situación que rescata el narrador es cuando su padre sostiene un encuentro casual con su esposa y su hijo, su único nieto, Daniel. Lo mira como si fuera un bebé ajeno, como si nada tuviera que ver con su familia: “Hermoso bebé, que tengan buena suerte con él”. Auster no deja de sorprenderse y, acaso, mostrarse un tanto indignado por la reacción tan fría que tuvo su padre y se pregunta: “Y si podría demostrar afecto por su nieto, ¿no sería una forma indirecta de expresar su afecto por mí?”.

Pero no la tuvo. Con la indiferencia del padre de Auster hacia su nieto, queda claro que tampoco le interesa mantener una relación afectiva con su propio hijo. El padre de Auster solo se ve a sí mismo y dado que se mira desdibujado, tampoco es una garantía de que posea rasgos en su personalidad muy definidos; tal vez su gusto por jugar tenis es lo que más lo caracteriza, su parecido con Abraham Lincoln y su manera peculiar de caminar de una forma un tanto atropellada.

 Hay una cuestión interesante relativa a la muerte de su abuelo paterno, de la cual surgen tres versiones imprecisas. El padre de Auster primero contó que había tenido un accidente cuando salió de cacería, luego que se cayó de una escalera y la tercera historia de su defunción remite a que perdió la vida durante la Primera Guerra Mundial. “Sabía que esas contradicciones no tenían sentido, pero las atribuí al hecho de que ni siquiera mi padre conocería lo sucedido. Como era tan pequeño cuando ocurrió —solo contaba con siete años—, supuse que no le habrían contado la verdad”.

La verdad sale a la luz cuando Paul Auster comienza a indagar y se da cuenta que ninguna de las tres versiones acerca de la muerte de su abuelo paterno es cierta. Su abuelo murió asesinado por su abuela. Lee en un periódico: “Harry Auster asesinado. Su esposa detenida por la policía.” Hay otra nota que menciona a un niño de 9 años como testigo de lo ocurrido.

La imagen del padre que cae de una escalera, la segunda versión de la muerte de Harry Auster, tendrá repercusión más adelante. La caída también se presenta en su padre, quien tuvo un incidente cuando Paul Auster era un adolescente: “Todas esas caídas están relacionadas con la de mi padre que se cayó de un tejado cuando yo era joven. En el Cuaderno Rojo hago referencia a ese hecho dramático, yo no estaba presente, pero me contaron el accidente. La idea de ese padre que cae de pronto del cielo me impresionó profundamente. Se trata en una imagen fundamental en mi formación que no ha dejado de perseguirme”, revela.

Al pensar en la escena de un padre que cae, es posible que el hijo se percate de que si no puede cuidarse a sí mismo, menos puede o ha podido hacerlo de su familia.

Auster recuerda que la historia de sus padres remite más a un desencuentro que a un encuentro. Cuando regresan de la luna de miel, la madre de Auster se da cuenta que el hombre que eligió como esposo no es para ella e intenta regresar a la casa de sus padres. Pero en ese momento, se percata que está embarazada y vuelve con su marido. Después toca el turno a una serie de elucubraciones del narrador cuando piensa en el momento en que fue concebido y prosigue con la historia de la familia con el padre ausente.

En un momento de su vida, pese a su alejamiento, el escritor siente que debe mostrarle a su padre que ya tiene independencia y que finalmente dedicarse a traducir y a escribir libros sí ha resultado algo redituable. Eso lo hace para buscar su aprobación. Justo esa necesidad de contar con la aprobación del padre, es lo que decepciona a Kafka y lo motiva a escribir Carta al padre; ahí rememora un pasaje de su niñez, cuando Kafka de niño descubre su cuerpo enjuto y débil frente al torso robusto de su progenitor, y la ocasión en que el padre descalifica a un actor de apellido Löwy, lo llama insecto como solía decirles a los empleados que no cumplían con sus deberes. Ese desprecio del padre hacia él, el sentirse minimizado y la palabra insecto, serán un detonante de recursos literarios que años más tarde Kafka incorpora a su prosa.

La obra de varios escritores de la tradición occidental parece haberse forjado bajo la estela dominante de los rostros del padre. La primera imagen que Gabriel García Márquez tuvo de su padre estuvo asociada a la aparición de un extraño, un hombre esbelto y moreno vestido de dril blanco que caminaba grácilmente por las calles de Aracataca, y a quienes los demás saludaban porque ese día cumplía 33 años. Gabriel Eligio García y su mujer, Luisa Márquez, dejaron a su hijo en casa de su abuelo, el coronel Gerineldo Márquez, cuando tenía apenas meses de nacido para buscarse un futuro en Barranquilla. El niño fue criado por el exmilitar. En Vivir para contarla, García Márquez refiere cómo estableció una imagen paterna con su abuelo, en pos de lograr una relación que ahuyentara de él la soledad y la orfandad

“Ha habido una herida y ahora me doy cuenta de que es muy profunda. Y el acto de escribir, en lugar de cicatrizarla como yo creía que haría, ha mantenido esta herida abierta”, puntualiza Auster en La invención de la soledad.

Paradójicamente la muerte de su padre le salvó la vida y también su prosa se vio beneficiada. De manera inesperada, recibió una herencia que le ayudó a solventar problemas económicos y, al mismo tiempo, encontró que era posible rescatar el hombre que te tocó ser su padre, explorar en los laberintos de la memoria y ordenar, a través de la prosa, los conflictos y contradicciones que todos llevamos dentro.

Mary Carmen Sánchez Ambriz
Editora y ensayista.

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Hoy el gran filósofo Fernando Savater será homenajeado en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Desde estas páginas nos sumamos al más que merecido agasajo al autor de Ética para Amador con un abecedario que repasa algunas de sus querencias y obsesiones.


Amador. Tengo un hijo de 42 años. Yo creo que la relación padre-hijo debería tener fecha de caducidad, como los yogures. Yo fui padre cuando mi hijo tenía 9 años, ahora, cuando lo veo, es un señor que me parece mayor que yo.

Barba. Una vez pensé en cortarme la barba, lo consulté con Amador y me dijo: “Si te la quitas, no podré conocerte”. Sigo barbudo.

Cioran. Era un conversador estupendo, divertido, carente de pedantería y sobrado de agudeza. Su malicia, que siempre mitigaba al final de sus dichos con una seca carcajada, era casi siempre genérica, incluso abstracta: muy pocas veces le oí hablar mal de nadie y sus discretos cotilleos me parecieron siempre bastantes inocentes.

Despeñarse. La vida es como un despeñarse, algo que no se puede parar: se va uno agarrando a cosas, a personas, resbalando y resbalando hasta que no haya nada de dónde agarrarse, y cada vez, con los años, la carrera hacia abajo es mucho más rápida. Procuro vivir todas las cosas como experiencias interesantes. Me digo: “Caramba, esto no me ha ocurrido nunca, envejecer, morir, qué se siente, qué pasa”.

Eduardo Arroyo. Me hizo una espléndida caricatura, soy de esos que mejoran en caricatura y empeoran en retrato.

Franquismo. El franquismo era como ese momento en La bella durmiente en que todo mundo se queda paralizado en el castillo por el hechizo, hasta que llega el príncipe y le da el beso a la dama y todo se empieza a mover, el agua corre, los gatitos juegan… La muerte de Franco fue así, como el beso del príncipe en versión algo lúgubre. Gracias a eso todo volvió a moverse, a funcionar, y quienes nos vimos bloqueados por mucho tiempo en la dictadura creímos que nos llegaba el momento para vivir como protagonistas y no como simples resistentes.

Gafas. Mi madre se empeñaba en comprarme gafas graduadas oscuras, que según ella eran mejores para la vista, y que me dieron durante años un aire de torturador pinochetista.

Harry Potter. Por el interés que despiertan mis libros, he llegado a pesar que soy como el Harry Potter de la filosofía. Eso pienso cuando veo a mis alumnos de la Universidad Complutense y no dejo de pensar que me miran con resignación.

Infancia. Fue la etapa más feliz, esencial de mi vida: los gustos y los disgustos, lo que me ha formado me ocurrió en esos primeros años. Luego me fui a Madrid y crecí, pero las cosas no crecieron conmigo. Esa etapa de mi vida termina con mi adolescencia, a los veinte años, con la muerte de Francisco Franco.

James Joyce. En las calles de Dublin uno siempre puede retratarse bien acompañado por amigos ilustres, entre ellos, James Joyce.

Kafka. Ni Agatha Christie es baja literatura ni Franz Kafka es alta. Hay días Kafka y hay días Agatha… Y ahora que lo pienso yo he tenido más días Agatha.

Leer. Antes de los 20 años leía a filósofos como Bertrand Russell, Schopenhauer, Nietzsche, entre otros pesos pesados que nunca representaron mi abandono de los vicios literarios predilectos en mi interminable adolescencia: alternaba y acompañaba a los sabios maestros con mis usuales Lovecraft, Bradbury, Karl May y John Dickson Carr. Pasaba de W. B. Yeats a M. R. James, de Kafka o Borges a Arthur Machen, sin dejar nunca de lado a Kipling, Joseph Conrad o Chesterton. Siempre con las mismas gafas, siempre buscando la misma salvación de lo mortecino cotidiano y con el mismo deleite.

Música. La música mexicana es en España casi una de las tradiciones principales. Cuando era joven y me reunía con amigos, terminaba cantando más canciones mexicanas que de Juanita Reyna. Y lo que cuentan Los Tigres del Norte en sus canciones, por ejemplo, son cosas que ya me son familiares: el mundo de la inmigración, la frontera, que aparecen hasta en películas. Ahí está Alex de la Iglesia y su Perdita Durango.

Nostalgia. El milagro de los milagros ocurría para mí cada Día de Reyes. ¡Qué pena me da los que blasfeman sistemáticamente en contra de las fiestas navideñas, salvo que sea por nostalgia contrariada! Saben de la felicidad lo que yo del ballet.

Otaegi. Nombre de la pastelería donde mi madre compraba unos pasteles hojaldrados y natosos llamados “rusos” que rubricaban en la mesa familiar las grandes ocasiones. “Hoy tenemos de postre rusos de Otaegi”.

Precaución. El terrorismo te hace vivir con precaución. Por fortuna no se deja atemorizar todo el mundo, si no este hubiera triunfado. Es verdad, claro, que la presión terrorista hace que uno tenga que vivir una vida mucho más limitada, con más restricciones de las que quisiera.

Quevedo. El sarcástico y fundamentalmente adusto Quevedo reconoció un día, quizá a regañadientes: “Nada me desengaña; el mundo me ha hechizado”. También a mí, pero yo además sé cuándo ocurrió, dónde y casi —solo casi— por qué.

Rushdie, Salman. En una ocasión Salman Rushdie me pidió que presentara su libro Hijos de la medianoche. Conversando ambos salió el tema de la edad y surgieron las coincidencias, el diálogo pareció sacado de una obra de teatro de Eugéne Ionesco:

—¿De qué año eres? —preguntó uno.
—Del 47, ¿y tú?
—También del 47.
—¿En qué mes naciste?
—Yo en junio, ¿y tú?
—También en junio.
—¿Y qué día?
—Pues el 27, ¿no me digas que tú también naciste el 27?
—Sí te digo.

Y otra cosa que teníamos en común es que nuestra vida corría peligro. Tras la publicación de Los versos satánicos, Rushdie fue amenazado de muerte por el ayatola Khomeini y ETA hizo lo mismo conmigo. Hubo una época de mi vida que transitaba a lo Rushdie y contraje el síndrome de Whitney Houston por aquello de la película El guardaespaldas. Por cierto, uno de los países en donde mayor peligro corrió la vida de Salma Rushdie fue México, cuando un grupo de simpatizantes del nacionalismo vasco ingresó a unos hindúes al hotel en el que se hospedaba el autor. No obstante, para fortuna de Rushdie, el operativo fue descubierto. Desde entonces cada vez que buscamos firmas para un desplegado en contra de ETA tenemos asegurado el nombre de Salman. Jajaja.

Sara Torres.  Dante dice que no hay nada peor que el recuerdo de los tiempos felices cuando uno está mal. Otros piensan otra cosa, que no hay mayor consuelo. Julian Barnes escribió ante la muerte de su mujer, que murió de lo mismo que la mía, que frente al amor hay dos dramas. Me refiero al verdadero amor, no a los fines de semana divertidos. Y esos dramas son: no haberlo conocido nunca o el haberlo conocido y saber que todos los grandes amores, cuando son verdaderos, acaban trágicamente. Porque al final siempre desaparece uno de los dos, salvo que tengan la suerte de ir los dos en el mismo avión cuando se caiga. Julian Barnes se quedaba con que es mejor haber conocido el verdadero amor. Y yo también lo creo. Porque además yo he perdido el objeto del amor, no el amor. Yo sigo enamorado. Desde que murió mi mujer, Sara Torres, si un terrorista de ETA me mata, me hará un favor.

Theodor W. Adorno. Por su crítica cultural y culturalista, por su intransigencia (en aquellos días de mi juventud toda intransigencia me parecía un signo intimidatorio de lucidez), por su altiva proclamación de necesaria oscuridad estilística, mi hombre era Adorno. El estilo sobre todo: enroscado, contrapuntístico, con un barroquismo jalonado aquí y allá por sentencias lapidarias que me infligían latigazos de entusiasmo. Desde luego, no pretendo —ni entonces pretendía— haberle comprendido por completo. Pero eso era lo de menos, porque para disfrutar de él me bastaba con intentar mimetizarle. Lo ha dicho muy bien y maliciosamente Hans Blumenberg: “Nadie ha entendido a Adorno, pero todos han aprendido, tras unas pocas páginas, cómo se hace”. A mí me encantaba “hacer” Adorno en mis primeros ensayos breves, sobre todo cuando trataba alguna cuestión polémica o quería amenazar teóricamente al orden establecido. Un capricho como cualquier otro, que me procuraba mucho trabajo pero también cierto ufano placer al escribir: a mis escasos lectores, en cambio, solo debía de darles trabajo. La persistente influencia de Borges y luego de Cioran, junto a varios ensayistas anglosajones, me fue curando poco a poco de esta escarlatina, pero sobre todo me salvó la obligación pecuniaria de escribir frecuentes artículos periodísticos. Había que elegir entre ser Adorno y ser periodista: afortunadamente preferí el periodismo y me volví hacia la sobriedad y la ironía enérgicamente ligera, hacia Voltaire.

Voltaire. La mayor parte de su obra es ilegible salvo para expertos en el siglo XVIII. Pero perduran sus opúsculos, los cuentecitos, el maravilloso Diccionario filosófico. Y luego está la correspondencia, que era fabulosa. Se encontraron 40,000 cartas en su casa de Ferney. Lo que hubiera hecho este hombre con un WhatsApp.

William Shakespeare. Will, como me gusta decirle, nos hizo ver que éramos unos pobres actorcitos a merced de un mundo cada vez más complejo.

Yo. Yo vivo en el ahora: de lo que estoy haciendo y queriendo. Cada vez descreo más del futuro. Ojalá pudiera contar experiencias místicas o de sabiduría, pero no las tengo. Para mí hay un momento que se sitúa biográficamente, si quieres, en las proximidades de los cincuenta años, en que de pronto la idea de la muerte se convierte en una vivencia: el fin de los amigos del mundo en que has vivido, se convierte en algo real.

Zarzuela. Tengo una foto en el hipódromo de la zarzuela madrileño con Claudio Carudel, mi ídolo hípico, más importante para mí que cualquier premio Nobel.

 

Mary Carmen Sánchez Ambriz
Editora y ensayista.

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