En esta cuarta entrega de la crónica de la colonia Condesa de Luis Miguel Aguilar, un perfecto rectángulo para jugar a las canicas se convierte en el lugar propiciatorio para el más grande chantaje de infancia jamás registrado en esos rumbos.

El gran chantaje

Mi guerra siempre perdida contra Matilde se continuó por otros medios más diplomáticos. La miscelánea El Cisne de Parras 4 era el lugar de reunión para el refresco y la plática. Lalo, el Pelón y el Nene se habían ido a vivir a otra parte y yo poco a poco me fui acercando a los rivales de Parras. Junto a El Cisne había un exacto rectángulo de tierra ideal para jugar a las canicas. Matilde era una especie de Ivy League de las clases populares mexicanas: un gran pugilista —ya lo dije—, un muy buen jugador de futbol, incluso de futbol americano —“tocado”— y un maestro de las canicas. Sobre todo, tenía un cañón brutal entre los nudillos para mandar la canica del contrincante a calacas y palomas. Lo único que yo había logrado perfeccionar era un lento pero eficacísimo calambre. En canicas, calambre es el tiro que toma un efecto de curva; la canica se desplaza así de un modo ideal sobre la tierra y tiene muchas más posibilidades de dar en el blanco que un tiro recto.

Ilustración: David Peón

De modo que una tarde prolongada hasta la caída de la noche Matilde y yo nos enfrentamos en un duelo —o varios— de canicas. Ya lo habíamos hecho otras veces. Pero ahora la apuesta no era de canicas sino de dinero. Juego por juego, sin testigos y hasta el anochecer, perdiendo uno y ganando dos, le gané a Matilde veinte pesos que en aquel entonces eran una fortuna para un niño de doce años. Al extenderme los billetes Matilde me dijo, típicamente, que era un dinero que su mamá le había dado para otra cosa. Le dije que él lo había apostado, peso por peso, juego por juego. Ya no teníamos tiempo ni luz para la revancha pero le dije que al día siguiente volveríamos por la tarde. Matilde me dijo que su mamá y su padrino —en realidad el amante de su mamá— lo iban a matar. Yo sabía en efecto de las golpizas que le daban a Matilde. A Matilde se le empezaron a humedecer los ojos, y a mí también, menos por el posible destino de Matilde que por la situación. Nos rodeó un mismo miedo pero por motivos distintos: a él, porque debía enfrentar a su mamá y a su padrino; a mí, porque después del atractivo del juego y el deseo de derrotar a Matilde, el regusto de la noche y la sensación de lo prohibido recaían sobre mí.

—¿Pues para qué apuestas? —le dije, tratando de quitarme la culpa de encima y buscando que otra cosa ocurriera, algo que me dejara disfrutar el triunfo sin estorbos.

—Se me fue —dijo Matilde la única vez que lo vi lacrimoso.

—¿Y si yo hubiera perdido, qué? A ver —le dije en un último intento de evitar que el problema de Matilde pasara a ser el mío. Un último intento de frenar lo inevitable: que yo le acabara regresando el dinero.

—No, pues nada —dijo Matilde sabiendo que estaba a punto de lograrlo.

—No, pues ten —y le devolví el dinero menos por bondad que por miedo a la culpa que me seguiría hasta la cama y por los días siguientes.

—No, pero te lo debo. Yo te lo pago —dijo Matilde, recibiendo el dinero y contándolo antes de doblarlo y metérselo a la bolsa.

—No, ¿pues cuándo me lo vas a pagar? Esto ya se quedó así —dije, tratando de que ahora él sintiera culpa, como si me hubiera desgraciado.

—Yo te lo pago. Te lo prometo.

—Ahí nos vemos —le dije y me di la media vuelta rumbo a mi casa. Alcancé a oír un “gracias” que no me bastó al rato, cuando metido en las cobijas y sin poderme dormir me culpaba de idiotez: Matilde me había roto la cara varias veces y ahora lo dejaba ir cuando lo tenía por primera vez en mis manos. Recordé, sin embargo, que yo había entrado a la apuesta con un solo peso. De haber perdido en el primer juego, no habría seguido más. Como gané el primero, no le dije nada a Matilde y seguí apostando con lo ganado. Yo le había dicho a Matilde que de entrada tenía cinco pesos. Pero volvía a recriminarme al pensar que, de haberle dicho que solo llevaba un peso en caso de que yo hubiera perdido los cinco primeros pesos, Matilde se habría desquitado con los puños.

Este rectángulo de las canicas fue el lugar propiciatorio para el más grande chantaje de infancia en la colonia Condesa. El afectado fue el Petunio, el hijo de una de las señoras tabasqueñas que administraban la miscelánea El Cisne. Las cosas ocurrieron en el mismo edificio de Parras 4 del que la mamá de Matilde era portera, y en cuyo piso bajo estaba precisamente El Cisne. Por ese tiempo todos nos entregábamos a juegos sexuales, como dice Octavio Paz en Pasado en claro, “diversos, polimorfos y perversos”. Pero Memo y el Petunio no contaron con la avidez monetaria de un chihuahueño más vivido que nosotros y recién llegado a la ciudad de México. En su casa le decían el Chepis.

El Chepis los había espiado desde arriba, a veces inclinándose sobre el barandal y a veces mirando entre las barras metálicas de la escalera espiral de servicio. Abajo, junto a un grifo de agua y con los pantalones en el piso, el Petunio y Memo tiraban un volado para ver quién haría primero de socio pasivo. Luego fueron turnándose hasta que empezó a oscurecer. Aparte de la función, el Chepis tenía intereses empresariales. Memo no tenía nada que ofrecer al respecto, al contrario del Petunio y la caja registradora de la miscelánea El Cisne.

El Chepis amenazó al Petunio con decirles a su mamá y a su tía que lo había visto con Memo si no le pasaba regularmente cincuenta pesos de la caja. Yo no sabía esto. Tampoco Pedro Ventura, que después de las disputas iniciales se había hecho mi amigo; tampoco Pepe Santos, que se había unido a nosotros aunque vivía un poco más lejos, en la calle de Nuevo León, y tampoco mi primo Nando, que había venido de Chetumal a estudiar el fin de la primaria en México. Junto con el Chepis, hicimos una especie de equipo. Así, a su atractivo de ser mayor, de batear durísimo —en una temporada en que nos dio por el beisbol—, el Chepis añadía ahora invitaciones sultanescas para Pedro, Pepe Santos, Nando y yo. Nos invitaba a comer helados “Tres Marías” en la fuente de sodas El Pireo que un griego administraba en la calle Huichapan, o a comprar cientos de gramos de pistaches en Sears de Insurgentes —oh Insurgentes, madrastra del corazón de asfalto—: lujos faraónicos en un mundo de chicles Motitas, Delawares Punchs, pepitas saladas y gansitos como horizonte de consumo.

El primer gasto de veras escandaloso ocurrió una tarde en que el Chepis nos dijo que formáramos un equipo de beisbol, pero en serio. Nada de pelota de esponja y cualquier tabla como bat. Iríamos a Sears a comprar todo lo necesario. Pedro le soltó entonces la duda que había ventilado a solas conmigo: de dónde sacaba el dinero. Chepis nos dijo entonces que no nos había querido decir, pero que su tío —mejor dicho su padrastro, el amante de su madre con el que vivían en México a su llegada de Ciudad Juárez— se lo estaba dando por ayudarlo en las mañanas —Chepis en efecto no iba a la escuela— a acomodar coches en un estacionamiento de la colonia Cuauhtémoc que él manejaba.

—¿Acomodar? ¿A poco tú ya sabes manejar? —le preguntó a Chepis un Pedro escéptico.

—A güevo, güey —dijo un Chepis irritado—. Que tu papá me preste un coche y les enseño —me dijo.

—Yo no tengo papá ni coche —le dije.

—Entonces —a Pepe Santos— el tuyo.

—Tampoco.

—Yo tengo papá pero no tengo coche —dijo Pedro Ventura, mientras intercambiaba conmigo una mirada de extrañeza por la explicación del Chepis sobre la procedencia del dinero.

Pepe Santos dijo entonces que fuéramos ya a comprar las manoplas. Y en efecto, más fuerte que la duda era para todos la idea de las manoplas, las pelotas y los bats que Chepis compró en Sears esa misma tarde.

Pedro volvió a preguntarme en otra ocasión de dónde sacaba Chepis el dinero, mientras lo veíamos venir hacia nosotros por el parque, en el regreso a la temporada futbolera, botando un balón soñado después de comprarlo en Deportes Ledesma de la calle Teotihuacán. La vista del balón me hizo decirle a Pedro que no sabía, como quien le dice a otro que no estorbe, y en todo caso le repetí, levantándome de la banca del parque para ir hacia Chepis, la historia del tío y el estacionamiento.

Una vez estábamos jugando canicas en el rectángulo de tierra junto a El Cisne y Chepis nos dijo que después del juego iríamos a Deportes Ledesma a comprar musleras y muñequeras elásticas, rodilleras y guantes de portero, y que le encargaríamos al señor Ledesma la confección de unas camisetas con números y colores iguales para hacer un equipo serio y retar debidamente uniformados a nuestros rivales del Parque España. Pedro y yo le dijimos que de una vez. Chepis dijo que no, que al rato. Insistimos y Chepis dijo que siguiéramos con las canicas para más emoción.

En lo que jugábamos, Chepis miraba con insistencia a la miscelánea. Mientras llegaba su turno de tirar se dirigía ahí con un “¿qué pasó?” hecho con la cabeza y las manos. O hacía el numero 5 con los dedos, o amenazaba con el índice y volvía a hacer el 5. Deshacía el 5 y tronaba esos mismos dedos para indicar impaciencia y ordenar celeridad. En una de esas volví la vista a la tienda y vi adentro al Petunio; el Petunio me desvió la mirada y se fue a la trastienda. Vi a Chepis y Chepis, riéndose, me dijo: “¿Qué, ya me va?”. De vuelta al juego, Chepis se emocionaba desusadamente, elogiaba un tiro de calambre de Pedro, señalaba peligros en las posiciones y distancias de las canicas, se frotaba las manos más de lo necesario a la hora de tirar, temía hasta la exageración por un tiro que pasaba cerca de su canica, amenazaba con dar lo mejor de sí en lo sucesivo y nos decía “se les acabó el veinte” a cada momento.

El Petunio salió de la miscelánea y caminó hacia la puerta metálica que daba al zaguán del edificio. Puso las manos en el borde de la puerta, inclinó el cuerpo y lo sostuvo sobre un solo pie, como un perro al orinar o como lo hace un patinador sobre el hielo en la suerte giratoria que requiere la posición de las piernas en noventa grados. El Petunio justificó su postura gritando, hacia lo alto del edificio, el nombre de algún inquilino al que según esto le hablaban por teléfono. Yo seguí estos movimientos del Petunio en lo que pasaron dos turnos de tiro.

El Petunio regresó a la miscelánea, el Chepis hizo el tiro correspondiente y dijo que iba al edificio a tomar agua en el grifo que estaba junto a la puerta, cerca de la banqueta. Vi al Chepis agacharse contra la puerta, en un movimiento parecido al del Petunio, y luego comprobé lo que pasaba cuando el Chepis nos dijo a su regreso que fuéramos ya a Deportes Ledesma a comprar lo convenido. Ahora Nando dijo que acabáramos el juego de canicas; Chepis dijo que no porque iban a cerrar Deportes Ledesma. Mientras nos íbamos, vi cómo el Petunio nos miraba desde el interior de la miscelánea.

Un día doblé la esquina de siempre para encaminarme a El Cisne y vi mucha gente en y rodeando el local. Supe enseguida de qué se trataba. Pensé regresarme pero pensé también en las posibles sospechas. De modo que seguí hasta la miscelánea y fingí naturalidad al abrirme paso entre la gente. Mientras bajaba un gansito del armazón metálico que lo sostenía y destapaba un refresco sin gas, oí a la mamá de Matilde, la portera del edificio: decía que ahí estaban los dos muchachitos (me recargué en una de las hieleras para mirar a la mamá de Matilde); decía que tiraban volados para ver a quién le tocaba dejarse, y que también estaba Chepis, debajo de ella y encima de ellos, viéndolo todo. La mamá del Petunio me preguntó qué sabía yo —yo solo había descubierto el chantaje pero ignoraba el motivo, que ahora la portera me revelaba—, y yo dije que nada y pregunté qué había pasado.

La mamá y la tía del Petunio me contaron —y a todos los parroquianos de El Cisne, nuevamente— que de pronto notaron pérdidas considerables de dinero en dos cierres de caja. Le preguntaron a Roberto (el Petunio) y el Petunio, obviamente, dijo que no sabía nada. Entonces ellas empezaron la vigilancia estricta del Petunio y esto coincidió con un aumento de treinta pesos en la cuota regular que el Chepis le exigía. El Petunio protestó y alegó las sospechas de su madre y su tía, pero el Chepis no quería saber nada: los había visto parchando ahí a él y a Memo y se lo diría a las administradoras de El Cisne.

El Petunio se agilizó para burlar la vigilancia pero en alguna ocasión su madre y su tía le comentaron a la portera las sangrías sucesivas de la caja, y la portera, quien voraz había observado a quien mudo espiaba, armó perfectamente su conjetura, que era cierta. Las señoras de El Cisne llamaron al Petunio y lo hicieron confesar mientras lloraba. El Chepis llevaba ya tres meses de extorsión. ¿Y Memo? Se había cambiado de casa en el ínterin y nadie del rumbo había vuelto a verlo.

La mamá y la tía del Petunio esperaron el momento. Una vez en que el Chepis merodeaba por la miscelánea ellas lo agarraron de la camiseta (suéltenme, yo qué hice, pinches viejas) y le dijeron que lo iban a mandar a la Correccional para Menores. El Chepis se zafó y se fue corriendo. Ellas llamaron luego al tío del Chepis y tuvieron un encuentro lleno de insultos. El tío acabó pagando la mitad de lo que el Chepis había extraído de El Cisne mediante las manos del Petunio. Chepis se fue un año a Ciudad Juárez: más o menos el tiempo que tardó la portera en dejar de referir la historia. A mí, esa tarde en la miscelánea, me tocó la primera entrega.

Un día el Chepis regresó y me encontró sentado en una banca del parque. Chepis venía vestido de domingo y con los zapatos boleados, incluso pasó una mano sobre la banca antes de sentarse. Dirigía miradas a la miscelánea, que estaba a la vista desde nuestra banca, pero no hablamos del asunto. Luego me propuso que fuéramos a caminar por el parque. Ante mi negativa el Chepis dijo que, en ese caso, tenía que irse, omitiendo que podían verlo desde El Cisne y que sería incómodo para él. Entonces me paré, dije vamos y el Chepis se reintegró a nuestro circuito condesero. En ese entonces no había nada que no se disolviera en el aire del Parque México.

 

Luis Miguel Aguilar
Poeta, ensayista y narrador. Entre sus libros, Las cuentas de la Iliada y otras cuentas, Pláticas de familia. Poemas y prosas y Nadie puede escribir un libro.

Este texto, que aquí publicamos en siete episodios semanales, apareció originalmente en el libro Suerte con las mujeres, Ediciones Cal y arena, 1992.

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Presentamos la tercera entrega de la crónica de la colonia Condesa de Luis Miguel Aguilar. En esta ocasión, nuestro protagonista se enfrenta a las temibles y absurdas peleas de la infancia, los golpes propinados a causa de un balón, objeto sagrado de la niñez, que al mismo tiempo se convierte en un objeto que todo lo arregla.

Llanto y puños

Lalo, el Pelón y el Nene, los hijos de la portera del edificio de junto, fueron mis primeros amigos a los seis años de edad. El Pelón fue incluso mi primer contrincante en una niñez con intermitencias de puñetazos y machismo infantil cuyos desafíos siempre temí pero a los que acabé por entrar en cuanto me tocaban la cara.

Estábamos jugando a un pie de la fuente del parque. El Pelón se subió al borde para dar el salto al otro lado del pequeño arroyo que corría junto al chorro. Para urgirlo porque seguía él, Lalo lo empujó. Como yo estaba atrás, distraído, no me di cuenta de que el Pelón me había creído el culpable. En cuanto sacó los zapatos y los pantalones empapados de la fuente, el Pelón me lanzó un derechazo que me reventó el ojo izquiero y me hizo retroceder. Volví y le lancé un derechazo al estómago que lo dobló, luego lo levanté con un izquierdazo que le abrió el pómulo. El Pelón se vino abajo y se quedó sentado junto al borde de la fuente, sin aire por el golpe en el estómago y espantado por la sangre. Se puso a llorar. Yo me espanté más y me puse a llorar también. Nos fuimos juntos hasta nuestras casas, con Lalo y el Nene atrás, como si otros nos hubieran pegado.

En realidad nuestros contrincantes venían a ser los vecinos de la cuadra siguiente, habitantes todos del edificio de Parras 4. Eran Matilde, uno de los hijos de la portera, Pedro Ventura, que en la adolescencia sería mi gran amigo, y dos hermanos apodados el Necaxa y el Atlante, por los equipos a los que le iban. Las disputas eran por un prado del parque ideal para jugar futbol: en él estaba la pared de la biblioteca pública que funcionaba como portería. De otro modo el destino era jugar sobre tierra, porque aún no enlosetaban las avenidas y las pequeñas explanadas del parque (esto traía, además, unas tolvaneras de pronóstico). Los de Parras 4 llegaban siempre a corrernos y nos íbamos humillados porque sobre todo Matilde era feroz para los golpes. Apenas Justino, otro hijo de carpintero, se enfrentaba a él en peleas cíclicas de campeonato. Llegaron a pelearse solo por el gusto, sin motivos reales. Cuando no tenían nada que hacer, sus amigos le decían a Matilde que fueran a buscar a Justino para madrearse. Justino decía incluso que estaba ayudando a su papá a poner la cola en algún mueble pero que enseguida saldría. Poco después empezaba la madriza.

Aquella vez llegaron a corrernos como siempre. No lo aguanté porque ese día de Reyes Magos estrenaba unas rodilleras de portero y un uniforme del Real Madrid y les dije que habíamos llegado primero. Mi inesperada rebelión era lo que Matilde esperaba para ejercitar sus temibles puños. Cuando me di cuenta ya era muy tarde y estábamos en guardia. Entonces me di cuenta de otra cosa. Días antes, jugando futbol de banqueta, al tirarme de un lado a otro como portero espectacular me había descalabrado la cabeza a la altura de la sien derecha contra un poste de asbesto. Fue una herida aparatosa que me costó varios puntos y un parche ciclópeo en el Sanatorio Durango cercano a la casa. Supe entonces que Matilde no solo iba a despedazarme sino que la descalabrada me hacía un blanco más fácil. Empezamos y mi cobardía me indicó el modo de salir: al primer rozón de los puños de Matilde me puse a llorar. Matilde se espantó y salió corriendo con los otros.

Años después, en el borde de la adolescencia y durante ella, por instigación de los mayores de la pandilla que venían de todas las calles de la Condesa al centro convocador del parque, Matilde y yo nos pondríamos los guantes de box en dos ocasiones y Matilde me noquearía técnicamente en las dos. Todavía no sé cómo me enfrascaba en eso sabiendo que iba a perder y sabiendo, más aún, mi temor profundo a los golpes.

Una tarde acababa de llover y como otras veces me salí al parque a tirar unos pelotazos contra la pared de la biblioteca. De la calle de Parras llegaron entonces el Necaxa y unos amigos recién adquiridos por él: tres yucatecos, hijos de la señora que acababa de abrir la miscelánea El Encanto, en el piso bajo del edificio de Parras y Ámsterdam.

Se sentaron en una banca cercana para gritar algo cada vez que yo pateaba la pelota contra la pared. No fue suficiente provocación. Como yo seguía pateando, se pusieron de pie y se acercaron al prado. Seguí pateando. En una de esas la pelota pegó en la esquina de la pared y salió desviada hacia uno de ellos que por supuesto hizo lo esperado: no me la devolvió sino que la detuvo y se la aventó a otro. Me senté en el pasto y colgué los brazos sobre las rodillas, bajando la cabeza para quitarme el sudor como quien acaba de hacer ejercicio y ve practicar a otros en un gimnasio.

—Cuando acaben de jugar me avisan —les dije.

—Apenas vamos a empezar —me dijo el mayor de ellos y avanzó hacia mí.

Me empujó y al irme de espaldas se me echó encima para infligirme la llave sometedora y al uso: estirarle los brazos al de abajo y ponerle las rodillas contra los bíceps. Luego, hacerle lo que se llamaba “tortura china”: con los huesitos de los dedos cordiales apretarle las sienes a la víctima. Los otros vinieron a detenerme los pies para que no me zafara del modo acostumbrado en esa situación: un rodillazo contra los bajos del torturador. Alcancé a levantar una pierna y le di una patada no al torturador sino a uno de los yucatecos restantes, que eran gemelos.

—Déjamelo a mí —le dijo el gemelo al yucatecto mayor, que me quitó las rodillas de encima. “Mmhhta madre”, me dije por dentro para indicar el arribo de la desgracia, mientras me levantaba con las piernas flojas de miedo.

—Dénme mi pelota y ahí muere —dije, más suplicante que conciliador.

—No, ahí no muere —dijo el gemelo—. ¿Por qué me pateaste?

—Fue sin querer.

Se acercó y me empujó.

—Esto también fue sin querer. Y esto— y me reventó un puñetazo en la cara.

Recuerdo entonces una madriza severa. Un rato después veo al gemelo frente a mí, resollando, con los ojos cerrados por la hinchazón, los labios rotos y la nariz sangrante, y yo resollando también y sorprendido, al apartarme, de la obra que acababa de hacer en la cara del gemelo. Yo, casi ileso: un dolor del primer puñetazo que me habían dado, y otro dolor más ligero en la quijada. Nada de sangre en mi cara. El gemelo, exhausto, trataba de contener las lágrimas hasta que vino a él la palabra que las desató:

—Perdí —dijo, mirándome pero diciéndoselo en realidad a sus hermanos y al Necaxa. El Necaxa se empezó a quitar el suéter y me dijo, ofendidísimo después de reponerse a la incredulidad:

—Ahora vas conmigo, cabrón.

Milagrosamente se habían aproximado como espectadores dos desconocidos del tamaño del yucateco mayor. Ellos le dijeron al Necaxa que no habría más. El Necaxa me amenazó con venir otro día a madrearme y se fue con los yucatecos rumbo a Parras mientras yo iba por la pelota que había ido a dar a varios metros de ahí, con esos desplazamientos inexplicables que tienen las pelotas cuando por unos instantes han dejado de ser el centro del mundo.

Los desconocidos que habían parado al Necaxa me felicitaron mientras comenzaba a invadirme la culpa de siempre cada vez que era el ganador de una pelea. Traté de apartarla respirando hondamente mientras mis defensores y yo hacíamos un triángulo para patearnos la pelota. Luego se fueron y seguí peloteando solo como al principio. Llegaron otros de la cuadra y empezamos a jugar tiros desde lejos, siempre con la biblioteca de portería: tres tiros y el perdedor se retiraba para que entrara otro. Como a la hora llegaron de nuevo el Necaxa y los yucatecos, el gemelo ya limpio de sangre pero con los ojos y los labios hinchadísimos. Entonces el yucateco mayor hizo la pregunta por la que debió empezar todo hora y media antes:

—¿Dan chance de jugar?

Hizo la pregunta en general, como en un arreglo diplomático que me incluía sin incluirme —sin conceder demasiado por su parte— y yo por supuesto dije que sí. Cuando me tocó tirar contra el gemelo con el que me había peleado, que con la hinchazón de los ojos apenas si podía ver de dónde venía el tiro, ambos optamos por manejar las cosas con pinzas y hasta la obsequiosidad infrecuente: él por ejemplo decía “buen tiro” y yo, si la bola que había disparado se iba lejos de la portería o a la calle, salía corriendo en vez de dejar que el portero fuera por ella como era la costumbre. Teníamos doce años y pasábamos de las broncas a las cordialidades de cancillería sin más transición que una pelota.

 

Luis Miguel Aguilar
Poeta, ensayista y narrador. Entre sus libros, Las cuentas de la Iliada y otras cuentas, Pláticas de familia. Poemas y prosas y Nadie puede escribir un libro.

Este texto, que aquí publicamos en siete episodios semanales, apareció originalmente en el libro Suerte con las mujeres, Ediciones Cal y arena, 1992.

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Ofrecemos a continuación la segunda entrega de la crónica de la colonia Condesa de Luis Miguel Aguilar. En este episodio, un trío de yucatecos desatan el caos con sus rocambolescas y alcohólicas andanzas, y la casa del escritor se ve sitiada, cual castillo mediaval, por una pandilla capitaneada nada menos que por Alberto Vázquez.

La noche en que al Tuch lo entregaron

La casa de la avenida México 15 siempre estuvo llena de huéspedes venidos de todas partes de la provincia mexicana y eventualmente de Centro y Sudamérica. Controlar a estos vándalos no era tarea fácil para doña Emma y doña Luisa. Casi no había noche sin entuerto. Estos entuertos tenían un formato similar: hasta la casa llegaban demandantes o vendeteros por modos tan diversos pero tan coincidentes como los gritos, los golpes o las balas.

Por las balas: una noche de mi niñez mi prima Lupe fue a despertarme con la noticia de que unos bandidos habían disparado contra la casa y que había un hoyo inmenso en el vidrio grueso de la puerta. El tiro se había colado entre los viejos barrotes Art Decó y fue a dar, una cicatriz aún palpable largo tiempo después, contra la puerta de la azotehuela que estaba abierta. La bala no llegó, así, a la cocina, donde estaba doña Emma preparando desayunos y cantando, como todas las mañanas, una de sus tonadas favoritas:

       Para bailar y cantar bien el fado,
       Hay que nacer en Portugal;
       Tristes recuerdos me trae el pasado
       Que ya no volverá.

Cuando sonó el impacto, un huésped protegió a doña Emma tras el refrigerador hasta cerciorarse de que no habría más tiros. El destinatario de la bala era el huésped apodado El Caballo. Lo venían persiguiendo por todo el parque algunos litigantes de faldas y El Caballo —lo cual era parte del formato acostumbrado—se había metido hecho la raya a la casa mientras los persecutores trataban de cazarlo con la última bala de la pistola.

Cosas así, aunque no siempre tan extremas, eran el pan de cada día o el jugo de cada madrugada en nuestra casa. Recuerdo especialmente la noche en que al Tuch lo entregaron.

El Tuch era un huésped yucateco y así lo apodaban sus coterráneos porque era chaparro, redondo y tenía el destino negro como un ombligo (tuch en maya). Los otros huéspedes yucatecos eran El Xix (Shish), así apodado por el Tuch porque era bajo y codo como un residuo, y El Cavax (Cavash), así apodado por El Xix porque era negro, enano y elipsoide como un frijol.

No hace falta agregar que los tres eran unos briagos de pronóstico. Lo menos que hizo El Xix en una borrachera fue meterse al lago de los patos del Parque México a las dos de la mañana para estrangular a un especimen. Los cronistas registran que antes de introducirse al lago con todo y suelas, el Xix dijo en su acento peninsular, refiriéndose a su proyecto sobre el pato:

—Voy a someterlo, y mandar que lo hagan pebre.

La caza fue infructuosa pero los frutos del escándalo casi les cuestan al Xix y a sus acompañantes, primero, una madriza con los guardianes del Parque México, y luego una estadía prolija en la Octava Delegación. Cierto ungüento monetario procuró la elemental aquiescencia policiaca.

Lo menos que hizo El Cavax fue tomarse, él solo, dieciocho cubas en la cantina El Cú-Cú de la esquina de Coahuila e Insurgentes y luego transitar, él solo, por la placita de Popocatépetl para enseguida convocar, él solo y contra él, a toda una pandilla zonal dirigida por el protocantante Alberto Vázquez. Los pandilleros siguieron al Cavax hasta nuestra casa de huéspedes. Como El Cavax abrió y cerró rápidamente la puerta de la casa y fue a meterse en las cobijas para fingir somnolencia, los pandilleros cercaron la casa y solicitaron a gritos su cabeza.

Doña Emma salió al balcón para decirles a los sitiantes que se fueran o llamaría a la patrulla. Los sitiantes enardecidos le gritaron que la patrulla más cercana era una extensión de ellos mismos. Desde el balcón del castillo, doña Emma vio hacia la noche del Bosque San Martín y tuvo entonces la brillante idea de poner a calentar volúmenes nunca vistos de agua en las ollas más enormes que hubiera en la cocina. Regresó al balcón a decirles a los sitiantes que en breves momentos caería sobre ellos, como en las irrefutables películas de la Edad Media, una cantidad a pensarse de quemaduras que fluctuarían entre el primero y el segundo grado, según lo próximos que estuvieran los sitiantes de las puertas del castillo, y según les tocara, o no, el contenido de otra olla especial pero igualmente en preparación: varios litros de aceite Capullo —tanta la reserva disponible porque era casa de huéspedes— que serían volcados sin contemplaciones sobre las hordas enemigas.

Dicen los cronistas que los perturbadores del castillo mentaron madres pero, citan a doña Emma, finalmente “ahuecaron el ala”. Es decir que partieron con diligencia. A ese hecho le debemos la versión mexicana de “Sixteen Tons” interpretada por Alberto Vázquez quien, así disuadido por el hervor de los peroles, tomó la senda del juglar radiofónico y dejó para el cine las actividades pandilleriles. En sesión solemne y frente a un café inmerecido, un Cavax lacrimoso juró ante doña Emma que no lo volvería a hacer y dio gracias por haber salido con tanto bien de tan mal trance.

Lo menos que hizo El Tuch a las tres de aquella mañana fue decirle al taxista que entraría por dinero a la casa de México 15 y que en un instante saldría a pagarle. Acto seguido, El Tuch fue a encerrarse en uno de los dos baños que había en el primer piso. El timbre de México 15 sonó tan bestialmente que doña Luisa fue a abrir. El taxista le dijo a doña Luisa, primero, que cuarenta y cinco minutos atrás un señor había entrado en la casa luego de decirle que iría por dinero para pagarle y aún no había salido; y segundo, que si antes de pasar, primero, él mismo a romperle la madre al señor, y segundo, llamar a la policía, los habitantes de esa casa no tendrían la gentileza, primero, de darle una cubeta de agua, y segundo, una jerga, porque el señor se había vomitado profusamente en el taxi.

Luego de oír los reclamos y las solicitudes, doña Luisa le preguntó al taxista cómo era el señor que se había metido sin pagarle, porque en esa casa habitaban muchos señores. El taxista le dijo entonces que era chaparro y algo gordo y que hablaba como yucateco.

Doña Luisa no andaba para enigmas y fue a tomar a la Esfinge por el pelo. Entró sin preámbulos al cuarto de los yucatecos que se hacían los dormidos y preguntó al primero de ellos, sacudiéndolo:

—¿Usted es Heriberto? —el nombre del Xix.

—No —dijo El Cavax—. Yo soy Mario.

—Heriberto —dijo doña Luisa sacudiendo al Xix al ver que una de las camas estaba vacía—: ¿Dónde está Ramiro?

—Está en el banio, donia Luisa, está en el banio. Trae enredo. No le haga danio, está pedo—dijo peninsular y cacofónicamente El Xix, entregando al Tuch a la Mano Secular de México 15.

Doña Luisa apenas contuvo su irritación:

—Sáquenlo de inmediato, y que pague lo que tiene que pagar —les dijo al Xix y al Cavax, sabiendo que no resolverían el problema, mientras bajaba al cuarto de costura por la solución adecuada. El cuarto de costura era también cuarto de herramientas, sala de radio, probador de clientela, bodega de maniquíes y, entre otras tantas cosas, dormitorio de doña Emma, doña Luisa y el menor de la familia que era yo.

—¿Qué pasa, mamá? —le pregunté hipócritamente a doña Emma, fingiendo que me despertaba, como El Xix y El Cavax, mientras del cuarto veía salir a doña Luisa con un martillo.

—Nada. Duérmete —dijo doña Emma, levantándose de la mesa de trabajo en la que se sobaban el lomo ella y doña Luisa hasta las madrugadas para acabar vestidos de clientas siempre urgidas, que luego pagaban bicocas por trabajos increíbles—. Duérmete—reiteró al cerrar la puerta y salir al “hall” de la planta baja.

Me levanté y con un dedo discreto moví los visillos que daban a la planta baja para incorporarme al público que se había formado ya en todos los niveles de México 15. En materia de sonido, no había problema:

—No puede salir, donia Luisa—dijo El Cavax, arriba.

Sonó el primer martillazo en la puerta del baño; antes, o al tiempo, la voz de doña Luisa. Aún le hablaba “de usted” al Tuch:

—¡Salga, pedazo de porra!

—¿Quién es? —preguntó El Tuch, haciéndose el usuario eventual del inodoro.

—¡Salga, comemierda! —dijo doña Luisa en el español que le habían dado los años vividos en el noreste cubano, al tiempo que martillaba contra la puerta con proverbial fuerza atribuida a su nacimiento asturiano cincuenta y pico años atrás.

—Luisita, mi reina, ¿es usted?

—¡Luisita, la miarda! —dijo doña Luisa en el español que le habían dado los años vividos en el sureste mexicano; años que daban en sustituir, sobre todo en momentos de irritación insostenible, la e de “mierda” por la a de “miarda”.

Así que cuando El Tuch salió del baño, persuadido por los martillazos, doña Luisa ratificó:

—¡Vaya a enfrentar lo que debe, pedazo de miarda!

Vimos bajar al Tuch rumbo a su compromiso con el martillo de doña Luisa atrás y encima de él, escalón por escalón. El silencio de la canalla era espectacular; nadie se atrevía a escarnecer al Tuch, como habría sido el caso en una deriva menos imponente. Detrás del Tuch y el martillo de doña Luisa bajaron El Xix y El Cavax. Habían hecho ya una colecta entre otros huéspedes. En aquel entonces los “otros huéspedes” tenían a su vez dos modos de recolectar, una vez que se agotaba el giro enviado desde sus casas provincianas: iban al Monte de Piedad a empeñar la prenda que fuera, pero que fuera por lo general la prenda de otro huésped; y el otro modo era cantar en los camiones. De esos fondos habidos en el día juntaron El Xix y El Cavax para alcanzar al Tuch y darle dinero al taxista. Regresaron por una cubeta y una jerga y ellos mismos ayudaron a la limpieza del taxi.

Cuando vi que todo volvía a su cauce, me regresé rápidamente al sintético sofá-cama y me hice el dormido entre las cobijas con una suerte mejor que la de El Xix y El Cavax. Doña Emma entró poco después. Doña Luisa entró poco después de doña Emma, puso el martillo junto a la mesa por si hiciera falta de nuevo, y concluyó.

—Porra. Pedazo de miarda.

Luego, calmándose, le dijo a doña Emma:

—Emma, ¿ponemos café?

—No, Luisa, porque nos da sueño. No vamos a acabar. La señora Meltzer y sus hijas vienen a las nueve a probarse. ¿Tú has visto, lo que hizo Ramiro? Mañana mismo le voy a pedir que se vaya.

—Pedazo de porra. Vaya a la miarda —dijo doña Luisa y volvió al tema—: Un buchito, Emma —para sugerir un poco de café en el español que le habían dado los años vividos en el noreste cubano pero, sobre todo, los años vividos cosiendo hasta la madrugada para sacar la casa adelante.

—Bueno, un buchito, Luisa —dijo doña Emma sabiendo que les faltaban noches y años de costura y huéspedes para sacar la casa adelante.

—Un buchito, Emma. Y pon el radio muy bajo para no despertar a Güicho —dijo doña Luisa refiriéndose a mí, mientras doña Emma se dirigía a la cocina por café.

Doña Luisa siguió murmurando, discutiendo a solas, aún reprendiendo al Tuch y a la situación que había traído.

—¿Tú te has fijado, Luisa? —dijo doña Emma al entrar con las tazas de café, haciendo la pregunta de siempre en esas ocasiones, y siempre descartando el hecho de que llevaban noches de no dormir—. ¿Por qué a nosotras nos da sueño el café, y a otras personas se los quita?

—Es que toman café de porra, Emma. El buen café no tiene por qué desvelar a nadie —dijo doña Luisa—. Solo es un buchito. Y si nos da sueño, Dios dirá.

 

Luis Miguel Aguilar
Poeta, ensayista y narrador. Entre sus libros, Las cuentas de la Iliada y otras cuentas, Pláticas de familia. Poemas y prosas y Nadie puede escribir un libro.

Este texto, que aquí publicamos en siete episodios semanales, apareció originalmente en el libro Suerte con las mujeres, Ediciones Cal y arena, 1992.

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Hace veinticinco años, Luis Miguel Aguilar publicó en Cal y arena Suerte con las mujeres, una crónica, una memoria de infancia, un canto de amor de quien ha visto, leído y vivido la historia de la colonia Condesa, una de las más emblemáticas de la ciudad. Para celebrar este libro y esas calles recientemente castigadas (otra vez) por los caprichos de la Tierra, durante las próximas siete semanas, nuestros lunes, reservados para la crónica, publicarán de manera episódica esta espléndida narración.


El museo y las sombras

Podría adaptar para ella la frase que F. Scott Fitzgerald dedicó a la calle de Minnesota en que transcurrió parte de su infancia; decir que la colonia Hipódromo Condesa, como la Summit Avenue, es un museo de los fracasos arquitectónicos mexicanos. He pasado la mayor parte de mi vida en ese museo. Una compra hipotecaria me permite ahora escribir estas historias en una de las casas más viejas de la zona, en la misma cuadra en que está la casa vieja de mi madre, las dos frente al Parque México.


Ilustración: David Peón

Escribo en un cuarto blanco de azotea, acondicionado ahora como estudio, de los muchos que recorrió mi adolescencia. El cuarto da a un invernadero, ya cuarto de planchar. Sentado muchas veces en una banca del parque, desde mi adolescencia veía por fuera este lugar que hoy ocupo. Sus vidrios verdes y azules me remitían a los banderines deportivos.

Escribo desde un mirador de años, metido mentalmente en el laberinto de la calle Amsterdam, una elipse que nunca quise cerrar mientras la caminaba. A punto de cerrarla, mejor dicho, preferí siempre tomar por otra de las calles que la alimentan y volver al laberinto.

Escribo entonces en este cuarto blanco mientras las sombras vagan por su cuenta como en una vieja canción de Cream, un grupo de rock de finales de los años sesenta.

Una mañana mi mujer salía a la calle cuando vio a un grupo de jóvenes escudriñando la fachada. Al verla salir le preguntaron si ella vivía ahí y entonces le enseñaron una foto en blanco y negro de la casa, una foto impresa en un libro de los cuarentas. Los jóvenes eran pasantes de arquitectura y les habían dejado estudiar nuestra casa como uno de los ejemplos primigenios de Art Decó en México.

—Sólo falta que a tu casa la vuelvan patrimonio histórico—dijo mi mujer poco después de contarme lo ocurrido—. Hay que apurarnos a componer el aplanado antes de que traigan la placa del Instituto Nacional de Antropología e Historia. Basta con que vean la plaquita con la fecha de construcción, 1928, y seremos patrimonializados.

Al día siguiente yo estaba hojeando un Times Literary Supplement y caí en una reseña sobre el Art Decó. El reseñista afirmaba entre otras cosas que el Art Decó, a principios del siglo XX, se había adelantado a lo que a fines del mismo siglo sería la estética posvanguardista: la mezcla de todos los motivos —incluído, apunto, el azteca en el Art Decó mexicano— en un manejo cleptómano de estilos nunca visto.

Curioso que en 1932 uno de los primeros observadores de la Condesa, Rafael del Regil, se refiriera con ironía al carnaval arquitectónico de la colonia:

Al entrar en el Hipódromo experimentamos la sensación de estar tomando un “cocktail” no logrado en el que, como ingredientes, entran arquitecturas disímiles, de todos los periodos y todos los estilos, aun de algunos que sólo ha sido capaz de imaginar una persona ansiosa de distinción. Junto a una mansión del más puro estilo colonial álzase la simplicidad rebuscada de un edificio moderno; más allá se contemplan “chalets” suizos, casas “colonial” americano, un castillo medieval al lado de uno gótico, un alcázar morisco dominando un “bungalow” que parece ser residencia de muñecas, y hasta se hallan edificios que semejan barcos varados. ¡La apoteosis de la libertad individual, expresándose en piedra y cal, ladrillo y cemento!

En realidad esta historia empezó en 1902. De las tierras que a finales del siglo XVII habían sido un emporio agrícola y ganadero propiedad de la Condesa Miravalle —en los años setenta la fuente y la glorieta consagradas a su memoria se cambiaron por una réplica mensa, tan mensa como la cara de uno de los leones, de la plaza de la Cibeles madrileña— surgió la posibilidad de construir dos colonias, la Roma y la Condesa, y a los inversionistas del Jockey Club que adquirieron los terrenos todavía les quedó un mundo ancho que rebasaba las 46 hectáreas para procurarse de entrada un hipódromo a la altura de la riqueza porfirista. En 1908 el ayuntamiento de la ciudad condicionó la cesión de tal espacio a que el Jockey Club cediera a su vez entre 13 y 18 fraccionamientos con el mismo número de hectáreas para la construcción de un parque público en caso de que en los próximos quince años no fraccionara toda la colonia.

El hipódromo se inauguró un mes antes de que estallara la Revolución pero después no hubo nada que alterara sus actividades. Al respecto, parece una metáfora involuntaria el cádilac del general Ignacio Aguirre al avanzar por la calle de Veracruz, bordear el hipódromo de la Condesa y seguir hacia Insurgentes rumbo a su encuentro con la señorita Rosario en La sombra del caudillo. Los ayuntamientos posteriores hicieron este mismo rodeo y respetaron el convenio porfirista entre el Jockey Club y las autoridades hasta que el contrato llegó a su término en 1923. En 1924 dos prohombres de la Condesa, José G. de la Lama y Raúl A. Basurto —aún está en pie en la avenida México y Sonora, pese al temblor de 1985 que casi acaba con él, el edificio que lleva su nombre— entraron en contacto con el Jockey Club para lograr la venta del hipódromo y hacerle al gobierno una oferta de fraccionamiento y urbanización: en vez de respetar las 18 hectáreas para el parque del convenio anterior — y con lo cual los límites del Parque México habrían llegado hasta lo que hoy es la avenida Amsterdam—, propusieron su reducción a 8 hectáreas y media para cubrir con la venta del espacio restante todos los gastos de urbanización de la zona. Entre 1926 y 1929 los terrenos fueron pasto de fraccionadores y un anuncio de Excélsior incitante a la compra de acciones daba por capital social 4 millones de pesos. Entre esos mismos años empezó la construcción de las casas. El Art Decó preferencial habló como nada por la infinita sed francesa de sus inquilinos.

El tiempo llevó a la Hipódromo Condesa por una ruta similar a la descendiente del Bronx en Nueva York, cuando las nuevas colonias de ricos pasaron a ser Polanco y las Lomas de Chapultepec y la zona sufrió una devaluación social. A fines de los cuarentas fue ya un hecho el traslado a la colonia de los nuevos moradores: clase media que llegaba a ocupar las casas y los edificios rentados por los herederos de aquella riqueza, que ahora cobraban aquí para comprar en Polanco o el Pedregal. Los antiguos propietarios que persistieron por cariño y atavismo fueron también devaluándose en la zona, y muchos de ellos vieron ya desde el otro mundo el modo en que sus hijos tiraban la vieja casa para levantar flamantes condominios y edificios de oficinas.

A fines de los años cincuenta la mezcla social arrojaba ya el defecto de ese gran diamante que en los años veinte y treinta se había querido exclusivo, sensible al arte y al buen diseño arquitectónico y capaz de convocar otoños parisinos, digamos, con el lago espejeante y receptor de adormecidas hojas secas, atrás del teatro al aire libre en el Parque General San Martín, mejor conocido como el Parque México. El lago fue después motivo de guerras a muerte entre los patos ejidatarios y las ratas paracaidistas, y el Teatro Lindbergh con su mona desnuda soltando agua de las jarras bajo los brazos, los aleros gigantescos y la gran explanada para las butacas, se volvió el majestuoso estadio de El Redondel. Su escenario en plano alto acabó siendo la cancha II y las puertas para cumplir funciones de bambalinas, con los grabados de la luna y el sol y la máscara riente y la llorosa, se volvieron guarida de jardineros borrachos que las curtieron de orín. Hubo columpios y resbaladillas y volantines en el sitio en que debieron ver representaciones escénicas señores del tiempo de nuestros abuelos o, mejor dicho, del tiempo de las posteriores películas con Fernando Soler y Joaquín Pardavé. Aún quedó algo de lirismo, de la Grecia de la Francia: las bugambilias trenzadas en las vigas que cubrían los paseos de acceso al teatro, que en los meses floridos bajan por las gruesas columnas para formar inmensas madejas de verde y púrpura, con todo y melancólica caída de pétalos para tapizar el pavimento. Solo que ahora los pelotazos equívocos contribuyen más que el otoño al desfronde.

Con estas nuevas metáforas y con las necesidades clasemedieras de la zona llegaron también a asentarse los procuradores de servicios hasta que a principios de los años sesenta la fachada social de la colonia arrojaba a una mezcla ínclita si no ubérrima de taxistas, cerrajeros, plomeros, sirvientas que habían llevado a sus hijos hasta el umbral del Politécnico o la carrera de contador; burócratas con hijos en segundo de medicina, estanquilleros, fotógrafos de estudio, lecheros, comerciantes judíos y libaneses amos del retazo y los botones al menudeo en la Merced o el centro de la ciudad, políticos venidos a menos, boticarios de la época terciaria como don Anzaldo, bicicleteros como el deuteronómico don Hilario —su muerte en 1989 fue en sí misma el fin de una época en la Condesa: incluso desapareció el café de chinos de la calle Nuevo León a donde don Hilario iba a desayunar todas las mañanas antes de abrir su local de bicicletas—; rabinos que en 1975 aún dejaban sus periódicos en yidish sobre las bancas de la otra sección del Parque México —la del reloj, y apodada por consenso “el parque de los judíos y los viejitos” que luego contó con una estatua de Einstein—, españoles republicanos como el de la Sedería París de la calle Parras cundido por tics nerviosos contraídos durante los bombardeos de la guerra española y con heridas de bala en el cuerpo, fanático del ajedrez y motivo de nuestras burlas infantiles a sus espaldas cuando hablaba sin variar de “Los Cinco Magníficos”: la delantera que jugaba en sus tiempos en el equipo Zaragoza del futbol español.

Vino el momento en que en esos edificios de “simplicidad rebuscada” el papá carpintero de El Tafoya podía pagar una renta en Amsterdam y Parras, arriba de la tienda de abarrotes El Encanto, y en que mi vecino Lalo, hijo mayor de la portera del edificio que hoy es una reliquia en la esquina de Sonora y avenida México, no sintió la menor incomodidad al entrar un día en su casa conmigo y ver una rata amamantando sus crías en un rincón del cuarto estrecho donde se apiñaban cinco gentes en dos camas, todo con el sueldo que el padre obrero traía de la Agrícola Oriental —le bastaba salir a la esquina para tomar el Sonora-Peñón que lo dejaba a un lado de la fábrica lejana—; padre que tardó tres Reyes Magos de ahorro para comprarles a Lalo y a los otros dos hijos sus uniformes del Guadalajara.

A fines de los cincuenta llegaron mi madre doña Emma y mi tía doña Luisa con cinco hijos que mantener, luego de una ciclónica quiebra en Chetumal, Quintana Roo, y un robo casi igual de inclemente a la tienda de ropa que habían puesto en Polanco para rehacer nuestra vida en la ciudad de México. Doña Emma y doña Luisa llegaron a la Condesa con la idea de sobrevivir mediante dos actividades: cosiendo sobre medida y administrando una casa de huéspedes. Llegamos a deberle 16 meses de renta al dueño de la casa. Hacíamos excursiones a la Merced para aminorar costos. Un pollo frito era un acontecimiento que debía comerse en secreto y a escondidas de los huéspedes. La Condesa había llegado a su nivel.

 

Luis Miguel Aguilar
Poeta, ensayista y narrador. Entre sus libros, Las cuentas de la Iliada y otras cuentas, Pláticas de familia. Poemas y prosas y Nadie puede escribir un libro.

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Ni sombra de disturbio (Auieo Ediciones, 2014) de Fernando Fernández consta de cinco ensayos sobre el poeta mexicano Ramón López Velarde. Algunos de ellos están compuestos a su vez de piezas breves, como el primero, de título “Retrato del primer López Velarde”. Contiene varios apartados que se ocupan de las “Primeras poesías” de Ramón López Velarde, que han sido siempre los patitos feos en su obra. Este ensayo se dedica a leer los primeros poemas “de manera desprejuiciada y a juzgarlos por ellos mismos”. Fernández encuentra en ellos palabras, procederes e ironías que luego aparecerán en el decisivo López Velarde. Tiende un puente, mejor dicho: pone un espejo entre el primerizo poema “Adiós” y el posterior “El sueño de los guantes negros”. O cita con tino por ejemplo dos versos de López Velarde y le pide al lector que note la peculiar manera en que se adjetiva la palabra “besos”: haz llover en mi erótica locura/los besos conventuales de tu boca. Y así es; aquí, en las “Primeras poesías”, como lo rastrea Fernández, hay ya López Velarde; o bien ya estamos en varios casos de lo que se me ocurre llamar el locus velardii, es decir, el sitio verbal en el que se hace presente, inconfundible y único, el poeta. Podemos fijar ese sitio por el modo en que López Velarde adjetivaba, o acercaba opuestos, o aliteraba, en fin; hay, que me haya pasado, un modo de saber que se está ante o en el locus velardii. Y es cuando uno se encuentra, efectivamente, leyendo a López Velarde y de pronto interrumpe el libro con el dedo gordo, alza la cara y se empieza a reír, maravillado frente a lo que el tipo hacía con las palabras. Digamos que Fernández anima a buscar el locus velardii donde menos se ha esperado: en el primer López Velarde.

El segundo ensayo, “Alfonso Camín, entre el canario y el murciélago”, es más bien una crónica literaria, o vale decir un ejercicio bi-biográfico sobre la amistad del poeta asturiano mencionado en el título y Ramón López Velarde. Es también un esfuerzo de restitución, hasta donde se podía, de Camín como autor; de tomarlo con seriedad contra las anécdotas extravagantes de su vida. Pero es, claro y particularmente, otra manera de entrar a López Velarde. Está muy bien hecho y pensé en algo: no sé si Fernández haya escrito o publicado narraciones; digo de paso que todos sus ensayos tienen una cualidad ciertamente narrativa, y digo al cabo que este ensayo termina como un relato de misterio con final perfecto. No lo revelo para no vender guión y para que los asistentes a esta velada adquieran el libro y hagan que timbre la caja asturiana de Casa Fernández.

El tercer ensayo, “La maestra del mundo” es, y me atreveré al adjetivo, precioso. Resulta todo un flujo de encuentros, hallazgos, tramas filológicas y pertinencias literarias. Resumido con simpleza, da cuenta de cómo su autor encontró en el clásico La Celestina la expresión lenguas arpadas y recordó de inmediato su presencia en el poema de López Velarde “Para el zenzontle impávido”, cuando habla de este pájaro en los versos: …No cabe duda que el prisionero/sabe cantar. Su lengua es como aquellas otras/que el candor de los clásicos llamó lenguas arpadas. Y hay un segundo momento; aquí hace falta decir que el ensayo ha empezado previamente con un registro de las tetas de Melibea en la misma Celestina y cómo derivó en una nota al pie de su Orígenes de la novela donde MarcelinoMenéndez Pelayo dice que hay una descripción más hermosa de unas tetas, y son “las teticas agudicas—que el brial quieren romper” del romance “La gentil dama y el rústico pastor”. Fernández le llama una “nueva alegría” a la conexión de este hallazgo con el pasaje de “La suave Patria” de López Velarde que habla de las …cantadoras/que en las ferias, con el bravío pecho/empitonando la camisa, han hecho/la lujuria y el ritmo de las horas. Ahora bien, y volviendo a lo de lenguas arpadas. No es aquí el sitio para intercambiar pareceres respecto a lenguas arpadas; sólo apunto algo. Fernández refiere cómo la expresión pasó del primer significado del verbo “harpar” como “rasgar, romper”, o “arañar, rasguñar” al adjetivo arpadas como algo armonioso, empezando por el mismo instrumento. Si uno va a la entrada “arpa” del diccionario de María Moliner encuentra que arpa viene del francés “harpe”, a través del germánico “harpa”, rastrillo. Me imaginé entonces que era porque las cuerdas del harpa formaban una especie de rastrillo. Pero fui de metiche a un diccionario alemán-español en línea y rastrillo aparece como Harke con k, y más arribita harpa es Harfe, con f.  Mi ignorancia se pregunta si arpa no viene precisamente de su bautizo como instrumento rasgable, o cuyo sonido armonioso pasa antes por el rasgueo. No lo digo como un intento de refutar, sino para añadir que muchas partes del libro de Fernández estimulan o antojan o dispararían la conversación.

El cuarto ensayo es el más extenso, resulta casi un librito dentro de Ni sombra de disturbio, y se ocupa del inacabado e inacabable poema de López Velarde “El sueño de los guantes negros”. Como en el primero de los ensayos pero aquí más acusadamente, Fernández no sólo hace su lectura de López Velarde sino una lectura de lecturas sobre, en este caso, el poema-prueba-de-fuego para el crítico o el lector-ensayista velardiano. Mientras pasa la prueba, y sale bien librado, es de agradecerse que Fernández también dé el servicio de acopiar —y a veces contrariar— lo que otros escribieron al respecto. O editaron al respecto. Podría discutirse si el editor de las Obras de López Velarde, José Luis Martínez, hizo bien o mal en insertar las que creyó o infirió como palabras faltantes en el poema, en lo que que Fernández llama la versión intervenida. Pero apunto algo curioso: en el centro de su alegato, Fernández cita las estrofas del poema que tienen palabras ilegibles; sólo que al citar la primera como original cita la intervenida por José Luis Martínez; y al citar la intervenida, cita la original. Antes de intervenir a lápiz mi ejemplar y subsanarlo, pensé que el enrevesamiento habla bien de Fernández: tan enfrascado estaba en el asunto.

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El libro cierra alto, y viendo literalmente a lo alto, a un objeto en el interior de un templo. El ensayo más breve de todos es el de travesía más larga, incluso interminable, en un barco que seguirá por ái en lo que dure posteridad velardiana. Yo no sabía que habría deseado hacer lo que hizo Fernández hasta que leí el comienzo de este ensayo, “El candil”: “¿Cuántas veces me dije”, se pregunta Fernández, “que tenía que ir a San Luis Potosí para ver el candil? Quiero decir en persona, con mis propios ojos, por una vez no en aquellas imágenes casi invariablemente oscuras y mal impresas con las que tuve que conformarme desde que supe de él”. Se refiere en efecto al candil del siglo XVIII, en el templo de San Francisco en la ciudad de San Luis Potosí, donde López Velarde vivió entre 1908 y 1911. El candil de ese templo es un bajel, explica Fernández, “una de aquellas hermosas embarcaciones de casco de madera, palos y velas que surcaron el siglo XVI”. Fernández recuerda que el poeta lo consideraba su símbolo personal. Recoge algunos de los versos de López Velarde a ese candil, a ese bajel:

Tú conoces el espanto
de las islas de leprosos,
el domicilio polar
de los donjuanescos osos,
la magnética bahía
de los deliquios venéreos,
las garzas ecuatoriales
cual escrúpulos aéreos,
y por ello ante el Señor
paralizas tu experiencia
como el olor que da tu mejor flor.

Fernández cita a una deuda de la literatura mexicana por lo que hizo desde hace años sobre López Velarde, el estudioso Allen W. Phillips: “(El poema ‘El candil’) no sólo ilustra hasta qué punto López Velarde buscaba la identificación con un objeto fuera de sí mismo, para expresar inesperadas dimensiones en el autoanálisis de su ser contradictorio, sino que también ilumina una importante faceta de sus modos de crear”. Pero lo que añade Fernández, al menos para mí, va más allá: no tenía yo la menor idea de hasta qué punto el poema de López Velarde es una ecfrasis, es decir, la descripción de una obra de arte; es decir y más aún: “El candil” de López Velarde es una obra de arte hecha a partir de la obra de arte que es el candil de la iglesia potosina. Y hablando de imágenes, el libro de Fernández incluye una foto pequeña, aunque muy clara, en blanco y negro, de ese candil, tomada por él mismo. El “aunque” puesto aquí va a dar a esto: el lector puede remitirse al blog de Fernando Fernández, “Siglo en la brisa”, porque creo recordar que ahí subió, a todo color y en diferentes ángulos, por lo menos tres fotos del candil naviero.

Pienso en cuál puede ser un buen elogio para el libro de Fernando Fernández. Siento que mi entusiasmo fue cercano o contiguo a la promisión de algo emocionante, a la víspera de ejercer un anhelo, a “la plétora de vida” como la llamó el poeta. O sea que me dije, después de este libro: Ahora sí voy a leer a López Velarde.
 
Velarderías

(Varios momentos del libro de Fernández me sugirieron ciertos apuntes en corto; son curiosidades o incidencias. Podría bautizarlas “velarderías”. Van algunas.)

*

Diversos pasajes del libro de Fernández se enfilan contra los errores al transcribir, o los yerros al “corregir”, algunos versos de López Velarde en la edición de Antonio Castro Leal, Poesías completas y El Minutero (publicada por vez primera en 1953), y luego en las Obras a cargo de José Luis Martínez (en la segunda edición, definitiva, de 1990). Por ejemplo, Fernández descubre que en una de las “Primeras poesías” de López Velarde, “Al volver”, alguien metió su propio verso; las ediciones han dicho:

       Haces bien en reír de mis locuelas
       ilusiones, ¡ay Dios!, de hacerte mía;

debieron decir, como al publicarse por vez primera (1910) en El Regional de Guadalajara:

       Haces bien en reír de las locuelas
       ilusiones pretéritas de un día.

En efecto, quién sabe quién se sintió más apto o inspirado que López Velarde y le metió no sólo esas “ilusiones, ¡ay Dios!, de hacerte mía”, sino que en lugar de “las”, puso “mis”, de modo que si juntamos el “mía” con el “mis” tenemos dos versos que alguien incluso enfermó de mimitis al “corregir” a López Velarde.Ahora bien, la primera vez que Fernández cita la estrofa antes de revelar el improperio de su segundo verso una página adelante, leemos:

       Haces bien en reír de mis locuelas
       ilusiones, ¡ay Dios!, de hacerte mía,
       y en darlas un adiós, que es alegría
       en el augurio de tus telas blancas.

Como se verá, al transcribir el cuarteto Fernández incurrió en lo que critica. Pensé que era un acierto de López Velarde el modo en que decepcionaba a nuestros oídos perezosos al evitar la rima consonante del “locuelas” del primer verso con el “telas” del último, poniendo, sí, una rima, pero asonante y menos previsible, en “as”, de telas y blancas. Luego vi que era un error de transcripción de Fernández: si el “mis locuelas” y el “hacerte mía” nunca debieron estar ahí, la rima de “locuelas” con “telas” siempre estuvo ahí. Pero convendrán en que se trata de, digamos, un error agraciado de Fernández.

*

Otro caso de error en la transcripción se da cuando Fernández cita la primera estrofa del poema “Aguafuerte” que López Velarde le dedicó a Alfonso Camín. En la cita de Fernández:

       Alfonso, inquisidor estrafalario:
       te doy mi simpatía porque tienes
       un algo de murciélago y canario.

Me saltó el “un algo” en vez del “un aire” al que yo estaba acostumbrado. Fui a todas las ediciones de López Velarde donde aparece el poema, y el “un aire” era el mismo. Más aún, la edición que tengo del libro Alabastros (1919) de Alfonso Camín es más bien Alabastros y nuevos poemas (1949) pero ahí el poema vuelve a aparecer así:

       Alfonso, inquisidor estrafalario:
       te doy mi simpatía porque tienes
       un aire de murciélago y canario.

Me pregunté si aquí también Fernández malcitaba creativamente. Y es que: 1) “un algo” puede ser mejor que “un aire”, y 2) ¿acaso no el “algo” hace un espejeo con el “lago” de murciélago; de modo que podríamos decir que hasta el sonido en “go” vuelve a Camín más murciélago que canario? Concluí que no. Porque si le quitamos el “un aire” perdemos un aliado central para los sonidos en “ere” que habitan —o ya que estamos en esto: airean— la estrofa: “or”, “ario”, de nuevo “or” (en porque), “aire”, “ur”, “ario” otra vez y finalmente.

*

La palabras chusco y chusquería eran predilectas de López Velarde. Pues chusco de toda chusquería es lo que sigue. Fernández apunta, entre los descalabros editoriales, que en la mencionada edición de 1953 de las Poesías completas y El Minutero hecha por Antonio Castro Leal para Porrúa, el poema “Muerta” aparece como “Huerta”; Fernández recuerda que Castro Leal lo subsanó en futuras ediciones luego de que Allen W. Philips le revelara el error. Fernández maneja la edición de 1971; yo tenía la de 1977 pero en algún momento (año 2000) Porrúa hizo una edición con pasta dura y me la compré por no dejar. Pues bien, me consta que tanto en la edición de 1977 como en la de 2000 en la página 40 el poema se titula efectivamente “Muerta” y no “Huerta”. Pero he ido al índice de ambas ediciones en la página 370 y nos remite al poema “Huerta”. La errata sigue dando su fruto en la entrada trasera de la huerta.

Y más. Fernández: “Desde luego que todo palidece frente a la desafortunada errata que aquella edición echó a rodar con una fuerza que ha llegado a nuestros días, la que convirtió el enigmático verso ‘la carreta alegórica de paja’ con que célebremente remata ‘La suave Patria’, en ‘la carretera alegórica de paja’”. Fernández añade que en internet el poema suele aparecer con la errata; pero fui a la edición del 2000 y ahí está: la carretera errática de paja. ¿Seguirá, no sólo en internet, sino en las ediciones de Porrúa posteriores al 2000?

*

En su libro Fernández hace dos referencias (las dos entre paréntesis) a la cultura popular. En una de ellas recuerda que Alfonso Camín escribió la letra de la canción “La Macorina”, interpretada por Chavela Vargas; en la otra, dice que el cantante Joaquín Sabina grabó una versión del romance “La gentil dama y el rústico pastor”.

Se me ocurre añadir otra referencia a la cultura popular, y va por aquí. También como parte de las erratas o las supresiones a la hora de trasladar la obra de López Velarde, Fernández advierte que en la segunda edición de las Obras se le ha quitado la s al verso que López Velarde escribió originalmente: “¡Oh, qué lejos te fuistes, enlutada!” (Acabo de escribir fuistes y la Macmáquina me ha quitado la s dos veces, corrigiéndome junto a López Velarde.) Ante esto, pensé que el uso verbal de López Velarde podía resarcir un caso de cultura popular. No sé quién sea el compositor y no recuerdo cómo se llama la canción; pero la grabó, quién más, Pedro Infante. Supongo que el “editor” de la empresa grabadora “Peerless” corrigió al compositor y le advirtió a Pedro Infante que se abstuviera de ir contra lo que sería, en el fondo y en principio, lo natural. En efecto, Pedro Infante canta o dice así los dos primeros versos, en una dicción forzada al paso por el “e/a”: “Pasaste a mi lado/con cruel indiferencia”. Desde que uno oye la canción por vez primera sabe, siente que el compositor habrá compuesto antes de que lo recompusieran: “Pasastes a mi lado/con cruel indiferencia”. De modo que habría que invocar por ouija u holograma a Pedro Infante para que vuelva a grabar la canción, luego de resarcir al compositor popular con estas palabras: “Séate devuelto tu pasastes. El mismísimo Ramón López Velarde te avala”.

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[Dos corchetes antes de ir a la última “velardería”. 1. La disputa de Fernández en su ensayo sobre “Los guantes negros” contra la mano de José Luis Martínez que en la segunda edición de las Obras “llenó” los huecos, antes señalados con puntos suspensivos y nota al pie para indicar “palabras ilegibles en el original”, quizá nos hará a varios darle la razón. Pero una vez que le damos la razón a Fernández, digamos que Martínez en realidad no hizo nada; es decir: ese es su “El sueño de los guantes negros”, y no el de otros. O bien: aunque leamos el poema en la “versión intervenida” de Martínez, cada quien vuelve a desintervenirla o a reponer los huecos. (Por cierto, Fernández descubrió que en el manuscrito original hay un “un” que nadie notó hasta ahora al transcribir el verso “libre como cometa, y en su vuelo”; López Velarde escribió “libre como un cometa”. Un verdadero hallazgo de Fernández.) Pensé ni más ni menos que en la poeta griega Safo, de quien sólo nos llegó un poema completo y todo lo demás son fragmentos repletos de huecos. La estudiosa Margaret Reynolds en su The Sappho Companion recuerda y dice algo notable. Recuerda que cuando a principios del siglo veinte se robaron a la Mona Lisa del Louvre, más visitantes que nunca acudieron a ver, a “llenar”, el hueco;  y dice entonces que Safo debía escribirse S____o, puesto que cada quien ha llenado a su manera y de diversas maneras maneras los huecos de su obra, pero esos huecos persistirán por siempre. Lo mismo que “El sueño de los guantes negros” de Ramón López Velarde.

2. Llevo rato “acercando”, o viendo cómo se acercan por sí solas, las obras de López Velarde y T. S. Eliot, que de algún modo la crítica mexicana ha unido solamente en el hecho de que ambas obras partirían del poeta francés Jules Laforgue para luego bifurcarse por completo. Aquí tampoco es el sitio para señalar esos puntos de acercamiento, pero al leer que Fernández vincula “El sueño de los guantes negros” de López Velarde con “el capítulo 37 del libro de Ezequiel, en el que una llanura de ‘huesos secos’ revive por intercesión del Espíritu” no pude sino reparar en que Eliot no sólo incluye expresamente este pasaje en “Miércoles de ceniza”, sino que su obra abunda en huesos y esqueletos. Y “visiones”. Igual que López Velarde.]

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En la nota número 8 de su ensayo sobre “El sueño de los guantes negros”, Fernando Fernández me incluye amablemente al decir: “Según la juguetona intuición de Luis Miguel Aguilar, ‘The city under the sea’, un poema de… (Edgar Allan) Poe, pudo haber servido de inspiración a ‘El sueño de los guantes negros’”. Antes, en la misma nota, Fernández menciona el relato “Berenice” del mismo Poe, “cuya escalofriante imagen final tiene que haber impresionado a López Velarde”. Pensé dejarlo de esa manera pero por algo que leí en el cuerpo del texto pensé después que sería de alguna utilidad si jalaba la hebra.

Fernández tuvo de nuevo el buen tino de consultar a un experto en cuestiones bíblicas y en el ensayo va esparciendo sus comentarios. Me clavé en este: “Lector culto, conocedor de las Escrituras, empapado de un espíritu religioso como el que podía haber tenido Ramón (López Velarde), el doctor (José) Molina Ayala me hace ver que ‘El sueño de los guantes negros’ evoca, por la alusión al Mar Muerto, el episodio de Sodoma y Gomorra consignado en el Génesis, y sobre todo la visión del profeta Ezequiel”. Poco después, Fernández escribe: “De hecho, si en ‘El sueño de los guantes negros’ no hubiera una alusión explícita al Apocalipsis, uno estaría tentado a pensar que hay algo en su atmósfera de la ciudad arrasada con azufre y fuego, como lo fue Sodoma por sus excesos y pecados: la posible circunstancia biográfica y la relación con el episodio del Génesis en un poeta acostumbrado a citar la Biblia, volcado en sí mismo y con frecuencia oscilante entre la carne y el arrepentimiento, parecería que embonan de manera exacta”. Sí, pero ¿y el Mar Muerto? Vuelvo a leer el poema y veo que sigue abriendo con el “Soñé que la ciudad estaba dentro/del más bien muerto de los mares muertos”. Sigo leyendo y por ningún lado aparecen el azufre y el fuego, ni el humo posterior que sube de la tierra como el humo de un horno en la destrucción de Sodoma y Gomorra.

Voy a un libro sobre escritores norteamericanos que en español publicó Ediciones Corregidor de Buenos Aires el año de 1977. Quien escribe ahí sobre Edgar Allan Poe es el poeta Richard Wilbur. Desde que leí hace años este párrafo suyo le puse una nota mental junto: este es “El sueño de los guantes negros”. Dice: “El poema La ciudad bajo el mar de Edgar Allan Poe se llamó en cierto momento La ciudad del pecado. Alude a Babilonia y no cabe duda que se refiere al hundimiento (según Flavio Josefo) de la pecadora Gomorra en el Mar Muerto”. Claro: eso no viene en la Biblia sino en alguno de los libros de Flavio Josefo sobre antigüedades judías o judíos antiguos. [Algo curioso es que para Wilbur los condenados en el poema de Poe no lo son tanto; dice que utiliza materiales apocalípticos para presentar, “y al tiempo disimular, una idea heterodoxa o satánica: la idea de que el poeta rechazará cualquier cielo, salvo el de sus propios sueños. Pese a sus aspectos en apariencia nada atrayentes y punitivos, la Ciudad bajo el mar es una descripción de Aidenn o Helusion, ese especial más allá que Poe reservaba para quienes se dedican, en este mundo y en el próximo, a ‘visiones que la mayoría no puede conocer’”.] Fernández menciona el cuento “Berenice”; puede ser, como varios de los cuentos de Poe. Pero lo más cercano es el cuento de Poe “La caída de la casa Usher”, con estos dos elementos: hay una muerta que sale de su ataúd y la casa acaba por hundirse en un lago del que dice Wilbur: “es la mente subliminal, el ‘oscuro golfo’ del pasado anterior a la memoria, el valle perdido convertido en un Mar Muerto”.

Que yo recuerde, pero igual recuerdo mal o de modo incompleto, la única vez que López Velarde menciona a Poe en su obra es en alusión al poema “Las campanas”, “The Bells”; sin embargo lo hace con absoluta familiaridad, dando por hecho que todos lo conocen. La otra cosa, y sé que ya la están pensando mientras la enuncio, es que López Velarde leyera directamente a Flavio Josefo. Y bien podría ser: recordemos que Flavio Josefo siempre tuvo buenísima prensa cristiana por suponerse que fue el único historiador que registró el paso de Jesucristo por esta tierra. Pero en fin. Cuando Fernández concluye su nota 8 diciendo que podría ser interesantísima una indagación respecto a López Velarde y Poe, convine para mis adentros en que sí.

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Manuscrito original de “El sueño de los guantes negros”.

Y en esas estaba, y algo me ocurrió. Y fue dentro del mismo libro de Fernández. Yo había nada más hojeado las ilustraciones de Ni sombra de disturbio pero de pronto, en la parte donde Fernández narra su visita a la Academia Mexicana de la Lengua para ver el manuscrito original, al detenerme en las páginas encontradas donde viene la imagen de lo que quedó de “El sueño de los guantes negros”, vi que me veían dos ojos ominosos (perdón por tantas y deliberadas “os”), formados por dos de los huecos que el estrago del tiempo y las circunstancias han dejado en él. Desde el manuscrito, esos ojos me decían: “Ni se te ocurra. Ni escribir tú ni alentar a otros a hacerlo. Nada de deriva-Poe velardiana. Ya déjenme tranquilo”. Si esto fue loco, sonará aún más loco el nexo que dispuse luego. Hace unos cinco años entré al Museo de Historia Natural en Nueva York y me recibió la sorpresa de que había una exposición de mariposas dedicada, después fue obvio pero al principio no, al escritor y lepidóptero Vladimir Nabokov. La parte espectacular de la exposición era un mariposario en vivo. Recuerdo dos mariposas tropicales, fingiéndose plantas: una con todas las hojas rotas y perforadas, y con ojos; otra con perfectos ojos vigilantes para disuadir a intrusos o a enemigos. Pues viendo al manuscrito que me veía, lo asocié con esas mariposas. Y entonces los ojos ominosos se volvieron otro asunto; se volvieron ojos, inocencia desarmados. Pensé incluso que me decían como la “Pobrecilla sonambula” de otro poema de López Velarde: “No me hagáis daño; temo que me maltrate una caricia”.

No sé de otros pergaminos, de otros papiros, de otros papeles derruídos; lo que ha quedado de “El sueño de los guantes negros” es un manuscrito-mariposa.

 
(Una versión muy abreviada de este texto fue leída en el Museo Tamayo para la presentación del libro el 29 de abril, 2015.)

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