En la penúltima entrega de la crónica de la colonia Condesa a manos de Luis Miguel Aguilar, asistimos a la historia del legendario Parque México y las pandillas que lo frecuentaban con ánimo de dominación y gresca, y algún desenlace fatal.

Los duques en su dominio

El cronista Rafael del Regil fijó esta visión idílica: “El centro del hipódromo está ocupado por el Parque San Martín, jardín exótico y tan cuidado que al tirar la colilla del cigarro nos da la impresión de sacrilegio, como si mancháramos el suelo de una mezquita con el polvo de nuestros zapatos. En él sentimos la grandiosidad de este Valle de México, cuyas montañas en las lejanías nos ocultan el horizonte”. El Parque México posterior era más prosaico que el que vio Del Regil —dónde si no, por ejemplo, apagaríamos las colillas de nuestros primeros cigarros Bali a escondidas— pero entre ambos hay otro Parque México que para mí es el verdadero y que, como el Adrogué de Borges, solo vuelve a darse en mi cabeza.


Ilustración: Izak Peón

Nos pertenecía la primera mitad del parque desde la calle de Sonora hasta la calle de Laredo. Poco a poco fuimos colonizando El Redondel al que la pandilla del parque nos fue dando acceso mientras más mejoraban nuestras suertes futboleras. Sobre todo, El Redondel comenzó a ser más mío cuando entré al equipo de futbol del barrio: el San Martín. Pero en general preferíamos poner frontera en la calle de Laredo: más allá no había pasto disponible y estaba el aparato represivo de los jardineros, sin tarde en que uno de ellos no bajara de su refugio para intentar una confiscación o ponchadura de pelota por jugar en el pasto. El más aterrador era el viejo Fidel, que a su pico para recoger papeles y ponchar bolas agregaba un mastín canelo propiedad de un político retirado que vivía en la avenida México y se lo encargaba para pasearlo. Era una guerra de estrategias donde había que tener el ojo puesto a lo lejos entre patada y patada y recoger la bola y salir corriendo al avizorar a Fidel o a sus colegas, que a su vez ensayaban todo tipo de camuflajes y desprendimientos sigilosos desde su base de operaciones al otro lado del parque. A veces nuestra absorción en el juego les permitía llegar hasta nosotros sin que nos diéramos cuenta y de pronto Fidel se aparecía detrás de un árbol, le soltaba un pinchazo a la bola y azuzaba al perro contra nosotros, que salíamos despavoridos mientras la mordida del mastín iba a dar a la bola. Excepto una vez.

Estábamos jugando y Fidel nos sorprendió. Corrimos a la avenida México para dar vuelta hacia Parras y guarecernos en el edificio de siempre, pero esa vez Fidel soltó al perro —o se le soltó sin querer. Nos quedamos quietos mientras el Necaxa gritaba y Fidel retomaba la correa del perro y nos decía que a ver si así aprendíamos. Mientras Fidel se llevaba al perro, el Necaxa gritaba que el perro lo había mordido en el muslo y nosotros, al ver que tan solo tenía roto el pantalón, le dijimos que exageraba. El Necaxa se bajó el pantalón y ahí estaba la dentellada en el muslo: dos triángulos perfectos y profundos que dejaban ver el interior del músculo y la sangre que apenas empezaba a brotar. El Necaxa lloró hasta ese momento.

La mamá del Necaxa y su tío —el amante de su mamá, en realidad, en esa época en que todos los condeseros estaban llenos de tíos— pusieron una demanda en la Octava Delegación. Como resultado, Fidel no volvió a sacar al perro pero nosotros tuvimos que abstenernos un buen tiempo de jugar en los prados.

Contra los jardineros urdíamos venganzas idiotas como levantar las bancas de piedra del parque —se sumaban a las bancas techadas y “de madera”— y tirar hasta diez de ellas a la fuente al principio de la noche. Una vez fuimos más idiotas: en Amsterdam —que aún conservaba en las esquinas las bancas de mampostería con vestigio de farol, bancas ideales para esperar el levítico camión Roma-Mérida— encontramos tres botes de basura con todo y carritos que los barrenderos habían dejado junto a un taller de coches, olvidándose de ponerles la cadena, y los llevamos esa tarde muerta de domingo al mismo destino que las bancas: el estanque de la fuente. Quién sabe si los barrenderos recobraron los botes; los jardineros se pusieron una felpa horrible al lunes siguiente recogiendo la basura —colándola en grandes canastillas— luego de sacar los botes del agua.

Esta fuente, cuya confección inicial con su chorro inmenso y su piedra abigarrada quiso hacer de ella un flujo capaz de subyugar al más esnob de los mortales, acabó por servirnos de irresponsable Leteo —las aguas del olvido tifoideico—, de canal para las carreras de balsas hechas con palitos de paleta o barcos de mayor cabotaje hechos con restos de palmeras cuyas caídas con los ventarrones eran un peligro para caminantes; y la fuente sirvió sobre todo para una práctica que todavía celebra mi memoria y cuya ocurrencia primera y recordatorio exacto salió todas las veces de Matilde: acabar arrojándonos al estanque los días de San Juan como culminación de las guerras con globazos de agua.

De cualquier modo en el Parque México los verdaderos duques eran los pandilleros que oficiaban mañana, tarde y noche en el escenario Lindbergh, al que como dije usaban de cancha futbolera pero con más frecuencia de arena para la lucha pandilleril o de foco de convocatoria y reunión para ir a pelear a tres feudos: contra los de la Escandón, contra los Friends Condesa y contra los de Colima, estos últimos encabezados por el Saldívar, mezcla de albañil, atila y jefe sioux con quien Pedro, Pepe y yo tuvimos la desgracia de toparnos en un anochecer infausto.

Al regresar del cine habíamos cometido la imprudencia de tirar uno tras otro los botes de basura del Parque España y a punto de derribar el más cercano a la calle de Nuevo León y salir corriendo rumbo al refugio de Parras se nos pusieron enfrente El Saldívar y otros dos guerreros colimotes: “Pinches escuincles, ¿qué tiran? ¿No ven que luego nos echan la culpa a nosotros? Órale cabrones, a recogerlo todo”, y siguió la recomposición del escenario y la recolección humillante de los botes, uno por uno mientras El Saldívar y los suyos repartían patadas en las nalgas y amagaban y propinaban zapes en la cabeza, muertos de la risa y soltando comentarios ominosos: “Qué se me hace que aunque estén chavos los madreamos”.

Todo estaba a punto de concluir con las palabras de Saldívar “así me gusta. Y chínguenle, y lárguense, que no los vuelva a ver por aquí”, cuando el mismo Saldívar se me quedó viendo y ubicó entonces nuestro lugar de procedencia: “Ah no, si estos pinches chavos son del Parque México. Igual de putos. Tú, pinche chavo”, me dijo El Saldívar, “ve y les dices a esos putos que aquí los esperamos. De volada, ojetes, treinta o cuarenta para que den batalla aquí en la cuadra. Si no vienen, en dos días vamos a ir nosotros a ponerles en toda su pinche madre. Por putos. ¿Entendiste? Contesta, cabrón”, y otra patada en las nalgas. “Órale, lárguense. Lárguense antes de que me hagan encabronar”. Años después, junto al mercado de Colima, la imagen de El Saldívar inofensivo y encementado, escurriéndole baba por la boca, apelando a quién sabe qué amistad pasada y tratando de articular ante mí una súplica de diez pesos.

El culto del coraje redondelero y las madrizas asirias que protagonizaban sus practicantes contra las pandillas aledañas —a veces pactaban entre ellos para un combate especial, como ir a madrearse contra Los Nazis de la Portales— sufrieron una fuerte aminoración desde la noche en que mataron al Moco. En vez de las cadenas, las navajas, los picahielos, los bóxers y los desarmadores asumidos tácitamente como reglamentarios, una pistola .22 se hizo hueco entre los cuerpos de los madreantes en el parquecito de las calles Progreso y Agricultura de la colonia Escandón y luego de tres disparos se oyeron los gemidos de El Moco y los llamados a su hermano El Gallo y la certeza de que lo habían quebrado mientras todo el mundo se daba a la estampida.

A los dos días apareció la foto de El Carnero en la segunda edición de Últimas Noticias —el padre de Pedro había comprado el periódico y Pedro lo llevó al parque la tarde siguiente— y constaban sus declaraciones luego del citatorio policiaco: ellos eran estudiantes, él de la Prepa 2, y caminaban por ahí cuando los otros buscaron la bronca y ellos tuvieron que defenderse y en la golpiza ya nadie supo y de pronto Gerardo estaba muerto. Todos corrieron por miedo y solo se quedó con Gerardo su hermano Gilberto. El Carnero juraba que ninguno de los del parque había sido culpable de nada y el reportero punteaba su nota con moralizaciones sobre estos hamponcetes, que aunque no hubieran cometido el acto de mano propia eran también culpables de inconciencia, hijos del descuido familiar cuya falta de brújula había encarnado ya en la pérdida de una joven vida humana.

Unos días después los hamponcetes que decía el reportero hicieron una comisión para ir a disculparse con la madre de El Moco que no quiso saber nada de ellos y todo lo que dijo se supo vía El Gallo: por culpa de esos mariguanos habían matado a su hijo, y si El Gallo seguía juntándose con ellos su misma madre se encargaría de mandarlo a la Correccional para Menores.

Aparte de la muerte de El Moco, a la decadencia de la pandilla redondelera contribuyó también el extravío en la droga de unos y la entrada de otros a la vida adulta. Dos imágenes cierran la cuenta: un día, desde un Sonora-Peñón detenido en un alto sobre la avenida Mariano Escobedo, vislumbré por la ventanilla a La Bruja y al Picapiedra, otrora míticos guerreros, luego de meses de no verlos en el parque, vestidos de traje y con la moraleja fácilmente desprendible de los jóvenes que al fin habían sentado cabeza y trabajaban ya de office-boys o ayudantes en algún despacho de abogados o arquitectos de la colonia Anzures.

La otra imagen es la del mismo Gallo, el único de la vieja guardia que siguió sus rutinas de tiempo completo en El Redondel, una mañana a principios de los años ochenta, exagerando y alargando hazañas ante chavos mucho más jóvenes que esperaban su turno en la retadora de futbol, y diciéndole a uno de ellos que le entrara fuerte a otro jugador más grande y que en caso de que el otro le hiciera algo El Gallo se lo madrearía. El chavo trató de acatar la orden pero su misma falta de convencimiento produjo una caricatura de beligerancia riñosa que no pasó a más cuando terminó el partido.

 

Luis Miguel Aguilar
Poeta, ensayista y narrador. Entre sus libros, Las cuentas de la Iliada y otras cuentas, Pláticas de familia. Poemas y prosas y Nadie puede escribir un libro.

Este texto, que aquí publicamos en siete episodios semanales, apareció originalmente en el libro Suerte con las mujeres, Ediciones Cal y arena, 1992.

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Después del hiato navideño, recuperamos la amplia crónica de la colonia Condesa de Luis Miguel Aguilar. En esta, la quinta entrega, el protagonista relata su encuentro furtivo con una de las diosas del cine mexicano.

Visión de Venus

Un mediodía, en la calle de Amsterdam, vi a Venus desnuda.

Esto se debió a que doña Emma me hizo el encargo de ir a casa de una clienta a cobrarle un dinero ya muy atrasado que nos debía por la confección de un vestido. Por esa clienta mis amigos de entonces me suplicaban que los invitara a nuestra casa de avenida México 15 cada vez que ella fuera a probarse. Se imaginaban algo que yo sabía descartable desde el principio: la idea de espiarla desde algún lugar oculto. Ese lugar no existía. Más aún: una vez que ella entraba al cuarto de costura, doña Emma y doña Luisa corrían las cortinas —como con todas las clientas, por lo demás— y se clausuraba así cualquier expectativa de show. Es curioso que ese show me fuera concedido alguna vez del modo más inesperado.

Me dirigí al edificio de Amsterdam donde vivió por un tiempo la clienta en cuestión, que era una estridente diosa del amor de los escenarios teatrales y cinematográficos mexicanos. A la sirvienta que me abrió le expliqué que yo buscaba a la señora de parte de la modista para ver si nos pagaba un vestido. Este vestido era de los típicos en que doña Emma y doña Luisa dejaban la espalda y los ojos cada día: un largo y laborioso modelo de noche, bordado hasta la prolijidad con lentejuelas y chaquiras. El hecho es que la sirvienta dejó la puerta entreabierta mientras iba a avisarle a la señora, y mientras le avisaba y la señora se ponía en movimiento, la vi: Venus desnuda, yendo de un lado a otro del departamento, desenfadada y nítida, en varias poses y ángulos como sonrisas silenciosas, sin percatarse de que alguien, un niño, la veía.


Ilustración: Izak Peón

Claro que las diosas no pagan. Al fin de la visión, Venus se puso una sábana y luego se colocó detrás de la puerta, cerrándola lo justo para permitir que cupiera por ahí su cara y un largo brazo izquierdo que me extendía el vestido al tiempo que su dueña me hablaba con dulce mala leche:

—Dile a tu mamá que ni siquiera usé el vestido en Europa. Que se quede con el adelanto que le di. Ni modo. Pero el vestido está nuevo y se lo puede vender a quien sea.

Cerró la puerta y me quedé con el vestido en las manos. Hasta yo me di cuenta de que el vestido era irreciclable después de tanto uso. Ya tenía hilos salidos, claros sin chaquiras y calvos de lentejuelas a punto de desprenderse.

—Ya no más con clientas artistas —dijo doña Emma, cuando le di el vestido y el mensaje—. Nos quedamos con las judías que sí pagan. Le voy a decir a Luisa que con las artistas ya no.

Doña Luisa estaba entonces en Chetumal. Por “artistas” doña Emma se refería a las ofertas de la clienta en cuestión para recomendarlas de modistas a varias actrices de entonces como Silvia Pinal y Verónica Castro.

—Las estrellas, mientras más lejos, mejor —convino doña Luisa cuando supo lo ocurrido a su regreso de Chetumal.

Pocos años después Pedro Ventura y yo no nos perdimos una sola de las películas en las que aparecía esta exclienta de doña Emma y doña Luisa. Un poco como el cine Lido y el Estadio de nuestra zona —nunca el Ritz—, aunque con menos reticencias, el cine Prado de la avenida Juárez permitía la entrada sin más, en películas para mayores de 21 años, a adolescentes recién estrenados como nosotros. Ahí vivimos a plenitud toda la saga de esta exclienta que se ofrecía generosamente desnuda en la pantalla, en películas semiporno que siempre llevaban en sus títulos nombres de animales: lobas, escorpiones, pirañas, buitres.

Nada comparado al mediodía en que fluyó ante mí, para mis solos ojos, el cuerpo blanco y mítico de la actriz Isela Vega.

 

Luis Miguel Aguilar
Poeta, ensayista y narrador. Entre sus libros, Las cuentas de la Iliada y otras cuentas, Pláticas de familia. Poemas y prosas y Nadie puede escribir un libro.

Este texto, que aquí publicamos en siete episodios semanales, apareció originalmente en el libro Suerte con las mujeres, Ediciones Cal y arena, 1992.

 

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En esta cuarta entrega de la crónica de la colonia Condesa de Luis Miguel Aguilar, un perfecto rectángulo para jugar a las canicas se convierte en el lugar propiciatorio para el más grande chantaje de infancia jamás registrado en esos rumbos.

El gran chantaje

Mi guerra siempre perdida contra Matilde se continuó por otros medios más diplomáticos. La miscelánea El Cisne de Parras 4 era el lugar de reunión para el refresco y la plática. Lalo, el Pelón y el Nene se habían ido a vivir a otra parte y yo poco a poco me fui acercando a los rivales de Parras. Junto a El Cisne había un exacto rectángulo de tierra ideal para jugar a las canicas. Matilde era una especie de Ivy League de las clases populares mexicanas: un gran pugilista —ya lo dije—, un muy buen jugador de futbol, incluso de futbol americano —“tocado”— y un maestro de las canicas. Sobre todo, tenía un cañón brutal entre los nudillos para mandar la canica del contrincante a calacas y palomas. Lo único que yo había logrado perfeccionar era un lento pero eficacísimo calambre. En canicas, calambre es el tiro que toma un efecto de curva; la canica se desplaza así de un modo ideal sobre la tierra y tiene muchas más posibilidades de dar en el blanco que un tiro recto.

Ilustración: David Peón

De modo que una tarde prolongada hasta la caída de la noche Matilde y yo nos enfrentamos en un duelo —o varios— de canicas. Ya lo habíamos hecho otras veces. Pero ahora la apuesta no era de canicas sino de dinero. Juego por juego, sin testigos y hasta el anochecer, perdiendo uno y ganando dos, le gané a Matilde veinte pesos que en aquel entonces eran una fortuna para un niño de doce años. Al extenderme los billetes Matilde me dijo, típicamente, que era un dinero que su mamá le había dado para otra cosa. Le dije que él lo había apostado, peso por peso, juego por juego. Ya no teníamos tiempo ni luz para la revancha pero le dije que al día siguiente volveríamos por la tarde. Matilde me dijo que su mamá y su padrino —en realidad el amante de su mamá— lo iban a matar. Yo sabía en efecto de las golpizas que le daban a Matilde. A Matilde se le empezaron a humedecer los ojos, y a mí también, menos por el posible destino de Matilde que por la situación. Nos rodeó un mismo miedo pero por motivos distintos: a él, porque debía enfrentar a su mamá y a su padrino; a mí, porque después del atractivo del juego y el deseo de derrotar a Matilde, el regusto de la noche y la sensación de lo prohibido recaían sobre mí.

—¿Pues para qué apuestas? —le dije, tratando de quitarme la culpa de encima y buscando que otra cosa ocurriera, algo que me dejara disfrutar el triunfo sin estorbos.

—Se me fue —dijo Matilde la única vez que lo vi lacrimoso.

—¿Y si yo hubiera perdido, qué? A ver —le dije en un último intento de evitar que el problema de Matilde pasara a ser el mío. Un último intento de frenar lo inevitable: que yo le acabara regresando el dinero.

—No, pues nada —dijo Matilde sabiendo que estaba a punto de lograrlo.

—No, pues ten —y le devolví el dinero menos por bondad que por miedo a la culpa que me seguiría hasta la cama y por los días siguientes.

—No, pero te lo debo. Yo te lo pago —dijo Matilde, recibiendo el dinero y contándolo antes de doblarlo y metérselo a la bolsa.

—No, ¿pues cuándo me lo vas a pagar? Esto ya se quedó así —dije, tratando de que ahora él sintiera culpa, como si me hubiera desgraciado.

—Yo te lo pago. Te lo prometo.

—Ahí nos vemos —le dije y me di la media vuelta rumbo a mi casa. Alcancé a oír un “gracias” que no me bastó al rato, cuando metido en las cobijas y sin poderme dormir me culpaba de idiotez: Matilde me había roto la cara varias veces y ahora lo dejaba ir cuando lo tenía por primera vez en mis manos. Recordé, sin embargo, que yo había entrado a la apuesta con un solo peso. De haber perdido en el primer juego, no habría seguido más. Como gané el primero, no le dije nada a Matilde y seguí apostando con lo ganado. Yo le había dicho a Matilde que de entrada tenía cinco pesos. Pero volvía a recriminarme al pensar que, de haberle dicho que solo llevaba un peso en caso de que yo hubiera perdido los cinco primeros pesos, Matilde se habría desquitado con los puños.

Este rectángulo de las canicas fue el lugar propiciatorio para el más grande chantaje de infancia en la colonia Condesa. El afectado fue el Petunio, el hijo de una de las señoras tabasqueñas que administraban la miscelánea El Cisne. Las cosas ocurrieron en el mismo edificio de Parras 4 del que la mamá de Matilde era portera, y en cuyo piso bajo estaba precisamente El Cisne. Por ese tiempo todos nos entregábamos a juegos sexuales, como dice Octavio Paz en Pasado en claro, “diversos, polimorfos y perversos”. Pero Memo y el Petunio no contaron con la avidez monetaria de un chihuahueño más vivido que nosotros y recién llegado a la ciudad de México. En su casa le decían el Chepis.

El Chepis los había espiado desde arriba, a veces inclinándose sobre el barandal y a veces mirando entre las barras metálicas de la escalera espiral de servicio. Abajo, junto a un grifo de agua y con los pantalones en el piso, el Petunio y Memo tiraban un volado para ver quién haría primero de socio pasivo. Luego fueron turnándose hasta que empezó a oscurecer. Aparte de la función, el Chepis tenía intereses empresariales. Memo no tenía nada que ofrecer al respecto, al contrario del Petunio y la caja registradora de la miscelánea El Cisne.

El Chepis amenazó al Petunio con decirles a su mamá y a su tía que lo había visto con Memo si no le pasaba regularmente cincuenta pesos de la caja. Yo no sabía esto. Tampoco Pedro Ventura, que después de las disputas iniciales se había hecho mi amigo; tampoco Pepe Santos, que se había unido a nosotros aunque vivía un poco más lejos, en la calle de Nuevo León, y tampoco mi primo Nando, que había venido de Chetumal a estudiar el fin de la primaria en México. Junto con el Chepis, hicimos una especie de equipo. Así, a su atractivo de ser mayor, de batear durísimo —en una temporada en que nos dio por el beisbol—, el Chepis añadía ahora invitaciones sultanescas para Pedro, Pepe Santos, Nando y yo. Nos invitaba a comer helados “Tres Marías” en la fuente de sodas El Pireo que un griego administraba en la calle Huichapan, o a comprar cientos de gramos de pistaches en Sears de Insurgentes —oh Insurgentes, madrastra del corazón de asfalto—: lujos faraónicos en un mundo de chicles Motitas, Delawares Punchs, pepitas saladas y gansitos como horizonte de consumo.

El primer gasto de veras escandaloso ocurrió una tarde en que el Chepis nos dijo que formáramos un equipo de beisbol, pero en serio. Nada de pelota de esponja y cualquier tabla como bat. Iríamos a Sears a comprar todo lo necesario. Pedro le soltó entonces la duda que había ventilado a solas conmigo: de dónde sacaba el dinero. Chepis nos dijo entonces que no nos había querido decir, pero que su tío —mejor dicho su padrastro, el amante de su madre con el que vivían en México a su llegada de Ciudad Juárez— se lo estaba dando por ayudarlo en las mañanas —Chepis en efecto no iba a la escuela— a acomodar coches en un estacionamiento de la colonia Cuauhtémoc que él manejaba.

—¿Acomodar? ¿A poco tú ya sabes manejar? —le preguntó a Chepis un Pedro escéptico.

—A güevo, güey —dijo un Chepis irritado—. Que tu papá me preste un coche y les enseño —me dijo.

—Yo no tengo papá ni coche —le dije.

—Entonces —a Pepe Santos— el tuyo.

—Tampoco.

—Yo tengo papá pero no tengo coche —dijo Pedro Ventura, mientras intercambiaba conmigo una mirada de extrañeza por la explicación del Chepis sobre la procedencia del dinero.

Pepe Santos dijo entonces que fuéramos ya a comprar las manoplas. Y en efecto, más fuerte que la duda era para todos la idea de las manoplas, las pelotas y los bats que Chepis compró en Sears esa misma tarde.

Pedro volvió a preguntarme en otra ocasión de dónde sacaba Chepis el dinero, mientras lo veíamos venir hacia nosotros por el parque, en el regreso a la temporada futbolera, botando un balón soñado después de comprarlo en Deportes Ledesma de la calle Teotihuacán. La vista del balón me hizo decirle a Pedro que no sabía, como quien le dice a otro que no estorbe, y en todo caso le repetí, levantándome de la banca del parque para ir hacia Chepis, la historia del tío y el estacionamiento.

Una vez estábamos jugando canicas en el rectángulo de tierra junto a El Cisne y Chepis nos dijo que después del juego iríamos a Deportes Ledesma a comprar musleras y muñequeras elásticas, rodilleras y guantes de portero, y que le encargaríamos al señor Ledesma la confección de unas camisetas con números y colores iguales para hacer un equipo serio y retar debidamente uniformados a nuestros rivales del Parque España. Pedro y yo le dijimos que de una vez. Chepis dijo que no, que al rato. Insistimos y Chepis dijo que siguiéramos con las canicas para más emoción.

En lo que jugábamos, Chepis miraba con insistencia a la miscelánea. Mientras llegaba su turno de tirar se dirigía ahí con un “¿qué pasó?” hecho con la cabeza y las manos. O hacía el numero 5 con los dedos, o amenazaba con el índice y volvía a hacer el 5. Deshacía el 5 y tronaba esos mismos dedos para indicar impaciencia y ordenar celeridad. En una de esas volví la vista a la tienda y vi adentro al Petunio; el Petunio me desvió la mirada y se fue a la trastienda. Vi a Chepis y Chepis, riéndose, me dijo: “¿Qué, ya me va?”. De vuelta al juego, Chepis se emocionaba desusadamente, elogiaba un tiro de calambre de Pedro, señalaba peligros en las posiciones y distancias de las canicas, se frotaba las manos más de lo necesario a la hora de tirar, temía hasta la exageración por un tiro que pasaba cerca de su canica, amenazaba con dar lo mejor de sí en lo sucesivo y nos decía “se les acabó el veinte” a cada momento.

El Petunio salió de la miscelánea y caminó hacia la puerta metálica que daba al zaguán del edificio. Puso las manos en el borde de la puerta, inclinó el cuerpo y lo sostuvo sobre un solo pie, como un perro al orinar o como lo hace un patinador sobre el hielo en la suerte giratoria que requiere la posición de las piernas en noventa grados. El Petunio justificó su postura gritando, hacia lo alto del edificio, el nombre de algún inquilino al que según esto le hablaban por teléfono. Yo seguí estos movimientos del Petunio en lo que pasaron dos turnos de tiro.

El Petunio regresó a la miscelánea, el Chepis hizo el tiro correspondiente y dijo que iba al edificio a tomar agua en el grifo que estaba junto a la puerta, cerca de la banqueta. Vi al Chepis agacharse contra la puerta, en un movimiento parecido al del Petunio, y luego comprobé lo que pasaba cuando el Chepis nos dijo a su regreso que fuéramos ya a Deportes Ledesma a comprar lo convenido. Ahora Nando dijo que acabáramos el juego de canicas; Chepis dijo que no porque iban a cerrar Deportes Ledesma. Mientras nos íbamos, vi cómo el Petunio nos miraba desde el interior de la miscelánea.

Un día doblé la esquina de siempre para encaminarme a El Cisne y vi mucha gente en y rodeando el local. Supe enseguida de qué se trataba. Pensé regresarme pero pensé también en las posibles sospechas. De modo que seguí hasta la miscelánea y fingí naturalidad al abrirme paso entre la gente. Mientras bajaba un gansito del armazón metálico que lo sostenía y destapaba un refresco sin gas, oí a la mamá de Matilde, la portera del edificio: decía que ahí estaban los dos muchachitos (me recargué en una de las hieleras para mirar a la mamá de Matilde); decía que tiraban volados para ver a quién le tocaba dejarse, y que también estaba Chepis, debajo de ella y encima de ellos, viéndolo todo. La mamá del Petunio me preguntó qué sabía yo —yo solo había descubierto el chantaje pero ignoraba el motivo, que ahora la portera me revelaba—, y yo dije que nada y pregunté qué había pasado.

La mamá y la tía del Petunio me contaron —y a todos los parroquianos de El Cisne, nuevamente— que de pronto notaron pérdidas considerables de dinero en dos cierres de caja. Le preguntaron a Roberto (el Petunio) y el Petunio, obviamente, dijo que no sabía nada. Entonces ellas empezaron la vigilancia estricta del Petunio y esto coincidió con un aumento de treinta pesos en la cuota regular que el Chepis le exigía. El Petunio protestó y alegó las sospechas de su madre y su tía, pero el Chepis no quería saber nada: los había visto parchando ahí a él y a Memo y se lo diría a las administradoras de El Cisne.

El Petunio se agilizó para burlar la vigilancia pero en alguna ocasión su madre y su tía le comentaron a la portera las sangrías sucesivas de la caja, y la portera, quien voraz había observado a quien mudo espiaba, armó perfectamente su conjetura, que era cierta. Las señoras de El Cisne llamaron al Petunio y lo hicieron confesar mientras lloraba. El Chepis llevaba ya tres meses de extorsión. ¿Y Memo? Se había cambiado de casa en el ínterin y nadie del rumbo había vuelto a verlo.

La mamá y la tía del Petunio esperaron el momento. Una vez en que el Chepis merodeaba por la miscelánea ellas lo agarraron de la camiseta (suéltenme, yo qué hice, pinches viejas) y le dijeron que lo iban a mandar a la Correccional para Menores. El Chepis se zafó y se fue corriendo. Ellas llamaron luego al tío del Chepis y tuvieron un encuentro lleno de insultos. El tío acabó pagando la mitad de lo que el Chepis había extraído de El Cisne mediante las manos del Petunio. Chepis se fue un año a Ciudad Juárez: más o menos el tiempo que tardó la portera en dejar de referir la historia. A mí, esa tarde en la miscelánea, me tocó la primera entrega.

Un día el Chepis regresó y me encontró sentado en una banca del parque. Chepis venía vestido de domingo y con los zapatos boleados, incluso pasó una mano sobre la banca antes de sentarse. Dirigía miradas a la miscelánea, que estaba a la vista desde nuestra banca, pero no hablamos del asunto. Luego me propuso que fuéramos a caminar por el parque. Ante mi negativa el Chepis dijo que, en ese caso, tenía que irse, omitiendo que podían verlo desde El Cisne y que sería incómodo para él. Entonces me paré, dije vamos y el Chepis se reintegró a nuestro circuito condesero. En ese entonces no había nada que no se disolviera en el aire del Parque México.

 

Luis Miguel Aguilar
Poeta, ensayista y narrador. Entre sus libros, Las cuentas de la Iliada y otras cuentas, Pláticas de familia. Poemas y prosas y Nadie puede escribir un libro.

Este texto, que aquí publicamos en siete episodios semanales, apareció originalmente en el libro Suerte con las mujeres, Ediciones Cal y arena, 1992.

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Presentamos la tercera entrega de la crónica de la colonia Condesa de Luis Miguel Aguilar. En esta ocasión, nuestro protagonista se enfrenta a las temibles y absurdas peleas de la infancia, los golpes propinados a causa de un balón, objeto sagrado de la niñez, que al mismo tiempo se convierte en un objeto que todo lo arregla.

Llanto y puños

Lalo, el Pelón y el Nene, los hijos de la portera del edificio de junto, fueron mis primeros amigos a los seis años de edad. El Pelón fue incluso mi primer contrincante en una niñez con intermitencias de puñetazos y machismo infantil cuyos desafíos siempre temí pero a los que acabé por entrar en cuanto me tocaban la cara.

Estábamos jugando a un pie de la fuente del parque. El Pelón se subió al borde para dar el salto al otro lado del pequeño arroyo que corría junto al chorro. Para urgirlo porque seguía él, Lalo lo empujó. Como yo estaba atrás, distraído, no me di cuenta de que el Pelón me había creído el culpable. En cuanto sacó los zapatos y los pantalones empapados de la fuente, el Pelón me lanzó un derechazo que me reventó el ojo izquiero y me hizo retroceder. Volví y le lancé un derechazo al estómago que lo dobló, luego lo levanté con un izquierdazo que le abrió el pómulo. El Pelón se vino abajo y se quedó sentado junto al borde de la fuente, sin aire por el golpe en el estómago y espantado por la sangre. Se puso a llorar. Yo me espanté más y me puse a llorar también. Nos fuimos juntos hasta nuestras casas, con Lalo y el Nene atrás, como si otros nos hubieran pegado.

En realidad nuestros contrincantes venían a ser los vecinos de la cuadra siguiente, habitantes todos del edificio de Parras 4. Eran Matilde, uno de los hijos de la portera, Pedro Ventura, que en la adolescencia sería mi gran amigo, y dos hermanos apodados el Necaxa y el Atlante, por los equipos a los que le iban. Las disputas eran por un prado del parque ideal para jugar futbol: en él estaba la pared de la biblioteca pública que funcionaba como portería. De otro modo el destino era jugar sobre tierra, porque aún no enlosetaban las avenidas y las pequeñas explanadas del parque (esto traía, además, unas tolvaneras de pronóstico). Los de Parras 4 llegaban siempre a corrernos y nos íbamos humillados porque sobre todo Matilde era feroz para los golpes. Apenas Justino, otro hijo de carpintero, se enfrentaba a él en peleas cíclicas de campeonato. Llegaron a pelearse solo por el gusto, sin motivos reales. Cuando no tenían nada que hacer, sus amigos le decían a Matilde que fueran a buscar a Justino para madrearse. Justino decía incluso que estaba ayudando a su papá a poner la cola en algún mueble pero que enseguida saldría. Poco después empezaba la madriza.

Aquella vez llegaron a corrernos como siempre. No lo aguanté porque ese día de Reyes Magos estrenaba unas rodilleras de portero y un uniforme del Real Madrid y les dije que habíamos llegado primero. Mi inesperada rebelión era lo que Matilde esperaba para ejercitar sus temibles puños. Cuando me di cuenta ya era muy tarde y estábamos en guardia. Entonces me di cuenta de otra cosa. Días antes, jugando futbol de banqueta, al tirarme de un lado a otro como portero espectacular me había descalabrado la cabeza a la altura de la sien derecha contra un poste de asbesto. Fue una herida aparatosa que me costó varios puntos y un parche ciclópeo en el Sanatorio Durango cercano a la casa. Supe entonces que Matilde no solo iba a despedazarme sino que la descalabrada me hacía un blanco más fácil. Empezamos y mi cobardía me indicó el modo de salir: al primer rozón de los puños de Matilde me puse a llorar. Matilde se espantó y salió corriendo con los otros.

Años después, en el borde de la adolescencia y durante ella, por instigación de los mayores de la pandilla que venían de todas las calles de la Condesa al centro convocador del parque, Matilde y yo nos pondríamos los guantes de box en dos ocasiones y Matilde me noquearía técnicamente en las dos. Todavía no sé cómo me enfrascaba en eso sabiendo que iba a perder y sabiendo, más aún, mi temor profundo a los golpes.

Una tarde acababa de llover y como otras veces me salí al parque a tirar unos pelotazos contra la pared de la biblioteca. De la calle de Parras llegaron entonces el Necaxa y unos amigos recién adquiridos por él: tres yucatecos, hijos de la señora que acababa de abrir la miscelánea El Encanto, en el piso bajo del edificio de Parras y Ámsterdam.

Se sentaron en una banca cercana para gritar algo cada vez que yo pateaba la pelota contra la pared. No fue suficiente provocación. Como yo seguía pateando, se pusieron de pie y se acercaron al prado. Seguí pateando. En una de esas la pelota pegó en la esquina de la pared y salió desviada hacia uno de ellos que por supuesto hizo lo esperado: no me la devolvió sino que la detuvo y se la aventó a otro. Me senté en el pasto y colgué los brazos sobre las rodillas, bajando la cabeza para quitarme el sudor como quien acaba de hacer ejercicio y ve practicar a otros en un gimnasio.

—Cuando acaben de jugar me avisan —les dije.

—Apenas vamos a empezar —me dijo el mayor de ellos y avanzó hacia mí.

Me empujó y al irme de espaldas se me echó encima para infligirme la llave sometedora y al uso: estirarle los brazos al de abajo y ponerle las rodillas contra los bíceps. Luego, hacerle lo que se llamaba “tortura china”: con los huesitos de los dedos cordiales apretarle las sienes a la víctima. Los otros vinieron a detenerme los pies para que no me zafara del modo acostumbrado en esa situación: un rodillazo contra los bajos del torturador. Alcancé a levantar una pierna y le di una patada no al torturador sino a uno de los yucatecos restantes, que eran gemelos.

—Déjamelo a mí —le dijo el gemelo al yucatecto mayor, que me quitó las rodillas de encima. “Mmhhta madre”, me dije por dentro para indicar el arribo de la desgracia, mientras me levantaba con las piernas flojas de miedo.

—Dénme mi pelota y ahí muere —dije, más suplicante que conciliador.

—No, ahí no muere —dijo el gemelo—. ¿Por qué me pateaste?

—Fue sin querer.

Se acercó y me empujó.

—Esto también fue sin querer. Y esto— y me reventó un puñetazo en la cara.

Recuerdo entonces una madriza severa. Un rato después veo al gemelo frente a mí, resollando, con los ojos cerrados por la hinchazón, los labios rotos y la nariz sangrante, y yo resollando también y sorprendido, al apartarme, de la obra que acababa de hacer en la cara del gemelo. Yo, casi ileso: un dolor del primer puñetazo que me habían dado, y otro dolor más ligero en la quijada. Nada de sangre en mi cara. El gemelo, exhausto, trataba de contener las lágrimas hasta que vino a él la palabra que las desató:

—Perdí —dijo, mirándome pero diciéndoselo en realidad a sus hermanos y al Necaxa. El Necaxa se empezó a quitar el suéter y me dijo, ofendidísimo después de reponerse a la incredulidad:

—Ahora vas conmigo, cabrón.

Milagrosamente se habían aproximado como espectadores dos desconocidos del tamaño del yucateco mayor. Ellos le dijeron al Necaxa que no habría más. El Necaxa me amenazó con venir otro día a madrearme y se fue con los yucatecos rumbo a Parras mientras yo iba por la pelota que había ido a dar a varios metros de ahí, con esos desplazamientos inexplicables que tienen las pelotas cuando por unos instantes han dejado de ser el centro del mundo.

Los desconocidos que habían parado al Necaxa me felicitaron mientras comenzaba a invadirme la culpa de siempre cada vez que era el ganador de una pelea. Traté de apartarla respirando hondamente mientras mis defensores y yo hacíamos un triángulo para patearnos la pelota. Luego se fueron y seguí peloteando solo como al principio. Llegaron otros de la cuadra y empezamos a jugar tiros desde lejos, siempre con la biblioteca de portería: tres tiros y el perdedor se retiraba para que entrara otro. Como a la hora llegaron de nuevo el Necaxa y los yucatecos, el gemelo ya limpio de sangre pero con los ojos y los labios hinchadísimos. Entonces el yucateco mayor hizo la pregunta por la que debió empezar todo hora y media antes:

—¿Dan chance de jugar?

Hizo la pregunta en general, como en un arreglo diplomático que me incluía sin incluirme —sin conceder demasiado por su parte— y yo por supuesto dije que sí. Cuando me tocó tirar contra el gemelo con el que me había peleado, que con la hinchazón de los ojos apenas si podía ver de dónde venía el tiro, ambos optamos por manejar las cosas con pinzas y hasta la obsequiosidad infrecuente: él por ejemplo decía “buen tiro” y yo, si la bola que había disparado se iba lejos de la portería o a la calle, salía corriendo en vez de dejar que el portero fuera por ella como era la costumbre. Teníamos doce años y pasábamos de las broncas a las cordialidades de cancillería sin más transición que una pelota.

 

Luis Miguel Aguilar
Poeta, ensayista y narrador. Entre sus libros, Las cuentas de la Iliada y otras cuentas, Pláticas de familia. Poemas y prosas y Nadie puede escribir un libro.

Este texto, que aquí publicamos en siete episodios semanales, apareció originalmente en el libro Suerte con las mujeres, Ediciones Cal y arena, 1992.

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Ofrecemos a continuación la segunda entrega de la crónica de la colonia Condesa de Luis Miguel Aguilar. En este episodio, un trío de yucatecos desatan el caos con sus rocambolescas y alcohólicas andanzas, y la casa del escritor se ve sitiada, cual castillo mediaval, por una pandilla capitaneada nada menos que por Alberto Vázquez.

La noche en que al Tuch lo entregaron

La casa de la avenida México 15 siempre estuvo llena de huéspedes venidos de todas partes de la provincia mexicana y eventualmente de Centro y Sudamérica. Controlar a estos vándalos no era tarea fácil para doña Emma y doña Luisa. Casi no había noche sin entuerto. Estos entuertos tenían un formato similar: hasta la casa llegaban demandantes o vendeteros por modos tan diversos pero tan coincidentes como los gritos, los golpes o las balas.

Por las balas: una noche de mi niñez mi prima Lupe fue a despertarme con la noticia de que unos bandidos habían disparado contra la casa y que había un hoyo inmenso en el vidrio grueso de la puerta. El tiro se había colado entre los viejos barrotes Art Decó y fue a dar, una cicatriz aún palpable largo tiempo después, contra la puerta de la azotehuela que estaba abierta. La bala no llegó, así, a la cocina, donde estaba doña Emma preparando desayunos y cantando, como todas las mañanas, una de sus tonadas favoritas:

       Para bailar y cantar bien el fado,
       Hay que nacer en Portugal;
       Tristes recuerdos me trae el pasado
       Que ya no volverá.

Cuando sonó el impacto, un huésped protegió a doña Emma tras el refrigerador hasta cerciorarse de que no habría más tiros. El destinatario de la bala era el huésped apodado El Caballo. Lo venían persiguiendo por todo el parque algunos litigantes de faldas y El Caballo —lo cual era parte del formato acostumbrado—se había metido hecho la raya a la casa mientras los persecutores trataban de cazarlo con la última bala de la pistola.

Cosas así, aunque no siempre tan extremas, eran el pan de cada día o el jugo de cada madrugada en nuestra casa. Recuerdo especialmente la noche en que al Tuch lo entregaron.

El Tuch era un huésped yucateco y así lo apodaban sus coterráneos porque era chaparro, redondo y tenía el destino negro como un ombligo (tuch en maya). Los otros huéspedes yucatecos eran El Xix (Shish), así apodado por el Tuch porque era bajo y codo como un residuo, y El Cavax (Cavash), así apodado por El Xix porque era negro, enano y elipsoide como un frijol.

No hace falta agregar que los tres eran unos briagos de pronóstico. Lo menos que hizo El Xix en una borrachera fue meterse al lago de los patos del Parque México a las dos de la mañana para estrangular a un especimen. Los cronistas registran que antes de introducirse al lago con todo y suelas, el Xix dijo en su acento peninsular, refiriéndose a su proyecto sobre el pato:

—Voy a someterlo, y mandar que lo hagan pebre.

La caza fue infructuosa pero los frutos del escándalo casi les cuestan al Xix y a sus acompañantes, primero, una madriza con los guardianes del Parque México, y luego una estadía prolija en la Octava Delegación. Cierto ungüento monetario procuró la elemental aquiescencia policiaca.

Lo menos que hizo El Cavax fue tomarse, él solo, dieciocho cubas en la cantina El Cú-Cú de la esquina de Coahuila e Insurgentes y luego transitar, él solo, por la placita de Popocatépetl para enseguida convocar, él solo y contra él, a toda una pandilla zonal dirigida por el protocantante Alberto Vázquez. Los pandilleros siguieron al Cavax hasta nuestra casa de huéspedes. Como El Cavax abrió y cerró rápidamente la puerta de la casa y fue a meterse en las cobijas para fingir somnolencia, los pandilleros cercaron la casa y solicitaron a gritos su cabeza.

Doña Emma salió al balcón para decirles a los sitiantes que se fueran o llamaría a la patrulla. Los sitiantes enardecidos le gritaron que la patrulla más cercana era una extensión de ellos mismos. Desde el balcón del castillo, doña Emma vio hacia la noche del Bosque San Martín y tuvo entonces la brillante idea de poner a calentar volúmenes nunca vistos de agua en las ollas más enormes que hubiera en la cocina. Regresó al balcón a decirles a los sitiantes que en breves momentos caería sobre ellos, como en las irrefutables películas de la Edad Media, una cantidad a pensarse de quemaduras que fluctuarían entre el primero y el segundo grado, según lo próximos que estuvieran los sitiantes de las puertas del castillo, y según les tocara, o no, el contenido de otra olla especial pero igualmente en preparación: varios litros de aceite Capullo —tanta la reserva disponible porque era casa de huéspedes— que serían volcados sin contemplaciones sobre las hordas enemigas.

Dicen los cronistas que los perturbadores del castillo mentaron madres pero, citan a doña Emma, finalmente “ahuecaron el ala”. Es decir que partieron con diligencia. A ese hecho le debemos la versión mexicana de “Sixteen Tons” interpretada por Alberto Vázquez quien, así disuadido por el hervor de los peroles, tomó la senda del juglar radiofónico y dejó para el cine las actividades pandilleriles. En sesión solemne y frente a un café inmerecido, un Cavax lacrimoso juró ante doña Emma que no lo volvería a hacer y dio gracias por haber salido con tanto bien de tan mal trance.

Lo menos que hizo El Tuch a las tres de aquella mañana fue decirle al taxista que entraría por dinero a la casa de México 15 y que en un instante saldría a pagarle. Acto seguido, El Tuch fue a encerrarse en uno de los dos baños que había en el primer piso. El timbre de México 15 sonó tan bestialmente que doña Luisa fue a abrir. El taxista le dijo a doña Luisa, primero, que cuarenta y cinco minutos atrás un señor había entrado en la casa luego de decirle que iría por dinero para pagarle y aún no había salido; y segundo, que si antes de pasar, primero, él mismo a romperle la madre al señor, y segundo, llamar a la policía, los habitantes de esa casa no tendrían la gentileza, primero, de darle una cubeta de agua, y segundo, una jerga, porque el señor se había vomitado profusamente en el taxi.

Luego de oír los reclamos y las solicitudes, doña Luisa le preguntó al taxista cómo era el señor que se había metido sin pagarle, porque en esa casa habitaban muchos señores. El taxista le dijo entonces que era chaparro y algo gordo y que hablaba como yucateco.

Doña Luisa no andaba para enigmas y fue a tomar a la Esfinge por el pelo. Entró sin preámbulos al cuarto de los yucatecos que se hacían los dormidos y preguntó al primero de ellos, sacudiéndolo:

—¿Usted es Heriberto? —el nombre del Xix.

—No —dijo El Cavax—. Yo soy Mario.

—Heriberto —dijo doña Luisa sacudiendo al Xix al ver que una de las camas estaba vacía—: ¿Dónde está Ramiro?

—Está en el banio, donia Luisa, está en el banio. Trae enredo. No le haga danio, está pedo—dijo peninsular y cacofónicamente El Xix, entregando al Tuch a la Mano Secular de México 15.

Doña Luisa apenas contuvo su irritación:

—Sáquenlo de inmediato, y que pague lo que tiene que pagar —les dijo al Xix y al Cavax, sabiendo que no resolverían el problema, mientras bajaba al cuarto de costura por la solución adecuada. El cuarto de costura era también cuarto de herramientas, sala de radio, probador de clientela, bodega de maniquíes y, entre otras tantas cosas, dormitorio de doña Emma, doña Luisa y el menor de la familia que era yo.

—¿Qué pasa, mamá? —le pregunté hipócritamente a doña Emma, fingiendo que me despertaba, como El Xix y El Cavax, mientras del cuarto veía salir a doña Luisa con un martillo.

—Nada. Duérmete —dijo doña Emma, levantándose de la mesa de trabajo en la que se sobaban el lomo ella y doña Luisa hasta las madrugadas para acabar vestidos de clientas siempre urgidas, que luego pagaban bicocas por trabajos increíbles—. Duérmete—reiteró al cerrar la puerta y salir al “hall” de la planta baja.

Me levanté y con un dedo discreto moví los visillos que daban a la planta baja para incorporarme al público que se había formado ya en todos los niveles de México 15. En materia de sonido, no había problema:

—No puede salir, donia Luisa—dijo El Cavax, arriba.

Sonó el primer martillazo en la puerta del baño; antes, o al tiempo, la voz de doña Luisa. Aún le hablaba “de usted” al Tuch:

—¡Salga, pedazo de porra!

—¿Quién es? —preguntó El Tuch, haciéndose el usuario eventual del inodoro.

—¡Salga, comemierda! —dijo doña Luisa en el español que le habían dado los años vividos en el noreste cubano, al tiempo que martillaba contra la puerta con proverbial fuerza atribuida a su nacimiento asturiano cincuenta y pico años atrás.

—Luisita, mi reina, ¿es usted?

—¡Luisita, la miarda! —dijo doña Luisa en el español que le habían dado los años vividos en el sureste mexicano; años que daban en sustituir, sobre todo en momentos de irritación insostenible, la e de “mierda” por la a de “miarda”.

Así que cuando El Tuch salió del baño, persuadido por los martillazos, doña Luisa ratificó:

—¡Vaya a enfrentar lo que debe, pedazo de miarda!

Vimos bajar al Tuch rumbo a su compromiso con el martillo de doña Luisa atrás y encima de él, escalón por escalón. El silencio de la canalla era espectacular; nadie se atrevía a escarnecer al Tuch, como habría sido el caso en una deriva menos imponente. Detrás del Tuch y el martillo de doña Luisa bajaron El Xix y El Cavax. Habían hecho ya una colecta entre otros huéspedes. En aquel entonces los “otros huéspedes” tenían a su vez dos modos de recolectar, una vez que se agotaba el giro enviado desde sus casas provincianas: iban al Monte de Piedad a empeñar la prenda que fuera, pero que fuera por lo general la prenda de otro huésped; y el otro modo era cantar en los camiones. De esos fondos habidos en el día juntaron El Xix y El Cavax para alcanzar al Tuch y darle dinero al taxista. Regresaron por una cubeta y una jerga y ellos mismos ayudaron a la limpieza del taxi.

Cuando vi que todo volvía a su cauce, me regresé rápidamente al sintético sofá-cama y me hice el dormido entre las cobijas con una suerte mejor que la de El Xix y El Cavax. Doña Emma entró poco después. Doña Luisa entró poco después de doña Emma, puso el martillo junto a la mesa por si hiciera falta de nuevo, y concluyó.

—Porra. Pedazo de miarda.

Luego, calmándose, le dijo a doña Emma:

—Emma, ¿ponemos café?

—No, Luisa, porque nos da sueño. No vamos a acabar. La señora Meltzer y sus hijas vienen a las nueve a probarse. ¿Tú has visto, lo que hizo Ramiro? Mañana mismo le voy a pedir que se vaya.

—Pedazo de porra. Vaya a la miarda —dijo doña Luisa y volvió al tema—: Un buchito, Emma —para sugerir un poco de café en el español que le habían dado los años vividos en el noreste cubano pero, sobre todo, los años vividos cosiendo hasta la madrugada para sacar la casa adelante.

—Bueno, un buchito, Luisa —dijo doña Emma sabiendo que les faltaban noches y años de costura y huéspedes para sacar la casa adelante.

—Un buchito, Emma. Y pon el radio muy bajo para no despertar a Güicho —dijo doña Luisa refiriéndose a mí, mientras doña Emma se dirigía a la cocina por café.

Doña Luisa siguió murmurando, discutiendo a solas, aún reprendiendo al Tuch y a la situación que había traído.

—¿Tú te has fijado, Luisa? —dijo doña Emma al entrar con las tazas de café, haciendo la pregunta de siempre en esas ocasiones, y siempre descartando el hecho de que llevaban noches de no dormir—. ¿Por qué a nosotras nos da sueño el café, y a otras personas se los quita?

—Es que toman café de porra, Emma. El buen café no tiene por qué desvelar a nadie —dijo doña Luisa—. Solo es un buchito. Y si nos da sueño, Dios dirá.

 

Luis Miguel Aguilar
Poeta, ensayista y narrador. Entre sus libros, Las cuentas de la Iliada y otras cuentas, Pláticas de familia. Poemas y prosas y Nadie puede escribir un libro.

Este texto, que aquí publicamos en siete episodios semanales, apareció originalmente en el libro Suerte con las mujeres, Ediciones Cal y arena, 1992.

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