Salí del cuarto para pedirle a mi roomie, por tercera vez, que callara la música del pasillo. La encontré hincada en su cama junto a una chica y un chico, los tres desnudos y con tapones de papel higiénico en la nariz. Cuando me vieron aparecer envuelta en una pijama polar de renos, los ojos cansados y con mi antifaz para dormir en la frente supe que se arrepintieron de dejar la puerta abierta. Güey, bájale por favor a tu bocina, son las cuatro de la mañana, le dije y regresé a encamarme, no sin antes poner el seguro y ver con tristeza y profunda frustración mi reloj digital: tenía dos horas para descansar antes de que sonara la alarma. ¿Fue efectivo mi regaño? La música enmudeció, pero las risitas siguieron acompasando mi desvelo.

En el último año he tenido siete compañeros de departamento. Siete. A estas alturas estoy tan cansada de explicar cómo funciona el boiler y la lavadora que me pregunto si acaso no debería rendirme ante la fuerza del destino. Pero qué voy a hacer: ¿vivir sola con un salario que apenas y me alcanza para compartir una renta? ¿Mudarme a las afueras de la ciudad, esa periferia de la que vengo huyendo desde hace cinco años? ¿Esclavizarme a un trabajo que me dará días infelices, pero noches cómodas en un departamento del doble de superficie? Me respondo que no, mientras recojo la maraña de cabellos que ha tapado una vez más la regadera.

Ilustración: Estelí Meza

A veces creo que el problema está en mí y no en ellos. Es cierto que he pecado de cuatro cosas: confiar en el sentido común, aceptar a quienes vivirán por primera vez fuera de la casa de sus padres, sobrestimar la juventud, negarme a creer en el egoísmo. Un amigo, que siempre habla en adagios, me aconsejó alguna vez: lo ideal es no vivir con gente totalmente desconocida (las sorpresas podrían ser atroces) ni tampoco con los mejores amigos (pues se puede acabar de pleito). Conocidos de segundo grado, medianamente amigos; buscar un intermedio, aristotélica virtud, aurea mediocritas de la vida comunitaria.

Aunque he tenido buenas experiencias, son las de menos. Para sobrevivir a la ciudad, a los trabajos malpagados y a un futuro difuso, no queda más que tolerar los ruidos ajenos, los pelitos en el jabón, las otras costumbres. La intimidad: no un derecho, sino una penitencia hecha cifra que tiene predial o fiador. Al hablar con mis amigos, me pongo a repasar algunas historias de terror: la leyenda del roomie que llegó (a un quinto piso) con un carrito de supermercado robado; la fábula de la compañera que le dio copia de la llave a todos sus amigos; la parábola del que prometió sacar la basura y guardó la de todo un mes en su cuarto porque le dio flojera; el cuento de la chica que defecaba en la regadera porque decía ser alérgica al papel; el relato del roomie que salió a comprar fruta y no regresó jamás, dejando tras de sí todos sus muebles, su ropa y tres meses de adeudo.

Cuando me siento más triste tengo la poco higiénica manía de buscar departamentos en venta por internet. Una habitación, pocos metros, la ubicación terrible y ni así podría solventarlo. Varias veces he pensado en dejar de aferrarme a la ciudad de los derrumbes e irme a otra parte. Pero mi casa, intangible y sin paredes, con ladrillos que son más bien rostros, con cimientos que apenas brotan de mis razones por habitar un lugar, sólo está aquí.

Por ahora, más que residente de un condominio, me siento administradora de un hostal: limpio algunas áreas comunes, veo a los desconocidos usar mis muebles, mis trastes, tomar mis especias, dejar abierto mi shampoo; los veo llegar, mudarse, irse de nuevo. Me he dado cuenta de que mis fantasías actuales no incluyen el encontrar al hombre idóneo, caballero andante que llegue a rescatarme de la torre encantada, sino al roomie perfecto, ése que me librará de sentirme prisionera en mi propia casa, ése que vivirá en paz, el que podrá tomar mi vajilla porque la cuidará y la lavará y la sentirá suya. Ése que no me convertirá ni en su hija a base de regaños ni en su madre decepcionada y harta, sino sólo en una acompañante de este intento en común por encontrar una vida propia sin necesidad de una pareja.

Sobre el refrigerador hay una caja de cereal que ya no le pertenece a nadie. Siete posibles opciones me pasan por la cabeza en el intento de recordar quién era el dueño. Siento una especie de rencor hacia esos Cheerios de chocolate, ya rancios, acartonados y huérfanos. Convierto mi hastío en una carta mental de disculpas, por haber sido alguna vez la mala roomie, descuidada y triste en otros tiempos y en otros departamentos: a V. por la comida que abandoné hasta la putrefacción; a A. la luz que se colaba de madrugada bajo el quicio de la puerta; a D. los ruidos nocturnos; a B. por obligarla a ser cómplice de mi carga más dolorosa y verla limpiar la melancolía de cuatro años que yo no pude enfrentar.

Mi hostal no tiene nombre, tampoco regala jabones pequeños. Alberga muchas toallas que los huéspedes han dejado, todas están limpias. A veces es de tres estrellas, a veces de cinco, a veces de una. Se localiza en una buena ubicación, un puesto de verduras enfrente, un Oxxo en la esquina, un buen surtido de garnacha. No acepta la congregación de tríos amorosos en el pasillo. No tiene libro de visitas. Le suplico, querido huésped, que apague el boiler antes de meter su ropa a lavar. De lo demás, desgraciadamente, habremos de encargarnos.

 

Laura Sofía Rivero
Ensayista. Su libro Tomografía de lo ínfimo obtuvo el Certamen Internacional de Literatura “Sor Juana Inés de la Cruz” 2017.

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Las presentaciones de libros parecen una actividad obsoleta, además de soporífera. Pocos saben por qué siguen existiendo.

Para Sergio, para Robin

Es su solemnidad innecesaria la que me hace preguntarme esto. Acartonadas e inútiles, su formato anquilosado las convierte en hermanas del congreso, la cátedra soporífera, la misa dominical. Tornan la conversación amena en un suplicio donde las palabras rechinan y duelen, son cerradura forzada.

Revestidas de un aire viciado, las presentaciones han perdido toda razón de ser; se saben aburridas. Por eso ruegan auxilio a la cerveza gratuita y a los canapés de atún que sirven como carnada para atraer a la audiencia. ¿Qué hacer cuando estas artimañas fallan? Si los asistentes pueden contarse con una sola mano a la que le sobran dedos, no faltará aquél que preludie su participación agradeciendo ese espacio tan íntimo, por no decir, impopular, por no decir deprimente, por no decir ya sabía yo que debía quedarme en casa.

Quizá si seguimos efectuando este extraño rito de bautizo editorial es porque la presentación es un ardid para imaginar mundos perfectos, donde todos los libros son excepcionales y valiosos, los ponentes se agradecen y miman y acicalan y comparten la mesa y el pan; nos hace pertenecer a un mundo en donde el agua embotellada brota cual manantial plastificado. El protocolo acoge una serie de actos ineludibles: 1) la puntual narración de cierta anécdota personalísima que nada viene al caso; 2) el clímax conmovedor que puede devenir en llanto (al gusto); 3) la difamación de otros autores o círculos (presentes o no); y 4) la cita sesuda en otro idioma; actos que van subiendo de tono como una borrachera. Pero a pesar de ello, de las pequeñas moronas de cizaña y terror, el ambiente general es el de la conformidad, medianía estéril, ese sentimiento tan lejano a la literatura.

¿A quién debemos esta actividad por demás sobrada? ¿Cuándo comenzó? Me gusta pensar en los muchos Primeros Hombres: el que juntó sus labios con otros para inventar el beso, el curioso que hurgó entre la cáscara más ruda hasta encontrar agua de coco, el que forjó una nueva palabra. Todo Primer Hombre, inaugurador de oficio, vive por un momento en la tentativa de ser dios o ser demonio. Su actuar puede devenir legado o lastre o bocanada de olvido. Un Primer Hombre dio origen a ese ritual árido y nos comprometió a la mesa rectangular de mantel verde, a las semblanzas mal leídas (que, me consta, pueden confundir las siglas del FONCA con las del FONACOT), a los lugares comunes, al tedio.

Ilustración: José María Martínez

Hagamos un cálculo vago: si alguien decide gastar dos horas a la semana, pensemos, cada quince días en eventos como estos; a lo largo de un año habrá destinado la pasmosa cantidad de cincuenta y dos horas sentado en ese templo libresco a medio derruir, preso de un fanatismo digno de las viejecitas arrodilladas que recorren los misterios dolorosos entre sus dedos mientras las notas de un órgano cimbran su corazón. El Dios de la Literatura está sediento. Exige su tributo. ¿No puedes regalarle tan sólo una hora a la semana? Ven, oveja perdida, confiesa tus pecados: no terminaste a Proust ni tampoco el Ulises, abandonaste un libro en la página veinte, no devolviste otro que alguien te prestó y por tu culpa alguna colección quedó incompleta, por tu culpa, por tu culpa, por tu gran culpa. Top, top. Primera llamada. Top, top. ¿Sí me escuchan? Atiende a este discurso que el presentador va a leer como se lee el padrenuestro, de corridito y sin pausa. Sólo así expiarás tus pecados.

Espero que en tiempos próximos la conciencia ecológica sea capaz de erradicar las presentaciones de libros al sopesar la cantidad exacta de kilos de papel que gastamos al año en personificadores. O que, por fin, alguien se harte del genio maligno que provoca amnesia en los amigos, quienes ya sentados en el pódium se olvidan de tu nombre y te dicen El Autor o, peor aún, te hablan por tu apellido, recordándote lo que pocos: tus años en el colegio, donde más que una persona, eras un número de lista.

Mis únicos dos motivos para asistir a los eventos literarios consisten en sonsacar a mis amistades, ya reunidas, para sudar —quiero decir, comulgar— mediante lúbricos ritmos latinos al término del evento, y en perseguir como buitre lo que se ofrezca gratuito, siempre al acecho del mesero inerme. Sólo eso espero de las presentaciones, pues, en un presente donde no se necesita salir de casa para ir al cine ni para hacer las compras, en este mundo a domicilio, ¿qué nos hace empecinarnos en seguir religiosamente las fórmulas corroídas?¿Es necesario reunir a ocho personas en una salita para decir lo que se puede escribir en dos párrafos? Quizá su aporte existe, pero no bajo ese formato en donde el diálogo pocas veces ocurre entre las participaciones moderadas, sino desperdigado en los pasillos, postrero, escurridizo. En las escasas oportunidades que he tenido de presenciar intentos frustrados por cambiar este protocolo, he topado de bruces con personajes que caen en la paradoja de pervertir un orden al que, de hecho, se someten. No se preguntan por el objetivo primordial que nos hace reunirnos y comentar. Se siguen ciñendo a un mismo y eterno corsé. Semblanzas, aprietan. A mí me pareció que, aprietan. ¿Concebiste el libro unitariamente o por partes?, aprietan. Voy a leer sólo un fragmento para no aburrirlos, aprietan. Con mi total agradecimiento para, aprietan.

Se escuchan los aplausos finales. Las sillas rechinan e inauguran el bullicio. Vuela la pluma y hace piruetas confusas, ¿cuál es tu nombre? Las presentaciones diseminan por la faz de la Tierra ejemplares autografiados que saturan las esquinas de las librerías de viejo. ¿Es una dedicatoria el mayor beneficio que se puede obtener del contacto con el autor? Hay problemas literarios a los que aún no hallamos respuesta. Asistir a estos eventos nos ubica en la frontera donde pelea la importancia del artífice con la del artificio. ¿Qué es la literatura fuera de la página? Yo más que esta pregunta, tengo una sospecha. Si seguimos perpetuando una práctica como ésta solo por costumbre, pronto el ser asistente a eventos se convertirá en oficio, como sucede con todos aquellos trabajos creados por la inercia: el del individuo destinado a doblar la porción de papel higiénico en la entrada del baño, el de los promovendedores que disparan balazos de perfume, el del semáforo humano. Tal vez en algún momento ya no faltarán editores o correctores de estilo, sino escuchas. No creo que el viejo truco de abarrotar salones con estudiantes incautos nos siga funcionando mucho tiempo.

 

Laura Sofía Rivero
Ensayista. Su libro Tomografía de lo ínfimo obtuvo el Certamen Internacional de Literatura “Sor Juana Inés de la Cruz” 2017.

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