Nexos cumplió 40 años este 2018. En el afán de retratar la variedad de preocupaciones, registros y autores que han pasado por sus páginas, Nexos y el Fondo de Cultura Económica publican una antología en dos tomos que recoge textos de 480 números que retratan el pulso de esas épocas al tiempo que provocan al lector contemporáneo.

A esta antología la acompañan los recuerdos de quienes han dirigido la revista. Sus evocaciones hablan de las variables que acompañan cualquier empresa editorial de esta envergadura: de las preocupaciones teóricas a la importancia de los amigos, de los precios del papel a la búsqueda de publicidad. De todas las constantes que hermanan a estas cuatro voces, quizá la mayor sea compromiso absoluto de hacer de este espacio una “parte inteligente de la vida pública”.


Sobre los orígenes de Nexos

Enrique Florescano

El primer número de Nexos aparece en enero de 1978, dentro de un marco político, social y cultural muy precario. Las turbulencias económicas —internas y externas— habían mellado la capacidad del Estado para responder a las crecientes y justificadas demandas de empleo digno, frenar la desigualdad, renovar los debilitados organismos de justicia, salud, educación e investigación, poner un alto al desorden urbano y territorial y, en fin, abrir canales respiratorios al endurecido muro de la vida política.

El aplastamiento brutal del movimiento democrático de 1968 era una losa que cerraba los poros de una sociedad que había crecido y se había diversificado. En ese panorama y bajo el clima de insatisfacción que recorría el país, surgió la idea de crear una revista que rompiera las barreras que entorpecían la comunicación social, una publicación diferente a las existentes. Los promotores de esta revista creían en la posibilidad de un diálogo entre los medios y el gobierno, y entre los distintos componentes de las comunidades académica y cultural y la sociedad.

Nexos nació como una propuesta original y abierta. Propuso integrar en sus páginas los temas de la ciencia y la tecnología al lado de los de la economía, la política, la educación, la ecología, el proceso urbano y demográfico y los asuntos que afectaban o podrían interesar a la población plural. Por ello integró en su equipo editorial a un grupo variado de científicos expertos en esos temas, junto con aquellos que trabajaban en las ciencias sociales (antropólogos, historiadores, filósofos, sociólogos, economistas, demógrafos), así como al imprescindible sector de escritores, musicólogos y ensayistas que tuvieron a su cargo los temas de literatura y las artes. He aquí la plantilla de colaboradores de ese primer número: Enrique Florescano, Héctor Aguilar Camín, Adolfo Castañón, Julio Frenk, Guillermo Bonfil (†), Pablo González Casanova, Lorenzo Meyer, Alejandra Moreno Toscano, Carlos Pereyra (†), José Luis Reyna, Luis Villoro (†), Arturo Warman (†), Luis Cañedo, Eugenio Filloy, Cinna Lomnitz (†), Daniel López Acuña, José Warman, Antonio Alatorre (†), José Joaquín Blanco, Carlos Monsiváis (†), Yolanda Moreno Rivas (†), Alba Rojo (†) y Bernardo Recamier.

Nexos, decía la página editorial de este primer número, “no pretende convertirse en un foro unificador, ni aportar la visión integrada de tantas disciplinas: tan sólo reunirlas en sus páginas y ofrecer un abanico crítico de sus tendencias y hallazgos; sacar de sus respectivos guetos especializados a la investigación científica y académica y difundirla entre sectores más amplios; actualizar los conocimientos que explican nuestros problemas estratégicos; explorar nuestro espacio crítico, cultural y literario, y nuestra realidad educativa; multiplicar las opciones de lectura e información mediante el registro sistemático de libros recientes y publicaciones periódicas; divulgar los temas centrales de la cultura contemporánea […] Nace con la certidumbre de que los estudiosos de la naturaleza y de la sociedad, así como los creadores de la literatura y las artes, deben unir sus esfuerzos y colaborar en el análisis exigente y amplio de los problemas pasados y presentes de nuestra sociedad”.

La ambición de ser puente entre las comunidades científica y cultural y el público amplio es un sello de identidad que se ha mantenido y ampliado en los días actuales. Nexos estableció una nueva relación con los lectores abjurando de la jerga “científica” o especializada. Fue en busca del lector y creó un público lector. Que hoy, frente a la competencia de sus pares y de los nuevos medios de comunicación, Nexos se mantenga como una referencia para quienes importa lo que ocurre en México es una hazaña. Un logro que debe atribuirse a la continuidad de sus propósitos, a la calidad y compromiso de sus colaboradores y a la perspicacia de su cabeza dirigente, es decir, al celo e imaginación periodística de Héctor Aguilar Camín, su director más longevo y creativo.

Nexos mantiene vigentes los propósitos de su nacimiento pero es un nuevo Nexos: un Nexos con formato, temática, agenda, estilo y colaboradores que representan a una nueva generación del periodismo nacional. Conserva una característica que la distingue de otras publicaciones semejantes: es una empresa colectiva. Creo que sus colaboradores actuales, como aquellos que le dieron origen, se sienten parte de un proyecto colectivo, de una empresa comprometida con servir e informar bien a sus lectores.

Con ese ánimo nació un año más tarde el libro México hoy, coordinado por Pablo González Casanova y Enrique Florescano y escrito por la mayoría de los colaboradores de Nexos. México hoy fue el primer intento de presentar un retrato lo más aproximado posible al diverso y complejo México de los años 70. Tuvo una acogida extraordinaria e inesperada para sus autores, quizá porque como Nexos, abandonó el lenguaje especializado y sus autores tomaron la pluma para comunicarse con el lector común. Creo que este modo de pensar el periodismo y el libro fructificó en esos años y sigue siendo una senda positiva para conversar con diversos sectores de la sociedad.

 

Enrique Florescano
Historiador. Entre sus libros recientes: Atlas histórico de México (en colaboración con Francisco Eissa), Los orígenes del poder en Mesoamérica y Quetzalcóatl y los mitos fundadores de América.


Mis años en la dirección

Luis Miguel Aguilar

Cuando tomé la dirección de la revista estaba claro que Nexos no podía dejar de ser, antes que nada, un mirador de la escena pública nacional e internacional. Pero yo no era alguien capaz de esa tarea. Por supuesto que desde el comienzo de mi dirección conté para eso, para que Nexos no perdiera su presencia en el análisis y el diagnóstico político y social, con autores y editores de la talla de Soledad Loaeza, Rolando Cordera, José Woldenberg y, claro, el director previo, Héctor Aguilar Camín. De modo que junto con Rafael Pérez Gay, quien prácticamente codirigió la revista conmigo, pudimos orientarnos a otros temas. Nexos empezó a poner énfasis en cuestiones que ya había tratado, pero ahora de modo más constante: la vida cotidiana, en principio, y todo lo relacionado a lo que llamamos desde entonces “temas del siglo XXI”, que anticipamos y que efectivamente lo son ahora, resumibles en cómo vivimos y en cómo morimos, la calidad de la vida y de la muerte. A la “plaza pública” le añadimos la “alcoba íntima”. Al “diagnóstico social”, la “vida vivida socialmente”. Temas como la sexualidad, la pareja, lo que luego se conocería como “bioética”, o, en fin, el primer número de Nexos que dirigí, en junio de 1995, tenía de portada ni más ni menos que “Viaje al país de las drogas. ¿Legalizar o no?”, una encuesta con varios y distintos personajes de la vida cultural, artística y política de México.

Una de mis obsesiones entonces era que en México no había el ensayo a la manera en que Adolfo Bioy Casares lo definió como “el género de las verdades esenciales”, donde un autor va a su alma, la interroga directamente y trae respuestas incluso “terapéuticas”. Hoy es más común, pero entonces nadie se atrevía a hablar desde esa esencialidad para ensayar sobre una pérdida o una enfermedad o una quiebra personal.

Destaco también que por una de mis manías desde que era redactor de Nexos fui el primero en una revista de su corte en tratar un tema como el futbol, desde 1982 cuando sería el Mundial de España. Durante mi dirección aparecieron mensualmente las colaboraciones de un autor de nombre Johannes Burgos, dedicado al asunto. Y la otra cosa infaltable era el humor, incluso en detalles nimios. Recuerdo por ejemplo que en algún año apareció el código de barras que todas las publicaciones debían llevar. Como esto nos intervenía la portada, se me ocurrió entonces hacer las barras del código parte de la portada misma; de modo que las encuadramos y le pusimos “Gratis” y el llamado al interior de un texto curioso. También fueron divertidos los anuncios que poníamos de intercambio en otras publicaciones o periódicos. Como Carlos Monsiváis publicaba en todas las revistas de México, una vez dimos cuenta de nuestro contenido y pusimos una parte del anuncio: “Edición 100% libre de Carlos Monsiváis”.

Ahora bien: sólo con humor Pérez Gay y yo pudimos vadear entonces y después nuestro peregrinar casi siempre infructuoso por todas las agencias de publicidad a las que íbamos a exponer Nexos con el fin de que se anunciaran. Pérez Gay aún nos debe ese relato: “La pauta se cerró detrás de ti”; así, con ese título de bolero, le pusimos a nuestro fatigar de múltiples agencias o, luego, “centrales de medios” ya que al cabo de nuestras exposiciones —con estudios de mercado, perfil de lector, etcétera— las agencias nos decían que muy bien pero que su pauta publicitaria no se había abierto aún, y cuando íbamos al mes en que nos decían que se abriría, nos decían entonces que ya se había cerrado.

Y ahora bien: igualmente recuerdo esos años con algo de angustia, porque la crisis económica de entonces dio en que nuestra circulación había caído. Recuerdo que, desesperado, fui a ver a un distribuidor macro de revistas, por si cambiábamos al de siempre y eso nos permitía tener mejor venta y exhibición. No sé si lo que ocurrió vino a tranquilizarme; puede que sí. Al preguntarme cuánto había caído la circulación de Nexos y yo contestarle alarmado que un 30%, me dijo que no me preocupara, que tenía un público fiel y que el otro volvería en cuanto las cosas mejoraran mínimamente. Porque él, en cambio, editaba no sé si una o varias revistas “femeninas” y su circulación se había caído un 85 por ciento. En época de crisis, me reveló, las mujeres nunca dejan de comprar cosméticos pero sí las revistas que les dicen cómo ponerse esos cosméticos.

 

Luis Miguel Aguilar
Poeta, ensayista y narrador. Entre sus libros, Las cuentas de la Iliada y otras cuentas, Pláticas de familia. Poemas y prosas y Nadie puede escribir un libro.


El trabajo más placentero

José Woldenberg

A fines de 2003 Luis Miguel Aguilar, Héctor Aguilar Camín y Rafael Pérez Gay me invitaron a hacerme cargo de la dirección de la revista. De inmediato dije que sí. Era un reto y un privilegio.

Escribí en el primer número que apareció bajo mi dirección: “He sido desde su fundación lector voraz de la revista, luego colaborador constante y en alguna época coeditor del Cuaderno de Nexos. De tal suerte que asumo con gusto el compromiso de continuar una notable obra que tiene más de 25 años, y que ha encontrado y formado a miles y miles de lectores” (abril 2004, núm. 316).

Era un barco en movimiento, con rumbo claro y una historia de logros. Un espacio al que concurrían escritores, profesores, investigadores, que fueron capaces de inyectar pasión por el conocimiento, la creación, el debate ilustrado y también por el juego, la provocación y habían abierto puertas y ventanas al tratamiento de temas hasta entonces vedados. Nexos era una revista con un prestigio bien ganado, con lectores asiduos, colaboradores destacados y una referencia obligada en el debate público.

Por ello, no se trataba de refundar sino de darle continuidad a un proyecto exitoso, tratando de incluir nuevas plumas, nuevos temas, nuevos enfoques producto de los vientos que soplaban en el país y en el mundo. Escribí entonces: “Queremos reforzar y continuar una tradición que se llama Nexos”.

Invité a que me acompañara en esa aventura a Ciro Murayama como editor y a Luis Giménez-Cacho como administrador, por la muy lamentable muerte de Jesús García Ramírez. Y además del resto del directorio y del consejo editorial que se mantuvieron intactos creamos una mesa editorial dividida en dos (una sobre política, historia, ciencias sociales, similares y conexos, y otra centrada en la literatura en particular y la cultura en general). A la primera concurrían Héctor Aguilar Camín, María Amparo Casar, Rolando Cordera, Ricardo Raphael, Jorge Javier Romero y Luis Salazar, a los que luego se sumarían Ricardo Becerra, Lorenzo Córdova, Pedro Salazar y Raúl Trejo; y a la segunda Luis Miguel Aguilar, José Joaquín Blanco, Guillermo Fadanelli, Víctor Manuel Mendiola y Rafael Pérez Gay y luego Alberto Román y Antonio Saborit. De manera escalonada nos reuníamos cada semana y planeábamos los números, buscábamos autores, destacábamos temas y delineábamos el perfil de la publicación.

Hubo mucha política y mucha literatura. Tomo al azar algunos números y me doy cuenta que el abanico de asuntos que ocupó y preocupó a Nexos no sólo fue variado sino pertinente (para entonces y quizá para el presente): medio ambiente, elecciones, medios de comunicación, justicia, terrorismo, guerra sucia, derechos humanos, federalismo, mujeres, cine, petróleo, escritores de culto, Estado de derecho, viajes, cuentos, la izquierda, América Latina, bioética, premios literarios, democracia, jueces, historia, orgasmos, economía, narcotráfico, las derechas, el poder de la literatura, política exterior y un largo y recargado etcétera. Nombrar a los colaboradores sería imposible. Se mantuvo la generación fundadora de la revista, pero intentamos y creo que de alguna manera logramos incluir nuevas voces.

Fue una época apasionante. Fueron los años de la gestión del primer presidente de la República que no había salido de las filas del PRI, de las tensas y polarizadas elecciones de 2006, del pluralismo instalado en el mundo de la representación, de un crecimiento económico magro, quizá del inicio del desencanto con la germinal democracia, pero también de la necesidad de revisitar a los clásicos, de rendir homenaje a creaciones intelectuales que nos parecieron importantes, de rescatar una tradición política e ideológica de la que nos sentimos herederos, de voltear los ojos a América Latina, de fomentar nuevos enfoques y poner en la mesa de debates temas que pasaban desapercibidos.

A lo largo de esos años experimentamos en el diseño de la portada y los interiores, ilustramos algunos números con la obra de reconocidos pintores y artistas gráficos, buscamos que la presentación de los materiales resultara atractiva… y seguramente no lo logramos del todo.

La labor de director en una revista como Nexos es gratificante por donde se le quiera mirar. Uno amplía su campo de visión al estar en contacto con tantos temas y autores, enriquece su conocimiento incluso de asuntos con los que no está familiarizado, y acaba ratificando que el mundo no sólo es ancho y ajeno, colorido y complejo, sino inabarcable.

Sólo hay dos tareas que resultan desgastantes por odiosas y sobre las que no quiero extenderme: rechazar colaboraciones y buscar publicidad. La primera, sin duda, genera malestar, si no es que algo más fuerte, en el autor que se siente ofendido, aunque uno se consuela pensando que esa es la labor del editor, siempre en beneficio del eventual lector. Y la segunda semeja un laberinto o peor aún un pantano, lleno de obstáculos, incomprensiones, regateos, pero sin lo cual no existiría la posibilidad de mantener a la revista. Uno acaba agradeciendo de verdad a aquellos anunciantes constantes y cumplidos. Son oxígeno puro y vale la pena reconocerlo.

Quiero pensar que Nexos es heredera legítima de la Ilustración. Esa corriente que intenta comprender antes que atajar los diferendos con argumentos de autoridad, que propone juzgar todo a la luz de la razón y no de prejuicios, que intenta trascender supercherías de todo tipo con el estudio, la investigación, la confrontación de ideas. Nexos ha sido un instrumento eficiente para recargar el debate público con argumentos e iniciativas, con tesis y exámenes, con elaboraciones y críticas fundadas. Y haber sido y seguir siendo uno de sus colaboradores me llena de satisfacción. Nunca tuve un trabajo más placentero.

 

José Woldenberg
Escritor y ensayista. Su más reciente libro es Cartas a una joven desencantada con la democracia.


Mi vida en Nexos

Héctor Aguilar Camín

He dirigido Nexos dos veces. La primera entre 1983 y 1995, los años de la crisis eterna de México, de la “década perdida de América Latina”, de las dictaduras en el Cono Sur y las guerras centroamericanas, de la escisión histórica del PRI, del fin de la Guerra Fría, la caída del muro de Berlín, el regreso a la democracia de América Latina, las reformas neoliberales en el mundo y en México, la reprivatización de la banca, la normalización de las relaciones con la Iglesia, el fin del reparto agrario, la firma del Tratado de Libre Comercio, la rebelión de Chiapas, el asesinato del candidato presidencial del PRI, Luis Donaldo Colosio, el asesinato del secretario general del PRI, José Francisco Ruiz Massieu, y la crisis económica que terminó con el PRI en Los Pinos.

Volví a la dirección de la revista en el año 2009, con un segundo aire, obligado por el ejemplo de Luis Miguel Aguilar y José Woldenberg, sus directores anteriores, a garantizar que Nexos siguiera cumpliendo con el espíritu declarado en el editorial de su primer número, en enero de 1978: ser parte inteligente de la vida pública.

Hojeo la antología contenida en estas páginas y encuentro un delicioso equilibrio entre las obsesiones, los gustos, los géneros y la diversidad de intereses y autores característicos de nuestra revista.

Entre autor y autor, entre texto y texto de esta antología, como entre página y página de la revista, se pasa de un mundo a otro: de la crónica salvaje de la violencia a la delicada evocación histórica, del impecable registro académico a la inspirada memoria personal, del ensayo a la crónica, de la historia a la sociología, de la creación literaria a la revelación antropológica.

La cuarta década de vida de Nexos es la de la crisis mundial de 2008 y sus costos globales, la de nuestra siniestra espiral de violencia por la guerra contra el narco, el regreso del PRI al gobierno con su promesa reformista y su debacle gubernativa, la revolución moral contra la corrupción y la impunidad, el desencanto por la democracia, la crisis del Nafta, del liberalismo y del neoliberalismo, la parálisis de la Unión Europea, la sacudida del Brexit, el ascenso de los populismos, los nacionalismos y la xenofobia, la ubicuidad terrorista, la explosión de las redes sociales, la guerra del cosmopolitismo y las identidades locales, la victoria de Trump sobre las mejores tradiciones de la cultura cívica y la democracia americanas.

Dentro de la revista Nexos, la década reflejada en estas páginas fue la de una nueva generación de editores, a la cabeza de los cuales, en la primera oleada, aparecen Héctor de Mauleón, Kathya Millares y César Blanco; y en la segunda y la tercera: Mateo Aguilar Mastretta, Mario Arriagada, Alejandro García Abreu, Juan Pablo García Moreno, Esteban Illades, Andrés Lajous, Jorge Landa, Saúl López Noriega, Ana Sofía Rodríguez, Álvaro Ruiz Rodilla y Teresa Zerón Medina. Angélica Musalem ha sido la editora gráfica, Bernardo Ortigoza el gerente de hierro y Martha Elba Gallegos mi paciente asistente.

La nueva generación de editores de Nexos es la que ha preservado la calidad de la revista impresa y la que ha construido también su sitio electrónico, prácticamente de cero hasta el más de millón de visitas mensuales que recibe actualmente.

No tengo sino gratitud y cariño por esta camada renovadora que nos ha acompañado en el viaje por Nexos a los viejos de la tribu, el insustituible poeta exdirector de la revista Luis Miguel Aguilar, yo mismo como director reincidente, y un personaje central de la historia toda de Nexos, Rafael Pérez Gay, pilar de nuestro proyecto y compañero irremplazable de esta década.

En el año 2008, con ocasión del 30 aniversario, escribí una evocación de mis años en Nexos. El segundo párrafo decía:

Recuerdo haber leído en algún suplemento que no tenía sentido hacer una revista literaria si no se estaba dispuesto a morir por su causa. Me pregunté entonces, me pregunto ahora, cuál era la causa de Nexos y si estaba dispuesto a morir por ella. Creo que la causa de Nexos era ser parte inteligente de la vida pública, llevar la vida intelectual al debate sobre la nación.

¿Estaba dispuesto a morir por eso? Morir es mucho trance, bajo cualquier hipótesis. Estaba dispuesto a dar todas las batallas y a correr todos los riesgos que la causa exigía. Estaba prendido con Nexos. Aquella incandescencia del ánimo, a la vez una furia y una euforia, es la que tiñe mi recuerdo de los años en la dirección de Nexos. No he vuelto a poner en otra causa editorial nada parecido a aquel fuego misceláneo, sediento de temas, colaboradores, lectores y anunciantes.

Cuando escribí el párrafo anterior estaba a sólo un año de tomar de nuevo la dirección de la revista y de vivir de nuevo aquel fuego, aquella euforia. No he tenido que dar la vida por Nexos, simplemente Nexos ha tomado mi vida.

 

Héctor Aguilar Camín
Escritor. Su novela más reciente: Toda la vida (Random House, 2017).


* La presentación de Las décadas de Nexos se llevará a cabo este miércoles 28 de noviembre a las 19:00 horas en el Salón México II del Hotel Hilton de Guadalajara.

Leer completo
El novelista, el creador autoconsciente y el conversador de tiempo completo se reúnen en el siguiente ensayo de tinte personal —a caballo entre la reflexión literaria, la historia editorial, la anécdota y la memoria familiar— para desentrañar los juegos de espejos y transparencias que va tejiendo el reino de la ficción en nuestra percepción del mundo y de los otros.


El tema de la ficción y la realidad para mí ha sido siempre un pequeño problema porque mis primeras novelas fueron leídas como novelas en clave o novelas que trasladaban a un esquema literario no muy complejo la realidad externa, digamos el mundo petrolero en Morir en el golfo; también las distintas instancias del mundo periodístico, y de la guerrilla y de la vida amorosa en La guerra de Galio. Siempre he tenido problema con esto y nunca lo he podido explicar bien, pues resulta un poco ridícula la separación y a continuación explico el porqué.

Existe, por una parte, el reino de la ficción, que es el de la novela y de la invención. Por otro lado, está el reino de la realidad, el de las cosas que suceden fuera del mundo de la ficción, en la realidad de los periódicos, en los libros de historia. Pero una y otra cosa no tiene nada que ver, en el sentido de que son dos órdenes de realidad completamente distintos. El orden de la realidad que Vladimir Nabokov sugiere siempre poner entre comillas es un mundo que no necesita ningún artificio para existir, no necesita credibilidad, ni armonía, ni relatores, pues existe por sí mismo, soberanamente, en su infinita diversidad y en su absoluto desorden. La realidad, a diferencia de la ficción, no es penetrable al entendimiento humano. Podemos establecer y entender algunas hipótesis, pero en lo fundamental los seres humanos que pasan junto a nosotros en la vida real, incluso los más cercanos, tienen la característica de ser profundamente opacos a nuestra mirada. Realmente no sabemos quiénes son los demás. Y esa dificultad que ofrece la opacidad del mundo real es una de las grandes compensaciones que ofrece la literatura y la ficción.

A diferencia de lo que pasa en nuestra vida diaria, cuando uno toma una novela realizada, bien hecha, todo es transparente, claro, incluso lo misterioso está ahí con esa intención. Esa sensación de armonía, transparencia, claridad, es un gran alivio para el verdadero estado de inconsciencia, sorpresa e ignorancia con el que cruzamos por la vida, viendo una sola parte de ella, entendiendo solo unos aspectos muy específicos de nuestra vida y de los muchos personajes que tenemos adentro de nosotros mismos.

Toda esa dificultad de decir “¿cómo es posible que hayan existido Adolfo Hitler, Napoleón, Alejandro Magno o Jesucristo?”, puede ser resuelta por medio de la ficción y por un momento, cuando estamos dentro del mundo de Los hermanos Karamazov, sabemos todo lo que pasa en su cabeza, en sus emociones, en el entorno de esta novela. La integridad artificial y convencional creada por el escritor es la emoción profunda que deja el arte, porque produce el enorme consuelo de estar, por una vez, en un mundo armónico, transparente, en donde las cosas pueden ser entendidas a cabalidad, aunque uno no esté de acuerdo en cómo las resuelve el novelista, y que pueden ser revisadas en busca de las cosas que uno no entendió.

El arte y la vida

Esta diferencia fundamental de la ficción y la realidad es similar o igual a la que hay entre el arte y la vida; la segunda tiene sus reglas impenetrables, la primera no. El arte tiene reglas muy específicas que no pueden violarse sin incurrir en el desastre. La realidad no necesita recato, no necesita contención, es una avalancha de locuras. Piensen en lo que pasó en Ayotzinapa y también en lo que pasó en Nochixtlán. ¿Entendemos algo realmente? No se puede entender nada, sabemos cosas que no alcanzan nuestro entendimiento. En cambio, entren ustedes en La guerra y la paz y desde el primer momento todo es transparente, claro y armónico; los sucesos se van acumulando de manera que, cuando vamos en la mitad de la novela y estamos otra vez con Pierre Bezújov, él ya es mucho más grande que un ser humano y mucho más grande que un personaje, es la representación completa de una manera de ver la vida.

La ficción es una señora muy cuidadosa, muy comedida, no debe cometer excesos, incluso si está narrando cosas excesivas; debe tener cautela, porque la falta de ésta implica la pérdida de transmisión artística, destruye el valor y la fuerza de la narrativa. La realidad no, la realidad hace bestialidades y locuras, una tras otra, todo el tiempo, y ahí está, es innegable, no necesita credibilidad, simplemente sucede: su credibilidad es que sucede. Las novelas, por el contrario, necesitan ganar la credibilidad del lector, la cual puede perderse muy fácilmente. Cada vez que ustedes abandonan una novela que comenzaron a leer, es porque la trama perdió la credibilidad necesaria para que los lectores pudieran seguir adelante. García Márquez decía: “Yo he aprendido mucho de cómo escribir viendo a las gallinas. Tienes que ponerles un pedacito de maíz cerca del pico para que puedan verlo y lo piquen, luego debes poner uno un poco más adelante de ellas y otro todavía más adelante. Pero si tú dejas que la gallina termine, levante la cabeza y deje de ver el piso y el maíz, ahí la perdiste. Así es como se pierde a los lectores”.

Me parece extraordinario que mediante una comparación realmente simple pueda expresar de qué se trata este asunto de escribir. El fin de escribir frase por frase y que cada una conduzca a la otra, para que el lector no levante la vista y dude sobre qué debe hacer, pues en ese momento lo perdimos. Esto exige una artesanía que en sí misma es muy difícil de alcanzar, y cuando está bien hecha colinda con el arte. Ese es el momento mayor por el que todo escritor daría la vida por alcanzar, pero es realmente accesible a muy pocos y en muy pocas partes de sus obras.

El peso de la realidad

Yo escribí Adiós a los padres atraído, desde el principio, por el peso de la realidad. La historia central de la obra es la historia de mi familia, la historia de un despojo, de mi abuelo sobre mi padre, quien destruye económica y vitalmente a mi padre, y con ello a mi familia, lo que trajo consecuencias irregulares para toda la vida y para todo mundo. Esto sucedió cuando yo tenía trece años y al empezar a escribirla habré tenido diecisiete y ya había leído a William Faulkner, por lo cual me pareció que esta historia estaba cerca del mundo faulkneriano. No me extrañaba que hubiera tantos negros en ese mundo del sur de Estados Unidos porque yo vivía en Chetumal, vecino de Belice, donde había una importante comunidad negra. De manera que con la ingenuidad que da la juventud, decidí hacer una pequeña versión faulkneriana de esa historia. Fracasé con los primeros intentos, de los cuales guardo algunos pasajes que son realmente abominables y vergonzosos; están escritos en tinta roja sobre hoja verde, para acabar de completar la falta de mínimo sentido de las proporciones que tenía entonces. Y pienso ahora, que ese fue el libro que desde el principio quería escribir y no acabé de hacerlo sino cincuenta años después.

Ese libro que estaba buscando lo escribí dos veces: la primera como novela que es El resplandor de la madera, cuyo centro es esta misma historia, pero a la cual le incorporé otras. Cuando se la llevé a leer a mi mamá —que es quien había contado en mi casa, constantemente con mi tía, la historia del despojo de mi padre y de su destrucción— me di cuenta que no le gustaba, como si dijera: “esa historia no es así, yo me la sé y no es así”. A mí me gusta mucho esa novela, pero no me dio la satisfacción que yo buscaba, la de llevarle a mi madre el tributo artístico y literario a su historia y a su pedagogía como narradora, porque yo me hice escritor de la boca de mi madre y de mi tía. Así que me quedó ese pendiente de haber entregado un buen tributo, porque entendí después que el verdadero tribunal literario de mi vida eran mi madre y mi tía. Para ese momento mi tía había muerto varios años atrás y solo vivía mi madre.

En 2004 mi madre enfermó gravemente de una neumonía y cuando salió del hospital pensé que debía volver a empezar a escribir esa historia; comencé Adiós a los padres de manera intermitente. En 2005 muere mi madre, por lo que el sentido de urgencia por entregar esa novela disminuye y me la guardo para mí mismo, pero en 2008 decido retomarla y contar la historia tal como es, tal como ella habría dicho que era. Sin embargo, cuando volví a su escritura me di cuenta de que había perdido sentido para mí, que no tenía ganas de sentarme largamente a desarrollar ese libro y estuve así como tres años hasta que en 2010 muere mi padre, que había aparecido en 1995, después de una ausencia de casi cuarenta. De alguna manera su muerte me hizo el efecto psicológico de liberarme para ponerme a escribir ese libro como yo lo quería hacer, es decir: como si fuese la historia de una pareja que tuvo una vida, en el curso de la cual, entre otras cosas, fueron mis padres. Porque los padres son unos animales muy enigmáticos, grandes e impenetrables, que están en el centro de la vida de uno y quienes no pueden ser atendidos realmente, ya que no se les puede imaginar como seres humanos. Saltar ese muro y tratar de verlos no como mamá y papá, sino como Emma y Héctor, era el desafío básico de ese libro. Cuando muere mi padre quita la última limitación que tenía en mi cabeza y corazón para escribir la historia. Iba a contar sus vidas sin la actitud del hijo que narra la vida de sus padres, sino como el escritor que cuenta la mejor historia de una familia y trata de hacerla transparente, primero para mí mismo, luego para mis hermanos, que no tenían muy clara esa historia y, finalmente, para los lectores que quisieran entrar a ese libro.

Avanzada la escritura de la obra, llega otro momento importante de su construcción, por el cual llamo a Adiós a los padres una novela y no una autoficción o unas memorias. El texto había crecido muy rápido en sus últimos nueve capítulos, escribí otros cuatro, lo retomé en 2011 y lo terminé en ocho meses. Es un libro de trece capítulos que tenía 150 mil palabras en el borrador original. Lo di a leer a muchos amigos, pero sentía que tenía un problema estructural, por lo tanto mi agente literario me recomendó a un editor argentino, Ricardo Baduell, a quien le mandé el texto. Lo que él me regresó fue una lectura intensa y creativa, me dijo: “Todo esto es muy bueno, pero tiene una intención interna que tú tienes que decidir y es: o te quedas con la fábula o te quedas con las historias que están alrededor de la fábula”.

El libro está escrito digresivamente, un poco como llegan las cosas, está ordenado de otra manera. Hay partes que escribí los primeros meses y quedaron al final del libro, así como situaciones que están al principio y se ubicaron al final. Todas las digresiones tenían que ver con aspectos que me gustaban mucho de mi historia familiar y de mi pueblo, con anécdotas que mi madre me contaba y que yo quería recuperar, con leyendas locales de Quintana Roo que eran parte de la familia, pero que no eran su historia. Hay un momento en el que aparece mi padre, después de mucho tiempo de no verlo, en una condición de indigencia notable y en circunstancias extraordinarias, tanto que cuando lo vi por segunda vez dije, como mecanismo de defensa del escritor: “Fíjate bien lo que estás viendo, para que luego lo cuentes con precisión, porque no te lo va a creer nadie”. En ese capítulo aparece mi padre y en la vida real lo hace unos días antes de la gran celebración que le hacemos los hijos a mi madre por sus setenta y cinco años. Para ello hago un capítulo de la fiesta, que tenía casi 8 mil palabras, y que a pesar de estar bien, adolece de lo que apuntaba Ricardo Baduell. Empiezo a contar la fiesta y con ello a describir quién es cada uno de los invitados, porque es una manera de evocar los nombres de gente que quiero mucho, de personas muy queridas por mi mamá y, al mismo tiempo, hacer que ella aparezca rodeada por la gente real que la acompañó. Pero entonces me dice Baduell: “Eso que es un capítulo precioso, la narración de la fiesta de una señora, es una equivocación absoluta en la secuencia narrativa, porque tú me acabas de presentar al ‘minotauro’, me lo dejaste ahí pendiente y ahora quieres que yo lea 8 mil palabras para volver a él. Lo que ahora a mí me interesa no es la historia de la fiesta de tu madre, sino el ‘minotauro’”.

Con observaciones sobre digresiones como ésta, o como la de la historia del cacique maya que no era maya que, a pesar de ser muy buena, Baduell me dijo que no tenía relación con la fábula de la familia y solo distraía. Para cuando el editor y yo terminamos de hacer los ajustes, la novela tenía 45 mil palabras menos y creo que era mucho mejor, pues tenía menos lastre, que para mí era precioso, sin embargo era simplemente un distractor.

Esta novela era una forma de reunir todo lo que había aprendido como historiador, periodista, escritor y, algo más que me agregó Baduell, la obligación de ajustar las amarras internas de la narración; es decir: perfeccionar el mecanismo convencional mediante el cual un escritor hace que el lector “siga picando cada granito de maíz” antes de levantar la cabeza e irse a ver la televisión. Esta novela, en ese sentido, es una realización plena, porque conté la historia completa, probablemente con partes que no le habrían gustado a mi madre. Y finalmente pude encontrar, en el caos de la realidad que era en mi cabeza, esa historia familiar, no la verdad, sino la estructura novelística, la de la fábula que había dentro de esa historia y al encontrar esa estructura fundamental de aquello que había sido mi vida y que nunca había visto con ese orden y esa precisión, sí hubo, muy exactamente, un momento de reconocimiento del sentido de mi vida y de la de mis padres.

Tengo una contraprueba de lo que digo y no es simplemente una impresión personal, porque la lectura de ese libro le provocó exactamente la misma impresión de autorreconocimiento en mis hermanos. Mi hermana Emma me lo dijo muy bien: “Yo recordaba todo esto, pero no lo había entendido”. ¿Qué hizo entendible la historia? La calidad de la fábula y la transparencia de la novela. ¿Siguen siendo misteriosos mis padres? Naturalmente, pero no en ese libro. En él hay la absoluta falsa impresión de que esa es la verdadera realidad de sus vidas, pero no, se trata de la construcción artística tomada de la increíble diversidad caótica, incomprensible e impenetrable de sus vidas y de la mía.

 

Héctor Aguilar Camín
Escritor, historiador y periodista. Es autor, entre otros libros, de las novelas La guerra de Galio y Morir en el Golfo, así como del libro de ensayos La modernidad fugitiva. México 1988-2012. Es coautor, con Jorge G. Castañeda, de Un futuro para México y Regreso al futuro.

Nota editorial:
Una versión de este texto (titulado “Objetivo de la prosa: iluminar la realidad”) corresponde a la primera parte de Ficción y realidad. Los retos de la novela contemporánea (coordinado por Álvaro Ruiz Abreu, UAM-X y MC editores, 2018) que estará pronto en librerías. El libro abre un primer espacio a escritores —Aguilar Camín, Elena Poniatowska, Juan Villoro, Mónica Lavín, Hernán Lara Zavala—, y un segundo tramo a críticos y profesores que dialogan con las obras de estos mismos creadores, entre otros más, para poner en la balanza esa aparente dicotomía que sigue fraguando la escritura contemporánea.

Leer completo
Autor de obras clásicas, voraz coleccionista de libros y maestro ejemplar, José Luis Martínez fue también y ante todo un hombre generoso. Ofrecemos a continuación el recuerdo de cuatro escritores, para quienes “el hombre de todos los libros” constituye una de las figuras  imprescindibles de nuestra historia.

Creador de lectores

Héctor Aguilar Camín

José Luis Martínez, hombre de todos los libros, fue un lector.

Le dio su tiempo al mundo como diplomático, a la literatura como amante y a los libros como coleccionista. No hubo en su mirada de lector furias ni penas. Recogía con rigor lo bueno de los libros y dejaba pasar lo demás, con equilibrio clásico.

Coincidí con él unos días en Madrid, como jurados del premio Cervantes de 1987. Comimos y caminamos por el sinuoso y entonces maloliente barrio madrileño de Lope y de Cervantes, atrás del Hotel Palace.

Lo acompañé a comprar tomos que le faltaban de colecciones de literatura hispánica en librerías de viejo. Hablamos mientras caminábamos. Con suave dirección me llevó a buenos restaurantes y a buenas librerías. En cada lugar, fingiendo suerte de primerizo, escogía el plato bueno , el mejor vino, la edición superior.

No era elocuente, en el sentido de que no hablaba de corrido, pero era exacto en sus palabras, luego de titubear para encontrarlas. Ocupaba lo mejor de su turno en la charla para oír. Ya era el autor de una obra magna y el portador de una historia emblemática. Había sido legendariamente guapo y un amante diverso, discreto y decidido.

Cuando nos vimos en Madrid, investigaba lo que después fue su libro necesario, que el tiempo hará imprescindible, sobre nuestra historia profunda: el libro sobre Hernán Cortés y los documentos cortesianos que le siguieron, un asalto minucioso y razonable , minuciosamente razonable, a uno de los más difíciles personajes de la historia de México y uno de los más ignorados de la de España.

De las páginas maestras del Hernán Cortés de José Luis Martínez, hechas con el cuidado de quien tiene la verdad, Cortés sale lavado de sus mitos, natural, admirable, terrible, comprensible, incomparablemente humano.

José Luis Martínez fue un lector creador de lectores. Dedicó la mejor parte de su vida a editar y antologar lo mejor que había leído. Pasó por el mundo literario sin envenenarse con los cenáculos. Tuvo puestos públicos sin contaminarse de la política. Y no postergó nunca lo que le parecía, humilde y decididamente, lo esencial: el mundo de los libros que llenaban su vida y los anaqueles de su casa.

Sus últimas palabras pedagógicas llegaron a mí hace mucho tiempo. El autor de un libro sobre el 2 de julio se acercó para entregárselo.

“¿De qué se trata tu libro?”, preguntó José Luis Martínez.

“Del 2 de julio”, contestó el autor.

“¿Qué es el 2 de julio?”, preguntó José Luis.

 

Héctor Aguilar Camín
Escritor, historiador y periodista. Es autor, entre otros libros, de La modernidad fugitiva. México 1988-2012 y coautor, con Jorge G. Castañeda, de Un futuro para México y Regreso al futuro. Su novela más reciente: Toda la vida.

José Luis Martínez, fotografía de la Academia Mexicana de la Lengua


Réquiem por José Luis Martínez

Margo Glantz

Mi queridísimo José Luis Martínez, a quien conocía desde mis épocas de estudiante en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México: joven apuesto, guapísimo, todas suspirábamos al mirarlo. Amigo de mi padre, solía decirme con cariño que era una de las hijas del capitán Grant.

Un director como José Luis en Bellas Artes, fue y es un lujo casi irrepetible.

José Luis era a veces púdico, lo demostró cuando les puso brasier a las bailarinas africanas que bailaron en Bellas Artes y cuando un libro mío le pareció un poco inconveniente por haberlo escrito una mujer: Apariciones.

A veces iba a visitarlo a su muy ordenada y acogedora casa, donde albergaba su enorme biblioteca de más de 50 mil volúmenes, uno de los tesoros bibliográficos más importantes que México posee en relación con la historia y la literatura mexicanas.

La curiosidad de José Luis era enorme y gracias a ella tenemos libros fundamentales que nadie se había tomado el trabajo de elaborar: la biografía de Hernán Cortés, los viajeros de Indias, las correspondencias de mexicanos ilustres, Reyes y tantísimas cosas más.

Una vez en París, me dijo consternado: “¿Me compraré un impermeable que necesito o ese libro raro que acabo de encontrarme?”.

Con algunos sobresaltos, nuestra amistad fue constante —¿qué amistad no los tiene?— durante nuestra convivencia en la Academia Mexicana de la Lengua. José Luis murió como vivió, amando a los libros. Lo vi por última vez en el homenaje que nuestra Academia le dedicó; al verlo, comprendimos que estaba cerca de su muerte.

 

Margo Glantz
Escritora. Ha publicado El rastro e Historia de una mujer que caminó por la vida con zapatos de diseñador, entre otros libros. Es miembro de número de la Academia Mexicana de la Lengua.

“De izquierda a derecha: José Luis Martínez jr., José Luis Martínez y Antonio Malo”, Archivo fotográfico Novedades, cortesía de Milenio.


La obra como un medio de construcción

Vicente Quirarte

Quienes no tuvimos el privilegio de escuchar en el aula las legendarias lecciones de José Luis Martínez, nunca acabaremos de agradecer el magisterio proporcionado por sus letras: mapas para la conquista de rutas, monografías sólidas y claras, la recopilación bibliográfica como obra de arte y aventura apasionada. Bitácora para navegar a Afonso Reyes se titula uno de sus libros que mejor denotan la clase de crítico e historiador de nuestra cultura que José Luis Martínez decidió ser: cortés y agudo en sus descubrimientos, sensible y generoso en sus argumentaciones, honesto y exigente en la obra que ofrece siempre como un medio de construcción.

José Luis Martínez inició el estudio de la literatura mexicana cuando, paradójicamente, no era, entre los propios nacionales, un sujeto de moda. Actualmente, son numerosos los individuos, grupos e instituciones que la examinan desde diferentes perspectivas: el seminario de empresarios y editores del Instituto Mora, el Centro de Estudios Literatios en el Instituto de Investigaciones Filológicas, el de Bibliografía Mexicana del Siglo XIX en el Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la UNAM, la especialidad en Literatura Mexicana de la Universidad Metropolitana Azcapotzalco. Por diversas vías, todos concuerdan en reconocer a José Luis Martínez como el decano de los estudiosos de la manera en que nuestro país construyó su imagen en el tiempo y en el espacio.

 

Vicente Quirarte
Escritor, investigador del Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la UNAM y miembro de la Academia Mexicana de la Lengua y del Colegio Nacional.

“De izquierda a derecha: José Luis Martínez, Wolf Ruvinskis, Arthur Miller y Salvador Novo”, 1968, fotografía de Pérez Zahuita, Archivo fotográfico Novedades, cortesía de Milenio.


La presencia real de mi deuda con él

Antonio Saborit

El domingo 14 de junio de 2015 M. A. Campos publicó en La Jornada Semanal una nota a partir de cinco documentos relacionados con Ramón López Velarde, fechados entre diciembre de 1918 y enero de 1919, atados al deseo de dotar al novísimo Museo del Estado de Jalisco con obra del pintor Saturnino Herrán. Debió ser un domingo luminoso y húmedo de finales de primavera. Me pareció que estos documentos, cuya recuperación se debe a Luis Alberto Navarro, ampliaban el elenco vital de López Velarde al sumarle dos personajes. Uno de ellos inmenso: Ixca Farías, director del Museo del Estado de Jalisco; y el otro hasta ahora invisible: Joaquín Aguirre Berlanga, diputado por Jalisco. El despacho que gastaba López Velarde en Madero no solo lo compartía con Francisco Martín del Campo, sino también con el citado Joaquín, quien pudo haber sido albacea del malogrado Herrán, lo que lo convertía en el enlace natural para adquirir obra suya. Joaquín, por cierto, era hermano de Manuel Aguirre Berlanga, alto funcionario en el gobierno de Venustiano Carranza.

Al acabar de leer los documentos recuperados por Navarro y la nota de Campos lamenté la imposibilidad de comentar su publicación con José Luis Martínez, quien dedicó mucho de su tiempo y talento a estudiar la vida y obra de López Velarde. Y ahí mismo reviví, con ayuda de la pena que en ocasiones nos desprende el silencio de los nuestros, la presencia real de mi deuda con él y la incalculable dimensión de su ausencia.

 

Antonio Saborit
Historiador, traductor y ensayista. Es autor de Diario de las cigarras, entre muchos otros libros.

Leer completo

Recuerdo a Álvaro Matute como quizá no lo recuerda nadie, en una fiesta de los años sesentas donde su madre Estela, infatigable y extrovertida crítica de cine, deambulaba alegrando las conversaciones de maestros y alumnos de la Escuela de Ciencias Políticas de la UNAM, entre ellos Pablo González Casanova, Víctor Flores Olea, Enrique González Pedrero y sus memorables mujeres de entonces, Natasha Henrìquez Lombardo, Mercedes Pascual y Julieta Campos.


Fotografía cortesía de Milenio.

Recuerdo a Álvaro Matute semiescondido en una esquina de la fiesta, fumando y mirando con ojos ardientes y labios tartamudos lo que sucedía frente a él, en torno de él, seducido y abrumado por la abundancia de la fiesta.

Parecía urgido de hablar, ávido de un interlocutor con el cual cambiar sus silencios. Por unos momentos fui ese interlocutor, yo, que venía vicariamente a la fiesta, llevado por mi hermana.

Mi hermana se soltó de mi compañía apenas al entrar a la fiesta para perderse en el tumulto de sus amigos, dejándome solo en medio del llano donde el único rostro conocido para mí, pues lo había conocido en fiestas anteriores, era el de Álvaro Matute, solitario en la multitud.

Creo que no hablé nada con Álvaro. El intercambio de miradas incendiadas y absortas fue nuestra conversación esa noche. Le costaba trabajo hablar entonces, lo mismo que a mí. No hablaba con facilidad sobre lo que pasaba ante sus ojos. Sus ojos hablaban por él. Miraba todo con un silencio iluminado y atento.

Creo que en la escena de aquella fiesta prehistórica estaba ya todo lo que iba a ser el historiador Álvaro Matute: una mirada atenta, ardiente y contenida sobre la fiesta desorbitada que nos rodea, la fiesta de la historia.

 

Héctor Aguilar Camín
Escritor y periodista. Es autor, entre otros libros, de La modernidad fugitiva. México 1988-2012 y coautor con Jorge G. Castañeda de Un futuro para México y Regreso al futuro. Su novela más reciente: Toda la vida (Random House, 2016).

Leer completo

Con el pretexto de la aparición del libro, El intelectual mexicano: una especie en extinción de Luciano Concheiro y Ana Sofía Rodríguez, Héctor Aguilar Camín y Roger Bartra sostuvieron un debate con los autores sobre la figura del intelectual público en México, su rol y su historia. Partiendo de la noción de que un intelectual es aquel que incide en la esfera pública a partir de su pensamiento e ideas, la discusión se centró en la pregunta de si este actor social está efectivamente desapareciendo y, de ser así, qué o quiénes podrían ser sus futuros sustitutos.

intelectuales


Roger Bartra: Después de haber descuartizado a catorce intelectuales en un trabajo interesante, la principal conclusión que han esbozado Ana Sofía y Luciano es que los intelectuales están, estamos, en extinción. Sus conversaciones se acercan a la tarea de los entomólogos, de diseccionar algunos insectos que se han logrado rescatar y mostrar que son interesantes y están vivos, aunque estén en proceso de extinción.
Quisiera resumir en pocas palabras la tesis de Ana Sofía y Luciano que plantea que “los intelectuales son seres del pasado”, como reza la primera frase de sus conclusiones. Para ellos, los intelectuales han sido ahogados por la academia, castrados por los medios masivos de comunicación, sofocados por la sociedad de consumo y el mercado. Diríase que llegan a una conclusión muy pesimista, pero en realidad son muy optimistas porque, después de haber expedido este certificado de defunción, plantean que la función y el papel del intelectual —a pesar de que ellos estén en proceso de extinción— es muy importante.
Si es que entiendo el argumento, no está desapareciendo la función, el espacio, el papel del intelectual. Piensan que existe una necesidad de intelectuales y, por tanto, es el momento de recuperar alguna figura del intelectual, mismo que se podría lograr con lo que ellos llaman “las intelectualidad colectivas”. Si lo resumo brevemente: las intelectualidad colectivas son horizontales, sin centro, como el rizoma de Deleuze y Guattari, en diálogo permanente, generando producto anónimos y habitando principalmente el internet. Es muy evidente el contraste entre la definición de este nuevo sujeto, las intelectualidades colectivas, y la manera en la que se suele ver al intelectual tradicional. Este último adora la individualidad, es ególatra casi por definición, está fascinado por lo vertical y por el centro, es decir, por el poder y las escalas meritocráticas. Si algo odia el intelectual a la antigua es algo que proponen Ana Sofía y Luciano: el anonimato. Detesta lo colectivo, salvo cuando el colectivo es el público. Lo aterra ese agujero negro en el ciberespacio que es internet.
Al observar las causas de la desaparición de los intelectuales, sus inclinaciones y sus visiones, nos acercamos a una difícil —yo diría incluso imposible— definición del intelectual. En realidad hay centenares de definiciones del intelectual, pero en términos generales se suele pensar que este intelectual tradicional en proceso de extinción es un ser que por sus atribuidas (o autoatribuidas) habilidades mentales goza de un aura de superioridad que manipula ideas y símbolos para legitimar o criticar el poder en sus formas variadas, que tiene un público que absorbe lo que produce. Como decía Norberto Bobbio: no hace cosas sino que reflexiona sobre las cosas, agita ideas que atraen a un público amplio.
La idea del público me parece muy importante. En realidad, cuando Ana Sofía y Luciano hablan de intelectuales están pensado principalmente en el intelectual público; es decir, esos seres humanos que expresan ideas pero que no existen por sí mismos en algún recoveco o nicho, sino que sólo viven porque tienen un público. De tal manera, yo pienso que si efectivamente el intelectual está en proceso de extinción, está también en proceso de extinción el público de los intelectuales. Yo creo que es una polaridad, que va junta. No es posible pensar al intelectual sin el público, ni a ese peculiar público que tienen los intelectuales sin la figura de un ser con un aura singular que se dirige hacia los intelectuales para una serie de funciones. Habría que preguntarse, entonces, si también están en extinción los intelectuales y sus públicos. Yo tiendo a pensar, y así lo he expresado en algunas publicaciones, que esta figura del intelectual que incluye a su público está en proceso de transición, está cambiando profundamente. Una de las causas de ese cambio es la transición a la democracia —por lo menos en nuestro país y en América Latina en los últimos años. No ha sido el caso en otros países, como Estados Unidos o los países europeos, en donde los intelectuales han sobrevivido más o menos bien a la democracia. Efectivamente están siendo víctimas de la tecnocracia, de la academia y los medios masivos de comunicación, los cuales están cambiando radicalmente las condiciones en las que operan los intelectuales.
El libro plantea que los medios masivos de comunicación están asesinando el pensamiento a la largo plazo, el pensamiento profundo, el pensamiento que —supongo— asumen como verdaderamente intelectual. Se puede ver este mismo fenómeno desde otra perspectiva: es una masificación de la figura del intelectual, una expansión extraordinaria. En la medida en que una transición democrática genera libertad de expresión, nuevos medios masivos de comunicación, mucho más abiertos que en los del pasado, se cuela por ahí una masa de gente que se consideran a sí mismos como intelectuales: decenas y decenas, seguramente centenares, de personajes que escriben en los diarios y revistas, se presentan en los programas de radio y televisión. Tenemos ahí una masificación del intelectual. Me gustaría discutir si realmente esa masificación significa una expansión de la intelectual, que no forzosamente erradica todos los intelectuales —sobre todo aquellos que se proponen una reflexión a largo plazo— o si efectivamente están ahogados en esto. Quisiera escuchar la opinión de Héctor, que está mucho más sumergido que yo en esos procesos ligados a los medios masivos de difusión. ¿Siente que lo que llamo la masificación del intelectual está aniquilando a los pensadores o hay alguna salida?

 

Héctor Aguilar Camín: Vamos a volver al tema del intelectual público y las intelectualidades colectivas porque es un asunto interesante. Roger lo ha dibujado de una manera muy atractiva. Realmente esta proliferación de los medios inteligentes: ¿extinguen o multiplican la inteligencia de una sociedad? ¿son una restricción o una ampliación del micrófono para la gente inteligente de una sociedad? Depende del medio. Mi impresión es que los medios son cada vez más inteligentes, y que quien quiere participar en ellos tiene que ser cada vez más inteligente y escribir mejor. Se llame periodista o columnista, tiene que ser más conocedor, más experto, más preciso, más serio intelectualmente que el mismo personaje hace veinte años. Hay una mucho mayor inteligencia colectiva en el mundo en donde vivimos hoy que en el que vivíamos Roger y yo en la época que recordamos en el libro de Ana Sofía y Luciano.

Antes de entrar en la teoría, lo que quisiera decirles es lo que está adentro del libro El intelectual mexicano. En etas entrevista, lo que contamos es lo que recordamos que nos afectó, nos incomodó, también nuestras derrotas, nuestros éxitos. El entorno que retrata es mucho más rico que la discusión teórica que está al principio y al final del libro. Es de Goethe la frase que decía “gris es toda teoría, y dorado el árbol de la vida”. La teoría que antecede y cierra este libro es muy interesante, pero es mucho menos interesante que lo que está dicho por los entrevistados. Primero, porque es una colección de distintas generaciones. Segundo, porque todos hablan con mayor o menor desparpajo, diciendo cosas que suenan verdaderas respecto de su experiencia, una experiencia en la que probablemente no habían pensado hasta que no llegaron estas preguntas. Tercero, porque es un conjunto de voces que realmente no habíamos visto en las historias culturales de la vida cultural mexicana al uso; entre otras cosas, porque son voces que están hablando no sólo de la cultura ni de la literatura, no sólo hablan de la República de las letras, sino de la República de verdad —que, por cierto, es una obsesión continua de la República de las letras. Nada es más persistente en la conversación de la República de las letras que eso que dicen despreciar: el poder, la política, la ideología. Aquí queda claro que estos personajes que en su mayor parte no estaban incluidos en la historia cultural, tienen algo muy serio que decir intelectual, estética e históricamente hablando sobre el país en el que vivieron. No es todo el país, pero es una parte muy importante de lo que pasaba realmente en esa República, y no solamente en la República de las letras.        En el libro hay, por ejemplo, la entrada a uno de los grandes secretos públicos de la vida pública mexicana: la historia del Partido Comunista, de sus diferencias, de sus polémicas —que muchos han tildado de estériles en el sentido de que nunca condujeron ni mínimamente al cambio revolucionario del que tanto se discutía: el de la vía china, la soviética o la vía euro. Es verdad que esos paradigmas nunca fueron viables, pero tuvieron una riqueza intelectual y, como vemos en el libro de Ana Sofía y Luciano en un primer atisbo, una riqueza humana con gente de una calidad realmente extraordinaria. Creo que eso lo estamos viendo por primera vez en este libro y me parece muy importante. Otro lado de la historia cultural mexicana que queda un poco más cerca está conformado por personajes que estaban en la discusión de la izquierda pero no eran ni comunistas, ni ninguna de sus variantes. Eran personas que estaba pensando en la modernización de México, aquellos todavía inmersos en buscar unas variantes modernizadoras de la Revolución mexicana. Se trata de personas que eran cercanas a mí, y que en este libro descubro en una gran complejidad. Luego hay gente a la que no nos acostumbramos, o la que la historia al uso no nos ayuda a reconocer como grandes escritores. Personajes centrales de la literatura de México, porque siempre estuvieron mezclados en la vida real del país y el periodismo. Estoy pensando específicamente en Vicente Leñero, quien fue uno de los grandes escritores de México, excluido del canon de la historia cultural. Vemos consagraciones de escritores muy menores en comparación a la calidad e intensidad de la concentración de la obra de Leñero. En este libro aparece algo de lo que fue ese escritor que, si bien es cierto que fue periodista –estuvo muy vinculado a la imagen y al desarrollo de la revista Proceso–, fue un hombre que nunca estuvo en un grupo literario y es la hora en que no ha tenido ningún reconocimiento literario. Esto me hace pensar a mí en ciertas características de la cultura mexicana, que sigue siendo muy corporativa y muy priista en su capacidad de reconocer y consagrar.
La propia entrevista de Roger es tremendamente reveladora de un defecto de la cultura mexicana que no se conoce bien, de esa cultura de cenáculos, universitaria, encerrada en los espacios en donde había un subsidios. En esos receptáculos había una discusión y una riqueza intelectual de una intensidad extraordinaria. Esto queda reflejado en este libro.
La diversidad de las voces, la variedad de la experiencia y, al mismo tiempo, una aura de lo que realmente era el mundo en el que nosotros vivimos, pensamos y escribimos. El mundo contra el cual estábamos escribiendo y conversando, el mundo que nos desafiaba y que nos estimulaba. Un mundo que, cuando uno lee de Emmanuel Carballo a Juan Villoro, nota que tuvo una transformación mental, política, institucional e intelectual equivalente a la de una revolución. Entre el momento que Emmanuel Carballo se muda de Guadalajara a la Ciudad de México y Juan Villoro dice su última frase en este libro, lo que hubo en México fue una revolución cultural, un cambio radical, profundo y paulatino de paradigmas, discusiones y ajustes de cuentas. Es una historia realmente rica, en términos de sus personas, obsesiones, ideas, lecturas y obras. Uno de los defectos de este libro quizás sea que no nos muestra la calidad de los libros producidos por los entrevistados, y eso lo eché de menos muy puntualmente en el caso de Roger. Porque, la verdad es que en medio de toda esta discusión hay gente que está haciendo una obra con un rigor, con una pasión, con una prolijidad extraordinaria.
Para mí, este libro es una primer asomada a esa extraordinaria diversidad intelectual y a ese cambio increíble en el que, por ejemplo, alguien como Enrique Semo dice una cosa que yo nunca entendí y me quedó clara aquí. Es una pequeña locura, pero es maravillosa. Dice: Yo nací para ser marxista, pero como científico no podía aplicar mi ciencia marxista al presente porque la iba a contaminar con la praxis. Y por eso hice esa historia impresionante del nacimiento del capitalismo en México en la Colonia. ¿Para qué? Para que eso que era la ciencia marxista quedara fuera del espacio en donde estaba la praxis marxista que era ser miembro del Partido Comunista. Había pocas cosas más locas como opción de vida en el México de Semo, de Roger y mío, que ser miembro del Partido Comunista. Había que tener realmente una vocación de marginalidad y de minoría invencible. Me parece extraordinaria la dicotomía con la que vivió Enrique Semo, un hombre de una cultura de ese tamaño, con una dimensión teórica y una formación extraordinaria, cosmopolita y decisión de investigación. Luego aparece, por supuesto, el intermedio, y es que en el fondo, Enrique Semo es un académico que de pronto tiene una enorme cantidad de posibilidades de hacer un trabajo de enseñanza, de fundación académica en las más increíbles universidades que uno pudiera imaginar como lo son las universidades tomadas por la izquierda en Puebla, Sinaloa y Guerrero. Esto está lleno de vida y lleno de ideas.

Sobre la tesis central de este libro, que el intelectual mexicano está en extinción, puedo decir que yo sé que estoy en extinción, eso sin duda. Quisiera discutir un poco la propuesta. No creo que bajo ningún supuesto, ni siquiera bajo el supuesto de un intelectual colectivo inteligente como puede ser algún medio como los que admiramos —digamos, el New York Times, o la revista The Economist— pueda prescindir de individuos hipertalentosos que son los que hacen la diferencia en esas publicaciones. The Economist tiene una coquetería complicada, porque nadie firma. Pero quizás es el intelectual colectivo, en el sentido de ser anónimo, más acabado de nuestro tiempo. Es difícil encontrar un lugar en donde se escriba mejor, en donde haya más información sólida e ideas más convincentes línea por línea. Es un lujo intelectual leer esa revista. Por desgracia, es un tanto conservadora y se equivoca casi en cada edición. Pero en cada edición cumple con la tarea de corregirse: el momento mexicano ahora es un desastre, el gran despegue del Corcovado brasileño ahora es un desastre. Con esto, quizás volvemos a un tema que es más fácil para el intelectual colectivo que para el intelectual individual. Los medios pueden corregir sus necedades, a los intelectuales individuales nos cuesta mucho aceptar que nos equivocamos siquiera en una cifra.

Luciano Concheiro: Tanto Héctor como Roger cierran con una doble reflexión. Por un lado, la influencia de los medios y, por el otro, la enorme transformación que México ha sufrido en los últimos tiempos. Si engarzaran ambos temas, ¿cómo creen que los intelectuales acompañaron o marcaron la transformación de México en el que hoy vivimos? ¿Colaboraron o ayudaron en algo, o deberíamos tener una visión pesimista, en la cual los intelectuales son vistos como simples títeres comandados por otros poderes o fuerzas que realmente determinaron nuestra condición actual?

RB: La referencia clásica para poder contestar a esta pregunta es 1968. Creo que el movimiento de 1968, la represión y la derrota del movimiento estudiantil, son un embrión muy importante en la sociedad mexicana para la transformación que se vivió decenas de años después. Ahí existe la intervención de intelectuales con una fuerte personalidad y perfil, individuos muy poderosos como es el caso de Revueltas, pero también confluye una masa de estudiantes y profesores relativamente anónimos. Finalmente, hay partidos políticos que contribuyen de manera decisiva a este proyecto de transición. Yo, personalmente, tengo la opinión de que si bien el 68 significó una derrota, al mismo tiempo provocó una herida en la sociedad mexicana que con el tiempo estimuló la transición a la democracia –desgraciadamente mucho tiempo después. Desde luego que hay muchos otros factores, pero esa es una rendija por la que se cuela el pensamiento de intelectuales de muy diferente carácter, aunque en su mayoría eran de izquierda.
Esto me lleva a pensar de nuevo en el tema de la intelectualidad colectiva, que es una propuesta audaz e interesante. El problema que tengo con esta definición es que, justamente por lo que mencionaba Héctor: por mi antigua militancia en la izquierda y en el Partida Comunista, siento que yo venía de una intelectualidad colectiva. Tenía un centro, oficialmente el Partido Comunista se llamaba centralismo democrático, pero desde luego había más centralismo que democracia. Lo que sí había eran buenas dosis de anonimato, mucha colectividad, mucha discusión y mucho diálogo. Me siento afortunado de haber participado en ese proceso porque me dio una disciplina y orientación interesantes, pero sobre todo me siento afortunado porque logré escapar de esa jaula que era el Partido Comunista, una intelectualidad colectividad. De alguna manera ésta funcionaba como una especie de reflejo de lo que eran los países socialistas que se supone que también funcionaban como una intelectualidad colectiva, con características leninistas. Aunque fue una evocación interesante para mí, también creo que tuvo características dañinas. Si lo traemos a algo más contemporáneo –pues el Partido Comunista es ya algo de la prehistoria– podemos pensar en esa masa de intelectuales que son los cientos de miles de maestros que están organizados en un sindicato que forman una intelectualidad colectiva, cuyo centro no queda muy claro dónde está. En todo caso, en los últimos años, ha quedado bastante descentrada porque uno de sus centros está en la cárcel y los otros están perseguidos en Oaxaca y en Michoacán. También tiene la peculiaridad de tener su público, que en este caso es un público cautivo: sus alumnos. Sería muy interesante reflexionar sobre esta masa enorme que son los maestros, sobre todos los de primaria  aunque se podría incluir a los demás, como un intelectualidad colectiva para pensar si eso no es negativo.

Salto a otro tema que ha sido tocado por Héctor de manera muy brillante. No lo ha dicho con esas palabras pero cuando se refirió a Vicente Leñero, de alguna manera aludió a otra de las peculiaridades de la intelectualidad, sea individual o colectiva: los intelectuales suelen ser los administradores de la trascendencia, de quién pasa  a la historia y de quién no pasa, de la consagración de los otros intelectuales y de los políticos, son los encargados de establecer uno o varios cánones que dan legitimidad a la propia intelectualidad y, desde luego, a los mecanismos de poder; son los que establecen los filtros que se supone que a largo plazo van a dejar pasar a los que son realmente buenos y van a filtrar a la escoria intelectual. Este es un poder que han tenido los intelectuales y que es muy peligroso. Está ligado con otro tema que seguro abordaremos más adelante: el tema de la relación del intelectual con el poder.
La intelectualidad que conocemos es una especie de espacio que lentamente fue sustituyendo a los antiguos sacerdotes, sobre todo en su función de legitimar los mecanismos modernos de poder. La intelectualidad es un fenómeno moderno, a menos que pongamos en el mismo saco a las iglesias cristianas durante la Edad Media —pero creo que eso sería exagerado. La intelectualidad de la que hablamos surge especialmente en Francia en el siglo XVIII y ese surgimiento está ligado al proceso de legitimación del poder y, al mismo tiempo, critica al poder. De todas maneras, el intelectual da vueltas y gira en torno del poder, así sea para criticarlo o legitimarlo. Yo creo que esta pieza no está en extinción. No sé si el público de los intelectuales está en extinción, acaso resiste más que los propios intelectuales —que sí creo que estamos bastante dañados. Pero el poder y la necesidad de legitimar y/o criticar al poder es algo que después de la transición democrática no se está terminando, sigue siendo un elemento muy importante. Ese elemento, la existencia de un poder que no puede funcionar automáticamente, que necesita los medios culturales y a los intelectuales, sigue siendo fuerte. Acaso son estos los elementos que Ana Sofía y Luciano señalaban, esa necesidad que todavía se mantiene y que permite pensar en que los intelectuales como los conocemos hasta ahora —y como salimos retratados en su libro— están acabando pero van a venir intelectuales de otra naturaleza. Es muy probable que así suceda aunque para mí es muy difícil vislumbrarlo.

 

Ana Sofía Rodríguez: Me gustaría retomar la cuestión del público. Efectivamente, no creemos que el público de los intelectuales vaya a desaparecer, en la medida en que no desaparecen los problemas de los cuales los intelectuales se ocupan y en los que quieren incidir. Lo que creemos es que es necesario el pensamiento intelectual para seguir contribuyendo a la resolución de problemas, encarnado en  sujeto que proponemos que son las intelectualidades colectivas.
Por otro lado, quiero aclarar que lo que vemos desaparecer son individuos que tienen, no solamente el talento, sino sobre todo el poder y la autoridad moral de los personajes que reunimos en nuestro libro. Ambas características están vinculadas con un tema del que no hemos hablado tanto pero que me parece importante para considerar si los escritores de The Economist son o no intelectuales y es la creación de obras bien reflexionadas, construidas a partir de referentes y que sean de largo alcance. Parte de nuestra tesis es que ese tipo de obras son las que, con la imposición de tiempos y temas de los medios de comunicación masiva, están desapareciendo. Aunque somos conscientes de la paradoja que existe en el hecho de que, para difundir las ideas de estas obras, los medios son vitales.

LC: Existen algunos ejemplos de lo que pensamos como intelectualidades colectivas que, aunque son un poco obscuros, tal vez ustedes conocen. Son, por un lado, Tiqqun, fundada en 1999 que es al mismo tiempo un medio, un grupo de reflexión y un grupo político. Tiqqun se convirtió más tarde en el Comité Invisible y, a ciencia cierta, nadie sabe quiénes son sus miembros. Otro ejemplo son las Guerrilla Girls que se dedicaron a la producción artística, siempre desde el anonimato y trabajando de forma colectiva, para denunciar la exclusión de las mujeres en el mundo del arte. Singularmente, nuestros ejemplos están en profundo diálogo con el arte. Es de ese campo donde quizás puedan  emanar con mayor ímpetu y facilidad las intelectualidades colectivas. Habría que discutir si el sindicato de maestros es o no una intelectualidad colectiva. Nosotros vemos los ejemplos en otros lugares: en entidades críticas, descentradas, rizomáticas y que, definitivamente operan de maneras muy distintas a los sindicatos.

HAC: Un paréntesis. Mientras Roger hablaba de los maestros como una intelectualidad colectiva recordé una reflexión de Semo que está en su entrevista. Semo dice que quienes realmente hicieron circular su clásico libro, en el que da una interpretación marxista de la Colonia, fueron los maestros de primaria y secundaria: “Aparte de la recepción intelectual, debo decir que son los maestros de primaria y secundaria los que reciben ese libro como una nueva interpretación de la Colonia, un puente con la concepción marxista de la historia. Ellos son los que lo transforman en libro de texto a pesar de que no está escrito para maestros de primaria. Pero lo comprenden, lo discuten, lo asimilan. Siempre se desconoce en México el papel de ese intelectual popular que es el maestro…”

Yo creo que el libro de Ana Sofía y Luciano tiene un pie puesto en los dos mundos. Por una parte dicen que viene el intelectual colectivo, pero por otra tienen el criterio de que el intelectual es aquel que tiene una obra personal.

ASR: Una obra reflexionada y bien fundada, pero no necesariamente personal.

HAC: Todos los individuos con los que ustedes conversaron hemos producido libros. No sólo hay artículos o columnas; hay libros, colectivos o individuales. Pero lo que pienso es que a partir de 1968 lo que hemos vivido en México –y tanto Roger como yo hemos sido parte activa de eso, aunque quizás sin darnos cuenta bien del sentido que tenían nuestros esfuerzos y nuestro empeño– es la demolición colectiva de una mitología nacional: la mitología de la hegemonía  de la Revolución mexicana y del nacionalismo emanado de esa hegemonía. Si pensamos en conjunto lo que sucedió de una manera muy moral, esa herida causada en el 68 de la que ya habló Roger, con distintos momentos de revisionismo histórico con libros como el de Womack o el de Meyer, se trataba de un pleito sordo, y durante un buen tiempo inútil, contra la gran Coatlicue que era la Revolución mexicana, la unidad nacional, la historia patria, el PRI, el Presidente. El 68 abrió esa compuerta: la crisis política que siguió al sexenio de Luis Echeverría y a la elección de José López Portillo. Después, la reforma política de 1978 abrió otra vez esas compuertas. Fue una lucha en la que la izquierda tenía grandes discusiones y creo que nunca se equivocó en lo fundamental, respecto del centro de la lucha: el tema de la democracia. Ahí se dio una convergencia de lo que sólo puede pensarse como un trabajo de demolición intelectual colectivo, que hizo la tarea de quitarle certidumbre a ese establecimiento que era político en muchos sentidos, que era autoritario muchos otros, pero que era sobre todo una dominación espiritual e intelectual, una hegemonía ideológica. Lo que hizo nuestra generación colectivamente, y la siguiente, fue demoler la legitimidad de todo eso.
No hay un político hoy que defienda cosas como al presidente que nunca puede ser desafiado, la clase obrera organizada, la clase campesina organizada en el ejido, el jacobinismo, el antiamericanismo, el nacionalismo defensivo, el mexicano como un ser solitario, melancólico, pensando en sí mismo como el adolescente que no acaba de entrever quién es. Salvo López, que defiende el petróleo, es claro que esa demolición intelectual es efectiva y está vigente. Sin embargo, como Roger escribió en un texto precioso sobre el populismo, no es sólo un problema de ideas, las ideas no son defendibles, pero ciertos hábitos, ciertas pulsiones, cierta cultura, en el sentido antropológico, persisten. Y vaya que persisten: están metidas hasta el tuétano en quienes pensábamos que iban a posibilitar nuevas alternativas democráticas: los partidos de oposición. Resulta que, después de doce años durante los cuales un partido que nunca pensamos que iba a tener el poder, lo tuvo, queda en nosotros algo de esa cultura. Es más fácil desmontar una ideología que transformar los hábitos profundos que esa ideología siembra en los ciudadanos y en su vida cotidiana.

RB: Ciertamente ha sido un verdadero problema para esta vieja intelectualidad el que proceda a desmontar una serie de mitos e ideas, para al cabo de un tiempo encontrarse sumergida los mismos. Buscó facilitar el proceso de transición a esto que llamamos democracia y, tienes razón, Héctor: fue un proceso colectivo y eso es realmente muy importante. Eso que se origina en el 68, aunque tiene algunos antecedentes, es un trabajo de ir minando lentamente de forma colectiva. No éramos del todo conscientes de que estábamos haciendo esto. Incluso yo diría que al comienzo, en los sesenta, por lo menos los más radicales, entre los cuales me encontraba yo, no éramos conscientes que buscábamos una transición democrática. De hecho, yo antes de entrar al Partido Comunista, estaba en un movimiento pseudoguerrillero encabezado por Rubén Jaramillo —que pensaba en muchas alternativas pero para el cual la democracia no estaba en su horizonte. Ahí posiblemente si haya una operación de una especie de intelectualidad colectiva que fue generando esta alternativa. Pero, al mismo tiempo, esta misma intelectualidad colectiva que puede muy bien ser representada por los cientos de miles de maestros de primaria y de secundaria, preserva esa cultura autoritaria y populista. No tanto por sus ideologías precisas, sino por hábitos y costumbres que fomentan esa realidad. Por lo tanto, hay una cierta perversión en este proceso de intelectuales que luchamos por una serie de cambios y nos encontramos con que el viejo monstruo vive alojado en algunos rincones de la sociedad y no es tan marginal como quisiéramos.
El movimiento del 68 ciertamente  tenía demandas democráticas, pero lo que existía en su horizonte ideológico con más claridad era el socialismo. Más que la transición democrática, más que la sociedad de mercado, más que el capitalismo tal y como lo conocemos, el verdadero peligro que amenazó a los intelectuales fue justamente ese ideal que nosotros invocábamos y que encarnó en los países del Este de Europa, en la Unión Soviética y en China. ¿Ustedes no se han preguntado si ahí sobrevivió la intelectualidad y si lo hizo, como aparentemente sucedió en China, en la Unión Soviética y en Cuba, si no fue completamente aniquilada por una situación que es —lo repito: es una provocación— se parece mucho esa intelectualidad colectivas? Los intelectuales lograron sobrevivir, no todos en el mismo contexto, muchos tuvieron que salir de sus países, fueron exiliados, mantuvieron viva la crítica intelectual fuera de China, fuera de la Unión Soviética, fuera de Cuba. Es un problema muy importante para mi generación que estuvo tan empapada del ideal socialista y que fue tan marcado por la desgraciada situación que se vivía en los países socialistas, cuando los visitábamos se nos caía el alma a los pies.
Voy a contar una anécdota: siendo yo militante del Partido Comunista varios camaradas, gente de la dirección, quiso enviarme a estudiar a la Unión Soviética. A mí me atraía mucho la idea. Afortunadamente, el Secretario General del Partido Comunista, Arnoldo Martínez Verdugo, se opuso radicalmente y, en algún momento, me confesó: “si mandamos intelectuales a la Unión Soviética, van a regresar anti comunistas”. En realidad, mi Partido sí me consiguió una beca: no en la Unión Soviética, sino en la República Democrática Alemana. Por suerte se me ocurrió primero ir a Berlín Oriental para ver cómo era la situación. Eso fue en 1969, es decir, poco después de la invasión de Checoslovaquia por parte de los países del Pacto de Varsovia. La situación era de una cerrazón absolutamente terrible. Pero tuve la suerte de encontrarme con un intelectual que sobrevivía en Berlín Oriental, Frederich Katz. Lo primero que me dijo cuando supo que tenía una beca para quedarme ahí fue: “estás loco, aquí no vas a encontrar lo que estás buscando. Huye”. Al año siguiente, él también huyó de la RDA.

HAC: Cuando hablo de la demolición colectiva del mito de la Revolución mexicana, desde luego no me refiero solamente a las corrientes de izquierda o revisionistas dentro de la misma Revolución, me refiero también a la convergencia de ideas liberales que estaban asociadas a una oposición más larga y que al final fue la verdadera ganadora de la transición democrática, como es el PAN. Pienso en todas las críticas que venían del lado liberal también, no solo del lado de la izquierda. En ese sentido, fue un trabajo realmente convergente entre distintos lados de la sociedad mexicana, pero creo que fue sobre todo un trabajo de demolición intelectual: de irle quitando legitimidad paso a paso a cada una de las piezas. Todos esto tuvo actores puntuales, publicaciones puntuales, periódicos, ensayos y momentos. Pero ninguno de ellos por sí solo hubiera podido lograr el cambio extraordinario que de alguna manera impulsaron los grandes errores del propio sistema que estaba siendo demolido. Cuando me preguntan si pienso si México puede cambiar rápido por ejemplo en materia de corrupción —que llevamos tantos años aceptándola y tolerándola— y cuando veo embriones de una revolución moral en estos meses recientes, digo: depende de lo que quiera decir rápido. Si nos hubieran preguntado a cualquiera en 1981 si en México podía haber una alternancia democrática, el 102% de todas las personas enteradas hubiera dicho que de ninguna manera. Y estábamos a 19 años de que Vicente Fox ganara la presidencia de la República. Así de rápido en la historia y en nuestra propia vida, y así de inesperado. De manera que yo sí juzgaría estos años como años de una extraordinaria transformación cuya rapidez, cuyas afluentes no hemos precisado del todo, pero que básicamente coincide con la intuición que Ana Sofía y Luciano tienen para el futuro: fue una convergencia realmente colectiva. Y fue, yo diría Roger, una demolición en principio ideológica, histórica, analítica, antropológica, contra el discurso oficial. Contra una Coatlicue que era la Revolución mexicana y su mitología que tenía una cierta ventaja con respecto a la Coatlicue soviética y es que no tenía ideología, no sabía bien qué pensaba, tenía creencias profundísimas que nos siguen gobernando en muchos sentidos, pero sin dogma, no tenía ideología de Estado ni era una dictadura. Ésta nos permitió crecer de muchas maneras. Fue poco a poco sintiéndose cada vez más ilegitima, y su reacción hacia la ilegitimidad no fue reprimir —después de Tlatelolco no ha reprimido nunca—, sino abrir, dejar, extender la posibilidad, y con ello ir pendiendo poco a poco el espacio para controlar a su oposición. Donde lo perdió cabalmente fue en el ámbito intelectual y periodístico, en el ámbito de las cosas que era normal pensar para la élite, por ejemplo, la manera en que fue cambiando poco a poco la naturalidad con la que se leía el fraude electoral hasta la intolerancia de la idea misma del fraude. Eso fue un proceso de demolición intelectual.

LC: Coincidimos con la idea de que fue gracias a los intelectuales que en buena medida se desmontó la política del México posrevolucionario. Pero, quisiéramos preguntarles —y era algo que Roger ya comenzaba a subrayar cuando habló acerca de los fantasmas o monstruos que siguieron vivos—, si esa cultura no anidaba también en el seno mismo del quehacer intelectual. Esto es ¿qué vicios de esta cultura política se mantuvieron entre los intelectuales? Por ejemplo, entre los catorce individuos con los cuales conversamos solamente hay una mujer, Elena Poniatowska. Fue una decisión editorial consciente, no buscar maquillar algo innegable: que el mundo cultural mexicano del siglo XX fue un mundo de hombres, que hicieron su obra desde la Ciudad de México y que tenían en su mayoría tez blanca.
Sin dejar de reconocer las grandes virtudes y logros de los intelectuales, ¿ustedes qué vicios entreven en ellos?

RB: Creo que con esto se toca un punto neurálgico, un punto doloroso. Yo reconozco como una de las principales señales de la extinción del intelectual justamente el siguiente problema. Como muy bien señalaba Héctor, los intelectuales fueron los principales autores y también actores de este proceso de demolición del Antiguo Régimen, de las antiguas estructuras políticas, de las instituciones culturales nacionalistasrevolucionarias que sustentaban al régimen. Fueron los principales impulsores de la transición. Pero hoy en día, encuentro que hay un fenómeno realmente alarmante y que supongo que es una señal de esta extinción a la que Ana Sofía y Luciano se refieren. Es el hecho de que los intelectuales, los mismos que contribuyeron a la transición y sus descendientes, no tienen en términos generales, el menor orgullo por haber hecho este trabajo. La mayor parte de los intelectuales hoy en día más bien execran el proceso de transición, considera que ha sido un fracaso, que no funciona. Esta transición democrática de terciopelo, realmente ejemplar, transcurrida en México, es como para que sus actores, o sus principales impulsores, sintiesen un gran orgullo, o por lo menos cierto gusto por haber contribuido a este proceso. Pero no es así: la mayor parte de los intelectuales con los que yo he hablado o a quienes leo no sienten el menor orgullo de este proceso de demolición, no se sienten sus herederos, no se sienten cómodos en la situación actual, muchos de ellos incluso añoran de alguna manera el pasado. Hay una situación verdaderamente trágica y es posible que esa sea una de las señales más dolorosas de que la intelectualidad efectivamente se está extinguiendo en México.

HAC: Este es un gran punto. Quizá los intelectuales seguimos con el mecanismo de la inconformidad, sin haber hecho bien la cuenta de los cambios. Siento, por ejemplo, en muchos comentaristas y análisis cierta añoranza del PRI en el sentido de que siguen viendo a la vida política mexicana como si el PRI estuviera intacto. El PRI es una pieza analítica sin la cual para muchos es imposible pensar en el país. Si quitas el PRI, ¿qué queda? Parece que una cosa que no tiene mucho sentido, que no tiene ninguna gracia.
Valdría la pena que nos sentáramos en otra ocasión a conversar sobre el tema de no haber reconocido bien lo que sí cambió, no haber asumido las responsabilidades positivas de haber inducido el cambio y, por lo tanto, el no haber ganado la autoridad para hablar del siguiente cambio necesario. Porque si nadie es responsable de esto, entonces quién tiene el mérito para decir qué es lo que sigue. La pieza que ha faltado aquí, con la falta de vanidad de este intelectual colectivo que no se ha colgado las medallas que le corresponden –porque en el fondo ninguno las sentimos nuestras realmente–, es que no nos hemos sentado a decir “así fue” y hacer una narración inteligente y compartida de eso. La gran falla es que el siguiente intelectual colectivo, que tenía que haber sido un periódico de la calidad del New York Times o El País o una revista de la calidad de The Economist no fue creado en las condiciones de nueva libertad. Jesús de Polanco, el empresario detrás de El País, fue aprendiendo bien de qué se trataba su periódico y lo decía más sintéticamente que Juan Luis Cebrián, que siempre daba más vueltas y hacía más matices porque era más refinado intelectualmente: “El País es un periódico político de izquierdas y económico de derechas”. El País es un intelectual colectivo que ayuda a sus lectores a ser inteligentes al entender su vida política, el mundo, al escoger los libros que va a leer, ir al restaurante que vale la pena, ponerse la ropa que vale la pena, oír la música que es importante, estar a la moda en las cosas que valen la pena. Es decir, en hacer más inteligente la vida de los lectores. Eso no ha sucedido en México. Tenemos periódicos —a ver si coincides conmigo, Roger, porque estoy improvisando esta idea ahorita— que siguen en la idea de que su trabajo es ser críticos en el sentido de que el PRI sigue ahí. Pero no han hecho el trabajo de enseñarnos a mirar inteligentemente, a pensar inteligentemente, a entender el México en el que estamos y ya no digamos el mundo que nos rodea. ¿Alguno de ustedes lee alguna página internacional de algún periódico mexicano? ¿Alguno de ustedes escucha en algún noticiero alguna noticia fundamental sobre lo que pasa en el resto del mundo? Seguimos siendo tan provincianos como cuando la prensa era priista, cuando estábamos encerrados en el nacionalismo revolucionario. Ese intelectual colectivo es el que falta en este país.

ASR: Nos gustaría cerrar con esta idea de Héctor, porque una de las cosas que nos propusimos Luciano y yo con este libro, fue que los intelectuales reflexionaran sobre sí mismos y buscaran, en la medida de lo posible, la autocrítica. Ojalá las reflexiones tomen también ese camino.

Leer completo

Cal y arena relanza tres novelas de Héctor Aguilar Camín (Chetumal, 1946) —Morir en el golfo, Un soplo en el río y La guerra de Galio—, acontecimiento que marca el retorno del escritor a la editorial que lo proyectó como autor de ficción. Con este motivo publicamos un ensayo del propio Aguilar Camín sobre Un soplo en el río.


un-soplo-en-el-rio

Un soplo en el río fue una novela particularmente sorpresiva para mí. Fue un animal proteico, que adquirió mientras la escribía formas inesperadas y significaciones alternativas. Empecé a escribirla como una “historia conversada”, bajo la forma de un diálogo en primera persona sostenido por un narrador, que funge como testigo, y un interlocutor que va desenvolviendo a lo largo de su conversación una historia decisiva para él, una historia que de algún modo lo resume y lo explica.

Había ensayado esa forma narrativa en un libro anterior llamado precisamente Historias conversadas (1991), y tenía entre mis apuntes la historia que alguna vez me contó un querido amigo sobrecómohabía perdido a su mujer en los avatares de la lucha revolucionaria. A propósito de aquellos apuntes, pensé escribir un cuento, no una novela, refiriendo el hecho insólito, aunque no infrecuente, de una muchacha, hija de la burguesía, empeñada en volverse hermana de la revolución, decidida a cortar amarras con el pasado y zarpar en busca de un porvenir justiciero y solidario. Quería escribir el relato del viudo, su lamento, el lamento que yo escuché de sus labios un día de diciembre del año de 1989, tal como está consignado en la novela, a lo largo de toda una jornada, con las únicas interrupciones naturales de un viaje por carretera y del festejo campestre, al que habíamos acudido juntos.

El día que acompañó la conversación original fue luminoso y mágico, tal como se describe en la novela, y multiplicó en mi memoria el poder llano y terrible de la narración de mi amigo. Por primera vez en décadas, aquel día la ciudad de México volvió a tener el aire transparente de sus orígenes, el aire radiante que inventó a sus grandes pintores del paisaje, que fue el lujo de sus habitantes y el deslumbramiento de sus escritores y cronistas. Podían verse ese día los volcanes que circundan la ciudad con la nitidez y el asombro de una mirada de niño, en particular las enormes faldas nevadas del Iztaccíhuatl y el Popocatépetl, los volcanes totémicos del altiplano mexica, tan altos en el cielo que parecían flotar o estar volando.

La memoria visual de ese día, con los volcanes suspendidos en el cielo, volvió a mí gozosa y regularmente durante mucho tiempo. Junto con ella regresó siempre el eco, menos radiante pero igualmente poderoso, del lamento de mi amigo. En 1995, mientras daba los últimos toques al manuscrito de una novela, El error de la luna, pensé hacer un segundo libro de “historias conversadas” con los argumentos que había ido consignando al paso de los años. Releyendo mis notas encontré las muy escuetas que había tomado de aquel día, y sin pensarlo me puse a escribir. Descubrí sobre la marcha que, aparte de lo que había anotado y de los volcanes que seguían fijos en el aire de mi memoria, no recordaba con claridad sino el espinazo de la historia de mi amigo, y la radiante circunstancia en que la había escuchado de sus labios. Decidí escribir la historia de cualquier modo y empecé a inventarla según la contaba, agregándole asuntos que luego fueron claves, como los arranques de loco y misántropo de Salcido, el viudo narrador, por la pérdida de su mujer, y la intervención del primo jesuita de ésta, El Vate Valenzuela, personaje salido de mis propias reminiscencias adolescentes sobre compañeros de escuela que se fueron al noviciado de la Compañía de Jesús.

Terminé en unos días la primera versión. Se había alargado más allá de los tamaños de un cuento, pero estaba lejos de ser una novela, incluso una novela corta. Dejé descansar el texto varios meses, como suelo hacer para releer lo que escribo sólo cuando casi lo he olvidado, cuando su materia ha dejado de ser parte de mi piel y puedo mirarla y corregirla casi como si se tratara del texto de otro. Cuando releí, me pareció que la versión del viudo era demasiado unilateral para ser convincente. Corría el riesgo de que todo quedara simplemente en la historia patética y un tanto previsible de un hombre que cuenta la pérdida de su mujer por culpa, en gran medida, de su mujer. Sentí que la historia no debía quedarse ahí, que la había resuelto mal, que había algo serio aún por explorar en ella. Y que ese algo no podía ser sino el viudo mismo, Toño Salcido, el narrador inicial de la historia.

Faltaba por explicar el enganche de Salcido con su ex mujer: ¿Por qué había sido su pareja? ¿Por qué había ido tan lejos y seguía tan cerca de su mujer perdida? Para explorar eso, casi un año después de la primera versión, construí un segundo narrador, que es el amigo que escucha la historia, llamado Salmerón, y cuya mirada me permitió acceder a versiones complementarias de los hechos que aportan algunos personajes ya presentados por Salcido, como su segunda mujer, María Amparo, y su ex compañero de vocación religiosa, El Vate Valenzuela, el joven jesuita que acompaña como una sombra fraterna toda la novela.

Me pareció que la trama original alcanzaba así una densidad mayor, porque me permitía ofrecer una visión estereofónica de lo sucedido, una visión que por su misma diversidad de puntos de vista, podría conservar intocada una zona misteriosa, esencial a todo el relato, a la que no habría podido entrar ninguno de los personajes narradores de la historia, porque ninguno había tenido acceso a la totalidad de la experiencia. La narración creció en tamaño y en implicaciones, y se volvió una nueva fuente de sorpresas para mí. Una noche me sorprendí escribiendo de un tirón el capítulo que da cuenta del extravío radical e inesperado del viudo Salcido en las altas montañas de la metafísica y la comunión con la naturaleza. Acompañó la escritura de ese capítulo un pasaje de Hemingway que da cuenta del hallazgo del esqueleto de un leopardo en las cimas nevadas del Kilimanjaro. ¿Qué andaba buscando ahí? Nadie pudo decir lo que el leopardo buscaba en esas alturas.

Había leído también la historia alucinante de un talento perdido, la historia del suicidio de Roger D. Hansen, el académico estadounidense autor de un libro clásico sobre los problemas del desarrollo mexicano en los setenta. Aquejado por una dolencia crónica de espalda, autosegregado de su comunidad académica, Hansen se suicidó abriendo el escape del auto dentro de la cochera cerrada de la casa de un amigo. Su muerte atrajo a la recordación fúnebre de la universidad Johns Hopkins, en Washington, a muchos de sus viejos amigos, entre ellos a Calvin Trillin, un escritor condiscípulo de los primeros años de Hansen en la Universidad de Yale.

Trillin encontró que las semblanzas luctuosas de Roger Hansen, hechas por sus colegas, apenas tenían que ver con el muchacho que él recordaba y a quien todo mundo conocía como Denny. El Roger Dennis (Denny) Hansen del que hablaban sus colegas era un académico de cierto renombre pero poco brillo. El Denny Hansen que Trillin había conocido era la promesa dorada de su tiempo, el golden boy a quien la revista Life había presentado como uno de los líderes de su generación, el estudiante sobre el que sus amigos cruzaban apuestas y esperanzas preguntándose qué puesto ocuparía cada quién en el gabinete del futuro e inevitable presidente de los Estados Unidos, Roger Dennis Hansen.i

El tono melancólico del derrotero de Hansen, a quien conocí durante algún seminario en la Universidad de Stanford, lo mismo que algunos detalles de su muerte —las cartas que dejó, el orden previo a su decisión final— pasaron como en un soplo consanguíneo al capítulo que narra el extravío de Salcido, con cuya desaparición di por terminada definitivamente, por segunda vez, la escritura de la novela. Tanto, que ofrecí el manuscrito a la lectura de otros. Coincidieron en señalar que el final era brusco aunque efectivo. El comentario definitivo fue del mismo amigo narrador original de la historia. Veía claramente ya que el destino y la intimidad profunda de Salcido tenían poco o nada que ver con los suyos, es decir, que me había despegado radicalmente de su relato, pero le pareció que el extravío suicida de Salcido era excesivo. Me sugirió que dejara abierta una puerta, que lo imaginara perdido para el mundo pero a lo mejor encontrado para sí mismo, refugiado en un monasterio posible, en los montes azules de Michoacán, sugerencia que quedó incorporada textualmente a la novela.

El hecho es que, no bien recibí esas señales de lectura, acepté que no había terminado, que las novelas deben ser vuelos redondos, no pueden terminar en las alturas sino aterrizar debidamente en la cabeza y las emociones del lector. Mi propia relectura me indicó que faltaba no sólo aterrizar debidamente, sino acabar de incluir en el vuelo a algunos de los pasajeros, en particular a la segunda mujer de Salcido, María Amparo, y a su amigo/hermano, Valenzuela. La sombra de otro amigo perdido vino entonces en mi ayuda y disparó el mecanismo de los dos últimos capítulos de Un soplo en el río. Vino de la manera más inesperada, bajo la forma de un perro que había entrado a mi casa meses antes y que tenía por costumbre faldera reclamar su cuota de desayuno rascando insistentemente con su pezuña el brazo o la pierna de los comensales. No hay mirada más concentrada y honesta que la de un perro esperando que alguien le dé de comer de su propio plato. Una mañana, la mirada incondicional de mi perro fue la de un viejo amigo que una tarde se tendió a beber y a morir en el prado de una calle donde él había vivido toda su vida y yo viví unos años, los mejores de nuestra amistad.

Puse a ese perro, con todo y su mirada humana, reencarnada, en los últimos capítulos del libro, acompañando las soledades y los recuerdos del narrador final de la novela, Salmerón, por cuya mediación escuchamos las voces de los testigos faltantes de la historia. Guiado por el perro y su mirada reparadora, sustituta ilusoria pero entrañable de lo ausente, encontré el tercer final definitivo de Un soplo en el río, el final que tiene ahora, sobre el que acaso vuelva un día, para reiniciar la exploración de lo que falta.

Una vez terminada por tercera vez, la dejé descansar de nuevo, a sabiendas de que no lo necesitaba. Había cambiado tanto el texto desde sus inicios que ya no sabía bien lo que había escrito. El texto tenía una novedad extraña, permanente. Al releerlo lo encontré cosido por un hilo inesperado de sentimiento religioso. Ni la religión ni la antirreligión han sido territorios familiares para mí, lugares donde hayan crecido mis certezas o se hayan atormentado mis dudas. Pero algo esencial de ese mundo hay en Un soplo en el río. Esta fue la penúltima sorpresa. Al término del camino se hizo claro lo que es, quizá, la clave de esta novela: el itinerario radical de una pareja que lo es no sólo porque se aman o porque han vivido juntos, sino porque, en el fondo misterioso e ignorado de ellos mismos, son dos buscadores del absoluto. Además de sus fiestas amorosas, de sus encuentros y desencuentros, Salcido y su ex mujer son una pareja porque buscan el absoluto en un mundo donde ha desaparecido lo sagrado. Buscan un sustituto de dios, un remplazo de la comunión con la totalidad. Son, en ese sentido, una pareja cabal del siglo XX, un siglo nihilista urgido sin embargo de totalidades y utopías. Un soplo en el río terminó siendo una novela de amor panteísta, una novela de la búsqueda del más allá en un mundo sin dios pero bañado por una necesidad casi física de trascendencia.

La última sorpresa que me deparó Un soplo en el río fue la reacción de quien la había hecho nacer. Cuando terminé de escribirla en su tercera versión, la envié para que la leyera al amigo que me había contado la historia original siete años atrás, aquel día inolvidable. Aunque tenía ya poco que ver con el relato primero, le advertí que el texto era en lo fundamental suyo y que no lo publicaría sin su autorización. En uno de sus viajes a la ciudad, hablamos largamente del asunto. Hizo diversas correcciones, y volvió a contarme parte de la historia. Al final, me dijo: “Para mí la lectura de esta novela ha sido como una absolución”. Para mí lo había sido escribirla.

 

Héctor Aguilar Camín


i Calvin Trillin, Remembering Denny, Nueva York, Farrar Straus Giroux, 1993.

hac-cya

Leer completo

lou reed

Brindaron, mirándose por encima de los vasos. Entonces, sobre sus brindis, empezó la música en la sala: una explosión de guitarra eléctrica que hizo retumbar las paredes, al tiempo que una cascada de luz intermitente llenaba el recinto. Todo fue de pronto el envión de la música trepidante sobre las figuras que la luz detenía como en flashes fotográficos, segmentando movimientos y expresiones. Vigil vio paso a paso “el ademán de la reina madre” yendo hasta el pecho de su favorita en la mesa japonesa, “la caminata espasmódica de Diana hacia su pitecantropo”, “los bailadores desfilando como estatuas sorprendidas”. Por los siguientes larguísimos minutos bailaron bajo esa lluvia de luces. Lo que estaba en la penumbra se hizo claro en la intermitencia sicodélica y la sala fue una sola masa surcada por relámpagos de la que sólo era posible retener una sucesión inconexa de fragmentos (“unos dientes pelones, una peluca afro, un desnudo brazo en tensión, el vientre coital de Diana, la frente grasosa de su acompañante”: Vigil). Poco a poco, los latigazos extenuantes de la guitarra se desvanecieron en “la demora final de un orgasmo”. La luz intermitente se esparció hasta mudarse en una mezcla oscilante de rayos ambarinos y azules, rojos y morados, que dieron paso a su vez a la cadencia de la voz de Lou Reed y lo que le pareció a Vigil “un himno terso de la liberación gay”:

                   Now we are coming out

                   Out of our closets

                   Out on the street.

                   Yes, we are coming out

Como acariciada por la voz, la masa de danzantes encontró acomodo, pintó su propio círculo de tiza y volvió a dejar libre el proscenio, recorrido ahora sólo por las “luces postorgásmicas” (Vigil) y la voz de Reed anunciando la decisión de no esconderse más, de salir de sus clósets a la calle y ocupar el día.

 

Fuente: Héctor Aguilar Camín, La guerra de Galio. Ediciones Cal y arena, 1ª. edición, México, 1991. (La canción aludida es “The Make Up” y viene en el álbum de Lou Reed Transformer, 1972. Enviado por Luis Miguel Aguilar.)

Leer completo

Murió Carlos Fuentes  en la plenitud de su edad, bien servido por los dioses. No sé donde leí que los héroes griegos pedían una vida corta o larga, pero una muerte rápida. Fuentes vivió una vida larga y plena, y murió con rapidez, ligero para el viaje, como había vivido.

Había nacido maduro como escritor joven y murió joven como escritor viejo, días antes  de empezar a escribir una  novela.  Fue un escritor clásico en el sentido que encarnó Thomas Mann: el que cosecha en todas sus edades una obra mayor.

Durmió bien la noche del día de su muerte y despertó  a las cinco y media, como siempre, fiel a su régimen de descremar el alba, aprendido de Alfonso Reyes, que usaba las mejores horas de la mañana para la mayor pasión de la vida, escribir.

Con Carlos Fuentes mueren una época,  un personaje único, un amigo sin par, una literatura. Como con todo gran escritor,  sin embargo, su muerte es el inicio de un  nuevo nacimiento, el de la posteridad de sus  libros.

Para Silvia Lemus, todo el cariño, y mucho más.

Leer completo