Nexos cumplió 40 años este 2018. En el afán de retratar la variedad de preocupaciones, registros y autores que han pasado por sus páginas, Nexos y el Fondo de Cultura Económica publican una antología en dos tomos que recoge textos de 480 números que retratan el pulso de esas épocas al tiempo que provocan al lector contemporáneo.

A esta antología la acompañan los recuerdos de quienes han dirigido la revista. Sus evocaciones hablan de las variables que acompañan cualquier empresa editorial de esta envergadura: de las preocupaciones teóricas a la importancia de los amigos, de los precios del papel a la búsqueda de publicidad. De todas las constantes que hermanan a estas cuatro voces, quizá la mayor sea compromiso absoluto de hacer de este espacio una “parte inteligente de la vida pública”.


Sobre los orígenes de Nexos

Enrique Florescano

El primer número de Nexos aparece en enero de 1978, dentro de un marco político, social y cultural muy precario. Las turbulencias económicas —internas y externas— habían mellado la capacidad del Estado para responder a las crecientes y justificadas demandas de empleo digno, frenar la desigualdad, renovar los debilitados organismos de justicia, salud, educación e investigación, poner un alto al desorden urbano y territorial y, en fin, abrir canales respiratorios al endurecido muro de la vida política.

El aplastamiento brutal del movimiento democrático de 1968 era una losa que cerraba los poros de una sociedad que había crecido y se había diversificado. En ese panorama y bajo el clima de insatisfacción que recorría el país, surgió la idea de crear una revista que rompiera las barreras que entorpecían la comunicación social, una publicación diferente a las existentes. Los promotores de esta revista creían en la posibilidad de un diálogo entre los medios y el gobierno, y entre los distintos componentes de las comunidades académica y cultural y la sociedad.

Nexos nació como una propuesta original y abierta. Propuso integrar en sus páginas los temas de la ciencia y la tecnología al lado de los de la economía, la política, la educación, la ecología, el proceso urbano y demográfico y los asuntos que afectaban o podrían interesar a la población plural. Por ello integró en su equipo editorial a un grupo variado de científicos expertos en esos temas, junto con aquellos que trabajaban en las ciencias sociales (antropólogos, historiadores, filósofos, sociólogos, economistas, demógrafos), así como al imprescindible sector de escritores, musicólogos y ensayistas que tuvieron a su cargo los temas de literatura y las artes. He aquí la plantilla de colaboradores de ese primer número: Enrique Florescano, Héctor Aguilar Camín, Adolfo Castañón, Julio Frenk, Guillermo Bonfil (†), Pablo González Casanova, Lorenzo Meyer, Alejandra Moreno Toscano, Carlos Pereyra (†), José Luis Reyna, Luis Villoro (†), Arturo Warman (†), Luis Cañedo, Eugenio Filloy, Cinna Lomnitz (†), Daniel López Acuña, José Warman, Antonio Alatorre (†), José Joaquín Blanco, Carlos Monsiváis (†), Yolanda Moreno Rivas (†), Alba Rojo (†) y Bernardo Recamier.

Nexos, decía la página editorial de este primer número, “no pretende convertirse en un foro unificador, ni aportar la visión integrada de tantas disciplinas: tan sólo reunirlas en sus páginas y ofrecer un abanico crítico de sus tendencias y hallazgos; sacar de sus respectivos guetos especializados a la investigación científica y académica y difundirla entre sectores más amplios; actualizar los conocimientos que explican nuestros problemas estratégicos; explorar nuestro espacio crítico, cultural y literario, y nuestra realidad educativa; multiplicar las opciones de lectura e información mediante el registro sistemático de libros recientes y publicaciones periódicas; divulgar los temas centrales de la cultura contemporánea […] Nace con la certidumbre de que los estudiosos de la naturaleza y de la sociedad, así como los creadores de la literatura y las artes, deben unir sus esfuerzos y colaborar en el análisis exigente y amplio de los problemas pasados y presentes de nuestra sociedad”.

La ambición de ser puente entre las comunidades científica y cultural y el público amplio es un sello de identidad que se ha mantenido y ampliado en los días actuales. Nexos estableció una nueva relación con los lectores abjurando de la jerga “científica” o especializada. Fue en busca del lector y creó un público lector. Que hoy, frente a la competencia de sus pares y de los nuevos medios de comunicación, Nexos se mantenga como una referencia para quienes importa lo que ocurre en México es una hazaña. Un logro que debe atribuirse a la continuidad de sus propósitos, a la calidad y compromiso de sus colaboradores y a la perspicacia de su cabeza dirigente, es decir, al celo e imaginación periodística de Héctor Aguilar Camín, su director más longevo y creativo.

Nexos mantiene vigentes los propósitos de su nacimiento pero es un nuevo Nexos: un Nexos con formato, temática, agenda, estilo y colaboradores que representan a una nueva generación del periodismo nacional. Conserva una característica que la distingue de otras publicaciones semejantes: es una empresa colectiva. Creo que sus colaboradores actuales, como aquellos que le dieron origen, se sienten parte de un proyecto colectivo, de una empresa comprometida con servir e informar bien a sus lectores.

Con ese ánimo nació un año más tarde el libro México hoy, coordinado por Pablo González Casanova y Enrique Florescano y escrito por la mayoría de los colaboradores de Nexos. México hoy fue el primer intento de presentar un retrato lo más aproximado posible al diverso y complejo México de los años 70. Tuvo una acogida extraordinaria e inesperada para sus autores, quizá porque como Nexos, abandonó el lenguaje especializado y sus autores tomaron la pluma para comunicarse con el lector común. Creo que este modo de pensar el periodismo y el libro fructificó en esos años y sigue siendo una senda positiva para conversar con diversos sectores de la sociedad.

 

Enrique Florescano
Historiador. Entre sus libros recientes: Atlas histórico de México (en colaboración con Francisco Eissa), Los orígenes del poder en Mesoamérica y Quetzalcóatl y los mitos fundadores de América.


Mis años en la dirección

Luis Miguel Aguilar

Cuando tomé la dirección de la revista estaba claro que Nexos no podía dejar de ser, antes que nada, un mirador de la escena pública nacional e internacional. Pero yo no era alguien capaz de esa tarea. Por supuesto que desde el comienzo de mi dirección conté para eso, para que Nexos no perdiera su presencia en el análisis y el diagnóstico político y social, con autores y editores de la talla de Soledad Loaeza, Rolando Cordera, José Woldenberg y, claro, el director previo, Héctor Aguilar Camín. De modo que junto con Rafael Pérez Gay, quien prácticamente codirigió la revista conmigo, pudimos orientarnos a otros temas. Nexos empezó a poner énfasis en cuestiones que ya había tratado, pero ahora de modo más constante: la vida cotidiana, en principio, y todo lo relacionado a lo que llamamos desde entonces “temas del siglo XXI”, que anticipamos y que efectivamente lo son ahora, resumibles en cómo vivimos y en cómo morimos, la calidad de la vida y de la muerte. A la “plaza pública” le añadimos la “alcoba íntima”. Al “diagnóstico social”, la “vida vivida socialmente”. Temas como la sexualidad, la pareja, lo que luego se conocería como “bioética”, o, en fin, el primer número de Nexos que dirigí, en junio de 1995, tenía de portada ni más ni menos que “Viaje al país de las drogas. ¿Legalizar o no?”, una encuesta con varios y distintos personajes de la vida cultural, artística y política de México.

Una de mis obsesiones entonces era que en México no había el ensayo a la manera en que Adolfo Bioy Casares lo definió como “el género de las verdades esenciales”, donde un autor va a su alma, la interroga directamente y trae respuestas incluso “terapéuticas”. Hoy es más común, pero entonces nadie se atrevía a hablar desde esa esencialidad para ensayar sobre una pérdida o una enfermedad o una quiebra personal.

Destaco también que por una de mis manías desde que era redactor de Nexos fui el primero en una revista de su corte en tratar un tema como el futbol, desde 1982 cuando sería el Mundial de España. Durante mi dirección aparecieron mensualmente las colaboraciones de un autor de nombre Johannes Burgos, dedicado al asunto. Y la otra cosa infaltable era el humor, incluso en detalles nimios. Recuerdo por ejemplo que en algún año apareció el código de barras que todas las publicaciones debían llevar. Como esto nos intervenía la portada, se me ocurrió entonces hacer las barras del código parte de la portada misma; de modo que las encuadramos y le pusimos “Gratis” y el llamado al interior de un texto curioso. También fueron divertidos los anuncios que poníamos de intercambio en otras publicaciones o periódicos. Como Carlos Monsiváis publicaba en todas las revistas de México, una vez dimos cuenta de nuestro contenido y pusimos una parte del anuncio: “Edición 100% libre de Carlos Monsiváis”.

Ahora bien: sólo con humor Pérez Gay y yo pudimos vadear entonces y después nuestro peregrinar casi siempre infructuoso por todas las agencias de publicidad a las que íbamos a exponer Nexos con el fin de que se anunciaran. Pérez Gay aún nos debe ese relato: “La pauta se cerró detrás de ti”; así, con ese título de bolero, le pusimos a nuestro fatigar de múltiples agencias o, luego, “centrales de medios” ya que al cabo de nuestras exposiciones —con estudios de mercado, perfil de lector, etcétera— las agencias nos decían que muy bien pero que su pauta publicitaria no se había abierto aún, y cuando íbamos al mes en que nos decían que se abriría, nos decían entonces que ya se había cerrado.

Y ahora bien: igualmente recuerdo esos años con algo de angustia, porque la crisis económica de entonces dio en que nuestra circulación había caído. Recuerdo que, desesperado, fui a ver a un distribuidor macro de revistas, por si cambiábamos al de siempre y eso nos permitía tener mejor venta y exhibición. No sé si lo que ocurrió vino a tranquilizarme; puede que sí. Al preguntarme cuánto había caído la circulación de Nexos y yo contestarle alarmado que un 30%, me dijo que no me preocupara, que tenía un público fiel y que el otro volvería en cuanto las cosas mejoraran mínimamente. Porque él, en cambio, editaba no sé si una o varias revistas “femeninas” y su circulación se había caído un 85 por ciento. En época de crisis, me reveló, las mujeres nunca dejan de comprar cosméticos pero sí las revistas que les dicen cómo ponerse esos cosméticos.

 

Luis Miguel Aguilar
Poeta, ensayista y narrador. Entre sus libros, Las cuentas de la Iliada y otras cuentas, Pláticas de familia. Poemas y prosas y Nadie puede escribir un libro.


El trabajo más placentero

José Woldenberg

A fines de 2003 Luis Miguel Aguilar, Héctor Aguilar Camín y Rafael Pérez Gay me invitaron a hacerme cargo de la dirección de la revista. De inmediato dije que sí. Era un reto y un privilegio.

Escribí en el primer número que apareció bajo mi dirección: “He sido desde su fundación lector voraz de la revista, luego colaborador constante y en alguna época coeditor del Cuaderno de Nexos. De tal suerte que asumo con gusto el compromiso de continuar una notable obra que tiene más de 25 años, y que ha encontrado y formado a miles y miles de lectores” (abril 2004, núm. 316).

Era un barco en movimiento, con rumbo claro y una historia de logros. Un espacio al que concurrían escritores, profesores, investigadores, que fueron capaces de inyectar pasión por el conocimiento, la creación, el debate ilustrado y también por el juego, la provocación y habían abierto puertas y ventanas al tratamiento de temas hasta entonces vedados. Nexos era una revista con un prestigio bien ganado, con lectores asiduos, colaboradores destacados y una referencia obligada en el debate público.

Por ello, no se trataba de refundar sino de darle continuidad a un proyecto exitoso, tratando de incluir nuevas plumas, nuevos temas, nuevos enfoques producto de los vientos que soplaban en el país y en el mundo. Escribí entonces: “Queremos reforzar y continuar una tradición que se llama Nexos”.

Invité a que me acompañara en esa aventura a Ciro Murayama como editor y a Luis Giménez-Cacho como administrador, por la muy lamentable muerte de Jesús García Ramírez. Y además del resto del directorio y del consejo editorial que se mantuvieron intactos creamos una mesa editorial dividida en dos (una sobre política, historia, ciencias sociales, similares y conexos, y otra centrada en la literatura en particular y la cultura en general). A la primera concurrían Héctor Aguilar Camín, María Amparo Casar, Rolando Cordera, Ricardo Raphael, Jorge Javier Romero y Luis Salazar, a los que luego se sumarían Ricardo Becerra, Lorenzo Córdova, Pedro Salazar y Raúl Trejo; y a la segunda Luis Miguel Aguilar, José Joaquín Blanco, Guillermo Fadanelli, Víctor Manuel Mendiola y Rafael Pérez Gay y luego Alberto Román y Antonio Saborit. De manera escalonada nos reuníamos cada semana y planeábamos los números, buscábamos autores, destacábamos temas y delineábamos el perfil de la publicación.

Hubo mucha política y mucha literatura. Tomo al azar algunos números y me doy cuenta que el abanico de asuntos que ocupó y preocupó a Nexos no sólo fue variado sino pertinente (para entonces y quizá para el presente): medio ambiente, elecciones, medios de comunicación, justicia, terrorismo, guerra sucia, derechos humanos, federalismo, mujeres, cine, petróleo, escritores de culto, Estado de derecho, viajes, cuentos, la izquierda, América Latina, bioética, premios literarios, democracia, jueces, historia, orgasmos, economía, narcotráfico, las derechas, el poder de la literatura, política exterior y un largo y recargado etcétera. Nombrar a los colaboradores sería imposible. Se mantuvo la generación fundadora de la revista, pero intentamos y creo que de alguna manera logramos incluir nuevas voces.

Fue una época apasionante. Fueron los años de la gestión del primer presidente de la República que no había salido de las filas del PRI, de las tensas y polarizadas elecciones de 2006, del pluralismo instalado en el mundo de la representación, de un crecimiento económico magro, quizá del inicio del desencanto con la germinal democracia, pero también de la necesidad de revisitar a los clásicos, de rendir homenaje a creaciones intelectuales que nos parecieron importantes, de rescatar una tradición política e ideológica de la que nos sentimos herederos, de voltear los ojos a América Latina, de fomentar nuevos enfoques y poner en la mesa de debates temas que pasaban desapercibidos.

A lo largo de esos años experimentamos en el diseño de la portada y los interiores, ilustramos algunos números con la obra de reconocidos pintores y artistas gráficos, buscamos que la presentación de los materiales resultara atractiva… y seguramente no lo logramos del todo.

La labor de director en una revista como Nexos es gratificante por donde se le quiera mirar. Uno amplía su campo de visión al estar en contacto con tantos temas y autores, enriquece su conocimiento incluso de asuntos con los que no está familiarizado, y acaba ratificando que el mundo no sólo es ancho y ajeno, colorido y complejo, sino inabarcable.

Sólo hay dos tareas que resultan desgastantes por odiosas y sobre las que no quiero extenderme: rechazar colaboraciones y buscar publicidad. La primera, sin duda, genera malestar, si no es que algo más fuerte, en el autor que se siente ofendido, aunque uno se consuela pensando que esa es la labor del editor, siempre en beneficio del eventual lector. Y la segunda semeja un laberinto o peor aún un pantano, lleno de obstáculos, incomprensiones, regateos, pero sin lo cual no existiría la posibilidad de mantener a la revista. Uno acaba agradeciendo de verdad a aquellos anunciantes constantes y cumplidos. Son oxígeno puro y vale la pena reconocerlo.

Quiero pensar que Nexos es heredera legítima de la Ilustración. Esa corriente que intenta comprender antes que atajar los diferendos con argumentos de autoridad, que propone juzgar todo a la luz de la razón y no de prejuicios, que intenta trascender supercherías de todo tipo con el estudio, la investigación, la confrontación de ideas. Nexos ha sido un instrumento eficiente para recargar el debate público con argumentos e iniciativas, con tesis y exámenes, con elaboraciones y críticas fundadas. Y haber sido y seguir siendo uno de sus colaboradores me llena de satisfacción. Nunca tuve un trabajo más placentero.

 

José Woldenberg
Escritor y ensayista. Su más reciente libro es Cartas a una joven desencantada con la democracia.


Mi vida en Nexos

Héctor Aguilar Camín

He dirigido Nexos dos veces. La primera entre 1983 y 1995, los años de la crisis eterna de México, de la “década perdida de América Latina”, de las dictaduras en el Cono Sur y las guerras centroamericanas, de la escisión histórica del PRI, del fin de la Guerra Fría, la caída del muro de Berlín, el regreso a la democracia de América Latina, las reformas neoliberales en el mundo y en México, la reprivatización de la banca, la normalización de las relaciones con la Iglesia, el fin del reparto agrario, la firma del Tratado de Libre Comercio, la rebelión de Chiapas, el asesinato del candidato presidencial del PRI, Luis Donaldo Colosio, el asesinato del secretario general del PRI, José Francisco Ruiz Massieu, y la crisis económica que terminó con el PRI en Los Pinos.

Volví a la dirección de la revista en el año 2009, con un segundo aire, obligado por el ejemplo de Luis Miguel Aguilar y José Woldenberg, sus directores anteriores, a garantizar que Nexos siguiera cumpliendo con el espíritu declarado en el editorial de su primer número, en enero de 1978: ser parte inteligente de la vida pública.

Hojeo la antología contenida en estas páginas y encuentro un delicioso equilibrio entre las obsesiones, los gustos, los géneros y la diversidad de intereses y autores característicos de nuestra revista.

Entre autor y autor, entre texto y texto de esta antología, como entre página y página de la revista, se pasa de un mundo a otro: de la crónica salvaje de la violencia a la delicada evocación histórica, del impecable registro académico a la inspirada memoria personal, del ensayo a la crónica, de la historia a la sociología, de la creación literaria a la revelación antropológica.

La cuarta década de vida de Nexos es la de la crisis mundial de 2008 y sus costos globales, la de nuestra siniestra espiral de violencia por la guerra contra el narco, el regreso del PRI al gobierno con su promesa reformista y su debacle gubernativa, la revolución moral contra la corrupción y la impunidad, el desencanto por la democracia, la crisis del Nafta, del liberalismo y del neoliberalismo, la parálisis de la Unión Europea, la sacudida del Brexit, el ascenso de los populismos, los nacionalismos y la xenofobia, la ubicuidad terrorista, la explosión de las redes sociales, la guerra del cosmopolitismo y las identidades locales, la victoria de Trump sobre las mejores tradiciones de la cultura cívica y la democracia americanas.

Dentro de la revista Nexos, la década reflejada en estas páginas fue la de una nueva generación de editores, a la cabeza de los cuales, en la primera oleada, aparecen Héctor de Mauleón, Kathya Millares y César Blanco; y en la segunda y la tercera: Mateo Aguilar Mastretta, Mario Arriagada, Alejandro García Abreu, Juan Pablo García Moreno, Esteban Illades, Andrés Lajous, Jorge Landa, Saúl López Noriega, Ana Sofía Rodríguez, Álvaro Ruiz Rodilla y Teresa Zerón Medina. Angélica Musalem ha sido la editora gráfica, Bernardo Ortigoza el gerente de hierro y Martha Elba Gallegos mi paciente asistente.

La nueva generación de editores de Nexos es la que ha preservado la calidad de la revista impresa y la que ha construido también su sitio electrónico, prácticamente de cero hasta el más de millón de visitas mensuales que recibe actualmente.

No tengo sino gratitud y cariño por esta camada renovadora que nos ha acompañado en el viaje por Nexos a los viejos de la tribu, el insustituible poeta exdirector de la revista Luis Miguel Aguilar, yo mismo como director reincidente, y un personaje central de la historia toda de Nexos, Rafael Pérez Gay, pilar de nuestro proyecto y compañero irremplazable de esta década.

En el año 2008, con ocasión del 30 aniversario, escribí una evocación de mis años en Nexos. El segundo párrafo decía:

Recuerdo haber leído en algún suplemento que no tenía sentido hacer una revista literaria si no se estaba dispuesto a morir por su causa. Me pregunté entonces, me pregunto ahora, cuál era la causa de Nexos y si estaba dispuesto a morir por ella. Creo que la causa de Nexos era ser parte inteligente de la vida pública, llevar la vida intelectual al debate sobre la nación.

¿Estaba dispuesto a morir por eso? Morir es mucho trance, bajo cualquier hipótesis. Estaba dispuesto a dar todas las batallas y a correr todos los riesgos que la causa exigía. Estaba prendido con Nexos. Aquella incandescencia del ánimo, a la vez una furia y una euforia, es la que tiñe mi recuerdo de los años en la dirección de Nexos. No he vuelto a poner en otra causa editorial nada parecido a aquel fuego misceláneo, sediento de temas, colaboradores, lectores y anunciantes.

Cuando escribí el párrafo anterior estaba a sólo un año de tomar de nuevo la dirección de la revista y de vivir de nuevo aquel fuego, aquella euforia. No he tenido que dar la vida por Nexos, simplemente Nexos ha tomado mi vida.

 

Héctor Aguilar Camín
Escritor. Su novela más reciente: Toda la vida (Random House, 2017).


* La presentación de Las décadas de Nexos se llevará a cabo este miércoles 28 de noviembre a las 19:00 horas en el Salón México II del Hotel Hilton de Guadalajara.

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Este año, el Homenaje al Bibliófilo de la FIL recae en el historiador Enrique Florescano. Forjado por maestros legendarios, el incansable editor y difusor de letras impresas —maestro ya de generaciones, legendario él mismo—, comparte a continuación su discurso de agradecimiento.

Fotografía: © FIL/Pedro Andres

Mi biblioteca es la memoria de una vida. Nació por el gozo de la lectura que me inculcaron mis padres. Armando Florescano, mi padre, fue parte de la generación de normalistas de la época de Lázaro Cárdenas. Cuando se graduaban, “los profes” eran enviados a pueblos rurales con la misión de enseñar conocimientos básicos. Mi padre tuvo su primer trabajo en Coscomatepec, un pueblo de la falda oriental del Pico de Orizaba, montado en un paisaje de montañas, valles y ríos que llevo guardado en la memoria. Él acostumbraba traer a la casa libros, periódicos, revistas e historietas. Entre ellos El tesoro de la juventud.

Nunca olvidaré la llegada de un librero de madera olorosa que contenía cien libros abiertos al conocimiento universal. Eran los primeros tomos de los emblemáticos Breviarios. En la cuarta de forros se leía: “El Fondo de Cultura Económica aspira a formar con estos Breviarios la base de una biblioteca que lleve la universidad al hogar”. Ahora sé que esas palabras las escribió Juan José Arreola, el gran humanista de Zapotlán que transmitió sus letras a las poblaciones más remotas de México.

Con ese legado, más el torrente de libros de historia, antropología, literatura, ciencias y saberes que produjo el Fondo, creció mi biblioteca. Ese emporio de libros resumía una frase con la que don Daniel Cosío Villegas selló su proeza editorial: “enseñar a leer sin ofrecer antes una lectura digna, que eleve, es un engaño”.

Los libros se entrelazaron con las enseñanzas de maestros de la estatura de Gonzalo Aguirre Beltrán, Silvio Zavala, José Gaos, Luis González y González, Edmundo O’Gorman, Luis Villoro, Pedro Armillas, Ignacio Bernal, José Miranda, Rafael Segovia, Antonio Alatorre y muchos más. Ellos me introdujeron a los distintos modos de pensar el pasado, me aleccionaron en el ejercicio de leer y comprender lenguajes de disciplinas diversas.

El filántropo Ricardo J. Zevada me pidió en los años setenta componer una colección de los libros más relevantes sobre México para donarla a las escasas bibliotecas públicas que existían entonces. De esa semilla nació México en 500 libros. Así, de aprendiz de conocimientos librescos me convertí en coleccionista de libros.

Mi paso por la academia en Xalapa, El Colegio de México y Francia fue un tránsito por geografías, tiempos, mentalidades y estudios que afirmó la voluntad de imaginar una biblioteca que me ayudara a vislumbrar los cambiantes pasados de México.

La inclinación por los libros me transformó en editor y difusor de letras impresas. En los últimos años, las tareas de difusión del libro me otorgaron el privilegio de trabajar en la ahora Secretaría de Cultura, donde dirijo las colecciones Biblioteca Mexicana, en coedición con el Fondo de Cultura Económica, y la más reciente Historia ilustrada de México.

En el 2012 el Fondo de Cultura Económica publicó en sus “Breviarios” La función social de la historia. Bajo la sombra de Daniel Cosío Villegas y su enciclopédica legión de colaboradores, quise comunicar el conocimiento académico a un público más amplio. En mi viaje por el pasado sumé a la escritura la imagen, las identidades, las pictografías, la oralidad y el mito.

Soy un historiador forjado por maestros legendarios y por amigos, colegas, compañeros y colaboradores queridos, que se convirtieron en mis guías y tutores. Alejandra Moreno Toscano, mis hijas Claudia y Valeria, y mis nietas Jimena, Emilia y Camila, han sido y son la tierra nutriente que sostiene el árbol de mis afanes.

Recibo con humildad este premio que lleva el nombre de un modelo de laboriosidad, creatividad y amor por los libros: Bibliófilo José Luis Martínez 2018, que hoy me otorga la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Es difícil comunicar la emoción que suscitó esta nominación. Suma una tríada alegre. Primero sorpresa por lo inesperado, luego júbilo porque la recibo en la FIL, un sitio que brinda la oferta de libros más dilatado que podría imaginarse. Y, por último, por el nombre que lleva. Conocí a José Luis en sus muchas y siempre exitosas actividades, cumplidas con pulcritud: editor de revistas y libros innovadores, cultivador fervoroso de las letras, las humanidades y la bibliofilia, cronista y notable historiador, cuya magnífica biografía de Hernán Cortés honró a la historiografía mexicana e hizo mérito de un personaje controvertido. Funcionario ejemplar del Fondo de Cultura Económica y de otras instituciones, digno embajador en el extranjero, cuyo amor a la lectura y el libro lo llevó a crear una biblioteca selecta de lo mexicano universal.

Expreso mi gratitud a quienes promovieron este reconocimiento: al doctor Sergio López Ruelas, coordinador de Bibliotecas de la Universidad de Guadalajara; a la maestra Marisol Schultz, directora de esta Feria, y al presidente de esta Feria mundialmente celebrada, Raúl Padilla López. Agradezco también las palabras del doctor Miguel Ángel Navarro, rector general de la Universidad de Guadalajara. Especialmente quiero agradecer el cuidadoso recuento de mi trayectoria que han hecho el doctor Guillermo de la Peña y el doctor Rodrigo Martínez Baracs. Muchas gracias, muchas y repetidas gracias.

Los libros contienen las voces que han construido nuestro pasado y que recordamos como una manera de conocernos a nosotros mismos. Hoy doy a ustedes una buena noticia. Esta mañana mi biblioteca, forjada a lo largo de décadas, pasó a formar parte de la inmensa Biblioteca Pública del Estado de Jalisco “Juan José Arreola”. Estoy complacido y orgulloso porque los libros que me han acompañado durante tantos años pasen a ser parte del perseverante trabajo de conservación, amor al libro y al servicio de la lectura que acumula, generación tras generación, esta gran biblioteca.

Al doctor Juan Manuel Durán y a Raúl Padilla, grandes amigos y guardianes celosos de esa joya de bibliofilia, debo la gracia de que mi biblioteca de historiador sirva en adelante a los estudiantes, profesores, curiosos y lectores de Jalisco. Nada podría ser más afortunado para mí que esa modesta acumulación de libros quede abierta a nuevos lectores de hoy y de mañana. Muchas gracias por tantos y tan generosos regalos. Me hacen ustedes muy feliz en este día inolvidable.

 

Enrique Florescano
Historiador. Entre sus libros recientes: Atlas histórico de México (en colaboración con Francisco Eissa), Los orígenes del poder en Mesoamérica y Quetzalcóatl y los mitos fundadores de América.

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