2020: nuevo momento cero

¿Qué es lo que nos hace contemporáneos? ¿Cuándo termina un momento histórico y comienza otro? ¿Cómo podríamos saber si vivimos un cambio de época? Aquí presentamos una reflexión filosófica sobre las formas en las que la pandemia ha transformado nuestra idea del mundo y nuestra relación con el tiempo histórico.

Bajo tres circunstancias el mundo puede cambiar con rapidez: una guerra, una crisis económica o un desastre natural. Antes de la globalización estos eventos solían estar contenidos dentro de una geografía específica, pero en una época en la que la interdependencia entre los países es cada vez más compleja, ese tipo de límites ha desaparecido. Una pandemia como la que estamos viviendo desborda por completo nuestras categorías. Su escala se sale de nuestros registros: al superar en todo a las crisis y los desastres de nuestra memoria reciente, significa una ruptura radical con el pasado e inaugura un tiempo desconocido y temeroso. Expande las posibilidades de la imaginación hacia hechos que hace un año nos habrían parecido imposibles y absurdos. Esto nos conduce a preguntarnos si a partir de ahora las epidemias podrían ser una cuarta categoría de transformación universal. Dice Rafael Argullol, el filósofo español: “En las culturas tradicionales han sido los dioses quienes, quejosos con los hombres, les mandan el mal. En la época moderna, a falta de dioses, el castigo tiende a atribuirse a la Madre Naturaleza, también quejosa de nuestro comportamiento”. La atribución es importante porque revela sistemas epistemológicos locales que habrán de enmarcar los procesos de respuesta ante el problema.

El virus viene de “fuera” y es invisible, pero nos ha infectado por dentro con mucha rapidez. Aunque se parezca a otros patógenos, su velocidad y ubicuidad nos impide reconocerlo. El trauma es inmediato, porque aunque algunos llevaban años prediciendo su llegada, nadie podía saber cómo sería. Es una otredad intempestiva, radical, que nos fuerza a construir una nueva idea del mundo: no sólo nuestra contemporaneidad se ha actualizado de nuevo, es como si borrara sus precedentes: nada de lo que pasó antes en nuestras generaciones parece relevante hoy. El paso del tiempo, su ritmo anual, se materializa en un árbol en anillos concéntricos. ¿Cómo pasa el tiempo a través nosotros?, ¿cómo nos hacemos contemporáneos? Sucesos interiores y exteriores nos traen cada cierto tiempo de vuelta a la realidad del presente, dejando las huellas permanentes que van construyendo nuestro carácter. Esta última marca —compartida por todos en una suerte de rarísima sincronización temporal— resalta de tal manera que las otras palidecen.

Ilustración: Kathia Recio

Los primeros dos tipos de sucesos transformadores —guerras y crisis— son causados directamente por las acciones de los seres humanos y tienen la potencia de cambiar el mundo y todas las variables de nuestra relación con él —económica, estética, política, ética—, afectando aun a personas en zonas remotas, alejadas del epicentro (la caída de las torres, la caída de Lehman Brothers, el surgimiento de ISIS o de nuevos populismos, por mencionar algunos de los más recientes). Lo mismo, sin embargo, no puede decirse de los desastres naturales. Un terremoto devastador o un incendio forestal de grandes proporciones, por ejemplo, pueden generar el mismo impacto, o mayor, que el comienzo de una guerra o una crisis, aunque en el largo plazo no cambian en esencia cómo somos. Crean o modifican proyectos locales de ingeniería, seguridad, salud, no el ADN social ni los hábitos a gran escala; no inician una era histórica.

Pero la pandemia que hoy vivimos no tiene esas características: hay millones de infectados, economías en negativo, disolución de familias, empresas desaparecidas, millones en rescates financieros… Decía un usuario en internet hace unos días: “La economía está a punto de colapsar porque las personas sólo están comprando lo que necesitan”. Está en marcha una transformación que comenzó con una persona contagiada que, sin saberlo, daba inicio al mayor golpe que habría de recibir el mundo en su punto más temido: su sistema financiero, sus leyes de oferta y demanda. Es la misma razón por la que se ha hecho muy poco para reducir el desequilibrio climático, o por la que se considera urgente acabar con el estado de improductividad actual, o por la que candidatos como Bernie Sanders no tienen posibilidades de ganar: van en contra del establishment.

La crisis que hoy vivimos no la alcanzamos a comprender aún, no del todo. Por ahora parece que sus consecuencias no serán las equivalentes a las de un fenómeno “natural”. No es probable que en unos meses la hayamos olvidado y estemos discutiendo otros temas. Parece que estuviera en la categoría de los grandes acontecimientos o conflictos bélicos, tal vez eso explique el lenguaje obtuso de algunos gobiernos. ¿Cómo se leerá este momento en treinta años o en trescientos? ¿Dejará una marca permanente en la geología social?

 Este virus ha logrado algo imposible de otra manera: que miles de millones sientan lo mismo a la vez, una ebullición que no había sucedido antes a esta escala. Juntos pasamos, en unos días, de la adicción al presente más estridente sin fin, a un tiempo más reposado, en donde el pasado comienza a acercarse y la historia se actualiza; un ritmo que nos lleva de regreso a una sensación que pocos conocían. Pero también nos lleva hacia adelante, hacia los territorios de la imaginación: ahora podemos imaginar con más claridad un virus digital que carcome todas las redes, una guerra atómica, una crisis climática simultánea en todos los continentes, un nuevo nazismo, una tormenta solar de máximas proporciones —hasta una nueva epidemia, mucho peor que ésta. No es que el momento actual aumente las probabilidades de estos sucesos, pero sí la imaginación que los alimenta. Siempre estuvieron más cerca de la ficción; es como si hoy pudieran estar a la vuelta de la esquina.

Después de una catástrofe hay siempre un cambio, una rectificación, y hay sistemas que “aprenden” o incorporan los hallazgos para avanzar o evolucionar, desaparecer o involucionar. El sistema financiero actual es un ejemplo de esta complejidad: su historia es la historia de crisis continuas, como si en su mismo diseño estuviera implícito el concepto de prueba y error en todas las escalas, trazando una línea de sismógrafo, temiendo siempre el futuro: gráficas nuevas, variables siempre desconocidas que nacen de factores imposibles de controlar en su totalidad. ¿Qué tan profundas son esas reformas después de una crisis?

Nos encontramos en una especie de “momento cero”, como en 1945, dice el escritor alemán Alexander Kluge. Si así fuera, si tuviéramos que reiniciar “de cero” muchas de nuestras actividades y aproximaciones al mundo, el proyecto es de una enormidad que decepciona profundamente, pero al mismo tiempo nos coloca en una perspectiva tan inusual que el nivel de lucidez que podría alcanzarse es enorme, si lo sabemos aprovechar. La escala del cambio es resultado de la magnitud de la crisis, ¿pero depende también de otras cosas? Las fórmulas y variables con las que calculamos esos ajustes se han modificado, arrojan resultados que hace un siglo serían impensables.

El virus representa un absoluto, algo muy real: choca con el mundo cada vez más relativo y ficcionalizado en el que vivimos, construido con un lenguaje empobrecido y debilitado; es por eso que no podemos comprenderlo con la misma urgencia que se manifiesta. Ese lenguaje de lo generalizado, lo igual y lo genérico, ese que Edouard Levé retrató asombrosamente en Journal, no tiene relevancia hoy, justo hoy, cuando el virus se propaga de la misma manera en todos los países, ese lenguaje homogéneo de la red no nos sirve, no es suficiente ni expresivo. No hay lugar para la individualidad en el presente: los medios muestran “la realidad” de una forma inalcanzable, con la que no podemos conectar, pues se vende en forma de ficción repetitiva —la historia de hoy indistinguible de la de mañana. Pareciera como si esa masificación del lenguaje impidiera que la magnitud del suceso tuviera cabida; como si la imposibilidad de entenderlo proviniera de no poseer los conceptos lingüísticos para hacerlo inteligible.

Nos encontramos de pie con el mundo desconocido de frente, ese mundo, me temo, que bien presagia Tokarczuk en Los errantes: un mundo de aridez, clausurado, desprovisto de humor. Tal vez las guerras y las crisis queden detrás de nosotros como acontecimientos históricos, y sean los desastres imprevisibles, fuera de un plan, los que cada vez más tendrán la posibilidad de modificar nuestro tiempo y los espacios que habitamos, las ideas que imaginamos y los lenguajes que usamos para representarlas. Como dijo Ian Tattersall en 2008: “Nos gusta pensar que la historia es creada por personas, y la mayoría de las veces se nos enseña de esa manera; pero las cosas no son tan simples. Hay fuerzas socioeconómicas incontenibles que a menudo son el resultado de presiones ambientales que están totalmente fuera del control de las sociedades involucradas y de sus líderes. Así, factores ajenos a las personas, o incluso a las sociedades y naciones, son los que han estado detrás de una gran proporción de los florecimientos, las crisis y los conflictos que componen el complejo tapiz de la historia humana”.

 

Jacobo Zanella
Editor en Gris Tormenta, una editorial de ensayo literario y memoria.

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Publicado en: Noticias de Cipango