172 minutos con Taylor Swift

“Mi nombre es Taylor; nací en 1989”. Así comienza la película del concierto que dio la cantante en el estadio SoFi de Los Ángeles, última ciudad programada de su Eras Tour en Estados Unidos.

Es viernes, son las 16:13 horas. En la sala 10 del cine que está en una plaza comercial, que antes era un estadio de béisbol, sólo hay veintiún personas. Por los testimonios de lo sucedido en el fin de semana del estreno, se esperaría que los 339 asientos estuvieran ocupados. Una joven en sus veintes y una adolescente que no parece de más de doce años usan playeras de promoción de esta gira que inició el 17 de marzo pasado. Algunos cálculos consideran que la gira podría generar 6000 millones de dólares. Las ganancias por la venta de mercancía podrían llegar a los 1800 millones; la película hasta ahora ha recaudado más de 120 millones.

Taylor Swift: The Eras Tour

Taylor Swift asegura en la pantalla que las dos primeras canciones revelan cómo se va a comportar el público a lo largo del concierto. Sin duda, los swifties que la acompañaron aquella noche cantaron en todos los registros vocales posibles. Aquí, en la sala de cine, hay un ambiente íntimo, como si fuera una de esas fiestas de escucha que ahora los cantantes organizan al presentar un nuevo disco.

Al iniciar con “Miss Americana & The Heartbreak Prince”, “Cruel Summer” y “The Man”, canciones del disco Lover (2019), lanza versos tan familiares que los gritos ensordecen: “And it’s new, the shape of your body, it’s blue”; “I’m so sick of running as fast as I can/ Wondering if I’d get there quicker if I was a man”. Tal recibimiento, dice a las personas en el estadio, la hace sentir “poderosa”. De este lado, el entusiasmo comienza a notarse mientras una madre anima a sus dos hijas de no más de diez años a que se levanten y comiencen a bailar en cuanto suena “You Need To Calm Down”: “You are somebody that I don’t know…”. Poco a poco hay más brazos arriba haciendo su propia coreografía. Sigue “Lover”, otra pepita de oro para sus seguidores: “Can I go where you go?/ Can we always be this close?/ Forever and ever/ Take me out and take me home/ You’re my, my, my, my… Lover”.

Tay Tay, como también la llaman sus admiradores, avanza hacia la era Fearless e interpreta la canción del mismo nombre. Aparece otra señal de mutuo reconocimiento: el público grabado y real la acompaña formando un corazón con los dedos índices y pulgares en cuanto ella lo hace.

En la sala, un padre se contagia del entusiasmo de su hija que también está en el rango de las menores de doce años. Ella abre y cierra los brazos, los estira, y señala hacia la pantalla con las manos extendidas. No deja de cantar “You Belong With Me” ni “Love Story”. De esta última canta sin timidez la parte que dice: “And I said: ‘Romeo, take me somewhere we can be alone/ I’ll be waiting, all there’s left to do this run/ You’ll be the prince and I’ll be the princess/ It’s a love story, just say, yes’”. Él mete la mano derecha en el recipiente de las palomitas y sonríe.

Lo siguiente proviene del segundo disco que Taylor Swift hizo en la pandemia: Evermore. “Marjorie”, “Willow”, “Champagne Problems” y “Tolerate It”. Por alguna razón, la melodía del piano en “Champagne Problems” invita a una de las espectadoras, que abraza una bolsa de tela blanca con el título de otro álbum (Speak Now) bordado letras moradas, a balancear la cabeza con suavidad.

Un trío de preparatorianas causan revuelo en cuanto ven a la cantante con vestuario distinto, para dar paso a Reputation. “…Ready For It?” las pone a bailar, siguiendo el movimiento de caderas de las bailarinas que están en el escenario. Los pasos se vuelven menos marcados con “Delicate” y se toman selfis entre ellas. Se distraen con sus teléfonos y vuelven a sentarse. Pero hay alguien en las filas de enfrente que sí está poniendo atención y comienza a cantar en voz alta “Don’t Blame Me”.

Era imposible que “Look What You Made Me Do” no invitara a cantar al unísono que la antigua Taylor está muerta.

Ha pasado un largo rato y los asientos incomodan: se cruzan las piernas o se arquea la espalda.

La madre entusiasta del inicio aprovecha la calma de “Enchanted” para ir por un hot dog. Todos se dan cuenta de que ha vuelto porque la cebolla irrita los ojos. Dos amigas adolescentes que habían estado muy quietas hasta ahora mueven las manos de una manera muy delicada, como si formaran parte de una compañía de danza clásica.

Del disco Red aparecen las promesas de “22”; la conocida playera blanca de lentejuelas, pero que en lugar de decir “Not a lot going on at the moment”, como aseguraba la primera vez que salió este disco, ahora dice: “A lot going on at the moment”. “We Are Never Ever Getting Back Together” provoca un nuevo pico de entusiasmo. Hay gritos con “I Knew You Were Trouble”. Taylor Swift pregunta si los asistentes tienen diez minutos más; es la clave para la versión extendida de “All Too Well” (el eterno recordatorio para Jake Gyllenhall). Se percibe enojo cuando las jóvenes que están en la sala cantan: “Fuck the patriarchy”.

De Folklore toma “The 1” y se coloca en el techo de una cabaña que, según Swift, pertenece a un mundo salido de una fantasía suya en la que ella es una mujer victoriana que anda por el bosque con una linterna en la mano. “Betty”, “The Last Great American Dynasty”, “August”, “Illicit Affairs”, “My Tears Ricochet” dejan al público de la sala sentado, pero sin dejar de cantar.

Desaparece la neblina del bosque y surge el color de 1989, cuya versión regrabada estará disponible el próximo 27 de octubre. “Style” gana aplausos. “Blank Space” y “Shake It Off” vuelven a animar a las tres amigas que tuvieron encendido el celular la mayor parte del concierto y hablaban de su día en la preparatoria. “Bad Blood” contagia el entusiasmo vivido la noche en el estadio a la tarde en el cine: padres e hijas aplauden y gritan.

Taylor baja las pulsaciones de los espectadores con el set acústico: “Our Song” y “You’re in Your Own, Kid”.

Para el final: Midnights. En “Lavender Haze” no muchas voces se arriesgaron con los tonos altos. La afinación pasó a segundo plano con “Anti-Hero”: “It’s me, hi/ I’m the problem, it’s me”. “Midnight Rain” desafió otra vez con los agudos y hubo quien mejor se quedó observando cómo los bailarines jugaban con los paraguas. “Bejeweled” y “Mastermind” obtienen aplausos sin reservas.

Taylor Swift cierra las casi tres horas de concierto con la canción que pone de pie y a bailar libres a las dos únicas seguidoras que traían la playera de la gira: “Karma is my boyfriend/ Karma is a god/ Karma’s a relaxing thought”.

No hay gritos que sobrepasan el sonido estéreo de la sala ni intercambio de pulseras de la amistad ni robo de carteles en los pasillos del cine, como sucedió en otras funciones. Lo único que queda son dos siluetas paradas en la oscuridad entonando una canción que para ellas ahora representa su propio universo.

 

Kathya Millares
Editora de nexos

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Publicado en: Corresponsal