El pasado once de mayo se estrenó en el Festival de Cannes la nueva cinta de Woody Allen, Café Society. Con motivo del estreno, la revista The Hollywood Reporter le hizo un extensa entrevista y, una semana después, ha publicado también una columna escrita por su hijo Ronan Farrow. Éste ha reiterado que su hermana Dylan (ambos son hijos de la pareja entonces formada por el director y la actriz Mia Farrow, con quien Allen estuvo unido por trece años durante los cuales rodaron trece películas juntos) fue objeto de un abuso sexual por parte del cineasta neoyorquino cuando tenía apenas siete años, reavivando con ello una controversia que se ha extendido ya por décadas.

Ilustración: Jimmy Demello. Bajo licencia de CC
Esta misma semana había yo posteado en Facebook mi anhelo de acudir algún lunes por la noche al Café Carlyle en espera de poder ver al también escritor tocar el clarinete junto a la Eddy Davis New Orleans Jazz Band. Una muy querida amiga me exhortó a que, en el improbable caso de que algún día pueda ir a Nueva York, destine mejor mi dinero y tiempo a otras actividades que no giren alrededor de un “tipejo tan feo [y] cochino”. Probablemente, como tantas veces, la sugerencia de mi amiga sea acertada, pero a pesar de ello sigo sin saber qué hacer con la acusación que pesa sobre alguien en cuyo honor nombré a mi gato. De hecho, tengo la fundada sospecha de que el día en que Woody muera (certeza, en el caso de mi gato) no podré evitar verter varias lágrimas como he visto que hacen aquellos quienes de pronto se enfrentan a la evidencia de que también los ídolos cometen la descortesía de dejarnos abandonados.
¿Qué hacer, entonces, cuando es probable que alguien a quien admiras haya abusado sexualmente de su hija? A la hora de lidiar con el “problema Woody”, mi lado abogadil me recuerda la existencia de esa criatura legal (diríase mítica en nuestro país) llamada presunción de inocencia. El director fue investigado en su momento, pero nunca se presentaron cargos en su contra. La verdad jurídica (otro engendro propio de la literatura fantástica) parece estar de su lado. Sin embargo, mi condición de abogado me dice también lo poco que importa eso en un país que, como el nuestro, se solaza en hablar del “estado de derecho”, pero que en realidad suele cargarle la mano a las minorías y a los jodidos de siempre, al mismo tiempo que protege a sus élites “como a un perro” (parafraseando a nuestro ex-presidente López Portillo, lo que recuerda que a estadounidenses y mexicanos también nos hermana nuestra predilección por elegir continuamente presidentes idiotas).
Como bien lo apunta Ronan en su reciente columna, el sistema de estrellas de la industria fílmica no es sino un patriarcado glamourizado en donde las figuras masculinas tienen manga ancha para hacer prácticamente lo que quieran sin que se les cuestione. La brecha salarial sigue tan vigente como siempre (como lo han recalcado recientemente actrices como Geena Davis y Jennifer Lawrence) y el techo de cristal sigue siendo una realidad (recuérdese, por ejemplo, que solo una mujer —Kathryn Bigelow— ha ganado el premio como mejor directora en la historia de los óscares). El abuso sexual se inscribe dentro de este contexto (pregúntenle si no a Bill Cosby).
Como quedó demostrado con su matrimonio con su hija adoptiva Soon-Yi, el poco temor de Allen por el tabú no solo es fílmico (en uno de sus clásicos, Manhattan, su alter ego sostiene una relación con una menor de edad). Es probable (no lo sé con seguridad: mis ingresos están muy lejos de permitirme pagar terapias psicoanalíticas por décadas como lo ha hecho Woody) que esa osadía sea una de las claves de mi admiración por él, admiración que, aclaro, no se debe a que encuentre encomiable que alguien se case con su propia hija, sino al hecho de tener las agallas suficientes como para ir en contra de lo que una mayoría casi absoluta de la población considera moralmente censurable. Acaso el desdeñar su posible condición de abusador revele también que yo formo parte y alimento al mismo sistema que le permite a gente como él gozar de impunidad. El mismo patriarcado, aunque sin el glamour del celuloide.
El crítico de cine Matt Zoller Seitz tiene razón cuando subraya que difícilmente una familia se atrevería a mediatizar sus pesares como lo han hecho los Farrow, y que el sólo hecho de que al paso de los años Dylan continúe ventilando lo que tuvo que sufrir hace tantos años, hace presumir que su dicho no sea una mera puesta en escena. Por otro lado, sin embargo, su otro hermano Moses (adoptado junto con Dylan por Woody y Mia) sostiene que la acusación es un delirio explicable por la influencia de una madre traumatizada al haber sido desplazada como pareja por su propia hija. Si el drama familiar suena escabroso es porque lo es: una especie de Game of thrones pero sin decapitados (hasta ahora).
Tras este breve repaso de desventuras, arribo a una poco original pero sesuda conclusión: no sé. A diferencia de lo ocurrido con el ya mencionado Bill Cosby (sobre quien pesaban hasta hace unos meses 57 acusaciones de abuso sexual por el mismo número de mujeres), el abuso que se imputa a Woody ocurrió en una ocasión (además de las conductas impropias que la propia Dylan narra aquí). Esto, sin embargo, no es cuestión de números. Una ocasión basta para destrozar la vida de alguien, pero esas ocasiones suelen quedar en la oscuridad. Como lo refieren Lauren Modery (ex asistente personal en Hollywood) o la actriz Ashley Judd, el acoso sexual parece estar tan normalizado que la dimensión del problema queda invisibilizado, lo que a su vez constituye un campo fértil para la impunidad.
No sé si Allen sea un abusador sexual, ni tampoco puedo discernir cómo esa posibilidad afecta el aprecio que siento por él y su obra. Alcanzo tan solo a pensar en que quizá deba adelantar mis lágrimas: en lugar de reservarlas para el día en que nos deje el genio que nos regaló La Rosa Púrpura del Cairo, Zelig, Matchpoint, Hanna y sus hermanas, Sweet and Lowdown o Annie Hall, sería mejor dedicarlas a esa vida que, muy probablemente, destruyó. Mientras sigo sin aclarar mi incertidumbre, Woody, mi gato, se encarama en el teclado y trato de abrazarlo; elusivo, se me escabulle de entre las manos. Uno de esos azares que le encantarían a Woody, el hombre.
Erick López Serrano
Twitter: @eLoseRR
La entrevista a la que hace mención se difundió el día 4 de mayo (en el sitio web de The Hollywood Reporter), la columna de su hijo Ronan Farrow se publicó al día siguiente, en lo que pueden diferir en una semana fue en la edición física,la entrevista se publico en el número que tenía a Woody Allen en la portada, coincidiendo con el inicio del festival de Cannes.
La presunción de inocencia parte de que se haya llevado a cabo una investigación y esta sea concluyente, pero en este caso, las autoridades no desestimaron los cargos, más bien no los presentaron, ante la imposibilidad de que la niña objeto del abuso se presentara ante la corte, lo cual fue porque Mia Farrow decidió que no quería exponer a Dylan a la presión del juicio, para no traumatizarla.
La ahora esposa de Woody Allen no es, ni fue su hija adoptiva. Es hija adoptiva de Mia Farrow y su anterior esposo André Previn. Cabe señalar que Mía Farrow y Wooy Allen no vivieron, durante su relación personal en la misma casa, lo que no hace menos probable que se haya llevado a cabo el abuso, que por cierto, se supone tuvo lugar cuando ya se habían separado y estaban en una batalla legal por la custodia de los hijos adoptivos de ambos (Dylan y Moses) y el que concibieron juntos (Ronan).
La persistencia de una postura o el sostener una declaración por años tampoco da certidumbre de que eso sea verdad o una mentira.
Entonces no sabemos cual es la verdad de este hecho trágico (el abuso) ante situaciones enfrentadas por posturas irreductibles y contradictorias.