La destrucción es algo innato en el ser humano. Miramos a nuestro alrededor y el ansía de investigar, conocer, dominar, se convierte en un impulso que, sujeto a delgados límites claroscuros, rebasa nuestro lugar en el mundo: ¿qué pasaría si un día, provistos de los conocimientos suficientes, asumimos el papel de Dios?

Insertada en la larga tradición de la ciencia ficción y la histórica ambición de la ciencia por la creación, Westworld (HBO, 2016) explora diversos cuestionamientos sobre la condición humana mediante la vida en Westworld, un particular parque de atracciones en donde los huéspedes, miles de personas que pagan para ser trasladadas a un mundo ficticio del medio oeste, tendrán que convivir con los anfitriones, androides de última generación dispuestos a ser parte de sus fantasías.
El conflicto es evidente e inmediato. Si los seres humanos somos incapaces de respetar a otro ser vivo, ¿por qué tendríamos que hacerlo con un robot? Westworld, encabezado por Robert Ford (Anthony Hopkins) —uno de los enigmáticos creadores del parque—, ofrece el mayor deseo del hombre: la libertad. Aquí se podrá elegir quién ser, qué hacer, qué proteger, qué aniquilar, deseos básicos que son vendidos como paquetes turísticos de entretenimiento: ¿Estrés por el trabajo? ¡Listo! ¿Por qué no matar a unas cuantas personas? Una dinámica económica perversa disfrazada de vaqueros y damiselas en apuros.
Pero es en este frágil concepto, persona, en donde se moldearán los dilemas a los que se afrontarán cada uno de los personajes. Huéspedes y anfitriones cuestionando su realidad. Por un lado, Dolores Abernathy (Evan Rachel Wood), Maeve Millay (Thandie Newton) y Teddy Flood (James Marsden), serán los primeros en despertar, una manifestación de conciencia que los hará notar el loop infinito de sus vidas prediseñadas, expuestas al dolor y la crueldad de los humanos que visitan el parque. Los eternos corderos que van hacia el lobo.
Westworld debe su atractivo al guión, una estructura dramática que dosifica la información y libera a cuentagotas los perfiles de cada protagonista, una atmósfera de secretismo, suspenso y tensión que se afianzará en el origen del parque y en la paulatina transformación de estos protagonistas. Es así como Jonathan Nolan y Lisa Joy, creadores de la serie, contrastan de forma habilidosa las dos visiones sobre el ser. Los huéspedes, los seres humanos, a pesar de su estatus de poder, observan cómo su creación, los anfitriones, se hartan de su existencia nebulosa, confusa, oprimida. Los costosos juegos con caballos, pistolas y alcohol son sólo la superficie de un significado oscuro y peligroso
Al asumir esta dirección en la historia, la producción de HBO derriba los riesgos de los temas futuristas, de las pautas en la ciencia ficción y opta por un estilo visual y narrativo más sobrio, detallado: las oficinas centrales del parque, el lugar donde surge la creación, está formado por habitaciones oscuras, espejos que reflejan una carnicería robótica con cuerpos apilados, fisonomías humanas destazadas, analizadas; por su lado, los exteriores, los arcos narrativos que ofrece el parque son tierras sin fin habitadas por tribus, bandidos, guerras, violencia y salvajismo. Este diseño, contrastado por su ambivalencia, es la puerta a un laberinto en donde toda la espectacularidad queda sellada en el dramatismo y la complejidad que se desprende del pensamiento humano.
En ese sentido, Westworld plantea sobrecogedoras inquietudes sobre el ser. Cuando los androides, piezas clave para el destino del parque, comienzan a almacenar recuerdos, esas pequeñas ensoñaciones sobre sus vidas en narrativas pasadas de Westworld, su más feroz y certera venganza será desequilibrar el sentido de identidad y pertenencia de los seres humanos que día a día los desechan. Es imposible no pensar en un Anthony Hopkins inmutable, perverso, con una habilidad en la puesta en escena que sólo la experiencia es capaz de alcanzar.
Aunque hay un largo listado de películas que se han acercado al planteamiento en donde el hombre-máquina forma parte de una sociedad, en su mayoría, distópica, la producción televisiva ha decidido asumir tal responsabilidad con una aproximación deja de lado la espectacularidad y se sumerge en cavilaciones filosóficas sobre la existencia y la conciencia en una máquina. La inquietud más directa vino desde Suecia en 2012 con Real Humans (SVT1) y su posterior adaptación estadounidense en Humans (AMC, 2015), dos series que mostraron, quizá con menos destreza, la compleja relación entre el hombre y sus creaciones, un mundo consumido por la tecnología que produce a escala la inteligencia artificial.
El gran logro de Westworld es presentar la oscuridad que habita en el ser humano a través de una estructura narrativa in crescendo. Es probable que los primeros capítulos hayan sido desgastados en la presentación a detalle de las tramas, un ejercicio necesario, pero no bien del todo ejecutado; sin embargo, una vez que el espectador descubre que el proyecto buscado en la serie se obtendrá cueste lo que cueste, es como el suspenso comenzará a dar sus frutos y esta aparente desorganización se unirá en una sola pieza.
Sí, Westworld es tan imperfecta como cualquier historia de ficción que trata de establecer lo que vendrá. Fallas de lógica en la historia, el abuso en el desarrollo de los primeros capítulos, el desequilibrio en algunas actuaciones… y, a pesar de ello, los creadores logran que los televidentes perciban la manipulación, las pistas falsas, el logro frustrado, el saberse parte de un plan preestablecido, cerrado, artificial. Al final, ¿en quién se debe confiar? ¿El humano o la máquina? La última producción dramática de HBO juega con el desconocimiento que, a pesar de los siglos de civilización, se tiene del hombre. Westworld es un mundo en donde el peor depredador somos nosotros, nosotros y nuestra obsesión por querer ser Dios.