El siguiente ensayo, publicado originalmente en n+1, toma al coronavirus como un síntoma del capitalismo tardío. A través de un recorrido por temas tan diversos como el pasado medieval de Wuhan y la cuenta de Instagram de Gwyneth Paltrow, Andrew Liu, profesor de historia de China en la Universidad de Villanova, nos ayuda a entender la especificidad histórica del Covid-19, esa dolencia de la hiperglobalización.
I — ¿El virus de Wuhan?
La ciudad de Wuhan es de enorme significancia para la historia de China, pero hasta hace unas semanas gran parte del mundo ignoraba su existencia. La misma palabra “Wuhan” es en realidad una abreviaciónde los nombres de tres ciudades que alguna vez se irguieron en torno a las bocas de los ríos Han y Yangzi: Wuchang, Hankou, y Hanyang. En épocas más recientes Wuhan sirvió de cuna a la revolución Xinhai de 1911 —la misma que derrocó a la última dinastía china— y de capital provisional para Chiang Kai-shek y su Partido Nacionalista cuando estos se batían en retirada de la invasión japonesa de 1937. Hoy en día los pasajeros a bordo de los centenares de ferries que se deslizan de un lado a otro de la ciudad se encuentran con un paisaje de vidrio y concreto: rascacielos adornados con los nombres de hoteles y bancos nacionales —una visión intimidante, sin duda, pero también cada vez más común a lo largo y ancho de Asia. Más allá del centro fotogénico de la ciudad se extiende la habitual combinación de nuevos proyectos arquitectónicos, sitios históricos, barrios universitarios y residenciales, y zonas de libre comercio destinadas a procesar materiales industriales para exportación. Se trata de una metrópolis masiva y de fronteras inciertas: una megalópolis de once millones de personas, más grande que Nueva York y sin embargo, para los estándares de la China contemporánea, una mera “ciudad de segunda clase”.
Hoy en día, sin embargo, Wuhan es más famosa que nunca, todo gracias a su asociación con una sola cosa: el brote global de la enfermedad hoy conocida como Covid-19. Durante las primeras semanas de diciembre del año pasado un número creciente de individuos comenzó a presentarse en los hospitales de la ciudad con síntomas parecidos a los de una influenza severa: fiebre, tos seca, fatiga, dolor muscular y cuadros pulmonares parecidos a la neumonía. No fue sino hasta días después que los médicos de Wuhan se dieron cuenta de que muchos de los nuevos pacientes trabajaban en el Mercado de Mayoreo de Mariscos de Huanan, en el centro mismo de la ciudad. Pronto los síntomas de los pacientes empeoraron. Varios, en especial los ancianos, quedaron paralizados. Muchos murieron.
El 30 de diciembre, finalmente, un laboratorio confirmó que el responsable de la enfermedad era una cepa de coronavirus nunca antes vista, pero que sin embargo compartía muchas características con los patógenos detrás de otros dos síndromes respiratorios: el SARS, que mató a más de 800 en 2003, y el MERS, que ha cobrado casi mil vidas a partir de su aparición en 2012. Desde entonces el nuevo coronavirus se ha convertido en una pandemia global que ha afectado a más de 180 países. Al momento de escribir este texto, el Covid-19 ha infectado a más de 265,000 personas en todo el mundo y matado al menos a 11,150. En China solamente hay más de 80&8239;000 casos y cerca de 3 300 muertos —casi todos ellos en Wuhan.1
Durante varias semanas los medios estadunidenses se refirieron a la enfermedad como “el virus de Wuhan.” El mes pasado la Organización Mundial de la Salud rebautizó al virus “Covid-19” —una abreviación de coronavirus disease of 2019— con el propósito explícito de minimizar el estigma social de un nombre que liga al virus a un lugar específico y, por extensión, a una población específica. Sin embargo, los políticos conservadores de Estados Unidos, por lo general poco inclinados a seguir las normas internacionales, han insistido en usar la frase “virus de Wuhan” o “coronavirus chino,” todo esto en un intento transparente de culpar a un chivo expiatorio y así distraer la atención pública de su catastrófico manejo de la peor crisis de salud pública en la historia reciente. El lunes de esta semana un oficial de la Casa Blanca alegadamente se refirió al virus como la “Kung Flu.” Al día siguiente Donald Trump defendió el término “virus chino” al explicar que, dado que la enfermedad “viene de allí,” el mote no tiene nada de racista. Menos dado a los eufemismos, el senador por Arkansas, Tom Cotton, sugirió hace unos días en Twitter que China “tendría que pagar” por lo que le ha hecho a los Estados Unidos.
No cabe duda de que tal terminología es racista y xenófoba. Sin embargo, el hecho de que la pandemia haya comenzado en Wuhan, y no en alguna otra parte de China, no es en modo alguno casual. En décadas recientes Wuhan se ha visto arrastrada por la última etapa de la globalización, en la cual el capital internacional continúa su marcha hacia el interior de China en busca de terrenos y mano de obra baratos. Este proceso ha facilitado la aparición de una red de vínculos internacionales para el intercambio de bienes que por lo general son invisibles para el consumidor, tales como el acero y las autopartes. Se trata de una ciudad de gran importancia para la economía china y que sin embargo existe enteramente fuera del núcleo de titilantes metrópolis en la costa.
Wuhan, en otras palabras, es una ciudad prosaica y de ningún modo excepcional. Es por eso, precisamente, que su papel como epicentro del virus resulta notable. Que el Covid-19 sea ahora una pandemia global sugiere que las causas profundas del desastre no radican en las circunstancias particulares de un lugar específico sino en las conexiones comerciales, hoy más extensas que nunca, que ligan a muchos lugares similares. Al relatar la historia del coronavirus, nos damos cuenta de que sus movimientos hasta la fecha trazan un mapa perfecto del mercado global del siglo XXI.
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Aunque el punto preciso de Wuhan donde se originó el virus sigue siendo un misterio, en febrero un grupo de investigadores anunció que la pista del patógeno apuntaba a un pangolín salvaje que alguien puso a la venta en el Mercado de Huanan, el cual a su vez había contraído la enfermedad tras entrar en contacto con un murciélago. La teoría, cabe aclarar, no es más que una hipótesis de trabajo. De probarse cierta, sin embargo, esta posibilidad encajaría con lo que sabemos del MERS y del SARS: los patógenos se originaron, respectivamente, en camellos y gatos de algalia.
El pangolín es un pequeño mamífero parecido al oso hormiguero y al armadillo. Su hábitat se extiende a lo largo de grandes regiones de África y Asia. Las duras escamas que cubren la quinta parte de su cuerpo han sido consumidas en China desde tiempos inmemoriales —más que nunca en épocas recientes. Según consumidores y traficantes, la carne y escamas de pangolín tienen propiedades medicinales (se dice que, por ejemplo, que nutren a los riñones) pero también afrodisíacas para los hombres y embellecedoras para las mujeres. La naturaleza exótica del animal y el comercio ilegal de su distribución tiene un claro paralelo en el origen del SARS: el gato de algalia, otro pequeño mamífero, este nativo de la India y del sudeste asiático, que es considerado un manjar en la provincia de Guangdong, al sur de China, donde suele ser preparado con pétalos de crisantemo y piel de serpiente.
Durante la epidemia de SARS de 2003, equipos de investigadores realizaron redadas en los restaurantes de Guangzhou, la gigantesca capital de Guangdong. Entre las cosas que descubrieron en los congeladores había salamandras, búhos, y carne de oso. Tales hábitos alimenticios suelen ser descritos en los medios como prácticas ligadas a la medicina tradicional china, un sistema milenario de curas a base de hierbas y regímenes dietéticos. Ahora bien, ¿esto quiere decir que el nuevo coronavirus, como el SARS, no es más que otra consecuencia trágica de la afición de los chinos por la medicina tradicional? ¿Debemos entender el consumo de escamas de pangolín como un residuo de las costumbres primitivas del “oriente?” De ser así, ¿nos veríamos acaso obligados a conceder que el nuevo coronavirus es, en efecto, una enfermedad peculiarmente china?
Por supuesto que no. La medicina tradicional no es en modo alguno un sistema coherente o carente de controversias. Para la mayoría de la gente el término se refiere a la acupuntura o menjurjes inofensivos a base de goji, jengibre, y jujube. Si bien es cierto que estos remedios han existido en Asia desde hace siglos, las dinámicas del mercado transfronterizo han transformado lo que era una modesta práctica local en un negocio multimillonario. La liberalización del mercado a partir de los 80’s abrió la puerta para el comercio ilícito y, al mismo tiempo, enriqueció a una parte de la población china. Estos nuevos ricos, desesperados por presumir su ascenso de clase, se convirtieron muy pronto en ávidos consumidores de deleites culinarios exóticos, transformando así el tráfico de animales en un negocio de lujo. Muchos de estos consumidores han dicho en entrevistas que el atractivo de consumir animales salvajes tiene poco que ver con sus propiedades medicinales y todo que ver con un deseo de impresionar a sus invitados o de celebrar un buen día en la bolsa de valores. El mercado del pangolín, entonces, le debe más al milagro económico chino que a la superstición tradicional.
Dado que el pangolín chino ha sido cazado hasta el borde de la extinción, la mayoría de los animales consumidos hoy en día son traficados ilegalmente desde el sudeste asiático, a través de la fronteras con Myanmar y Vietnam. En años recientes han aparecido reportes que sugieren que el mercado chino ha comenzado incluso a importar variedades nativas al África. El mercado local de pangolín en el sudeste de Asia ha decaído conforme los productores vuelven su atención a la demanda china por el producto. Esta dinámica ilustra la enorme flexibilidad del gusto por los animales exóticos, el cual responde claramente a una lógica de mercado y no a un atavismo tradicional. De acuerdo con un estimado reciente, China importa al año cerca de veinte toneladas de pangolín, ya sean vivos, congelados, o como escamas secas y procesadas. Algunos de los decomisos más espectaculares incluyen un paquete de 14 toneladas de pangolines congelados interceptado en Indonesia, 4.4 toneladas de escamas encontradas en Hong Kong, y 11.9 toneladas decomisadas en Shenzhen. De allí que buena parte de los encabezados sobre el comercio de pangolín se centran en los intersticios del sudeste asiático y el sur de China: la zona fronteriza del mercado negro de animales exóticos.
De allí, también, que hubiera sido perfectamente lógico que el coronavirus, como el SARS, hubiera aparecido en el delta del Río Perla —ese gigantesco sistema hidrológico que sirve de cuna tanto a Guangdong como a Hong Kong. En retrospectiva resulta obvio que el delta de principios del siglo era el lugar perfecto para la aparición de una epidemia. En esas fechas Guangdong era la provincia china más íntimamente ligada al mundo exterior: por un lado estaban los vínculos industriales y financieros que la unían a las grandes ciudades del globo; por otro, la larga tradición cantonesa de emigrar a Hong Kong y a otras comunidades chinas de ultramar. A partir del inicio de la liberalización económica en 1979, en los años en que el capital de Hong Kong le presentaba al mundo a los subcontratistas de Dongguan, las comunidades inmigrantes cantonesas revivieron sus vínculos filiales con la madre patria, muchos de ellos con la esperanza de concretar oportunidades de negocios. El brote de SARS emergió de un hombre cantonés que llevó la enfermedad a un enorme hospital en Guangzhou. De allí, un doctor de la misma ciudad llevó el virus a una boda en Hong Kong. Huéspedes de esa celebración terminaron esparciendo el patógeno por Hanoi, Toronto, Singapur, Taipei, y Bangkok. Bajo esta luz el nexo Guangdong-Hong Kong se nos revela como una tormenta perfecta: el punto de intersección del consumo de animales exóticos con la interacción global. No es casual que en la película hollywoodense Contagio, estrenada en 2011, la pandemia tenga su origen en el encuentro entre un cerdo y un chef en Hong Kong.

Pero el nuevo coronavirus no emergió en el delta del Río Perla, sino en Wuhan, a más de mil kilómetros de Shanghai y Hong Kong. Antes del comienzo de industrialización a principios del siglo XX, Wuhan servía como un nodo intermedio entre el océano y la China interior, donde facilitaba la distribución de bienes de primera necesidad tales como el arroz, la seda, y el cuero. (De hecho, en los años 1900, miembros de mi familia trabajaron como pequeños comerciantes de té en el mercado de la ciudad.) El platillo típico de la región es un desayuno callejero de fideos calientes bañados en una salsa de cacahuate. El alza en años recientes del consumo de pangolín en Wuhan, por lo tanto, no refleja las particularidades de sus ciudadanos, sino las crecientes fortunas económicas de los chinos en general. Y es que si bien los estadunidenses tienen la costumbre de apodar a Wuhan “la Chicago de China,” la analogía no se sostiene. Ambas ciudades se convirtieron en centros industriales importantes a principios del siglo pasado, pero los vínculos internacionales de Wuhan fueron, hasta hace muy poco, bastante más modestos que los de Chicago. Los quince mil extranjeros que residían en Wuhan antes del brote de la epidemia no son ni la décima parte de los mismos que residen en otras ciudades donde la mayoría de la población es étnicamente china tales como Beijing, Shanghai, Guangzhou, Hong Kong, Singapur, o Taipei.
Sin embargo es evidente que incluso la modesta Wuhan puede servir de epicentro para una pandemia global en el año 2020. Un vistazo a los encabezados de la prensa nos ofrece algunas pistas con respecto a la transmisión temprana del coronavirus. La primera oleada de contagiados que llevaron el patógeno a otros países fueron todos amigos, colegas, y familiares de residentes de clase media de Wuhan. Entre estos casos tempranos se cuentan la mujer china que trabajaba en Seúl y que recientemente había visitado Wuhan, los turistas que viajaron a Vietnam, el grupo de empleados alemanes de una distribuidora de Munich con oficinas en la misma ciudad, los técnicos chinos e iraníes que viajan de ida y vuelta entre China y Qom en Irán, y finalmente el hombre oriundo de Shenzhen que volvió a su tierra natal para visitar a sus parientes.
Este tipo de artículos sobre casos específicos se multiplicó a la misma velocidad que los vínculos internacionales entre los diversos brotes del virus. Un hombre sudanés que estudiaba ingeniería en la Universidad Tecnológica de Wuhan logró escapar al contagio y huyó de la ciudad tras seis semanas de cuarentena. Los gobiernos de Francia, Alemania y Japón evacuaron a sus ciudadanos de Wuhan. Muchos de estos extranjeros trabajaban en el sector automotriz para compañías como General Motors, Renault, y Nissan. La fuente del brote iraní sigue siendo un misterio, pero esto no ha evitado que muchos periodistas apunten al intenso flujo de petróleo, armas, y capital que existe entre Irán y su principal socio comercial.
Lo que todas estas historias tienen en común es que no tienen nada de especial: son ejemplos del intercambio global contemporáneo en su encarnación más banal. Ya sea por turismo o negocios, los desplazamientos humanos entre ciudades de Asia y Europa siguen un patrón muy similar al del virus. Mientras que la opinión publicaba buscaba las causas del SARS en los peculiares gustos culinarios del pueblo cantonés y en los vínculos cosmopolitas de la nueva elite asiática, el mal-llamado “virus de Wuhan” subraya las conexiones mundanas entre incontables puntos secundarios a lo largo y ancho del globo.
Así, las “ciudades de segunda clase” de China, como sus equivalentes en otros países, están más estrechamente ligadas que nunca a través de los circuitos del comercio, el turismo, y la educación. La rápida propagación de un patógeno como el Covid-19 de un pescadero wuhanés a miles de personas en más de cien países hubiera sido inimaginable durante los años del “alto socialismo chino” en las décadas del 50 y 70 del siglo pasado. Cuando una nueva cepa de “influenza asiática” fue descubierta en enero de 1957, por ejemplo, la enfermedad viajó de manera predecible del sur de China a Hong Kong y Singapur, pero no llegó a los Estados Unidos o Europa sino hasta ya entrado el otoño. El embargo comercial que Estados Unidos había impuesto sobre la China de Mao había restringido dramáticamente el contacto entre el país asiático y el mundo exterior. Es interesante notar que justo durante este período de relativo aislamiento, el gobierno chino haya logrado eliminar el mercado del opio, hasta que la infame droga reapareció en el país gracias a la liberación del mercado.
El mundo de hoy en día es, sin embargo, un lugar muy distinto del que era entonces. Los vínculos que unen a Wuhan con el resto del mundo sugieren una realidad aterradora que debería ser evidente tanto para xenófobos como liberales: un brote viral en cualquiera de estos “lugares secundarios” podría fácilmente tocar la vidas de cientos de millones. ¿Cuál será el siguiente Wuhan: Zhengzhou, Dayton, Bangalore, o Dar es-Salaam?
2. El virus del mercado
La rápida expansión del nuevo coronavirus es en última instancia explicable por sus particularidades químicas y biológicas. Es por esto que la comunidad científica mundial trabaja intensamente para descubrir todo lo posible sobre el patógeno. Hasta el momento sabemos que la geometría del virus, semejante a una corona, está construida con proteínas en forma de espinas. Estas proteínas se implantan primero en la garganta y luego migran hacia los pulmones, donde toman el control de células vivas para producir nuevas copias del virus, las cuales a su vez colonizan otras regiones de los pulmones y, en ocasiones, otros órganos internos. Por otro lado, la distribución material del virus es al mismo tiempo el producto de factores políticos y un contexto histórico específico y determinado. La pandemia no es solamente un desastre natural: se trata también de un desastre social. El coronavirus viajó primero a través de animales vendidos en el mercado negro de Asia, contagió en primer lugar a los empleados de un mercado de mariscos, y se esparció primeramente a través de rutas mundanas: el turismo regional, los negocios transfronterizos, y la educación internacional.
Esta coincidencia entre la distribución del virus y las huellas del mercado nos ofrece una explicación de las dificultades que hemos enfrentado en nuestros intentos de contener a la enfermedad. Cuando los primeros casos comenzaron a aparecer en el Medio Oriente, Oceanía, Europa, y los Estados Unidos, muchos oficiales expresaron su escepticismo frente a la necesidad de implementar medidas drásticas para evitar un brote epidémico. Más aún: los comentarios de estas figuras públicas tendían a centrarse no en la salud pública sino en el posible impacto del virus sobre los mercados de valores. No es que los gobiernos del mundo ignorasen la magnitud del desastre sanitario que se cernía en el horizonte, sino que tenían plena conciencia de que la enfermedad impediría que la gente fuera al trabajo y gastase dinero. Esta actitud quedó ejemplificada en los delirantes comentarios que Rick Santelli, editor de la cadena televisiva de noticias financieras CNBC, hizo el 5 de marzo: “Tal vez sería mejor si todos nos contagiáramos. Así el asunto se terminaría en menos de un mes […] Porque lo que estamos haciendo ahora está haciendo estragos en la economía tanto doméstica como global”. Santelli fue justamente criticado por comentaristas tanto de izquierda como de derecha, pero sus palabras representan una expresión particularmente cándida del balance entre vidas humanas y ganancias corporativas al que se enfrentan los gobiernos e industrias del mundo.
En los Estados Unidos, por ejemplo, pasaron semanas entre la aparición de los primeros casos en los estados de Washington y California antes de que los estadunidenses cayeran en cuenta de la gravedad del asunto. Un momento de inflexión ocurrió el miércoles pasado, cuando el basquetbolista Rudy Gobert se convirtió en el primer atleta profesional en ser diagnosticado con coronavirus —esto, cabe mencionar, meros días después de que la celebridad se burlara de la posibilidad de un brote epidémico. Minutos más tarde, las redes sociales de Tom Hanks anunciaron que el actor y su esposa habían contraído la enfermedad en el curso de unas vacaciones en Australia. Estas revelaciones parecen haber acelerado la respuesta estadunidense: en el curso de unos días todas las ligas deportivas importantes cancelaron sus temporadas, las escuelas cerraron, y el gobierno declaró un estado de emergencia nacional. La analogía más obvia —aunque una muy imperfecta— es la actitud blasé que muchos estadunidenses adoptaron durante la epidemia de VIH/SIDA a principios de los 80, la cual no dio signos de cambiar sino hasta que el actor Rock Hudson y el basquetbolista Magic Johnson anunciaron que habían dado positivo. En los Estados Unidos las enfermedades son irreales si solo afectan a la gente ordinaria y no son tomadas en serio si no afectan a los ricos y famosos.
Fue así que terminamos en la situación absurda en la que nos encontramos: el país más rico del mundo es incapaz de asumir responsabilidades colectivas y actuar en consecuencia. Se trata de una sociedad que ha gastado el último medio siglo en desmantelar sistemáticamente su Estado de bienestar, donde el partido supuestamente “de izquierdas” no pierde la oportunidad para hacer berrinches sobre los costos del tratamiento médico, y donde el presidente es un vil especulador de bienes raíces. De allí que el grueso de las medidas que han sido tomadas contra la pandemia hayan tenido su origen en actores locales y privados: tanto la Fundación Gates como los basquetbolistas del Utah Jazz se las arreglaron para conseguir kits de diagnóstico antes incluso que los Centros de Control de Enfemedades del gobierno estadunidense.
El nuevo coronavirus emergió y se extendió inicialmente a través de nuestras actividades de mercado. No es de sorprenderse, entonces, que nuestra habilidad para controlarlo dependa de nuestra capacidad de subordinar la lógica del mercado a nuestra supervivencia en lugar de a la inversa. Los infinitos reportes de estadunidenses incapaces de pagar los costos de una prueba diagnóstica, de trabajar desde casa, de limitar su propia exposición a lugares públicos —todos estos fenómenos son indicativos del nivel de dependencia en el mercado de distintos grupos sociales. O, lo que es lo mismo: se trata de marcadores de clase. De la noche a la mañana las disparidades que llevan décadas volviéndose cada vez más agudas han tomado proporciones apocalípticas.
Un estudio de la Federal Reserve publicado apenas el año pasado estima que casi el 40 % de los estadunidenses tendría dificultades para solventar un gasto inesperado de $400 dólares, ya por falta de ahorros, ya porque sus ganancias están comprometidas de antemano para pagar deudas preexistentes. Mientras tanto la prensa reporta que una sola prueba diagnóstica de coronavirus puede llegar a costar hasta $4 000 dólares. La pandemia representa un terrible peligro para los 27 millones de norteamericanos que carecen de seguro médico, en especial aquellos que viven al día. Los trabajadores de la industria del servicio, quienes por lo general no tienen garantizados días de asueto pagados en caso de enfermedad, quedaron fuera del paquete de rescate propuesto por el Congreso norteamericano.2 Se trata de una población que vive cautiva de un salario de subsistencia, y para la cual cualquier interrupción del trabajo resulta ruinosa.
En el lado opuesto del espectro están los acaparadores. El avance del virus y las consiguientes historias de terror han coincidido con una abundancia de artículos sobre cómo los súper ricos han contratado aviones privados para escapar a otros países o a sus búnkers fortificados en Indiana o Dakota del Sur. Gwyneth Paltrow, por ejemplo, documentó en su cuenta de Instagram su escape a París entre bromas sobre su papel en la película Contagio, en la cual su personaje es la responsable de transmitir el virus de Hong Kong a los Estados Unidos. En otras instancias, milmillonarios han comenzado a hacer averiguaciones discretas sobre la posibilidad de tener acceso temprano a pruebas de diagnóstico o incluso a vacunas. Cada atleta y estrella del entretenimiento que revela su diagnóstico positivo en las redes sociales evidencia de que las celebridades ricas siguen teniendo acceso privilegiado a la medicina.
Las estrellas de los deportes y el entretenimiento, sin embargo, no han sido los únicos en protagonizar reportes de excesos indefendibles. Las redes sociales y los chatrooms de las asociaciones de vecinos se han llenado de anécdotas de saqueos de supermercados por parte de padres y madres de los suburbios, quienes vacían los anaqueles para llenar sus sótanos. En Australia el acaparamiento ha sido tan intenso que una cafetería ha comenzado a aceptar papel de baño como forma de pago. En este sentido la clase media y los super-ricos tienen mucho en común: ambos grupos tienen suficiente seguridad financiera y riqueza acumulada para darse el lujo de retirarse del mercado y, por extensión, de las interacciones con otros seres humanos.
Así, mientras que la necesidad económica obliga a los trabajadores de la industria del servicio a exponerse constantemente al virus, los ricos quedan protegidos por su riqueza. Lo que los comentaristas políticos norteamericanos no entienden cuando caracterizan a la market choice como un arma en contra del Estado de bienestar, es que las redes de protección social no limitan a la libertad individual, sino que constituyen su condición de posibilidad. (Los filósofos suelen referirse a este problema como la distinción entre el campo de la necesidad y el campo de la libertad.) La mejor armadura contra el coronavirus consiste en retirarse voluntariamente del capitalismo. Ese, en corto, es el problema.
3. El virus del valor
La ironía del término “virus chino” es que las respuestas más eficaces y responsables frente a la pandemia han venido de territorios donde la mayoría de la gente tiene ascendencia china, tales como Hong Kong (4 muertes y 256 casos), Singapur (cero muertes, 385 casos) y Taiwán (un muerto de 135 casos). Traumatizados por el brote del SARS, estos gobiernos respondieron desde enero y de manera muy agresiva. Entre las medidas que estos Estados implementaron se cuentan la revisión médica de todos los viajeros procedentes de Wuhan, la restricción al libre movimiento incluso cuando la OMS no lo recomendaba, la imposición de políticas de distanciamiento social en escuelas y lugares de trabajo, una estricta evaluación de los hospitales, y una constante transparencia informativa con el público. El número de casos en estos países es menor incluso que el de Islandia y desde hace días la mayoría de sus nuevos contagios proviene de Estados Unidos o Europa.
Aunque no existe aún una vacuna para este nuevo coronavirus, los gobiernos asiáticos han demostrado al mundo la mejor solución institucional al problema de la pandemia: pruebas diagnósticas a gran escala combinadas con cuarentenas autogestionadas. Fuera del descubrimiento de una cura, dicen los expertos, la mejor estrategia para los Estados Unidos consiste en “aplanar la curva” para distribuir los casos a lo largo del tiempo y así evitar que nuestro sistema de salud privado quede desbordado. Sin embargo, tanto el gobierno estadunidense como el sector privado del mismo país se rehúsan a implementar las soluciones aprendidas de los países asiáticos porque hacerlo, como el conductor de televisión Rick Santelli dejó claro, implicaría atentar contra el imperativo comercial de producir, vender y consumir productos.
El coronavirus ha sacudido a los mercados de valores internacionales y la cadena internacional de suministros a tal grado que la capacidad productiva de China ha quedado aislada del resto del mundo. Dado que los chinos constituyen una mayoría de los turistas internacionales, el cierre de fronteras y la cuarentena doméstica han resultado en el desplome casi total de la industria de los viajes, en particular en el sudeste asiático, Japón, y Hawai. China se ha convertido en el taller del mundo: produce de todo, desde champiñones secos hasta pantalones de mezclilla y teléfonos celulares. Wuhan, en particular, es un centro de manufactura de autopartes —de allí que la fábrica de Fiat-Chrysler en Serbia y la planta de Hyundai en Corea hayan quedado paralizadas apenas semanas después del cierre de la ciudad china. Apple, por su parte, ha anunciado que anticipa perder dinero este año, en parte debido al cierre de las fábricas chinas, en parte porque buena parte de los consumidores de sus productos son chinos. Los puertos de China, los más activos del mundo, procesan cerca del 30 % de todos los contenedores del mundo, pero en lo que va del año el flujo de bienes de China a Estados Unidos ha caído en 25 %.
Por si esto fuera poco, la disrupción del transporte y la construcción ha tenido un enorme impacto en los principales mercados de mercancías o commodities. China es el primer importador de petróleo crudo del mundo —importa el equivalente de diez millones de barriles diarios. De allí que la ralentización de su industria, combinada con la caída en la demanda de todo tipo de transporte, haya resultado en una acumulación sin precedentes en los inventarios de petróleo. Los expertos en energía advierten que el consumo global de hidrocarburos disminuirá este año por primera vez desde 2009. En este contexto de utilidades disminuidas, Arabia Saudita anunció hace unos días que aceleraría la competencia incrementando su producción y bajando sus precios. La decisión de Riyad destruyó el acuerdo al que los petroleros árabes y rusos llegaron en 2017, el cual limitaba la producción y por consecuencia daba estabilidad a los precios. La apuesta de Arabia Saudita es que sus costos de producción, los más bajos del mundo, le permitirán destruir a la competencia. Aunque Rusia es el blanco principal de los árabes, lo cierto es que la caída del crudo tendrá efectos colaterales en productores más pequeños, tales como Venezuela e Irán, por no decir nada de las compañías norteamericanas que se especializan en el fracking. El lunes pasado, sin ir más lejos, el promedio industrial de Dow Jones perdió el 5 % de su valor.
El mercado de metales ha sufrido una suerte similar. China es el primer exportador de acero, aluminio y minerales esenciales para la industria de la tecnología, tales como el magnesio y silicon. Al principio de la pandemia parecía que el principal peligro económico sería la disrupción a las cadenas de suministro, pero en días recientes la actividad industrial china ha dado señas de recuperarse. Lo que es más: dado que parar la producción de las plantas acereras y de aluminio resulta demasiado costoso, las fábricas metalúrgicas chinas nunca dejaron de funcionar. El resultado es un excedente de metales que tardará meses en desaparecer. Los inventarios chinos de aluminio se han duplicado desde diciembre; los de acero, por su parte, han incrementado en 45 % a comparación del año pasado.
Tales dinámicas exponen la absurdidad que late en el corazón de nuestra sociedad global. El mundo contemporáneo no está estructurado como un sistema diseñado para satisfacer nuestros deseos y necesidades, ya no se diga para producir la mayor utilidad posible para los seres humanos. Al contrario: se trata de un sistema gobernado por presiones impersonales que demandan la transformación de bienes en valores abstractos —presiones que demandan la producción, el comercio, y el consumo de cada vez más productos. A diferencia de un terremoto o una hambruna, la pandemia de coronavirus no ha destruido nuestra capacidad de producir cosas —al contrario, ha resultado en lo que es, con toda probabilidad, la mayor acumulación jamás vista de dos de las sustancias más útiles para el hombre: petróleo y acero. El problema es que varias semanas de cuarentena han destruido el valor de las mismas sustancias, las cuales han arrastrado consigo al valor de las divisas, de los índices del mercado de valores, y de los ahorros de cientos de miles. En lugar de enriquecernos y de liberarnos de nuestras necesidades naturales, esta sobreabundancia de bienes no ha hecho sino empobrecernos. Dada la irracionalidad de este sistema de organización social de la riqueza y el valor, no debería sorprendernos que un gran número de sociedades se hayan descubierto incapaces de tomar las medidas necesarias para detener el avance del coronavirus: pedirle a sus ciudadanos que limiten sus actividades comerciales.
La contención del coronavirus, entonces, no es únicamente un asunto de higiene. La pandemia ha puesto en juicio a todo un sistema económico global: sus leyes estructurales y sus incentivos. La situación actual no solo nos ha revelado que las corporaciones de negocios no buscan sino enriquecerse —un cuento tan viejo como el mundo— sino también que vivimos en un mundo más interdependiente que nunca. Los pozos petroleros sauditas y las acereras chinas funcionan exactamente como deberían, pero con Europa y los Estados Unidos paralizados por la cuarentena es posible que estas industrias —y la economía global que depende de ellas— terminen por implotar. En el año 2020, la división internacional del trabajo no puede sobrevivir si incluso una de sus partes está enferma.
4. ¿El virus del nacionalismo?
La primera reacción del gobierno chino fue ocultar la crisis y castigar a aquellos que intentaron sonar la alarma. Eventualmente, sin embargo, la administración comunista no tuvo opción sino afrontar a la realidad y combatir el virus en Wuhan y así proyectar al mundo una imagen de gobernanza ejemplar. Los medios de comunicación occidentales aceptaron esta caracterización acríticamente: un oficial de la OMS llegó incluso a declarar que “no es una exageración decir que China está sentando un nuevo estándar de respuesta epidemiológica.” Los ciudadanos chinos, por otro lado, se muestran bastante más escépticos. El 7 de febrero, por ejemplo, un doctor de 34 años de edad llamado Li Wenliang, inicialmente castigado por intentar advertir a sus amigos del nuevo coronavirus, falleció súbitamente. Su historia desató una cascada de furia y melancolía en las redes sociales chinas. Más recientemente, el vicepremier Sun Chunlan visitó Wuhan como parte de una gira de relaciones públicas —todo para ser recibido con cantos que insistían en la deshonestidad del gobierno: “¡Todo es falso!” A principios de año, los usuarios de las redes sociales chinas descubrieron una gráfica cartesiana en la que el número de casos terminaba por formar un círculo perfecto.
Mientras tanto, los ideólogos estadunidenses se han esforzado en convencerse a sí mismos de que la respuesta china contenía fallas de origen. En la China autoritaria, repetían los ideólogos, la información ha sido engañosa; las comunicaciones, opacas; y la respuesta estatal, represiva. Todas estas críticas son válidas. Pero, ¿de verdad puede decirse que la respuesta estadunidense ha sido mejor? Después de escuchar al Presidente Trump alardear de su decisión de no permitir que un crucero infectado atracara en un puerto estadunidense para así disminuir artificialmente el número de casos, después de leer que varios senadores vendieron parte de sus portafolios de bolsa con base en reportes confidenciales, después de presenciar el triste espectáculo de una Casa Blanca que obedece órdenes irracionales por simple cobardía o siguiendo un perverso instinto de autopreservación —después de todo aquello, ¿cómo pretender trazar una línea tajante entre la disfuncionalidad de las autocracias y el orden democrático?
Esta lucha ideológica ha devenido en días recientes en un certamen de teorías de conspiración. El gobierno chino ha expulsado de su territorio a todos los periodistas estadunidenses; el vocero de la cancillería, Zhao Lijian, ha insinuado públicamente que el Ejército estadunidense sembró el virus en Wuhan en un intento de dañar la imagen de la República Popular. En represalia Trump se ha asegurado de repetir la frase “el virus chino” en cada oportunidad. La diferencia es que el gobierno chino, al menos, ha recapacitado sobre la marcha y corregido dentro de lo posible sus errores iniciales: la economía de mercado ha quedado subordinada al sector estatal, el cual ha ordenado la producción acelerada de tapabocas, medicamentos e incluso nuevos hospitales —todo sin consideración por las posibles pérdidas económicas. A estas alturas, tales medidas serían de enorme utilidad en los Estados Unidos.
Mi intención no es tomar partido por las respuestas —todas imperfectas— de uno u otro país, sino sugerir que el avance del coronavirus le ha asestado un golpe muy serio al marco teórico que suele entender el acontecer chino en términos de una oposición binaria entre “oriente y occidente.” No es de sorprenderse que políticos racistas y comunicadores de derecha hablen obsesivamente del “virus de Wuhan.” Lo que sí debería llamar nuestra atención, sin embargo, es que muchas figuras “liberales” también han expresado una forma más sutil de excepcionalismo estadunidense.
Tomemos por ejemplo la noche en que el atleta Rudy Gobert fue diagnosticado. Las cámaras de la cadena de televisión deportiva ESPN capturaron a Mark Cuban, el dueño de los Mavericks de Dallas, en el momento justo en que se enteró de la noticia. El antiguo participante del reality show Shark Tank reaccionó con una sacudida visible “¿Ya viste esto?,” gritaba. Más tarde, cuando se le preguntó en qué estaba pensando, Cuban dijo que “esto era de locos” y que “esto no puede ser cierto, parece sacado de una película.” Cabe apuntar que para esas alturas China ya había registrado más de 80 000 casos e Italia más de 190 muertes. ¿Qué más hacía falta para que Cuban se diera por enterado? La incredulidad del dueño de los Mavericks refleja una actitud muy extendida entre los norteamericanos: la arrogancia de creer que su país era invulnerable a la pandemia que inevitablemente se aproximaba. Quien busque una imagen del excepcionalismo norteamericano contemporáneo no tiene sino que prestar atención al sinnúmero de maneras en las que todo tipo de instituciones estadunidenses, desde ligas deportivas hasta gobiernos locales, demostraron en su actuar que no creían que la pandemia fuera posible.
El común denominador de todas estas respuestas estadunidenses a la pandemia es la idea profundamente norteamericana de que el virus es un problema distintivamente chino. ¿Epidemias virales? ¿El cierre de ciudades completas? Tales cosas suceden “allá lejos,” en los países pobres donde no abundan los blancos —no aquí, no a nosotros. La miopía de esta concepción del mundo dividida entre Oriente y Occidente ha resultado en un desastroso auto-sabotaje: el gobierno estadunidense ha respondido mal y muy tarde, por no decir nada de la enorme irresponsabilidad que muchos ciudadanos norteamericanos han demostrado al intentar lucrar con el precio del desinfectante, o al insistir en salir a beber después de que los números dejaran claro que su país iba por la senda de Italia e Irán. Los viruses trascienden a las fronteras: humillan la hubris de los nacionalistas.
Quisiera volver a subrayar que la historia del avance del coronavirus, al menos hasta el momento, no puede explicarse sin tomar en cuenta al capitalismo contemporáneo. Los más vulnerables a la infección son aquellos que dependen del mercado para su supervivencia diaria. Un plano de los puntos nodales del comercio internacional con China (Seattle, Seúl, Qom) sería idéntico a un mapa del avance del virus. Para aquellos en la línea de batalla —médicos, enfermeras y todos los que ocupan las posiciones económicas más precarias— el virus y el mercado son tan inseparables que terminan por volverse sinónimos. Todo aquello que décadas de austeridad no lograron destruir se ve ahora amenazado de muerte por el impacto económico del virus. A estas alturas de la pandemia la mayoría de los casos y de las muertes han sido registrados fuera de Asia. Ante esta realidad, ¿tiene sentido seguir refiriéndose al “virus de Wuhan?” Los orígenes del patógeno no obstante, el coronavirus es un fenómeno plenamente global. Se trata de una amenaza que pondrá a prueba la capacidad del mundo entero de actuar de manera colectiva y responsable, y de distinguir las metas a futuro de los intereses a corto plazo. Más que otra cosa, las siguientes semanas serán un referendo sobre el sistema irracional que gobierna tanto la política como la economía del siglo XXI —un sistema que hasta ahora nos ha fallado en el peor momento posible.
Este ensayo apareció originalmente en inglés en la revista estadunidense n+1, a la que agradecemos esta reproducción. La traducción al español es de Nicolás Medina Mora.
Andrew Liu
Profesor de Historia de China moderna en la Universidad de Villanova en los Estados Unidos.
1 Nota del traductor: El texto de Liu apareció originalmente el 20 de marzo.
2 Nota del traductor: En los días posteriores a la publicación original de este texto, la legislatura estadunidense aprobó un paquete de rescate que incluye algunas —si bien insuficientes— protecciones para los trabajadores más precarios de la sociedad norteamericana.
Buen artículo e igualmente buena traducción: condensa de manera muy clara la evolución de la pandemia y sus conexiones con el sistema económico.