El show de Gary, Nell Leyshon, traducción de Inga Pellisa, Sexto Piso, México, 2016.
Los narradores en primera persona operan un simulacro: el de estar narrando exactamente lo sucedido. Algo que, desde su propio planteamiento, suena ingenuo. Baste salir del mundo de lo literario para constatarlo. Cuando una persona cuenta a otras algo de su propia vida resulta mediado de muchas formas. De entrada, el recuerdo no puede ser preciso, ha sido modificado por el tiempo, ninguna memoria pasaría la prueba de la infalibilidad. A ello se suman las distorsiones: desde las que se relacionan con la incapacidad de la persona por abarcar el contexto entero, hasta las que provienen de la carga emocional de lo narrado y las distintas perspectivas que existen. Esto se debe a un axioma con demasiadas implicaciones: el yo narrador no es el mismo que el yo narrado.

Pese a lo anterior, los narradores en primera persona están muy presentes en la literatura. Incluso da la impresión de que en fechas recientes se utilizan más que antes, cuando la tercera era la voz predominante. Acercarse a estos modelos narrativos implica, como autor, saber que se deben construir esas dos instancias ontológicas bien delimitadas: narrador y narrado; como lector, que se va a ser parte de una simulación —como cuando alguien nos cuenta una anécdota— y, pese a nuestra voluntad por creerla, sabemos que habrá tantas exageraciones como omisiones. Así pues, el equilibrio es precario: basta un exceso o una distracción para romper la delgada línea de la verosimilitud.
Nell Leyshon (Glastonbury, 1962) conoce bien esas sutilezas. Tanto, que incluso corre el enorme riesgo de volverlas evidentes. En El show de Gary, su novela más reciente, narra la vida de un ladrón. Gary se inició en el robo por culpa de su padre. Pronto descubrió que tenía un don natural. Tanto, que gracias a las enseñanzas de varios colegas, pudo llegar al acápite del oficio. Pero eso tiene sus costos, sobre todo en el plano de las relaciones relevantes, familia incluida. Así que la decadencia llegó rápido. Tocar fondo era algo obligatorio. Más, si se quería abrir la puerta de la redención.
Eso es lo más importante de la novela. Desde el principio, Gary nos anuncia detalles del final: la existencia de un hijo, la relación que ha establecido con él. Así, la trama se configura como ese camino pedregoso orientado al descubrimiento de cómo se llegó a un punto tantas veces anunciado. Esto no es relevante cuando asistimos a sus primeros robos o, mejor, cuando lo vemos casi convertirse en un ladrón épico, de ésos que ostentan elegancia y buen estilo. Tampoco cuando somos testigos de la desintegración de su familia paterna o de la forma en que su hermano menor consigue salir adelante pese a su contexto. Al contrario, interesa cuando lo vemos hundirse en sus propias adicciones, cuando la caída al abismo es violenta, acompañado de Mandy, la mujer de su vida. Será a ellos, adictos y decadentes, a los que la seguridad social les quite la custodia de un pequeño al que Gary ni siquiera alcanza a tocar, toda vez que es llevado a las incubadoras porque padece una fuerte adicción desde antes de nacer. Esa escena, la del padre que es incapaz de tocar el cuerpo de su pequeño, bien podría sintetizar todo el dolor que hay en la novela. El acápite de la narración.
Más tarde el libro se modifica casi por completo. Lo que había llegado a una intensidad notable, pronto se diluye en el largo y tormentoso camino hacia la purificación tanto física como espiritual. Una purificación que, en realidad, tiene tintes de melodrama. Pero algo de maniqueo bien puede tener cabida en una historia vertiginosa. Son, entonces, los vaivenes dentro de la trama los que permiten crear a un personaje bien diseñado. El mismo que no tiene reparos a la hora de lastimar a un buen amigo que al momento de llorar por todas sus pérdidas.
Como se puede colegir, la trama de la novela no es especialmente original. De cualquier modo, la autora consigue mantener la tensión dramática gracias a escenas cortas y bien logradas. No sólo eso. Gran parte del encanto de la novela radica en su narrador, el propio Gary, por supuesto. Su personalidad se va configurando gracias a la síntesis entre esos dos yos que se acercan y se alejan. Así, el Gary narrador no sólo da cuenta de las anécdotas que lo fueron configurando como la persona que terminó siendo, también se ocupa de venderse a sí mismo, de hacer del Gary narrado un tipo entrañable pese a su consistencia criminal. Es, pues, un personaje que, además, se da el lujo de contar todo con detalle, sin cortapisas ni pudor. No busca ser exculpado ni caer en el drama fácil. Si acaso, pretende ser comprendido.
Volvamos ahora al gran engaño de la primera persona: el de venderse a sí misma a sabiendas de que lo está haciendo. Lo sabe el narrador, lo sabe el narrado (pues a eso se ha dedicado Gary gran parte de su vida) y lo sabe el lector. Las cartas están sobre la mesa y no hay engaños. La novela es, entonces, una puesta en escena en la que decidimos sumarnos a la causa de su protagonista. Más aún, decidimos participar de su evolución. Así, fuimos testigos de cómo un niño se vuelve un pícaro, un ladrón de poca monta, un criminal sofisticado, un buen amante, otro pésimo, un hijo, un hermano, un padre y muchas cosas más. Lo que parecía ser un personaje simple y un tanto maniqueo, pronto nos descubre un mundo pletórico de emociones. Son tan intensas que el propio lector acabará rogando para que Gary no caiga en esas tentaciones, para rescatarlo.
Cuando estamos frente a un merolico sabemos que nos están engañando. También si asistimos al monólogo de un comediante de standup: nos dicen lo que queremos escuchar. Lo sabemos y no nos importa. Asistimos al engaño como parte del pacto establecido entre los presentes. Lo mismo pasa con El show de Gary: el narrador casi confiesa el embeleco desde el inicio y, pese a ello, nos dejamos llevar. La diferencia con el cómico es que, pese al importante contenido de humor dentro de la novela, pronto nos llevará a zonas más oscuras de nuestra propia emocionalidad.
Con El show de Gary, Nell Leyshon se confirma como una escritora de intensidades. En El color de la leche ya había conseguido la creación de un narrador en primera persona dentro de un relato de apariencia trivial. Una novela por completo diferente a la que nos ocupa: la parsimonia del siglo XIX contrasta con la vorágine de la actualidad; el contexto bucólico en contraposición del mundo urbano; la adolescente no instruida frente al hombre que ha vivido demasiado… Y, pese a ello, una forma similar para enfrentar lo narrado: exhibir al personaje desde su propia voz. No sólo eso, ha conseguido conferir un balance por demás literario a un par de historias que podrían parecer menores pero que, conforme se avanza en la lectura, se van convirtiendo en monstruos dignos de cuidado.
Jorge Alberto Gudiño Hernández
Escritor. Ha publicado: Con amor, tu hija y Tus dos muertos, entre otros libros.