Texto leído en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes el 21 de mayo de 2023 en el Homenaje póstumo a Álvaro Uribe en el 70 aniversario de su nacimiento.

para Tedi López Mills

No he leído aún el diario póstumo de Álvaro Uribe Tríptico del cangrejo por tres motivos que se harán definitivamente a un lado en cuanto concluya mi participación. El primer motivo es que el poder intuible en las páginas de ese diario se lo arrebatara a todas las otras páginas que escribió Álvaro Uribe. El segundo motivo, relacionado con el anterior, es que aún me niego a que la realidad incurra en esa suerte de destino de algunos autores, un asunto al que el mismo Álvaro Uribe volvía algunas veces: cómo, el libro que un autor pensaba que era, no era al que los lectores le darían el sí era. El más famoso de los ejemplos, Cervantes: cómo pensaba que el que era era los Trabajos de Persiles y Segismunda; y no; y ya sabemos cuál sí era según el resto del mundo. Si —pese a la inmediata competencia que para mí sigue siendo su novela Los que no—; si Tríptico del Cangrejo ha de ser el libro que sí era de Álvaro Uribe, aún puedo apelar a que los otros libros de Álvaro Uribe siguen siendo Los que sí, como alguien digamos que aún pensara como el mismo Cesare Pavese, que el que era era Diálogos con Leucó, antes de saberse que el que era era su diario póstumo El oficio de vivir. Y el tercer motivo es que no haber entrado aún a Tríptico del cangrejo me permite incurrir en un formato literario donde el tiempo se cristaliza y al tiempo se hace elástico, como en uno que entre los cuentos de Jorge Luis Borges más le gustaban a Álvaro Uribe, “El milagro secreto”; como en los ejercicios con el tiempo de Italo Calvino en Tiempo cero, y como ahí mismo el texto que se titula “El conde de Montecristo”, en realidad, una hipernovela donde asistimos a los planes de escape del Abate Faria y Edmundo Dantés, puesto que su creador Alejandro Dumas se ha ido a la noche de París y los ha dejado a su propio arbitrio; y, bueno, como en un personaje del mismísimo Álvaro Uribe, que en la novela El taller del tiempo tiene una visión de tiempo detenido, un instante que sin embargo se dispara 37 años hacia el futuro sin moverse del presente, presente que se vuelve así un inmediato pasado.

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No he leído Tríptico del Cangrejo pero voces queridas me dicen que aparezco ahí bajo las iniciales LMA. Extraño saber que estoy ahí, o ya aquí, en este diario, porque quizá después de inicializarme en él Álvaro Uribe ha salido a una de las reuniones de los miércoles con varios contertulios, entre ellos Luis Miguel Aguilar. Pero estoy aquí, en una de las páginas de Álvaro Uribe, como LMA, y esto me libera para urdir unas hiperpáginas, unas páginas virtuales que por supuesto y de ningún modo intervendrán o mancharán las páginas de Álvaro Uribe. Las mías desaparecerán en cuanto acabe de escribirlas y sólo quedarán las iniciales LMA, como están en el diario.

Estas hiperpáginas tienen una fecha única, el 3 de noviembre de 2021, entre garganta y pecho de la pandemia. Le envié a Álvaro Uribe por wassapo, con un mensajito que decía “mira qué cosa”, y dos fotos adjuntas. Una era la portada de la revista nexos número 32, agosto de 1980. La otra era una página de la revista con cuatro textos de Álvaro Uribe, y al pie se anunciaba que pertenecían a la plaquette Topos, de próxima aparición en La Máquina de Escribir. En dos mensajitos espaciados, Álvaro Uribe me decía: “El pasado nos alcanza”; “40 años no es nada”. Curioso que en agosto de 2019, casi 40 años más tarde, en nexos misma apareció un cuento de Álvaro Uribe fantástico en los dos sentidos, titulado “Acrofobia” y con un epígrafe de Alfonso Reyes extraído de su cuento “La cena”: “Yo siempre consiento en las experiencias de lo imprevisto”. Pero 40 años atrás no menos  curioso es que el primer texto de Álvaro Uribe ahí se titulara “En el principio”, de modo que para mí “En el principio” siempre estará en el principio. Y es el texto de Álvaro Uribe que por lo menos en su reunión de cuentos Historia de historias del 2018 abre también el libro. A los redactores de nexos en 1980 se nos cayó una coma después de la palabra “herejía”, y curioso igualmente que ocurriera en un texto que en algún sitio hablaba de la desaparición de comas; y años más tarde Álvaro Uribe quitaría un “aquellos tiempos” al inicio, para poner un “en aquella época”, quizá para que el primer “tiempos” no pareciera un error al repetirse con un “tiempo” que aparece poco después. “En el principio”, el de 1980, decía:

En aquellos tiempos la gente respetaba tanto los papeles que se terminó por simplificar la escritura a tres signos: la coma, el espacio y el punto, que con el tiempo se redujeron a los dos últimos y, al cabo de varios siglos de reticencia, al solo espacio. Entonces empezaron las dificultades para distinguir no sólo las primeras ediciones de las segundas y las terceras, sino inclusive los géneros y al final hasta los autores. Y el Gremio decidió, por razones no menos prácticas que teóricas, evitar también los nombres en las solapas de los libros, y pronto la variedad se hizo innecesaria, las obras todas se limitaron a una sola, y esta página huérfana, sin lomos, circuló entre las manos de todos los hombres ansiosos, hasta que uno de ellos dio en exhumar la primera herejía (,) aquella en la que un anónimo declaró ser el que era, sin mayores explicaciones, y los copiosos exégetas repoblaron el mundo con los inútiles residuos de la imprenta.

Desde estas hiperpáginas reitero que el texto podía sonar a Borges, a Arreola, a Monterroso; a las ventanas, chimeneas o zoclos insertados entre los textos más largos de la revista El Cuento de Edmundo Valadés; a uno de los Cuentos breves y extraordinarios recogidos por Borges y Adolfo Bioy Casares. Sin embargo, el texto “En el principio” sonaba desde el principio, lograda e inconfundiblemente, al Álvaro Uribe que sonaría después. Y en ese sonar a sí mismo, claro, uno de los mayores goces en la obra de Álvaro Uribe está en la manera en que se hacía de Borges deshaciéndose de Borges en el mismo lance. Es increíble cómo en sus libros recurren palabras que uno desde antes y siempre diría ya chupadas por el diablo-Borges; verbos como fatigar y descreer y condecir, vasto con v chica y basto con b grande; adjetivos como arduo y laborioso; frases como “optó por entreverar verdades parciales sin mentir del todo”, o como “no le sería indistinto”; o como “intercaló algunos silencios”; no obstante, la prosa de Álvaro Uribe sale ilesa, ya sea en los cuentos, las novelas o los ensayos. Y hablando de ensayos, abundo un poco más. El texto de Álvaro Uribe “Entre ‘comillas’”, en efecto sobre el devenir de “las comillas” y “México” bien pudo firmarlo un autor de nombre Jorge Ibargüenborges o uno de nombre Augusto Montenovo. Y es en cambio Álvaro Uribe quintaesenciado.

Pero voy más allá, mejor dicho, voy a un momento en el que Álvaro Uribe fue más allá del mismo Borges. Como recordamos, en la parte final de Historia universal de la infamia titulada “Etcétera”, Borges incluyó su relato “El brujo postergado” y al último puso una nota para explicar que su texto derivaba del Libro de Patronio del infante don Juan Manuel, quien a su vez lo derivó de un libro árabe: Las cuarenta mañanas y las cuarenta noches. En efecto, es el Exemplo XI del libro mejor conocido como El conde Lucanor, “De lo que aconteció a un deán con don Illán, el gran maestro de Toledo”. Aprovecho que hace siglos Baltasar Gracián resumió este cuento así: “pondera la ingratitud de los que levantados a gran fortuna se olvidan de sus amigos que les ayudaron a subir”. En efecto, el deán del cuento le pide a don Illán que le enseñe el arte de la magia; don Illán le pide a cambio que cuando esté en buena posición le dé cargos a su hijo, y el deán no lo cumple. Para quien no lo haya leído, no vendo trama —o no hago espóiler como se dice ahora— porque el chiste es cómo ocurren las cosas en el cuento, cómo el deán es ingrato con el maestro de Toledo. Ahora bien, sobra decir que el cuento es una delicia recontado por Borges; pero hasta ahí, el único chiste es cómo Borges tradujo ese cuento, diría yo, al borgeseano.

Y ahora bien: Álvaro Uribe fue igualmente a un cuento de El conde Lucanor, el que abre el libro: “De lo que aconteció a un rey con un su privado”. Y aquí, como recordamos, el conde Lucanor le pide consejo a Patronio porque un amigo poderoso le ha dicho que le dejará toda su tierra ya que por algún motivo quiere irse y no volver. Patronio lo aconseja contándole la historia de un rey que quiso hacer lo mismo con su privado, pero era sólo para ponerlo a prueba por inquinas de cortesanos envidiosos. Álvaro Uribe, en el cuento “Historia de historias” de su libro El cuento de nunca acabar, no sólo recontó el cuento sino que tomó su mecanismo y lo volvió un juego de espejos de nunca acabar. No sé si Álvaro Uribe haya pensado en Borges a la hora de entrar en este cuento de El conde Lucanor; no sé y no importa. Yo creo que aquí, en este momento de la obra de Álvaro Uribe, se deponen todos los otros adjetivos y sólo cabe uno: uribeano. No nada más en este tipo de cuentos en donde, diríamos, se hace literatura con literatura, sino algo distinguible en toda su obra. Uribeanos son los cambios de narrador en las novelas, y de narración en la narración; uribeano es concretamente el arte de escribir una novela en XII capítulos y un epílogo, construídos en un total de 193 fragmentos, y donde el fragmento que abre cada capítulo es una novela episódica que al final cierra las pinzas sobre la novela interior, todo bajo el título Por su nombre.

Uribeano es el despliegue de documentos, cartas, fragmentos de diario personal y diario periodístico, registros policiales, incluso una farsa en un acto que forman la novela Expediente del atentado; y es uribeano el final donde asistimos al hecho de que el expediente en cuestión es uno armado y puesto en baúl con cerrojo por Federico Gamboa; y a este hecho imposible lo damos como natural luego del arte narrativo que lo precedió o nos lo fue trayendo hasta la última página.

Uribeano es el modo de fraguar prólogos y epílogos que siempre deparan una sorpresa (incluso cuando es prólogo, donde no se esperaría), pero más que nada cómo esos prólogos y epílogos, por ejemplo los de la novela Morir más de una vez, may suffice como diría Wallace Stevens en un poema; cómo son suficientes, cómo son satisfactorios, cómo se bastan.

Uribeano es incluso uno de sus epílogos que parecería desmentir lo anterior, lo que alguna vez llamé el “gran perro angular”, es decir, la realidad como vista y pensada desde el plano del perro Canuto, en el angustioso final de la novela Autorretrato de familia con perro.

Hay muy bien esparcidos momentos uribeanos en sus cuentos y novelas, momentos o detalles que algunos llamarían tolstoianos pero que aquí para evitar la cacofonía en eanos y en ianos, llamaré momentos de ficción fehaciente, y en algunos casos, en ascenso. Ejemplifico con un pasaje de la novela La lotería de San Jorge. Dos personajes guerrilleros han secuestrado al viejo Talavera, un partidario y amigo del dictador de San Jorge. Talavera lleva rato tiempo novelístico con venda y con mordaza; y alguien da la orden de que se las quiten. “Liberado de la venda y de la mordaza”, dice el narrador, “Talavera no hizo más que parpadear y restregarse los ojos durante un buen rato”. Quizá le hubiéramos creído aun si dice que Talavera se restregó los ojos rápidamente y miró ansioso a sus captores y posibles verdugos. Le creemos más con “no hizo más que parpadear y restregarse los ojos durante un buen rato”. Y le creemos más con lo siguiente: “[Talavera] por fin se acostumbró a la luz y descubrió a su alrededor nuestras caras hurañas y nuestros uniformes. Yo en su lugar me habría asustado, pero la expresión del viejo traicionó solamente una curiosidad moderada mientras nos examinaba uno por uno”. Y la credibilidad aumenta cuando el narrador deja ver que quien iba a ser visto es el que ve a los otros. Sigue: “… nos examinaba uno por uno. Se detuvo un instante al ver a Samuel, que estaba angustiado y nervioso. No sé si eso bastó para que Talavera lo identificara”. Este “no sé si bastó” nos dispone para una mayor credibilidad en lo que sigue: “En cambio, cuando volteó a donde yo estaba parado junto a él, me dirigió una mirada en la que advertí una indudable señal de que había reconocido en mí al más clemente de sus secuestradores. Fue una de esas miradas llenas de sentido”; y aquí le creemos más aún por la destreza con que todo el párrafo nos iba llevando a esa mirada. Ahora bien: si la frase concluyera “fue una de esas miradas llenas de sentido”, yo me habría dado por bien servido, o por bien creído (aunque rime en ido). En cambio, el narrador remata: “una de esas miradas llenas de sentido que en los libros se llaman de inteligencia”. Pues gol. Cuando el narrador desplaza todo el párrafo hacia “los libros” esto que leemos en un libro se sale del libro y se colma de última, definitiva credibilidad. Queda como un hecho redondo, logradísimo, de ficción fehaciente.

Y hace unas semanas tuve oportunidad de asistir a otro modo de lo uribeano, para volver a las comillas. Un amanecer, a espaldas de mi casa me encontré un letrero color naranja, sobre una cortina bajada, que decía:

Y otro modo de lo uribeano, volviendo inevitablemente a Borges: desde aquí, desde mis iniciales, desde este LMA, veo a Borges en una imagen descrita así por el mismo Álvaro Uribe: “una canónica fotografía de Borges ya anciano, sonriente, ciego a ojos vistas, si el oxímoron vale, y con la zurda apoyada en un bastón: me gusta pensar que todo lo que hago le rinde homenaje, aun cuando esta idea se la deba no a él sino a mi no menos maestro Augusto Monterroso”. Veo ahora a ese Borges desde aquí y pienso o digo: Borges, basta que el ave simurg y la rosa de Coleridge asociadas con tu nombre aparezcan respectivamente en la novelas Por su nombre y en La lotería de San Jorge para que se contaminen de uribismo, o —dicho de mejor modo, porque uribismo suena a política colombiana— para que pasen del Orbe Borges al más eufónico Orbe Uribe. (Orbe, sobra decirlo, es una palabra de la que gustaban tanto Borges como Álvaro Uribe.)

Y uribeano viene a ser, por qué no, lo siguiente: a mí me encanta cada vez que la mota aparece en las páginas de Álvaro Uribe. No sólo en el cuento “Así es esto” o en la novela El taller del tiempo (uno tendría la percepción de que en El taller del tiempo de Álvaro Uribehay más humo de marihuana que humo de cigarrillo hay en Rayuela de Julio Cortázar); no sólo ahí sino en un texto que quizá justificaría toda la obra ensayística de Álvaro Uribe, me refiero efectivamente a sus páginas sobre la película de Stanley Kubrick 2001. Odisea del espacio. Es un ensayo que tiene de todo: aventura narrativa (con especial o espacial estación en cómo él y un amigo vieron la película de Kubrick luego de fumar marihuana), composición de lugar o composición de época en la Ciudad de México, consideraciones sobre la ciencia ficción y el cine de ese corte, pasajes montaigneanos sobre la vocación o aficiones del autor, etcétera. Y algo muy importante: no incurre en la vanidad de no dar el servicio; nos cuenta limpia, imaginativa y pausadamente de qué trata 2001. Odisea del espacio. Y el ensayo cierra con una alta instancia moral; como si cuando alguien me preguntara: ¿usted qué piensa de esto? Yo, sin dudarlo, remitiría a este párrafo de Álvaro Uribe que borda sobre los extraterrestres o Dios o los semidioses, y el curso de la vida humana; y el salto hacia el futuro de la humanidad con todos sus inventos; y la libertad:

Prefiero creer que —escribe Álvaro Uribe— aun si la evolución se da por saltos cualitativos, quien brinca es sólo un ser frágil como yo. Prefiero creer que Kubrick y Clarke [Arthur C. Clarke: el guionista] y todos los hombres y mujeres que nos precedieron en la Tierra y todos los que nos sucederán aquí hasta el fin de los siglos estamos aislados en el universo. Prefiero creer que lo que hagamos o dejemos de hacer no depende sino de nosotros. Prefiero creer que, incluso si nuestra libertad es una falacia, no fuimos creados o impulsados por nadie ni nada mejor que la terca necesidad o el indiferente azar.

Hasta ahora me he guardado de por ningún motivo alvarear a Álvaro Uribe, es decir, de (verbo que le gustaba) mentarlo Álvaro a secas como un sello de pertenencia amistosa, o como si en su caso la admiración no debiera ir primero que la amistad. Álvaro Uribe amaba a los gatos y, como sabemos, algunos gatos —bueno: los buenos gatos— resienten la familiaridad excesiva. No iba por ahí; pero sí voy a alvarear a Álvaro de otra manera y en otra dimensión. Porque “Álvaro querido” fue el último mensaje que no alcancé a enviarle en su último día en el hospital. “Álvaro querido” fue lo último que quedó, con el rectangulito en blanco del wassapo, un mensaje que no saltó al color verde de enviado. “Álvaro querido”: quedó como un pensamiento final. Mi estancia aquí como LMA me permite hacerme a lo que sigue.

También entre la garganta y el pecho de la pandemia apareció la novela de Álvaro Los que no. De sus últimas vertiginosas, y al tiempo detenidas, esculpidas páginas, las que bordan sobre el refrán de que hay que tener un hijo, plantar un árbol y escribir un libro. No menciono cuál es el libro para quien no haya leído la novela; menciono, sin embargo, cómo me cambiaron totalmente mi idea de la enfermedad los pasajes donde el narrador desarrolla la noción de que el cáncer no es algo que roe y devora al avanzar; no es un carcoma sino un árbol, un árbol adentro que se va extendiendo y va enramando. Respecto al hijo ficticio que engendra en la novela, Álvaro urde varias de sus páginas más inteligentes e intensas.

No muchos meses después yo volvería a esto por lo siguiente. Estábamos en una reunión virtual un miércoles y Álvaro empezó a contarnos sobre sus daños colaterales por los tratamientos contra la enfermedad. De pronto hizo mención al esófago dañado por esos tratamientos. Lo describió, o yo pongo palabras equivalentes para su descripción, como una telita que ardería al menor fuego, una seda epitelial, una fragilidad no contemplada hasta vivirla. Esto me cimbró y me conmovió, y sin decir nada temí por Álvaro más allá de su cáncer en los pulmones; me vino de golpe esto que pongo aquí en sucesión: un hijo que tuve y al fin no tuve, atado a la absoluta fragilidad del esófago; un hijo que de pronto me unía con Álvaro de otra manera, por el tubo del esófago; un hijo que nació con y murió por complicaciones esofágicas; un hijo al que ahora asociaba con los estragos físicos de Álvaro y con la fuerza literaria de Álvaro; un hijo que no, muerto a los dos años. Un hijo que, como en la novela anterior de Álvaro, Morir más de una vez, había muerto tres veces hasta morir en la cuarta definitiva.

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En este punto se deshace mi hipertexto, o empieza a borrarse como en un reversivo tecleo digital. El tiempo se normaliza. Salgo como LMA de las páginas del diario de Álvaro y voy al Tríptico del Cangrejo para leerlo ahora sí. Dijo Auden que también, que incluso a algunos terrores hay que enseñarles a cantar. Estoy seguro de que materiales extremos como la enfermedad, el dolor físico y la muerte habrán recibido lecciones de canto, mejor dicho: grandes lecciones de estilo en Tríptico del Cangrejo de Álvaro Uribe. Muchas gracias.

 

Luis Miguel Aguilar
Escritor. En nuestra edición de abril 2023 apareció “Hilván para una Tierra velardía”.

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Publicado en: Ciudad de libros