Una visita a Paul Auster

6 de febrero de 2024

Lo esperé en la pequeña biblioteca de un hotel en la calle 77. Era una de esas típicas tardes neoyorquinas de febrero con cerezos invernales, temperaturas bajas, incesantes ruidos de sirenas. Ese día vería a Paul Auster.

Todo en esa mañana era la metáfora de un final. Auster llegó puntual, acompañado de su esposa, la escritora Siri Hustvedt, ataviado con el típico abrigo negro que identifica a la fauna de Manhattan y una bufanda roja. Ambos derrochaban sonrisas y amabilidad. Me presenté intentando ocultar el nerviosismo que mi admiración desmedida causaba y noté casi de inmediato los estragos de su enfermedad.

Ese escritor, que el New York Times calificó como el “Santo Patrón Literario de Brooklyn”, el mismo que —en un efecto parecido al de Woody Allen— era admirado en su ciudad, su país y en el Viejo Continente; cuyas obras han sido traducidas a más de cuarenta idiomas, y que han servido como fuente de inspiración para generaciones de poetas, académicos, universitarios, cineastas y novelistas… Ese escritor ahora encontraba difícil sostenerse de pie sin ayuda.

Apenas lo vi, le comenté que en avenida Columbus me había encontrado la carta de una niña a su mascota muerta, un dóberman que ahora vivía en el cielo. “¿La encontraste durante el día?”, me preguntó. Tras mi afirmación, dijo que eso era normal: esa misma luz había inspirado a Hopper y ninguna ciudad poseía una luz tan bella como Nueva York.

Nos sentamos juntos en un pequeño sillón y me quedó claro que su debilidad física no empañaba la claridad de su mente ni su capacidad de memoria. “El recuerdo más nítido que tengo de México es de un hotel abandonado en Taxco. Llegamos a él y caímos en cuenta de que era un lugar venido a menos y que debíamos investigar más sobre su estado actual. Los pasillos estaban desiertos y todo tenía un olor a tiempo muerto. Jamás olvidaré las lágrimas de decepción de mi hija Sophie (entonces una niña) al ver que la piscina se encontraba vacía. Pero todo es pasajero, y otra bella ciudad, Cuernavaca, salvó nuestras vacaciones”, afirmó entre risas.

Pronto se suscitó el primer mareo. Un improvisado sándwich de atún sirvió de paliativo. Siri celebró con ternura el hecho de que comiera la mitad del mismo, con una condescendencia parecida a la de una madre que felicita a su hijo por haberse terminado un plato de verduras.

Auster me escuchaba con amabilidad. Elogió algunos detalles biográficos de Pellicer, agradeció reiteradamente el que nos hubiéramos acomodado a sus necesidades y que le otorgáramos las mayores facilidades para recibir la que probablemente fuera su última distinción literaria: el premio Poeta de América Carlos Pellicer Cámara. Su plática mezclaba emociones personales y recuerdos diversos, siempre corroborados o enriquecidos por las palabras de su esposa. Habló largamente de las estratagemas comerciales del “tío Bernie”, quién durante los años aciagos de la Segunda Guerra Mundial decidió cobrar las entradas al cine por medio de donaciones de sangre; de la sorpresiva determinación física que el mismo familiar mostró apenas unas horas antes de su muerte, y de los diversos personajes que pululaban por su extensa historia en el barrio de Brooklyn.

Las anécdotas volaban con precisión; ya fuera de familias que pasaban toda su vida sin visitar jamás Manhattan y que observaban la ciudad a lo lejos; de cómo la lucha entre razas había forjado gran parte del carácter italiano del barrio; del día que un ladronzuelo alborotó a todo la vecindad y que lo llevó a realizar lo que a su juicio era la pregunta más estúpida de su vida: “¿Ya llamaron a la policía?” (Horas después la mafia le había roto las piernas al perpetrador).

No pasó mucho tiempo para que le hablara del otoño de 1976 y de mi primera visita a la gran ciudad. “Los años duros”, comentó. Y, efectivamente, mi memoria guardaba la ciudad como una jungla. Ese otoño mágico tuvo la destrucción como motivo. La poderosa máquina roja (los Rojos de Cincinnati) pasó implacable por encima de unos Yankees indefensos que hicieron de la serie mundial de béisbol un anticlímax y, de paso, destrozaron el corazón de un niño.

Así se lo comenté; las imágenes intactas de la atiborrada estación del metro, los gritos de fanáticos enardecidos como mandriles, la manera en que se colgaban en la parte de afuera de los vagones en movimiento, los guantes abandonados que se perdían en el vapor del pavimento, la magia de los arcades, el humo que salía por los espectaculares de Times Square y el frío, el incontrolable frío que azotaba la ciudad.

“Recuerdo perfectamente el frío de ese año”, intercedió. “Comenzó en septiembre y su intensidad no menguó sino hasta abril o mayo. Siempre he pensado que las gélidas temperaturas de 1976 fueron un preludio cruel del apagón del año siguiente y del terriblemente caluroso verano de Sam”.

Proseguí con el recuerdo de mi padre. Ir de su mano descubriendo avenidas, compartiendo sueños, disipando miedos, cuando me parecía que él era lo más grande del universo… “Creo —le aseguré—, por eso Nueva York ha significado para mí siempre un sinónimo de la felicidad. Por ello, cuando leí La invención de la soledad me explotó el cerebro. Sus líneas fueron constante reflexión y continua identificación. Con muy pocas obras me he sentido igual”.

Sus ojos me observaron con ausente ternura. “Es el efecto que tienen los papás”, dijo. “Para bien o para mal, Kafka tenía razón cuando imaginaba la figura inmensa de su padre acostado sobre un mapamundi en el que quedaban apenas pequeños espacios desocupados por los que el propio Kafka podía permanecer. La figura bella o terrible de un padre termina impactando irremediablemente nuestros destinos. Así, como el mapamundi de Kafka”, concluyó.

El béisbol siguió siendo nuestro tema. Sumamente conocida era la afición cuasimística que Auster sentía por el rey de los deportes. Acudí al lugar común de su biografía; sabía que no era aficionado a los Yankees y que su corazón, por siempre impactado por la partida a California de los Gigantes y los Dodgers, le pertenecía a los Mets. Sin embargo, me sentía intrigado por conocer quién era su jugador favorito (de todos los tiempos) del equipo que juega en el Bronx. El cuestionamiento lo sorprendió. Caviló algunos segundos: “Probablemente Yogi Berra”, dijo, refiriéndose al legendario receptor, famoso por la sabiduría disparatada de sus ocurrencias, o “quizá Whitey Ford, lanzador al que conocí y que era un chico local de los barrios bajos de Manhattan”.

El recuerdo de Berra dio lugar a carcajadas. Siri Hustvedt nos confió: “Creo que no hay un solo día en que en nuestra casa no haya una referencia a una de sus frases”. Paul Auster aseguró que su favorita era “When you come to a fork in a road, take it!”, y elaboró una apología de la trayectoria de Berra como jugador. “Su extraordinaria carrera ha sido opacada por su personalidad; pero lo cierto es que puede haber sido el mejor cátcher de todos los tiempos… Fue el jugador más valioso de la MLB en tres ocasiones, campeón mundial una decena de años y conectó más de 350 cuadrangulares”.

La plática derivó de manera natural hacia su anécdota con Willie Mays. Aquella que, según narró cientos de veces, le impulsó decididamente a ser escritor y que se ha convertido en una leyenda tan borgiana como inverosímil: un Paul Auster de siete años se encuentra de la manera más azarosa posible al inmortal jugador de los Gigantes justo cuando acababa de conectar un jonrón decisivo en el desaparecido Polo Grounds. Amarrado a la seguridad que le brindaban sus padres, el niño se acercó a solicitarle un autógrafo, sólo para toparse con el hecho de que nadie a su alrededor contaba con una pluma con la cual se pudiera cumplir su anhelo. Esa frustrante experiencia determinó su destino. Auster decidió que jamás volvería a salir de su casa sin una pluma. La cercanía constante de dicho instrumento lo llevó a escribir y jamás dejar de hacerlo.

Suya es la historia del errante Mr. Bones. El can que escuchaba a su dueño (un poeta callejero) asegurarle que el más allá era un lugar perfecto llamado Tombuctú. Bajo esa premisa le obsequié una ilustración de la curiosa “sinfonía de olores” que el propietario del perro crea para él y le compartí el dolor familiar por la reciente pérdida de una gata bengalí de casi dos décadas de existencia llamada Shelly. Le dije que su libro había creado una bifurcación sentimental sobre mi hija. Por un lado el recuerdo incólume de las noches en que, siendo ella bebé, yo leía la historia por primera vez. Por otro, su frase envuelta en aplastante dolor: “Al menos Shelly ya debe estar con Mr. Bones”. Me escuchó con aire reflexivo. “Uno no sabe hasta dónde van a llegar sus historias; hasta dónde van a viajar y qué tanto toca uno el corazón de la gente cuando escribe algo”.

De todos los libros que aguardaban en una bolsa para llevar su dedicatoria, la prudencia me llevó a sacar sólo uno. Una copia raída y despegada de Tombuctú. Accedió a firmarlo. Su mano temblaba y quiso subrayar lo que era dolorosamente notorio: “El cáncer me ha robado muchas cosas pero, sobre todo, la posibilidad de escribir, de deslizar la pluma”.

Feb.6.2024
For Paula,
Sitting with your father in NYC —
This book bolted as it is, is for you…
With best thoughts,
Paul Auster

Aproveché el momento para hablarle de Mi último suspiro, la autobiografía de Luis Buñuel. Acudí al lugar común. La respuesta a la pregunta sobre su película favorita fue instintiva: Viridiana, contestó. Poco a poco fue abundando: “Por lo general, disfruto más sus películas francesas pero, en realidad, creo que la obra que más me gusta de él es La vida criminal de Archibaldo de la Cruz (Ensayo de un crimen). Creo que nunca he visto una película que tenga una casa tan peculiar, tan down to Earth, que refleje tan acertadamente al interior del personaje”.

Hay un pasaje en la autobiografía de Buñuel donde reflexiona sobre su destino y lamenta que la dama de la hoz le arrebatara la posibilidad de seguir enterado de lo que pasaba en el mundo. De seguir informado del avance y del absurdo, de las proezas y de las tragedias. Para combatir aquello, decía Buñuel, le gustaría levantarse de entre los muertos cada diez años, llegar a un quiosco de periódicos, comprar todos los diarios posibles y regresar lentamente a leerlos al refugio tranquilizador de su tumba… El 29 de julio de 2023, Buñuel cumplió 40 años de muerto. Pensando en sus deseos, acudí al puesto de periódicos más cercano que encontré de la que fuera su casa y dejé un libro con su nombre para que lo pudiera recoger, ya que estaba seguro que de haber conocido la historia que contenía, sin duda la habría querido filmar: una trama de tintes surrealistas con todos los temas que apasionaban a Auster. El azar, la repetición, la duplicidad y el viaje hacia el delirio. “Un libro que se titula Ciudad de cristal”, comenté. Auster agarró mi brazo: “Es algo muy conmovedor. Muchas gracias. No creo que se vaya a levantar; no creo que eso sea posible. Pero es algo muy conmovedor”, repitió. “No sé de dónde nacen mis ideas. En realidad nunca lo he sabido. Uno sólo camina a veces confundido por todo esto”, añadió.

De regreso a su casa, Siri Hustvedt habló apasionadamente de la ocasión en que pudo estudiar por meses la obra de Vermeer. Y ambos coincidieron en reprobar los instintos magnicidas de Netanyahu y en el deber de Estados Unidos de contenerlo y condenarlo. Paul Auster seguía maravillado por la manera en que la luz de Nueva York brillaba esa tarde, atravesando árboles y reflejándose en el East River.

Estábamos a punto de llegar a su casa en Park Slope, cuando pasamos por el cementerio de Green-Wood. “Aquí me van a enterrar”, aseguró, mientras hacía un recorrido por la historia naturalista del lugar, destacando la majestuosidad de sus puertas, de sus monumentos y expresando asombro por los más de seiscientos mil muertos que descansaban en el lugar. “Es una ciudad entera”, concluyó.

Ya en el interior de su hogar, invadido por el cansancio, su fortaleza física pareció desplomarse. Saludó con afecto a las personas que lo ayudaban, nos describió con humildad la procedencia de las obras de arte que acompañaban su sala, volteó a ver su jardín y se sentó en un sillón. En silencio recordé el himno de Leonard Cohen y aquella máxima de que “There is a crack in everything, that ‘s how the light gets in”.

Su memoria volvió a recurrir al multicitado tío Bernie; pero esta vez de manera sombría. “Alguna vez fue al campo de golf y logró un hoyo en uno. Entusiasmado por su proeza salió a realizar una llamada para contárselo a sus amigos, cuando cayó en la cuenta de que ya no había nadie a quién llamar… Tarde que temprano uno va perdiendo a sus seres queridos, a sus compañeros, a sus amigos y te das cuenta de que vives rodeado de fantasmas”.

Ramiro Chávez Gochicoa: Escritor. Su libro más reciente es El Vuelo de Sora (Sonámbulos Ediciones, 2023). Actualmente es Secretario de Cultura del estado de Tabasco.

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Publicado en: Corresponsal