Una mirada a Adiós a los padres

(i)

“Pasan dieciocho días con doña Emma en terapia intensiva.
—¿Necesita algo?— me pregunta el médico al entrar al elevador—
—Un milagro— respondo.
Cuando salgo del elevador sigo dentro de mí la conversación con el médico.
Pienso: ‘el milagro ya lo tuve’.
Le digo a doña Emma: ‘El milagro fuiste tú’.”

—Héctor Aguilar Camín, Adiós a los padres

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En algún lugar leí que uno no escoge los libros que lee, sino que de alguna manera llegan a la mano de quien los necesita. Será una de las ventajas místicas de ser lector, que además del placer que causa, la lectura también nos cura de las enfermedades del espíritu. A mí me ha pasado sólo una vez. Después de un terrible rompimiento amoroso —de esos en los que te das cuenta que tu coraza no es más que un cascarón de huevo—, de un tirón leí tres libros que me transportaron al mundo de la muerte y el duelo. Yo no era consciente de la relación en las historias, pero escribí sobre cada uno de esos libros una suerte de reseña. Al final me di cuenta que al unir algunos párrafos de cada una de las reseñas surgía un mensaje dirigido a aquella mujer que me había dejado. No era un reproche, tampoco una carta amorosa llena de lamentos, sino una reflexión sobre la muerte. Me resignaba a haber muerto para ella, y la dejaba ir de la misma forma que alguien despide a alguien se va de este mundo. Entendí, pues, por qué le llamamos “duelo” a ese tiempo que sobreviene al término de una relación; y es que, en verdad, la partida del ser amado es lo más parecido a la muerte, pero en vida.

El último de esos tres libros que leí fue Adiós a los padres, a un mes de su publicación hace ya casi dos años. Recuerdo que el libro me hablaba de múltiples formas, porque no sólo narra cómo Héctor Aguilar Camín se despide de sus padres, sino que deshoja varias separaciones, y así varias muertes: la de su padre, la de su tía, la de su madre. Es un libro sobre el duelo. Y por eso me estremeció, se retrataba ahí el torrente de emociones que sentía pero de forma más profunda, profundísima. No era una mujer que cruzaba una vida y la hacía momentáneamente trizas, no, era el decir adiós a los seres que vertebran una vida, a los que te hacen ser quien eres. Tan fuerte fue su efecto que escribí sobre este libro. Lo hice y, con la osadía del que tiene una idea que cree buena, le envié un correo electrónico al autor y adjunté el texto. Pensé en el infinito número de correos que ha de recibir diario y bajé mis expectativas de respuesta. Ya entrada la noche, llegué a mi departamento y de pronto vi su nombre en mi bandeja de entrada. No reproduciré sus palabras aquí porque aún tengo un dejo de cordura, pero sí puedo decir que en mi mente son un apéndice de la novela. Sus palabras fueron la conclusión perfecta a mi historia, aquella que construí a partir de esas páginas. Reproduzco a continuación lo que escribí en ese entonces.

(ii)

“Es un libro doloroso”, me dijeron. Pero es mucho más que eso.

Corre una mañana de 1995. Héctor Aguilar Camín recibe una llamada. Del otro lado del auricular se encuentra su padre a quien no ha visto en 31 años. Le dice que lo quiere ver. Esa misma noche Aguilar irá a buscarlo a la posada en donde vive. Él mismo señala que hay algo indecente en la aparición de su padre: lo enerva tanto como lo entristece. Representa lo que teme sea su propio escenario de vejez. “Es el peor espejo en el que hubiera querido verme”, dice Aguilar. Sabe que no hay nada mítico ni amoroso en ese encuentro. Si antes cargó con su vacío ahora cargará con su despojo. Y así fue: a partir de 1995, Aguilar se hará cargo de su padre. 

En noviembre de 2004 la madre de Aguilar, doña Emma, es internada en el Hospital Inglés de la ciudad de México. En una sala del cuarto piso reposará y recibirá tratamiento para una neumonía. Otro paciente ingresa al mismo hospital, por la misma enfermedad, y es instalado en el tercer piso. Es su marido, Héctor, padre del autor. Luego de medio siglo de no verse, una neumonía y su hijo los reúnen. Sin embargo, el grosor del piso que los separa es de una hechura insospechada. De eso trata el libro, de adentrarse en ese universo desconocido, en ese piso que los separa y a la vez los une.

Una mirada somera podría advertir que el núcleo del libro es el abandono paterno que sufre una familia y su repentina aparición tres décadas después. Así comienza la trama y con eso basta para querer leer el texto de pie. Es también una historia de las presencias que colman la oquedad dejada por aquel padre ausente. En este caso, de dos mujeres de tesón heroico que sacan adelante a una familia. Todo esto desde la mirada de un hombre que decide contar la historia de sus padres para despedirlos. Ese impulso transmuta en una mirada exquisita de un mundo vedado a la mayoría de nosotros: el de nuestros padres.

El autor dice: “Hay una paradoja en el hecho de que los padres puedan ser a la vez los seres más próximos y los más enigmáticos, cubiertos como están por el velo de su centralidad inalcanzable”. La paradoja es más profunda, cuando uno como hijo cae en cuenta que esa “centralidad” no es recíproca. Es decir, la costumbre dicta que cuando uno nace se vuelve el centro de la vida de sus progenitores. Pero: ¿y si no es así?

Hay que decirlo. De cierta manera todos vivimos en la anomalía. No hay padres perfectos, y sus imperfecciones —como Kafka genialmente lo transmite en Carta al padre— pueden ocasionar dolores profundos y permanentes. El dolor es mayor cuando caemos en alguno de los extremos: en padres cuyas presencias opacan la personalidad de los hijos o en padres ausentes. Son dolores distintos y sus consecuencias también lo son. Mientras la presencia abrumadora lleva al reproche activo —hacia el padre o la madre— de las inseguridades de uno, la ausencia lleva al resentimiento encubierto: no haber estado, no estar, se torna en un reclamo pasivo, silencioso e introspectivo. Así, la gramática del abandono cambia de forma, de ausente a ausencia. Es un dolor gradual que marca a cualquiera. Algunos lo pueden sobreponer. Otros no. Todo depende de quién esté allí para hacerlo más llevadero. En el caso de Héctor Aguilar Camín, su madre y tía son las presencias que echan luz a la sombra dejada por el padre.

En el libro hay un pasaje que muestra lo anterior. En medio de un fuerte ciclón en Chetumal, que casi destroza su casa y pone en riesgo la vida de la familia completa, el padre no está; se encuentra lejos de casa por razones de negocios, y desde ahí empieza su ausencia. Es un hecho premonitorio; en ese momento, Aguilar se da cuenta de que en el futuro no contará con él. La incapacidad de protección de la persona a la que se mira con admiración y se le adscribe ese papel es quizás el símbolo más patente de su abandono.

A su vez, el mismo ciclón marcará la dinámica familiar para el porvenir. En medio de la tempestad, quien corre a detener un techo que se desplomaba fue doña Emma, la madre de Aguilar. Y así pasará el resto de su vida: siendo el pilar de la familia, flanqueada en esa empresa por su eterna escudera y compañera de batalla: su hermana, la tía Luisa.

Aunque la narrativa más impactante de la obra es el reencuentro de Aguilar con su padre tras 31 años de no verlo, la historia que tejen las dos mujeres de la casa es igualmente profunda. La suya es una vida que, primero, se convierte en bálsamo, en remedio constante a varios contratiempos que tienen que sortear al llegar de Chetumal a la Ciudad de México: un atraco, una precaria situación económica y el abandono definitivo del padre. Luego, una vez establecidas, ellas edifican una vida digna de ser contada, llena de experiencias y de sucesos inusuales. A través de las páginas uno se da cuenta de la fortaleza de ambas mujeres. Emma y Luisa, dice el autor, “perderán al hombre de la casa, se harán pareja de hierro, criarán cinco hijos y verán morir a sus padres. Las veo siempre juntas y juntas están siempre en mi cabeza. Manejan México 15 (su casa) con temperamento dual. Luisa es la mano dura y Emma la suave, Luisa la autoridad y Emma el permiso; una regaña, la otra sonríe. Son el padre difícil y la madre cómplice, el padre con el que es fácil pelear, la madre a la que nadie puede resistirse. Aparte de ejercer estas tareas complementarias de buen gobierno, las hermanas viven cosiendo, cosen para vivir”. Así sobreviven en la ciudad, abren una casa de huéspedes y un taller de costura. Viven con el ajetreo de los huéspedes durante el día y el sosiego, la calma, la concentración y el silencio que ponen en cada pespunte de la costura durante la noche. Éste es un ejemplo de algo nodal en México, tan dado a los estereotipos y tan alejado de la mirada realista. La descripción que se hace de Emma y de Luisa las dibuja como eso que muchas mujeres son, las verdaderas constructoras del temperamento del mexicano. No los padres sino las madres, las madres solteras, las viudas, las madres coraje. Son las que han soportado (en ambos sentidos del término), la carga de una sociedad y se han encargado de educar sentimentalmente a una miríada de generaciones.1

Por último, la mirada que el autor posa sobre la vida de sus padres impregna al texto de una belleza excepcional. La narración exuda ritmo y cadencia. Las palabras no sobran ni faltan. Hace mucho que no leía algo que me transmitiera de esta manera la mística de la literatura, ese arte de convertir lo cotidiano en extraordinario. Por ejemplo, cuando el autor describe la vejez de su madre y su tía señala que “la edad ha pasado sobre sus cuerpos como las noches blancas del verano báltico, esas hermosas tardes que se quedan estacionadas en una puesta de sol que nunca termina aunque el tiempo siga pasando bajo la neblina del crepúsculo y la noche invisible acabe pronto en el día”. Frases, descripciones y metáforas de esta calidad literaria pueblan la obra. Frases que conmueven porque nos insertan en un universo hermoso y, al mismo tiempo, realista. Una mezcla de las descripciones que hiciera Flaubert, con la magia de la palabra de Neruda.

Adiós a los Padres se convierte así en un libro poco común. Al ser el autor uno de los personajes y describirse a sí mismo en varias situaciones, uno se cuestiona la relación entre ese personaje y la persona de carne y hueso. Si hay correspondencia entre uno y otro, la obra, más que novela, es confesión. Yo creo que se acerca más a la segunda que a la primera, aunque en la obra hay tantas historias entremezcladas, que el tono no es constante: cuando describe la vida cotidiana en Chetumal, cuando pasa revista a la quiromancia mexicana, o narra el origen del nombre de una calle, el libro se lee de otra forma, ya no confesión o informe, sino novela o historiografía.

Así, tenemos ante nosotros un texto imposible de encasillar en un determinado género literario. Biográfico y autobiográfico a la vez, pero también novela e historiografía, siempre centrada en los detalles, en la historia de todas las cosas. Es también informe al estilo de Rafael Pérez Gay en El Cerebro de mi Hermano porque, como Pérez Gay, Héctor padre morirá varias veces y el libro pasará a encarnar el conjunto de los duelos de Héctor hijo, incluidos el de su madre Emma y su tía Luisa. Entonces más que un libro doloroso, es una obra que intercala toda clase de historias: de supervivencia, de amor, de amistad y de las maravillas de los detalles que, si fuéramos un poco más conscientes, notaríamos a diario. Es un libro que habla de la muerte para hacer un homenaje a la vida, porque así debe ser cuando despedimos a nuestros padres.

PD: Feliz cumpleaños, Héctor.

Martín Vivanco Lira. Abogado por la Escuela Libre de Derecho. Maestro en Argumentación Jurídica por la Universidad de Alicante. Maestro en Teoría Política por la London School of Economics and PoliticalScience. Doctorando en Derecho por la Universidad de Chile.

Twitter: @MartinVivanco

Adiós a los Padres.
Editorial: RandomHouse
Número de páginas: 341

 


Agradezco el comentario que me hizo Jorge Terrones al respecto.

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Publicado en: Ciudad de libros, Reseña

Un comentario en “Una mirada a Adiós a los padres

  1. ¡Vaya suerte! Yo leí «Adiós..» en exactamente las mismas circunstancias que las tuyas -tiempo y forma- y también acabe escribiéndole a Héctor mi mundo roto, mi duelo. Nunca me respondió. Hasta pensé darle reenviar y cc’ a Ángeles… Cosas esas del dolor infinito. A dos años de distancia, a través de tu texto que sí tuvo respuesta, sonrío con alivio. Su texto, tu texto cierran mi círculo. Así lo siento, mirando con nostalgia desde mi colina imaginaria esa ciudad en ruinas.

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