Jurassic World (Colin Trevorrow, 2015) cuarta película de la franquicia Jurassic Park, es un producto que apela a la nostalgia de aquel niño, hoy adulto, que hace 22 años fantaseó con los dinosaurios hasta el punto de aprenderse los nombres científicos y hacerse de revistas del tema. No poca cosa. El blockbuster de 1993 resultó ser algo más que mera taquilla y dinero pues rebasó las expectativas de la producción. Entonces, Spielberg desarrolló una fantasía que devino colectiva hasta el grado de volver la paleontología tema de cultura elemental, y de igual forma que le sucedió con Jaws en 1975, creó un fenómeno que ni él mismo esperaba. La TV, librerías y jugueterías, agotaron el contenido. La franquicia, avariciosamente lanzódos secuelas que no alcanzaron a la colosal primera parte y aunque por mucho tiempo se tuvo en la mira retomar la historia, tomó por lo menos una década agarrar coraje para hacerlo. Con esta nueva cinta, se busca dejar bajo el tapete aquel par de secuelas que realmente poco aportaron a fortalecer el mito, para apostar en su lugar, por seducir a las generaciones jóvenes con la premisa de un parque que más allá de sólo crear dinosaurios, puede modificarlos genéticamente con tal de lograr nuevos especímenes dignos de causar admiración.

Frente a peculiar panorama, que cronológicamente comparte simetría con la realidad (la trama sucede 22 años después del primer parque), todo ha evolucionado en términos radicales. El nuevo parque temático, reinventado después de aquella fatal catástrofe inevitable (en el universo de Spielberg, quien ahora aparece productor, no se puede engañar ni vencer a la naturaleza) dispone de una lujosa infraestructura y shows bestiales, pero a diferencia de aquel primer proyecto emprendido por el abuelito bonachón John Hammond (Richard Attenborough), lo que importa ahora, sin mayor empacho a decirlo, son las ganancias, no ya la noble posibilidad de revivir a esos prehistóricos animales. Aquí, la estructura es honesta y cínica, y los que financian al parque y a los nuevos especímenes son transnacionales cuya finalidad es incrementar las ganancias a como délugar. Nada lejano de la realidad. Es así como la trama posibilita la aparición de un feroz dinosaurio ¿transgénico?, que respaldado de una gran inversión de particulares, ha sido creado como la nueva marquesina para ser exhibida hasta que por supuesto, algo saldrá mal, como dicta la lógica spielbergiana.
Pero cobrando distancia del purismo lógico que encuentra reproches a Jurassic World por lo exagerado de la situación, lo cierto es que la película se desenvuelve bajo una premisa que guarda similitud con el mundo actual: cada vez es más difícil sorprender al público, y claro, Hollywood ha sido participe de la creación de esa anestesia colectiva, pues lleva un largo recorrido apuntando hacia un hiperrealismo inflado con base en anabólicos. Por supuesto, hay poca cordura en la trama (por ejemplo, Bryce Dallas Howard corre la mitad de la cinta con tacones), pero luego de 22 años de Jurassic Park ¿Cómo atrapar al espectador que ha evolucionado con el cutting agresivo de Hollywood? ¿Cómo seducir a las nuevas generaciones? Porque aunque surgida de las nostalgia, no es un producto hecho únicamente para la vieja audiencia, pues ésta no dará taquilla en los siguientes diez años, como sílo harán las nuevas generaciones. En este sentido, la creación genética de nuevas especies que impacten a como dé lugar a los jóvenes que lo han visto todo, es sólo un símil de la condición pop que ha trastocado todo bajo la idea de grandes espectáculos, y que claro, bajo el ojo ortodoxo, tan radical desvío será motivo de reproche. Pero a final de cuentas, la cinta es transparente y fiel hacia la frivolidad del espectáculo que ha incubado EEUU y que ha exportado internacionalmente.
Más que secuela, Jurassic World es un reboot postmoderno. En lugar de intentar obviar la primera cinta, la toma de pretexto para cerrar un ciclo con aquellos fans aprendices de paleontólogos y llevar la historia a un nuevo contexto infladísimo por la ciencia ficción contemporánea. Ahí el villano no es ya el conocido Tyrannosaurus Rex sino el Indominus Rex, un golem hijo del capitalismo capaz de sorteárselas a cualquier cambio de ambiente y que gracias a su facultad epistémica, deviene en trasatlántica amenaza para el parque, cuya única opción de salvación recae en el ex militar Owen Grady (Chris Pratt) y su manada de Velociraptors adiestrados a la César Millán.
La cinta dirigida por Colin Trevorrow, aún con la desilusión causada a varios, es un trabajo cinematográfico propio de un nuevo Hollywood (¿millennial?) que a sabiendas de los errores de la industria decide asumirlos como parte intrínseca de los estudios y que se presenta exactamente como lo que es, un blockbuster evolucionado dispuesto a asumir el futuro a pesar del reproche ortodoxo que pueda haber. El personaje secundario Lowery Cruthers (Jake Johnson), el especialista en tecnología amante de los dinosaurios, que viste una playera de Jurassic Park, es un reflejo del espectador adulto (en la cinta él mismo es un mero espectador) situado frente a la pantalla desilusionado ante las nuevas quimeras, pero incapaz de irse al ver esos nuevos monstruos que distan de ser un dinosaurio.
Si bien siempre que se asiste a una sala de cine se hace al interior de cierto reglamento de acción, Jurassic World es útil para replantear una pregunta básica del séptimo arte ¿qué significa ver cine? Y aunque la respuesta es basta y digna de discusión, en este caso, entre otras cosas, puede significar hacer un pequeño contrato interior donde se está dispuesto a dejar la lógica de corte aristotélico fuera de la sala con tal de entregarnos al pletórico reino de las fantasías. Las quejas adultas, síntoma de la traición a la nostalgia, corroboran que aún en la producción, Spielberg es capaz de reinventarse y dejar el camino a nuevos directores que, según su criterio, empatarán mejor con ese público joven que muchos tachan de apáticos. Después de todo, no hay por qué ser tan severos con la nueva cinta. En los premios Oscar de 1994, Jurassic Park fue galardonada por efectos especiales y sonido, no por guión. Y aunque ésta nueva entrega no es la más inteligente, sí es una crítica certera a la misma industria cinematográfica que aún después de tantas nuevas películas e historias necesita apelar a los clásicos para rescatar el negocio, justo como el Tyrannosaurus Rex de esta película.
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