Un toque de pecado, de Jia Zhangke

Una de las máximas más conocidas de Gabriel Zaid —y por tanto, también una de las más trivializadas— es que en México la corrupción no es una plaga del sistema político: es el sistema mismo. Muchos han sido los que han ahondado en el tema y han buscado explicar cómo es que nuestro país creció tan desigualmente; muchos siguen tratando de responder cómo es que una economía que figura dentro de la 15 más grandes del mundo tiene a la mitad de su población viviendo en condiciones de pobreza. ¿En qué momento pasamos de un crecimiento incluyente a un crecimiento a costa de los menos favorecidos?

No es mi intención discutir ese tema. Hay, como menciono, muchos con más conocimiento de causa para guiar esa conversación. Sin embargo, no es un caso exclusivamente mexicano. Para muestra basta ver la extraordinaria Un toque de pecado, obra más reciente del realizador chino Jia Zhangke,1 y recién estrenada en México en el marco de la muestra de la Cineteca Nacional. Jia, quien ya había alcanzado reconocimiento internacional —y en su caso quizás más importantemente, el beneplácito del Partido Comunista Chino— con sus retratos de la vida cotidiana de la China contemporánea —Platform (2000), Unknown Pleasures (2002) y 24 City (2008)— entrega en su más reciente película una escalofriante radiografía de la desigualdad en la segunda economía más importante del mundo.

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Basada en cuatro historias reales que conmocionaron al público chino y mandaron señales de alerta a los altos mandos políticos, Un toque de pecado viaja a lo largo y ancho de China para mostrar las causas —y sobre todo las brutales consecuencias— de su desigual crecimiento. En Shanxi, por ejemplo, un minero descubre una red de corrupción que involucra a los dueños de la mina y al gobernante de la ciudad. Decide, como menciona en varias ocasiones, buscar justicia; sin embargo, encuentra que todos los canales institucionales están cerrados para él; incluso enviar una carta a la capital le resulta imposible. Es así como decide tomar una escopeta —y buscar justicia por propia mano.

Lejos de ahí, en Chongqing, presenciamos la vida de un hombre en un pequeño pueblo rural. La interacción que tiene con su familia, con los demás habitantes. Posteriormente se despide para regresar a la ciudad y trabajar para enviar dinero a su esposa. Con la única particularidad de que su forma de trabajo es el asalto a mano armada —y el asesinato. Mientras tanto, en la montañosa provincia de Hubei, una recepcionista es acosada por un par de clientes. Uno de ellos la golpea con billetes, “tengo dinero”, le dice, como si ésa fuese razón suficiente para ultrajarla. Desesperada, la mujer toma un cuchillo; lo que sigue es fácil de imaginar.

Por último, un joven recorre distintas regiones buscando trabajo. Como alternativa a las plantas de ensamblaje, encuentra lugar en un club privado cantonés. Ahí, los “distinguidos clientes” compran que jóvenes mujeres les cumplan sus fantasías. Pagan por verlas marchar vestidas como miembros del ejército; solicitan ser llamados “Jefes Supremos”. En el club, el joven conoce dimensiones de opulencia que creía imposibles en China; descubre, también, que el dinero determina de quién puede o no enamorarse.  Tras estas dos decepciones regresa a una línea de ensamblaje. El nombre de la compañía que lo contrata es Foxconn —acaso eso sea suficiente mencionar.

Cuatro estampas que ilustran la creciente separación entre una élite educada, con contactos en el Partido Comunista, y el resto: trabajadores manuales que deben desplazarse por la inmensidad geográfica china para poder apoyar a sus familias. Cuatro estampas que muestran la dramática diferencia entre la China rural y las grandes ciudades que generalmente vemos en la prensa extranjera. Cuatro historias que en la película están unidas por el común denominador de la violencia; pero no cualquier tipo de violencia: aquella en la que personas comunes pueden incurrir al estar en situaciones extremas.

No es mi intención hacer una apología de los personajes; al fin y al cabo, muchos de ellos cometen actos reprobables. Pero precisamente uno de los mayores logros de Jia es plantear preguntas sobre qué tan justificables son los actos de violencia cometidos por los personajes. ¿Podemos sentir, como espectadores, empatía por un asesino? ¿Cuál sería, entonces, el límite de esta empatía?

Se ha dicho que A Touch of Sin, título en inglés de la película, es una clara referencia a A Touch of Zen (1971), clásico del wuxia dirigida por Kung Hu, y que la película misma es un homenaje a las películas de artes marciales. Por lo menos estilísticamente hablando estoy en desacuerdo. Fuera de uno de los episodios mencionados, la violencia de la cinta de Jia dista mucho de ser coreografiada al estilo wuxia. Todo lo contrario: es cruda, brutal y breve; es realista y poco glamorosa. Wuxia, sin embargo, significa “héroe marcial”, y en cierto sentido es la manera en la que Jia presenta a sus personajes. Será labor del espectador decidir si los considera héroes o no.

De manufactura extraordinaria, sobria en su estilo, e inquietante en sus interrogantes, Un toque de pecado nos invita a ver a China de manera distinta: un país comunista en donde el lenguaje es el dinero y la corrupción es el sistema –quizá pueda decirnos, también, algo de nuestro propio país.


1 Jia es el nombre familiar, por lo que también puede ser mencionado como Zhangke Jia.

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Publicado en: Cine