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La Narrativa Completa de Juan José Arreola, editada por Alfaguara, está compuesta por 127 piezas —incluídas en Varia invención, Bestiario, Cantos del mal dolor, Prosodia, Confabulario, Palindroma y Variaciones sintácticas—, una novela: La feria y el rescate de un “texto inédito”. Presentamos, con autorización de la editorial, este “texto inédito”: la crónica de un día de filmación vivido por Arreola cuando participó en la filmación de la película Fando y Lis, dirigida por Alejandro Jodorowski.


A la memoria de Samuel Rosemberg, porque murió purificado en el fuego. Impuro y vivo, perdóname, Sam.
Noviembre, 1968-1969.

Noviembre 29. —Berta me dijo anoche: “Tienes que levantarte temprano. Alexandro pasa por ti a las siete y media. Mañana vas a filmar la escena que le prometiste para su película”. ¿Cuál película? Se me había olvidado que estaba filmando una.

Desperté a las cinco y me quedé en la cama hasta las seis. Orso se levantó a regañadientes, aunque en el fondo le interesaba mucho acompañarme para entrenarse: que va a tomar parte en la película sobre la paz. Qué curioso. Los dos estamos en plan de actores y por poco me saca la delantera en las pantallas. Pero el destino me ayuda para ayudarlo. Aunque no quiero bañarme, me baño a instancias de Sara. Pido una gorra de plástico para no estropearme los cabellos: a lo mejor Alexandro me necesita greñudo. Pero se me olvida y me doy un champú. Desayuno ligerísimo. Nadie llama. A las ocho bajamos a la calle, plantados en la puerta hasta las nueve. Llamo por teléfono a los Estudios Churubusco y nadie me da razón de nada. Rectifico en casa de Berta. Sí, era hoy a las siete y media. Por fortuna a unos pasos, en Lerma, Válery me informa: la filmación no es en Churubusco, sino en el estudio de Corquidi. Llamo por teléfono y me contesta Alexandro: “ahorita mismo paso por ti”. Minutos después llega en Volkswagen. apenas hay sitio para mí, y la presencia de Orso lo desconcierta. casi diría que le incomoda.

Nos apretamos en el coche, que no es Volkswagen sino un Opelito chico. Tres adelante y cinco atrás. Mexicanos por nacimiento y por padre y madre, mi hijo y yo. Vamos vestidos como puestos de acuerdo: todos con pantalones más o menos estrictos, los míos rayados para que hagan juego con saco negro, chaleco gris y bombín. Mujeres: una blanca y rubísima, la más joven de todos. Una holandesa trigueña. Rosie, castaña. Y una negrita de Cuba que fue mi alumna en la escuela de teatro. Hombres: Alexandro (que va vestido con más audacia de la que suele). Un chico de pelo y manos largas, que resulta, detrás de tantas patillas, barbas y bigotes, el niño que yo veía por Mississippi de la mano de su madre, amiga mía. Orso y yo completamos el elenco: fortuna será si no nos detienen por el camino. En la gasolinera de Lerma y Rin, se encienden cigarros. “Espérense. Si no, no llegamos”. Allí se le ocurre a Alexandro hacer un reacomodo, para que yo me sienta o me siente mejor. Iba sobre las piernas de Orso en el asiento de atrás, achicalado a más no poder. Nos pasa adelante a los dos, junto a Rosie que maneja. Entonces me entero de que vamos a filmar en carretera. La rubia va tendida, por encima de todos. Oigo la voz de Alexandro que dice: “A Bahía”, y que sale quién sabe de dónde. Me estremezco pero me tranquilizo. La cosa va a ser en Bahía, que es el balneario de Gelsen Gas.

Hablo y hablo por el camino. No sé de qué. Sólo para llenar el tiempo —espacio angustioso—. Por la colonia de los Doctores ya me duele el pescuezo de tanto voltear para atrás. Tonto: en el espejo retrovisor puedo contemplar a la rubia. Desde allí hasta el aeropuerto, anestesiado por esperanzas  remotas, describo la operación quirúrgica a que fui sometido: “Me quitaron casi todo el estómago, el píloro y medio duodeno”, digo en plan de conquista. En el hacinamiento de atrás, alguien se refiere entonces a ciertas partes del cuerpo humilladas y ofendidas, mientras Gaby dibuja sobre un vientre la cicatriz que describo.

Hemos dejado la ciudad. Vamos llegando a Bahía, qué bueno. Pero dejamos atrás a Bahía. Grandes máquinas socavan el terreno para los agujeros del Metro. Creo que pasamos de largo para encontrar vuelta a la izquierda, pero nada. Seguimos dejando atrás, pero muy atrás el balneario y la casa de mi amigo. Para poner las cosas en claro decido, pienso, comprar tortas de jamón, porque sólo desayuné una manzana, café negro, Compensol, Nardil, Hepadesicol y vitaminas. Pero me aguanto y dejo que el coche siga adelante.

Para combatirla, hablo de la agorafobia que padezco. Alexandro finge no  conocerla  y  las  muchachas  se  interesan  por mi caso. “¿Cómo es posible? Si te sientes mal, nos regresamos”. Me ahogo en la angustia. El paisaje a los lados del camino es cada vez más extraño y desolado. Busco ansiosamente los puestos de socorro: restorantes y centros deportivos, con la idea de hacer una escala. “Ya vamos llegando”, dice Alexandro. “Si tú quieres nos devolvemos, pero allí nomás, donde ves ese anuncio de pepsicola, tenemos la filmación, a un lado de la carretera”. Yo sigo pensando en Bahía. Allí me repongo y de allí a mi casa, protegido por Gelsen Gas. Pero, ¿y las chicas? La más linda decide operarse: “¡Qué bonito vivir sin estómago, para no tener que llenarlo de hambre y de comida!”. Me doy por vencido. ¿Por ganado? Y dejo que me lleven a donde sea. Pasamos el anuncio de pepsi. Allí nomás al infierno. Y que me lleven todos los diablos.

Por fin dejamos la carretera y damos vuelta. “Aquí nomás”. Pero no es aquí nomás, y damos otra vuelta. Subimos por un camino accidentado. Vamos ya por una trocha de tierra suelta y pedregosa. Veo a los lados: bardas de piedra china. ¿Zapotlán? No, más bien Huescalapa. Background a la infancia, con música de Tin marín de do pingüé. Vamos en un coche de mi tío daniel: ¿Overland, Grey, star o chevrolito 1920? Cercas de piedra, baches, atascaderos vacíos porque estamos en las secas. Noviembre. ¿Tienes conciencia del otoño? La consumación del año irrevocable, como dice tu poeta.

“Si quieres, nos bajamos del coche”, propone Alexandro. “Seguiremos a pie para que te vaya dando el aire. A vuelta de rueda. Como tú quieras. Nomás dices. Seguimos o regresamos. Allá arriba hay dos coches más a tu disposición. Y mucha gente. Amigos tuyos. Todos te queremos. Tú dices. ¿Cómo te sientes?”.

Me siento del cocol… “Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal…”. Como lo que escribiste en La feria. Entre broma y broma, entre blasfemia y blasfemia… ¡Pero si no son blasfemias! Sea por Dios. Pero rezas en voz baja. Ni tú mismo te oyes porque allí va la rubia más linda y te mira con sus ojos veteados de miel. Rubia. ¿De deveras? Tú puedes hacer que sea rubia de verdad o rubia de mentiras. ¡Ay Jalisco no te rajes!

Y no te rajas, partido aunque estás por la mitad. ¿Por la mitad de tu alma, coyón? ¿Para qué viniste? Y tu hijo, ¿qué va a decir tu hijo si lloras antes de que te peguen? “Aquí estoy yo contigo. Aquí estamos todos. no te va a pasar nada. No te aguades, papá, por favor…”. Y me amacho. miro el cielo y el paisaje. niños sucios. Puercos chiquitos y limpios que van entre las piernas de su madre, la puerca que parió hace ocho días. Perros que huelen la perra y se van tras ella hasta donde la perra los lleve. Me muero de angustia pero me pego a la vida como un niño de teta. cochinito mamón. “¡Ya llegamos!”, grita Alexandro. Pero no hemos llegado. El coche nos sigue, despacito. “Que se baje también Orso”, imploro como quien no quiere la cosa… “¿De modo que tienes agorafobia?”. Déjate de jaladas…¡Pobrecito! “El Maestro padece agorafobia”. “¿Pero ustedes no lo sabían? ¡Agorafobia! “¿Y eso qué quiere decir?”. Que no puede salir de su casa. Sólo la manita de uno de sus hijos, o de su hermana, o de su mamá… Así sí se la juega. Con Dios o con el diablo, pero con almas que lo acompañen.

Cerca de piedra y milpas a cada lado. el infierno se ha quedado allá, entre Zapotlán y Huescalapa. Ibas con tu tío Daniel, con tu papá y con tus primos. Todos medios hermanos porque don Daniel Zúñiga tuvo muchas queridas y a todas las quiso y todas lo quisieron según su género y su especie. como a los patriarcas. Pero tu padre no quiso más que a una. A una. Tu madre. ¿Te acuerdas? Un golpe de pecho no estaría por demás. Acuérdate. de tu última hora, pecador…

Claro que me acuerdo del Catecismo  Ilustrado y por eso me siento tan mal… La rubia y la morena vienen conmigo. Orso platica con la negrita de Cuba. Me apoyo en sus brazos. “¿a poco te vas a caer?”. Claudico entre la arena y las piedras con el alma en los pies. Pero la memoria no titubea: “Y en ángeles broncíneos apoyada / la Virgen pisa el desollado suelo…”. Llegamos a un pueblo: Santa María de los Huizapoles o algo por el estilo. Ya estamos en la plaza. Veo un gran letrero: Centro de Asistencia o algo así. La Secretaría de Salubridad. Eso es, si te pones malo, aquí te traen… Te ponen una inyección de quién sabe qué y te llevan a México dormido, México lindo y querido. ¡No, por favor!

¡Llévenme a Bahía! Allí me repongo, de veras. Y luego Gelsen Gas me llevará a mi casa para que me den un terroncito de azúcar mojado con alcohol, como el que me daba mi mamá cuando llegaba asustado de la calle…

Pasamos la plaza y la última calle del pueblo se acaba. Santa María de los Desamparados o algo así por el estilo. Ya llegamos. “¿Ves ese árbol? No, no ese que está allí enfrente… el de más allá, aquel que parece un pirul. Allí nomás damos vuelta. El coche nos viene siguiendo; si quieres, nos devolvemos. En veinte minutos estás en tu casa…”. Pienso: en cinco me muero. Llegamos al árbol. Como aquella vez a la orilla de la laguna, busco una rama para colgarme. Pero como aquella vez, me hace falta la reata. “Vas a ver. Un paisaje de Marte”. Alexandro me consuela. “Vas a estar en la luna, sin cohete y sin cápsula. Sin traje espacial”. Me señala niños, mujeres y hombres que nos miran tal como somos: criaturas de otro mundo. “¿Los ves? Vienen todos los días. ayer filmé con casi todo el pueblo de comparsa: Cecil B. de Mille surrealista y sin costo para la empresa. No se daban cuenta de nada y yo encantado, váyanse por aquí, corran para allá. Quédense parados, súbanse, bájense, vuélvanse a subir… Y la cámara agarrando cosas nunca vistas. En este pueblo hay de todo, niños, gallinas, chivos y borregos. Hasta un caballo blanco… Ahora les pedí que me trajeran puercos… El galán de la película es un niño mimado, un idiota corrompido por el amor maternal. Ve puercos por todas partes. El Hijo Pródigo, ¿te das cuenta? Pero en vez de irse de viaje, se enamora y cría puercos en su alma. La muchacha está frente a él, encadenada y desnuda. En vez de acariciarla y decirle te quiero, le echa todos sus puercos encima. La profanación de la inocencia… Naturalmente, se trata de un sueño. Acometida por el mal, fecundada por el maligno, la pureza, bella como un arcángel, óyelo bien, la pureza pare puercos…”. Bruscamente, Alexandro vuelve a la realidad y pregunta urgido a uno de sus ayudantes: “¿Ya están aquí los puercos? ¿cuántos? ¿de todos tamaños?”.

Los puercos que Alexandro necesita para su película yo los llevo dentro, pero no le puedo decir: sácame mis demonios. Sería un milagro. Sigo subiendo, atraído por la pendiente. “Allá arriba, allá arriba te van a crucificar. Entre Sammy y Corquidi”. ¿Quién es el Malo? ¿Quién es el Bueno? Cortésmente cedo el sitio de honor a Corquidi y me coloco a su izquierda, con la esperanza de Dimas. ¡Sálvese el que pueda y que Sammy se las arregle con Gestas! “Te van a clavar en una cruz blanca y desnuda y te dejas llevar. ¿Ya te caíste? Dos cireneas te sostienen: tu corazón es la piedra del tropiezo…”. “¡Pero si no me caigo! ¡Me siento muy bien!

¡Miren cómo brinco, cómo subo corriendo entre las piedras!”. Y para presumir levantas un guijarro y lo tiras al aire. Pero allá en el fondo de tu conciencia, donde nadie puede levantarse, recibes la pedrada y lloras para adentro.

Se acaba el camino y llegamos a la orilla de un cráter. Una mina redonda, gigantesca y abandonada. Tal vez, en principio, el agujero que cavó un aerolito arcangélico quién sabe cuándo y de dónde… De veras, estamos en la luna, en la cueva de Gagarin. esto no es México, ni Zapotlán, ni el mundo, ni el monumento a la madre… Todo se acabó. Un agujero grande como la nada. roca, tezontle, grava y arena que se escurren allí donde fallan los ademes de basalto. A la orilla del vértigo me detengo para que me presenten a toda la compañía. Encuentro caras conocidas, como en un cuadro de Brueghel (el Viejo, naturalmente). Alumnos de la escuela de teatro y del taller. Todos me saludan peludos: maestro. Para no fracasar en la cátedra al aire libre, busco en mi alforja una droga: ochenta miligramos, sólo ochenta aunque el médico me recetó ciento cincuenta. Nos dividimos en dos grupos: los que van primero y los que irán después. Yo me quedo en la orilla más alta, desafiando a las profundidades. Los más avezados se dirigen con los técnicos y manuales, camarógrafos y mozos a lo más bajo del abismo, con la estrella a la cabeza.

El sedante opera. Voy y vengo a la instalación de cámaras: dolly, dolly back, travelling, panning, zoom. Voy y vengo sin motivo, entre el polvo y las guijas, para demostrar que estoy en forma. Inexplicablemente, me pongo a cantar y a  bailar fuera de moda: “Yo soy el Icuiricue, el maca la cachimba”. Rumba a destiempo y mambo fuera de rumbo. Me detengo a ver:

Linda rubita está en calzones de manta a la rodilla y camisa de nasú. Técnicos, camarógrafos y manuales preparan cámaras, reflectores, grúas, rieles y otros deslizamientos. Alexandro, con unas tijeras eróticas, hace cortes en las telas que cubren a mamacita linda. Luego, dice al galán, sea de la pantalla o no: “Vamos a hacer lodo. Mucho lodo. Vengan tierra y agua”. Y el galán, sea de la pantalla o de la vida real, la enloda desde la cara hasta el pecho, tímidamente. Alexandro lo increpa: “¡Enlódala con ganas!”. Siempre hace falta más lodo. Por los agujeros tallados en la blusa, los senos asoman pezones y areolas rosados y limpios. Los botones de rosa que dijera el poeta. La chica me mira de cerca, turbada y valiente. Miro sin ver. Solamente deploro. Venga lodo y más lodo. No se puede negar. El Alexandro Jehová esculpe y modela con lodo sus criaturas. ¿Arcilla original?

Cuando todo está a punto: la muchacha enlodada y el cielo sin nubes, comienzan las tomas. ¿Las toma y daca? Un joven amarillo, delgado y aguileño, con pelo de muchos quilates: “Mientras que competir con tu cabello / oro bruñido el sol relumbra en vano”, carga sobre sus espaldas a la rubia blanca (mexicana por nacimiento, pero la creí extranjera). Pelo corto y blanco. Muerta, sus brazos en cruz se enganchan a los brazos vivos y abiertos en cruz que la sostienen. Van espalda contra espalda. Ella contra el cielo, él contra el suelo. Paso a paso caminan al borde del cono invertido y gigantesco, van por la cornisa del anfiteatro sumergido en que va a vaciarse una torre de Babel que otra vez no llevará al cielo. Tiemblo al pensar que resbale del lomo arqueado y sudoroso y caiga y nos arrastre a todos por el infierno de grava. A la mitad del camino y del panning, Alexandro grita: “¡Tropieza y cae con ella de rodillas, pero sin dejarla caer!”. El actor obedece y nos tiene sin cuidado (me tiene sin cuidado) saber si se lastima o no, ¡con tal de que no la deje caer! “Ahora levántate como puedas”. el actor se rehace de la caída, poderoso. Alexandro se vuelve hacia mí: “Cristo en su Calvario”.

Lo imprevisible: falla en la luz y en la iluminación. Salida de cuadro. Avance rápido del actor o de la cámara que lo toma. Asincronía. El caso es que se repite cuatro veces la escena. La última toma es perfecta. El joven actor no puede más. Cuando cae, ya no sabemos de dónde toma fuerzas para levantarse. Casi desmayada, ella está más muerta que viva. Bajo el sol de noviembre. en su abandono total, los pezones descubiertos resplandecen sobre el  vestido  desgarrado. Después  del  corte, se echa a llorar largo rato.  Pero Alexandro  la  manda  al  otro lado del abismo para tomarlos, a ella y a él, en silueta contra el horizonte.

Esperamos y los vemos surgir, allá en el fondo, hacia su destino de marionetas. allá van, dirigidos por silbidos y gritos, por ademanes que entorpecen el cielo. Pequeños, irreconocibles. Fuera del mundo la acémila y su carga, la hormiga y su prodigioso miligramo.

Llega mi turno y no sé de qué se trata. Llevamos dos horas al aire libre y ardiente. Alexandro ha hecho pacto con el sol y con las espirales vertiginosas que nos absorben a las muelas del molino. ¿A mí nomás? ordena el descenso hacia la tolva circular del torbellino. Para no marearme, ya no miro hacia arriba. Otra vez soy conducido y apoyado en ángeles femeninos. “¡Cuidado, no se vaya a desmayar!”. A la mitad del descenso, grito para que otros me oigan guardabajo: que Orso me traiga mi alforja de libros, bombones y coñac, por si me muero. Seguimos bajando. Ya estamos en el sitio a donde Alexandro quería llevarme: exactamente al centro de la tierra: al crisol plutónico donde todo se disuelve: al último recodo de sus íntimos alambiques: la profunda grieta de la tierra donde la belleza brota como de un manantial. Tres veces golpea la roca. Fallamos dos. Pero a la tercera brota el agua.

No somos nadie. Corquidi, ataviado de rabino irrisorio, dice: “Si mi mujer lo sabe, me pide el divorcio”. Ríe, pero tiene miedo: un miedo que viene de muy lejos, pero que está cerca y es de veras. De veras del Bidasoa. De allá donde los judíos españoles se refugiaron últimos, tras la persecución entre el mar y el cantil. Por el contrario, Sammy está feliz, vestido de ave de presa. Nada ve. Nada le importa. Sólo quiere que muera el pudor, como en los tiempos bíblicos. Que viva la pestilencia, para echarse sobre ella. Por eso Alexandro el Sabio lo disfrazó de buitre: guerrera negra de paño con alambres oxidados. Pantalón de hippie con chistera chafada. Su cara de sapo hace lo demás. Todo él se prepara al impune cachondeo.

Somos tres y no somos nadie. Ella es todo. Allí, en la garganta de piedra. Allí, en la última reconditez de la tierra. Nadie nos ve. Los curiosos no pueden llegar hasta allí. Alcoba sin ojo para la llave. Dos valvas rocosas te guardan, herméticas. La baba escurre por todas partes afuera. Perla. Un molusco enorme te rodea: los cien ojos entreabiertos de la ostra jacóbea: pecte, purpúrea venera o concha de peregrino. La válvula de Santiago. La salida al mar abierto. La entrada al otro mundo. Plusultra y finisterre.

Pupilas bizcas y viscosas de marisco. Sólo yo —¡déjenme que sea yo!— la trabajo lentamente. La cultivo y la redondeo. La perlifico y la pulo con ternura. La veo crecer desde un escrúpulo pequeño y cristalino como un grano de arena… Me duele en mi blandura. Me duele y la cubro con miradas finísimas de nácar, con secreciones alcalinas, con lágrimas calcáreas.

Escribo para entender lo que ha pasado. De la angustia me despeñé a la euforia. No en vano Alexandro el Grande me llevó a un desfiladero. oigo todavía sus órdenes, gritadas desde arriba. Y el zumbido de la cámara en acción me infunde pánico: el curso de la cinta es como el fluir temporal de la conciencia: no puedo trastornar el orden al que me he sometido. obedezco junto al rabino, junto a ella y al zopilote. Soy un muñeco y Alexandro el Sabio me ha dado cuerda: “¡Silencio! ¡Cámara! ¡Acción!”. Actúo sonámbulo, automático  y  deslumbrado. Sólo recuerdo que dije: “mírame a los ojos, cuando te beso los pies”. Pero no me vio y procedí impunemente: “¡Quítenle la ropa! ¡Acarícienla! ¡Uno tras otro! Y tú… ¡no te defiendas! Ahora bésenla… bésenla en la boca…”.

Si me hubiera dicho: mátala, la habría matado. ¿Por qué? Porque así estaba escrito.

La besé en la boca. Después de Sam, que se  la  llenó  de babas. Me dio asco. Sin que la viera la cámara, ella pasó la mano violentamente, limpiándose los labios. Como si supiera. Entonces la besé. Lo que no supe es que tuve, apretado en mi mano derecha, algo redondo y suave como un fruto. Y eso nadie puede verlo en la pantalla: lo que fue mi corazón, estrujado por todos.

Después se filmaron los antecedentes y las secuencias. Después le pedí a Orso los bombones y la botella de coñac. No se dio cuenta de nada. Después vino ella junto a mí y me perdonó el beso que le había dado. Hizo del encuentro un reconocimiento. Me dijo que tenía dieciocho años. Nos olvidamos de todos: ella en un banco de piedra; yo mordiendo el polvo a sus pies. Como si nadie nos viera. Las manos en las manos.

Después subimos juntos la espiral de piedra. Como los pescadores de perlas que salen a la superficie conteniendo la respiración. Dijimos las palabras que son bellas y que no sirven para nada. Le dije que su beso era la gema para el engaste vacío… me dio su teléfono… Le dije que era real… me dijo que todo es un sueño…

Nos trajo de vuelta en su coche el productor de la película. Hablando con él, me di cuenta de que había caído en la trampa. Me pareció elegante no abrir los ojos. Soñé el resto de la tarde y soñé toda la noche.

Soñé que había ido a casa del embajador del  Paraguay y que había oído su conferencia en la Sociedad de Geografía y Estadística. Soñé que no fui a la sesión semanal del Centro de Escritores. Soñé que volví a casa, ya entrada la noche.

Soñé que dormí como todos los días. Le hablé a diana por teléfono para que soñara conmigo, pero no me contestó. Soñé un horno de cal viva, con piedras atizadas hasta el rojo. Soñé que Virgilio me llevaba al infierno, pero sin boleto de retorno. Soñé que Dante Alighieri trabaja en una agencia de turismo.

Desperté solo. Todos mis cómplices huyeron. He tomado parte en un crimen, pero ni siquiera poseo el cuerpo del delito.

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Publicado en: Ciudad de libros

Un comentario en “Un texto inédito

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