Un pódcast para la inmensa minoría

La siguiente reseña propone una forma amena y divulgativa, en el mejor sentido, de acercarse a la música clásica: el pódcast del director Joshua Weilerstein. Un ejemplo exitoso de que se puede analizar, desmenuzar y entender la composición de las grandes obras de la historia sin pedantería.

La llamada “música clásica” siempre ha sido una afición de minorías. En mi país, Colombia, existía una emisora cultural dedicada casi exclusivamente a ella, la HJCK, que se anunciaba como la de “la inmensa minoría” —sigue existiendo, sólo que ahora es virtual. ¿Qué tan grandes son estas minorías hoy en día? ¿Dónde se consume música clásica en el 2023? Los pesimistas dirán que el gusto por ella ha disminuido sensiblemente, que el promedio sólo escucha música clásica, si acaso, en el cine. Todo indica que la gente ya no posee ni la concentración ni el tiempo necesarios para dejarse llevar, o invadir, por una sinfonía, un cuarteto, una sonata. Tampoco cuenta con la paciencia, ni la curiosidad, ni, francamente, las ganas. Ya no existe esa reverencia, entre forzada y bobalicona, con que las clases medias de antes se acercaban a la música clásica, tomándola como un distintivo inequívoco de educación, respetabilidad y buen gusto. ¿Quién reconoce hoy un aria, por ejemplo, o sabe siquiera qué es? Más relevante (o preocupante) aún: ¿a quién le importa? Los valores se han relativizado, y como la cultura ha dejado de ser un marcador transparente de estatus social, la música clásica se ha convertido en una pérdida de tiempo. Y el tiempo es oro. Quien la oye con devoción no puede ser sino un desocupado o un intelectual, lo que vendría a ser lo mismo. El significado de los signos sociales, pues, se ha invertido: el importante, el productivo, es ahora el que no tiene tiempo para esas bagatelas y tampoco se avergüenza de ello. El anti-intelectualismo está de moda. Según esta perspectiva pesimista, la inmensa minoría se ha tornado ínfima, casi invisible.

En realidad, creo yo, hay muchísimos motivos para no hundirse en catastrofismos. En primer lugar, podría argüirse que el mundo de la música clásica nunca ha sido tan emocionante. Más allá de Deutsche Gramophone, que definió el “look” y el estilo de la música clásica en el siglo XX; o Decca, que revolucionó la grabación en estudio, hoy proliferan los sellos discográficos de alta calidad como Alpha Classics, Aparté, Pentatone, Bis, Harmonia Mundi y muchos más. Nunca ha habido tanta variedad, además, en los estilos de interpretación, de la aproximación “históricamente informada” de un François-Xavier Roth y su orquesta Les Siècles al preciosismo de estudio con que Teodor Currentzis abordó las grandes óperas de Mozart.

Cada vez es menos raro que se estrene música contemporánea o se rescaten obras olvidadas. El canon se diversifica, y el público responde con avidez: compositores antes desconocidos o relegados a un segundo plano, como la afro-americana Florence Price o el soviético Mieczyslaw Weinberg, se han transformado de la noche a la mañana en nombres imprescindibles. Al mismo tiempo, los álbumes que se producen, algunos en formato CD con Super Audio (SACD), experimentan con un contenido cada vez más variado, ensayan combinaciones inesperadas y sugieren vínculos antes insospechados. Uno de los grandes desarrollos de las últimas décadas tiene que ver, precisamente, con la grabación de conciertos en vivo: el ciclo de sinfonías de Gustav Mahler ofrecido por el recientemente fallecido Mariss Jansons y la Orquesta Sinfónica de la Radio de Baviera, por ejemplo, uno de los mejores de los últimos años, logra preservar la intensidad de una interpretación en vivo sin sacrificar ni un ápice la calidad del sonido.

A lo anterior debe sumarse el milagroso poder de la tecnología, que facilita el acceso a un gigantesco archivo sonoro. A cambio de una pequeña mensualidad, los melómanos pueden disfrutar en Spotify, Apple Music o cualquier otro servicio de streaming, sus piezas de música clásica favoritas, con niveles de calidad cada vez más rigurosos (Hi-Res Lossless, Spatial Audio, Dolby Atmos). Y si no, ahí está Youtube. Es cierto que algunas de estas plataformas ignoran las especificidades de este tipo de música y las neuróticas exigencias de sus oyentes, pues las más de las veces no distinguen entre compositor, intérprete y orquesta, o adolecen de deficiencias en la catalogación —problemas que Idagio o Apple Classical, por ejemplo, prometieron solucionar. Pero se trata de inconvenientes menores, sobre todo ante la magnitud de la oferta: la multiplicación de canales de música en vivo como Medici.tv o el de la Filarmónica de Berlín —que pasa por uno de sus mejores momentos bajo la batuta de Kirill Petrenko— indican cierto crecimiento en la demanda. Las mismas salas de cine proyectan hoy en día, en vivo, lo que se representa en la Ópera Metropolitana de Nueva York. Para sorpresa de muchos, la iniciativa del Met HD Live ha resultado un éxito a lo largo y ancho del globo. Por primera vez en años, las finanzas del Met han reportado cierta recuperación.

Y están, claro, los pódcast. Junto a los de formato tradicional (los de la BBC, el de la revista Gramophone), han ido surgiendo otros con voces jóvenes, menos ortodoxos, como Crushing Classical o That Classical Podcast, por mencionar dos de los más sugerentes. Ofrecer programas menos herméticos, menos pedantes y pensados para el neófito parece ser la nueva tendencia. Una forma de eludir el carácter intimidante de la música clásica, intimidante por el hecho de que abarca siglos enteros, entre otras cosas. Si alguien desea adentrarse en ella —por lo menos del canto gregoriano a Thomas Adès—, nada como un pódcast amigable, divertido y didáctico que evite caer, al mismo tiempo, en la simpleza o el paternalismo.

De entre todos los disponibles, ninguno mejor para este propósito que Sticky Notes: The Classical Music Podcast, de Joshua Weilerstein, quien ha fungido como director invitado en varias orquestas de renombre. Creado en 2017, el pódcast ha demostrado ser un éxito inesperado —más de tres millones de personas lo han escuchado en más de 165 países, guarismos que medran con el correr del tiempo— y ha cimentado al joven Weilerstein como uno de los mayores divulgadores de música clásica desde Leonard Bernstein. El éxito no sorprende si se toman en cuenta su conocimiento profundo, su habilidad para explicar a los legos cuestiones de gran dificultad, y su dedicación a la hora de traducir los secretos más intrincados del arte musical —el más alto según Schopenhauer— a un lenguaje sencillo y accesible. Además, Weilerstein tiene un estilo ameno, cercano, despojado de artificio o pretenciosidad, detrás del cual se percibe claramente una pasión genuina, muy contagiosa.

Sticky Notes… tomó desde el inicio una serie de acertadas decisiones de producción: los episodios duran una hora, poco más, poco menos; y están dedicados a desmontar y analizar a fondo una pieza específica, ya sea una sinfonía de Shostakovich o un cuarteto de cuerdas de Schönberg. Si bien en ocasiones un episodio puede tratar la biografía de algún compositor (o compositora, como Clara Schumann), o bien incluir una entrevista con alguna figura del entorno musical, en general es el propio Weilerstein, a solas con su voz, quien nos sirve de guía en las partituras que le interesan. Otra de las grandes virtudes del pódcast es el dinamismo: no hay espacio para esas largas y aburridas introducciones seguidas de la obra completa, tan comunes en la radio. En lugar de ello, y fiel a su instinto de director, Weilerstein prefiere dividir la pieza en cuestión en fragmentos, descomponerla en sus elementos, e identificar aisladamente motivos, temas e intenciones que se hacen visibles únicamente al oído entrenado. La idea central es entender y escuchar el funcionamiento de la composición, comprender su articulación interna como si se tratara de una máquina. ¿Por qué Beethoven tomó esta decisión y no otra? ¿Qué conexión puede haber entre el primer y el tercer movimiento? ¿Qué sugiere aquí el uso de los vientos? Al contestar estas y otras preguntas similares, Weilerstein logra que el oyente empiece a pensar como un compositor y a reflexionar como un director de orquesta. La música, de repente, empieza a decirnos algo nuevo y distinto. Nuestra sensibilidad se expande.

Todo lo anterior no quiere decir que el pódcast no tenga sus falencias o, mejor dicho, sus puntos ciegos: el más evidente, y excusable, es la negativa a considerar como grandes artistas a figuras como Richard Wagner —prejuicio entendible en un judío nacido en los Estados Unidos, donde la dificultad para separar al artista de la obra es proverbial. Con todo, no deja de ser meritorio el haber intentado acercarse al polémico alemán, tan conocido por sus óperas desmesuradas como por su antisemitismo. Al final, de eso es de lo que se trata: de atreverse a explorar al otro, de conocer una música otra, de refinar nuestros sentidos y ensanchar nuestra sensibilidad. El motor del auténtico melómano no es otro que la curiosidad, y es con el ánimo de incentivarla que este pódcast persiste y se mantiene, semana tras semana, tenazmente, felizmente.

 

  1. Joshua Weilerstein. Sticky Notes: The Classical Music Podcast. Disponible en iTunes y en Libsyn. 2017-

 

Alejandro Quintero Mächler
Filósofo e historiador, es doctor en Culturas Ibero-y Latinoamericanas por la Universidad de Columbia.

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Publicado en: Carta de recomendación