La retrospectiva de Ulises Carrión que se inauguró en el Museo Reina Sofía y ahora está en el Museo Jumex demuestra lo inabarcable del artista mexicano que transitó por letras, objetos e ideas con la misma libertad.

Para Guy Schraenen, la exposición Querido lector, no lea, de Ulises Carrión,“se perdió en la traducción”. Desde el punto de vista del curador, amigo y colega del artista, el montaje en el Museo Jumex resalta al personaje, mientras que en su versión original, exhibida en el Museo Reina Sofía, en Madrid, la intención se concentraba en la obra de un creador que se dedicó a explorar la escritura como una problemática, desde una perspectiva de creación más conceptual y no meramente teórica.

Tabla, 1977. Tinta manuscrita sobre papel y sobre cartón. Colección particular, París
Para Schraenen debe resultar extraño el interés que despierta la figura de Carrión al punto de casi opacar su obra. Quizá le resulte difícil entender esta aproximación pero, en un país acostumbrado a los caudillos, es fácil recrear historias de héroes solitarios y gentrificar su leyenda (el curador se quejó pues al Museo le pareció fuera de lugar que en la inauguración de la retrospectiva se tocara música de Jorge Negrete como parte de un diálogo divertido con la obra). Parecería que la versión mexicana exalta la figura de Carrión, su huida y regreso a la literatura (mexicana), mientras que la edición española subraya la explosión de su propuesta integral desarrollada en Europa. Dos versiones que en realidad integran una, porque lo interesante de la curaduría de Schraenen es su entendimiento de Carrión como un “artista del mundo”, un creador sin pasaporte cuya tierra es la creatividad. El enfoque del curador y editor de origen belga se centra en el trabajo de Carrión sin que nacionalidades e idiomas que bloqueen el entendimiento. Schraenen subraya el proceso, la idea y su eco, en un discurso que le sugiere al espectador las apuestas de Carrión, que orgánicamente se integraron en su devenir artístico, más como un espíritu y una actitud que como un modelo a replicar.
Carrión (1941, San Andrés Tuxtla, Veracruz-1989, Ámsterdam, Holanda) es un prepunk del arte: él mismo lo hace, lo rompe, lo borra. Se rebela a un sistema que lo expulsa constantemente; se autoexilia de una sociedad que lo repele, se “marcha” de la literatura para hacer desescritura y narrar las estructuras que tanto lo intrigan. Escribe como si creara patrones y crea patrones visuales para escribir teorías.
En una época de Blue Chip, como califica Mark Spiegler, el director de Art Basel, al “revival” y/o rescate de artistas que son “tesoros escondidos del mundo”, es casi imposible no caer en la tentación de exaltar aún más al personaje en cuestión. Al fin y al cabo, lo que el público desea son historias de éxito; historias de héroes románticos que esquivaron y rechazaron al mercado y que al final, aunque autosacrificados, “le ganaron” al sistema con una aportación tan energética que logró infiltrarse. ¿Qué pensaría Carrión de ver su obra expuesta en un museo? ¿Rechazaría la legitimización o le agradaría la posibilidad de saberse acompañado en la realidad paralela del outcast?
El boom de los artistas desconocidos traza una historia alternativa del arte, de la cual Carrión forma parte según escribió el especialista Maike Aden en el catálogo español de la muestra. Un descubrimiento que en el siglo XXI reconfigura —no sin un toque romántico— la genealogía de las influencias del arte del siglo XX.

Libellus. Una publicación de arte correo mensual, 1981. Impresión sobre papel. Archive for Small Press & Communication, Centre for Artists’ Publications, Weserburg, Bremen
En un mundo consumista en donde todo, hasta lo auténtico, es rápidamente asimilado y serializado, la mayor obra de arte es permanecer en la periferia. Se requiere talento, inteligencia y mucha creatividad para mantenerse a raya. Para inventar estrategias que repelan al sistema sin perder el sentido de la búsqueda artística permanente. Se necesita mucha energía, mucha valentía y mucha imaginación para estar en el margen. Sobre todo se exige un compromiso artístico, lo cual en sí mismo es una práctica en extinción. Esa necedad creativa, esa constante búsqueda —traducida en investigación y acción plástica, visual, performativa, teórica— es la fuerza de la obra de Carrión. La que está presente en sus libros de artista, en sus archivos, en sus irónicas clasificaciones de fichas para categorizar en orden alfabético, por ejemplo, a “personas tan ambiciosas, so pushy”, sus textos-pentagramas en los que persigue a la poesía o en sus recopilaciones de letreros y rótulos que integran una serie de “autorretratos” bizarros en donde el único parecido es su nombre. Cabe señalar que no era un artista que producía en solitario, su trabajo fue colaborativo, tal como lo es el quehacer de la edición. Sus proyectos requerían la participación de ajenos, su mente necesitaba la confrontación con otros.
La diversidad del trabajo de Carrión exhibe la curiosidad intelectual que lo llevó a crear un laboratorio en el que sus piezas son la “comprobación” plástica y visual de sus teorías y sus libros la formulación de sus imágenes.
Tanto Joao Fernandes, curador del Museo Reina Sofía, como Guy Schraenen (ambos forjadores de esta muestra), han hecho hincapié en que Carrión renunció a su carrera de escritor al abandonar poco a poco sus textos literarios convencionales a mediados de la década de los setenta. Sin embargo, desde mi punto de vista, su obra refleja, más que una renuncia, un desplazamiento hacia otras formas de escritura en múltiples soportes (planos, bidimensionales, tridimensionales, analógicos…). Si bien su entusiasmo por el estructuralismo (el cual profundizó en periodo de estudios europeos) es visible en sus proyectos, es evidente que su preocupación por la forma ya estaba presente en su literatura. Pero tal vez la página —con su caja tipografía y definición “clásica”— le resultaba insuficiente. Sus ideas se salían de ese soporte que no lograba sostener sus inquietudes más conceptuales sobre la plástica de lo escrito. ¿Dejó de escribir? No lo creo.
Al contemplar sus obras sobre el lenguaje (como la que da nombre a la exposición) de inmediato se piensa en la Poesía Concreta y en la apropiación del método antropofágico brasileño del que Carrión se sirvió para metabolizar sus planteamientos emergentes en el mundo —sobre todo en Europa— y así marcar un Fluxus propio. Fue un artista que no sólo supo ver su presente, sino que se dispuso a devorarlo para intentar ver desde otras perspectivas, utilizando herramientas de su tiempo en propuestas que rompieran realmente con su tiempo.
El “arte correo” (el explorado por el grupo Fluxus en la década de los sesenta) le sirvió para afianzar teorías y también para proponer enfoques distintos; sobre todo, para explorar las posibilidades de una escritura abstracta, tal como lo menciona en su correspondencia con Octavio Paz, publicada en la revista Plural en 1972. Este diálogo impreso está exhibido junto con sus libros y publicaciones de ayer y hoy, y su despliegue podría asumirse como la aceptación del éxito literario del autor pero, ¿por qué no plantearlo como una exploración formal? Este montaje me hace pensar que Schraenen tiene razón, y la exposición “se perdió en la traducción” y los escritos se presentan como documentos. ¿Cómo se verían estos libros exhibidos como esculturas? El libro, como afirma Carrión en su popular manifiesto El arte nuevo de hacer libros, no es sólo un texto ni sólo un objeto.
Sus videos nos llevan a la certeza de que un libro también puede optar por un soporte animado y/o performativo: ejercicios que no se limitan a ser una traducción narrativa, sino que exploran la problemática más conceptual sobre el acto de escribir y la posibilidad de hacer literatura desde otros medios. No se trata únicamente de jugar con el texto o con la visualidad y volumen de la palabra, sino de tomar el texto como un hecho expandible. Sus escritos teóricos son experimentaciones formales que recurren a las estrategias planteadas por los conceptualistas. Así como el minimalista Sol Lewitt multiplica la línea y la deconstruye para construirla en realidad, Carrión hace lo propio con las palabras. Deambula en la frontera entre literatura y artes plásticas incomodando a ambos medios, provocando con “mala” factura —como puede ser vista con ojos plásticos solamente — o con su textos… ¿Cómo no va a incomodar si se le quiere encasillar? Su trabajo es tan obsesivo como la investigación del negro en Pierre Soulage y tiene la misma intensidad conceptual que la que logra darle vida al fieltro en Beuys.

Invitación a la exposición Stamp Art, 1976. Estampación sobre papel. Archivo Lafuente
Lo interesante de esta exposición —la más completa del artista hasta la fecha— radica en la posibilidad de imaginar los procesos. Observar cronológicamente las piezas de Carrión quizá nos ayude a ver cómo el gesto de las letras se fue haciendo abstracto; cómo se fueron diluyendo las fronteras, cómo renunciaron el significante y el significado para convertirse en una mancha, al igual que el pintor inglés Turner se alejó de la figuración para encontrar en la abstracción una fuerza incontenible y conectar con el otro.
La gran obra de Carrión no se limita a su exploración teórica y visual ni a su interés por proponer al libro de artista como un género o a la creación de redes en el arte coreo ni a sus performances narrativos ni a sus exposiciones literarias (como El gran robo, acción que encierra un cuento en un diamante y en su posibilidad de ser robado). Tampoco se limita a su aproximación a lo popular —como en el caso de su trabajo sobre Jorge Negrete— al que desentraña a partir del estructuralismo. Su legado está en la provocación: invita a un Octavio Paz hambriento de contemporaneidad a repensar sus Topoemas; traslada a una estrella mexicana en declive como Lilia Prado a Ámsterdam en una investigación performativa sobre la fama. La aportación de Carrión está en la gravedad de “curar” o “editar” una forma de archivar para así configurar un discurso, una huella, y cuya herencia es practicada por otros artistas como Mónica Mayer y Víctor Lerma y su archivo Pinto Mi Raya. Al crear estrategias colectivas, Carrión también mató al autor para darle vida al promotor, renunció a la institucionalidad del sistema para idear tácticas alternas más poderosas en su impacto que las oficiales.
Ulises Carrión es de esos artistas cuyo legado está en el curso mismo del arte. Su herencia está en la confusión que creó en su momento, en la reflexión a la que invita, en la puerta que abre a la discusión tan necesaria para no adormecer. Dicen que no buscó el reconocimiento, y como espectador de hoy no me importa si lo hizo o no. Si bien me atrae el personaje, me atrapan más su eco y las conexiones con obras de otros artistas.
Si el espectador quiere ver piezas “impactantes”, no vaya; si el lector quiere leer textos, absténgase; pero si el visitante busca descubrir la construcción de una mente artística, tómese un par de horas para leer los videos, contemplar los libros, pensar los dibujos y pasear esta exposición como si se tratara de un destino, un lugar donde la escritura se diluye en la imagen y viceversa.
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Repaso de nueva cuenta la exposición Querido lector, no lea y no puedo dejar de pensar en los textiles islámicos: aquellos primeros textos sin palabras que narraban historias que aún podemos intuir y leer desde su visualidad. No hay palabra escrita pero hay historia, hay signos, colores que unen, entre puntos, tradición, concepto, historias y futuro. La obra de Carrión me invita a sentir y contemplar esa totalidad del texto, en la cual la lectura convencional no es necesaria.
Miriam Mabel Martínez
Escritora y tejedora. Colabora en Laberinto y escribe una columna quincenal en Excélsior.