Según ha contado él mismo en un par de ocasiones, Donald Trump quería ser director de cine. El magnate incluso llegó a presentar una solicitud para entrar a la escuela fílmica de la Universidad del Sur de California, la misma de George Lucas, John Carpenter y Sam Peckinpah. Cambió de parecer cuando descubrió que había más dinero en los bienes raíces que en la taquilla. Sin embargo, su campaña política a la presidencia de Estados Unidos demuestra que el amor de Trump por la ficción permanece intacto.

En su primer spot, un narrador repite la promesa de que el empresario construirá un muro para frenar la migración desde México hacia Estados Unidos. Al fondo se muestra un video en blanco y negro en el que se ve a decenas de personas correr desesperadas hacia lo que parece un cruce fronterizo. Cuando se descubrió que el material correspondía a lo que había captado un periódico italiano en el límite entre Marruecos y Melilla, la campaña de Trump aseguró que el supuesto error había sido intencional.
Era obvio: la idea, muy trumpiana por cierto, no era reflejar la realidad sino plantar la semilla de una imagen en la mente de los votantes. Fotogramas no muy distintos a éstos de la película World War Z, en los que miles de zombies (que, coincidentemente, estaban del lado palestino) literalmente desbordan el muro que los separa del Jerusalén judío. (“Mexican border 2017”, escribió hace poco un usuario en la sección de comentarios del video referido en YouTube).
Por eso tampoco sorprendió la retórica del republicano en el discurso con el que cerró la convención nacional de su partido hace un mes; más cerca de una película de terror que de los catorce puntos de Wilson. “Más de 180 mil inmigrantes ilegales con antecedentes criminales, con órdenes de deportación de nuestro país, andan sueltos esta noche para amenazar a ciudadanos pacíficos”, advirtió de forma ominosa el empresario. “¡Maldita sea!”, respondió el comediante John Oliver. “¡Parece que [Trump] está a punto de anunciar los primeros Juegos del Hambre anuales!”, ironizó el presentador, con otra referencia cinematográfica.
En la época Reagan, la paranoia colectiva estadounidense a una invasión parecida —aunque en ese entonces soviética— se materializó en la película Red Dawn de 1984 (sin relación con el Rojo Amanecer de este lado), entre otros productos culturales. En el filme, tropas nicaragüenses, cubanas y soviéticas caen del cielo literalmente en una cancha de futbol americano preparatoriana en Colorado. A la fecha, no hay una película hollywoodense que haya ampliado esa metáfora para incluir a los supuestos paracaidistas mexicanos, cuya amenaza es menos de filosofía política y más de xenofobia rancia. Ante la falta de un largometraje, los estadounidenses se enfrentan a los trailers —bien verbales o audiovisuales— de la campaña Trump. Para combatirlos, académicos, especialistas, activistas y periodistas han denunciado una y otra vez las falsedades en el discurso del republicano: las imprecisiones estadísticas en sus palabras, la caprichosa realidad verificable en la cual los inmigrantes son menos propensos a cometer crímenes que los ciudadanos estadounidenses blancos. Sin embargo, y por lo que parece, nada ha servido para frenarlo.
En cierto sentido es lógico, porque ¿quién le haría caso a aquel ingeniero gris que asegurara que el Titanic no se hundió como en la película, sino con una rotación distinta en el colapso o un ángulo de inclinación diferente al quebrarse la proa? A veces, como lo demostró también el reciente caso del Brexit, los votantes preferimos narrativas antes que estadísticas. ¿No tendría entonces más éxito que la oposición a Trump se expresara en una contracampaña audiovisual, fílmica? Mejor aún, imaginemos que, por una de esas cosas que —decimos— sólo pasan en las películas, Donald Trump fuera sometido a un experimento psicológico en busca de obliterar su racismo, xenofobia y estrechez de miras. Como en Naranja Mecánica (el chiste dermatológico se cuenta solo), Trump sería colocado en una sala de cine, frente a una pantalla sin poder cerrar los ojos, y entonces programadores mexicanos le recetarían las dosis requeridas de películas contemporáneas de migrantes.
Puede ser que el menú fílmico incluyera A Better Life, el drama familiar que le valió a Demián Bichir su nominación al Óscar como mejor actor en 2012; una ceremonia que Trump probablemente sintonizó aunque quizá sin ponerle mucha atención al barbudo que salía a cuadro, a veces, junto a Brad Pitt y George Clooney. La película, en la que un padre al que le roban su camioneta lucha por alejar a su hijo de la vida de pandilleros latinos en Los Ángeles —una especie de Ladrón de Bicicletas entre tatuados—, no es un parteaguas en la historia del cine, pero tiene la dosis necesaria de sentimentalismo simple que a veces funciona bien hasta con los cínicos.
No vendría mal que también le prescribieran a Trump una de las mejores y más poderosas películas de tema migratorio en los últimos años: La Jaula de Oro, de Diego Quemada-Diez, migrante él mismo, español nacionalizado mexicano. En la película —ganadora en Cannes, triunfante en los Arieles, una de las cintas nacionales más premiadas de la década— tres jóvenes guatemaltecos y un indígena tzotzil se unen en un viaje a bordo de la infame Bestia para llegar hasta Estados Unidos. Narrada con honestidad, de manera íntima, La Jaula de Oro destaca por ese desenlace brutal y desolador al que alude el título del filme frente al cual Trump no podría cerrar los ojos ni literalmente.
El ciclo se prolongaría un par de días más. Se proyectaría Norteado, Sin Nombre, A Tiro de Piedra. Habría documentales, largo y cortometrajes; habría tantas películas sobre el desierto que la sala empezaría a empolvarse. Movidos por un entusiasmo febril y esa exaltación inasible de quienes creen estar haciendo algo que cambiará al mundo, los programadores podrían llegar a cometer excesos y obligar a Trump a ver la más reciente película transfronteriza de Eugenio Derbez o aquella en la que Adam Sandler se enamora de una despampanante sirvienta mexicana que en la vida real nació en Sevilla.
Sin embargo, durante todo el festival improvisado, habría un pequeño mosquito concienzudo dando vueltas en la cabeza de los programadores, atolondrándolos con una pregunta clave: ¿por qué no proyectamos Los Bastardos? Estrenada en 2008, la segunda película de Amat Escalante cuenta la historia de Jesús y Fausto, dos mexicanos indocumentados en Los Ángeles que se apuestan afuera de una tienda de bricolaje durante todo el día para ofrecerse como albañiles, y que sufren su cuota de racismo ruin con unos gringos que los insultan en el parque y les lanzan una lata de cerveza. El padre de Escalante cruzó ilegalmente la frontera estadounidense antes de que él naciera y uno de los actores de la película fue detenido por un policía en el aeropuerto de Niza cuando Los Bastardos iba a ser presentada en el festival de Cannes. “Le dije que venía al festival, pero no me creyó; se rio”, contó entonces a Reforma el mexicano Rubén Sosa, oriundo de Tepito.
Suena como la película perfecta para el proyecto Naranja Mecánico.
Y entonces pasa lo inevitable y alguien levanta la mano para recordarle a los demás la segunda parte de la cinta. A saber: los dos mexicanos entran por la ventana, de noche, a la casa de una familia en un suburbio angelino donde todos tienen alberca en el patio. En la sala encuentran a una rubia madre soltera. Rubén y Fausto, armados con un rifle automático en la mochila, llegan con intenciones distintas a las de un vendedor de Biblias.
Es la peor pesadilla de Donald Trump y compañía. Es la escena de los paracaidistas cubanos en Colorado pero con una puñalada de terror frijolero en el estómago. Es la invasión mexicana —asesina y sexual, como predijo el mercader inmobiliario— en lo más íntimo del espacio estadounidense: la casa que cada ciudadano de ese lado de la frontera defiende como si fuera una república independiente. Y la filmó un mexicano.
Es una muy buena película; es sobre migrantes; ¿deberían ignorarla los programadores?
“Los que se ofenden más son los norteamericanos de izquierda”, dijo alguna vez Escalante, “[…] dicen que estoy subrayando los estereotipos y que esto no le ayuda a los mexicanos”.
¿Tiene la obligación un cineasta nacional de hacer cine que ayude a los mexicanos? Si vas a Cannes, ¿tienes que “hablar bien de Aca”? ¿Cómo le iría a un director sirio que presentara una película en la que dos de sus compatriotas ingresaran como refugiados a Alemania para después agredir sexualmente a un par de mujeres y finalmente inmolarse entre consignas yihadistas frente a la Puerta de Brandemburgo?
Después de Los Bastardos, la siguiente película de Escalante, Heli, fue vilipendiada por ciertos comentaristas de prensa antes siquiera de que fuera estrenada en el país. La razón: mostraba escenas de una violencia extrema en el contexto de la llamada guerra contra el narcotráfico que dejaban mal parada la imagen de México y los mexicanos. El año pasado, habitantes de Ciudad Juárez organizaron una protesta callejera en contra de la película Sicario, de Denis Villeneuve, por la imagen que daba de Chihuahua. Los manifestantes admitieron, entre una consigna y otra, que no habían visto la película. ¿Hay una censura retrógrada y otra progresista?
La razón original de ser del festival de cine imaginario era combatir la visión de túnel de Donald Trump. Ignorar Los Bastardos sería como volverse vegetariano pero usar zapatos de cocodrilo.
El fascinante peligro de la ficción no sólo está en que nos caiga bien un matón como Tony Soprano (aunque también), sino en que su naturaleza misma es la del juego de perspectivas, la confrontación de miradas, la puesta en común de la experiencia o la imaginación humana. Abrir un libro o entrar a una sala de cine es estar dispuesto a salir de nosotros mismos. Cuando se estrenó su película, Amat Escalante dijo que no creía que los migrantes mexicanos fueran asesinos. “Los que están buscando esos estereotipos los encuentran”, argumentó el realizador para quien la película era una oportunidad de mostrar el grado de violencia al que puede llevar la explotación.
Quizá por eso fallaría el experimento fílmico con Trump, como falló con el protagonista en la película de Kubrick en la que parecía que todo había salido bien hasta que, en los segundos finales de la cinta, Alex entretiene en su mente la imagen terriblemente cinematográfica de una violación que los espectadores imaginarios aplauden. El cuidado tratamiento clínico a 24 cuadros por segundo queda anulado cuando se presenta el siguiente estreno que nos vuela la cabeza. Porque el cine, lejos de someterse con docilidad para usos medicinales, demuestra casi siempre ser una enfermedad incurable.
Los Bastardos está disponible aquí, a través de FilminLatino