Tres niñas juegan en el pasto

Tres niñas juegan en el pasto

Tres niñas hacen piruetas en el pasto
a un costado de la Torre de Rectoría.
Llevan moños en la cabeza, zapatos blancos.
Después del juego beberán agua,
se acostarán panza arriba y cerrarán los ojos.
Una hormiga surcará holanes de colores
y la tierra sentirá el peso de sus cuerpos.

Una fotografía es un documento que se pliega a los contornos del domingo.

18 de septiembre de 1968
Rodean Ciudad Universitaria tanques y camiones:
la piedra volcánica sentirá el peso de diez mil armas con sus hombres.

Un domingo por la tarde,
tres niñas hacen piruetas
a un costado de la torre.
El pasto está verde, el día nublado,
cuando se cansen, se tirarán panza arriba y se pondrán a soñar.

18 de septiembre de 1968 – Ciudad Universitaria

Mil quinientas personas aprehendidas
por miembros de las fuerzas militares.
Frente a la Torre de Rectoría,
las manos sobre la cabeza, pecho tierra:
prohibido alzar la mirada,
                                            susurrar palabras,
                                                                           ponerse a cantar.

La caballería mecanizada, el batallón de fusileros, los ingenieros de combate, las guardias presidenciales, el batallón Olimpia escucharán la voz del poeta.

          Ésta es Radio Filosofía y Letras transmitiendo
          desde Ciudad Universitaria primer territorio libre de México.

18 de septiembre de 1968 – Ciudad de México
Muere Felipe Camino Galicia de la Rosa, León Felipe.

Esta fotografía es un documento de lo que está por venir.

Dos mujeres embarazadas pedían insistentemente permiso para ir al baño.
Hallaron folletos y propaganda, ropa interior, fotografías pornográficas, una tira de preservativos.

Tres niñas.

Menos mal que llegaron a tiempo.

Hacen piruetas.

“Se estaban desarrollando actividades ajenas a los fines académicos”.

A un costado de la Torre de Rectoría.
 
“Se esperó con toda la paciencia a que volviera la cordura”.

Cuando se cansen del juego, se recostarán panza arriba
y el pasto sentirá el peso de sus cuerpos.

Se tomarán de las manos, y las tres niñas que jugaban a hacer piruetas cantarán con fuerza.

Como tú, piedra pequeña; como tú, piedra ligera, como tú; canto que ruedas…

Alguien que cree en los recuerdos les tomará una fotografía.

“Las fuerzas militares han restablecido el orden”.

Tú eres la más pequeña
a punto de lanzarte,
las manos sobre el pasto,
los pies en el aire,
a veces te preguntas
qué se siente volar,
qué se siente
morir.

Detrás de ti una caja, dos aves, un proyecto político,
una cabeza flotante que habrá de caer.
Marzo, 1961. Tres niñas juegan a dar piruetas
a un costado de la Torre de Rectoría.

Pasará el tiempo, llegarán soldados,
pasará el tiempo, crecerán las niñas,
pasará el tiempo, volverán como policías,
pasará el tiempo, morirá la niña
y jugarán otras y darán piruetas y cantarán canciones.

Ojalá alguien te hubiera dicho que de este mundo no se mueve nadie,
no importa cuántas veces vuelvan los tanques.

Tres niñas juegan a un costado de Rectoría.
Tres niñas quieren romper el orden.
Van a volar.

* * *

 

El poema “Tres niñas juegan en el pasto” forma parte de un libro-álbum en proceso, que comencé a trabajar en 2022, meses después de que mi padre me entregara una caja de cartón llena de fotografías. La caja esperó paciente en el último entrepaño del librero hasta que una tarde me decidí a abrirla. Explorar las imágenes de mi caja-álbum; ver edades desconocidas de las personas de mi familia; contemplar rostros que se parecen, pero que no terminan de ser los que yo frecuento o frecuenté; preguntarme por aquellas personas que no reconozco, pero que forman parte de mí me llevó a explorar el álbum con una mirada detectivesca, centrada en los detalles, en las posibles historias. De todas las imágenes contenidas en la caja, elegí aquellas que me punzaban, que me decían cosas, para formar parte del libro. Quería traducir su lenguaje con mis palabras, escribir con ellas y desde ellas. Esta escritura comenzó en la necesidad de localizar en las imágenes un elemento familiar que legitimara mi historia.

Quienes hemos quedado huérfanas estamos llenas de preguntas. El pasado se oculta detrás del velo de la pérdida, abrazado a un silencio que nunca habrá de romperse. Hay cosas de nosotras que sucumben cuando otros mueren, cosas que no sabíamos que existían. Yo las busco en las imágenes del recuerdo, para ver si es posible descubrirme en ellas. En ese andar, tropiezo con una historia grande, tan grande que no cabe en el nombre de mi madre ni en el árbol genealógico ni en las fotografías. El álbum familiar se rebela y revela que el encuadre no es suficiente para delimitar el cosmos. Las imágenes son recuerdo y son política, son historia y silencio, palabras que no habrán de volver y narraciones extendidas en el espacio-tiempo.

Me acerco al trabajo sobre el archivo de mi familia primero con un afán etnográfico para indagar sobre mi linaje. Sin embargo, muy pronto la pared instalada entre los documentos y mi cuerpo se quiebra. El principio arcóntico que procuré establecer pierde sentido, y el poder de la archivista pasa de mí a las fotografías que me imponen su historia. La descripción queda de lado para dar lugar a otra manifestación de la palabra: la poesía. Sólo con ella logro enunciar el punctum barthesiano que desgarra la imagen. La escritura de este nuevo libro se va materializando entre observación y palabra. Ojos, lengua, tacto y también memoria —la mía, la compartida y la inventada— confluyen en esta relación entre imagen y palabra, que adquiere cuerpo en el poema. La imagen, diría Didi-Huberman, “es una huella, un rastro, una traza visual del tiempo que quiso tocar, pero también de otros tiempos”; aquellos del antes y el después de ésta, tiempos que no aparecen retratados, pero que están ahí, aglutinados en la luz devenida forma.

Consciente de que las escenas de mi álbum se repiten de manera casi infinita, por lo menos en todas las familias que pudieron comprar una Kodak a mediados del siglo XX, asumo el reto de posponer lo obvio, el momento de supuesta felicidad que el retrato arroja, para enfrascarme en lo que permanece fuera del marco. Pero no se trata de negar la imagen, sino de incentivar un diálogo entre ésta y el universo que padeció su instante. Una niña a punto de arrojarse sobre el pasto es tan solo un intervalo —capturado por la cámara— de un espacio colmado de tiempo. Pasado, presente y futuro se depositan en las capas de historia que evoca la imagen. Es por ello por lo que el devenir de ésta también es político, en tanto no puede obviar lo que su existir torna evidente: la presencia de un mundo que hace historia. Si la escritura de este libro parte de la observación y del trabajo con las fotografías de mi álbum familiar, sus versos buscan producir nuevos sentidos que rebasen mi búsqueda identitaria —legítima, pero acotada—, para hablar del tiempo extendido de la gente. A esta serie de recuerdos extendidos pertenece el poema “Tres niñas juegan en el pasto”: mi madre está a punto de hacer una pirueta a un costado de la Torre de Rectoría, el resto de la imagen es el tiempo de lo que fuimos y de lo que seremos, allí también reside la poesía.

 

Lucía Pi Cholula
Escribe poesía, ensayo, reportaje y relato de viaje. Autora de Este mapa no es de Berlín, ha publicado en Revista de la Universidad Nacional, Revista Común, Gatopardo, Periódico de poesía, entre otros.

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Publicado en: Florilegio