Andrés Neuman, El fin de la lectura, Oaxaca, Almadía, 2013, 148 pp.
Siempre me ha dado pena aceptar en público—y en privado, y en lo íntimo—que con frecuencia paso largos periodos en los que no puedo leer o escribir más de dos o tres páginas seguidas. Prefiero los géneros “cortos”, pero hay algo de penoso en reconocer eso en público frente a una comunidad de lectores; aunque no habría por qué, un libro de ensayitos o poemitos se ve fácilmente intimidado por, digamos, un novelón de Krasznahorkai—o cualquier otro húngaro, comorano o kazajo impronunciable—y es fácil sentirse apenado por leer apenas unas cuantas paginitas frente al lector insaciable de novelas que devora palabras a granel.

Por ello, quizá, quedé fascinado inmediatamente por lo fulminante del estilo de Raymond Carver cuando lo leí por primera vez. Con menos de 500 palabras, el escritor norteamericano lograba lo que pocos pueden hacer con 500 páginas. Y cuando leí uno de sus ensayos sobre su forma de leer y escribir conseguí la paz y validez para poder leer como lo hacía, y sigo haciendo, sin sentir remordimiento intelectualoide-cultural: “Get in, get out. Don’t linger. Go on”, decía Carver. Así de sencillo debía ser escribir y leer para él: entrar y salir, casi sin detenerse y seguir adelante. Como si uno no quisiera dejar que el rito y el entusiasmo desaparecieran al toparse con alguna palabra que lo devuelva al letargo.
Ahora bien, mientras leía El fin de la lectura del escritor argentino Andrés Neuman, las palabras de Carver regresaban constantemente a mí. En esta colección—bien curada, seleccionada y editada—de narrativa corta, Neuman ostenta una pluma bien afilada que, sin importar el personaje o el tema, cala en quien lo lee. No se trata sólo de oraciones cinceladas con atención y delicadeza, sino de una invitación casi perpetua a repensar las formas propias de lectura, sin la necesidad de decirlo o gritarlo expresamente.
Cada cuentito es diferente, tanto en formas como en fondo; no obstante, las sensaciones producidas se perciben similares: fusilazos de belleza entremezclados con dolor y agonía, ráfagas juguetones que, dentro de sí, llevan escondidos pedacitos de malestar que saben aparecerse a cada tanto. La escritura de Neuman, en este sentido, sabe tocar las notas indicadas tanto con precisión como con cautela, provocando una sensación de lectura igual de integral y polifónica que cualquier pieza narrativa de largo, sino es que de larguísimo, aliento.
El fin de la lectura no transcurre afablemente frente a los ojos del lector; por el contrario, lo lleva a uno a tirones y tropezones por sus palabras. El final de casi cada pieza te tumba, obligando a pensar —no sólo sobre los temas de cada uno, sino sobre la lectura y escritura en la mayoría de los casos—, al mismo tiempo que el principio del siguiente cuento, que se alcanza a otear desde la caída misma, te fuerza a continuar con la lectura, sin tiempo para digerir las palabras anteriores.
Y esta lectura entre tumbos y tropezones, atropellos y frenones, es profundamente disfrutable, a sabiendas que algo queda por delante. Al final del libro, Neuman aclara: lectura y escritura sirven para celebrar al lector, logrado a lo largo de las páginas de El fin de la lectura, al sentir tanta y tan honda punzada al leerlo. Frente a estos cuentos se antoja seguir las recomendaciones de Carver: “Get in, get out. Don’t linger. Go on”, aunque vale la pena hacerlo, con la expectativa de la última oración del libro mismo, con “todo el lenguaje por delante”.
Raúl Bravo Aduna (@rbaduna) es ensayista y editor.