Basada en la idea de que todos los cuerpos de agua están conectados, la obra de la artista colombiana Carolina Caycedo (Londres, 1978) investiga los efectos de las presas a lo largo y ancho del mundo. Parte de Be Dammed, su proyecto multidisciplinario de largo plazo, es la colaboración con comunidades en resistencia para crear “cosmotarrayas,” o redes tejidas a mano y intervenidas con símbolos que reflejan la importancia del agua para comunidades ribereñas y para la interconexión del mundo. A lo largo de la pandemia, Caycedo colaboró con comunidades en varios estados de México para crear una cosmotarraya hecha a medida para el Museo del Chopo.

Caroline Tracey: ¿Cómo describirías tu instalación en el Museo del Chopo?
Carolina Caycedo: El Espiral para Sueños Compartidos es una instalación de gran formato que ocupa la Galería Central del Chopo y que está pensado para ese sitio específico. Es una espiral que comienza con una red muy grande y va de forma descendente, como haciendo una espiral hacia adentro, y está conformada por trece redes que vienen de cuatro territorios de Jalisco, de Nayarit, Oaxaca, de Baja California. Sigue una serie de piezas escultóricas hechas con redes artesanales. Cuando recibimos estas trece redes, coloreamos las pinturas, les damos unas formas más escultóricas, también inspiradas en esa forma en que la retoma cuando se lanza justo antes de entrar al agua que se abre. Tres de las redes están extendidas en toda su circularidad para que el público pueda apreciar la tecnología del tejido: una telaraña que usamos como un lienzo, porque entonces ahí, sobre esa red extendida, tejemos otros símbolos. Hay un símbolo de un camarón, un ojo que llora y un auto que es el símbolo del agua en la escritura azteca. De eso se trata un poco, cómo generar una instalación que tenga diferentes puntos de entradas para el público. Para algunos será el color, para otros será la forma escultórica. Otras personas reconocerán las redes como tal y eso los llevará a sus historias personales.
Llamo las redes o atarrayas o chinchorros o —como le llaman de diferentes formas en las Américas— cosmotarraya, pensando en la red como un universo de saberes, en la red también como un objeto de material cultural que crea para mí una señal hacía muchas de las cosas que me interesan —la soberanía alimentaria, la autonomía económica, los proyectos de vida en relación con los ríos— que son que están basadas más en prácticas de sustento y de reciprocidad. Y bueno, pues contiene la sabiduría, el tejido, la sabiduría de la pesca como tal, de la pesca artesanal, del río, de las aguas, de las corrientes, de las marismas, de las mareas.

CT: ¿Cómo llegaste al tema de las presas y del agua?
CC: La justicia social y lo que pasa a mi alrededor siempre han informado sobre mi trabajo. Creciendo en una ciudad como Bogotá o como D.F., las inequidades saltan a la vista. Entonces no tengo que buscar muy lejos de mí, como una mujer latinoamericana, para encontrar cosas que me indignan. Y creo que la indignación es algo que me mueve a hacer arte. La rabia, la digna rabia.
Yo llevo fuera de Colombia desde el 99, y realmente el río Magdalena me llamó de regreso a reconectar con el territorio a través del agua. El río Magdalena es el río más importante de Colombia. Yo viví por unos años de mi adolescencia con mi familia a la altura de un pueblo que se llama Girardot, que es como cuerpo medio del río. Me enteré en 2010 o 2011 que estaban construyendo una represa ahí y que para alzar la pared tenían que desviar el curso del río para secar el lecho del río y levantar la pared. Y eso me parecía imposible. Claro que yo no soy ingeniera, no tengo idea cómo funciona eso, pero me parecía ilógico, imposible. No entendía y ese fue el punto de entrada que tocó la historia personal y empecé a investigar y aprendí que habían comunidades en resistencia, que ya el río tenía otra represa construida en los ochentas y que a partir de esa experiencia supuestamente de progreso, pero que convirtió a los pueblos impactados por la represa en pueblos fantasmas, pues porque esa idea de progreso y bienestar para la comunidad la gente no se la tragaba.
Ese fue mi punto de entrada, realmente. La Represa Hidroeléctrica del Quimbo sobre el río Magdalena en el Huila Colombia —que históricamente es una presa importante porque marca el comienzo de la construcción de varios grandes represas en el territorio colombiano: Hidroituango, que ahora está a punto de colapsar, y Hidrosogamoso— pero además es la primera represa en Colombia construida por una trasnacional; entonces también implica ese flujo de capital extranjero. A partir de ahí empiezo a trabajar con la comunidad. Eso me lleva a trabajar con gente en Brasil, en Guatemala, incluso en México. Había trabajado con la tribu Yaqui, que también están reclamando sus derechos por muchos años, sobre todo por el trasvase de agua del río Yaqui, por el Acueducto Independencia a los grandes industriales de Hermosillo, Sonora, y que ha costado la vida de personas como Tomás Rojo, que fue asesinado el año pasado.

CT: Me llama la atención que tanto Colombia como México son países marcados por violencia, por guerras. ¿Cómo cuadra la violencia contra el mundo natural con la violencia entre seres humanos?
CC: Lo que pasa en Colombia es que hay una retórica de que la violencia en nuestros países, en Latinoamérica y sobre todo en México y Colombia, gira mucho en torno al narcotráfico, y que la violencia es este terrorismo narcos, narcoestado, narcoterrorismo. Pero hay otros intereses sobre los territorios —el petróleo, el carbón, el agua, la energía—. Porque hacer una gran hidroeléctrica es extraer energía. Es un proyecto extractivo también. Y hoy, por ejemplo, Colombia es el país con más desplazados internos a nivel mundial, incluso más que Siria, y muchos de los desplazamientos internos se dan por estos proyectos de infraestructura. En Colombia lo que pasa es que al tener una cultura de la violencia y el lenguaje del terror, implica que cuando llega esta violencia contra la población hay un desplazamiento, la gente sale aterrorizada y eso deja el campo abierto a cualquier proyecto extractivo, legal o no legal. Es importante que a través del arte y otras disciplinas como el periodismo hay muchas personas que estamos interesadas en que se pueda ver en donde se tocan estos dos conflictos, los conflictos ambientales y el conflicto armado de nuestros países.

CT: Antes de ese proyecto, ¿qué tipos de proyectos sobre las presas y el agua habías realizado y en cuáles medios? ¿Cuál es el rol del activismo en tu trabajo?
CC: Es un cuerpo de trabajo que en inglés se llama Be Dammed, jugando con el lenguaje de ‘represar’ y de ‘maldecir.’ En español el proyecto se llama Represa-Represión, también jugando con esa etimología, y he trabajado diferentes medios desde estas esculturas con las atarraya-performance. He trabajado en publicaciones de artistas, dibujos, y acciones colectivas con las comunidades —esas no tienen una traducción, ni me interesa que tengan una traducción— en donde la agenda de las comunidades, la prioridad y esta acción colectiva la hacemos pensando en para avanzar esta agenda.
El acercarme a comunidades que están en resistencia ha sido un proceso de aprendizaje para mí. Es increíble recibir esa generosidad y tratar de entender desde el arte como yo puedo reciprocar esa generosidad a través de traer recursos, a través de contar su historia en otras plataformas a los que ellos no acceden tan fácilmente. Tratar también de hacer el ejercicio de construir relaciones y compromisos a largo plazo con estas luchas.
Yo no soy activista, no soy abogada, porque las comunidades tienen también estas líneas de acción muy claras. Pero creo que uno desde el arte puede participar de procesos emancipatorios, de defensa de los territorios y de las aguas. Porque también pienso que la palabra activismo nos quita agencia de que cualquier persona puede participar de sus procesos de resistencia. Como que ‘yo no puedo hacer nada si no soy activista.’ Todos podemos hacer algo. Algunos tal vez están construidos por y pueden estar en la línea de frente de una acción directa, pero otros están haciendo otras actividades activistas. Incluso seguir —seguir pescando en un río, este gesto cotidiano de seguir pescando en un río cuando ya no hay peces, cuando se está privatizando el agua, ya es un gesto políticamente cargado—.
Además, los activistas en nuestros países son asesinados brutalmente. Nosotros no estamos ni cerca de ese peligro. Entonces también es como honrar realmente a las personas que están en la línea de frente.
La pedagogía es donde yo pienso que las artes tenemos su poder, o por lo menos este proyecto lo tiene —para cambiar el imaginario de nuestras sociedades, y para enseñar que el progreso es algo que sirve a todos cuando realmente uno se ven beneficiados y otros no–. ¿Cómo abrir eso, empezar a abrir esos imaginarios? Por ejemplo, cuando yo empezaba a hablar de la represa El Quimbo en el imaginario de las personas en Colombia era como no, pero bueno, necesitamos esa energía, esa energía limpia. Y ya puedes ver ahora a partir de otros desastres, de las otras grandes hidroeléctricas que se han construido, que la gente ya ha empezado a hacer ese click a nivel mundial. Entonces hay esos momentos como de que porque todos hemos empujado desde diferentes disciplinas, que la gente está empezando a realizar, que que esta electricidad no es tan limpia como se suponía ni es una de las soluciones para una transición energética justa.

CT: Para cerrar, ¿cuáles son las herramientas que ofrece tu obra en el Museo del Chopo para imaginar un futuro diferente?
CC: Pues la espiral, precisamente la espiral y los sueños compartidos. El título yo creo que da un poco esos puntos también de ese marco político, la espiral, como obviamente un símbolo ancestral que habla de los ciclos, nuestros ciclos como humanos, pero los ciclos de la naturaleza también—el tiempo cíclico es como revivir esos conocimientos ancestrales y esas formas de habitar el mundo ancestrales. La historia reciente de México se ven en los caracoles: la reforma organización política zapatista, los caracoles, la espiral hacen referencia a eso, a los maestros, no a nuestros hermanos maestros zapatistas. Y ahí hay un texto muy lindo de una curadora que es mexicana pero que vive aquí en LA que se llama Daniela Lieja, que habla sobre la espiral también. Ella dice en ese texto que la espiral también es una forma de habitar el mundo, que es cuando tú te mueves en espiral o haces proyectos multidisciplinares y multidimensionales que se mueven como una espiral. Hay como una forma de una posibilidad de coalición y de colaboración con movimientos sociales del pasado, del futuro y también del presente. Es más profundo y que el habitar el mundo en espiral o moverse en espiral también permite que vas cambiando de perspectiva todo el rato y teniendo nuevas apreciaciones del mundo. No te quedas anquilosado, digamos, en una sola única perspectiva.
Y los sueños son compartidos precisamente, pues yo ni siquiera pude visitar estas comunidades. Todo el trabajo de colaboración con ellos fue a través del WhatsApp —era una pandemia—. Pero pudimos encontrar unos sueños compartidos. Por más que somos. Yo soy citadina, estoy en el norte. Ellos están ahí en México, en el sur. Ese sueño compartido de agua, un agua como bien común, una transición energética justa, una vida digna, empezando por allí, encontrando los derechos básicos, están garantizados por el gobierno, ahí los sueños compartidos.
Así que es una invitación al público a pensar que no somos tan diferentes. Tenemos problemas tan diferentes en la ciudad y en el campo, pero hay unas cosas que nos unen y la invitación es a encontrar esos puntos de unión, como la red. Cuando encuentras esos puntos de unión, hasta una estructura que es maleable, que es porosa, que coge el sustento, deja pasar el agua, que si se rompe un nudo no afecta a toda la estructura, se puede reparar. Entonces la red misma da una clave también de cómo relacionarnos con el mundo, de ser un ser político, ¿no?
Caroline Tracey
Doctoranda en geografía en la Universidad de California, Berkeley