
Luis González de Alba
Tlatelolco aquella tarde
Ed. Cal y Arena
México, 2016.
136 p.
“Perdón si creen que estos temas ya deberían estar cerrados. El hecho es que no lo están y nos jugamos con ellos nuestra credibilidad ante el futuro.” Así explica Luis González de Alba su obsesión por narrar una y otra vez lo que sucedió aquella tarde del 2 de octubre en Tlatelolco. Luis se siente responsable frente a la historia. Quiere que la historia lo absuelva, a él y a los dirigentes del 68. ¿Absolverlos de qué? De la versión gubernamental de que fueron los mismos estudiantes quienes dispararon a sus compañeros aquella tarde. Pero ese perdón exige congruencia en el relato de los acusados. Y no puede haberla mientras la crónica de Luis sea distinta a la de Elena Poniatowska. Su crónica, la primera, la indispensable, Los Días y los Años, y la otra, la exitosa, la de Elena, La Noche de Tlatelolco. La suya, testimonio directo. La de Elena, basada en sus entrevistas y en el manuscrito elaborado por Luis en Lecumberri con la versión a coro de los dirigentes del Comité Nacional de Huelga. Manuscrito socializado por Raúl Álvarez Garín. El llamado Expediente O.
Mientras leía este libro póstumo de Luis, me preguntaba: ¿cómo un brillante dirigente y escritor, dedica los últimos 20 años de su vida a tratar de deshacer ese entuerto, el entuerto entre su versión y la de Poniatowska? ¿Cómo es que logró deshacerlo por la vía legal y, aun así, no quedó satisfecho y siguió cultivando su odio contumaz contra la escritora hasta el final de sus días; hasta su carta póstuma del 2 de octubre de 2016?
Obviamente ese motivo de vida, de amargura, el odio hacia Elena, no puede explicarse en el plano de su relación personal, que nos informa Luis en este libro, durante algunos años fue de estrecha amistad. No, el tormento que a Luis le produce, evidentemente trasciende ese vínculo personal. Luis queda atrapado en la soledad irreductible del personaje de la novela en que convirtió su vida. La angustia feroz y permanente con que vive el drama del uso incorrecto que Elena hace de su crónica de aquella tarde, sólo puede vivirla a fondo y sin reposo, un liberal consecuente como Luis, un liberal heroico, quien no encontró más asidero para su angustia existencial que el odio hacia la escritora. Es el odio de un hombre universal en la cárcel del subdesarrollo cultural y político del país. El odio de un hombre universal en un país sumido en la impunidad, dato fundamental que Luis termina por soslayar. Luis no fue un político, a pesar de haber sido un dirigente destacado del movimiento estudiantil. Luis fue un rebelde.
Del drama que en cada página de este libro se palpa, sólo puede ser portador quien desde la soledad y a fondo vivió el 68 como el movimiento libertario que fue. No me refiero a soledad personal, sino a soledad política, a soledad social. Soledad política desde su antiestalinismo; soledad social desde su homosexualismo. En medio del cataclismo que fue ese movimiento estudiantil, el primer movimiento ciudadano de masas, y desde su marginalidad política y social, Luis quiere construir un mundo de libertades. Pero la libertad genera vértigo. Sobre todo cuando es pura, y cuando el paradigma comunista en boga con todas sus variantes, no se compadece de esa pureza. Todo lo contrario. Cuando tampoco encuentra referente alguno en los clósets llenos de homosexuales. La suya fue una soledad abismal.
Ternura fue lo que me hizo sentir el autor cuando relata la escena de los dirigentes del CNH en un cine. Es 1971, es su exilio en Santiago de Chile. Están viendo Teorema, la bellísima y subversiva película de Pasolini. Un ángel bello, enigmático (Terence Stamp, lo recuerdo perfecto) visita a una familia burguesa; uno a uno los seduce a todos, y esa seducción los libera. Los gritos nerviosos, homofóbicos, de los mexicanos, molestan a los asistentes chilenos. Tanto que deben abandonar la sala. Luis, de manera tímida susurra que la película le está gustando, que se quedará. Me lo imagino: un acto libertario y valeroso ejercido en un susurro. Por eso mi ternura. Con timidez defiende su verdad, defiende el hecho de que a él no lo escandaliza la película. Hoy, cuando los derechos sexuales de las minorías se han reconocido, esta anécdota parece banal. En el 68 no lo era. Luis está abriendo caminos. Caminos libertarios.
Ya había mostrado un valor semejante aquella tarde del 2 de octubre. En el cine de Santiago, contra el estalinismo y la homofobia de sus compañeros, en Tlatelolco contra las balas. Luis fue el único dirigente que se mantuvo en la explanada del tercer piso del Edificio Chihuahua que había servido de templete para el mitin. Él no lo subraya, lo hago yo. De algún material especial estaría hecho Luis para mantenerse ahí por minutos, en plena balacera, casi como un observador ajeno a los hechos. Y esa osadía, la de confundirse por minutos con el Batallón Olimpia, le permite hacer el gran descubrimiento de que además del Ejército regular, quienes disparaban eran los miembros de un cuerpo especial del ejército vestido de civil, y con un guante blanco en una mano.
Lo que viene después del 68 para Luis será su negativa a sumarse a la interpretación más seductora sobre el movimiento: la de tragedia, la del martirologio, la interpretación que hace Poniatowska. Estamos frente a una diferencia central, vital para la memoria histórica, porque para Luis aquello fue una fiesta. Pero Luis hace de su argumento, de su interpretación, una militancia existencial, no política. Y en esa militancia extravía las dos últimas décadas de su vida. Convierte su obsesión en un odio cerval a Poniatowska.
Leer, interpretar el movimiento del 68 como una fiesta, es recuperar la vigencia del rechazo a todo autoritarismo, el que ejerce la familia, la sociedad, el Estado. En su reiterada oposición a Poniatowska, comparto la interpretación de Luis, la celebro y la sintetizo en términos políticos: el simple atrevimiento de intentar tomar el cielo por asalto, es una conquista para la conciencia ciudadana que muchos frutos ha rendido en las décadas posteriores. Como primer movimiento con demandas ciudadanas, no sectoriales, no gremiales, no económicas, el 68 es el padre del 85, del 86 (aunque a Luis no le guste), del 88, y así para adelante.
Aquel ímpetu libertario se materializó, se socializó hasta hacerse trivial. Hoy parece nimio, pero la imperfecta libertad que vivimos fue una gran conquista, y además una conquista cara. Antes no era imperfecta, simplemente no existía. No reconocer nuestros propios triunfos, que por lo demás es muy común en la izquierda mexicana, nos coloca en muchos sentidos como parte del régimen que de las derrotas de la oposición se alimenta. Asistí al homenaje que en vida se le hizo a Raúl Alvarez Garín. Al tomar la palabra uno de los dirigentes del 68, dijo que aún estaban discutiendo si aquello había sido una derrota. Quedé estupefacta.
¿Por qué el éxito de La Noche de Tlatelolco de Poniatowska, y menor el de Los Días y los Años? Él mismo lo dice, es lo que la gente quería escuchar. Elena leyó el momento como tragedia. Y la tragedia inmoviliza. La fiesta es creativa, la tragedia aniquila, petrifica. Tiene razón Luis: por eso el ataúd en la portada de La Noche de Tlatelolco, por eso noche y no tarde, por eso las tintas cargadas hasta desaparecer a los risueños jóvenes que cargan un ataúd de cartón. Es el éxito de la publicista. No es que imponga una interpretación, lo que hace es saber leer el momento. El pequeño gran problema es que se trata de una lectura conservadora, funcional al gobierno, por lo inmovilizadora, a pesar de su feroz denuncia contra la política represiva.
Desmontar esta interpretación requería de continuar sin reposo la crítica al autoritarismo desde la praxis política. Luis ejerció esta crítica como un liberal solitario, con la irreverencia y el desenfado provocador que lo caracterizaba. ¿Y qué desde la izquierda organizada? No parece que exista interés en el tema. Más allá de las siglas políticas… ¡el autoritarismo es tan funcional!
“¿Por qué hasta ahora, 25 años después me reclamas?” le pregunta Poniatowska a Luis. “Porque fue necesario Elena que te me derrumbaras” ¿Qué simbolizaba Elena para Luis que su derrumbe se tradujo en esa feroz persecución? No lo sé, lo que sí sé es que la lectura de este libro me recordó la novela corta de Ernesto Sábato, El Túnel. Quedé atrapada en el asfixiante relato de la obsesiva relación de Castel con María Iribarne, una huidiza mujer a quien sueña como su alma gemela y con quien en fugaces momentos ha tenido la comunicación más profunda, esa que sólo se logra en la edad de la inocencia. Esa que nos es dado vivir como un estado de gracia, pocas veces en la vida. ¿Vivimos el 68 como un estado de gracia, de comunión social? ¿Es eso lo que se derrumba en Luis cuando se le derrumba Elena? Luis era muy buen escritor. Como Sábato, en este libro no da tregua al lector, lo persigue de la misma manera que él se perseguía tras algo que su obsesión convirtió en quimera inalcanzable: la verdad sobre aquella tarde de Tlatelolco, que no era otra sino su verdad.

Porque además, como buen liberal, Luis confunde el dato irrebatible, irreductible con la verdad. Su criterio de verdad es el relato honesto, sin compromisos. La ruda tarea de la interpretación no existe, porque por lo demás es una tarea colectiva social. Quizá por eso se le escapa que el parteaguas histórico del 68 precisamente fue levantar sólo demandas ciudadanas democráticas, universales. En realidad sólo fue una que se dividió en seis: LIBERTAD. En este libro Luis ve las seis demandas del pliego petitorio con cierto desdén, “no eran estudiantiles” dice. Quizá por eso despotrica contra el diálogo público. Quizá por eso desestima que para el régimen autoritario de la posrevolución, todas ellas eran veneno puro. La masacre del 2 de octubre no fue culpa del CNH, no fue culpa de los estudiantes. Ningún régimen se suicida. Pero Luis se seguía preguntando, se seguía persiguiendo.
Es en los triunfos y conquistas que tratan de borrarse en la versión de la derrota, de la tragedia, del martirologio, donde reside la absolución histórica de Luis y sus compañeros del CNH. Y la mayor tragedia de Luis es que la historia los absolvió y él no se enteró, o no quiso enterarse. Los absolvió en el terreno que a la historia importa, en el social, en el político, en la transformación que el país vivió a partir de aquel movimiento estudiantil.
Todo indica que no era esa la absolución que Luis buscaba, sino la sanción legal de la inocencia de quienes pusieron en jaque al autoritario Estado mexicano. Su obsesivo relato de hechos a lo largo de este y otros libros, es una especie de preparación para responder, desde el banquillo de los acusados, al Estado que los señala como criminales. Por eso Luis afirma que no es el crédito lo que le importa, sino la credibilidad y la solvencia. Pero en la novela en que convierte su vida, ni siquiera está interpelando al Estado, sino a Elena, su enemiga acérrima. Un costo más de su extravío.
No obstante esa absolución histórica, el 68 continúa siendo una herida abierta, no una cicatriz. De manera que la redención de Luis, la nuestra, la de la sociedad, sigue aún pendiente. Se trata de terminar con esa impunidad, para que la impunidad no siga campeando en el país. Un liberal consecuente como Luis, heroico, y honesto, pensó que se trataba de una gesta solitaria. No sólo eso, confundió al adversario. Se atrincheró en su odio, en su amargura. Sin duda una vida, libertaria, trágica. Descanse en paz.
Rosa Albina Garavito Elías
Escritora. Autora de: Sueños a prueba de balas. Mi paso por la guerrilla.
Nota editorial: este texto se leyó el 25 de febrero de 2017 en la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería.