Para quienes conocimos la poesía de Eduardo Lizalde en los años setenta y ochenta, se volvió emblemática de un modo desilusionado de ver la vida. Leerla nos hizo madurar: despejó de falsas ilusiones nuestras mentes cándidas; borró espejismos, rompió telarañas. Esos poemas parecían decir todo acerca del desamor y el desengaño. Estaban llenos de garras y desgarramientos. Los memorizábamos y los hacíamos circular por donde podíamos: México, España, París, Ecuador, Perú.

Como en los cuadros de Francis Bacon, con cuya violencia y austeridad asociábamos su parte medular, no hay en el fondo más que tres elementos que se metamorfosean y se combinan: un hombre, un tigre (uña, garra, colmillo, cuchillo) y una mujer. Es un mundo sin paisaje, un coto cerrado pero abierto a la pesadilla, donde lo único que importa es la relación del hombre consigo mismo, con la bestia (whatever it means) y con la mujer. El hombre y su pesadilla, el hombre y su desamor, el hombre y su soledad.
Luego del reflexivo pórtico de Cada cosa es Babel (1966), una vez adentro del placentero laberinto de su obra poética, el lector dará siempre con El tigre en la casa (1970), en el que están contenidas las imaginativas variaciones e invenciones de toda su obra posterior.
Es, desde el título, una pesadilla con una visión resplandeciente y terrible: el de la fiera en la casa. Aloja algunos de los más intensos y acabados poemas de Lizalde, aquellos que han hecho de él uno de los mayores poetas de la lengua en la segunda mitad del siglo XX. Se purifica de esa retórica que acaso manchaba a Cada cosa es Babel y se abre a una poesía depurada y austera, epigramática, conceptista, clásica, pero no de un clasicismo apolíneo sino dionisíaco. La violencia epigramática de Catulo y Marcial se da la mano con la insolencia de un Villon, con la plasticidad de las pesadillas de Poe o Kafka y con la despiadada lucidez especulativa de Sade. En esta poesía imaginativa y vehemente hay ángeles leprosos, tarántulas que muerden a otros seres porque no pueden morderse a sí mismas, tigres que desgarran por dentro a quien los mira, piojos incrustados en las vetas de un puro rayo de sol, perras que corrompen la tierra, zorras enfermas, falenas que caen muertas al suelo, cobras que hacen flotar su testa frente a un niño, amor desgastado y rebajado, garras, colmillos y heridas, zarpazos y dentelladas. Es un bestiario que muerde la carne del lector.
La aguda inteligencia del poeta —su constante ironía— sazona la crueldad imaginativa de los surrealistas con una vehemencia romántica baudelaireana, y logra una rara y feliz mezcla de rigor clásico con desenfado conversacional.
No sólo hay excelentes poemas en este libro. Ofrece la imagen de un alma solitaria, paisaje desolado que nos obliga a contemplarlo a medida que lo leemos. Línea tras línea, poema tras poema, nos sentimos atraídos hacia un paisaje interior amargo y dolido. Maestro de la sinceridad como Catulo o Villon, Lizalde expresa abiertamente su intimidad: sus miedos, sus fobias, sus amarguras, su misoginia, su soledad y su condena: un hombre condenado al infierno de la soledad y el desamor y, como Baudelaire, condenado a la poesía.
Pero es también maestro de la ironía. Siempre parece susurrar: “No me tomen tan en serio”.
Cuando un artista expresa sus pasiones o las canta, el resultado no suele ser siempre provechoso para el arte en general ni para su propio arte. Pero Lizalde exhibe los sentimientos al servicio de la poesía, de una puesta en escena verbal en la que la inteligencia y la ironía juegan un papel determinante. Una notable imaginación visual y verbal y una ironía amarga lo ponen a distancia de su intimidad dolida y lo acompañan como una sombra en todos sus poemas, lo cual nos permite ver también el rostro humorístico de la crueldad, ver también el rigor formal del clásico detrás de la sinceridad del romántico y de la violencia del surrealista.
A pesar de la obsesiva recurrencia de algunos de sus temas, no nos fatiga nunca: con el oído y la imaginación de un buen músico, nos hace adentrarnos en su mundo a través de imaginativas variaciones. Aunque Lizalde no parezca un poeta muy sutil —lo que tiene que decir lo dice abiertamente y a veces con cierta brutalidad— nos atrapa literalmente como un experto narrador y nos obliga a seguirlo, a seguir abriendo cajones para hurgar en el interior de esos textos y ver qué hay, qué hay distinto de lo que ya habíamos encontrado. Y encontramos siempre sorpresas.
Lizalde es claro y generoso desde los primeros poemas de El tigre en la casa: entrega en ellos las claves de su obra posterior, igualmente notable. Sin embargo, como en toda gran poesía, hay una vasta zona de misterio, un territorio donde lo no dicho y aun lo indecible se encierran en la crueldad de las palabras. A pesar de no reservarse casi nada —es uno de los poetas mexicanos que más abiertamente se confiesan, en una tradición marcada por la reserva—, llama la atención cómo captura el interés del lector y se deja seguir e interrogar, aunque no todas las preguntas obtienen respuestas. El secreto está en esa inteligente oscilación entre confesión y reserva, en la riqueza imaginativa de sus variaciones, en la constante y afortunada ironía que rige en sus versos. Cada variación sobre un tema ya expuesto es tratada como si fuese la primera vez que se expusiera.
La poesía de Lizalde está regida, más empecinadamente aún que la de sus maestros Blake y Borges, por la imagen poética del tigre. Es la imagen emblemática de toda su obra. Aparece por primera vez en el extraordinario poema “El tigre”, cuyos dos primeros versos magnifican el miedo:
Hay un tigre en la casa
Que desgarra por dentro al que lo mira,
poema que concluye con esta espléndida metonimia:
Pero sé claramente
que hay un inmenso tigre encerrado
en todo esto.
¿Es el tigre de Lizalde símbolo de algo que no puede nombrarse? Hay dos opciones: si puede nombrarse, ¿qué es ello? ¿Cuál es la equivalencia, la ecuación del tigre? Si no puede nombrarse, una de tres: el autor ocultaba deliberadamente su significado, o ese significado se le escapaba a él mismo —pues se movía en el ámbito de lo inconsciente— o, en fin, no puede nombrarse porque simplemente no es, porque es el Mal, es la negación, como el Príncipe de las Tinieblas.
Proteico como todo símbolo, el tigre lizaldeano se metamorfosea sucesivamente en emblema del amor, la muerte, el odio, la soledad, la poesía. Pero ante todo es una imagen poética que se basta a sí misma, es la imagen de la pesadilla, llena de ese placentero horror que encontramos en las imágenes de Poe o Kafka, esa imagen que perdurará en la lengua mientras haya lectores. El tigre es el tigre es el tigre.
Vladimiro Rivas Iturralde
Escritor y profesor investigador en la UAM Azcapotzalco. Ha publicado quince libros de cuentos, ensayos y una novela.