El demonio neón (E.U.A., 2016)
(The Neon Demon)
Director: Nicolas Winding Refn
Género: Suspenso
Guionista: Nicolas Winding Refn
Actores: Elle Fanning, Christina Hendricks y Keanu Reeves

"Lo bello es el comienzo de lo terrible que todavía podemos soportar"
Rilke
Sobre el mundo de la moda en general sabemos poco. Disponemos de un imaginario que ha sido construido —principalmente— por los medios de comunicación donde ha prevalecido una ambivalencia. Es un pequeño nicho plagado de belleza así como de grandes excesos arrojados al pecado. El ambiente en que se desenvuelven las modelos, y las modelos mismas, han sido representaciones de la vanidad pura. El cliché se ha encargado de reproducir un campo semántico peyorativo alrededor de la profesión, sin espacio para la redención. Se ha generalizado, entonces, un estereotipo sin tregua, al cual Nicolas Winding Refn hace ahora su aportación.
El cineasta danés, que con Drive atrajo la atención de críticos y espectadores, presenta ahora un filme con gran calidad visual y huecos narrativos. La historia explora el obscuro mundo de las pasarelas. Chicas guapísimas que se ajustan al canon de la época, batallando en castings para ser reconocidas como las más bellas. Fotógrafos anestesiados frente a la belleza de molde. Diseñadores excéntricos en busca de la musa.
Elle Fanning interpreta a Jesse. Una debutante en el mundo del modelaje que, con apenas 17 años, llega a Los Ángeles y comienza a ganar fama inmediata a razón de su belleza, catalogada por los doctos en este ambiente como excepcional y natural a la vez. El mundo de las top models está plagado de cirugías, reinvenciones del cuerpo. La belleza física ha dejado de ser acontecimiento para dar pie a una reproductibilidad. Se puede cambiar la cartografía del cuerpo con el dinero suficiente con tal de apegarse al paradigma. En medio de la artificialidad del cuerpo, Jesse es naturaleza. Posee una belleza que escapa del juicio lógico y que recae en lo meramente estético. Su cuerpo y su rostro están alejados de cualquier interés clásico de pasarelas. Su beldad no es postfabricada. En una especie de regreso al minimalismo: less is more.
La cinta que debiera generar terror se queda en el mero deleite visual y sonoro. Winding Refn es ya un experto en la edición de atmosferas que seducen la mirada (la cinematografía estuvo a cargo de Natasha Braier), así como en la selección de un score hipnótico y violento (que corre a cargo de Cliff Martínez). Sin embargo el cineasta sigue cojeando en cuanto a claridad, en el planteamiento de la idea. La proeza lograda con Drive, fue en picada cuando en Only God Forgives intentó acercarse al misticismo de Jodorwsky del cual no logra —tristemente— desempalmarse en The Neon Demon. El resultado es una bella película casi tan vacía y superficial como las modelos que intenta construir. Las tomas en neón acompañadas de sintetizadores son realmente enajenantes pero plagadas de un silencio que exige reflexión exagerada donde no hay lugar. Frases facilonas que respaldadas por el contexto se disfrazan de grandes planteamientos.
El mundo de la moda que Winding Refn muestra, mas no alcanza a abonar ni a hacer una crítica al ambiente de las runaways. Las modelos caníbales lideradas por Jenna Malone, que sienten envidia (in videre: poner la mirada sobre algo) de Jesse, no son menos perversas que las chicas que en 2014, en Argentina, le desfiguraron el rostro a una vecina de 15 años por considerarla linda. La envidia y la vanidad no sólo están en juego en esos lugares resplandecientes y elevados. Y aunque las modelos de la cinta habitan un narcicismo desbordado, cabe recordar la frase del Eclesiastés que en griego dice “ Vanidad de vanidades y todo vanidad (Mataiotes mataiotetos kai panta mataiotes) que ha servido como respuesta filosófica a la pregunta sobre qué es el hombre. La sentencia es severa: casi todo acto humano está atravesado por la vanidad. Sin embargo la tradición moralina en occidente la ha reducido a la belleza, a lo físico, cuando la vanidad desempeña función de sentido frente al mundo, como teleología (¿perversa?). No sólo es vanidoso aquel que se ve en el espejo o aquel que pasa horas haciendo ejercicio con tal de estilizar su cuerpo, sino también quien pasa horas estudiando para tener más conocimiento o quien practica día a día un instrumento. La vanidad es un cincel con el que nos esculpimos. La vanidad es el talón de Aquiles del humano, no sólo de las top models. Ha habido un borramiento cultural en la representación de la vanidad, se le ha generalizado con relación a la belleza física cuando es en realidad más horizontal. Hay varias formas de enunciar lo bello. Y la vanidad convierte a lo bello en algo más que una mera categoría estética.
Si bien The Neon Demon sirve de pretexto para repensar conceptos como la belleza, la vanidad, o bien nuevas categorías actuales con las que se maneja la sociedad como lo lindo o lo tierno, es una cinta que quizá trabaja bien al nivel de un fashion film pero no como cine de terror, como se le ha intentado vender. Si bien entre lo bello y lo siniestro hay un vínculo estético, aquí no alcanza a aparecer por más que en una escena se ve a Jesse decir que su madre la adjetivaba como peligrosa a razón de su apariencia. La sentencia que ingenuamente invita a la reflexión entre la relación de lo bello y la maldad es tratada en la cinta superficialmente al sólo vincularla a las pasiones. Jesse es peligrosa a razón de su belleza que puede irritar, generar envidia, así como abrirle puertas. No como eso oculto en lo familiar que al mostrarse genera un quiebre en la sensibilidad. El paso de lo bello a lo siniestro es emplazado en el filme ante la idea de la envidia como consecuencia irresoluble de la belleza.
Ante esto, cabe recordar la pregunta realizada por Sócrates en el Hipias Mayor: “Lo bello, por consiguiente, ¿es alguna cosa en sí?”