Tengo curiosidad sobre la curiosidad

curiosidad

Presentamos un fragmento de Curiosidad. Una historia natural (Almadía) de Alberto Manguel. El escritor emprende “un recorrido que va de los libros a la vida, de la poesía a la razón, no tanto para descubrir una respuesta, sino para generar nuevas preguntas”. El título de este fragmento es de la redacción de Nexos.


En su lecho de muerte, Gertrude Stein preguntó:
“¿Cuál es la respuesta?” Nadie contestó.
Entonces sonrió y dijo:
“En ese caso, ¿cuál es la pregunta?”
Donald Sutherland
Gertrude Stein. A Biography of Her Work

 

Tengo curiosidad sobre la curiosidad.

Una de las primeras frases que aprendemos de niños es “¿por qué?”. En parte porque queremos saber algo sobre este misterioso mundo en el que hemos entrado involuntariamente, en parte porque queremos entender cómo funcionan las cosas en este mundo, y en parte porque sentimos la necesidad ancestral de relacionarnos con otros habitantes de este mundo, apenas dejamos atrás nuestros primeros balbuceos y arrullos empezamos a preguntar “¿por qué?”.1 Y nunca dejamos de hacerlo. Descubrimos muy pronto que la curiosidad pocas veces es recompensada con respuestas significativas y satisfactorias, sino más bien con un deseo cada vez mayor de formular nuevas preguntas, y con el placer de dialogar con otros. Como todos los inquisidores saben, las afirmaciones tienden a aislar; las preguntas unen. La curiosidad es un medio para declarar nuestra pertenencia al género humano.

montaigne

Ilustración de Alejandro Magallanes incluida en Curiosidad. Una historia natural.

Tal vez toda curiosidad puede resumirse en la famosa pregunta de Michel de Montaigne que sais-je?, “¿qué sé yo?”,2 que aparece en el segundo volumen de sus Ensayos. Refiriéndose a los filósofos escépticos, Montaigne señaló que eran incapaces de expresar sus ideas en ningún idioma, ya que, según dice, “necesitarían uno nuevo, puesto que nuestro lenguaje se compone de proposiciones afirmativas, las cuales van contra la esencia misma de sus doctrinas”. Luego añade: “Tal estado de espíritu debería enunciarse interrogativamente de una manera más segura, diciendo ‘¿qué sé?’, que es mi acostumbrada divisa”. La fuente de esa pregunta es, por supuesto, la socrática “conócete a ti mismo”,3 pero con Montaigne deja de ser una afirmación existencialista de la necesidad de saber quiénes somos para convertirse en un estado continuo de cuestionamiento del territorio por el que nuestra mente avanza (o ya ha avanzado) y del terreno inexplorado que tenemos delante. En el campo del pensamiento de Montaigne, las proposiciones afirmativas del lenguaje giran sobre sí mismas y se convierten en preguntas.

La amistad que tengo con Montaigne se remonta a mi adolescencia, y para mí sus Ensayos han sido desde entonces una especie de autobiografía, ya que siempre encuentro en sus comentarios mis propias preocupaciones y experiencias, volcadas en una prosa brillante. Con sus preguntas acerca de temas convencionales (las obligaciones de la amistad, los límites de la educación, el placer del campo) y su exploración de otros temas extraordinarios (la naturaleza de los caníbales, la identidad de los seres monstruosos, el uso de los pulgares), Montaigne traza el mapa de mi propia curiosidad, dándole la forma de una constelación ubicada en épocas diferentes y en muchos lugares. “Los libros”, confiesa, “me sirvieron más de ejercicio que de instrucción”.4 Ese ha sido, precisamente, mi caso. Reflexionando sobre los hábitos de lectura de Montaigne, por ejemplo, se me ocurrió que sería posible hacer comentarios sobre su que sais-je? siguiendo su propio método de tomar prestadas ideas de su biblioteca (él se comparaba con una abeja que extraía polen para elaborar su propia miel)5 y proyectarlas hacia el futuro, hacia mi propia época.

Como él mismo habría admitido de buen grado, en el siglo XVI indagar sobre lo que conocemos no era una novedad. Preguntarse sobre el acto de preguntar tenía raíces mucho más antiguas. “¿De dónde viene la sabiduría?”, pregunta Job, desolado. “¿Y cuál es el lugar de la inteligencia?”6 Ampliando el rango de esa pregunta, Montaigne observó que “el juicio es un instrumento necesario en el examen de toda clase de asuntos; por eso yo lo ejercito en toda ocasión en estos Ensayos. Si se trata de una materia que no entiendo, con mayor razón empleo en ella mi discernimiento, sondeando el vado de muy lejos; luego, si lo encuentro demasiado profundo para mi estatura, me detengo en la orilla”.7 Este modesto método es, para mí, maravillosamente tranquilizador.

Según la teoría de Darwin, la imaginación humana es un instrumento de supervivencia. Para aprender mejor sobre el mundo y, por lo tanto, para estar mejor preparado ante sus escollos y peligros, el homo sapiens desarrolló la capacidad de reconstruir la realidad externa en la mente y concebir situaciones a las que podría enfrentarse antes de que sucedieran.8 Cuando tomamos conciencia de nosotros mismos y del mundo que nos rodea, podemos construir cartografías mentales de esos territorios y explorarlos de infinitas maneras, y luego elegir la mejor y la más eficaz. Montaigne habría estado de acuerdo: imaginamos para existir, y sentimos curiosidad para alimentar nuestro deseo imaginativo.

La imaginación, como una actividad creativa esencial, se desarrolla con la práctica. No a través de los éxitos, que son finales y, por lo tanto, callejones sin salida, sino a través de los fracasos, de los intentos que terminan siendo fallidos y que requieren nuevos intentos que, si las estrellas nos sonríen, llevarán a nuevos fracasos. La historia del arte y la literatura, así como la de la filosofía y la ciencia, son historias de esa clase de fracasos enriquecedores. “Fracasa. Inténtalo nuevamente. Fracasa mejor”,9 fue la conclusión de Beckett.

 

Albero Manguel (Buenos Aires, 1948)
Escritor. Ha publicado: Guía de lugares imaginarios, Noticias del extranjero, En el bosque del espejo, Stevenson bajo las palmeras y Diario de lecturas, entre otros libros.


1 “Los infantes hablan, en parte, para restablecer las experiencias del ‘estarcon’ […] o para restablecer el ‘orden personal’.” Daniel N. Stern, The Interpersonal World of the Infant, A View from Psychoanalysis and Developmental Psychology, HarperCollins, Nueva York, 1985, p. 171.

2 Michel de Montaigne, “An Apology for Raymond Sebond”, II, 12, en The Complete Essays, traducción, edición, introducción y notas de M. A. Screech, Penguin Books, Harmondsworth, GB, 1991, p. 591. Para la traducción al castellano de todas las citas de Montaigne se ha consultado: Michel de Montaigne, Ensayos de Montaigne, seguidos de todas sus cartas conocidas hasta el día; traducidos por primera vez en castellano con la versión de todas las citas griegas y latinas que contiene el texto, notas explicativas del traductor y entresacadas de los principales comentadores, una introducción y un índice alfabético por Constantino Román y Salamero, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, Alicante, 2003. (N. del T.)

3 Según Pausanias (siglo II), los dichos “Conócete a ti mismo” y “Nada es demasiado” estaban inscritos en la fachada del templo de Delfos y dedicados a Apolo. Pausanias, Guide to Greece, Volume 1, Central Greece, traducción e introducción de Peter Levi, Penguin Books, Harmondsworth, Middlesex, 1979. Libro 10, 24, p. 466. Hay seis diálogos platónicos en los que se analiza el dicho de Delfos, Cármides (1640), Protágoras (343B), Fedro (229E), Filebo (48C), Leyes (11, 923A) y Alcibíades (124A, 129A y 132C) en The Collected Dialogues of Plato, edición de Edith Hamilton y Huntington Cairns, Princeton University Press, Princeton, NJ, 1973.

4 Michel de Montaigne, “On Physiognomy”, III, 12, en The Complete Essays, p. 1176.

5 Michel de Montaigne, “On Educating Children”, I, 26, en The Complete Essays, p. 171.

6 Job, 28, 20. El libro de Job no proporciona respuestas, pero presenta una serie de “preguntas verdaderas” que son, según Northrop Frye, “etapas en la formulación de preguntas mejores; las respuestas nos birlan el derecho de hacerlo”. Northrop Frye, The Great Code, The Bible and Literature, edición de Alvin A. Lee, vol. 19 en Collected Works, University of Toronto Press, Toronto, Buffalo y Londres, 2006, p. 217.

7 Michel de Montaigne, “On Democritus and Heraclitus”, I, 50, en The Complete Essays, p. 337.

8 Richard Dawkins, The Selfish Gene, edición del trigésimo aniversario, Oxford University Press, Oxford y Londres, 2006, pp. 63-65.

9 Samuel Beckett, Worstward Ho, John Calder, Londres, 1983, p. 46.

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Publicado en: Ciudad de libros