Te prometo anarquía, quinto largometraje del cineasta guatemalteco Julio Hernández Cordón, es una historia de amor, traición, amistad y partida que se teje alrededor de dos jóvenes skaters para quienes la vida, aún con sus puntos de tensión, está centrada en el día a día que no prevé el futuro. Se toman las cosas a la ligera, evaden mayores responsabilidades, no piensan demasiado las cosas. Les gusta patinar y tener sexo entre ellos sin tener un adjetivo que defina y delimite la relación que tienen. Son jóvenes con ingenuidad, bondad, pasión, compasión y egoísmo. Capaces de todo y de nada. YOLO.

La historia sucede en una Ciudad de México que pocas veces se ve en la pantalla grande. No es el México de la clase alta pero tampoco aquel de la extrema clase baja. Es una Ciudad de México por la que cualquiera ha transitado. La que se puede ver desde el metro, desde los segundos pisos, desde los embotellamientos en cualquier parte de la ciudad. Miguel (Diego Calva) y Johnny (Eduardo Martínez) son dos nómadas. Dos citadinos que se mueven por la ciudad en su patineta sin atadura alguna. No hay Sur, Oriente, Poniente o Norte. Lo que existe es la ciudad. Su ciudad. Todo es territorio que sirve para reclutar gente para su negocio; para patinar, para fumar.
Como amantes y amigos —como amigos y amantes— ambos han comenzado un negocio de venta ilegal de sangre. Negocian con meseros, skaters, vendedores ambulantes y con toda aquella persona que detecten con necesidad monetaria para comprarles su sangre: un buen varo por sólo una hora de su tiempo. El negocio va bien hasta que un trato de venta (ordeña) de sangre masiva con unos narcos los mete en un atolladero que los empuja a huir, a intentar borrarse del mapa. Lo demás es difícil de explicarlo sin evidenciar el resto de la historia, que lejos de concluir en cualquier obviedad narrativa, apuesta por crear un conflicto que atraviesa con mayor complejidad la historia de Miguel y de Johnny; que revela la cinta como una historia de (des) amor y de aquello que permanece después de la traición, de la distancia. Presencia y ausencia, fantasmas que habitan el día a día del que es abandonado, del que se queda enamorado, defraudado. El amor después del amor. Nostalgia que interroga la traición desde su aspecto más mundano. No como un crimen de la razón, sino de la sinrazón. Sólo ahí donde hay verdadero amor, es posible la traición (defraudar al otro). Como dirá Žižek a propósito del libro El espía perfecto de John Le Carré, “el amor es todo aquello que aún puedes traicionar”1 la traición como el último acto de amor (esto puede quedar sujeto a discusión, por supuesto). Apelando a una dialéctica hegeliana, hay un cierto deseo de reconocimiento en aquel que traiciona.
Te prometo anarquía (que debe su nombre a un blog de poesía guatemalteca), es un grato experimento cinematográfico por parte de Hernández Cordón como director y guionista. Una película visceral que expone dramas cotidianos sin —me parece— ninguna exageración. Un largometraje que aún con protagonistas ajenos al mundo de la actuación, transmite honestidad y empatía. Lo principal no es exponer el problema del narco, de la inseguridad o de los levantones (y que en esto se distancia de mucho cine mexicano), aunque la denuncia está ahí en segundo plano. Aquí es sólo el contexto que sirve para acolchar el binomio Miguel y Johnny. Es sólo el panorama quizá cotidiano donde se desenvuelven millones de historias.
Ya paseada por varios festivales, pre-seleccionada en el Premio Iberoamericano de Cine Fénix y laureada en el FICM, Te prometo anarquía al igual que Kids (Larry Clark, 1995) en su momento, retrata sin ambages la vida de un grupo de jóvenes skaters al límite. La quinta cinta del cineasta guatemalteco, que debe muchísimo a la fotografía de María Secco, sin duda irrumpe en el cine nacional. Lo hace desde la primer escena en que vemos a Miguel y a Johny tocándose explícitamente, hasta el final que deja al espectador escindido con un final plagado de nostalgia y sin respuestas, pues, aunque existe el espacio para hacer un cuestionamiento moral sobre los personajes principales, el argumento expuesto por Hernández Cordón los evidencia dislocados de cualquier atadura de este tipo. Son sólo jóvenes. Ciervos del instante puro. Apelando a Kierkegaard: lo ético estaría estrechamente ligado a la tentación.
1 Žižek Slavoj, El títere y el enano, Paidós, Buenos Aires, pág. 28