“Ser funcionario de la Administración significa ser un desterrado de lo concreto.”
Milan Kundera
Los extraño a todos. En qué cabeza puede caber semejante torpeza, sobre todo cuando no tengo un buen recuerdo de ellos o de las cuatro paredes blancas que me rodeaban.
Los extraño a todos.
─En qué cabeza cabe─ pienso con un poco de náuseas.
Me siento casi derrotado, con las piernas que me tiemblan como dos hilos de estambre y la cabeza que me da vueltas con todo el tiempo libre que traigo cargando sobre los riñones. He pasado los últimos tres fines de semana caminando sin sentido por esta ciudad, deambulando, sorprendido de saber que no la conozco en lo más mínimo. Dicen que es una ciudad ominosa, abominable. Aunque yo sólo la ubico a 10 mil metros de altura, a través de la ventanita ovalada de un avión, semejando un traje de luces en una noche profunda. En realidad no ha sido nunca mi ciudad y ahora lo entiendo. Hace unos días, a principios de mes, leí que la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos asegura que paso encerrado en mi oficina mil ochocientas sesenta y tres horas al año. Corrijo: pasaba. Pretérito angustiante. Presente solitario.
Los extraño a todos.
Al burócrata que reniega de su estirpe y que consume horas enteras, sentado, rumiando para sus adentros la desgracia de ser uno mismo con su sillón de plastipiel. Primer centauro para una mitología actual.
Al burócrata que va por la vida buscando como desamparado insumos básicos e indispensables para su trabajo cotidiano: galletas, café, garrafones de agua, clips; que sueña despierto con el día que alguien toque a la puerta de su cubículo para regalarle un sacapuntas eléctrico, previa y debidamente inventariado.
A los burócratas que increíblemente se creen herederos de Hitchens; polemistas de oficios y atentas notas, siempre dispuestos a gruñir y afilar los colmillos contra quien se atreve a rociar de comas un párrafo sin la menor conmiseración (sintáctica). A los burócratas aquejados por el síndrome, casi pandémico, de la Incontinencia Comal.
Al burócrata que hace diligentemente todo lo que se le instruye creyendo ciegamente, casi como un dogma, que es un mandato celestial por servir a la gente que, según él, lo aclama cada vez que busca el bien común y demuestra su inquebrantable vocación.
Al burócrata megalómano que se siente más inteligente que los otros de su ralea sin saber que es la ocasión de lo mismo que culpa; que estruendosamente despotrica en plena maceración alcohólica contra el gobierno y sus erratas consuetudinarias. Está de más aclarar que el gobierno al que le recrimina el sartal de imbecilidades y reniega de su naïveténo es el de Berlusconi o Chávez, mucho menos el de Bush, Sarkozy o Evo Morales, sino el mismo que le entrega puntualmente sus quincenas y le tiene en buena estima.
Al burócrata que se siente cool; al que no se toma en serio; al que es más anodino que un oficio de recursos materiales; al que escribe oficios para recursos materiales y suministros; al que se saca los mocos, se los come y todavía voltea a la cámara de circuito cerrado de su oficina para sonreír por su gracejada de dos pesos.
Al burócrata que no se detiene a reflexionar sobre su condición infrahumana. Al burócrata de reciente ingreso, capaz de mutar en quince días (hábiles) hacia un ser grisáceo de piel, encorvado de figura y ausente de ánimo, habilitado parareconvenir a su jefe inmediato superior desde sus adentros, siempre desde sus adentros.
Al burócrata nato, capaz de efectuar celosamente diferentes operaciones sin tener en cuenta su relación con el conjunto; al que entiende perfectamente que su ámbito de trabajo debe funcionar según un sistema exacto y puntual en el interior del cual no debe permitirse que un individuo aplique un concepto del servicio que difiera del prescrito y comúnmente admitido; al que, en pro de la buena coherencia del conjunto, sabe que debe realizarse tal o cual cometido especial menos bien de lo que sería posible si se le considerase solo, aislado y sin más fin que sí mismo (Risach dixit, en palabras de Adalbert Stifter).
Los extraño a todos. Me extraño a mí, que soy un poco de todos. Si hubiera nacido en el siglo XIX, siendo francés de la campiña, rebelde y fumador de opio, habría escrito: je est un autre …bureaucrate.
No puedo estar más que de acuerdo conmigo mismo que nunca debí desterrarme a la Iniciativa Privada, desterrarme a lo concreto.
Es duro exiliarme al mundo de los humanos, fuera de esa taxonomía del absurdo que tanto extraño.
─En qué cabeza cabe.

El burócrata, una raza aparte. Taxonomía del absurdo. ¡Buenísimo!
Especie cuasi silvestre que nace del cautiverio.
Muy bueno. Felicidades.
En qué cabeza cabe, por supuesto.
Aunque se haya escrito tanto y tan bien del tema: Kafka, Kundera, Weber, Melville (y su Bartleby) Merton, Taylor, Fayol, aún queda mucho por escribir de la burocracia y sus especímenes. Felicidades. Buena pluma!
Totalmente ¡ REAL !
Tenias razón J.Ó. buenisimo.
Los burócratas también sufrimos la burocracia. Buenísimo.
¿Para cuándo el próximo?
Lo que más me gusta de los comentarios es el acarreo-familiar-cultureta, que no se diga que los que escribimos no tenemos fuerza en «tierra». Me agrego a la lista de la tamaliza.
Hasta siento que te conozco. Felicidades.