Es decir, esta no es un historia de por qué si se es pobre sería mejor ser rico, ni sobre las virtudes sufrientes de la pobreza, ni sobre la maldad natural de los ricos. Es sobre por qué, incluso con las diferencias materiales que existen, comportarse como mirrey (o niña fresa) es tan ridículo que atenta contra el respeto propio y contra el respeto que nos dan los otros.