Suburbicon de George Clooney pierde el curso de su historia y pierde fuerza la inteligente metáfora que se construye a partir del destino de dos familias.
Suburbicon: Bienvenidos al paraíso
2017
Director: George Clooney
Guionistas: Joel Coen, Ethan Coen
Elenco: Matt Damon, Julianne Moore, Oscar Isaac
Es una bella imagen: la simetría de un suburbio con casas geométricas, esposas rubias y amas de casa, hombres de traje y portafolio, sonrisas rosadas con dientes perfectos y, sobre todo, el adorable resplandor de la piel blanca. Son los años 50, estamos en Estados Unidos y hemos llegado a Suburbicon: Bienvenidos al paraíso (2017), la nueva película de George Clooney.
Estrenada en el Festival de Cine de Venecia, Suburbicon: Bienvenidos al paraíso narra dos historias: la primera se centra en la muerte de Rose Lodge (Julianne Moore) que deja devastada a su familia: a su esposo Gardner Lodge (Matt Damon), a su hijo Nicky (Noah Jupe) y a la hermana gemela de Rose, Margaret. La segunda historia inicia días después de la muerte de Rose con la llegada al vecindario de una familia afroamericana, una sospechosa coincidencia que es la más sencilla declaración de intenciones de Clooney: ¿qué pasa cuando un asesinato ocurre en un contexto de racismo?
Y no, nunca hay una acusación directa a la familia afroamericana, pero su llegada supondrá la primera estrategia a nivel guión: instalados en una zona exclusiva de gente caucásica, la familia sufrirá el acoso y la violencia de sus vecinos que no reconocen la otredad que los rodea: en Suburbicon no hay espacio para lo que es diferente, nuevo, moreno.
Con una narrativa intercalada, las historias parecen que no tienen relación salvo compartir el mismo espacio-tiempo; sin embargo, conforme la agresión y la hostilidad aumente, comenzarán a relucir los turbios detalles en la muerte de Rose: la idílica imagen de la familia en duelo se disuelve cuando queda claro que Gardner y Margaret mantienen una relación extramarital.
De esta manera, Clooney y los hermanos Coen hacen de las dos historias una metáfora de la otra: dispuestos a juzgar a sus nuevos vecinos sólo por el color de piel, los habitantes de este suburbio ignoran que la verdadera maldad radica en personas que comparten la piel blanca y el mismo orgullo de ser norteamericanos. Aunque es una herramienta inteligente de criticar la hipocresía y la moral frágil y desteñida, el ritmo de la película pierde contundencia cuando, inexplicablemente, Clooney cree necesario añadir toda una odisea de irreverencias que pretenden maximizar las dimensiones del problema.
Desde la llegada del investigador del cobro de seguro Bud Cooper (Oscar Isaac), hasta el pequeño hijo que debe sobrevivir a la avaricia y la corrupción de su padre y su tía, el tío de buen corazón que se gana la confianza del sobrino huérfano de madre, la película comienza a dar rodeos para llegar a una culminación que es muy obvia. El cine desbordante de ironía que pretende Clooney se transforma en un frenético y fallido hilazón al estilo Wes Anderson.
Con ya seis largometrajes, aún es difícil identificar el sello de Clooney como director. En esta ocasión, la particularidad es obvia: la perversión y el humor negro sólo puede estar en manos de Joel y Ethan Coen, los guionistas, una estética que contrario a lo que se podría esperar, eclipsa por completo las ambiciones del también actor originario de Kentucky.
Suburbicon: Bienvenidos al paraíso parece un ejercicio de aprendiz en donde los Coen son los verdaderos cabecillas del proyecto, y hay que decirlo: un proyecto que tampoco logra comparación alguna con otras obras como El gran Lebowski (1998), No country for Old Men (2008) oFargo (1996), probablemente el largometraje que tiene más relación con la entrega de Clooney.
Si algo aprendimos con Fargo (versión cinematográfica y versión televisiva) es que el dicho “pueblo chico, infierno grande” es totalmente cierto y cuando el desastre se desencadene, los habitantes de Suburbicon estarán más interesados en ver arder el auto de sus vecinos que el macabro plan de los Lodge. Los Coen y Clooney no ambicionan alegorías complejas y elevadas: ésta es la sociedad, el momento atemporal que nos persigue, uno donde la gente se siente más atraída por saber cuál es el último desliz de Paris Hilton que mirar a su alrededor y darse cuenta que el mundo se desploma poco a poco.
Con influencias claras como la tensión y el misterio de Hitchcock (incluso la figura de las mujeres rubias), la impecable mezquindad de una sociedad artificial que Matthew Weiner se encargó de producir en Mad Men, Suburbicon pierde el curso de su historia y pierde fuerza la inteligente metáfora que se construye a partir del destino de las dos familias.
Importante por el contexto de su estreno pero fallida en la potencia de su intenciones, Suburbicon: Bienvenidos al paraíso reafirma la vulnerabilidad de todos nosotros y cómo, 50 años después, seguimos siendo las familias perfectas donde la belleza de nuestro jardín es proporcional a nuestra maldad e ignorancia. Sí, bienvenidos al paraíso.
Arantxa Luna
Crítica de cine.