Stranger Things, temporada 2: cerrar una herida es más difícil que abrirla

Esta nueva entrega de Stranger Things trae una emoción completa que va más allá del suspense con giros inesperados que desembocan en terror y rebasa el efecto de la nostalgia.

 

 

 

Contiene spoilers

 

Que nuestra añoranza de un mundo desaparecido es inútil, no cabe duda. En efecto, aquel mundo, tal como era, no podrá volver jamás. Y por otra parte, no está claro que eso sea lamentable. El hecho de que nosotros sintamos la necesidad de añorarlo, porque era el mundo que hospedaba nuestra infancia, no implica más que una inclinación sentimental de nuestro espíritu. Pero dicho esto, lo que también está claro es que al ser humano le resulta totalmente imposible establecer qué cosas le son útiles y qué cosas le son inútiles. El ser humano no lo sabe.
—Natalia Ginzburg

“Esto es un juego de niños”, dice el jefe de policía Jim Hopper en el momento más crítico de la segunda temporada de Stranger Things y, sin duda, su angustiada frase funciona también como una descripción de los nueve episodios que se estrenaron el pasado 27 de octubre en Netflix. Lejos de la incertidumbre que embargaba al equipo de dirección y producción, esta vez los creativos tuvieron el campo abierto para conducirse a sus anchas: la apuesta de la primera temporada había sido un éxito, y bastaba jugar un poco con la fórmula secreta para repetir su esperado efecto. Con esto quiero decir que la segunda entrega no contiene, en el fondo, ningún elemento nuevo pero sabe sorprender y, por supuesto, encantar a la teleaudiencia que no tendrá ningún problema para sumergirse en este atractivo juego de niños durante 9 episodios de similar intensidad.

El kit de la nostalgia hizo lo suyo de nuevo; una realización basada en las viñetas y la teatralidad del universo de los comics (abundancia de planos grupales, fotografía de perfil, claroscuros, colores luminosos y bastantes travelings al inicio y al final de las secuencias), una utilería, decoración e imaginario cultural que va del mundo de los videojuegos a las canciones de Kenny Rogers y pasa por la moda preconizada en el canal MTV. En resumidas cuentas, una poética de lo vintage que despierta emociones en cualquier espectador (milenial o no).
 
Sin embargo, más allá de las incontables referencias a la cinematografía de ciencia ficción de los años ochenta y noventa —las obvias: Alien (1979-1997), E.T. (1982), Ghostbusters (1984), Mad Max (1979) y The Goonies (1985), cuyo actor principal, Sean Astin, entra en el nuevo elenco— y al contexto histórico de la Guerra Fría —la presencia invisible de los espías rusos, las teorías conspiracionistas de los reporteros de perfil bajo—, esta nueva entrega de Stranger Things trae una emoción completa que va más allá del suspense con giros inesperados que desembocan en terror. Ese familiar síndrome de abstinencia que dejan los videojuegos o las apuestas confluye aquí con una sensación especial en donde el miedo resulta incisivo pero fresco, incómodo pero adictivo.

Por lo demás, la historia conserva una diégesis bastante clásica. Hawkins sigue siendo un pueblo estadunidense donde aparentemente “nunca ocurre nada raro” hasta que una serie de inexplicables eventos comienza a suceder en la víspera del Halloween. Además, la llegada de Maxine y su hermanastro Billy (que parece salido de la película The Lost Boys) a Hawkins remueve el melodrama infantil (Dustin, Lucas, Mike y Bill) y el juvenil (Steve, Jonathan y Nancy). Así, justo la noche de brujas estalla una fuerte crisis nerviosa de Bill Wyers, quien será una vez más el mediador entre el mundo real y la oscura dimensión cuyas horribles criaturas acechan a Hawkins.

Quienes esperaban una continuación de la historia de Eleven (ahora Jane) no quedaran decepcionados, pues a partir del tercer episodio se teje una urdimbre narrativa que alterna flashbacks explicativos y secuencias de la historia presente que marcan un contraste equilibrado y seductor. De hecho, la historia de Jane nos conducirá a descubrir su origen familiar, así como su vínculo con Kali, otra joven manipulada científicamente y dotada con poderes mentales que conformó un grupo de marginados rebeldes y de tintes anárquicos. Este otro hilo narrativo, que se expone en la primera escena de la temporada, prepara sin dudas una tercera y quizás una cuarta entrega de la serie.

De la misma manera, los hermanos Duffers proponen una gran alegoría del rompecabezas o puzzle, piedra angular de la cultura electrónica en los ochenta y novena, que se puede observar a varios niveles en la producción. Vemos al puzzle presente en los videojuegos que frecuentan los jóvenes de Hawkins y que estimulan su frenética e insatisfecha atención, lo vemos en las obsesivas investigaciones que llevan por separado los personajes principales y que sólo cobran sentido una vez que se reúnen y cooperan juntos, y lo vemos también en la historia de Eleven, determinante para la continuación de la historia y el surgimiento de nuevos misterios.

Esta temporada rebasa el puro efecto evocador de la nostalgia, esa memorable idea inmortalizada por Don Draper en Mad Men cuando declara con prestancia que “en Griego, Nostalgia significa literalmente el dolor de una vieja herida, una punzada en el corazón más potente que la memoria”. No, esta vez los hermanos Duffer —cuya propuesta fue rechazada por 15 casas productoras antes de ser considerada en Netflix— no se quedan en mostrarnos una herida abierta que nos complace rememorar, no se conforman con presentar un rompecabezas disperso, sino que cierran esa herida al llevar su arriesgada mezcla hasta las últimas consecuencias y satisfacen la expectativa general del público. Desde luego, es difícil hablar de Stranger Things como una serie revolucionaria al mismo nivel que Breaking Bad, Twin Peaks o Los Sopranos. Es posible, no obstante, aludir a ella como una referencia obligada para los amantes de estas producciones y una también una serie de culto para todos los fanáticos de la ciencia ficción y el suspenso.

Camilo Rodríguez
Escritor y consejero editorial en Éditions Maison des Langues.

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Publicado en: La caja ilustrada