Stranger Things. La cinematografía vintage

Lo vintage y lo retro llevan años de moda, sobre todo en ciertas clases sociales que apegadas a lo estético buscan rescatar diseños que acompañados de nostalgia, representen un punto en la historia: muebles, ropa, accesorios, viniles y más.  Es pues una tendencia que ha acaparado a varios sectores. La nostalgia se ha capitalizado y la industria se ha sabido aprovechar de esto. Lo interesante del fenómeno de lo retro es el preguntarnos por el significado de esta vuelta al pasado. Es decir, ¿el momento retro anuncia la barbarie en la historia? ¿hay una decadencia en el presente que nos hace recular? Pareciera haber una desesperanza en el futuro: al avistarlo no se encuentra la utopía y se voltea al pasado. Por esto, en vez de confiar en el presente se confía en lo que funcionó, en aquello que históricamente significó progreso.

Lo anterior es una mera especulación. La respuesta puede ser otra. No obstante, en diferentes industrias se prueba con la fórmula del pasado más que con la que apuesta por la innovación. Muchos nuevos experimentos han fallado y la gente consume más aquello que muestra familiaridad, resulta entrañable y que no es azaroso. Pero esto es un hecho que parece atañe a ciertas generaciones, sobre todo a la que nació a finales de los setenta y durante los ochenta. Años importantísimos para la creación de todo aquello que hoy se denomina cultura pop.

En el cine se ha visto también este guiño con el pasado. Ante la imposibilidad por crear nuevas historias, desde hace ya varios años se han intentado rescatar las películas que triunfaron en los ochenta (ya sea para rehacerlas o para darles continuidad) o se ha intentado crear películas retro, es decir, cintas que estéticamente aparentan ser de cierta época cuando son actuales, como es el caso de Super 8 de J.J. Abrams. Enorme tributo a lo que ha sido una de las más grandes épocas para el cine de ciencia ficción y suspenso.

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Así, bajo la misma línea retro de Super 8, Netflix ha estrenado Stranger Things, una serie escrita y dirigida por los hermanos Matt y Ross Duffer, que nos recuerda al mejor Spielberg, la atmósfera de Stephen King y que coquetea con grandes películas de los ochenta y noventa. Un proyecto de apenas ocho episodios en que se teje una historia de aventura, suspenso y magia situada en 1980, en un pueblo ficticio llamado Hawkins en Indiana. Un día cualquiera, Will, un niño de apenas 12 años, desaparece después de haberse cruzado con un monstruo del que apenas alcanzamos a ver su silueta. Casi de forma simultánea, una niña aparece en el pueblo. Se trata de Eleven (Millie Bobby Brown), una niña con poderes mentales que terminará arropada por los amigos de Will a quienes ayudará en la búsqueda de su amigo y en la cacería del monstruo.

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La serie resultará entrañable para la audiencia que creció viendo a los The Goonies, It, E.T., Close Encounters, Stand By Me y para todos aquellos que en los ochenta pudieron disfrutar de actividades consideradas de nerds pero que ahora son cool. Y esto porque rescata no sólo la estética sino la narrativa fantástica, y vale la pena decirlo, que pregonaba valores alrededor de la familia y la amistad. Lo anterior lo logra problematizando en tres niveles: 1) Rescata aquellas aventuras en que un grupo de niños decide tomar su bicicleta y acabar con el monstruo, mostrando la fortaleza de los lazos, la fidelidad, las ganas de la aventura, la inocencia conjugada con lo intrépido; 2) Paralelamente se muestra la historia del adolescente rechazado (Jonathan, el hermano de Will) que está enamorado de la guapa de la escuela, donde su entereza y buenas intenciones lo llevan a ser reconocido por ella; y 3) La de la madre desesperada por encontrar a su hijo, capaz de hacerlo todo, una madre puntual que no desistirá aún cuando todos en el pueblo la consideren loca. Tres niveles donde ciertos valores clásicos dan identidad a sus personajes. Valores con los que aparentemente una generación creció y que se han difuminado.

Los hermanos Duffer conjugan un sin fin de películas en Stranger Things. Es un trabajo muy fino que sabe hacer de una historia que ya hemos visto incontables veces, algo diferente. Si van al pasado es para traer algo nuevo, que quizá sea el momento en que el espectador avezado en ciencia ficción  mira con simpatía y familiaridad a la pantalla mientras consume capítulo tras capítulo. Lo nuevo es la experiencia que se tiene frente a este producto que narra una historia completa mientras deja abierta la posibilidad de una continuación, que de no llegar, no pasaría nada pues la historia logra un gran cierre.

Habría que decirlo así, Stranger Things es una joya retro en términos cinematográficos. No es sólo la historia, la estética, la atmósfera y las actuaciones (donde Winona Ryder pero sobre todo Millie y Bobby acaparan la pantalla), sino también esa intro con neón acompañada de sintetizadores que anuncian un fuerte soundtrack capaz de trasladarte por el tiempo a aquellos años donde el New Hollywood se asentó realmente, y donde mucho de la cultura pop germinó. No es casual que la nostalgia pegue no sólo a quienes crecieron sintiéndose unos nerds sino también a generaciones que nacieron después de los noventa, después de todo ahí está la raíz de ciertas narrativas que actualmente se consideran esenciales.

Quizá Stranger Things no es una serie que le guste a todo el público, pero sin duda tiene un nicho que la sabrá acoger con cariño. Al final, es un viaje en el tiempo que logra hacer sentir como niños a algunos de los espectadores que crecieron maravillados por la ciencia ficción.

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Publicado en: Televisión