Star Wars: del mito renovado a la religión dividida

Como en pocos ejemplos modernos, la ficción se ha tragado a la realidad con las sagas infinitas de Star Wars. Ante las hordas de fans enardecidos por el desenlace del último episodio, The Last Jedi, es tiempo de detenerse a pensar que dogmas y mitos han alimentado ese universo tan real como las convenciones que organizan. Además, la proyección en cines mexicanos del documental Elstree 1976: detrás de la máscara (2015) abre paso a esta sincera revisión de este pleito entre nuevas ilusiones y antiguas nostalgias.

Un soldado de la rebelión se come un burrito mientras un Stormtrooper se rasca, junto a él, la plástica entrepierna. Darth Vader se sienta un momento y comienza a sacarle brillo a su casco con una pequeña esponja amarilla. Un hombre, en otra parte, sostiene una cabeza alienígena bajo la axila y fuma un cigarro, sin preocuparse mucho, apoyado en una pared de ladrillo. Cientos de pilotos intergalácticos, detrás de él, toman el sol en la banqueta mientras esperan ser los héroes de otra galaxia…

Es el verano de 1976 y en la calle de Elstree se está filmando un proyecto que nadie entiende… lo llaman The Star Wars.

Algunos años atrás, todos los grandes estudios de Hollywood habían rechazado la magna propuesta de Alejandro Jodorowsky para adaptar, con mucha filosofía empática y rebeldía ecologista, la gran novela Dune de Frank Herbert. Dalí, Orson Welles, David Carradine, Pink Floyd, Dan O’Bannon, Giger y Moebius, estaban involucrados en el proyecto. Todo lucía espectacular, pero los estudios tenían una respuesta profética: “Lo sentimos, señor Jodorowsky, pero la ciencia ficción no vende boletos de cine”.

Es el verano de 1976 y en la calle de Elstree, George Lucas está filmando el más grande e inesperado blockbuster de todos los tiempos. Mientras sus actores fumaban, pulían cascos, tomaban el sol y se rascaban la entrepierna, Lucas se paseaba pensativo entre los sets. Tal vez ya vislumbraba que todas las decisiones de su vida lo habían llevado ahí…

THX 1138 (1971) había marcado el inicio de una carrera prometedora: era una cinta impresionante para un director primerizo, llena de sesudos planteamientos de ciencia ficción y efectos especiales que no correspondían a su tiempo. Hollywood empezaba a escuchar su nombre y Lucas aceptó todas las oportunidades que le aventaban, curva o recta: estar en el set con Francis Ford Coppola, por ejemplo, o grabar escenas del desgarrador final de la era hippie en el infame concierto de Altamont de los Rolling Stones.

Sin embargo, su sueño estaba en otros cielos. Star Wars redefinió completamente, al final de los años setenta, el panorama de la industria de Hollywood. Pronto los estudios entendieron que la ciencia ficción sí vendía boletos, que los universos expandidos podían crear fanáticos eternos, que las franquicias podían convertir los mono-mitos antiguos en sólidos ingresos fiscalizables. ¿Y no se trata de eso nuestro bello capitalismo sin correa?

En algún momento de su vida, Lucas había leído The Hero with a Thousand Faces de Joseph Campbell, el gran divulgador de mitología comparada. Campbell no era Levy-Strauss, no era una antropólogo y no le obsesionaban las estructuras mínimas, él era más un explorador de mitos con ánimo apasionado, tejedor de historias, buscador de inconscientes dibujados. Campbell transmitía una emoción de conocimiento única. Y Lucas la tomó a rajatabla.

Un héroe que duda de embarcarse en una aventura se somete a un entrenamiento espiritual para entrar en la panza de una ballena metálica, sumirse en sus entrañas, ser digerido y salir avante del contacto con el mal para desprenderse de su cuerpo y asesinar al leviatán. La historia de Luke Skywalker es la historia de las pruebas de Buda, de los héroes Pawnee en América, de Perceval y el objeto sagrado, de Jesucristo en el desierto en otro evangelio de Lucas…

El efecto del mito se expandió fuera para volver a rasgar las cuerdas de relatos culturales ocultos a plena vista. Lo que creó Lucas se convirtió en una fascinación única que junta a miles de fanáticos disfrazados en convenciones por todo el mundo; gente que quiere recrear con la tela que tiene a su alcance, la emoción épica de un relato eterno, ahora convertido en sueños de espadas láser y fascismos interplanetarios.

Los fanáticos de Star Wars crearon un universo expandido con o sin el permiso de Lucas. Antes de la compra de todo Lucasfilm por Disney, la historia de los Skywalker se había desarrollado en pasados de viejas repúblicas y en la futura descendencia del último jedi. Un universo que creció, con su propio impulso mítico, en novelas, cómics, relatos improvisados, videojuegos y teorías cariñosas.

Ahora la franquicia, parte de la enorme corporación de Mickey, se deshizo de todas las viejas escrituras de este universo expandido para crear un canon, el único canon aceptable, como piso firme para seguir produciendo películas. La descendencia de Luke Skywalker se borró y nacieron los nuevos episodios con renovables películas rompedoras de taquilla.

La respuesta a este rompimiento, a la institucionalización de los relatos míticos, es ambigua. Por una parte, los fanáticos siguen consumiendo este universo, haciendo comunión con la carne ofrecida por los estudios, el verdadero cuerpo de estas viejas historias. Por otra, protestan airadamente contra lo que hacen con sus héroes de la infancia, con los mitos que se despertaron en 1976, en una calle de Londres, para convertirse en escritura.

The Last Jedi ha tenido una recepción violenta por parte de los más aguerridos seguidores de la saga galáctica. Muchos de ellos nacieron después de 1983, año en que apareció la última película de la saga original. Para ellos, el universo de Lucas podía expandirse infinitamente en la literatura añadida a las cintas originales, pero no podía salirse de ciertos parámetros en el cine, con nuevas cintas oficiales, que empezaban en esas letras amarillas sobre fondo estrellado.

¿Un jedi materializándose como holograma a distancia? ¿Una general sobreviviendo, por la fuerza, a las inclemencias del vacío espacial sin haber tenido entrenamiento Jedi? ¿Un viejo maestro de la disciplina que salvaguardaba el orden del universo quemando un antiguo templo con todo y sus libros y pergaminos?

Las herejías de esta película atentaron contra lo que los fanáticos habían establecido como dogma, contra lo que habían decidido, con la inspección neurótica de las cintas anteriores, como un deber ser tan rígido como túnica de arzobispo. Y el enojo portó también sobre la autoconsciencia de estas últimas dos cintas que retoman, como regreso cíclico, los esquemas narrativos de la trilogía original.

La intención, en esta nueva etapa de la saga galáctica, parece hacer eco a la primera visión de Lucas: los mitos regresan, una y otra vez, para decirnos viejas enseñanzas en nuevos tiempos. Para Campbell, un monomito lejano, de una cultura distante en tiempo, geografía y cosmogonía, podía ayudarnos a vivir bien y a bien morir. Las herejías, entonces, de la nueva cinta de Star Wars no son, tal vez, afrentas contra el universo creado por Lucas sino contra las expectativas rígidas de los fanáticos.


Joseph Campbell, El héroe de las mil caras. Psicoanálisis del mito, trad. de Luis Josefina Hernández, México, FCE, 2015 (1ª ed. en español de 1959). El libro original, The Hero with a Thousand Faces, se publicó en 1949.

Los mismos fanáticos que aceptaron expandir un universo hasta confines inimaginables, se niegan a seguir ciertos caminos ahora, hablando de “respeto a las tradiciones”. La doble religión de Star Wars vive en esta contradicción: por un lado, tenemos la eterna fuente de los mitos, que es cíclica, repetitiva y siempre renovada por la cultura que los retoma; por el otro, tenemos las delimitaciones que se decidieron sobre un mundo de ficción como los paradigmas que lo definían con celo conservador.

En una calle al norte de Londres, sin embargo, hubo batallones de rebeldes tomando el sol y el actor que interpretó a Darth Vader (de admirable corpulencia, también, en A Clockwork Orange) pulía su casco con una esponja amarilla. La primera cinta de Star Wars nació al capricho de su creador con la reinvención de los mitos narrados por Campbell, fue fabricada, con las limitaciones técnicas de su tiempo y de su presupuesto.

Ahora las limitaciones son otras, pero sigue existiendo el mismo impulso creativo de expandir un universo siguiendo el mono-mito del héroe. Pero la religión de los fanáticos ha creado una institución que se enfrenta a las intenciones de estas últimas cintas; cintas que, más que innovar, buscan retomar las viejas estructuras para darles un nuevo presente.

Los templos se queman, pero las enseñanzas perviven… “Levanta una piedra y ahí estaré”, dijo Cristo en un evangelio apócrifo que se inclinaba hacia una religión no institucionalizada.

¿Podrán los fanáticos de Star Wars dejar atrás sus dogmatismos para encontrar el viejo mito? ¿Podrá la saga sobrevivir con una trama que se sale de la institución que crearon? ¿Se retomán, algún día, los viejos caminos del héroe de las mil máscaras?

Sólo el tiempo lo dirá… Mientras tanto, sigue resonando la frase de uno de los personajes más odiados de la nueva película: “No ganaremos la guerra destruyendo lo que odiamos, sino salvando lo que amamos.” Del odio que ha recibido The Last Jedi podemos preguntarnos, entonces, si los fanáticos desean destruir las afrentas a un dogma que ellos mismos construyeron o si quieren salvar el mito que alguna vez, desde ese caluroso verano del 76, en una calle del norte de Londres, los hizo soñar con las virtudes épicas de un imaginario eterno.

Nicolás Ruiz Berruecos
Editor y reportero de Código Espagueti, maestro en Literatura Comparada por la UNAM. Twitter: @pez_out

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Publicado en: Serie B