El discurso sobre la violencia de pareja suele centrarse exclusivamente en las relaciones heterosexuales, pero esto no significa que el fenómeno no exista en relaciones entre personas del mismo sexo. Aquí presentamos un recorrido a través de las experiencias de varias mujeres que vivieron violencia con otras mujeres, experiencias que demuestran que las manifestaciones de la violencia son tan diversas como las expresiones sexuales y de género.

Ilustraciones: Estelí Meza
El origen de mi investigación
Martes de febrero, 6:30 p.m., Café Cielito Querido de la Alameda, Centro Histórico. Cerré mi libreta de notas, tomé un último trago a mi té helado y le pregunté a Arianna si tenía algo más que agregar antes de que detuviera la grabación. Dijo que sí, pero que quizá no estaba tan relacionado.
—No importa —respondí —. Todo lo que tengas que decir al respecto es importante.
Arianna me preguntó por qué me interesaba hacer mi tesis de maestría sobre violencia de pareja en relaciones lésbicas. Decidí no parar la grabadora. Ella me acababa de contar casi veinte años de una relación violenta con otra mujer, pero yo no le había dicho por lo que había pasado para llegar ahí.
Durante casi dos años estuve involucrada con una mujer con quien yo afirmo haber vivido violencia. Sin embargo, me ha sido difícil concebir esta afirmación sin cuestionarme cómo enunciarla. ¿Sufrí violencia? ¿Viví violencia? ¿Me violentaron? ¿Nos violentamos? Una de las confrontaciones más duras que he tenido conmigo misma en el proceso de reconciliación ha sido la de reconocerme como ejecutora y provocadora de las acciones y episodios violentos. Mi inquietud constante era conciliar este reconocimiento con el hecho de que yo también había recibido violencia.
Después, tuve la oportunidad de contar en voz alta lo que estaba viviendo en un círculo de lectura feminista, y una mujer se acercó a decirme que ella había vivido exactamente lo mismo con su pareja mujer. Al ver que otra persona se había reconocido en mi relato, pude confirmar que mi sentir era legítimo. Cuando logré terminar la relación, surgió la posibilidad de denunciar, pero la línea que separaba la violencia sexual y algún malentendido sobre el consentimiento aún no era clara para mí. Esto me llevó a preguntarme sobre la vivencia de otras mujeres. Si dos habíamos pasado por lo mismo, seguramente habría más. Y las hubo, las hay.
De ahí surgió mi curiosidad por investigarla especificidad lésbica de la violencia de pareja. Esta exploración comenzó con el encuentro con Arianna, pero también se nutrió de las historias de otras cinco mujeres a quienes entrevisté a profundidad y de las experiencias de otras nueve a quienes pude hacerles una entrevista exploratoria. Este ensayo es una síntesis de las conclusiones a las que llegué a partir de estos diálogos: que las expectativas amorosas que se fundamentan en los ideales del amor romántico —donde prevalecen la monogamia institucionalizada, la noción de pertenencia y la distribución sexuada del trabajo— y que se enmarcan en un contexto heterosexista a veces pueden devenir en violencia.
Un punto común entre las experiencias de Arianna y mis otras interlocutoras fue la resonancia que ellas encontraban entre lo que habían vivido en sus relaciones amorosas con otra mujer y la información sobre violencia de pareja a la que estaban expuestas. Había algo, sin embargo, que les impedía nombrarse como parte de una dinámica violenta: la mayoría de las referencias sobre violencia de pareja mostraba exclusivamente a parejas heterosexuales. Aún así, las cinco categorías que generalmente se usan para nombrar y caracterizar a la violencia de pareja —a saber: violencia económica, física, sexual y emocional — resultaron útiles para darle sentido a lo que ellas habían vivido. A estas categorías decidí añadir una sexta: la violencia social, pues me parece que ese es un escenario de especial importancia en el contexto lésbico. A continuación presento un recorrido por cada una de estas categorías o escenarios.
Escenario económico
Arianna, de 37 años, es historiadora. Comenzó su relación con Rebeca a los diecisiete y duraron casi veinte años. Vivieron juntas y emprendieron un negocio en conjunto, pero nunca se casaron. El escenario económico era en el que Rebeca ejercía más control, ya que asumió en mayor medida el rol de proveedora y así decidía sobre lo que mi interlocutora podía gastar y consumir.
“Ella siempre tenía el control y decía en qué se gastaban las cosas”, me dijo Arianna. “Ella me compraba la ropa, por ejemplo. Ella decidía que en ese momento a lo mejor era pertinente comprarme una chamarra, comprarme un pantalón”.
La dimensión económico-laboral es uno de los principales escenarios donde se manifiesta la violencia de pareja. La performatividad del género y las nociones de amor compartidas son esenciales para comprender cómo se despliega esta esfera en disputa, pues existen acuerdos y tensiones sobre cómo manejar el dinero que dependen del contexto de cada pareja. En los casos que analicé estos acuerdos y tensiones estuvieron asociados al papel que las mujeres tomaban en la relación, así como a las responsabilidades que asumían en términos económicos.
Sin embargo, en tres de las seis parejas que estudié existía una negociación más dinámica del rol de proveeduría. Esta flexibilidad se manifestó en una alternancia del rol de proveedora o en la posibilidad de que ambas mujeres trabajaran y aportaran dinero. Esta dinámica abría la posibilidad de ejercer violencia mediante el dinero y el acceso al trabajo remunerado, ya que la alternancia en los roles dependía de la performatividad de género y del contexto socioeconómico de mis interlocutoras. En este punto, mis interlocutoras y sus parejas asumían papeles en la relación asociados a una expectativa de género binaria. Bajo tales circunstancias, cabe la posibilidad de que quien controla el dinero también controle la autonomía de la otra, como era el caso de Arianna, cuya pareja no sólo administraba los bienes, sino que a partir de ello tomaba decisiones sobre lo que ella podía hacer.
Entre Arianna y su pareja también había una división tajante en el negocio que tenían juntas: por un lado estaba la “dueña”, Rebeca, y por otro mi interlocutora. La “dueña” no reconocía la “ayuda” que Arianna proveía, ayuda que en realidad era trabajo no-remunerado. En contraste con lo que se suele creer sobre la violencia económica en las parejas heterosexuales, cuyo fin último es restringir el movimiento de la mujer violentada, en este caso la esfera monetaria era un mecanismo mediante el cual las dos mujeres se alternaban en el poder, pero que al mismo tiempo creaba las condiciones para que una de ellas ejerciera violencia sobre la otra. En el caso de Arianna la alternancia se dio cuando Rebeca se unió a la Policía Federal y mi interlocutora quedó a cargo del negocio. En ese periodo Arianna se sintió más autónoma y tuvo que responsabilizarse por las decisiones del negocio, lo cual le permitió adquirir mayor seguridad en sí misma y no estar tan sometida a las decisiones de Rebeca.
Aunque el control económico-laboral apareció con más frecuencia en las relaciones en las que las parejas vivían juntas, una de las mujeres a quienes entrevisté de manera exploratoria me comentó que su pareja —con quien no duró tanto y con quien no cohabitó— le quitaba la cartera cada vez que salían para restringir su autonomía, consumo y movilidad. La violencia económica, entonces, no es exclusiva de las relaciones en las que se comparten gastos o bienes, como era el caso de Arianna, sino que aparece en todo tipo de contextos. En otros casos que analicé las mujeres no percibían el control de su autonomía a través de la restricción del dinero o de la prohibición de aceptar oportunidades laborales como una acción violenta, sino como parte de un deber ser en el que una proveía y la otra llevaba a cabo las labores domésticas y de cuidado, sin que esta división de los roles implicara un malestar hasta que las limitaciones fueron constantes y sistemáticas.

Escenario físico
“Y entonces se puso a llorar, se puso super mal, y me empezó a golpear”, me dijo Arianna sobre la primera vez que Rebeca la golpeó, tras una discusión en la que mi interlocutora le había planteado a su pareja separarse por un tiempo. “Y recuerdo que de repente solamente sentí cómo la cara se me volteó, porque me dio puñetazos, y entonces recuerdo que me empecé a hacer así [se cubre la cara]. Me empezó a pegar en la cara con toda la fuerza, o sea, un poco me sacudió”.
El caso de Arianna y de otras de mis interlocutoras demuestra que la ausencia de diferencias sexuales y de género no parece proteger a las mujeres de violencia física. Esto se debe a que el uso del cuerpo y la fuerza física se despliegan en un espectro mucho más amplio que el de golpes directos contra la pareja, y más bien se utilizan como una manifestación de superioridad y demostración de mando. Por ejemplo, muchas de mis interlocutoras me contaron que sus parejas golpeaban, tiraban o lanzaban objetos para ostentar control sobre ellas. Tal uso de la fuerza física no estaba asociado necesariamente a una diferencia significativa entre los cuerpos de las mujeres, sino que era más bien un performance de género con características asociadas a la fuerza y al trabajo del cuerpo.
En las relaciones que estudié donde el control físico y por medio del cuerpo fue un eje importante para la violencia, los actos agresivos fueron escalando progresivamente en frecuencia e intensidad. De ahí que algunas de estas mujeres decidieran recurrir a los golpes para defenderse de la violencia física que sus parejas habían incorporado a la dinámica de la relación.
Perla, una maquillista de veintiséis años, duró cuatro años en su relación con Helena, estudiante de criminología. Después de la primera vez que Helena golpeó a mi interlocutora, ésta sintió miedo por su vida y decidió defenderse. Esto derivó en una dinámica de golpes “de juego” que servían para demostrar poder. “Lo único que yo le dije fue que si volvía a pasar yo me iba a defender”, me dijo Perla. “Y pues de ahí empezaron como los jueguitos, pero ya más bruscos, porque yo estaba muy enojada con ella, entonces en algún punto cuando tenía oportunidad de soltar un golpe lo hacía”.
En cambio, otras mujeres preferían evitar el conflicto con el objetivo de no llegar al escenario del cuerpo, donde se reconocían en desventaja. “Yo trataba de no hacer como esas agresiones físicas, porque yo estaba muy consciente de que ella es mucho más grande que yo”, me dijo Ana, de 28 años. “Tenía mucha, mucha fuerza. Entonces yo trataba de no llegar a esos niveles”.
Los testimonios de mis interlocutoras demuestran que existen diversas maneras en que las mujeres viven experiencias de control, violencia e intimidación físicas. Esto invalida la idea recibida de que la ausencia de diferencia sexual implica también la ausencia de violencia física. Las mujeres que usaban el cuerpo para demostrar poder no eran necesariamente más fuertes que sus parejas, sino que sus acciones eran parte de una performatividad de género masculinizada.
Escenario sexual
Ana, de veintiocho años, vivió dos experiencias de violencia en relaciones con mujeres. La primera fue con Eréndira, con quien duró tres años; la segunda, con Cristina, con quien duró un año y medio. Ana afirmó haber vivido violencia sexual con esta última.
“Cuando fue lo de MeToo, estábamos comentándolo”, me dijo Ana. “Y de pronto como que me vino la idea de que ella también me agredió sexualmente en algún momento. Fue un corto circuito”.
La dimensión sexual de la violencia de pareja es la más complicada de analizar en el contexto lésbico. Nombrar el abuso sexual como tal es dificil, ya que se asume que se trata de un fenómeno ajeno a las relaciones entre mujeres. Ana fue la única mujer que entrevisté que afirmó haber vivido abuso sexual en su relación con otra mujer, pero también reportó que en el momento le resultó imposible procesar esa experiencia como tal debido a la noción que ella tenía de la violencia y del amor. “Eso sí fue muy fuerte”, me dijo Ana. “Porque yo tenía esta idea de que los hombres sólo eran los que hacían esas cosas. Y sí, en su momento no supe cómo manejarlo”.
Al decir que “sólo los hombres hacían estas cosas”, Ana confirmaba la noción de que las mujeres se relacionan sexoafectivamente desde la igualdad y desde la empatía. Cuando le pregunté si alguna vez había considerado denunciar a su pareja —como yo alguna vez me cuestioné—, Ana reflexionó sobre el proceso que había implicado asimilar que lo que había pasado con Cristina no había sido un accidente sino una agresión sexual. El “corto circuito” al que se refiró en nuestra entrevista dibuja la contradicción que existía entre su experiencia y las ideas recibidas sobre los cuerpos que nuestra cultura considera capaces de ejercer violencia sexual. Para ella, nombrar lo que sucedió en su relación con Cristina estaba interpelado por una noción de feminidad en la que no cabía la idea de que su pareja pudiera ser una agresora sexual. Esta contradicción entre experiencia e ideas sobre el género hizo que la posibilidad de presentar una denuncia se tornara extraña y ajena. Ana tenía que enfrentarse a las restricciones de un mundo heterosexista en donde lo que vivió no podía nombrarse como violencia, ya fuera en su propia concepción o en un contexto jurídico.
Aquí es importante aclarar que la violación no es la única forma de violencia sexual. Gran parte de mis interlocutoras vivía restricciones y control de su deseo por parte de sus parejas. Aunque las dinámicas de estas mujeres eran diferentes entre sí, en muchos casos la sexualidad funcionaba como moneda de cambio para mediar el conflicto, evitarlo o desviar la atención de él. Del mismo modo, la restricción de las relaciones sexuales era una estrategia de control sobre el cuerpo de la otra. Arianna me contó que en su relación vivió “mucha represión sexual”, ya que Rebeca —quien sí podía mantener vínculos sexuales fuera de la relación— decidía cuándo y cómo tenían relaciones sexuales.
Perla, de veintiséis años, vivió limitaciones parecidas, pues su pareja controlaba la frecuencia con la que tenían relaciones sexuales por medio de discursos de chantaje y manipulación a los que mi interlocutora cedía para evitar entrar en conflicto. “Nunca se lo negué”, me dijo. “Nunca fue como que me alejara de ella, pero era —no sé cómo decirlo— ¿rápido? Era como, ‘que pase y ya’. Y ahí ella empezó a reclamar. Ella decía que yo ya no la quería, que me daba asco estar con ella”.
Mis entrevistas también revelaron una tendencia importante de violencia sexual contra mujeres que se nombraban bisexuales o que habían tendio relaciones con hombres. “Ella criticaba mucho”, me dijo Arianna. “Decía: ‘Es que en realidad las mujeres que se dicen lesbianas no son lesbianas y a la mera hora acaban siendo bisexuales. Prácticamente la mayoría que yo he conocido acaban vinculandose con hombres o han tenido que ver con hombres’. Y eso era algo que ella detestaba”.
La postura manifiesta de Rebeca en contra de la bisexualidad se repitió en la experiencia de otras de mis interlocutoras. En los casos de Ashley y Ana, bisexuales declaradas, los celos de sus parejas se orientaron principalmente hacia sus vínculos con varones. Ashley, de veinticinco años, me dijo que no existía una recriminación directa sobre su bisexualidad, pero que Anahí, su pareja, la celaba de los hombres. Con Ana, el rechazo hacia la bisexualidad era más explícito y estaba marcado por una noción de posesión por parte de su pareja. Eréndira no sólo la celaba de los hombres, sino que ponía énfasis en la falta de agencia de Ana para decidir con quién involucrarse sexualmente: “Ella siempre decía: ‘Yo confío en ti, pero no confío en los demás’”.
En estos testimonios podemos ver, en primer lugar, una noción de la bisexualidad como promiscuidad que es notoriamente bifóbica. Como señala la estudiosa Olga Viñuales, la bisexualidad “encarna la idea de ‘vicio’ o desenfreno sexual y pone en cuestión la posibilidad de mantener una relación de pareja estable o duradera con quienes se definen como tales”. En segundo lugar, podemos ver también la necesidad de controlar el cuerpo y la sexualidad de la pareja mediante su objetivización, ya que la desconfianza que Eréndira sentía hacia los demás implica que para ella Ana era un objeto que las personas podían tomar a voluntad, aunque Ana no quisiera.
En el testimonio de Arianna, la bifobia no se manifestaba de forma implícita en los celos hacia los varones, sino que Rebeca rechazaba explícitamente a las mujeres que no eran completamente lesbianas. Aquí podemos ver como Rebeca incoporaba la noción de gold star lesbian —“lesbiana con estrella de oro”, término que se usa coloquialmente para describir a mujeres que nunca se han relacionado con hombres— como parte de sus referentes simbólicos sobre lo que Viñuales describe como “el lesbianismo en términos excluyentes […] dando a entender que existen lesbianas auténticas, desde siempre, de pura raza, que no han pasado por una etapa heterosexual”. En el mundo lésbico suele haber una noción de ‘pureza’ de las mujeres que no se han vinculado sexoafectivamente con hombres; es decir, existe un rechazo no sólo a las mujeres bisexuales sino también a las mujeres lesbianas que antes de declararse como tales tuvieron vínculos con varones.
La dimensión de la violencia sexual es amplia. Por una parte, podemos observar un continuum de experiencias asociadas con el control del cuerpo, del deseo erótico y de la autonomía de la otra por medio del intercambio y de la negociación sexual. Por otra parte, también podemos ver casos de violencia ejercida como consecuencia de las disparidades entre la orientación sexual y los estándares de lesbianismo que las dos mujeres no necesariamente comparten.
Escenario emocional-psicológico
Ashley es una fotógrafa de veinticinco años que se declaró abiertamente bisexual en la entrevista. Su relación con Anahí duró un año y dos meses, menos que las relaciones del resto de mis interlocutoras. Aún así, Ashley vivió mucha violencia emocional y psicológica. Esta es una de las manifestaciones más frecuentes —y más imbricadas con otros tipos de violencia— en las relaciones entre personas del mismo sexo. “¿Qué está mal conmigo?”, me dijo Ashley. “Yo estoy haciendo lo que creo que es lo correcto: un buen grupo de valores, un buen modo de tratar a la gente. Yo no creo que sea mala persona. Esta chica dice que está enamorada de mí, dice que daría el mundo por mí. ¿Por qué me trata así?”.
En todas las entrevistas que realicé, la manipulación, el chantaje y la culpabilización eran parte de la dinámica amorosa, y mis interlocutoras reconocieron que esta era la dimensión de la violencia más difícil de identificar. Estas tres estrategias de control emocional aparecían ligadas a las expectativas sobre el amor que una de las mujeres tenía. “Ella tenía una forma muy específica de cómo debería ser una relación y cómo debía ser su novia y quería que fuera yo así”, me dijo Ashley. A partir de esta premisa, Anahí le reclamaba a Ashley por no cumplir con sus estándares, cosa que Anahí consideraba evidencia de que Ashley no la amaba lo suficiente. Como consecuencia, Ashley interiorizó un sentimiento de culpa y asumió el rol de “victimaria” que su pareja colocaba sobre ella para hacerle creer que no merecía el amor de nadie. Esta dinámica hizo que terminar la relación fuera difícil para Ashley. La culpabilización a la que su pareja la sometía venía acompañada de momentos de humillación en los que Ashley afirmó que Anahí le hablaba cada vez con más desprecio, haciéndola sentir que todo lo que hacía estaba mal y que nunca cumplía con las expectativas de su pareja.
Con frecuencia, las parejas de mis interlocutoras que vivían culpabilización las orillaban a pedir disculpas por situaciones que mis interlocutoras no consideraban que habían sido su culpa, o que no habían sido tan graves como sus parejas afirmaban. Por ejemplo, Perla recordó un episodio en el que un conflicto sobre su vestimenta derivó en una pelea tras la cual ella y Helena terminaron “en las mismas, ella llorando, como si de verdad le hubiera hecho algo muy malo, y yo disculpándome por hacerlo”. Este mecanismo de control estaba vinculado a los mandatos de género que Helena esperaba que Perla cumpliera —tales como que se vistiera de cierta forma o que se comportara de cierta manera— y al control que Helena ejercía sobre la autonomía de mi interlocutora para restringir su vinculación con otras personas.
La manipulación, en cambio, estaba relacionada con los celos y con la idea de posesión sobre la pareja. El caso de Perla es ilustrativo: si bien mi interlocutora afirmó que Helena nunca se mostró celosa, ella sin embargo restringía los vínculos sociales de Perla por medio de la manipulación. Perla me dijo que Helena, quien estudiaba criminología, usaba una retórica de indefensión y vulnerabilidad para controlarla, diciéndole que era “demasiado bonita” para salir. “Me mostró tantas historias”, me dijo Perla. “Vi tantas fotos de todos sus trabajos y todas esas cosas: ‘Es que tú no debes salir sola, te puede pasar algo, si yo no estoy, ¿qué vas a hacer?’”. El objetivo de la manipulación de Helena era generar una situación de dependencia en la que Helena se convertía en una figura protectora sin la cual Perla no podría sobrevivir en el mundo exterior.
En otros casos, la manipulación apareció como una estrategia para evitar que mis interlocutoras rompieran el vínculo con sus parejas. Tal fue la situación de Mora, una abogada de veintinueve años que mantuvo una relación de seis años con Carmen, cuyo problema de adicción generó una situación de codependencia emocional y económica entre ambas. Cada vez que Mora intentaba ponerle fin a la relación, Carmen usaba información que sabía que evitaría que mi interlocutora la dejara. “Entonces me decía: ‘A mi papá le está dando un infarto’. Y yo iba y no era cierto”, me dijo Mora. “Era esta relación de manipulación todo el tiempo para volver y para volver”.
El uso de redes sociales como medio de manipulación ha cobrado relevancia recientemente en el estudio de la violencia de pareja. La vigilancia del celular y de las redes sociales está estrechamente vinculada a los celos y a la búsqueda de aislamiento de la pareja. Eréndira, por ejemplo, celaba a Ana por sus relaciones con sus amigos. En lugar de reclamarle explícitamente, ingresaba a sus redes sociales para revisar sus conversaciones y así poder manipular a mi interlocutora. “En realidad nunca aceptó que fuera ella”, me dijo Ana. “Pero siempre dejaba pasar como un tiempo y me decía: ‘Es que escuché que fuiste a tal lugar con tal persona’. Y eran cosas que yo no le decía, pero que estaban en los mensajes”. Vemos entonces que el acceso a los mensajes de texto y las redes sociales puede convertirse en una herramienta para establecer una diferencia de poder que permite controlar el comportamiento de la pareja.
El caso de Luz, una estudiante de veintidós años y la más joven de las mujeres que entrevisté, ilustra esta dinámica. Su relación con Sofía, que comenzó cuando mi interlocutora tenía diecinueve y duró dos años, estuvo plagada de control y violencia emocional por parte de las dos mujeres: Luz fue la única de mis interlocutoras que reconoció que ella también fue violenta con su pareja. Para ella, revisar el celular de Sofía era una conducta aceptable en una relación amorosa. Del mismo modo, Ana me dijo que Eréndira tampoco consideraba que vigilar sus comunicaciones fuera una violación de su privacidad. Al contrario: Eréndida pensaba que esta vigilancia era parte de un modelo de pareja en el que ambas se amaban. “Se metía a mi celular”, me dijo Ana. “Ella era como que ‘hago esto porque te amo, y como tú me amas, pues no te vas a enojar’”. Así, podemos ver que en el esquema de relación de Eréndira invadir la privacidad de su pareja estaba permitido, incluso cuando Ana le decía explícitamente que esto la incomodaba.
Escenario social
La última dimensión que tenemos que considerar para entender las dinámicas de violencia entre mujeres es el escenario social. Para la mayoría de mis interlocutoras, la experiencia de violencia estaba atravesada por la lesbofobia interiorizada y el rechazo familiar o social que sufrían a causa de su orientación sexual. “Yo entré en esa dinámica y además para mí esa dinámica era la que estaba bien”, me dijo Mora. “O sea, [mi pareja] era la buena familia que te protegía y te abría las puertas, porque mi mamá me había corrido. Entonces era como que esto está bien”.
A pesar de que todas mis interlocutoras habían salido del clóset antes de entrar en sus relaciones violentas, sus parejas utilizaron sus vínculos familiares y las limitantes sociales que conlleva estar en una relación lésbica para ejercer violencia. La aparición, reiteración y permanencia de la situación violenta se vio condicionada por un contexto de heterosexualidad obligatoria, el cual creaba una presión externa para sostener la relación en el ámbito social y familiar e inhibía la posibilidad de cortar el vínculo o de socializar la experiencia de violencia con las redes de apoyo. Esta dinámica se tradujo o bien en aislamiento, o bien en que las parejas de mis interlocutoras usaran los vínculos familiares e institucionales de estas para mantener la relación violenta al inhabilitar toda estrategia de salida.
A manera de conclusión
Tras este recorrido a través de los diversos escenarios de la violencia de pareja en relaciones lésbicas, podemos ver que las historias de violencia de mis interlocutoras se tejen en torno al performance del género. Las mujeres que entrevisté asumían actitudes en un espectro binario de género —tales como la proveeduría y el cuidado— que abrían la puerta a una negociación de la posibilidad de ejercer o padecer actitudes violentas. Por otro lado, las expectativas incumplidas de las relaciones amorosas permitieron que alguna de las dos mujeres recurriera a la violencia para controlar un deber ser de mujer y pareja. Estos márgenes afectivos son los que también determinaron que mis interlocutoras percibieran una dinámica como violenta o como algo aceptable dentro de una relación.
Al final, la historia de Arianna y la mía resultaron ser menos parecidas de lo que originalmente creíamos, y lo mismo puede decirse del resto de los testimonios que he recogido en este ensayo. Pese a estas diferencias, sin embargo, nuestras experiencias tienen un punto importante en común: todas creíamos que nuestras relaciones habían sido violentas, pero que no cabían exactamente en la narrativa que habíamos leído en las campañas de prevención de violencia de pareja. La violencia que vivimos era diferente porque somos los cuerpos que amamos, y hemos aprendido que en ese imaginario la violencia no tiene cabida. La investigación sobre violencia en relaciones entre personas del mismo sexo aún tiene mucho camino por recorrer, le dije a Arianna, pero con suerte su testimonio —el mío, el nuestro— ayudará a que otras mujeres se reconozcan en ellos y a que el discurso sobre la violencia de pareja deje de hablar solamente de las relaciones heterosexuales.
Abril Torres
Maestra en estudios de género por El Colegio de México
Referencias
Viñuales, O. Identidades lésbicas. Discursos y prácticas. Edicions Bellaterra, 2.ª edición, Barcelona, 2006.
Pues sí, existen parejas en las que la mujer maltrata al hombre.
«…parejas heterosexuales. Aún así, las cinco categorías que generalmente se usan para nombrar y caracterizar a la violencia de pareja —a saber: violencia económica, física, sexual y emocional — resultaron útiles para…» Falta una categoría, indica 5 y enlista 4
No soy experto pero creo esto de la «perspectiva de género» complica mas que simplifica las cosas. A lo que me refiero es que creo que debemos hacer consiente que la violencia aunque se escriba A la Sea el podemos aplicar o padecer todos, tengamos el sexo que tengamos.
Primera vez que leo un articulo al respecto y obviamente hay todavía mucha tela que cortar, pero me parecio excelente tu trabajo. Hay que continuar, porque pienso que hay relaciones lésbicas hetero, donde una hace el papel del hombre y la otra de sumisión. Bueno…