Sobreviviendo al capitalismo: el cine de J.C. Chandor

En su nuevo libro De animales a dioses (Sapiens: a brief history of humankind, 2014), el historiador israelita Yuval Noah Harari sugiere que la creación relativamente rápida de aldeas, ciudades y reinos tras la adopción de la agricultura (unos pocos miles de años apenas, en contraposición con las decenas de miles en que nuestros tatarabuelos nómadas vagaron por la Tierra cazando y recolectando) impidió la evolución de un “instinto de cooperación en masa” que se acompasara con nuestro progresivo hacinamiento social. Ante la falta de ese instinto, afirma el autor, la especie humana hubo de recurrir a lo que llama “órdenes imaginados” que articularan a los grupos o comunidades en pugna; estos órdenes pueden obedecer a diversos criterios (religiosos, políticos, bélicos, comerciales, etc.), pero en todos los casos harían las veces de pegamento social. Hoy en día el capitalismo se erige como nuestro orden imaginado preeminente, “la más exitosa de las religiones modernas” según Harari, en tanto orden sobrehumano que vincula a la sociedad global. Apoyada en el consumismo, esta “religión” sería la primera en la historia en conseguir que la mayoría de sus seguidores efectivamente hagan lo que se espera que hagan.

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Pensar el capitalismo como orden social que todo lo abarca más que como un mero sistema económico acerca la obra del historiador con el cine de J. C. Chandor (Estados Unidos, 1973), que bien puede fungir como ilustración de esa perspectiva. Hay una escena en El año más violento (A most violent year, 2014) que resulta particularmente poderosa y que constituye un estupendo botón de muestra de nuestro orden imaginado: en un depósito de aceite, un trabajador latino amenaza a su empleador con una pistola. No podría afirmarse que ninguno de los dos sea un mal tipo pues ambos, a su manera, buscan sobrevivir en el hostil ambiente neoyorquino de inicios de los ochentas; caprichosas circunstancias los han ido empujando a este momento. Al final, el obrero ha internalizado la culpa de tal modo que es incapaz de cumplir su deseo y termina por dirigir la bala contra sí mismo. Su patrón se acerca al cuerpo tendido, pero lo ignora. En realidad, su aproximación obedece a que el disparo ha producido un pequeño orificio en un contenedor y el aceite se derrama. Entre las gotas de sangre salpicadas, el sobreviviente taponea el hoyo: ante todo, cuidar el negocio.

Quizá el título de la cinta genera expectativas no satisfechas, pues en realidad la violencia explícita que se muestra en pantalla es mínima. Lo que está en juego aquí, sin embargo, es una lucha cruenta a fin de no ser absorbido por un pequeño mercado, un intento de escapar de la mafia tradicional solo para toparse con otro tipo de organización inescrupulosa también sedienta de ganancias, una mera anunciación de lo que está por venir. Este ambiente premonitorio enmarca también la cinta debut del creador, El precio de la codicia (Margin call, 2011), un film que transcurre en la noche previa al cataclismo financiero de la década pasada. Tras el “descubrimiento” de que la casa de inversiones en donde se desarrolla la acción está a punto del colapso, los directivos deciden deshacerse de sus acciones en la hora postrera. Que la venta conlleve el desmoronamiento de un sistema construido con castillos y bits en el aire, poco importa. La consigna para ellos es clara: que los demás lidien con las pérdidas colectivas, nosotros nos salvamos. En algún momento de esa aciaga noche, un hombre y una mujer, ambos directivos, se suben al elevador y flanquean a su ocupante, una empleada de limpieza entrada en años que, estoica, permanece sin inmutarse en medio de la discusión con sus utensilios de trabajo. Los ejecutivos debaten sobre lo que está ocurriendo, pero para esa mujer la charla pertenece a otro lenguaje, algo ajeno a su invisible actividad nocturna que, nosotros sabemos, habrá de deteriorar su vida y la de millones como ella.

La película que completa su incipiente obra hasta ahora, Todo está perdido (All is lost, 2013) podría parecer distanciada de las otras dos, pero admite también una lectura semejante. Robert Redford interpreta a un navegante cuyo pequeño yate sufre una avería en altamar que le impedirá luego enfrentar a la tormenta y por ello, a lo largo del film, hemos de atestiguar su lucha por sobrevivir. A diferencia de la multipremiada en ese mismo año Gravity (también una película sobre el enfrentamiento a un inhóspito espacio), el trabajo de Chandor nos ahorra el discurso sensiblero (aquí no hay trauma personal del pasado que sobrepasar) y el soundtrack groseramente manipulador, y nos entrega en su lugar la laboriosidad de un hombre experimentado y su silencio, roto apenas por unos intentos de comunicación de emergencia y un primer fuck! hasta el minuto 70. La lucha de Redford, traducida en encuadres cerrados que nos transmiten sus minuciosos pasos para evadir la extinción, es también la de los personajes de las otras dos películas. Si bien el mar abierto nada tiene que ver con las oficinas de Wall Street o las calles neoyorquinas, la cercanía a esos universos se hace más patente en dos momentos: la avería de la embarcación surge por su choque con un contenedor de tenis abandonado en medio de la nada y el primer contacto del protagonista con otro barco fracasa, pues ningún ser humano se alcanza a percibir en un carguero atestado de contenedores y mercancías. Tanto el origen de su tragedia como la imposibilidad de su salvación se vinculan así con productos del mercado, objetos de consumo que lo orillan al ahogamiento.

Vuelvo a Harari. Su ejercicio de macrohistoria subraya cómo casi todos los giros de nuestra especie han sido exitosísimos en términos evolutivos. Nuestro dominio del planeta no tiene parangón en la naturaleza, pero nuestra conversión “de un simio insignificante en el amo del mundo” no es suficiente para responder a la pregunta con que cierra su libro: “¿hemos reducido la cantidad de sufrimiento en el mundo?”.

Como lo enfatiza, el capitalismo ha sido exitoso en ciertos aspectos: ha permitido generar la energía suficiente para mantener a una población de alrededor de 7 billones de personas, ha aumentado el promedio de vida de los seres humanos y ha conectado de tal modo a los países, que hoy en día los escenarios bélicos se han reducido como nunca antes. Sin embargo, no es tan claro que sus logros y ventajas se traduzcan en un mayor bienestar a nivel individual. Así, los triunfos de la especie humana no lo son necesariamente para millones de mujeres y hombres que más bien padecen los efectos de nuestro orden imaginado imperante, como los personajes del cine de Chandor. Esas millones de personas para las que, como el personaje de Kevin Spacey en El precio de la codicia reconoce, “aparentemente, no hay otra salida”.

 

Erick López Serrano.

@eLoseRR

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Publicado en: Curadero, Ensayo literario