En este ensayo emotivo y elegante, el autor nos lleva de la mano a través de una visita al Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca, donde descubrimos que su fundador, Francisco Toledo, sigue presente entre nosotros.
Para la abuela Aura

Francisco Toledo, Hombres con vacas, 1969
El Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca (IAGO) cumple 33 años. Número capicúa que en el juego de ida y vuelta de su aniversario mantiene un constante movimiento, como si se tratara del ocho acostado que marca el tiempo del infinito. Al momento en el que se comienzan a inaugurar los festejos, una inmensa biblioteca mantiene viva la memoria de su fundador: Francisco Toledo. Más de 40 000 ejemplares especializados en arte y otros 30 000 volúmenes de literatura forman el corpus que Toledo juntó para el pueblo al que amó. Parece mentira que el maestro Toledo se haya ido: no hay esquina de la ciudad de Oaxaca —incluso entre los muros de estuco de Monte Albán— en donde Toledo no se revele de pronto, volando un papalote, jugando con el barro entre sus dedos, dibujando encima de una piedra o entre las estanterías de la biblioteca del IAGO. Su mirada sigue presente en cada cielo que baña a la ciudad en la que se formó
Para conmemorar su aniversario 33, el IAGO presenta una muestra alucinante de los grabados que Toledo realizó inspirándose en la literatura de Kafka. La biblioteca del recinto juega un contrapunto delicioso para pensar el trabajo que el maestro Toledo imaginó a propósito de sus lecturas de la obra del autor checo. En aquel raro año suspendido al que ahora en enero comenzamos a mirar hacia atrás, muchas instituciones culturales tuvieron que repensar sus estructuras administrativas y económicas. El Museo de las Culturas de Oaxaca, así como el jardín etnobotánico, por ejemplo, mantienen en su entrada una pancarta que ilustra la disputa entre las instituciones que se encargan de su administración. El IAGO, por el contrario, mantiene la discreta y potente presencia de Toledo: un hombre al que no le gustó nunca recibir homenajes pero que no se cansó de honrar las raíces de su cultura.
En su imaginación Toledo entendió el territorio artístico como un espacio para luchar por los niños, por el maíz, por los ciegos, por los estudiantes y por las mujeres. Sin la necesidad de portar un traje de luces, utilizó los pinceles que le heredó el maestro Tamayo, las gubias que se llevó de Oaxaca a la Ciudad de México y también a París, para tallar en piedra una causa justa que la clase política mexicana se negaba a observar en el afán de pensar un país para unos pocos. Mucho se ha hablado de la producción pictórica y estética de Toledo; su inquietud por los pigmentos y tinturas originarias; su interés por la fauna que recorre Oaxaca, Juchitán y Minatitlán, Veracruz. “El hombre de los dos Ismos”, como en alguna ocasión me lo presentó su hija Natalia, fue una sensibilidad que encontró en el dibujó de una figura y un cuerpo la manera de llevar a cabo la poética del erotismo y la sensualidad del instante.
Me interpela el poder escribir sobre la parte editorial y bibliófila de Francisco Toledo. Lector generoso que no solo construyó los pilares de una biblioteca que sigue creciendo, sino que también dejó un caminito, como migas de totopo, de las muchas referencias y vanguardias de las que Toledo abrevó para ir definiendo su propio lenguaje. Una parte que quizá queda en un segundo tiempo de conversación frente a su pintura pero que responde al mismo impulso artístico que caracterizó su camino. Toledo inauguró espacios como la revista Guchachi’ reza (iguana rajada) y el Alcarabán, e inclusive desató las energías de un importantísimo sello editorial que llevó el nombre, precisamente, de Ediciones Toledo. Un espacio que imprimió ediciones bilingües en Zapoteco y Castellano y que provocó la exposición y lectura de poesía, ideas, lenguas y ritmos que pertenecían a un regionalismo desconocido para la mirada hegmónica.
A propósito de la exposición Toledo Ve, Francisco fue un hombre que no dejó de experimentar en fondo y forma para plasmar una idea. Óleo, litografía, grabado, dibujo, e inclusive trabajos en radiografía, joyería, losetas, muebles y ropa fueron solo algunas de las superficies materiales en las que el artista oaxaqueño demostró su incansable labor, amor y disciplina. Mucho de esa curiosidad se mira también en los colores, formas, olores, sabores, sonidos, tipografías y dibujos que respiran en su biblioteca.
Estar en la biblioteca del IAGO es una forma palpable de distender el tiempo. Mientras se observa la inmensidad de estanterías y libreros, el juego de espejos toca superficies terrenales cuando uno se encuentra con las rejas, afiches y plantas que sembró Toledo. Aunque por momentos quería encontrarme con alguno de sus dibujos entre las páginas de los libros, dado que cualquier material era un espacio que se podía transformar en obra, como una servilleta de papel, me di cuenta que Toledo se revela todo el tiempo que uno está dentro del IAGO. En cada esquina, en cada página y en cada puerta abierta del Instituto, se confirma una invitación para sentir.
Vine al IAGO porque me dijeron que aquí sigue el maestro Toledo. Muchos años después, frente al reflejo de una sombra de mi pasado, en un lugar de Oaxaca de cuyo nombre no puedo acordarme, terminé por encontrarme con él. En el año de 1983, Francisco Toledo ilustró la Zoología Fantástica de Jorge Luis Borges. Borges, ya ciego, solo pudo imaginar la obra de Toledo con la descripción que le fueron haciendo de cada detalle y cada animal que aparecía entre los paisajes de su libro. Iguanas, conejos, cangrejos, venados, tortugas, lagartos, changos, grillos, y otros animales fantásticos fueron apareciendo en la mirada de Borges exactamente iguales a como los dibujó Toledo. Al tiempo que leo la edición que conservan en el IAGO, descubro con claridad que ese universo que pintó Francisco sigue intacto en la casa del centro histórico de Oaxaca y que en ese pequeño espacio de nuestro mundo cabemos todos. Recinto que siempre tiene su puertas abiertas para quien tenga la inquietud de voltear a ver su propia raíz.
Santiago Hernández Zarauz
Editante en la casa editora independiente Minerva