El 14 de abril de 1986, en París, falleció Simone de Beauvoir, hoy hace 30 años. En su testamento especificó su deseo de ser cremada y que en el dedo anular de la mano derecha llevara el anillo que le obsequió Nelson Algren, con quien vivió uno de los mejores momentos de su vida cuando estuvo en México.

Fotografía: Nia Vasileva bajo licencia de Creative Commons
Hizo de la libertad su atuendo. En la primavera 1948, Simone de Beauvoir decidió visitar México en compañía del escritor estadunidense Nelson Algren, cronista de los bajos fondos de Chicago. De Beauvoir conoció al narrador por sugerencia de un amigo en común, Richard Wright, novelista afroamericano con quien ella y Jean Paul Sartre habían coincidido durante un viaje a Nueva York: “Cuando vayas a Chicago, no dejes de buscar a Nelson Algren”. Y así lo hizo. La amistad entre De Beauvoir y Algren surgió en 1947 y derivó en una intensa relación amorosa que duró aproximadamente 14 años. Acaso es pertinente recordar el pacto que De Beauvoir estableció con Sartre: mantener una fidelidad en la que cabían otras relaciones amorosas.
De Beauvoir y Algren querían realizar una larga travesía por Estados Unidos, México y Guatemala. Su periplo inició de Chicago a Cincinnati, luego navegaron por el Misisipi hasta Nueva Orleans y de allí partieron hacia el sur. Finalmente llegaron a México. La primera ciudad que visitaron fue Mérida. El 27 de mayo le envía una extensa carta a Sartre en donde proporciona detalles de su recorrido. De nuestro país le agrada que no cede a la influencia estadunidense y que se aferra en conservar su cultura. Se maravilla con la variedad de frutas, la multiplicidad de colores en tejidos, los camarones, las frituras, los huaraches, la brisa de las palmeras y la brevedad de las lluvias.
La pareja pasea por Uxmal, Chichén Itzá, Chichicastenango, entre otros lugares prehispánicos. Se desplazan a Taxco, Cuernavaca, Cholula, Puebla, Teotihuacán y arriban al Distrito Federal. En la capital pasean por la Alameda, Xochimilco, Chapultepec, van al cine, al teatro, a ver bailar danzón y recorren los murales de Diego Rivera en el Palacio Nacional. “Esperaba poco de México”, le escribe a Sartre, “es mejor de lo que creía”.
“Era un viaje de placer y prefirieron mantenerse al margen de círculos intelectuales y estudiantiles. Nadie se enteró de la presencia de Beauvoir en el país, ni siquiera los jóvenes universitarios del grupo Hiperión (integrado por Emilio Uranga, Jorge Portilla, Luis Villoro, Ricardo Guerra, Joaquín Sánchez McGregor, Salvador Reyes Nevarez, Fausto Vega y Gómez, y Leopoldo Zea) que pasaban largas horas en la cafetería de la Facultad de Filosofía y Letras, en Mascarones, enfrascados en conversaciones en torno a las ideas de Jean-Paul Sartre y Albert Camus”, comenta Gabriela Cano, en el prólogo a Sobre cultura femenina de Rosario Castellanos (Fondo de Cultura Económica. México, 2005).
La escritora francesa y el narrador estadunidense tuvieron en México uno de sus mejores momentos. Ella bromea y se refiere a él como “mi marido mexicano”. Sin embargo, él está tan enamorado de ella que no tolera la idea de ser parte de un triángulo amoroso. Sabe que Simone no dejará a Sartre y eso le parte el corazón.
En 1949, De Beauvoir publicó El segundo sexo, ensayo filosófico que defiende, puntualiza y enaltece los derechos de las mujeres. Pensaba que para rescatar a la mujer era necesario devolverle su libertad, pero una libertad total porque “una condicionada dejaba de serlo”. Su postura fue clara: “El hombre es el que ha errado el camino. Él se ha equivocado al convertir a la mujer en su esclava”.
Tuvo en Rosario Castellanos a una atenta lectora y admiradora: “No se nace mujer: llega una a serlo, piedra de toque de las teorías de género, recorre toda la obra de madurez de Castellanos”, advierte Gabriela Cano.
En aquella visita a México, Rosario Castellanos no tuvo oportunidad de conocer a De Beauvoir. No obstante, sí lo hizo en París, en la época en que Castellanos contaba con una beca del Instituto de Cultura Hispánica (Madrid). Por esos años, Castellanos y Dolores Castro eran becarias y decidieron viajar a París un fin de semana. Octavio Paz, entonces diplomático de la embajada de México en París y que tenía amistad con no pocos escritores francófonos, les presentó al matrimonio formado por Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir. Ese encuentro fue fundamental para Rosario Castellanos, quien el resto de su vida se dedicó a hacer eco de los postulados filosóficos vertidos en El segundo sexo.
De Beauvoir siempre fue un espíritu libre, inquieto, sin ataduras ni temores. Acaso el único miedo que se le conoce es a la muerte, como lo escribe en Una muerte muy dulce: “No existe muerte natural: nada de lo que le sucede al hombre es natural puesto que su sola presencia cuestiona al mundo. Todos los hombres son mortales, pero para todos los hombres la muerte es un accidente y, aún si la conoce y la acepta, es una violencia indebida”.
Mary Carmen Sánchez Ambriz.
Ensayista y periodista cultural.
Gracias por escribir este articulo..
La península embruja hasta el mas incrédulo, con su mirada de mar, sus perfumes de frutas con colores felices como pitaya, con ese aire de soledad que abriga a cualquiera
Beauvoir y Sartre JAMÁS fueron contrajeron matrimonio, fueron pareja durante años pero matrimonio, no lo fueron en la vida, hay que documentarse mejor para escribir de una figura con una vida tan controvertida y alejada de las etiquetas morales a las que estamos tan acostumbradas a la hora de describir las relaciones entre las personas. Y el “marido mexicano” terminó como buen marido mexicano repudiándola y hablando pestes de ella por su manera de vivir.