Siempre un escritor

El siguiente texto pertenece al ciclo Biblioteca de autor, una serie de mesas que la Feria Internacional de Libro de Monterrey 2022 dedica a Héctor Aguilar Camín, en sus facetas de escritor, intelectual y periodista del 8 al 10 de octubre.


Buenas tardes. Para estos minutos me he propuesto hablar de Héctor Aguilar Camín el escritor. El escritor no en el sentido de autor de novelas, cuentos, relatos; sino en el sentido de: una vez escritor, siempre escritor; escritor desde el principio, por todos los poros y saliéndosele por las costuras las ganas y la aptitud y el talento para serlo. Escritor en cada línea de lo que ha escrito. Podría decirse: escritor en todas las escrituras.

Atento a las facetas de Héctor de las que se ocupan las mesas en esta FIL de Monterrey, pensé en dar probadas de Héctor siempre escritor, ya fuera en el terreno del ensayo, del periodismo o de la historia. Y contra mi dispersión acotarme a momentos que tuvieron que ver o que yo asocio con la obra, la figura y la presencia de Daniel Cosío Villegas. Al final decidí emplear estos minutos en un solo ejemplo; y esto es bueno. Me permite volver al principio, prácticamente al primer libro de Héctor Aguilar Camín.

Voy entonces, o regreso en el tiempo, a un mediodía, a mediados de los años 1970. Héctor Aguilar presentaba su examen para doctorarse en historia por El Colegio de México, con una tesis sobre Los sonorenses y la Revolución Mexicana.  El presidente del jurado era una institución de nombre Daniel Cosío Villegas. Siempre he recordado dos cosas de ese examen. La segunda es que Cosío Villegas le preguntó a Héctor si leía muchas novelas policiacas porque su tesis abundaba en el verbo detectar. Tiempo después en el cuarto y la mesa de trabajo que compartíamos en la casa familar frente al Parque México, en la ciudad de México, fui testigo de cómo Héctor detectaba y detectaba el verbo detectar en su tesis para sacarlo  de ella mientras la convertía en el libro La frontera nómada: Sonora y la Revolución mexicana que luego publicó la editorial Siglo XXI. Pero la primera cosa que recuerdo es que Cosío Villegas le dijo a Héctor: usted es aquí una rara avis, porque sí sabe escribir. Por supuesto que Cosío Villegas sabía de lo que hablaba. A tantos años vista de aquel examen de doctorado pienso en eso que percibió Don Daniel y pienso también que de La frontera nómada puedo decir: además, es un gran libro de historia. Pero primero es la obra de un escritor.

Por ejemplo en la entrada: “Creo no haber escrito más que una descripción de los procedimientos revolucionarios de los sonorenses, así como del contexto histórico que los hizo posibles. Muchos detalles sustentan, y a veces ahogan, esa crónica. Son la consecuencia de un método pueblerino, el único que en todo momento traté de ejercer. Quien dice en un libro de historia: ‘Rodríguez se levantó en Cocóspera con 150 hombres’ y sigue de largo, suple la explicación del hecho con su mera enunciación, omite lo esencial: quién era Rodríguez, quiénes los 150, por qué Rodríguez estuvo al frente y por qué los demás lo siguieron. Y así en cada incidente”. Creo que esto no es sólo una lección de historia sino de estilo.

Voy sobre todo a este momento. Ocurre al principio de la segunda parte del libro, “El maderismo en Sonora”. En los primeros párrafos Héctor va describiendo de qué estaba hecha la paz porfiriana y sus problemas, sus desarreglos. Resume y deslumbra en un parrafito notable:

Para manejar esos desarreglos, el estilo porfiriano no tuvo sino los diseños del otro hierro de herrar que el país conoció durante esos treinta años: una red gerontocrática de jefes, gobernadores, caciques y ministros; un estilo político educado en el control de una sociedad anterior a los gringos, el progreso y el capitalismo. Las únicas cosas monolíticas y reiterativas, de principio a fin, en la sociedad porfiriana, fueron sus modos políticos, sus afanes verticales y—después de 1900—su complacido encanecimiento.

Punto y aparte.

La línea que sigue la recuerdo como si por primera vez: “Madero fue una grieta imperceptible en la eficacia de esos hábitos”. Y de nuevo: “Madero fue una grieta imperceptible en la eficacia de esos hábitos”. Estos momentos como de cristalización histórica y verbal son un agrado en La frontera nómada. Y algo más, y ya casi termino. El poeta Ezra Pound dijo alguna vez que la poesía debía estar tan bien escrita como la prosa. Voy ahora a la entrada de La frontera nómada. Paso las páginas legales, paso el índice, paso la dedicatoria, paso el prefacio fechado el 21 de agosto de 1976, y llego a una página impar toda en blanco excepto por el epígrafe: “Cuando vengan los bárbaros ellos darán la ley”. Y firmado por el poeta griego Constantino Pedro Cavafis. Bueno; y aquí con mucho cariño y orgullo no puedo sino incluirme en el guión; porque a la hora del epígrafe Héctor me preguntó sobre una traducción de ese verso de Cavafis y yo saqué de inmediato de un librerito los 30 poemas de Cavafis en traducción de Elena Vidal, que los había trasladado del griego al español, y José Ángel Valente, quien le dio forma poética a la traducción. Aún la conservo; es la primera edición de 1971 pero yo la conseguí en ese 1976; lo sé porque le puse mi nombre y la fecha. Me sigue pareciendo la mejor: Cuando vengan los bárbaros ellos darán la ley. [Y aquí permítanme una digresión que tiene que ver con ese departamento de la vida que se llama Cómo son las cosas. En ese año de 1976 José Emilio Pacheco publicó su libro Islas a la deriva y en él incluía sus traducciones –él les llamaba aproximaciones—a 16 poemas de Cavafis; “Esperando a los bárbaros”, que así se llama el poema, No era uno de ellos. Pacheco no incluyó ese poema entre sus 16 de Cavafis. Pero refiero esto no porque sí; sino porque ese libro de Pacheco estaba dedicado a dos maestros de Héctor que puedo mencionar; mencioné a Cosío Villegas; algo más que maestros para Héctor: guías, apertura de horizontes, estímulo, aliento; mundo; experiencia académica y política. El libro de Pacheco estaba dedicado a Alejandra Moreno Toscano y Enrique Florescano. Fin de la digresión. Vuelvo al tema.] Estábamos en el epígrafe de Cavafis: Cuando vengan los bárbaros ellos darán la ley. 45 años después de la primera edición de La frontera nómada, reparo en esto: entre otras cosas, a Cavafis se le considera un “poeta-historiador”, por la cantidad de poemas con alusiones históricas o pasajes históricos que hay en su obra. Y pienso ahora que Cavafis aceptaría una variante a la frase de Pound que mencioné respecto a que la poesía debía estar tan bien escrita como la prosa; digo que Cavafis, luego de recordar sus lecturas de Plutarco y de Edward Gibbon, habría convenido en que la poesía debe estar tan bien escrita como la historia. Y como tan bien escrita está la historia en La frontera nómada de Héctor Aguilar Camín.

 

Luis Miguel Aguilar
Poeta y editor

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Publicado en: Ensayo literario