F. Scott Fitzgerald (1896-1940) vislumbró la disyuntiva pletórica del mundo de los sueños y las pesadillas del futuro. El escritor norteamericano fue, en el mejor de los sentidos, un profeta de esos castillos edificados con los restos de la primera Gran Guerra; un vidente que, a la manera del poeta Arthur Rimbaud, sentó la belleza en sus rodillas, para sentirla, al final, efímera y vacía. Para su generación, bautizada por Gertrude Stein como la “generación perdida”, la vida empezó “con la guerra, y seguiría para siempre a la sombra de la violencia y la muerte”.1 El mundo de su época se abrió paso entre entidades fenecidas. El eco de “Dios ha muerto” en Los hermanos Karamazóv de Dostoievski y en La gaya ciencia de Nietzsche, se encarnó con una crudeza irrefrenable después de la guerra. Moría Dios y junto a su omnipotencia derrumbada caían también los hombres exterminados en serie. Ante eso, con justa razón, el compañero de generación de Scott Fitzgerald, Ernest Hemingway, proclamaría “el drama de la desaparición del alma humana en nuestro tiempo”.2

Con suma inteligencia, en el siglo XIX, Balzac había mostrado ya los rostros de esos objetos suplantadores de una alta deidad derrocada. En algunas de sus novelas como Papa Goriot, La piel de zapa o La prima Bette emergían los fetiches, los talismanes de esa sociedad moderna heredera de la Revolución industrial y la Revolución francesa; en la cima de todo reinaba, por supuesto, el manantial envenenado del dinero. Los nuevos evangelios del mercado, la especulación, el espectáculo de la cultura y los medios masivos, abrían sus poderosos e invencibles tentáculos. En Estados Unidos, la persecución de los decálogos del éxito, la fama, la marcha hacia el american way of life, llenaron los discursos del porvenir de la sociedad. Desde un principio Scott Fitzgerald vaticinó todo ese siglo desenfrenado. Como estudiante de Princeton, al igual que su personaje de Amory Blaine en This Side of Paradise (1920), sigue el modelo confeccionado para las vidas triunfadoras, escucha los discursos de la omnipotente y triunfalista nación norteamericana. Sin embargo: ¿Qué encuentra en el camino nuestro escritor y su personaje? ¿Qué encontramos nosotros, los lectores en ese camino? Un “destino manifiesto” repleto de máscaras y el encuentro de la gran ficción del siglo XX y del siglo XXI: América.
Ese himno agridulce de los Estados Unidos, lo representó por vez primera Scott Fitzgerald en la literatura, en toda su fastuosidad. Estaba tan ansioso y tan seguro de su éxito en la recolección de paradojas que temblaban en la bifurcación del camino a seguir por los jóvenes después de la primera guerra, que las páginas de su novela This Side of Paradise se convirtieron, de manera inmediata, en el más sincero testimonio de la época.
Claudio Magris consideraba al escritor austro-húngaro Hermann Broch un “nostálgico del orden”, un hombre que “sabía que la verdad de su tiempo era el desorden y que la tarea moral del poeta —como dijo Canetti en el discurso pronunciado en ocasión de su quincuagésimo aniversario— era la de ser perro de su tiempo, no encerrarse en su propia pureza sino ir a olfatear por todos los rincones y por sórdidos que estos fueran la verdad, tal vez repelente, de su época, aliviando así el dolor y sacando de su guarida al mal escondido entre las basuras”.3 Scott Fitzgerald reaccionó con fascinación, en un principio, ante la promesa de un mundo cargado de sueños, de éxito y de nuevas luces, para encontrarse después en medio de un escenario transformado en una secuela de vacíos infinitos. En muchos sentidos Fitzgerald descubrió lo mismo que Broch: volvió los ojos, con un coraje a veces destructivo y frustrante, a la nostalgia de los tiempos pasados y, al igual que Canetti, suministró en forma atinada una mirada penetrante en su obra, tal y como exigía la “tarea moral del poeta”. Esa mirada le permitió dibujar los contornos más sublimes de una clase social privilegiada, pero también introducirse en los laberintos de su aniquilamiento moral y su desencanto.
En el escritor norteamericano no había ningún pudor en mostrar sus ideas sobre el espíritu de la época de una manera abierta. En voz de sus narradores y sus personajes colocaba sentencias contundentes en las que subrayaba su visión del mundo del pasado, del presente y del porvenir. Las historias de sus textos avanzaban en medio del influjo de los espejismos de la realidad y la destrucción de los proyectos humanos. Las fortalezas que el triunfo edificaba eran sumamente efímeras y débiles para resistir las caídas de los personajes. En la tensión de esos dos momentos estaría sintetizada la ejemplaridad de su gran narrativa, capaz de concentrar la vida de toda una generación destinada “al miedo, a la pobreza y a la adoración del éxito, crecida sobre un montón de dioses muertos, guerras terminadas, creencias pulverizadas”. La migración de las emociones, los deseos, la percepción de lo que era la vida misma, se sucedían en un corto tiempo. En la obra de Scott Fitzgerald no era necesario que los personajes llegaran a la madurez para que su visión del mundo diera un giro drástico y desencantado. Las transformaciones eran rotundas en cualquier instante de la juventud. En esa sintonía de discursos confiesa el narrador de su primera novela: “Estoy inquieto. Toda mi generación está inquieta”.
La transformación de las sensibilidades en el siglo XX tocó todas las cortezas de la sociedad. Desde la fragilidad del nuevo mundo, las incertidumbres posteriores a la guerra, la obra de Scott Fitzgerald recolectó este clima de orfandad. La vida, como un juego entre la intensidad y el abismo, la grita Amory Blaine en los delirios de su propio carpe diem: “buscar el placer donde se encuentre para morir mañana, esa es mi filosofía en el día de hoy”; una vida que se encuentra también cercada y corroída por los caminos del cinismo y la corrupción moral, la cual resiste la fácil sentencia realista: “es esencialmente más limpio ser corrompido y rico que ser inocente y pobre”.
En este registro de la realidad, en el cual las verdades —o la versión de las verdades— están fincadas en los veredictos del consumo, la prensa no queda exenta de su obra. Al referirse a The New Democracy “el semanario más brillante del país” Amory Blaine no pone un solo reparo en señalar: “cuanto más calor, cuanto más escándalo eches al asunto, más te pagarán, más te comprarán”.
Muerto Dios, muertos, inclusive, los grandes héroes a la manera de Carlyle, Scott Fitzgerald trazó los personajes representativos para abrir el camino de una nueva época de desencanto. En su novela más famosa, El gran Gatsby (1925), Nick Carraway, describe así su acercamiento al protagonista de la historia: “lo que lo devoraba, el turbio polvo que flotaba en la estela de sus sueños, fue lo que captó temporalmente mi interés en las abortivas tristezas y las efímeras alegrías del género humano”. Palabras como progreso, ilusión y futuro, eran las secuencias sin un espacio temporal amplificado, sólo podían sobrevivir en las caras de la desilusión. En sus novelas quedan consignados esos abismos del tiempo: “La vida moderna ya no cambia cada siglo sino cada año, diez veces más de prisa que antes”.
Fitzgerald vive la apoteosis de este despilfarro de la vida moderna. Es un enamorado de sus gestos, pero su obra entrañará también el regreso hacia el pasado. El eco triunfal de más de uno de sus personajes también le toca vivirlo a él, al igual que sus caídas y su destrucción final. Junto a su esposa Zelda vive sus primeros éxitos literarios y la fiesta interminable de París, así como el fracaso, el alcoholismo, el encierro y el delirante viaje a la locura. En la novela Tender is the night (1934) quedaría representado el deterioro sin retorno de ambos.
Ese desplazamiento de la vida hacia las geografías y los momentos de mayor desamparo en el hombre nunca dejaron de conmoverlo. De hecho, en su libro póstumo The Crack-up (1945), señalaba desde el principio: “toda vida es un proceso de demolición”. A propósito de ese encuentro con la demolición de los sueños, nadie puede dejar de sorprenderse, todavía, con la relectura de su magistral cuento Un diamante tan grande como el Ritz, cuando los personajes descubren, ante el vacío infinito de la riqueza, “el miserable don de la desilusión”.
A 120 años de su nacimiento, conmemorados este 24 de septiembre, la obra de F. Scott Fitzgerald sigue explorando con su tenebrosa fabulación el destino del hombre y de una sociedad capitalista en fulminante descomposición; el destino de todas esas “eras” e “imperios” —a la de lo efímero, la del vacío, la del cinismo, la de la guerra controlada, la de la ignorancia, la de la acumulación de la riqueza mundial en unas cuantas manos— que anunció desde entonces y que se sostienen de un hilo muy débil, a punto de reventar.
Bibliografía
Kazin, Alfred, En tierra nativa, interpretación de medio siglo de literatura norteamericana, México, Fondo de Cultura Económica, 1995.
Magris, Claudio, Utopía y desencanto: Historias, esperanzas e ilusiones de la modernidad, Barcelona, Anagrama, 2001.
Minter, David, A Cultural History of the American Novel. Henry James to William Faulkner, New York, Cambridge University Press, 1996, p
1 Alfred Kazin, En tierra nativa, interpretación de medio siglo de literatura norteamericana, México, Fondo de Cultura Económica, 1995, p. 301.
2 John Peale Bishop, citado por David Minter, A Cultural History of the American Novel. Henry James to William Faulkner, New York, Cambridge University Press, 1996, p. 82.
3 Claudio Magris, Utopía y desencanto: Historias, esperanzas e ilusiones de la modernidad, Barcelona, Anagrama, 2001, p. 245